7

Andie desconectó la anticuada máquina de microfichas.

—¡Maldita sea!

Su presentimiento no había dado resultado. En Río había una reducida población mutante, un par de miles de personas que apenas constituía un porcentaje despreciable entre los diez millones de brasileños que se apretujaban en la ciudad. Desde luego, no eran suficientes para llenar las cafeterías de camareros y clientes de ojos dorados. El tamaño de la población mutante hacía insostenibles las desquiciadas teorías que había estado formulando. Tal vez había imaginado los ojos dorados del vendedor de la playa.

Casi todo el día perdido detrás de un loco presentimiento. ¿Qué iba a decirle a Jacobsen? La investigación estaba resultando un fracaso en el que se cebaría la Contaduría General, por no hablar de los votos que le costaría a la senadora cuando llegaran las siguientes elecciones. Era preciso que descubriera algo.

A su alrededor, la biblioteca de la Escuela de Medicina Rosario do Madrona hervía de actividad. Unos monitores colocados a intervalos regulares en la blanca pared circular la contemplaban sombríamente. Bueno, allí no había nada que confirmara sus sospechas. Tal vez había llegado el momento de ser más directa.

Se volvió hacia Catalina Jobim, la bibliotecaria, y le preguntó:

—¿Puede recomendarme alguna fuente adicional que haga referencia a pigmentaciones oculares inusuales? A pigmentaciones doradas, en concreto.

La bibliotecaria, vestida de verde, puso cara de desconcierto.

—Pero, señorita Greenberg, ¿a qué ojos dorados se refiere?

—¡Ah! Sólo gente que he visto por la calle —contestó Andie—. Me ha parecido que tenían unos ojos muy…, muy bonitos, y he sentido curiosidad. Al fin y al cabo, la población mutante de la ciudad es bastante reducida. —Hizo una pausa y miró a la bibliotecaria detenidamente—. Seguramente habrá alguna documentación al respecto, ¿no?

—No —replicó Jobim con sequedad—. No hay nada. Probablemente, lo que ha visto usted eran lentillas de contacto. Sí, estoy segura de que era eso. —Esbozó una sonrisa—. Se sorprendería usted de las modas que vemos por aquí. El año pasado, todo el mundo llevaba el cabello rojo. ¡Todo el mundo! Ahora toca llevar los ojos dorados, y mañana será otra cosa distinta.

Andie deseó creerla, pero la extraña forma en que la bibliotecaria la miraba no hizo sino aumentar sus suspicacias. Dio las gracias a la mujer y se despidió. Ya era casi mediodía.

Durante el almuerzo, Jacobsen se mostró más distante que de costumbre.

—¿Alguna pista? —preguntó en cierto momento la senadora, mientras jugueteaba con una tajada de melón anaranjado.

—No —contestó Andie—. Estoy empezando a rezar para dar con una clave, un indicio o una prueba concreta de la existencia de esos supermutantes. Lo que sea, mientras podamos volver a casa con algo en las manos.

—Ya sé a qué se refiere.

Andie se preguntó si Jacobsen habría tropezado con algún obstáculo inesperado en sus investigaciones. Por alguna razón, no podía creer que así fuera. Si había alguien capaz de atravesar cualquier pantalla de humo, era Eleanor Jacobsen. Sin embargo, la senadora parecía tensa y preocupada. Cuando hubieron terminado los postres, Andie le preguntó si se sentía mal.

—No es nada, Andrea —respondió Jacobsen—. Y olvide ese aire de madre judía. Los trópicos no son mi clima ideal, eso es todo.

Andie abandonó el tema a regañadientes. Tenía una hora libre después del almuerzo y pensó en dar un nuevo paseo por la playa, pero decidió no hacerlo pues el sol de mediodía era demasiado fuerte. Sin embargo, encerrada entre las paredes del hotel, con el aire acondicionado, se sintió incómoda. Tenía que salir de allí, aunque sólo fuera a dar la vuelta a la manzana.

