14 de octubre.

Soy una de esas incautas que creían que la maternidad no me iba a alterar el cuerpo lo más mínimo y que me iba a convertir en una cuarentona estupenda, una cincuentona impresionante, una sesentona magnética y una setentona incendiaria (Angela Molina, la Paredes, Pilar Bardem y Julieta Serrano, para entendernos). Se me había olvidado que la mayoría de los modelos de mujer que se nos ofrecen desde los medios de comunicación se han hecho reconstrucciones de todo tipo (pre y posparto), de forma que cualquier parecido entre esos clones de mujeres y la cruda realidad es mera coincidencia.

Me contó Sonia (la actriz, coletilla que hay que añadir siempre para no confundirla con las otras Sonias) que cuando ella dio a luz en la clínica Nuevo Parque vino una enfermera a preguntarle si iba a aprovechar para hacerse la liposucción. Al parecer es una práctica normal entre las modelos: cesárea y lipo, dos en uno, y sales de la clínica con los mismos vaqueros ajustados con los que te hiciste el Predictor. No me lo acababa de creer por más que ella me asegurara que era verdad, y verdad de la buena, lo que me contaba. Pero lo que sí me parecía increíble del todo era la costumbre, muy extendida en Hollywood según Sonia, de inducir una cesárea al iniciarse el octavo mes de gestación para evitar que se produzca el temido ensanchamiento del hueso de la cadera, que se da justo al final del embarazo, y asegurar así que la futura madre no rebasará jamás su talla 38. Sonaba casi a experimento nazi y no tengo constancia de que se realice de verdad, pero lo cierto es que sólo así puedo explicarme cómo salen en los programas del corazón tantos reportajes de madres de dos y tres niños exhibiendo modelito playero en Ibiza, modelito que apenas cubre un cuerpo que para sí lo quisiera tu prima Laurita (hija de Laura, el diminutivo en castellano para diferenciarla de su madre, a la que a día de hoy mucha gente aún llama Laureta) a sus diecisiete años (y eso que a tu prima Laurita siempre la toman por modelo).

Esta obsesión por mantener a toda costa un cuerpo pre-púber será todo lo vergonzosa que tú quieras, pero se ha convertido en una pandemia. Leí en el periódico anteayer que en Brasil, país en el que el sesenta por ciento de las cirugías que se realizan son estéticas, la mayoría de las mujeres no amamantan a sus hijos. Las razones que esgrimían las encuestadas para no hacerlo no se basaban en la comodidad, o en la necesidad perentoria de volver al trabajo, o en la indicación de su pediatra o ginecólogo, sino en el temor a la flacidez mamaria. En fin, sin comentarios. Intento decirme que el cuerpo no es tan importante y contagiarme un poco de la serenidad de Sonia, pero me temo que estoy demasiado condicionada por el bombardeo mediático y por años de asumir que toda la atención masculina que recibía estaba más concentrada en mis tetas que en mi ingenio o mi encanto, tanto, que me resulta muy difícil aceptar que una de mis principales monedas de cambio en el mercado de la interacción social se ha devaluado de la noche a la mañana.

La Bolsa cayó el día en que el Predictor dio positivo.

La cuestión es que si yo hubiese leído prensa del corazón o hubiera sido asidua a los programas de cotilleo, a aquellas alturas ya sabría que David se casó en su día (o lo había pretendido) con una actriz de poco prestigio pero bastante popularidad y que ambos eran tema recurrente del couché, siempre dando la imagen de pareja envidiable: jóvenes, guapos, exitosos y enamorados. Imagen que a ambos les convenía vender.

Y cuando esta imagen se desmoronó David lo pagó carísimo, porque Nutrespan, la compañía alimentaria que esponsorizaba la serie, y cuyo presidente y dueño absoluto era un self made man numerario del Opus Dei en la más rancia tradición Ruiz Mateos, exigió a la productora que rescindieran el contrato a la joven estrella para no continuar dañando la imagen del producto. Así que los guionistas le buscaron rápidamente a Rubén, su personaje, un máster y una novia en los Estados Unidos, poniendo punto final a su fulgurante carrera televisiva.

El escándalo fue mayúsculo. Todos los programas de cotilleo y las revistas del colorín se hicieron eco de la noticia. Media España sabía mi nombre y por unas semanas me hice más famosa que el perdido carro de Manolo Escobar.

Y me vi también en las mismas de David, porque la cadena de radio en la que yo colaboraba era propiedad de un grupo mediático católico, de forma que mi trabajo estuvo pendiente de un hilo. Y si no me echaron con cajas destempladas fue porque el director del programa, un sesentón católico y sentimental como Bradomín y al que sospecho ligeramente enamorado de mí, se negó en rotundo a firmar mi carta de despido y dijo que si me despedían a mí tendrían que despedirle de paso a él, y como el popular locutor y periodista tenía un contrato blindado y llevaba más de cuarenta años trabajando para aquella sacrosanta casa, a la cadena le podía salir carísimo prescindir de mis servicios, lo que hizo que se lo pensaran dos veces.

