Por la mañana, después de pagar la cuenta, Hawk robó una cesta de la lavandería de un armario de artículos de limpieza cuya cerradura me ocupé de reventar. Metimos ambos cadáveres en la cesta, los tapamos con ropa de cama sucia, introdujimos la cesta en un ascensor vacío y lo enviamos al último piso. Lo hicimos sin quitar ojo de encima a Kathie, que no dio la menor señal de querer largarse ni de matarnos. Parecía tener tantas ganas de quedarse con nosotros como nosotros de quedarnos con ella. O al menos, yo. Creo que, de haber estado solo, Hawk la habría arrojado a un canal.
Cogimos un autobús de la terminal de la KLM en Museumplein y alcanzamos el vuelo de la KLM de las nueve cincuenta y cinco, de Schiphol a Londres, que enlazaba con el vuelo de mediodía de Air Canadá a Montreal. A la una y cuarto, hora de Londres, estaba repantigado en el asiento del pasillo, con Kathie a mi lado y Hawk junto a la ventanilla, bebiendo una cerveza Labatt 50 y esperando a que me sirvieran la comida. Seis horas más tarde -a comienzos de la tarde según hora de Montreal-, aterrizamos en Canadá, cambiamos dinero, recogimos el equipaje y a las tres en punto hacíamos cola delante de la oficina de alojamientos olímpicos de la plaza Ville Marie, aguardando a que nos asignaran una vivienda. A las cuatro y cuarto llegamos junto al encargado y a las seis menos cuarto estábamos saliendo del bulevar St. Laurent en un Ford de alquiler, rumbo a unas señas próximas al bulevar Henri Bourassa. Me sentía como si hubiera librado quince asaltos con Diño, el rinoceronte boxeador. Hasta Hawk parecía cansado y daba la sensación de que Kathie dormía en el asiento trasero del coche.
Las señas correspondían a la mitad de un dúplex de una calle lateral, situado a una manzana del bulevar Henri Bourassa. El apellido de los propietarios era Boucher. El marido hablaba inglés y la esposa y la hija sólo francés. Pasarían el verano en su casa del lago y se embolsarían dos semanas de renta alquilando su vivienda a los visitantes que acudían atraídos por los Juegos Olímpicos. Les entregué el resguardo de la oficina de alojamientos olímpicos. Sonrieron y nos mostraron dónde guardaban las cosas. La esposa habló con Kathie en francés y le mostró el lavadero y el sitio de los cacharros de cocina. Kathie puso los ojos en blanco. Hawk le respondió en francés con suma amabilidad.
En cuanto nos entregaron las llaves y se fueron, pregunté a Hawk:
– ¿Así que sabes francés?
– Chico, pasé una temporada en la Legión Extranjera cuando las cosas se pusieron difíciles en Boston, ¿entiendes?
– Hawk, eres un pozo de sorpresas. ¿Y Vietnam?
– Sí, y Argelia y todo lo demás.
– Beau Geste -comenté.
– La señora creyó que Kathie era tu esposa -dijo Hawk y sonrió de oreja a oreja-. Le dije que era tu hija y que no entiende mucho de cocina y esas cuestiones domésticas.
– Le dije al marido que te trajimos para que montaras guardia junto a la puerta vestido de jockey y refrenaras los caballos.
– Jefe, también soy muy bueno para sentarme en una bala de algodón y cantar Old Black Joe.
Kathie estaba sentada en la encimera de la pequeña cocina y nos miraba sin comprender.
La casa era pequeña y la habían arreglado con mucho amor. La cocina estaba revestida de paneles de pino y los armarios eran nuevos. El comedor contiguo tenía una mesa antigua y, colgada de la pared, había una cornamenta -indudable trofeo conquistado por los dueños de la casa-. La sala contaba con pocos muebles y una alfombra gastada. Todo estaba limpio y cuidado. En una esquina había un viejo televisor con la pantalla bordeada de blanco, lo que creaba la ilusión de que era más grande. En el primer piso había tres dormitorios pequeños y un cuarto de baño. Uno de los dormitorios era claramente un cuarto para niños, con camas gemelas, dos cómodas e infinidad de fotografías de la fauna y animales disecados. El cuarto de baño era de color rosa.
