Capítulo XXIV
Noticias de Paris
Al día siguiente tuvimos una inesperada visita Nos anunciaron a Geraldine Marsh. Sus enormes ojos negros parecían más grandes que nunca Oscuros círculos los rodeaban, como si hubiese pasado varios días sin dormir. Su rostro estaba extraordinariamente marchito para una mujer tan joven, que más que una mujer era una niña todavía.
—He venido a verle, monsieur Poirot, porque ya no puedo más; estoy terriblemente angustiada
—¿Por qué motivos, señorita?
Los modales de mi amigo eran muy afables.
—Ronald me ha contado lo que le dijo a usted aquel día, me refiero al terrible día en que fue detenido —se estremeció—. Me contó que al decirles que estaba seguro de que nadie le creería, usted fue hacia él y le dijo: «Yo le creo.» ¿Es verdad eso, monsieur Poirot?
—Sí, señorita; eso mismo fue lo que le dije.
—Sí, ya lo sé; pero no es eso... No le pregunto si son verdad esas palabras, sino si cree usted en ellas.
Permanecía ante él con las manos juntas, demostrando una gran ansiedad.
—Las palabras de su primo eran ciertas, señorita —dijo Poirot lentamente—. No creo que haya sido él quien matase a lord Edgware.
—¡Oh! —el color volvió a su rostro—. Entonces piensa usted, sin duda, que fue otra persona.
—Evidemment, señorita —dijo sonriendo.
—¡Oh, qué estúpida soy; no digo más que tonterías! Lo que yo quiero decir es... si cree conocer ya al asesino. Se inclinó hacia adelante con ansiedad.
—Tengo sospechas, naturalmente, algunas sospechas.
—Dígamelas, por favor, dígamelas.
—Podrían ser falsas.
—Entonces es que sospecha usted concretamente de alguien. Poirot movió la cabeza.
—Si supiese un poco más —dijo la joven—, ¡me tranquilizaría tanto! Y tal vez pudiera ayudarle en sus pesquisas. Sí, creo que podría serle de alguna ayuda.
Sus ruegos eran para convencer a cualquiera, pero Poirot continuó negando con la cabeza.
—La duquesa de Merton está completamente convencida de que fue mi madrastra —dijo pensativamente la joven, dirigiendo una interrogadora mirada a Poirot.
Éste se hizo el desentendido.
—Pero ¡yo tengo que descubrir la verdad! —exclamó Geraldine.
—¿Cuál es su opinión respecto a su madrastra?
—La conozco muy poco. Yo estaba en el colegio, en París, cuando mi padre se casó con ella. Cuando llegué a casa se mostró amable conmigo. Mejor dicho, apenas se fijó en mi presencia. Me hizo el efecto de que era una cabeza vacía y sumamente egoísta.
—Ha hablado usted de la duquesa de Merton. ¿La ha visto mucho últimamente?
—Sí. Se ha portado muy bien conmigo. He pasado muchos ratos con ella durante estos últimos quince días. Ha sido terrible para mí tanto comentario, los periodistas, Ronald en la cárcel y todo lo demás —se estremeció—. No tengo verdaderos amigos, pero la duquesa ha sido muy amable, y también su hijo.
La joven calló un momento, esperando algún comentario de Poirot; mas como éste nada dijo, continuó rápidamente:
—Me parece que es muy tímido, muy serio y nada comunicativo. Pero su madre le pone por las nubes; ella debe conocerle mejor que yo.
—Dígame, señorita, ¿quiere usted a su primo?
—¿A Ronald? Desde luego. No le he visto mucho durante los dos años últimos, pero antes vivía en casa. Muchas veces le encontré encantador. Es muy juguetón y siempre está pensando en hacer locuras. ¡Oh! En aquella época nuestra casa era muy distinta.
Poirot asintió amablemente, pero le hizo una observación, que me disgustó por su crudeza.
—No le gustaría verlo ahorcado, ¿verdad?
—¡Oh, no, no! —la muchacha se estremeció violentamente—. No, de ninguna manera; mi madrastra no me importaría tanto. Y debe de ser ella, puesto que la duquesa lo dice.
—¡Ah! —dijo Poirot—. Si por lo menos el capitán Marsh se hubiese quedado en el taxi, ¿verdad?