Dobló la esquina de la avenida Río Branco, apretó el paso para alejarse de los esbeltos deslizadores de asiento bajo y parabrisas oscuros, se internó por una calle tranquila (demasiado tranquila para ser mediodía) y recorrió varias manzanas del centro comercial admirando en las esquinas los videoanuncios de las pintorescas tiendas de moda del paseo Río do Sul. La calle estaba casi desierta; sólo se veía a una doncella con un uniforme rosa que reñía a dos chiquillos. Andie tomó por una calle lateral que le pareció interesante y se detuvo en una cafetería, atraída por sus manteles luminosos y la sombra de un jaracandá rebosante de flores púrpura.

La mayoría de las mesas estaban desocupadas. En una de ellas permanecía sentado un hombre enjuto, en traje de baño, que daba chupadas a un cigarrillo y consultaba su reloj, buscando algo con la mirada. Cerca de la compubarra, otro hombre, con barba y gafas de sol, sorbía una cerveza.

Andie escogió una mesa junto al árbol. El camarero, un mulato de ojos color avellana y cabello rizado muy rubio, le preguntó en un melodioso portugués:

—¿Cafeína en taza o en hipodérmica?

—En taza, por favor.

Andie le vio introducir el pedido en la barra, se echó hacia atrás en la silla curva de plástico e inspeccionó la calle. No llegaba hasta allí ni siquiera el lejano murmullo del tráfico, y sintió la tentación de seguir hasta el final de la manzana de casas y desaparecer. Estaba harta de investigaciones del Congreso y de ojos extraños.

Una sombra más intensa cayó sobre ella.

—Disculpe —dijo una voz de tenor en perfecto inglés norteamericano—. ¿Está ocupada esta silla?

Andie alzó los ojos y descubrió junto a su mesa al hombre de la barba que tomaba la cerveza cerca de la barra. Sin darle tiempo a protestar, el individuo tomó asiento.

—No busco compañía —declaró Andie enérgicamente. El hombre sonrió y se quitó las gafas. Tenía unos ojos dorados, brillantes.

—¿Está segura de que no desea mi compañía, señorita Greenberg?

El desconocido se echó hacia atrás en la silla, estudiando a Andie. El camarero trajo una tacita de humeante líquido negro. Ella le echó azúcar mecánicamente, llenándola casi hasta el borde. Cuando el camarero se alejó, Andie se volvió rápidamente hacia su interlocutor.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—¿Por qué no iba a saber el nombre de la ayudante administrativa de prima Eleanor? —El hombre se encogió de hombros y bebió un trago de cerveza—. Me llamo Skerry, y voy a ahorrarnos a los dos un montón de tiempo y de líos, señorita Greenberg. Sé por qué han venido aquí y tengo cierta información que tal vez pueda usted utilizar.

—¿Qué tipo de información?

—Usted está preocupada por ese asunto de los supermutantes. Lo está más aún que mi distinguida pariente. Y hace bien, señorita; la senadora se equivoca. Intente hacérselo ver antes de que sea demasiado tarde.

—¿Quiere decir con eso que, efectivamente, existen esos supermutantes? ¿Que no es un simple rumor?

De pronto, a pesar de sí misma, Andie deseó creerle. Pero Skerry se encogió de hombros.

—Es difícil de decir. De momento, lo único que sabemos es que han descubierto algún tipo de gen mutante que no sólo aísla, sino que potencia la capacidad para mutaciones específicas. Al menos, eso es lo que indican sus resultados. No me pregunte cómo lo hacen. Y tampoco tengo idea de hasta dónde han llegado.

—¿Quién está involucrado en el asunto?

—La mayoría de los investigadores médicos de aquí. Ribeiros es su hombre clave, desde luego; pero no malgaste el tiempo, nunca llegará hasta él. Está demasiado protegido, como creo que la bendita Eleanor ha empezado a descubrir.

—¿Por qué tengo que escucharle? ¿Cómo sabe usted todo eso?

—Tengo relaciones —sonrió él—. Y maneras de descubrir las cosas. Y no estoy obligado a ceñirme a normas y procedimientos oficiales.

—Pero ¿qué está haciendo aquí, en realidad? —insistió Andie.

—¿Cree que el Congreso de los Estados Unidos es la única organización interesada en ese rumor de los supermutantes?

—Pero ¿cómo es que ha oído hablar de eso? ¿Cuál es su fuente?

