18 de noviembre.

Muy a mi pesar, he tenido que volver a la famosa tienda de ropa infantil de la calle Carretas porque hace un frío pelón y tú no tienes guantes. Así que entro con tu carrito por delante y pregunto si tienen manoplas para bebés.

– Sí, claro -la dependienta mira al ocupante del carrito, un bebé cuyo mono a rayas verdes y amarillas poco revela de su género-. ¿Es niño o niña? Niño, ¿verdad?

– Niña.

La dependienta se dirige inmediatamente a una estantería repleta de prendas rosas y me tiende unas minimanoplas. Rosas.

– ¿No tenéis de otro color?

– Sólo azules.

– Vale, pues me las llevo azules.

– Ah, que no son para tu niña… ¿Es un regalo?

– No, son manoplas para mi hija, y las quiero azules -aclaro contundentemente pero haciendo acopio de paciencia, aunque no sé por qué me rebajo a proporcionarle ninguna aclaración a la señora.

Salgo de la tienda indignadísima porque unas manoplas de apenas diez centímetros de largo me han costado cinco euros. Las podía haber hecho yo, con estas manitas y mis abalorios, en diez minutos y no creo que la lana hubiera llegado al euro. De hecho, estoy pensando seriamente en hacerte unas manoplas verdes. Y otras amarillas, y naranjas, y moradas…

Recuerdo un estudio muy difundido de alguna universidad norteamericana sobre indumentaria, género y roles. A un mismo bebé se le había vestido primero de niño y luego de niña. Del color de su ropa dependía el diferente trato de las personas que lo visitaban. Los adultos que se acercaban a la «niña» se mostraban más cariñosos, pero cuando lo hacían al «niño» eran más reacios al contacto físico y le hablaban con voces más profundas y fuertes.


En el hospital me he encontrado con la tía Eugenia, que ha venido a visitar a mi madre. La tía Eugenia en realidad no es mi tía, de hecho no nos une ningún vínculo de sangre, pero es una de las amigas más antiguas de mi madre, y también de las más íntimas. Tan íntimas que habían desarrollado una especie de código privado para entenderse entre ellas en presencia de terceros. Por ejemplo, si iban a una reunión en la que alguien llevaba un traje espantoso, la una le decía a la otra: «¿Has visto el vestido de Maruchi, qué bonito?» Y la otra respondía: «Sí, tan bonito como Fátima.» Y es que años atrás hicieron un viaje a Portugal del que volvieron algo magulladas (ya te he dicho antes que tuvieron un accidente en el camino de vuelta) y afirmando tajantemente que la basílica de la Virgen de Fátima era el edificio más feo que habían visto en su vida, lo cual no le impidió a mi madre traerse un muestrario de medallitas y escapularios varios y unas cuantas botellas de agua bendita, porque el sitio podía ser feo, pero eso no tenía por qué quitarle lo milagrero.

Mi madre estuvo siempre muy orgullosa de su amiga porque era una de las pocas mujeres de su generación que había hecho una carrera, Farmacia, pues por entonces la tónica general se ajustaba a lo que había dicho el obispo de Orihuela de que «la educación de las mujeres es un lujo innecesario», y a la menor ocasión proclamaba que Eugenia era la mujer más inteligente que conocía.

La tía Eugenia se ha empeñado en volver conmigo en el metro porque no pasó el último test de renovación del carnet de conducir: casi no ve. A veces me resulta un poco fatigosa la señora porque habla y habla sin parar, en un tono exageradamente pausado, como si tuviera que tomar aliento entre una palabra y otra, pero esta vez he hecho el mayor de los esfuerzos para resultar agradable y solícita, supongo que porque he sentido complejo de culpa al darme cuenta de que a mi madre últimamente tampoco le prestaba mucha atención. Me debato entre la compasión y el hastío, porque sé que Eugenia vive muy sola y probablemente no tenga muchas ocasiones de hablar con alguien. Su única hija, una moderna que se las da de artista conceptual, vive en Berlín, creo, y por eso la tía aprovecha para largarme uno de sus monólogos inacabables. Me cuenta que hace poco se hizo una revisión y que el médico le dijo que tenía que hacerse una serie de pruebas y le iba firmando volantes para cada una de ellas. Pero cuando le preguntó por su edad y ella le respondió que ochenta, el médico rompió todos los volantes y le dijo que se olvidase de las pruebas.

– Debió de pensar: «Esta vieja se me muere pasado mañana de todas formas, así que para qué nos vamos a gastar el dinero en pruebas.» Y entonces yo me levanté toda seria en su consulta y le dije: «Ave Caesar, morituri te salutant.» Supondría que era una vieja chocha, porque se me quedó mirando de hito en hito, como si no entendiera la broma.

– Igual lo que no entendía era latín, tía.

Загрузка...