24 de noviembre.

Llego hoy al hospital y me encuentro en el hall a Reme y a Eugenia, las dos con los ojos rojos y abesugados, con pinta de haber llorado mucho. Prácticamente no se miran la una a la otra. Cuando digo que voy a coger el tren para volver a mi casa, Eugenia se empeña otra vez en venir conmigo, y yo me resigno a lo inevitable: a que me largue uno de sus inmisericordes monólogos y me haga recuento de todos sus achaques. «Estoy pasando las de Caín, te lo juro -me dice en cuanto se acomoda en el asiento del tren-, en un mes me he echado encima diez años, me están quitando la vida entre unas cosas y otras, tanto hospital, tanta enfermera, tanta, tanta, tanta… Yo es que todo esto lo estoy llevando fatal, no me hago el ánimo… pero es que cuando he visto a la Reme se me ha puesto el corazón en la garganta y el estómago en un puño, de verdad, que la pobre no tiene la culpa de nada, bastante tiene con lo suyo, tantos años malcasada con ese bruto… y cada vez que pienso que no tuvo hijos, con lo que tu madre sufrió para que al final Reme no tuviera hijos… Hay que ver qué absurda es la vida, hija mía.» Yo no entiendo nada. No veo qué tiene que ver que Reme tuviera o no tuviera hijos con toda esta historia, y se lo pregunto. «Pues eso, nena. Que Miguel se casó con Reme porque creía que Eva no podía tener hijos, y ya ves, al final la Reme no tuvo ninguno y la tuya cuatro.» Entonces ¿es verdad esa historia del antiguo noviazgo entre mi madre y mi tío? Yo ya lo había oído contar alguna vez, lo de que el tío Miguel había estado con mi madre, pero nunca había escuchado nada de que no se casaran por una cuestión de niños. «Pues por eso fue, nena, por eso y porque Miguel siempre fue un hombre sin voluntad, un calzonazos. Muy resultón, todo lo que quieras, porque a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, que era un hombre que de joven tenía mucho ángel, sobre todo, que hay que reconocer que sin ser guapo era resultón, muy hombre, ya me entiendes. Pero en los adentros siempre fue un insustancial dominado por la madre. En cuanto escarbabas un poco debajo del hombretón no había más que un niño de teta, y a la madre se le puso entre ceja y ceja que con Eva no se casaba y con Eva no se casó. Pero desde entonces ya ha llovido y mejor no remover más las cosas.» Y la tía Eugenia suspira y mira por la ventana, como dándome a entender que aquí se acabó la charla. Yo intuyo que no voy a tener otra oportunidad como ésta, que no voy a volver a estar cara a cara a solas con una Eugenia tan necesitada de desahogo como hoy, y me puede la curiosidad. Mi madre siempre ha sido un misterio, y ahora que de pronto parece que alguien ha abierto una rendija en la puerta del hasta ahora hermético sanctasanctórum del pasado no voy a dejar escapar la ocasión, así que suelto la pregunta para encajarla en el hueco recién abierto a modo de palanca: ¿y por qué esa inquina de la madre de Miguel hacia la mía? «Pues ya te lo he dicho, porque Eva no le gustaba, porque estaba enferma y el médico había dicho que no podría tener nenes. Y porque la veía poco para su niño. Ya sabes que en la familia hubo mucho rojerío, y lo que decían de las Lloretas… Porque tenían miedo, porque entonces se represaliaba a cualquiera, podías acabar en la cárcel sólo porque hubiera habido un rojo en tu familia, y si tenías la suerte de estar libre no encontrabas trabajo de ninguna manera… Ésa era la política de los nacionales, la tierra quemada… Soltera se quedó por ejemplo la pobre Sabina, tu tía abuela, con lo guapísima que era, tan rubia, y además que ella en política ni entraba ni salía, que el novio le salió rojo como le pudo haber salido azul. Y en la familia de Miguel eran unos tiralevitas de los de cilicio y estameña, que tenían la casa plagadita de imágenes y hasta les tenían un lugar reservado en las misas de la catedral… Para que te hagas una idea, por aquellos años el ayuntamiento debatió una moción, respaldada por los falangistas, para que a la ciudad se rebautizase como Alicante de José Antonio, porque ya sabes que a él le fusilaron en la prisión provincial, ¿no?, pues figúrate quién fue uno de aquellos falangistas, ¿lo imaginas?, el padre de Miguel, claro, que era miembro de la Junta Directiva del Centro Católico, reducto integrista del nacional-catolicismo alicantino, o sea… te haces una idea, y a la señora se le atravesó la Eva desde