Capítulo XX



El chófer del taxi

Encontramos a Japp interrogando a un viejo de hirsutos bigotes, sobre cuya nariz bailaban unas gafas. Su voz era bronca y tristona.

—¡Ah! ¡Ya lo tenemos! —dijo el inspector—. Todo va viento en popa. Este hombre es el chófer de un taxi que fue alquilado por dos personas, un hombre y una mujer, en la noche del veintinueve de junio, en Long Acre.

—Así fue —dijo el chófer, llamado Jobson—. Por cierto que era una noche maravillosa, pues había hasta luna. La joven y el caballero estaban junto a la estación del Metro cuando me hicieron parar.

—¿Iban vestidos de etiqueta?

—Él llevaba chaleco blanco y la mujer un traje completamente blanco, con pajaritos bordados. Debían de salir de la Royal Opera.

—¿Qué hora era?

—Poco antes de las once.

—¿Qué más?

—Me dijeron que les llevase a Regent Gate y que, una vez allí, ya me indicarían la casa. ¡Ah! También me dijeron que fuera deprisa. Todos los pasajeros recomiendan lo mismo, como si a uno pudiera convenirle ir despacio. Cuanto más deprisa se va, más probabilidades hay de hacer otro viaje, lo cual es un beneficio para el chófer. Pero no se les ocurre pensar en esto, y si por desgracia sucede un accidente, entonces lo ponen a uno verde por correr tanto.

—Dejemos eso —dijo impaciente Japp—. Aquella noche no ocurrió ningún accidente, ¿verdad?

—No —dijo el hombre, como temeroso de tener que abandonar sus quejas—. No ocurrió nada —y añadió—: Como iba diciendo, fui a Regent Gate en menos de siete minutos, y al llegar frente al número ocho, creo que fue ese el número, el caballero golpeó en los cristales, indicándome que me detuviera. Lo hice así y bajaron del coche el caballero y la señora. Él se quedó junto a la portezuela, diciéndome que esperase. La señora atravesó la calle y se dirigió hacia arriba por la otra acera. El caballero, que estaba junto a mí, pero de espaldas, la siguió con la vista. Unos minutos más tarde lanzó una exclamación, y al volverme, vi que se alejaba. Le observé por si acaso intentaba estafar-me, cosa que ya me había ocurrido alguna vez, y le vi entrar en una casa de la acera de enfrente.

—¿Estaba la puerta abierta?

—No; me fijé que sacaba una llave y que abría.

—¿Qué número tenía aquella casa?

—Creo que el diecisiete o diecinueve, no estoy seguro. Yo seguí esperando en el mismo sitio, y a los cinco o seis minutos salieron juntos de la casa el caballero y la señora subieron al coche y me ordenaron que les llevase a la Covent Garden Opera House. Cuando llegamos, me pagaron el viaje y se apearon. Por cierto, que me dieron una estupenda propina. Nada, que, como les he dicho a ustedes, aquélla fue una noche deliciosa, por lo menos para mí.

—Muy bien —dijo Japp—. Ahora, ¿quiere hacerme el favor de mirar estas fotografías y decirme si entre ellas está la joven que llevó usted en el taxi?

Y le mostró una docena de fotografías de mujeres jóvenes, más o menos iguales.

—Ésta es —dijo Jobson, señalando con mano segura un retrato de Geraldine Marsh en traje de noche.

—¿Está usted seguro?

—Completamente seguro. Era una joven morena y muy pálida.

—Está bien. Ahora vayamos por el hombre. Enseñaron a Jobson otra serie de fotografías.

—Tal vez fuera uno de estos dos —dijo al cabo de un rato de vacilación—; pero no estoy seguro.

Entre las fotografías que se le habían mostrado había una de Ronald Marsh, pero Jobson no la escogió. De todas maneras, las que había indicado eran de dos hombres de tipo muy parecido al del nuevo lord Edgware.

El chófer se retiró y Japp arrojó los retratos sobre la mesa.

—Bueno, ya ha ido bastante bien esto; pero me habría gustado más que hubiese identificado al capitán Marsh por completo. Por más que el caso está clarísimo. Nada, que se han inutilizado unas cuantas coartadas. Fue usted muy listo, Poirot, cuando se le ocurrió la idea de llamar a los chóferes.

Poirot dijo modestamente:

—Al enterarme de que ambos primos habían ido a la Opera, tuve como probable que se hubiesen encontrado allí durante uno de los entreactos, siendo muy natural que los que les acompañaron aseguren que no abandonaron el teatro; pero en la media hora que suele durar el intervalo hay tiempo más que suficiente para ir y volver a Regent Gate. Desde el momento en que el novel lord Edgware se mostraba tan seguro de su coartada, comprendí que algún cabo quedaría suelto.

—Es usted el hombre más suspicaz que he conocido —dijo Japp afectuosamente—. De todas maneras, tiene usted razón: nunca se es bastante desconfiado en un mundo como el nuestro. Ahora fíjese usted en esto, que ya es lo único que nos faltaba para convencernos de que el capitán Marsh es nuestro hombre —y le tendió un papel—. Es un cable de Nueva York —siguió—. La Policía de allí se entrevistó con miss Lucy Adams, quien recibió la carta de su hermana. Como no era preciso que nos enviase el original, el agente que la visitó sacó copia de ella y la ha cablegrafiado. Éste es el cable, y como usted verá, es de lo más condenatorio.