Tengo oídos. La verdad es que tengo mejor oído que la mayoría de miembros del Congreso. —Skerry se arrellanó en la silla y añadió—: Se le está enfriando el café.

Andie tomó un sorbo e hizo una mueca al notar su sabor excesivamente dulce. Volvió a dejar la taza sobre la mesa.

—De modo que me topo con un desconocido salido de la nada y, en su perfecto inglés norteamericano, quiere hacerme creer que está llevando a cabo su propia investigación privada sobre el mismo asunto que nos interesa a nosotros, con la diferencia de que él conoce todas las respuestas. ¿Sería demasiado preguntarle a quién representa?

—Digamos que a un grupo con intereses muy especiales.

—¿Especiales? ¿Como los mutantes?

Skerry le dedicó un fingido saludo.

—Muy bien, es usted más lista de lo que creía.

—¿Está usted solo en el país?

—No, tengo a un par de colegas husmeando por ahí.

—¿Por qué no habla usted con Jacobsen?

—Sería perder el tiempo —respondió el hombre, moviendo la cabeza—. Eleanor se ciñe demasiado a las reglas, y yo no tengo lo que se dice buena fama en ciertos círculos mutantes de alto rango.

—Entiendo. ¿Y si le transmito el mensaje de su parte?

—Me haría aún menos caso.

—Entonces, ¿por qué ha venido a contarme todo esto?

—Porque tiene acceso a información oficial y está en el equipo adecuado. Puede conducir las investigaciones en la dirección correcta y facilitar la participación de, digamos, las agencias más indicadas.

—¿La CIA? Para eso necesitaré alguna prueba sólida.

—Inténtelo con esto. —Skerry sacó del bolsillo un disquete y lo depositó en la mano de Andie. Ella observó el objeto con aire escéptico.

—¿Qué es?

—Un registro de experimentos genéticos en partición de embriones humanos, sacado de una clínica próxima a Jacarepaguá.

—¿Qué? ¡Pero si eso es ilegal! ¿Cómo lo ha conseguido?

—Lo he robado —confesó él con una sonrisa.

Andie apartó la silla de la mesa y movió la cabeza en gesto de negativa.

—No puedo aceptarlo. Me convertiría en cómplice de un delito, por no hablar de los problemas que nos podría causar si alguien se enterara de que tenemos información robada…

La risa del mutante la interrumpió a media frase.

—Quizá no resulte ser tan lista como había creído. No admita que es robada. La clínica no dirá nunca ni media palabra, créame.

—Prefiero atenerme a las normas.

Skerry dejó de reír.

—Escuche, señorita Legal, esto no es Estados Unidos. Las únicas reglas que existen aquí son a quién conoce uno y qué sabe. Y, lo que es aún más importante, quién está al corriente de lo que uno sabe. Así que ándese con cuidado. Guarde esa información y no se la enseñe a Jacobsen hasta que hayan regresado a Washington. Aquí, la senadora está vigilada.

—¿Quién…?

—Cien ojos. La policía, ciertos intereses extranjeros… y otros mutantes, por supuesto.

Andie imaginó a una multitud de desconocidos espiando con prismáticos o por el ojo de la cerradura a su jefa. Y a ella. Todo un ejército de espías, si debía creer al informante.

—¿Cómo lo sabe? —inquirió—. Y, en todo caso, ¿por qué interviene?

—Recurriendo a la conocida cita, si no soy yo, ¿quién? Y si no es ahora, ¿cuándo? Escuche, querida, este asunto es muy serio tanto para mí como para usted, por no hablar de esa serie de tipos que vigilan a su jefa. Y mientras todo el mundo pierde el tiempo utilizando los canales oficiales, esos experimentos continúan.

—¿Con sujetos humanos?

—Eso parece.

—¿Está seguro?

—Sí. De modo que vaya con mucho cuidado.

La figura del hombre fluctuó ante Andie como si entre ellos hubiera pasado una ráfaga de viento tórrido. La mujer se frotó los ojos. ¿Le pasaba algo en la vista, o el hombre estaba disolviéndose delante de ella? El tronco del Jacaranda era visible a través de su camiseta de manga corta. Andie hizo un esfuerzo para no quedarse boquiabierta.

