17 de noviembre.

Sigue sin volver, pero reacciona. Ya es más que antes. De vez en cuando parpadea y casi parece que va a abrir los ojos, pero nunca llega a abrirlos del todo. También mueve la boca, incluso la hemos visto bostezar. Cuando le he susurrado al oído he visto cómo se le resbalaba una lágrima. Caridad me ha asegurado que se trata de un reflejo, que el ojo le llora igual que la mano supuraba, porque le están inyectando líquidos sin parar. He aceptado la explicación, pero al volver a casa se me ha ocurrido que llevan desde el principio inyectándole líquidos y que nunca hasta ahora la habíamos visto llorar.


De alguna manera llego a mi apartamento del Bronx dando gracias a la providencia divina porque curiosamente ayer, en un arrebato de inspiración que podría interpretarse como profético, decidí traer mis cosas desde el apartamento del FMN al del rumano, cuando pensé que él podría entender como invasión de su intimidad el encontrar casi toda mi ropa en sus armarios. Por eso -y menos mal- dejé allí lo imprescindible (cepillo de dientes, secador de pelo, crema hidratante, tres mudas) y me llevé el resto, y por eso todavía llevo las llaves en el bolso, porque me olvidé de sacarlas de allí en vez de dejarlas en el apartamento del FMN como suelo hacer porque me parece idiota llevarlas siempre encima y correr el riesgo de perderlas si sé con seguridad que no voy a dormir allí. Asciendo los dos tramos de escaleras sobre mis ridículos zapatos de Jourdan y de pronto me siento muy mareada, unas náuseas vertiginosas me revuelven el estómago y unas palpitaciones de ritmo cada vez más intenso disparan el pulso de mi sangre; no sé ni cómo consigo llegar hasta la puerta del apartamento y arrastrarme hasta el cuarto de baño, apoyo la cabeza en las rodillas, escucho el timbre del teléfono que suena, a estas horas sólo puede ser él, el FMN, y me parece tan extraño, tan distante y absurdo que hace apenas diez minutos todo fuera amor y lujo y un carrusel de colores y luces brillantes, una especie de ruido histérico que se suponía era mi vida, y de pronto esté aquí, en silencio, sin más compañía que este retortijón agudo en las profundidades del estómago que, tal vez por eso mismo, antes de que me dé cuenta, brota desde allí y me hace vomitar una resaca que ha llegado antes de tiempo. ¿No debería llegar mañana? Pero mañana, antes de despertarme, ya tendría en la cama, en una bandeja de desayuno especial para este tipo de momentos (Philippe Starck, desde luego), una copa de champán, perdón, espumoso californiano, que el FMN me sirve cada mañana, así que nunca me llega la resaca porque nunca le doy ocasión a presentarse, nunca corto el suministro de alcohol el tiempo suficiente para que se manifieste la abstinencia, y de pronto caigo en la cuenta de que si ahora empiezo a vomitar y vienen los temblores y el dolor de cabeza me voy a tener que comer la tragedia yo solita, porque ahora no hay rumano que me traiga paracetamoles ni sopitas, porque ahora éste debe de estar en la casa de su novia, esa de la que nada conozco pero que seguro que no bebe ni se viste de puta de lujo. Podría llamar al FMN, sé que lleva el móvil en el bolsillo, probablemente esté esperando mi llamada. Pero no, un destello de cordura me acomete en medio de todo este delirio, no puedo llamarle. Recuerdo que tengo paracetamol en alguna parte, en esa habitación que prácticamente no he pisado desde que llegué, me arrastro como puedo por el pasillo entre temblores, revuelvo las maletas de arriba abajo… nada. Y entonces, milagro, encuentro en el neceser cuatro Valiums que había metido allí en Madrid para ayudarme a dormir en el avión pero que no utilicé porque pensé que si me quedaba dormida en semejante postura no habría quiropráctico capaz de deshacerme después la contractura. Los agarro como si de diamantes se tratasen y me dirijo al cuarto de baño donde me los trago, los cuatro, con un chorro de agua del grifo, sin vaso, y desde allí me arrastro al futón y me quedo dormida mientras escucho el timbre del teléfono que vuelve a sonar, distante como los ruidos de la calle.

