Ninguno nos conocemos del todo, y hace falta una situación extrema para que descubramos lo poco que sabemos de nosotros mismos. A solas creemos vislumbrar a veces algo de nuestro yo esencial -soy nerviosa, soy sensible, nunca diría esto, nunca me pondría aquello, nunca probaría lo otro, nunca llegaría a hacer una cosa así, nunca me sentiría atraída por tal o cual persona, este límite nunca lo sobrepasaría…-, pero al final esto no es más que una parodia íntima y el día menos pensado, en la situación aparentemente más cotidiana, descubrimos que todos los límites son sobrepasables. Vivimos más o menos felices mientras no sabemos lo que somos, pero todo cuanto somos consiste en lo que no somos, porque siempre nos engañamos en lo que creemos verdadero.
Fue horrible. No conseguía conciliar el sueño porque me rondaban por la cabeza tanto mis problemas de dinero como la imagen de mi madre en el hospital, y cuando por fin parecía, a las tres de la mañana, que empezaban a pesarme los ojos de sopor, tú te pusiste a llorar reclamando biberón y cambio de pañal y al final nos dieron las cuatro entre una cosa y otra. Había quedado con mi padre a las nueve de la mañana en el hospital y a las siete y media tenía que levantarme para que me diera tiempo a maquillarme, peinarme y vestirme con cierto esmero para que tu abuelo no me soltara la consabida perorata sobre mis pintas y mi aspecto, que me soltó de todas maneras en cuanto me vio llegar por la puerta.
Cuando volví a casa, a las tres, tu padre sacó el perro a pasear y me dejó sola en casa contigo. Y entonces, aún no sé por qué, te agarraste la primera rabieta de tu vida. No querías chupete, ni biberón, ni rorros, ni nanas, ni que te meciera, ni que te siseara, ni que te pusiera en el cuco ni que te paseara en cochecito por el pasillo, gritabas y gritabas cada vez más alto, la cara se te estaba poniendo roja como a un antiquerubín, un pequeño demonio de mes y medio, y pataleabas como si quisieras romper el aire. Yo estaba agotada y cansada, y parecía que tu llanto fuera un interruptor que hubiera activado de pronto lo peor de mí, todas mis inseguridades y mis miedos, y una voz interna me decía que no servía para madre y que no servía para nada, ni siquiera para algo tan simple como ocuparme de un bebé, y antes de que me diera cuenta me encontré zarandeándote. Las palabras del libro se me aparecieron de pronto, en letra negra impresa como si tuviera una pantalla blanca frente a mí: «Nunca sacuda al bebé, ni cuando se enoje ni cuando juegue. Sacudir a un bebé puede lesionarle el cerebro o causarle la muerte.» Entonces recuperé de pronto la cordura, te dejé en el cuco, todavía berreando, y me fui a otra habitación. Jamás me había apetecido tanto una copa.
Había leído en algún libro que si en cualquier momento me encontraba desbordada y fantaseando con maltratarte, debía llamar inmediatamente a una línea de ayuda.
Como creo recordar que el libro era yanqui, pues nunca he oído de líneas de ayuda para madres desbordadas en España, agarré un cojín del salón y lo aporreé con todas mis fuerzas hasta que me quedé exhausta. Al llegar a casa tu padre nos encontró a las dos hechas un mar de lágrimas.
No había pasado tanto miedo desde que vi Tiburón en el cine, a los ocho años.
En cuanto regresé a Madrid desde NY mi vida se convirtió en un frenético teclear de mails, todo encaminado a atar bien atado mi verano. Mails a Tania, que me aseguró que ya me tenía buscado y cerrado el trabajo para el verano como profesora de español para los cursos de Stony Brook. Mails a Sonia, que me buscó un sublet, un apartamento realquilado en Manhattan que pertenecía -no iba a ser de otra manera- a una stripper que en verano se iba a hacer la aventura japonesa (por lo visto en Japón las strippers blancas y rubias cobran sueldos astronómicos, muy en particular las aniñadas, razón por la cual esta chica era probablemente la única integrante de la muy boyante sex industry de Nueva York que no se había operado el pecho: caprichos del yen obligan). Mails al rumano, que me enviaba de vez en cuando notas muy cariñosas a las que yo respondía por educación y porque pensaba que me convenía contar con algún amigo en la ciudad más que porque el tipo me interesara demasiado o demasiado poco. Mails también al estudiante francés con el que había contactado por Internet y que me realquilaría el piso de Madrid durante el verano para, además de pagarme un dinero que me permitiera a mí pagar el plazo de la hipoteca, ocuparse de mantener limpia y viva la casa y cuidar de las plantas (aunque, por si acaso, Consuelo, que se quedaba con el perro, también tenía un juego de llaves y se pasaría cada semana a verificar si las cosas iban bien). Y mails finalmente a Claudia, una amiga de Paz que trabaja en una agencia de viajes y que se ocupó de buscarme el billete más barato en el vuelo chárter Madrid-Nueva York más cutre y casposo que se podía encontrar.
