Capítulo 15

Salí del Sheraton y giré a la izquierda por Vester Sogade. La mayoría de los edificios eran pequeños bloques de apartamentos relativamente nuevos, de clase media para arriba. Ella vivía en el número 36. Edificio de ladrillo, con una pequeña entrada descubierta. Antes de llegar crucé la calle y remoloneé sin llamar la atención junto a algunos arbustos del parque. Noté que mucha gente debía de pasear el perro por la estrecha senda que bordeaba el lago. Un Simca de color azul claro pasó a mi lado con un hombre al volante. Me quedé donde estaba. No vi a Hawk. Pocos minutos después, el Simca regresó. Era un modelo pequeño, cuadrado y cerrado. Pasó junto a mí en dirección contraria y aparcó media manzana más arriba, cerca del hotel. No me moví. El coche continuó allí.

Unos diez minutos después, una camioneta Saab negra paró frente al apartamento de Kathie. Se apearon tres hombres, dos que caminaron hacia mí y un tercero que entró en el edificio de Kathie. Miré hacia el Simca. Vi que se apeaba un hombre alto, moreno, cargado de hombros, de gran nariz y pelo gris cortado al rape. A mis espaldas se extendía el lago. Podía decirse que uno de nosotros estaba arrinconado. Los dos hombres de la Saab se desplegaron ligeramente al avanzar, de modo que, aunque hubiera querido, yo no habría podido correr en línea recta, quebrar la defensa y largarme. Tampoco quería hacerlo. Permanecí quieto con una distancia de treinta centímetros entre un pie y otro y las manos flojamente cruzadas delante del cuerpo, apenas debajo de la hebilla del cinturón. Los tres hombres llegaron a mi lado y trazaron un pequeño círculo alrededor de mí. El muchacho alto de la narizota se situó a mis espaldas.

Los dos hombres que se habían apeado de la camioneta parecían hermanos. Eran jóvenes y de mejillas rojizas. Uno de ellos tenía una cicatriz que salía de la comisura de los labios y le atravesaba media mejilla. El otro tenía ojos muy pequeños y cejas muy claras. Ambos lucían llamativas camisas deportivas que usaban sueltas. Adiviné la razón. El de la cicatriz sacó una automática 38 de la pretina del pantalón y me apuntó. Dijo algo en alemán.

– Hablo en inglés -aclaré.

– Pon las manos encima de la cabeza -ordenó.

– ¡Caray! -exclamé-. Apenas tienes acento -el tío me hizo señas con el cañón de la 38. Apoyé ligeramente las manos sobre mi cabeza-. Me parece una soberana tontería. Si por aquí pasara un poli, podría ver que estoy con las manos sobre la cabeza y podría detenerse a preguntar por qué, ¿nein?

– Deja caer los brazos a los lados del cuerpo -bajé los brazos.

– ¿Cuál de vosotros es Hans? -el que me apuntaba no me hizo el menor caso. Le dijo algo en alemán al narizotas que estaba a mis espaldas-. Apuesto a que tú eres Hans -le dije a Cara Marcada-. Y tú eres Fritz -Narizotas me palpó, encontró mi revólver y me lo quitó. Se lo guardó en el cinturón, debajo de la camisa-. El que tengo detrás es el Capitán.

No parecían admiradores de los Katzenjammer. Tampoco parecían admiradores míos. El de los ojos pequeños dijo:

– Síguenos.

Cruzamos la calle y entramos en el edificio de apartamentos. Tuve el buen cuidado de no buscar a Hawk con la mirada.

El piso de Kathie estaba en la primera planta, a la derecha, y daba al parque. Se encontraba en casa cuando entramos, sentada en el sofá, inclinada para poder mirar por la ventana. Llevaba un mono de pana blanca y, como cinturón, una cadena negra. El hombre que la acompañaba era menudo pero enjuto y fuerte, de nariz ancha y firme y boca recia. Lucía un enorme bigote gris que se extendía más allá de sus labios y gafas con montura metálica. Estaba casi calvo, pero usaba muy largo el poco pelo que le quedaba a la izquierda y lo peinaba cruzándolo por encima de la coronilla. Así, su peinado comenzaba por encima de la oreja izquierda. Tuve la sospecha de que se había puesto laca para no desmelenarse. Vestía zapatos de trabajo y tejanos de pana muy ceñidos. El cuello de su camisa blanca estaba deshilachado. Se había arremangado y sus antebrazos parecían fuertes. Era moreno, como Narizotas, y de mediana edad. No parecía alemán ni formar parte del grupo de delirantes. Parecía un adulto de muy mala baba.

Habló en alemán con Cara Marcada, que respondió:

– Inglés.

– ¿Por qué sigues a esta joven? -me preguntó.

Aunque tenía acento, no pude precisar cuál era su origen.

– ¿Para qué quieres saberlo?

Avanzó dos pasos y me dio un derechazo en la mandíbula. Era un hombrecillo fuerte y me dolió. Hans y Fritz habían desenfundado sus armas. Fritz esgrimía una Luger. Narizotas se mantenía a mis espaldas.

– Al menos me has dado una respuesta directa -dije.

– ¿Por qué sigues a esta joven?

– Ella y varios compañeros hicieron volar por los aires a la familia de un estadounidense rico y vengativo -respondí-. Ese hombre me contrató para aclarar las cosas.

