17

Kelly se enteró de la escalofriante noticia durante la cena.

Edgar ni la miraba ni hablaba con ella, ignorándola por completo, pero sí mantenía una animada conversación con su padre sobre unos terrenos colindantes que estaban interesados en adquirir. Ella no atendía al intercambio de opiniones, no le interesaba lo más mínimo si «Promise» aumentaba o se consumía en el fuego. Sólo podía pensar en Miguel, en su desprecio y en su mirada ardiente y llena de saña.

Pero prestó la máxima atención a un comentario que deslizó su primo:

– Casi preferiría disponer un tiempo más de él en la plantación, padre.

– ¿Para qué? ¿Para acabar matándolo? -gruñó Sebastian.

Kelly observó a ambos. Edgar esbozaba un rictus amargo, como el niño a quien han quitado un juguete. ¿Por qué pensó en el acto en Miguel? Picoteó una miga de pan, disimulando el temblor de sus manos y esperando, alerta.

– No hay vuelta atrás. Ya lo he vendido.

El corazón de la muchacha empezó a galopar.

¿Venderlo? Que Miguel saliera de «Promise» significaba su salvación, aunque hubiera de pertenecer a otro dueño de una plantación. La alegría de que estuviera fuera de allí y el dolor por su marcha se fundieron. Pero su júbilo se truncó al oír el nombre del nuevo amo de Miguel.

Terriblemente pálida, no dudó en espetarle a su tío:

– Ese hombre es un asesino.

Colbert arqueó sus pobladas cejas.

– Es ni más ni menos que el fulano que va a amansar a esa fiera, muchacha.

– Pero, tío…

– Tú no entiendes de estas cosas, Kelly, así que no te entrometas. Una dama no debe inmiscuirse en asuntos de negocios.

A ella la dominó la rabia. Incorporándose de golpe y haciendo que se le volcara la silla, lanzó la servilleta sobre la mesa y espetó sin miramientos:

– ¡Había olvidado que vosotros traficáis con seres humanos!

– Con esclavos -matizó Sebastian.

– ¡Con personas! -apuntilló ella, gritándole, furiosa como nunca había estado-. Y estás hablando de cederle un hombre a ese depravado del que todo el mundo comenta sus atrocidades y su crueldad -respiraba aceleradamente, le faltaba el aire y el arrebato de violencia tintaba su rostro de carmesí-. ¡Me dais náuseas! ¡Sois peor que las alimañas!

Abandonó el comedor acompañada de un silencio denso y del estupor de ambos.

Kelly se desesperó. El destino que habían decidido para Miguel era peor que la muerte, porque a nadie se le escapaba que lo que se decía de Noah Houston era cierto. La repugnancia le pasó factura y vomitó la cena apenas se alejó de aquella guarida de lobos.

¡Tenía que ver a Miguel!

¡Avisarle!

¡Ayudarle a huir!

Pero cuando llegó a la plazuela donde se alzaban las chozas de los braceros, jadeante y pálida, era ya demasiado tarde.

Le estaban empujando para que subiera a un carro, con las manos atadas a la espalda, y no oponía resistencia. Dos hombres armados saltaron al sencillo medio de transporte, sentándose uno a cada lado del prisionero.

Las lágrimas le bañaron las mejillas y ella se odió por no haber nacido hombre y disponer en ese momento de una pistola. Miró al cielo y maldijo. ¿Qué podía hacer una mujer contra los capataces de su tío? ¿Cómo hacerles frente? Tenía que idear algo y pronto. Iría a Port Royal, le pediría ayuda al padre de Virginia, contrataría a algunos marineros para que sacaran a Miguel de la isla y lo pusieran a salvo. Y si en aquel trasiego Noah Houston debía viajar a los dominios de Satanás, ¡que así fuera!

Miguel la presintió y alzó la cabeza. Por unos segundos, sus miradas se cruzaron. La de él cargada de infinito desprecio.

– ¡Oh, Dios! -gimió Kelly, dejándose caer de rodillas cuando el carro en que él se alejaba se perdió en un recodo del camino-. ¡Oh, Dios!

Los habitantes de Port Royal, ignorantes de que cuatro navíos piratas los acechaban, finalizaban el día con el acostumbrado ajetreo en las proximidades del muelle. Los vendedores cerraban sus puestos, los marineros se aprestaban a acarrear los últimos barriles de agua y provisiones para zarpar al día siguiente, las busconas despedían a los parroquianos a los que habían entretenido durante la tarde y buscaban clientela fresca…

Nadie imaginaba lo que se les venía encima.

Los cañones de la flota comandada por François Boullot abrieron fuego.

Justo en el instante en que el carro en que transportaban a Miguel atravesaba la empedrada calle principal del puerto, amparándose en la noche.

