Todo el mundo (amigos, conocidos, parientes, enfermeras y varios ATS) parece de lo más sorprendido de que mi madre aguante tanto tiempo. He oído la palabra milagro innumerables veces y ya forma parte de mi vocabulario habitual. Incluso si no sobreviviera, opina mucha gente, el simple hecho de que haya aguantado casi dos meses tras la operación ya es un milagro en sí mismo. Sobre todo por su edad. El caso es que mi madre tenía razones para vivir: sus nietos, sus amigas, sus libros, sus viajes, su propia tozudez. Se empeñó en tener hijos y los tuvo. Si se empeña en vivir, lo conseguirá.
Jaume estuvo en casa ayer por la noche. Sí, el mismo Jaume que me escribió un mail diciendo que hablara a mi madre porque él sabía por experiencia que aun inconsciente en apariencia, en pleno sopor mórfico, un enfermo se entera de lo que sucede a tu alrededor. Visita relámpago desde Alicante. Vino a firmar algo de un contrato y se vuelve a casa hoy mismo, según él porque tiene mucho trabajo pendiente, pero sospecho que la verdadera razón es que no quiere dejar a Manolo, su novio, solo. A Jaume y a Manolo los conozco desde que éramos críos y críos debían de ser ellos cuando se liaron. Ante familiares amigos y conocidos siempre fueron una pareja de amigos inseparables. De la solidez real de esta inseparabilidad me enteré yo a los veinte años, cuando me explicaron la situación, pero nunca me han dicho en qué momento la cosa pasó de amistad a amor. En cualquier caso, no iba aquí a hablarte de sus vidas sino de un tumor cerebral que a Jaume le extirparon cuando era muy joven y que le costó tres meses en cuidados intensivos. Dice que sobrevivió porque ni un solo día dudó de que lo lograría. Me contó que cuando ya le habían quitado la morfina y estaba despierto, jugaba a las cartas con otros pacientes de la planta. Tenían una norma: cada uno debía pagar sus deudas a final de partida. No se fiaban, porque nunca se sabía si el deudor despertaría vivo a la mañana siguiente.