—Sí; pero ¿qué quiere usted decir? —le miró extrañada—. No le entiendo.
—Que no debió seguir a aquel hombre dentro de la casa. A propósito, ¿oyó entrar a alguien detrás de usted?
—No; no oí nada.
—¿Qué hizo usted al entrar en la casa?
—Subí directamente a buscar las perlas, ya se lo he dicho.
—¿Se entretuvo mucho tiempo para cogerlas?
—Sí; porque no pude encontrar en seguida la llave de mi joyero.
—Siempre pasa igual; cuanto más prisa se tiene, más despacio va uno. ¿Pasó algún tiempo antes que usted bajase y encontrase a su primo en el vestíbulo?
—Sí; le vi venir de la biblioteca.
—Comprendo. Debió de asustarse usted, ¿verdad?
—Sí —se la veía agradecida por las palabras de Poirot—. Me asusté mucho.
—Claro, claro.
—Ronnie dijo: «Hola, Dina; sígueme», y salimos de puntillas.
—Sí —dijo Poirot amablemente—; como le decía antes, fue una lástima que no esperase fuera. Así el chófer hubiese podido jurar que no había entrado en la casa.
Ella asintió. Las lágrimas caían una a una sobre su regazo. Se levantó, y Poirot le cogió la mano.
—Desea usted que le salve, ¿verdad?
—¡Sí, sí, por favor! ¡Si usted supiese...!
Estaba en pie y trataba de dominar su emoción.
—La vida no ha sido agradable para usted, señorita —dijo Poirot bondadosamente—. Lo comprendo. Hastings, ¿quieres acompañar a la señorita hasta el taxi?
La acompañé. Ya se había dominado y me dio las gracias con gran amabilidad.
Encontré a Poirot paseando pensativamente de un lado a otro de la habitación. Parecía disgustado.
Cuando oí el timbre del teléfono, me alegré. Poirot se puso al aparato.
—¿Diga? ¡Ah! ¿Es usted, Japp? Bonjour, mon ami.
—¿Qué querrá decirte? —pregunté acercándome. Al fin, después de varias exclamaciones, Poirot dijo:
—Sí, sí. ¿Qué le pidió? ¿Lo conoce?
Sin duda, la respuesta no fue la que él esperaba, pues su rostro se entristeció cómicamente.
—¿Está usted seguro?
—Es una contrariedad; he ahí todo.
—Sí; puede volver a poner en orden mis ideas.
—Comment?
—De todas maneras, yo estaba en lo cierto. Sí, es un detalle, como usted dice.
—No; sigo opinando lo mismo. Me gustaría que hiciera usted algunas investigaciones en los restaurantes de los alrededores de Regent Gate, Euston, Tottenham Court Road y hasta en Oxford Street.
—Sí; una mujer y un hombre. También puede mirar en los alrededores del Strand. Debía de ser justamente después de las doce. Comment?
—Claro que sé que el capitán Marsh estuvo con los Dortheimer. Pero hay otras personas en el mundo, además del capitán Marsh.
—Eso de llamarme testarudo no es muy amable por su parte, que digamos. Tout de méme, hágame el favor de hacer lo que le pido, se lo ruego.
Colgó el aparato.
—¿Qué te ha dicho? —pregunté impaciente.
—Que la cajita de oro fue comprada en París. Se pidió por carta a un establecimiento muy conocido, especializado en objetos así. La carta procedía de una supuesta lady Ackerley y la firmaba Constance Ackerley. Naturalmente, no se conoce a ninguna persona de ese nombre. La carta se recibió dos días antes del crimen. La supuesta firmante pedía que pusiesen sus iniciales en rubíes y la inscripción «París, noviembre» debajo. Fue un pedido urgente, que debía estar dispuesto para el día siguiente, o sea, el anterior al del crimen.
—¿Y lo fueron a recoger?
—Sí; pero ya lo habían pagado anticipadamente por giro.
—¿Quién fue a buscarlo? —pregunté excitado. Presentía que estábamos cerca de la verdad.
—Una mujer, Hastings.
—¿Una mujer? —dije sorprendido.
—Mais oui. Una mujer pequeña, de mediana edad y con gafas. Nos miramos contrariados.