Así que a finales de junio lo tenía todo dispuesto y había hecho gala de una organización y una eficiencia dignas de mi hermano Vicente. Y de pronto, como si alguien me hubiera echado un mal de ojo, todo el presuntamente organizado plan se desbarató en cuestión de días.
Primero llegó un correo de Tania en el que me comunicaba que los cursos de español de Stony se suspendían por falta de solicitantes. Al parecer, no habían conseguido siquiera diez inscripciones, por lo que, sintiéndolo mucho, se veían obligados a prescindir de mis servicios, y como yo no había firmado contrato ninguno, no podía protestar ni recurrir. A los dos días me escribe Sonia. Las desgracias nunca vienen solas. La única stripper no operada de Nueva York se había caído al intentar realizar una voltereta sobre la barra de bombero (sí, esa barra vertical que todos hemos visto en las pelis yanquis) aterrizando abiertísima de piernas sobre el escenario, con lo cual se había roto la pelvis y tendría que guardar reposo absoluto durante meses. Adiós pues a su viaje a Japón y a mi sublet en NY. Me quedaba, eso sí, el billete. ¿Qué hacer? ¿Escribir al francés y contarle que la que se había roto la pelvis había sido yo y que me quedaba en Madrid durante el verano? Pero resulta que el francés ya había pagado el alquiler, y éste me lo había gastado entero en el billete de avión. Podía devolvérselo, claro, pero eso significaría vivir prácticamente a base de pan y agua durante dos meses puesto que, con vistas a mi estancia en NY y contando con lo que me iban a pagar por las clases (que, aunque fuera una miseria, algo era) había ido rechazando todos los encargos que me ofrecieran y hasta septiembre no se me ocurría de dónde sacar dinero.
Al rumano le conté esta historia muy por encima, a ver si conocía a alguien que subarrendara un apartamento en verano. A vuelta de mail me respondió que su compañero de piso, el estudiante de danza, se iba en verano a trabajar a Ibiza como animador en Manumission, por lo que estaban pensando en realquilar su habitación, que me saldría exactamente por la mitad de lo que iba a costarme el apartamento de la bailarina accidentada, con lo cual compensaría en algo el dinero que iba a perder por las clases que al final no daría. El problema, añadía, era su novia -del rumano, no del gogó ibicenco-, a la que hasta entonces no había mencionado jamás. La chica, por lo visto, era muy celosa y no le iba a hacer ninguna gracia que él compartiera piso con una mujer. Lógicamente, semejante cuestión me desanimó: no me apetecía nada irme a vivir al Bronx para estar acosada por una neurótica que creía que me iba a tirar a su novio al que, para colmo, ni siquiera recordaba si me había tirado o no.
Escribí a Sonia de nuevo. Respuesta: a esas alturas imposible encontrar en NY ningún sitio donde quedarse a no ser que estuviera dispuesta a pagar precios astronómicos. No era la única española que pretendía pasar el verano en la ciudad. Ni la única europea tampoco. Pero el rumano vivía en el Bronx Norte, no en el Sur. El Bronx Sur es el peligroso, mientras que el Norte es un tranquilo barrio de judíos ricos, un remanso de solemnes edificios Victorianos. No había visto el apartamento pero creía que, si era por esa zona, no podía estar tan mal. De todas formas, se ofrecía para pasarse a verlo. Respuesta mía: hazlo. Y hazlo pronto, que el tiempo corre. Mail de Sonia a las veinticuatro horas: ha ido al Bronx y ha comprobado que el apartamento es maravilloso, enorme y con mucha luz. Y ni rastro de novia. Inspeccionó el cuarto de baño de arriba abajo en el tiempo en el que se suponía que debía de estar haciendo pis y no encontró ni un estuche de maquillaje ni un secador ni una caja de Tampax, nada. O la novia celosa se desplazaba con su neceser cada vez que iba a visitar a su amado, o no paraba mucho por esa casa, o el rumano se la había inventado, vete tú a saber por qué. En cualquier caso, concluía Sonia, siempre te puedes venir a mi casa, pero no sé si te apetecerá dormir dos meses enteros en el sofá.
