Capítulo 11

Me senté en la cama y leí las instrucciones para hacer una llamada internacional. Estaba agotado. Incluso me costó trabajo leer. Tuve que mirarlas dos veces para comprender que podía llamar directamente a Susan Silverman marcando una serie de prefijos. Lo intenté. La primera vez nada sucedió. La segunda oí un mensaje previamente grabado en el que me explicaban que había cometido un error. La tercera fue la vencida. Los cables zumbaron ligeramente, los repetidores chasquearon en tono bajo, el sonido a lejanía y electricidad revoloteó en el fondo y entonces sonó el teléfono y Susan respondió, con su voz de siempre. Venga, señor Watson, lo necesito.

– ¿Eres tú, cariño? -pregunté.

– ¿A cuál te refieres? -replicó Susan.

– No te pases de lista.

– ¿Dónde estás?

– Sigo en Londres. Marqué unos cuantos números y aquí estamos, charlando.

– ¡Qué pena! Tenía la esperanza de que estuvieras en el aeropuerto, esperando que alguien te trajera de regreso a casa.

– Todavía no, amor -respondí-. Llamo por dos motivos. El primero es para decir que adoro tu trasero y el segundo para pedirte un favor.

– ¿Por teléfono?

– No me refiero a ese tipo de favores -aclaré-. Quiero que hagas una llamada telefónica en mi nombre. ¿Tienes lápiz y papel?

– Espera un momento. Ya está.

– Telefonea a Henry Cimoli -deletreé el nombre- al Harbor Health Club de Boston. Figura en el listín. Dile que se ponga en contacto con Hawk y que le diga que tengo trabajo para él aquí. ¿Lo has entendido?

– Sí.

– Dile que coja el primer vuelo a Londres y que, nada más llegar a Heathrow, me llame al Hotel Mayfair.

– Hmmm.

– Dile que no hay problemas de dinero y que puede fijar el precio que quiera. Pero lo necesito ahora y, si es posible, antes.

– Es malo -afirmó Susan.

– ¿Qué es lo malo?

– Lo que estás haciendo. Conozco a Hawk y sé para qué sirve. Si lo necesitas, significa que el asunto es malo.

– No, no es tan malo. Lo necesito para que no se vuelva malo. Estoy bien, pero dile a Henry que se ocupe de que Hawk venga. No quiero que Hawk venga al hotel. Quiero que me llame desde Heathrow y yo iré a buscarlo. ¿Entendido?

– Entendido. ¿Quién es Henry Cimoli?

– Es algo así como el profesional del Harbor Health Club. Un tipo menudo que solía boxear. Kilo por kilo, probablemente es el hombre más fuerte que conozco. Antes de ponerse de moda, el Harbor Health Club era un gimnasio. Hawk y yo entrenábamos allí cuando boxeábamos. Henry nos hizo de entrenador. Seguro que sabe cómo encontrar a Hawk.

– Deduzco que no tienes las señas de Hawks. Estoy dispuesta a hablar directamente con él.

– Ya lo sé, pero Hawk no tiene señas fijas. La mayor parte del tiempo vive con mujeres y, entre una y otra, se aloja en hoteles.

– ¿Y si no quiere ir?

– Vendrá.

– ¿Cómo puedes estar tan seguro?

– Vendrá -repetí-. ¿Cómo va tu curso?

– Muy bien, saqué un nueve y medio en el examen parcial.

– El muy cabrón te puso un nueve y medio. Cuando regrese me dirás dónde vive.

– ¿Será lo primero que harás?

– No -hubo un breve silencio-. Por teléfono es muy difícil.

– Ya lo sé. Además, a larga distancia siempre es difícil. Y… es como tener a alguien en la guerra. No me gusta que tengas que apelar a Hawk.

– Sólo quiero que me ayude en tareas de vigilancia. Incluso lord Peter Wimsey tiene que mear de vez en cuando.

La risa de Susan al otro lado del océano, apenas distorsionada por la distancia, me dio ganas de llorar.

– Tengo entendido que el mayordomo lo hace en lugar de lord Peter.

– Cuando todo esto haya terminado, tú y yo podríamos darnos una vuelta por aquí -dije-. Sería hermoso que paseáramos, viéramos los lugares que vale la pena y quizá subiéramos hasta Stratford o bajáramos a Stonehenge. Te aseguro que Londres me produce el mismo entusiasmo que Nueva York.

– Si alguien se cansa de Londres, es porque está harto de la vida -declaró Susan.

– ¿Vendrás?

– ¿Cuándo?

– Cuando haya terminado este trabajo. Te enviaré parte de los beneficios y nos reuniremos aquí. ¿Vendrás?

– Sí -respondió Susan. Hubo otra breve pausa-. Será mejor que colguemos. Esta conferencia debe costar un dineral.