—¡Espere! ¿Y si necesito ponerme en contacto con usted?

La silla frente a ella estaba vacía. Una brisa refrescante le acarició la mejilla.

—Yo la encontraré.

Fue un susurro en el oído, en el cerebro. Andie bajó la vista, casi esperando que el disquete se hubiera desvanecido también, pero la pieza ovalada de plástico azul seguía en su mano como si fuera un huevo.

Se lo guardó en el bolsillo y echó un vistazo al reloj. Si se daba prisa, aún llegaría a tiempo a la reunión en el Cesar Park.


Bill McLeod asió el aerógrafo. El morro del Cessna ultraligero necesitaba un retoque, y el hombre acababa de preparar una nueva carga de pintura plateada para llevar a cabo el trabajo.

Detrás de él, McLeod escuchó la voz de Kelly charlando con aquella muchacha mutante, Melanie Ryton, mientras ambas le ayudaban a rascar la pintura vieja de la cola del avión. Kelly insistía en relacionarse con aquella familia mutante, pese a los recelos de su padre. «Bueno —se dijo Bill McLeod—, tal vez sólo sea un período transitorio.» Melanie era una chica simpática. Y Joanna no dejaba de insistir en que también Michael, el hermano de Melanie, era muy agradable.

«¡Al diablo con ello!», pensó el hombre. Le había prometido a Joanna que mantendría la boca cerrada respecto a aquel asunto, pero seguía sin gustarle la idea de que su hija saliera con ese chico mutante. Además, McLeod tenía una idea bastante exacta de hasta dónde habían llegado Michael Ryton y su hija en cuestión de relaciones sexuales, lo cual le gustaba aún menos. Pero Kelly había cumplido ya los dieciocho, y mientras se comportara con discreción, lo menos que podía hacer su padre era intentar respetar su intimidad.

El hombre extendió una capa brillante de plata líquida en un arco reluciente y medido. El pigmento crisacrílico se secó instantáneamente al contacto con el plástico del avión. Examinó la nueva pintura con ojo crítico y se dijo que no iría mal otro retoque minucioso.

—¿Kelly? ¿Puedo interrumpirte?

—Claro, papá.

—¿Querrías traerme la caja de herramientas pequeña del portaequipajes del deslizador?

—Ahora mismo.

Bill la vio dirigirse al trote hacia el vehículo, seguida de cerca por Melanie. El sol primaveral se reflejaba en sus cabellos y en su mono amarillo. Por un instante, imaginó a su hija avanzando al trote por una pista de despegue camino de un avión, con su esbelta figura cubierta por otro tipo de indumentaria: un uniforme gris de vuelo. ¡Qué estupenda piloto sería! Sí, tenía que convencer a Kelly de que presentara una solicitud de admisión en la Academia de las Fuerzas Aéreas. Ojalá su hija prestara atención a algo más que a los mutantes.


—Tu padre es estupendo —dijo Melanie mientras se esforzaba por mantener el paso de Kelly, que se dirigía al aparcamiento dando enérgicas zancadas con sus largas piernas. El viento de abril le metía en los ojos sus finos cabellos, y la joven mutante sintió envidia de las perfectas trenzas negras de Kelly.

—¿Qué quieres decir?

—Que es divertido, agradable y guapo. —Mel soltó una risilla—. Sé que le hago sentirse incómodo, pero se esfuerza por no demostrarlo.

—Mi padre no entiende a los mutantes.

—¿No trabajó con ninguno en las Fuerzas Aéreas?

—Sólo esporádicamente. Los mutantes parecen salvarse del reclutamiento con notable facilidad.

Melanie sonrió, pues sabía que sus primos varones tenían una gran habilidad para influir en los sorteos de reclutas mediante sutiles impulsos telepáticos.

—No te lo tomes como cosa personal —dijo Kelly—, pero los mutantes sois un misterio para mi padre y para la mayoría de la gente, y eso los hace sentirse incómodos.