que le echó la vista encima, le tomó una ojeriza tremenda. Mira, nena, entonces no era como ahora, la gente era muy suya. Por aquéllos nos dábamos caminatas por la Explanada o por la Rambla, las chicas por su lado y los chicos por el otro, y cuando dos grupos coincidían se lanzaban miraditas, y durante mucho tiempo el Miguel le echaba a Eva unos ojos que partían el alma, y no sabes lo que tardaron en hablar el uno con el otro, ni te lo imaginas. Pues al final empezaron a hablar, como decíamos entonces, y a verse a solas… En mala hora. Y también a quedar para tomar un café o dar un paseo, todo de lo más inocente. Lo normal habría sido que después cada uno le hubiera presentado al otro a su familia, que así se hacían entonces las cosas, porque ya en la ciudad se comenzaba a hablar. Pero el Miguel nunca habló de que Eva conociera a sus padres, y cuando ésta insistía le daba largas, y si más insistía más él se enfadaba, y ella no entendía bien lo que pasaba. Si Eva le preguntaba abiertamente si es que algo iba mal, si es que sus padres no querían conocerla, a él se le volvía todo en decir que no, que no pasaba nada, que él la quería más que a nadie y que se casaría con ella. Y ella le creía y esperaba, por mucho que ya la gente hablara, porque entonces, si un chico se veía a solas con una chica durante cierto tiempo y la cosa no se formalizaba, a la chica la llamaban de todo, tú ya me entiendes, nena. Pero tu madre nunca fue de ésas, ¿eh?, que estar con un hombre, lo que se dice estar, sólo estuvo con tu padre, y eso después de que el cura le diese la bendición, pongo mano en candela. Con el Miguel fue novia, pero en decente. Y es que el Miguel para engatusarla se daba mucho arte. Mentía mejor que Judas. Y lo peor, lo que yo nunca le perdoné, es que no se atreviera a decirle la verdad, que la tuviera engañada tanto tiempo si sabía desde el principio que no se iba a casar con ella, que era como el perro del hortelano, ni como ni dejo comer. Total, que estuvieron de novios una eternidad, años, pero sin serlo, porque las familias nunca se habían visto, y yo venga a decirle a Eva que aclarara las cosas, que le obligara a tomar una decisión, que a ese paso se le iba a pasar el arroz, que ya empezaba a írsele el lustre, que se le apagaba la cara de tristeza, que daba penita verla… Y así se le iba la vida, esperando y esperando, que era ceguera la suya, y con toda la ciudad hablando de ella, criticándola o teniéndole pena. Si sería pava… A mí es que se me abrían las carnes, de verdad, de verla hacer el bobo de aquella manera. Y en el ínterin un día se encontró con veintisiete años y soltera, que entonces no era como ahora, que hoy en día a esa edad se es una chica pero entonces se era una señora y parecía que si no se casaba entonces no se casaba nunca, que se quedaba a vestir santos como Sabina. Y por fin se atrevió y le dijo: "O me presentas a tus padres o lo dejamos, pero de este año no pasa." Y él que seguía dándole largas y ahí ella entendió lo que pasaba y lo dejó. Porque por su gesto creo que Miguel habría seguido aplazando la cosa ad aeternum. Pero entonces la ciudad era pequeña, y a Eva ya le habían llegado por muchas correveidiles noticias de lo que la madre de Miguel decía de ella, que no quería para su hijo una mujer enferma y que no pudiera darle nietos, porque tu tío Miguel era hijo único, y la señora no sé si era muy mañaquera o no, pero nietos quería, seguro. Y tu madre tonta no fue nunca y entendió lo que pasaba. Y al poco, al año más o menos, aparece en el Diario de Alicante el anuncio del compromiso de Miguel con Reme, y nos quedamos de piedra. Primero porque la Reme era casi una niña, no había ni cumplido los dieciocho años, y segundo porque no entendíamos cómo después de haber estado con una mujer como era tu madre iba a acabar Miguel con una chica como ésa, porque Eva a la Reme le daba ciento y raya, que la Reme era, cómo te voy a decir, una blanda. Blanda, lacia y escurrida, una mujer sin sustancia. Pues sí, una sinsustancia. Pero una sinsustancia sana, muy sana, y de buenísima familia, justo lo que la señora quería para el niño. No sé, quizá buscaba una chica como Reme porque a tu madre se le veía que tenía mucha fibra, muy de mi cuerda, y la otra parecía más fácil de llevar, poquita cosa. Siempre fue sosona, y de joven más. Pero probablemente lo más importante fue lo de los nenes.»