– Está bien. Dixon paga, pero no hay más que decir. Llamaré mañana a la misma hora para saber si Henry contactó a Hawk. ¿De acuerdo?

– Sí, estaré en casa.

– De acuerdo. Suze, te quiero.

– Y yo.

– Adiós.

– Adiós.

Susan colgó y durante un minuto escuché el zumbido transoceánico. Colgué, me tendí en la cama y me dormí totalmente vestido, con las luces encendidas y el pañuelo apoyado en el mentón.

Cuando desperté por la mañana, la sangre seca había hecho que el pañuelo, ahora desplegado, se adhiriera al mentón, y tuve que humedecerlo con agua fría en el lavabo.

Al quitarme el pañuelo la herida volvió a sangrar, así que saqué una tirita de mi neceser y me la puse. Me duché con más cuidado que el día anterior, evitando que el agua mojara los vendajes. No fue fácil. Si se seguían metiendo conmigo, dentro de poco tendría que andar sucio por el mundo. Me afeité evitando la herida y me sequé. Me cambié el vendaje de la herida de bala, girándome a medias y mirándome en el espejo. No parecía haber infección. Guardé la ropa de la noche anterior en una bolsa de lavandería y la dejé para que la limpiaran en el hotel. Mi camisa daba asco. Casi no tenía esperanzas de que volviera a quedar bien. Si me hospedaba varios días más en el hotel, probablemente tendrían que contratar a un especialista en quitar manchas de sangre.

Desayuné zumo de naranja, gachas de avena y café, y salí a vigilar a mi sospechosa. Llovía y me puse la trinchera de color beige claro. No llevaba sombrero, pero en la calle Berkeley había una tienda en la que compré un típico sombrero irlandés de caminante. Pat Moynihan y yo. Cuando volviera a los Estados Unidos podría ponérmelo para ir al Harvard Club. Me tomarían por un profesor. Con el sombrero volcado sobre los ojos y el cuello de la trinchera levantado, no resultaba demasiado reconocible, pero estaba realmente ridículo. Hasta cierto punto, la nariz rota y las ojeras no concordaban con el estilo de Eton y Harrow.

No me molestó caminar bajo esa lluvia agradable; de hecho, me gustó. Adelante con la lluvia, en mi rostro hay una sonrisa. Varié el itinerario, dirigiéndome al este por Piccadilly y Shaftesbury y subiendo por Charing Cross y por Tottenham Court. En todo momento estuve atento para ver si me seguían y un par de veces di un rodeo. Llegué al edificio de apartamentos donde vivía la chica por la calle Tottenham y me mantuve pegado a la pared. Sólo podría divisarme si asomaba la cabeza por la ventana y miraba directamente hacia abajo. Si alguien me seguía era tan bueno que no me había enterado.

Entré en el portal del edificio y eché un vistazo al vestíbulo. Había tres apartamentos. Dos estaban a nombre de señor y señora. Otro decía, simplemente, k. caldwell. Aposté por K. Caldwell.

Toqué el timbre. Una voz distorsionada por el intercomunicador de pésima calidad pero claramente femenina dijo:

– Dígame.

– ¿Señor Western? -pregunté, leyendo el apellido que figuraba encima de Caldwell.

– ¿Qué ha dicho?

– Señor Western.

– Amigo, se ha equivocado de botón. Es el piso de arriba.

La comunicación se cortó. Salí, crucé la calle, me acerqué al hospital, me protegí bajo un alero y aguardé oculto entre unos arbustos. Poco antes de mediodía la chica salió y subió por la calle Cleveland. En Howland giró a la derecha y desapareció de mi vista. Esperé cinco minutos. No volvió a aparecer. Crucé nuevamente hasta el vestíbulo y toqué el timbre de k. caldwell. Nadie respondió. Volví a llamar y mantuve el dedo apretado en el botón. No había nadie.

La puerta de entrada del edificio ni siquiera estaba cerrada. Entré y subí al segundo piso. La puerta de la vivienda de la chica tenía echado el cerrojo. Llamé. Nadie respondió. Saqué mi pequeña revientacerraduras y puse manos a la obra. La había fabricado yo mismo. Parecía un abrochador hecho con alambre delgado y rígido y en la punta tenía una pequeña L. Se trataba de introducirla en el ojo de la cerradura y accionar las guardas una a una, trabajando por tacto. Si la encajas en una de las ranuras de las guardas, según el tipo de cerradura, todas las guardas saltan al mismo tiempo. Si las cerraduras son de mejor calidad, a veces hay que accionar varias. K. Caldwell no tenía una buena cerradura. Tardé treinta y cinco segundos en abrir la puerta de su apartamento. Entré. No había nadie. Prácticamente en cuanto se entra en un lugar se puede notar si hay alguien o no. En este sentido, rara vez me equivoco. De todas maneras, desenfundé el revólver y recorrí la vivienda.