Aunque algunos vigías habían avistado los barcos, no les dieron demasiada importancia, pues banderas inglesas ondeaban en sus mástiles. Allí fondeaban barcos de la Corona continuamente. Luego, cuando las banderas de su graciosa majestad fueron reemplazadas por francesas y por otras negras con el dibujo de una calavera y dos tibias cruzadas, fue demasiado tarde para dar la voz de alarma.

El plomo del Missionnaire fue el primero en alcanzar su objetivo.

Uno de los almacenes recibió dos impactos y el muro frontal se derribó como si hubiera sido barrido por un huracán, sembrando todo de cascotes y vigas incendiadas. La destrucción continuó después en los edificios colindantes, en uno de los barcos fondeados y en parte del paseo marítimo, donde se abrió un socavón de considerables proporciones.

El tipo que conducía el carro en el que viajaba Miguel se vio obligado a tirar desesperadamente de las riendas para evitar que los caballos se precipitasen en la brecha. Heridos por el bocado, los animales se encabritaron y piafaron…

Los gritos y el pánico inundaron las calles. Las maldiciones y las órdenes de los soldados se superponían a los atronadores y ensordecedores cañonazos. La guarnición que defendía Port Royal reaccionó demasiado tarde. Para cuando quisieron responder al fuego enemigo, buena parte del lado norte del fortín ardía en llamas.

Los civiles, la mayor parte de ellos ya fuera de sus casas, bloqueaban las calles intentando salvar lo que pudieran. Cierto que Port Royal había soportado ya algunas incursiones enemigas, pero la violencia de aquel ataque, absolutamente por sorpresa, hizo que se temiera por la propia vida como nunca.

Las embarcaciones enemigas se habían abierto en abanico y cubrían todo el frente de la ciudad.

El incesante bombardeo a que fue sometida Port Royal en los primeros momentos sembró el terror más absoluto.

El carro de «Promise» cubrió intacto algunos metros más. El conductor buscaba afanosamente guiar los caballos hacia algún callejón, pero una nueva andanada de proyectiles alcanzó el edifico del ayuntamiento, junto al que circulaban justo entonces. El muro se les vino encima y los escombros se derrumbaron sobre los animales, que, aterrorizados, se alzaron sobre las patas traseras y relincharon.

Acabaron volcando. El terrible impacto precipitó a los secuaces de Colbert a su final entre las patas y los cuerpos de los equinos. Miguel tuvo más suerte: salió despedido, pero, aún con las manos atadas a la espalda, no pudo amortiguar la caída, de modo que se golpeó contra el suelo y perdió el conocimiento.

A bordo del Missionnaire, François y Pierre, satisfechos con el desarrollo del asalto, seguían ladrando órdenes a sus hombres de que no dejaran de disparar.

– ¡Unas cuantas andanadas más! -lo arengaba Pierre-. Y podremos tomar Port Royal como si fuera un caramelo…

Boullant enfocó el catalejo y torció el gesto.

Merde! -bramó-. Me parece que se ha complicado la cosa, mon ami. Mira allí.

Su segundo casi le arrancó el catalejo de las manos y miró donde le decía.

Merde! -dijo él también-. ¿Quién coño olvidó mencionarnos que se encontraban fondeados el Canónico y el Tamarindo?

El Canónico era un galeón español robado y reconvertido, poderoso y bien equipado, un bajel de guerra armado y versátil, con altas plataformas de tiro a proa y a popa. Un verdadero monstruo de 42 metros de eslora. En cuanto al Tamarindo, se trataba de una nave recia, construida en Inglaterra, dotada igualmente para el combate en el mar. Ambos navíos actuaban a las órdenes de la Corona. Un informador les había asegurado que su último avistamiento había sido hecho más al sur. Ese resbalón podía costarles muy caro, porque las naves comandadas por el capitán Lionel Rommans y por el capitán Richard Connelly estaban bordeando el puerto para enfrentarse a ellos.

– ¡No podremos con los dos! -vociferaba François para hacerse oír por el encima del infernal tronar de sus cañones-. ¡Rommans es un jodido peligro y no digamos Connelly! ¡Si defienden el puerto lo suficiente como para que la guarnición se reagrupe, estamos perdidos!

Pierre soltó una blasfemia.

El Canónico comenzó a disparar y la andanada salpicó la cubierta del Missionnaire de agua salada. Su compañero no se quedó atrás y sus cañones tronaron casi al unísono. Fran volvió a mirar por el catalejo: las piezas de artillería que protegían Port Royal se estaban armando, listas para la defensa.

Un proyectil alcanzó ligeramente al barco que capitaneaba Depardier, y Ledoux volvió a jurar a voz en cuello.

– ¡Fuego! -gritó a pleno pulmón-. ¡Fuego, malditos sean esos cabrones ingleses!

Los franceses se apuraban en recargar y disparar los cañones, pero el ánimo de la flotilla ya no era el mismo. A pesar de ser cuatro naves, sabían que no estaban en disposición de enfrentarse a dos barcos ingleses y al fuego de la resistencia del fortín.

El bergantín de Depardier viró y escapó a mar abierto.

