Capítulo 12

Estaba de nuevo en la calle, junto al hospital, detrás de mi arbusto y bajo la lluvia, cuando Katherine regresó. Probablemente ninguno de los cuatro era su nombre auténtico, pero Katherine era el más fácil de recordar, así que la llamé así. Al darle un nombre resultaba más sencillo pensar en ella.

Vestía un impermeable blanco con cinturón y llevaba un paraguas de plástico transparente tan grande que le cubría la cabeza y los hombros. Bajo el impermeable asomaban pantalones y botas negros. Medité sobre el color de la ropa interior. ¿Tal vez rosa encendido? Entró en el apartamento y no volvió a salir. Nadie más apareció. Pasé otras tres horas bajo la lluvia. Tenía los pies empapados y me dolían. Regresé al Mayfair caminando.

Esa noche hice a Susan una llamada telefónica que ascendió a sesenta y tres dólares. El primer dólar me permitió saber que Henry se había puesto en contacto con Hawk y que éste viajaría de inmediato. Los sesenta y dos restantes se refirieron a quién echaba de menos a quién y a lo que haríamos y visitaríamos cuando Susan viniera. También hubo un breve comentario sobre si alguien me haría una mala jugada. Sostuve que nadie lo haría y Susan añadió que así lo esperaba. Me pareció que no era el momento más propicio para hablar de mis heridas.

Cuando colgué me sentía muy mal. Hablar por teléfono desde una distancia de ocho mil kilómetros se parecía al mito de Tántalo. Era mejor no hacerlo. Pensé que hacía muchos años que la telefónica nos engañaba. Siempre insisten en que las llamadas de larga distancia son lo más parecido a estar presente. La gente habla por teléfono y después se siente maravillosamente bien. En mi caso no era así. Tenía ganas de pegarle a una monja.

Pedí al servicio de habitación que me subiera cervezas y bocadillos, me senté en el sillón junto al patio de luces y leí La regeneración a través de la violencia, comí bocadillos y bebí cerveza durante cerca de cuatro horas. Después me acosté y dormí.

Hawk no llegó al día siguiente y yo tampoco conseguí lo que deseaba. Katherine pasó todo el día en su apartamento, probándose ropa interior o rociándose con desodorante o lo que fuera.

Yo permanecí bajo la lluvia, paseando mi modelo de sombrero de caminante y mi trinchera y oyendo cómo chapoteaban mis zapatos. No apareció guerrillero urbano alguno. En el edificio no entró ni salió alguien que se pareciera ni remotamente a una persona capaz de portar un cortauñas. La lluvia era fuerte, constante y persistente. Nadie quería mojarse. Apenas había movimiento en la calle de Katherine y menos aún en su edificio. Desde donde me encontraba podía ver los botones del intercomunicador del vestíbulo. Nadie llamó a su puerta. Pasé el rato calculando la secuencia temporal de la posible llegada de Hawk. Esperar que llegara hoy era demasiado exagerado: llegaría mañana. Sumé y resté seis horas a todos mis cálculos hasta que me dio vueltas la cabeza y tuve que pensar en otras cosas.

Katherine era una chica interesante. Todo negro, blanco y de acero inoxidable. Impecable, desodorizado y perfectamente simétrico, con un cajón lleno de prendas íntimas dignas de un espectáculo pornográfico. El cachondeo de Times Square. La represión. Tal vez debería comprar un ejemplar de Krafft-Ebing cuando regresara al Mayfair. Después podría llamar a Susan y pedirle que me lo explicara. Durante la guardia comí chocolate con almendras y una manzana ácida. Ése fue mi almuerzo. No recordaba que James Bond hiciera lo mismo. Él siempre tomaba langosta y champán rosado. A la hora de cenar di por terminada la jornada, regresé al Mayfair y repetí la velada de la noche anterior. Una gran aventura en el delirante Londres. Antes de las diez estaba en la cama.

Por la mañana seguí a Katherine hasta la sala de lectura del Museo Británico. Escogió una mesa y se puso a leer. Me quedé en el vestíbulo y contemplé la enorme estancia y su alta cúpula. Todo poseía una cualidad grandiosa y augusta. Tenía el aspecto que uno esperaba. No ocurre lo mismo con otros sitios. Por ejemplo, Times Square o Piccadilly. Cuando vi por primera vez Stonehenge, todo era como debía y lo mismo podía decir del Museo Británico. Imaginé a Karl Mark allí, escribiendo el Manifiesto Comunista inclinado sobre una de las mesas en medio del silencio susurrante, bajo la enorme cúpula. A mediodía Katherine salió de la sala de lectura y almorzó en la pequeña cafetería de la planta baja, más allá de la sala del mausoleo. En cuanto se sentó, la abandoné y telefoneé al hotel.