No, no me apetecía nada. Aún me quedaban marcas en la espalda de mi última visita, y además y sobre todo, por mucho que supiera que Sonia era generosa y me hacía la oferta de corazón, también sabía que mi amiga, como buena artista, era y es una neurótica muy celosa de su espacio, y comprendía que invadir su intimidad equivaldría a poner en peligro de muerte una amistad que estaba a punto de cumplir veinte años.
Atrapada en un carrusel de dudas, e incapaz de decidir por mí misma, llamé al periodista esotérico, el mismo que en su día me leyera las cartas e interpretara el aviso de la brújula.
– Te va a parecer raro -le dije-, pero me pregunto si me podrías hacer una tirada de cartas telefónica de emergencia.
– Eva, que no soy un número 908. ¿Por qué no te pasas a verme, digamos el miércoles, nos tomamos un café y te echo las cartas tranquilamente?
– Me encantaría, pero es que el tema me corre prisa y no tengo hasta el miércoles para decidir. Necesito saberlo ahora.
– Un tema amoroso, como si lo viera…
– No, nada que ver. Es sobre un viaje que tenía atado y bien atado y que se ha descalabrado en el último momento. Es largo de contar, pero… Resumiendo: no sé si cancelar el viaje o no.
– De acuerdo, pues hagamos una cosa. Voy a tirar tres cartas. Si me dan una respuesta clarísima, entonces haz caso al Tarot. Y si no, no te digo nada, porque yo nunca he hecho algo parecido a tirar las cartas por teléfono.
– Pues Rappel lo hace.
– Él no lo hace, lo hace su equipo, y no me digas que te crees esas cosas…
– Vale, pues tira tres cartas a ver qué pasa.
– Espera, que voy a por la baraja… A ver, que ya he vuelto. Estoy barajando. Ahora concéntrate en lo que quieres saber y trata de proyectar esa energía sobre las cartas.
– Vale.
– Perfecto. Pues tiro.
Se sucedieron unos segundos que cayeron como bombas de silencio en el zumbido de la línea.
– Eva, no me lo puedo creer.
– ¿El qué?
– Tres arcanos mayores… Esto es casi imposible, de verdad. Casi nunca salen tres arcanos mayores seguidos. A mí nunca me había pasado.
– Ah… ¿Y son buenos o malos?
– La Rueda de la Fortuna, Los Enamorados y La Emperatriz… Y los tres de pie… Eva, sin ninguna duda tienes que hacer ese viaje.
– ¿Sin ninguna duda?
– Sin ninguna duda.
Sin embargo, no fue la tirada de cartas la que me convenció: no es que yo sea una cobarde y una escéptica, y no es que sea tampoco una experta en estadística, pero si en la baraja del Tarot hay 78 naipes y de entre ellos 22 son arcanos mayores, las posibilidades de que en una tirada salgan tres seguidos no son tan remotas como el periodista quería creer.
Pero justo a la mañana siguiente recibí una llamada de Nenuca.
Nenuca todavía no se había retirado al chalecito familiar de Marbella y por entonces aún vivía en Madrid. Como no hacía nada la mayor parte del día se aburría muchísimo y le concedía a sus problemas amorosos (los únicos que tenía, porque los económicos o laborales no los había conocido nunca) una importancia exagerada. En ese sentido, era como si todavía tuviera quince años. Yo temía sus llamadas telefónicas, porque era capaz de tirarse horas al teléfono (y lo digo literalmente, alguna noche me había tenido tres horas al aparato, cronometradas en mi reloj de pulsera) analizando exhaustivamente los pormenores de su relación con Mirta, la chica con la que llevaba tres años saliendo, una cubana que trabajaba de cuando en cuando de camarera en un bar de la calle Argumosa, aunque en realidad viviera del dinero de su novia que era, a su vez, el dinero de los padres de Nenuca, en una curiosa reinterpretación de la doctrina de la redistribución de la riqueza Norte-Sur. Yo pensaba entonces, y todavía pienso, aunque siempre me guardé muy mucho -con esa hipocresía que albergamos todos, hasta las personas más sinceras, cuando hablamos con un amigo y omitimos voluntariamente la opinión que nos inspiran sus actos o, en este caso, sus relaciones- de explicarle a Nenuca mi teoría de que la cubana en el fondo albergaba un resentimiento enorme hacia la mano que le daba de comer, porque el saberse mantenida la hacía sentirse inferior; pero por otra parte, evidentemente, Mirta necesitaba a Nenuca, pues no podía vivir sin ella en el sentido más literal y menos romántico de la palabra, y era por eso por lo que le alicortaba cualquier conato de ligereza y la sometía al sistema ducha escocesa en la relación amorosa: ahora frío y ahora calor, hoy vienes al bar y ni te miro, mañana me paso el día diciéndote que eres la más linda y que dónde has estado tú