Era una casa amada por sus dueños. Me perturbó estar allí con Hawk y Kathie. Nada teníamos que hacer en esa casa.
Hawk salió y regresó con cerveza, vino, queso y pan francés. Comimos y bebimos casi en silencio. Después de cenar, Kathie subió a uno de los dormitorios pequeños, llenos de muñecas y de fundas contra el polvo, y se acostó vestida. Aún llevaba el vestido de hilo blanco. Estaba bastante arrugado, pero no tenía muda. Hawk y yo vimos algunas pruebas olímpicas en la cadena CBC. No estábamos bien situados para captar los canales estadounidenses y la mayor parte de los reportajes se referían a los canadienses, pero no había muchos que compitieran por una medalla.
Acabamos la cerveza y el vino y nos acostamos antes de la once, agotados por el viaje, en silencio e incómodos en medio de ese tranquilo suburbio, rodeados de objetos de familia.
Me acosté en el cuarto de los niños y Hawk en el dormitorio principal. Aunque oí silbar a algunos pájaros, la habitación aún estaba a oscuras cuando desperté y vi a Kathie a los pies de mi cama. La puerta del dormitorio estaba cerrada. Kathie encendió la luz. En medio del silencio, su respiración sonaba agitada y pesada. No estaba vestida. Era el tipo de mujer que debe quitarse la ropa siempre que puede. Tenía mejor aspecto desnuda y sus proporciones eran más agradables que cuando estaba vestida. No parecía acarrear un arma oculta. Yo estaba desnudo y encima de la sábana porque hacía mucho calor. Me sentí molesto. Me deslicé bajo la sábana hasta quedar tapado de cintura para abajo y me puse boca arriba.
– Es difícil conciliar el sueño cuando hace tanto calor, ¿no crees? -pregunté.
Kathie atravesó la habitación, se arrodilló junto a la cama y apoyó las nalgas en los talones.
– Tal vez un poco de leche tibia -sugerí.
Kathie cogió mi mano izquierda, que tenía apoyada sobre mi pecho, la acercó a ella y la dejó entre sus senos.
– A veces contar corderos da resultado -dije y noté que mi voz sonaba algo ronca.
La respiración de Kathie era muy agitada, como si hubiera estado saltando, y el hueco entre sus senos estaba húmedo de sudor. Dijo:
– Hazme lo que quieras.
– ¿No es el título de un libro? -pregunté.
– Haré lo que me pidas -añadió-. Puedes poseerme. Seré tu esclava. Pídeme lo que quieras.
Se agachó sin apartar mi mano de sus senos y se dedicó a besarme el pecho. Sus cabellos olían fuertemente a champú y su cuerpo a jabón. Seguramente se había bañado antes de venir.
– Kathie, los numeritos de esclavos no me interesan -aclaré. Sus besos bajaban por mi vientre. Me sentía como un macho cabrío púber-. Kathie, apenas te conozco. Quiero decir que pensaba que sólo somos amigos.
Siguió besándome. Me incorporé en la cama y aparté la mano de su esternón. Kathie se coló entre las sábanas cuando me moví, insinuando su cuerpo contra el mío y pasándome la mano izquierda por la espalda.
– Fuerte -jadeó-. Fuerte, muy fuerte. Presióname, fuérzame.
Le sujeté las manos por las muñecas y se las puse delante de la cara. Kathie giró y se dejó caer boca arriba, con las piernas abiertas. Entreabrió los labios y emitió débiles gorgoteos. La puerta del dormitorio se abrió y apareció Hawk en calzoncillos, ligeramente agazapado, listo para reaccionar ante cualquier dificultad. Relajó la expresión y sonrió de placer mientras nos miraba.
– ¡Maldita sea! -exclamó.
– Todo va bien, Hawk, no hay problemas -dije con voz muy ronca.