Llegamos a Atocha y, excepcionalmente, no ardo en deseos de que Eugenia tire para su casa. La última vez recuerdo aún la tortura que supuso tener que aguantar su charla de pie en mitad de la calle, escindida yo entre el hartazgo y la compasión hasta que no me quedó más remedio que decir que la tenía que dejar, que en casa me esperaban. Pero ahora las tornas han cambiado: soy yo la que quiere seguir con Eugenia. Así que le digo que la invito a un café y se le iluminan los ojos como si mis palabras le hubieran encendido bombillas de cien vatios en las cuencas. Cogida de mi brazo, renqueando con dignidad, porque Eugenia se ha convertido ya en una anciana desvencijada, avasallada por la edad, que casi se arrastra hasta el café de la estación. «¿Te importa si pido una copita de anís, nena? Ya sé que a estas horas no es lo suyo pero, chica, un día es un día, y de vez en cuando hay que tener correa…» Yo encantada de que se tome un anís, por supuesto, a ver si el chinchón le suelta la lengua. Un camarero sudamericano muy ceremonioso viene a atendernos, la tía me pregunta por ti y yo repito la cantinela de siempre: que si eres muy mona y muy buena y te estás criando muy bien, hasta que llegan su anís y mi té, y no tengo que esperar mucho hasta que Eugenia retoma el tema que me interesa, probablemente porque a ella le interesa tanto como a mí.

«Tu madre ya estaba más cerca de los treinta que de los veinte y además arrastraba la historia del noviazgo con Miguel, así que parecía que se iba a quedar para vestir santos para los restos, y no por falta de pretendientes, porque admiradores le sobraban, pero o eran señores casados que la pretendían para querida, o viudos mucho mayores que ella, porque los de su edad ya se habían casado casi todos. Y en éstas que aparece un viudo, un notario de Elche, un hombre de mucho fundamento, que estaba muy pero que muy bien situado y que le hubiera podido dar una vida de reina.» Es la primera vez que oigo hablar del notario, aunque de la historia del romance entre mi madre y Miguel ya me habían llegado rumores. «Y ya parecía que la cosa estaba encarrilada, y que se iba a anunciar el compromiso en un suspiro cuando se encontró con tu padre, que tampoco se había casado porque siempre fue muy golfo, ése había corrido más que el baúl de la Piquer. Les presentaron en el teatro Principal, me acuerdo porque yo estaba allí, que habíamos ido a ver una representación de los Entremeses de Cervantes a cargo del Grupo de la Escuela de Comercio, que por entonces tenía mucha fama, y en cuanto se miraron te juro que vi saltar la chispa, que me dije: adiós boda con el notario. Y justo. Lo vi tan claro como si fuera la bruja Juli ésa.» Lo que no entiendo es por qué en todos estos años nunca me ha contado nada, nada, por qué precisamente hoy, si será porque siente como inminente la partida de mi madre, y qué tendrá que ver esa asunción con su repentina necesidad de desenterrar el pasado, aunque también es cierto que Eugenia y yo casi nunca hemos estado a solas, de forma que pocas oportunidades tuvo de contarme nada, si es que alguna vez quiso contarlo. «Habría podido llevar una vida de lujo, ya ves, pero prefirió a tu padre, que estaba entonces con una mano detrás y otra delante, como quien dice, que ya te he dicho que la familia tenía cierto nombre pero poco más, que ya antes de la guerra se habían arruinado porque su abuelo había llevado un derroche de gran señor, despilfarrando alegremente, y fue vendiendo las fincas y saqueando lo que quedaba de la dote de su hija. Habían empeñado los cuadros y las joyas, o eso se decía, y les quedaba la casa y el apellido. Imagínate el escándalo, más cuartos no le habrían podido dar al pregonero: la nena deja al mejor partido de la provincia por un señoritingo sin oficio ni beneficio, y encima éste resulta ser el hermano de la mujer del novio que le dejó. Vamos, ni en Lucecita… Ni te quiero contar lo que se dijo y lo que no se dijo. Más de uno y más de dos llegó a decir que se casaba sólo para estar cerca de Miguel el resto de su vida, imagínate. Fue una boda muy deslucida, mucho Coro del Misteri y mucha tontería, pero de invitados los menos.» ¿Los menos? Las fotos de la boda sí sugieren una celebración bastante sobria, pero yo nunca había considerado las cosas de semejante manera, más bien pensé que se trataba de una prueba más de la elegancia de mi madre, siempre tan ajena a las estridencias. «Como entenderás, conforme estaba la cosa, al principio las relaciones con Reme eran más bien tirantes. Pero después le empezó a dar pena la chiquilla, que no sabía ni dónde se había metido la pobre, que al casarse había hecho oposiciones a la desgracia. Porque enseguida quedó claro que al Miguel la Reme no le daba ni frío ni calor, o más