toda mi vida y pasado mañana te monto un número de celos tremendo sin venir a cuento, asegurando a gritos que te has pasado mi turno en el bar haciéndole ojitos a una chica que estaba al final de la barra en la que hasta entonces ni habías reparado. Y, por supuesto, cuanto peor la trataba Mirta, más enganchada estaba Nenuca, totalmente obnubilada por una especie de síndrome de Estocolmo por el que se había enamorado de su propia torturadora. El culebrón de Mirta era de lo más previsible, y si al principio yo creía de verdad, cuando Nenuca me llamaba, en los sufrimientos de la una y la devoción de la otra, al cabo de unos meses la historia me tenía tan harta como para no coger el teléfono móvil si veía el nombre de Nenuca parpadeando en la pantalla. Pero ese día en particular respondí a la llamada porque llevaba semanas evitando a mi amiga y me torturaba cierto complejo de culpa y de mala persona. Para mi sorpresa, Nenuca no llamaba para quejarse, porque en las últimas semanas la relación con Mirta atravesaba por uno de aquellos períodos de luna de miel que sucedían inevitablemente a las broncas más sonadas (en este caso la bonanza relevaba a una tormenta en la cual Mirta llegó a levantarle la mano a Nenuca, y como probablemente ahí se dio cuenta de que se había pasado de verdad y podía llegar a perder a la víctima de la que dependía, la cubana se había estado esmerando desde entonces y nunca había sido más amable y entregada que desde la reconciliación posterior a aquella discusión), esta vez me llamaba para contarme un extraño sueño de Mirta que se refería a mí. «A ver si tú lo sabes interpretar, porque no me dice nada, pero Mirta insiste en que te lo cuente, ya sabes el valor que le da ella a sus sueños.»
Al principio nosotras nos reíamos de los sueños de Mirta, que era capaz de no dejarle coger el coche a Nenuca y obligarla a ir una semana en metro si soñaba con un accidente (¡A Nenuca!, ¡a la pija más pija de Madrid, que antes del encontronazo con Mirta, no había usado un transporte público en su vida!), pero con el tiempo aprendimos a fiarnos de sus visiones después de que predijera acertadamente que el gordo de la lotería acabaría en 103 y de que anunciara la muerte de su tía Kerly en La Habana, que ella había soñado con dos días de antelación. A Mirta le sorprendía que nos asombráramos tanto de la precisión de sus sueños proféticos, puesto que al fin y al cabo en su familia, de larga tradición santera, estaban más que acostumbrados a lo paranormal y lo tenían integrado en el día a día, moviéndose entre lo visible y lo invisible con la facilidad con la que una rana salta de la tierra al agua. Y por lo visto Mirta había soñado conmigo, y se había levantado excitadísima, insistiendo una y otra vez en que Nenuca tenía que llamarme y contármelo. Deduje que no me llamaba Mirta misma porque, merced a su intuición privilegiada o paranormal, o simplemente gracias a su sentido común y viendo las malas caras que yo le ponía siempre, había adivinado lo mal que me caía.
El sueño era el siguiente: Mirta y yo caminábamos cogidas de la mano por un campo de amapolas. A nuestro alrededor zumbaban millones de abejas recogiendo polen entre las flores, pero a nosotras no nos asustaban pues sabíamos que nunca nos picarían. Por todas partes, el paisaje circundante ofrecía a la vista hermosos árboles frutales cargados con sus apetitosos manjares: melocotones, mangos, papayas, peras… Todos maduros y jugosos. En un momento dado, yo me detenía a comer un albaricoque y el jugo me caía por la boca. Cuando lo acabé enterré el hueso en la tierra y en ese momento empezó a caer un aguacero de verano, una lluvia fina que más que mojar refrescaba. Entonces Mirta me cedió el abrigo que llevaba puesto, que era azul, yo me lo puse y le dije algo así como «Muchas gracias, Mirta, necesitaba un abrigo para mi viaje». Y allí nos separábamos, bajo el árbol, y yo seguía camino hacia la línea del horizonte.
Mirta había insistido a Nenuca en que me hiciera notar que la letra «A» se repetía constantemente a lo largo del sueño: amapolas, abejas, árboles, albaricoque, aguacero, abrigo azul…
– ¿Este sueño tiene algún sentido para ti? -me preguntó Nenuca.
– Mucho. Díselo a Mirta. Y dile también que le agradezco mucho que te haya insistido para que me lo cuentes.
¿«A»? Avión, América y Anton.
Así que le escribí un mail al rumano y le dije que aceptaba la oferta, que me presentaría en su piso el 2 de julio y que ya le podía ir diciendo a su novia que yo era lesbiana o algo así.