– Sí, señor, hay un mensaje para usted -me informaron-. El señor Recójame lo espera junto al despacho de billetes de la Pan American en el aeropuerto de Heathrow -la voz de mi interlocutor no denotaba la más mínima sorpresa y, si el apellido le resultó extraño, no dijo palabra.

– Muchas gracias -respondí.

Había llegado el momento de dejar a Katherine e ir a buscar a Hawk. Cogí un taxi en la calle Great Russells y me dirigí al aeropuerto. Era fácil encontrar a Hawk si uno sabía lo que tenía que buscar. Lo vi repantigado en una silla, con los pies sobre una maleta y un sombrero de paja blanca con cinta color azul y ala ancha que le cubría el rostro. Llevaba terno azul marino con rayas finas de color gris claro, camisa blanca con broche bajo la corbata de seda, de nudo corredizo y color azul lavanda. En el bolsillo superior izquierdo de la chaqueta asomaban las puntas de un pañuelo del mismo color. Sus botas negras estaban relucientes. La maleta en que apoyaba los pies debía de haber costado quinientos pavos. Hawk tenía estilo.

– Disculpe, señor Recójame. He visto todas sus películas y me gustaría invitarlo a un trozo de sandía -dije.

Hawk no hizo el menor movimiento. Su voz surgió de debajo del sombrero:

– Puedes tutearme, amigo.

El asiento contiguo estaba vacío y me acomodé.

– Hawk, lamento que las cosas te vayan tan mal y tengas que ponerte estos harapos.

– Los compré la última vez que estuve aquí, en la calle Bond. Me los hicieron a medida.

Se quitó el sombrero y lo dejó sobre las piernas mientras me observaba. Hawk era totalmente calvo y su piel negra resplandecía bajo los tubos fluorescentes del aeropuerto. Todo, absolutamente todo, le quedaba bien. La piel de su rostro y de su cráneo era suave y tersa. Sus pómulos eran altos y resaltaban.

– ¿Vienes armado? -pregunté.

Hawk negó con la cabeza.

– No quería jaleos en la aduana. Ya sabes que no tengo permiso para portar armas.

– Es verdad. Te proporcionaré una. ¿Qué opinas de una Colt de tiro del calibre veintidós?

Hawk me miró.

– ¿Qué haces con esa chatarra? ¿Pretendes fanfarronear sobre lo bueno que eres?

– Nada de eso, se la quité a alguien.

Hawk se encogió de hombros.

– Será mejor que nada hasta que consiga algo más adecuado. ¿Qué estás tramando? -le conté que iba a la caza de una recompensa. Repitió-: Veintincinco mil por cabeza. De esa cifra, ¿cuánto me llevo yo?

– Nada, cobrarás a tanto alzado. Pagaré ciento cincuenta diarios más gastos y enviaré las facturas a Dixon.

– Vale -Hawk se encogió de hombros.

Le di quinientas libras.

– Regístrate en el Mayfair. Simula que no me conoces. Están intentando seguirme y si nos ven juntos también te conocerán a ti -le di el número de mi habitación-. Llámame después de registrarte y nos reuniremos.

– Oye, compinche, ¿cómo sabes que no te siguieron hasta aquí y nos vieron juntos?

Lo miré con cara de pocos amigos y pregunté:

– ¿Me estás tomando el pelo?

– Está bien, chico, eres la humildad personificada.

– Nadie me siguió. Esta gente es peligrosa, pero son aficionados.

– Y tú y yo no lo somos -aseguró Hawk-. Claro que no lo somos.

Una hora más tarde estaba en mi habitación del Mayfair aguardando la llamada de Hawk. Cuando telefoneó, cogí una de las pistolas de tiro 22 que le había quitado a los asesinos y fui a verlo. Estaba hospedado cuatro pisos por debajo del mío, pero subí y bajé y entré y salí del ascensor varias veces para cerciorarme de que nadie me seguía.

Hawk estaba en paños menores, colgando su ropa con sumo cuidado y bebiendo champán de una alta copa en forma de tulipa. Sus calzoncillos eran de seda color azul lavanda. Saqué la 22 de la pretina del pantalón y la dejé sobre la mesa.

– Veo que ya has averiguado el número del servicio de habitaciones -comenté.

– Por supuesto. Hay algunas cervezas en el lavabo.