– Eso espero -respondió. Cerró la puerta y oí su risa grave y aterciopelada en el pasillo. Desde el otro lado añadió-: Escucha, Spenser, ¿quieres que me quede aquí y tararee Botas y sillas de montar mientras tú… bueno, mientras sometes a la sospechosa?
Dejé pasar ese comentario. Kathie no se dio por aludida.
– Él también -jadeó-. Si quieres, los dos al mismo tiempo.
Despatarrada sobre la cama, con los brazos y las piernas estirados y el cuerpo bañado en sudor, parecía una persona sin huesos.
– Kathie, será mejor que encuentres otro modo de relacionarte con la gente. Matar y follar tienen su lugar, pero también existen otras opciones -cacareé. Tosí ruidosamente. Sentía que mi cuerpo contenía demasiada sangre. Estaba casi a punto de piafar y relinchar.
– Te lo ruego -dijo con tono apenas audible-, te lo ruego.
– No te ofendas, querida, pero tengo que negarme.
– Por favor -su voz era apremiante. Retorció el cuerpo sobre la cama. Arqueó la pelvis tal como lo había hecho en Amsterdam, cuando Hawk la cacheó-. Por favor.
Aún la sujetaba de las manos. Cuanto más la sujetaba y la rechazaba, más parecía reaccionar Kathie. Era un estilo de intercambio masoquista que la excitaba. Me gustara o no, debía levantarme. Aparté la sábana y salí de la cama, pasando por encima de las piernas de Kathie. Aprovechó el espacio que dejé vacío para adoptar una posición de vulnerabilidad ampliada. Cualquier conductista especializado en animales diría que Kathie se hallaba en un estado de extrema sumisión. Yo me encontraba en un estado de cachondez extrema. Cogí mis Levis de la silla y me los puse. Tuve sumo cuidado a la hora de subir la cremallera. Con los pantalones puestos me sentí mejor.
Ahora Kathie estaba sola, creo que ni siquiera era consciente de mi presencia. Respiraba con agudos siseos que se colaban entre sus dientes. Se retorció y se arqueó sobre la cama, convirtiendo las sábanas en húmeda maraña. Yo no sabía qué hacer. Tenía ganas de chuparme el pulgar, pero Hawk podía entrar y pescarme. Ojalá Susan estuviera aquí. Ojalá yo no estuviera. Me senté en la otra cama, con los dos pies apoyados en el suelo, preparado para saltar si ella venía a buscarme, y la observé.
La ventana se tornó gris y poco después rosa. Los silbidos de los pájaros aumentaron y por la calle pasaron algunos camiones, ni muchos ni con demasiada frecuencia. Salió el sol. En la otra mitad del dúplex había un grifo abierto. Kathie dejó de contonearse. Oí que Hawk se levantaba en el cuarto de al lado y que abría la ducha. La respiración de Kathie era serena. Me levanté, me acerqué a mi maleta, saqué una camisa y se la di.
– Toma -dije-. No tengo batín, pero podrás arreglarte con la camisa. Dentro de un rato te compraremos ropa.
– ¿Por qué? -quiso saber. Su voz era normal, pero sonaba llana y muy baja.
– Porque la necesitas. Llevas el mismo vestido desde hace dos días.
– Lo que quiero saber es por qué no me poseíste.
– Digamos que porque estoy comprometido -respondí.
– No me deseas.
– Una parte de mí, sí, me estaba volviendo loco. Pero no es mi estilo. Mi estilo tiene que ver con el amor. Además… tu… enfoque no fue acertado.
– Crees que soy corrupta.
– Creo que eres neurótica.
– Eres un jodido cerdo.
– Ese enfoque tampoco sirve -aseguré-. Aunque debo admitir que muchas personas lo han aplicado.
Kathie permaneció callada, pero un ligero rubor tiñó sus pómulos.
Se interrumpió el murmullo del agua de la ducha y oí que Hawk regresaba al dormitorio.
– Iré a ducharme -dije-. Cuando haya terminado, tendrás que haber salido de aquí y estar cubierta con algo. Luego tomaremos un buen desayuno y planificaremos la jornada.