A mi madre casi le dio un infarto, literalmente, porque sufría del corazón, y hubo que ingresarla de urgencias aquejada de una taquicardia. Mi padre no me habló durante muchísimo tiempo. Dos editoriales dejaron de llamarme/atenderme. La editora de una de ellas me explicó, en petit comité y muy amablemente, que desde dirección le habían exigido que mi nombre no se relacionara con ellos, ya que querían mantener una imagen de «seriedad literaria». En cristiano: que ya podía despedirme de mis traducciones y mis encargos de edición. (Se trataba de la misma empresa que, en la entrevista para escoger a la editora de libros infantiles, había incluido la pregunta «¿Te consideras decente?». Esto me lo contó después la propia editora, que acabó contratada porque había respondido con un sí meridiano y sin asomo de titubeo, no tanto porque se considerase decente como porque necesitaba el trabajo.) De la otra editorial, directamente, nunca más supe. Y en la calle ocurría lo mismo: en el banco, en el que siempre me habían dispensado un trato exquisito, se portaban de lo más gélido conmigo, situación no muy agradable cuando estás en pleno papeleo de renegociación de la hipoteca y encima no tienes avalista y tus ingresos fijos demostrables son bastante exiguos. Y ojo, si estás pensando que por aquel entonces ya tenía el libro publicado, debo recordarte que apenas acababa de salir la primera edición y yo aún no me había revelado como una escritora supervendedora (me temo que el escándalo de Cita contribuyó a disparar las ventas del libro, y luego el boca a boca hizo el resto), por lo que debía seguir manteniendo mi trabajo semanal en la radio, llamar con insistencia a las editoriales proponiéndoles nuevos libros del tipo de Enganchadas y, por supuesto, pasarlas canutas para pagar las mensualidades de la hipoteca. Los vecinos, si me encontraban en el ascensor, miraban a otro lado. Incluso el portero del karaoke/bar de alterne que está al lado de mi portal me ponía mala cara y desviaba la mirada cuando yo pasaba frente a su local.

Hubo que desconectar los dos teléfonos, fijo y móvil, porque no dejaban de sonar. Hasta el correo electrónico se colapsó. De repente parecía que todo el país conocía mis números y mis direcciones, incluidos los becarios de El Adelantado de Granada, la presidenta, vicepresidenta tesorera y secretaria del club de fans de David y varias de sus antiguas amantes, que querían mostrarme su solidaridad. En la puerta de mi casa tuve apostados a varios paparazzi durante semanas, y no podía salir de casa porque me encontraba siempre con un reportero, micrófono en mano y la misma pregunta en los labios: «¿Qué hay de tu relación con David Muñoz?»

Me llamaron también desde la mismísima revista en la que se había publicado el reportaje ofreciéndome una millonada por un desnudo. Y desde dos programas de televisión directamente relacionados con ella, pues compartían colaboradores. Les mandé sin contemplaciones a la mierda a gritos y les advertí que iba a denunciarlos. Aún me acuerdo de la respuesta, al otro lado del teléfono, del subdirector de uno de los programas: «Si eres lista y sabes lo que te conviene, no lo hagas.»

Después recibí llamadas de todos los programas sensacionalistas habidos y por haber ofreciéndome cantidades de seis ceros por mis declaraciones, cantidades que me hubiesen permitido cancelar la hipoteca y comprarme de paso un chalet en una urbanización de lujo. Y cuantas más ofertas rechazaba, más me llegaban y a más iba ascendiendo el montante de las mismas. Calculo que si hubiera hecho la gira de rigor por todos los programas de la tele, habría sacado limpios alrededor de cien millones de pesetas de las de entonces.

Pero no la hice por tres razones básicas:

La primera porque a mi madre, que siempre había mantenido la consigna de que una dama sólo debe aparecer dos veces en la prensa, el día de su nacimiento y el de su boda, la habría matado del disgusto.

La segunda porque, si bien era consciente de que mis posibilidades de acabar labrándome una carrera literaria eran escasas, tenía muy claro que si participaba en semejante circo iban a dejar de ser remotas para pasar a ser sencillamente inexistentes.

Y la tercera, porque a mí me educaron en el respeto a conceptos como la ética y la dignidad, y me resultaba imposible librarme de semejante condicionamiento. Todo lo que ganara me lo iba a gastar después en psiquiatras, pues no iba a poder perdonármelo.

Así que opté por una solución muy distinta: la de cumplir la amenaza que le había hecho al gilipollas con el que hablé. Llamé a Paz y le dije que quería interponer una demanda contra el semanario.

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