– En ese caso, ¿por qué no la mataste cuando la encontraste?

– En primer lugar, porque soy un tío muy amable. En segundo, porque ella fue la única con la que pude establecer contacto. La quería como señuelo. Quería que me condujera hasta los demás.

– ¿Crees que lo ha hecho?

– Hasta cierto punto, sí. Tú eres nuevo, pero el tío de la chatarra grande y Hans y Fritz parecen tener algo que ver.

– ¿Cuántas personas hay en juego?

– Nueve.

– Has matado o capturado a tres. Has localizado a cuatro más y no te ha llevado mucho tiempo. Haces muy bien tu trabajo.

Intenté mostrarme modesto.

– Alguien que es tan competente en su trabajo no puede ser atrapado tan fácilmente en el parque, mientras permanece quieto como una estatua.

Intenté mostrarme incómodo.

– Ibas armado y pareces peligroso. Antes mataste a dos hombres que te habían tendido una emboscada -se asomó por la ventana-. ¿También has seguido a la chica por la rampa del matadero?

Narizotas dijo algo en una lengua que yo no conocía. Le respondió el pequeñajo. Narizotas se acercó a la puerta con paso largo y arrastrado.

– Ya veremos -dijo el pequeñajo.

– ¿Cuál es tu papel en esta historia? -pregunté.

– Tengo la desgracia de contar en mi organización con este grupo de matones y terroristas. No los admiro en lo más mínimo. Son aficionados pueriles. Debo ocuparme de asuntos mucho más serios que hacer volar unos turistas en Londres. Pero necesito mano de obra y no siempre puedo elegir los mejores.

– Es difícil conseguir buenos colaboradores -afirmé.

– ¡Ya lo creo! Supongo que tú serías un buen colaborador. He derribado a hombres de un puñetazo mucho más suave del que te di.

– Puedes volver a intentarlo cuando tus matones y terroristas no estén cerca para apoyarte.

– No soy corpulento pero sí rápido y conozco muchas triquiñuelas -añadió-. De todas maneras, vamos a matarte, así que nunca lo sabremos.

– Lo haréis cuando tu amigo Narizotas regrese diciendo que nadie está fuera esperando con un arma antitanque.

El pequeñajo sonrió y dijo:

– Tú tampoco eres un aficionado. Te mataremos sin tener en cuenta si fuera hay alguien, pero es mejor saberlo. Podrías servir como rehén.

– ¿A qué trabajo importante os dedicáis? -quise saber.

– Al trabajo de la libertad. África no pertenece a los negros ni a los comunistas.

– ¿A quién pertenece?

– Nos pertenece a nosotros.

– ¿A nosotros?

– A ti y a mí, a la raza blanca. A la misma raza que en el siglo diecinueve la sacó del pozo negro del sistema tribal y el salvajismo. A la misma raza que puede hacer de África una civilización.

– ¿Eres, por casualidad, Cecil Rhodes?

– Me llamo Paul.

– ¿Todos vosotros compartís estos fines?

– Somos problancos y anticomunistas -replicó Paul-. Nos basta con ese territorio común.

– Kathie, me gustaría hacerte una pregunta. Supongo que hablas inglés.

– Hablo cinco idiomas -replicó Kathie. Seguía en el sofá, en el mismo sitio que la había visto cuando entré. Sólo movió la boca cuando habló.

– ¿Cómo haces para llevar pantalones blancos sin que se transparente el bikini?

Kathie enrojeció lentamente y dijo:

– Eres un cerdo repugnante.

Paul volvió a golpearme, esta vez con la mano izquierda, emparejando las magulladuras.

– No le hables de esa manera -advirtió.

Kathie se levantó y abandonó la sala. Paul la siguió. Hans y Fritz me encañonaron con sus armas. Una llave giró la cerradura, a mis espaldas, y apareció Narizotas.

– No hay nadie -informó.

Hawk entró tras él con dos cartuchos de escopeta en la boca y, al disparar junto a la oreja de Narizotas con una escopeta de cañones recortados, voló gran parte de la cabeza de Fritz. Me lancé detrás de un sillón. Hans disparó contra Hawk y alcanzó a Narizotas en plena frente. Hawk lanzó la segunda carga contra Hans mientras Narizotas se derrumbaba. Quedó doblado y al llegar al suelo ya estaba muerto. Hawk abrió la escopeta. Los cartuchos vacíos saltaron por los aires. Cogió los cartuchos de su boca, los colocó en la recámara y cerró la escopeta, tardó tanto como los cartuchos vacíos en caer al suelo.

Ya me había puesto de pie.

– Por ahí -dije y señalé la puerta que Kathie y Paul habían franqueado para abandonar la sala.

Hawk llegó junto a la puerta mientras yo recuperaba mi revólver del cinturón de Narizotas.

– Tiene echado el cerrojo -informó Hawk.

Abrí la puerta de un puntapié, Hawk la atravesó agazapado, con la escopeta en la mano izquierda, y yo le seguí los pasos. Daba a un dormitorio y a un cuarto de baño con puertas correderas, que desembocaba en un patio. Las puertas estaban abiertas de par en par. Paul y Kathie se habían esfumado.

– ¡Maldita sea! -exclamó Hawk.

– Salgamos inmediatamente de aquí -propuse.

Nos largamos.

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