El lugar parecía preparado para una inspección.

Todo estaba inmaculado. Los muebles de la sala eran angulosos, de plástico y acero inoxidable. Una pared contenía una estantería con libros en varios idiomas. Los tomos estaban perfectamente organizados, no por idioma ni por tema, sino por tamaño, los libros más altos en el medio y los más bajos en cada extremo, por lo que los estantes eran simétricos. Aunque jamás había oído hablar de la mayor parte de esos libros, reconocí a Hobbes y Mein Kampf. En la esquina derecha más cercana de la mesa de café había una pila con cuatro revistas. La de arriba de todo estaba escrita en una lengua escandinava. El título se escribía con una o atravesada por una cuchillada, como en Søren Kierkegaard. En la esquina izquierda más alejada reposaba una escultura de cristal semejante a un chorro de agua congelado. En el centro, exactamente entre las revistas y la escultura, reposaba un cenicero redondo de acero inoxidable sin el menor resto de ceniza.

Fui al dormitorio. También estaba amueblado en el estilo de los primeros tiempos de la Bauhaus. La colcha era blanca y estaba tan estirada que probablemente habría rodado una moneda. De las paredes blancas colgaban tres reproducciones de Mondrian en marcos de acero inoxidable. Una reproducción por pared. La cuarta estaba interrumpida por la ventana. Todos los elementos del dormitorio eran blancos, salvo los Mondrian y la alfombra color gris acero.

Abrí el armario. Había faldas, blusas, vestidos y pantalones primorosamente doblados, acomodados y colgados en grupos de perchas. Todas las prendas eran grises, blancas o negras. En un estante vi seis pares de zapatos perfectamente ordenados. El armario no contenía más. El cuarto de baño era totalmente blanco con excepción de la cortina de la ducha, que era negra y con cuadrados plateados. El tubo de dentífrico que vi en el lavabo estaba perfectamente arrollado. El vaso de agua estaba limpio. En el botiquín encontré desodorante, una maquinilla de afeitar, un peine, un cepillo, un envase de seda dental, un frasco de aceite de ricino y un pulverizador de desodorante íntimo. No había el menor rastro de maquillaje.

Regresé al dormitorio y me dediqué a registrar la cómoda. Los dos cajones superiores contenían jerseys y blusas grises, negras y blancas y una prenda de color beige. El cajón inferior estaba cerrado con llave. Destrabé la cerradura y lo abrí. Contenía ropa interior. Había cerca de doce bragas bikini francesas de colores azul lavanda, cereza, esmeralda, melocotón y con dibujos de flores. También había sostenes de la talla noventa y cinco que hacían juego con las bragas. La mayor parte de los sostenes eran transparentes y llevaban adornos de encaje. Encontré un liguero de encaje negro y tres pares de medias de malla, también negras. Yo creía que los panties habían dado al traste con el negocio de los ligueros. También vi una colección de perfumes y un salto de cama.

El cajón era pesado. A ojo de buen cubero, medí el interior a palmos. Luego hice lo mismo por el exterior y descubrí que tenía aproximadamente un palmo más de profundidad. Tanteé el borde de la parte inferior interna del cajón. En cierto punto cedió y, al presionar, el suelo del cajón se inclinó. Lo quité y encontré cuatro armas, pistolas de tiro 22, y diez cajas de munición. También había seis granadas de mano de un tipo que hasta entonces no había visto. Asimismo contenía una libreta con listas de nombres que jamás había oído y direcciones junto a ellos. Encontré cuatro pasaportes con la foto de la chica: canadiense, danés, británico y holandés. Cada uno tenía un nombre distinto. Los copié en mi libreta. El británico estaba extendido a nombre de Katherine Caldwell. Había un par de cartas en una lengua escandinava llena de oes y una bayoneta que tenía grabada las letras U.S. Las cartas tenían matasello de Amsterdam. Apunté las señas. Eché un vistazo a la lista de nombres. Era demasiado larga para copiarla. Las señas sólo eran direcciones callejeras en las que no figuraba el nombre de la ciudad, pero evidentemente algunas no eran británicas y, por lo que deduje, no figuraba dirección alguna de los Estados Unidos. Mi nombre no aparecía en la lista.

Dixon tampoco estaba incluido. Podía ser una lista de víctimas, de pisos francos, de nuevos miembros de Libertad o de personas que el último invierno le habían enviado tarjetas de Navidad. Volví a meter el fondo falso en el cajón, lo puse en su sitio y le eché el cerrojo.

El resto de la casa no me proporcionó datos nuevos. Descubrí que Katherine era partidaria de los cereales de salvado y los zumos de fruta, que barría bajo la cama y detrás del sofá y que no poseía radio ni televisor. Probablemente pasaba el tiempo libre leyendo Leviathan y rompiendo ladrillos con el canto de la mano.

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