Boullant instó a sus hombres a que apagaran el fuego que se había originado en popa. Aunque los desperfectos no parecían ser graves, ellos eran los que más cerca estaban de las embarcaciones inglesas y, por tanto, los más expuestos, con algunas piezas ya inutilizadas.

– ¡Todo a babor! -le gritó al timonel-. ¡Todo a babor! ¡Nos marchamos!

Pierre Ledoux apretó los dientes con rabia. Odiaba a los ingleses y le supo a hiel abandonar el ataque, pero resistir o enfrentarse a ellos abiertamente era una locura. Y no poner a la tripulación de sus naves en peligro innecesario era lo primero. Se habían dejado atrapar entre dos fuegos y la única alternativa era escapar.

Cuando el Missionnaire viró alejándose del puerto, las otras tres fragatas francesas hicieron lo mismo.

Miguel despertó en medio del caos.

A la destrucción de edificios se sumaban las llamas que lamían los sacos de café de los almacenes del puerto, que ardían ya como yesca.

La gente corría despavorida.

Todo el mundo estaba demasiado ocupado como para prestar atención a un carro volcado y a un hombre aturdido.

Se arrastró como pudo, alejándose y parapetándose junto a un muro. Le dolía la cabeza y el humo le abrasaba la garganta, pero el malestar le importaba poco. Encogió las piernas y, aunque lacerándose las muñecas con la soga que le ataba las manos, consiguió pasar los brazos por debajo. Ninguno de sus captores se movía. Se tomó su tiempo para calmar los latidos de su corazón y asumir su situación actual.

Miguel no oía los alaridos, ni las voces, ni siquiera el tronar incesante de los cañones que atacaban o defendían Port Royal. En su mente sólo había una obsesión: huir. Y puesto que el destino le acababa de regalar una buena baza en el juego, apostaría fuerte. Era todo o nada.

Se incorporó y se dirigió hasta el carro, donde buscó afanosamente una de las dagas que sabía que llevaban siempre los capataces, hasta apoderarse del arma. Fijó el mango entre dos tablas y con unos cuantos movimientos cortó las cuerdas que lo aprisionaban.

Frotándose las muñecas para amortiguar los pinchazos de dolor al recuperar de nuevo la circulación, se fijó detenidamente en cuanto lo rodeaba.

Port Royal era un escenario dantesco, un infierno. Pero en el mar se había desatado otro. Cuatro naves con bandera pirata atacaban la ciudad sin tregua y el desconcierto era total. Sin embargo, dos buques con pabellón inglés doblaban la bocana del puerto y disparaban sus cañones repeliendo el asalto.

Por una fracción de segundo, Miguel pensó que lo mejor era escapar de allí, esconderse tierra adentro. Sólo por una fracción de segundo. Luego entrecerró los ojos y se fijó en el casco de una fragata atacante que empezaba a tener dificultades para repeler la ofensiva del galeón inglés.

Definitivamente, no podía quedarse en Jamaica. Colbert lo encontraría tarde o temprano y ya había probado el látigo en demasiadas ocasiones para exponerse a sufrirlo más.

Corrió hacia el muelle, zigzagueando para eludir esquirlas de piedra y escombros que los cañonazos desprendían de los tejados y paredes, mezclados con teas ardiendo y trozos de vigas. Llegó hasta el malecón, calculó la distancia hasta la fragata y se lanzó al agua. Si tenía una remota posibilidad de escapar de aquel infierno, ésa era alcanzar la nave. Ni siquiera se planteó si aguantaría, puesto que aún se encontraba algo débil, o si por el contrario moriría ahogado o tal vez lo colgarían del palo mayor del barco pirata.

Prefería mil veces la muerte antes que volver a caer de nuevo en manos de los malditos Colbert. Sólo lamentaba no poder cumplir la venganza que se había prometido.

Nadó con agilidad, sobreponiéndose a su cuerpo maltrecho, atravesado por punzadas de dolor. Debía poner los cinco sentidos y las pocas fuerzas que le quedaban en aquella locura. Y aunque se le heló la sangre cuando advirtió que el barco atacante viraba, huyendo de la confrontación, redobló sus esfuerzos.

Consiguió asirse a una maroma que colgaba de un costado de la fragata, aislándose de un entorno donde todo parecía estallar en llamas y de los estampidos de cañones que retumbaban en sus oídos con tal virulencia que temió que se le reventaran los tímpanos.

Agotado, se agarró a la soga como pudo y se la ató a la cintura. El barco ganó velocidad y una andanada desde el fortín casi hizo blanco en el casco, haciendo bambolearse a Miguel, que se convulsionó por la tremenda sacudida.

No supo cuándo perdió de nuevo el conocimiento. Lo cierto es que la flota pirata escapó por los pelos de Port Royal y de la artillería del Canónico y del Tamarindo.

Por entonces, el capitán Boullant llevaba un lastre que desconocía.

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