Los ojos se me cerraron tan deprisa que ni tiempo me dio a darme cuenta de que me quedaba dormida, y luego todo se confunde en sucesión de vigilia y duermevela, me despertaba un instante y me sentía incapaz de levantarme del futón, tenía la boca pastosa y los miembros entumecidos y sabía que no me convenía quedarme así, que al menos debería desnudarme y ponerme un pijama, pero el cuerpo me pesaba como si hubiera comido piedras y no conseguía moverlo, así que me volvía a dormir, y al rato me despertaba y me resultaba extrañísimo encontrarme allí, con un letargo que me pesaba como escamas sobre los ojos, me preguntaba qué hora podría ser, volvía a dormirme, me despertaba un instante, el tiempo justo para escuchar el crujido orgánico de la madera del suelo y calcular, por el cambio en la calidad de la luz que entraba por la ventana, que ya no era por la mañana sino por la tarde, o que ya no era la tarde sino la noche, y hacerme una idea aproximada por no decir remota de las horas que llevaba durmiendo. Volvía a dormirme y en mi sueño aparecía el FMN y mi cuerpo sentía el calor del suyo y cuando estábamos a punto de unirnos me despertaba, y sentía todavía el hueco de su figura en la sábana, su olor en mi cabello o el calor de su último beso en la mejilla, y poco a poco el recuerdo de aquel sueño se disipaba disuelto en otro sueño en el que había vuelto a sumirme, viajando a toda velocidad por el tiempo y el espacio sobre una cama que se había convertido en alfombra mágica, abandonando el plano del lugar en el que me quedé dormida de forma que, cuando me despertaba más tarde, después de haber estado sumergida durante un tiempo indefinido en una nada viscosa de la que iba emergiendo despacio, ignoraba dónde me encontraba e incluso quién era. Apenas recordaba que había atravesado vastas regiones para regresar de la nada, pero notaba en el centro de mi conciencia la certidumbre de una tristeza, y esa tristeza me recordaba quién era, alguien triste, sola, y entonces mis vestidos, colgados de la barra como figuras exánimes, fantasmas de otro tiempo reciente que ya era lejano, un tiempo mejor que ya era peor, venían en mi ayuda para sacarme de la nada de la que no habría podido salir sin ayuda y recordarme que estaba en Nueva York, en un apartamento del Bronx, efectivamente sola, y de ahí me transportaban a distintos dormitorios, al de mi casa en Madrid, al del apartamento del FMN, al del piso de mis padres, al de Santa Pola, diferentes alcobas en las que había dormido, recordando el estampado de las colchas, la orientación de las ventanas, el color de las paredes, días lejanos que en aquel momento parecían recientes e incluso actuales, evocaciones enroscadas y confusas que se amalgamaban y tiraban de nuevo de mí hacia el subsuelo del sueño, nostalgias a las que cedía porque me encontraba demasiado cansada para resistirme, y una dulzura laxa se iba apoderando de mis huesos y ablandándolos, por más que yo supiera que no debía dejarme llevar, que no podía dormir durante días seguidos. Pero nada parecía aliviar aquel cansancio infinito, y las horas de sueño, en vez de repararme, sólo me daban más sueño.

Estuve durmiendo dos días y medio, hasta que el rumano, que sí se pasaba de cuando en cuando por el apartamento, o al menos con la suficiente asiduidad como para reparar en mi presencia y para advertir que yo no me movía de la cama, se preocupó y me obligó a levantarme. Me duché, por supuesto, y comí algo, pero lo único que me apetecía era volver a la cama. Pensé que probablemente estaba incubando una gripe, así que volví al futón y el ciclo de sueño se reanudó.