bien le daba frío, que yo creo que seguía coladito de medio a medio por Eva. Y el Miguel empezó a beber y a la Reme le dio muy mala pero que muy malísima vida, no te quiero contar cuando pasó el tiempo y se vio que los nenes no llegaban, no veas el calvario que tuvo la pobre chica, y con la suegra metida en casa y malmetiendo todo el santo día, duelo sobre duelo, que se le llenaba la boca de decir que un buen hogar cristiano debía recibir la bendición de unos hijos, y que la mujer que no tenía niños que cuidar se arriesgaba a caer en cualquier tentación, como si la pobre Reme fuera la que tuviera la culpa de todo, cuando aquí, inter nos, te digo yo que creo que el problema era de Miguel, que bebía mucho, y no sé si sabes que a veces el que bebe no puede…, tuya me entiendes, no me hagas hablar. Y ahí tu madre sí que se portó como una señora, que no me extraña que la Reme le esté tan agradecida, porque apoyó siempre a su cuñada y no aprovechó como habrían hecho otras, no, se portó talmente como si la Reme fuera su propia hermana, porque ya sabes que su hermano, tu tío, se murió y creo que le echaba mucho de menos, y me parece que quiso hacer por Reme lo que no pudo hacer por Blai, protegerla, cuidarla, y por eso no le dijo ahí te pudras ni mentó el tema del antiguo noviazgo, de eso no se volvió a hablar nunca.» Me lo dirás a mí, Eugenia, a mí me lo dirás. «No se habló en tu casa, porque en Alicante se habló mucho. Que al Miguel se le iban los ojos detrás de su cuñada lo decían todos. Yo creo que por eso se fueron a Madrid después de que ella heredase, para poder vivir en discreto, que en el fondo nunca lo llevó bien. Figúrate, no tiene que ser plato de gusto semejante situación, que tu nombre lo estén mentando siempre en bocas ajenas. Y yo sé que a tu madre la capital no le gustaba, pero también sé que se alegró de venir. Y cuando tu tío Miguel se mató se habló muchísimo de que le había dejado una carta a tu madre, de que no había soportado la idea de que ella hubiera dejado la ciudad y ya no pudiese verla todos los días, pero yo nunca supe si había algo de cierto en aquella historia o no serían más que habladurías. Ahora, en lo tocante a si seguía enamorado, ahí sí que no tengo dudas: seguía.» Se me pasa de pronto por la cabeza si la que estaba enamorada de mi madre no habrá sido, rizando el rizo, la tía Reme o Eugenia. ¿Miguel se mató, Eugenia? ¿Cómo se mató? Porque de la muerte del tío Miguel tampoco he oído nunca hablar. «Pues se mató porque era un inmaduro.» ¿Quieres decir que se suicidó? «Mira, yo no sé, de ese tema se habló mucho y siempre se supo poco, coincidió cuando tu madre se fue a vivir a Madrid. Un ataque al corazón dijeron que fue. Pero el Miguel era joven y el corazón lo tenía sanísimo por mucho que bebiera, y hubo muchos rumores, qué quieres que te diga. Está enterrado en camposanto, eso sí que te lo puedo decir… Así que infeliz Miguel e infeliz la Reme…, y todo porque a aquella señora se le puso entre ceja y ceja que con Eva no se casaba porque no podía tener niños, y porque su abuelo era masón y en la familia había rojos. Y ya ves, Eva cuatro nenes y Reme ninguno. Y Reme pobre y Eva, de la noche a la mañana, millonaria, porque Miguel se bebió o malgastó casi todo el patrimonio y tu madre heredó el terreno aquel de la playa de la Xanca. Sería hasta gracioso de no ser tan triste.» ¿Y mi madre? ¿Tú crees que fue infeliz? «No nena, no, qué cosas tienes. Claro que no. Tu padre tendrá sus cosas, como todo el mundo, no te lo niego, pero por lo menos era joven y guapo, no como el notario. Y además os tuvo a vosotros, infeliz no ha sido.» ¿A qué cosas te refieres, Eugenia? ¿Qué cosas tiene mi padre? «Ay, nena, no me tires de la lengua, sus cosas, que nadie es perfecto. Tú sabes mejor que nadie cómo es tu padre.»

¿Y por qué, Eugenia? ¿Por qué lo voy a saber yo mejor que nadie?

Y de pronto me encuentro atrapada en uno de esos cepos de amnesia que una divinidad traviesa o quizá benévola ha colocado en el túnel por el que se sale desde la infancia a la edad adulta. No sé a qué se refiere. O no quiero saberlo. No recuerdo, o no puedo, o no me da la gana. A veces prescindir del pasado es una exigencia para poder disfrutar del presente. Se trata de un olvido económico, como un sistema que adopta la vida para sacudirse la angustia y seguir su camino, un olvido que no es acción y que sin embargo resulta fructífero en su pasiva quietud, como si la mente se dejara en barbecho para poder plantar en el futuro nuevos cultivos. Y ciertos episodios se relegan al desván del olvido o tal vez a ese depósito que sólo puede visitarse en sueños, sin que se pueda llevar de regreso a la vigilia nada de lo que allí se ha hurgado.

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