Hawk volvió a acomodar un pantalón color gris perla en la percha para que la raya de cada pernera quedara exactamente en su sitio. Me dirigí al cuarto de baño. Hawk había llenado de hielo el lavabo y puesto a enfriar seis botellas de cerveza Amstel y otra botella de champán Taittinger. Abrí una cerveza con el destapador que había junto a la puerta del cuarto de baño y regresé al dormitorio. Hawk había quitado el cargador de la 22 que le había llevado y estaba comprobando su funcionamiento. También meneaba la cabeza.

– ¿Los malos de por aquí usan estos juguetes?

– No siempre -respondí-. Es lo único que pudieron conseguir.

Hawk se encogió de hombros y colocó el cargador en la culata.

– Es mejor que pedir ayuda a gritos -comentó. Bebí unos tragos de Amstel. Ya nadie la importaba a los Estados Unidos. ¡Qué idiotas! Hawk añadió-: Chico, tal vez mientras cuelgo los harapos tengas ganas de hablar sobre los motivos por los que estoy aquí.

Le solté todo el rollo, desde el momento en que había conocido a Hugh Dixon en la terraza de su casa de Weston hasta esa mañana, en que había dejado a Katherine arreglando bikinis franceses y meditando apasionadamente sobre las enseñanzas de Savonarola.

– ¡Qué desastre! -exclamó Hawk-. Bikinis franceses. ¿Qué aspecto tiene la chica?

– Hawk, Katherine cumple con tus requisitos, pero estamos aquí para seguirla, no para llevarla a la cama.

– Hacer una cosa no necesariamente excluye la otra.

– La amenazaremos con ello cuando necesitemos información -propuse.

Hawk siguió bebiendo champán.

– ¿Tienes hambre?

Asentí. En realidad, no podía recordar cuál había sido el último momento en que me había sentido satisfecho.

– Les pediré que suban algo. ¿Qué opinas de un coctel de gambas? -Hawk ni siquiera se molestó en leer el menú del servicio de habitaciones, que habían dejado sobre el tocador.

Volví a asentir. Hawk hizo el pedido. La primera botella de champán estaba vacía y descorchó la segunda. No se notaba que hubiera probado el alcohol. De hecho, desde que conocía a Hawk nunca había visto que algo se le notara. Reía fácilmente y jamás perdía el equilibrio, pero todo lo que ocurría en su interior allí se quedaba. Tal vez en su interior nada ocurría. Hawk era tan impasible y duro como una talla de obsidiana. Tal vez era eso lo que ocurría en su interior. Hawk bebió más champán.

– ¿Y quieres que te cubra la espaldas mientras persigues a esos chiflados?

– Sí.

– ¿Y qué hacemos cuando los atrapemos?

– Eso depende de ellos.

– ¿Quieres decir que si nos crean problemas los dejamos fuera de servicio?

– Sólo si es imprescindible.

– ¿Por qué no seguimos la vía más fácil y los dejamos fuera de servicio ahora mismo? -negué con la cabeza y Hawk rió-. Eres el mismo Spenser de siempre. Te siguen gustando las cosas difíciles.

Me encogí de hombros y saqué otra Amstel del lavabo. Apareció el camarero del servicio de habitaciones con el coctel de gambas y me mantuve oculto en el cuarto de baño hasta que se retiró. En cuanto se cerró la puerta, Hawk dijo:

– Listo, Spenser. Lo he pagado, ya puedes salir.

– Nunca se sabe quiénes son los empleados -comenté.

En la mesa de ruedas del servicio de habitaciones había diez cocteles de gambas, cada uno con su cuenco de hielo, y dos tenedores. Hawk probó una gamba.

– No está mal -opinó-. Está bien, lo comprendo. Eres tú el que paga ciento cincuenta diarios, así que dime cómo lo hacemos -volví a asentir-. ¿Qué haremos en primer lugar?

– Comeremos las gambas, beberemos la cerveza y el champán y nos iremos a dormir. Mañana vigilaré un rato más a Katherine. Te llamaré antes de irme para que puedas cubrirme las espaldas.

– Entendido. Y después, ¿qué?

– Después veremos lo que nacemos.

– ¿Qué ocurrirá si descubro a alguien pisándote los talones?

– Limítate a vigilarlo y no permitas que dispare contra mí.

– Haré cuanto esté en mis manos -Hawk sonrió, con la dentadura impecable y blanca en el reluciente rostro de ébano-. Espero que la señora de los bikinis franceses no me distraiga demasiado.

– Probablemente podrás sobornarla con un par de esos calzoncillos tuyos -repliqué.

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