Estuve cinco días prácticamente sin levantarme. Mi compañero de piso se asustó y me obligó a bajar a la calle, pero no llegué ni al Deli de la esquina y el trayecto lo tuve que hacer apoyada en él, porque no encontraba fuerzas ni para caminar. Resultaba evidente que aquello no podía ser una incubación de gripe, pues la gripe habría tenido tiempo más que de sobra para manifestarse. Todo apuntaba a una mononucleosis o una hepatitis, o eso opinaba el rumano, que no era médico pero sí biólogo, así que un mínimo de entendimiento sobre el tema se le suponía. Fuera lo que fuera había que llamar al médico inmediatamente, pero en su lugar a quien llamamos fue a Sonia. Sonia llamó a su vez al Doctor Referral's Number del Lennox Hill Hospital, en donde informaban de los especialistas más cercanos al domicilio de quien llamara. Le dieron tres números, a los tres números llamó y explicó lo que pasaba con su amiga y en los tres le vinieron a decir lo mismo, que la consulta eran cuatrocientos dólares pero que, seguramente, dado lo que estaba contando, habría que hacer análisis y pruebas, y que la cosa se pondría en seiscientos.

– ¡Seiscientos dólares! ¡Tú estás loca! ¿Cómo voy a pagar yo seiscientos dólares? Pero si eso es lo que ha costado el billete de avión… Tiene que haber un médico más barato.

– Estás en Nueva York, bonita, no hay un médico más barato.

– Eso es imposible. Tiene que haber servicios sociales o algo. ¿Quieres decir que cada vez que tú te coges una gripe o unos hongos te gastas seiscientos dólares?

– Aquí, si yo tengo una gripe o unos hongos no voy al médico, me voy a la farmacia y me compro un bote de antibióticos, y si tengo algo más serio pago lo que haya que pagar porque me saqué en España un seguro médico internacional que luego me reembolsa lo que haya gastado.

– ¿Y por qué no tienes un seguro aquí?

– Porque aquí sólo tienen seguro los millonarios.

– Pero hay seguridad social, ¿no?

– No. Hay seguro médico si trabajas para una empresa y la empresa lo costea, porque cuando yo trabajaba para la Black Star sí tenía uno, pero si trabajas freelance, como es mi caso ahora, pues no. Y ya casi todo el mundo trabaja como autónomo porque prácticamente ninguna empresa hace contratos.

– Y entonces, si una persona normal, un camarero pongamos por caso, se encuentra con un problema médico serio, ¿qué hace?

– Pues cruza los dedos para no encontrárselo, porque si tienes un accidente te endeudas hasta las cejas. O si no se busca la vida, o no vive en Nueva York. A mí qué me cuentas. Oye, que si quieres una reforma del sistema sanitario americano llamas a Hillary Clinton, a mí no me líes.

Yo insistía en que era imposible que todos los médicos fueran tan caros y que tenía que haber algún otro sistema, pero el rumano me confirmó que la cosa era así, que cuando su compañero de piso, el gogó cuya habitación yo ocupaba, pilló la hepatitis, estuvieron buscando por todos lados la manera de encontrar un médico más barato y que al final acudieron a un servicio para gays y lesbianas en Chelsea, que era más barato pero no tanto y que en realidad se ocupaba más de enfermos de sida que de otra cosa. También podíamos intentar que me aceptaran en urgencias, pero en urgencias sólo te admitían si te habían pegado un tiro o te habías roto una pierna, no porque te encontraras cansada y adormilada, y además me lo cobrarían igualmente.

– Aunque cobrarlo, tanto como cobrarlo… -dijo el rumano-, te vas sin pagar y punto. Que te busquen luego para cobrarte la factura.

– Ya, pero te repito que no puedes presentarte en urgencias sólo porque estés fatigada -me apuntó Sonia.

– ¿Cómo que no? ¡Si tiene hepatitis!

– ¡Qué va a tener hepatitis! ¡Si tuviera hepatitis estaría amarilla!

– Pues yo no tengo seiscientos dólares. O sea, los tengo, pero entonces me quedo en bragas -dije yo-, además, es que no me lo creo, no me puedo creer que sea tan caro.

– Mira guapa, cada uno de esos modelitos horteras que tienes ahí -se refería a los mini vestidos de Versace que colgaban de la barra bien visibles puesto que, como ya he dicho, en aquella habitación no había armarios- ya vale mil dólares, así que algo tendrás.

Y entonces caí en la cuenta de algo que me había dicho el rumano y a lo que hasta entonces no había prestado más atención: que en el contestador había acumulados diez mensajes del FMN en tonos que iban desde la amabilidad hasta la amenaza pasando por la simple exasperación.

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