—¿Y cómo crees que me hace sentir a mí? —respondió Melanie—. ¿Crees que me gusta? Conmigo, la gente se comporta de dos maneras: o se muestran groseros o se esfuerzan demasiado en ser agradables y se pasan de la raya, lo cual resulta aún peor.

Melanie se apoyó en el deslizador azul, mientras Kelly revolvía en el portaequipajes.

—Sí. No entiendo por qué los mutantes os molestáis siquiera en intentar llevaros bien con los no mutantes. La mayor parte del tiempo, los normales nos portamos como idiotas con vosotros.

Kelly extrajo una bolsa verde, sosteniéndola por el asa, y cerró el vehículo.

—No podemos ocultarnos eternamente —dijo Melanie encogiéndose de hombros—. Además, no tenemos alternativa. Vosotros sois muchos más.

—Pero ¿no aumenta cada año el número de mutantes?

—En efecto. Sin embargo, si quisiéramos alcanzaros, deberíamos pasarnos toda la vida haciendo bebés mutantes.

—Eso no suena mal… —Kelly balanceó la bolsa de herramientas, inició un giro en torno a sí misma y se detuvo en mitad del movimiento. Su expresión se había vuelto seria—. ¿Qué me dices de los bebés medio mutantes?

—No hay muchos.

—¿Poseen facultades mutantes?

—Algunos, sí. Pero el clan desaprueba los matrimonios mixtos.

—Ya me lo habías dicho.

Kelly dejó de andar y su mirada se perdió en la lejanía.

—¿Qué sucede? —preguntó Melanie.

—Nada.

—¿De verdad?

—Sí. Sólo estaba pensando en el futuro —respondió Kelly, volviéndose hacia Melanie.

—Estabas pensando en mi hermano, ¿verdad? —inquirió ésta.

Kelly asintió.

—Estoy enamorada de él —declaró, casi en un susurro.

—¿Sí? —Melanie la asió por el hombro—. ¿Se lo has dicho a él?

—No.

A Kelly se le quebró la voz. Perpleja, Melanie la abrazó.

—No llores —le dijo—. Seguro que él también te quiere. ¿Por qué no se lo preguntas?

—Me sentiría ridícula. Michael me lo tiene que decir sin preguntárselo. Si no, no vale.

—Supongo que tienes razón.

Melanie la soltó. La joven mutante se sentía dividida entre sus ganas de ayudarla y su deseo de no verse involucrada en el asunto. Ella tenía sus propios planes y ya había corrido suficientes riesgos mintiendo a sus padres sobre lo que iba a hacer aquella tarde. La vida amorosa de su hermano era un asunto que sólo le importaba a él. Pero Kelly era también amiga de ella. ¿Cómo podía, entonces, decirle que jamás podría ver cumplido su máximo deseo?

—Vamos, vamos. No querrás que tu padre te vea llorar, ¿verdad? —la animó, al tiempo que le ponía en la mano un pañuelo de papel.

—Gracias. Hablemos de otra cosa. —Kelly se enjugó las lágrimas—. ¿Qué vas a hacer después de la graduación?

—Creo que conseguiré un trabajo para el verano en Washington. —A Melanie empezaron a iluminársele los ojos al pensar en ello—. Después no lo sé. No quiero entrar en la universidad inmediatamente.

—¿No quería tu padre que empezaras a trabajar con él?

—Sí, es lo que siempre me anda diciendo, pero yo preferiría trabajar en otro sitio. Conseguir algo por mi cuenta y demostrarles que puedo ocuparme de mí misma.

Melanie volvió a evocar en su mente las imágenes del anuncio que había visto en el vídeo: «¿Tienes dieciocho años o menos? Empleos de verano en Washington. Escribe al apartado de correos 7172A…» Y recordó el grueso sobre que guardaba en el armario. La semana anterior había rellenado y mandado las solicitudes, y acababa de recibir la respuesta. ¡Un trabajo de azafata en el Centro de Convenciones de Washington! Era posible que incluso conociera allí a algún videorreportero.

—Ojalá yo tuviera claro lo quiero hacer —comentó Kelly, con voz casi envidiosa.

Melanie le dirigió una mirada comprensiva, mientras intentaba recordar la última vez que alguien la había envidiado por algo. Era una sensación agradable.

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