15 de noviembre.

Nos reciben dos médicos en el cuartito destinado a la información a familiares. Sólo por la expresión de sus rostros ya sé, antes de que abran la boca, que las noticias no son buenas. El doctor nos explica que el resultado del electroencefalograma muestra un daño en la corteza cerebral. Es decir, en algún momento ha habido falta de riego de oxígeno, una anoxia. Esto significa que, en el caso de que mi madre sobreviviera, es bastante probable que esa falta de riego en el cerebro le haya afectado a las facultades mentales. Que volvamos a casa con una niña de dos años encerrada en un cuerpo de ochenta.

El lunes le harán otro TAC y un escáner para verificar si hay daño en la región subcortical, por si hubiera una lesión más grave.

– Y entonces -dice el médico más mayor-, tendríamos que actuar en consecuencia.

No hace falta que me explique qué se entiende por «actuar en consecuencia»: desconectar el respirador. Mi padre se queda tan blanco como si acabara de ver pasar un fantasma por el cuarto. El doctor joven, que ha debido de notar el impacto de las palabras de su compañero en mi padre, intenta arreglar la cosa.

– De todas formas, han de recordar que la palabra más importante en medicina es siempre paciencia.

– Y resignación -añade el mayor-, una palabra desgraciadamente muy olvidada en la cultura occidental.

Parece que estén jugando a poli bueno y poli malo.

– Estamos haciendo todo lo posible, podemos asegurárselo. Pase lo que pase, nunca se podrá decir que no lo hemos intentado todo -dice el joven-. El problema es que en nuestra cultura el proceso de vejez se está dilatando hasta extremos insospechados desde hace menos de medio siglo, y con la edad se van acumulando los factores de riesgo. Es por eso que una simple pancreatitis como la de su madre puede provocar una reacción en cadena y desatar un proceso de altísimo riesgo.

Él no lo dice, pero yo interpreto el subtexto: ¿es mejor morir más joven o apurar la carrera hasta los cien años a costa de sufrir muchísimo en el último tramo?

– Y… -intervengo yo-, ya sé que esta pregunta es difícil de contestar, pero, más o menos, ¿con cuántas posibilidades contamos?

– A esa pregunta no le puedo contestar -me responde el médico joven-. Nunca se puede contestar. Aquí las cosas dan muchas vueltas. Llegan pacientes con un cuadro muy simple, que a primera vista no es mortal, y de la noche a la mañana la cosa se complica y fallecen, mientras que entran otros por los que nadie apuesta y acaban saliendo adelante. Nosotros aquí estamos muy acostumbrados a ver milagros.

– Pero es que la vida en sí misma es un milagro -añade el viejo-. Un milagro en equilibrio.

Загрузка...