Ayer por la noche ofrecimos una cenita que resultó un desastre gastronómico porque yo llegué a las nueve y media a casa desde el hospital y, teniendo en cuenta que tu padre tiene muy buena voluntad pero muy poca maña en la cocina, no nos dio tiempo a preparar nada especial aparte de los siempre socorridos espaguetis y ensalada. Habida cuenta de las circunstancias a nadie se le ocurrió quejarse, excepto a «Suicide Sonia», que se negó a probar algo más que dos hojas de lechuga, aduciendo que a ella, mientras hubiera vino, le daba igual comer. Eramos cuatro parejas: Consuelo y Jorge, Sonia la actriz («Sweet Sonia») y Esteve, Sonia la guionista y un tal Ángel con el que se acuesta de cuando en cuando, tu padre y yo. Resultó muy deprimente comprobar cómo, una vez acabada la cena, nos dividimos, casi sin darnos cuenta, en dos sectores: el masculino, que salió en bandada a la terraza a fumar (no dejo hacerlo en casa porque me niego a convertirte en fumadora pasiva desde tan tierna edad) y de paso a examinar la planta de maría que allí había crecido y discutir sobre sus posibles usos y utilidades (pocos, me temo, porque está ya la pobre más muerta que viva); y el femenino, que permaneció en el salón teorizando sobre un único tema de conversación: ventajas y desventajas de la maternidad. Y digo lo de «teorizando» porque allí sólo había dos madres, y las que más hablaban eran precisamente las que no lo eran, así que sus argumentos no podían provenir, evidentemente, de la praxis.
Qué ironía, tanto ir de feministas y posmodernos y al final acabamos reproduciendo los esquemas tradicionales: los hombres al salón de fumar y las señoras a hablar de temas propios de su sexo alrededor del café.
En mitad de la conversación te oímos llorar de hambre y hubo que traerte a nuestro lado para darte el biberón. Tu padre, que te oyó desde la terraza, se presentó a echar una mano, gesto que despertó los admirados «oooooohs» y «aaaaaahs» de mis amigas, que no cesaban de repetir: «¡Es un padrazo, un auténtico padrazo! ¡Qué suerte tienes, Eva!» Excepto «Suicide Sonia», que ya se había metido ella solita media botella de Campo Viejo del 96 entre pecho y espalda y que soltó la frase de la noche: «O sea, que cuando ella se levanta a buscar a la niña porque llora y se la pone en el regazo para darle el biberón, os parece de lo más normal, mientras que él es un padrazo sólo porque se pasa a echar un vistazo. Pues vaya panda de feministas estamos hechas.» Sonia tiene razón: no hay peor machista que una mujer machista. Es como si un negro se afiliase al Ku Klux Klan.