Poirot tomó el mensaje con gran interés. Yo me acerqué a él y leí el contenido por encima de su hombro. El cable decía lo siguiente:

«A continuación, el texto de la carta a Lucy Adams, fechada en junio 29-8. Rosedew Mansions, Londres, S. W. 3.» «Mi querida hermanita: Perdona la carta tan breve que te escribí la semana pasada, pero estaba ocupadísima, pues tenía un sinfín de cosas que arreglar. ¡Oh, hermanita mía! Ha sido un verdadero éxito mi número. La crítica me pone por las nubes, los ingresos en taquilla han sido excelentes y todo el mundo se porta muy amablemente conmigo. He hecho algunas amistades, y para el próximo año pienso tomar un teatro durante dos meses por mi cuenta. El cuadro de la bailarina rusa y el de la americana en París fueron muy bien acogidos; pero el que más entusiasma es el de Escenas en un hotel extranjero. Estoy tan excitada, que casi no sé ni lo que escribo. Dentro de un momento te contaré la causa de mi excitación. Antes quiero explicarte que míster Hergsheimer, amabilísimo como siempre, me ha invitado a comer para presentarme a sir Montagu Córner; este último puede hacer mucho por mí.

La otra noche me presentaron a Jane Wilkinson, quien se mostró encantada de la imitación que de ella hago, y me dijo varias veces cosas que ya te contaré. Es una mujer poco simpática y me han explicado varias cosas de ella que demuestran su falta de sensibilidad. ¡Ah!, se me olvidaba: Jane Wilkinson es lady Edgware, de cuyo matrimonio se cuentan cosas terribles. Lord Edgware trató a su sobrino, el capitán Marsh, de quien ya te he hablado, de la manera más ignominiosa, pues le echó de casa, y además, le retiró la pensión que le pasaba. Cuando él me lo contó, me dio muchísima pena. Y le gusta mucho mi trabajo. Me dijo: «Creo que hasta lord Edgware se confun-diría. ¿Quiere usted ganarse algo?» Me reí y dije: «¿Cuánto?» Lucy querida, la contestación me dejó sin aliento: «Diez mil dólares.» ¡Diez mil dólares! Pásmate..., sólo por ayudar a alguien a ganar una estúpida apuesta. «¡Vamos! —dije—. Por ese dinero soy capaz de burlarme del rey de Buckingham Palace, corriendo el riesgo de ser condenada por el delito de lesa majestad.» Entonces nos pusimos de acuerdo en los detalles.

«Pero termino. Ya te contaré la semana próxima si he salido bien o no. Aunque, de todas maneras, querida Lucy, tanto si salgo bien como si salgo mal, tendré los diez mil dólares. ¡Oh, hermanita mía, cuánta importancia tiene para nosotros ese dinero! Sólo me queda tiempo para preparar mi disfraz.


Mil abrazos de tu hermana,

Charlotte.


Poirot dejó la carta sobre la mesa. Comprendí que le había impresionado.

—Ya lo tenemos —dijo Japp alegremente.

—Sí —dijo Poirot.

Su voz tenía un tono raro. Japp le miró con curiosidad.

—¿Qué es eso, Poirot?

—Nada —contestó—, no es nada. Reflexionaba, eso es todo —parecía realmente impresionado—. Pero, de todas maneras, debe de ser eso —continuó, como si hablase consigo mismo—. Sí, debe de ser así.

—Claro que es así; siempre lo dijo usted.

—No, no. No me comprende.

—¿No ha sostenido usted siempre que detrás de todo este asunto estaba alguien que había metido a la muchacha inocentemente en el lío?

—Sí, sí.

—¿Qué más quiere usted? Poirot suspiró y no dijo nada.

—No sé cómo diablos es usted. Poirot. Nada le satisface. Es una verdadera suerte que la muchacha escribiese esa carta.

Mi amigo afirmó, con mucho más ardor del que antes había mostrado:

—Mais oui. Esto no se lo esperaba el asesino. Cuando miss Adams aceptó los diez mil dólares, firmó su sentencia de muerte. El asesino creyó haber tomado todas las precauciones, y con la mayor inocencia, ella fue más lista que él. Los muertos hablan. Sí, a veces, los muertos hablan.

—Bueno —dijo Japp—, tengo que hacer varias diligencias.

—¿Va usted a arrestar al capitán Marsh, mejor dicho, a lord Edgware?

—¿Por qué no? La acusación contra él es definitiva.

—Es verdad.

—Parece usted muy abatido por ello, Poirot. Lo cierto es que a usted sólo le gustan las cosas difíciles. Tenemos aquí su propia hipótesis probada, y porque está probada, ya no le satisface. ¿No encuentra usted suficientes las pruebas que tenemos?

Poirot movió la cabeza.

—No sé si miss Marsh estará o no complicada —siguió Japp—; parece que debía de estar enterada de ello, desde el momento en que fue con él desde la Opera. De no ser así, ¿por qué salió con su primo? En fin, ya veremos cómo se explican.

—¿Puedo ir con usted?

—Claro que sí; le debo a usted la idea.

Y cogió el cablegrama de encima de la mesa.

Yo arrastré a Poirot a un lado:

—¿Qué te pasa? —le pregunté.

—No me encuentro nada bien, Hastings. Esto parece que va viento en popa, pero hay todavía algo que no se aclara. Algo que se nos escapa Todo ha ido como yo me figuraba; pero hay algo, algo que está mal.

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