Sigue igual. Abre un pelín los ojos si se le grita al oído y de vez en cuando ladea la cabeza ligeramente o mueve la boca. Eso no quiere decir que nos entienda o que sepa que estamos ahí: puede tratarse de simples actos reflejos. Aunque Caridad intentó animarme y me dijo que estaba segura de que entendía, porque por la mañana le había preguntado si le dolía mucho y ella movió la cabeza para decir que no. Me gustaría creer a Caridad, pero a nosotros no nos ha hecho ningún gesto revelador. Sé que sabe que estamos ahí, pero su percepción podría ser tan limitada como la tuya, que sabes quiénes somos y entiendes nuestro tono, pero no comprendes nada de lo que te estamos contando.
Resulta curioso cómo la vejez acerca a los humanos al estado de bebé. Porque ahora ella es como tú: incapaz de moverse o incluso de sobrevivir sola. Y, sin darnos cuenta, sin querer, sin pensarlo, todos le hablamos como a un bebé, empleando un tono agudo al dirigirnos a ella y moviendo exageradamente la boca.
Me ha sorprendido ver que alguien ha colgado en la cabecera de su cama una estampita de la Virgen de la Asunción. Le he preguntado a Caridad quién la ha puesto ahí y me ha contestado que no está segura, pero que juraría que mi padre, lo que me ha sorprendido todavía más, porque de toda la vida siempre fue muy escéptico con respecto a lo que consideraba supercherías.
Mi madre sufría una cardiopatía congénita que los profesionales no supieron diagnosticarle hasta los veintitantos años. Cuando ella era pequeña, en Alicante, el médico aseguró que sufría fiebres reumáticas. Le costaba muchísimo hacer esfuerzos, se ahogaba si tenía que ascender por un tramo de escalones, no podía cargar con las bolsas si iba a la compra y siempre estaba sufriendo de palpitaciones. Sus manos, desde que yo las recuerdo, llamaban mucho la atención porque eran blancas como la cera, exangües, consumidas, de dedos largos y frágiles como pequeñas cañas de bambú y surcadas, desde las muñecas a los nudillos, de finos ramales verdiazules. Cuando tenía una crisis de palpitaciones los labios se le ponían de color violeta y parecía una resucitada. Por eso había adquirido el hábito de llevarlos siempre pintados y de no salir a ninguna parte sin un pintalabios y un espejito de bolsillo. Este aspecto lánguido y enfermizo no mermaba su belleza, más bien al contrario: de la enfermedad le venía la extrema delgadez y el aire elegante y delicado.
En cualquier caso, le dijeron que no podía tener hijos porque dada su condición un embarazo suponía un riesgo mortal tanto para la madre como para el hijo. Pero ella, siguiendo la tradición, se encomendó en las fiestas de Elche a la Virgen de la Asunción, que dicen que asegura la descendencia, y acabó teniendo tres niñas y un niño, nada menos, y todo, según aseguraba, gracias a la intercesión de la Santísima Virgen, a la que había rezado devotamente implorando protección. Cada quince de agosto se iba a Santa María a la misa de ocho -porque en esa fecha la basílica está a rebosar, y la única misa que no está hasta los topes de fieles es la primera- y le ofrecía a la Virgen un rosario, con el pañuelo bien sujeto en la cabeza, un traje con las mangas por debajo del codo y la falda por debajo de la rodilla y hasta ¡medias!, haciendo como hace en Elche en agosto un sol de castigo, porque entonces los curas exigían que las mujeres entrasen en el templo bien tapadas para «no despertar la lascivia masculina» y le decían a los hombres que les hacían responsables de que sus mujeres y sus hijas fueran decentemente vestidas (porque correspondía al varón, según no sólo la Iglesia sino el Código Penal, corregir a «su» mujer), y también se obligaba a que unos y otros entrasen y saliesen al templo por diferentes puertas, para evitar la fatídica tentación. El caso es que uno de sus médicos me dijo una vez que no nos tomáramos la devoción de mi madre en broma, que hubiera intercedido o no la Virgen, él estaba convencido de que no había mejor medicina que la fe, y que si un enfermo confiaba a ciegas en su curación ya llevaba el médico la mayor parte del camino ganado. Seguro que si su abuelo, mi bisabuelo, hubiera levantado la cabeza la habría vuelto a agachar, avergonzado, por más que lo de mi madre fuera más superstición que otra cosa, porque el resto del año no se comportaba como católica practicante estricta, sino que aparecía por la iglesia cuando quería y podía, no cada domingo como el catecismo exigía.
A la primera niña la llamó, como era menester, Asunción. Cuando se quedó embarazada de mí (cuarta gestación) el peligro se disparó, dado que a la cardiopatía se sumaba la edad de mi madre, dos factores de riesgo combinados. Se pasó todo mi embarazo en la cama, rezando entre susurros y manoseando una estampita de la Virgen. Y es por eso que yo me llamo Eva Asunción (agárrate), aunque no sea normal que dos hermanas compartan el mismo nombre. Y cuando escribo esto me doy cuenta de que ninguno de mis dos nombres es sólo mío, que desde la misma cuna mi identidad descansaba en un préstamo.
Seguro que en Madrid debe de haber más de una y de dos iglesias dedicadas a la Virgen de la Asunción. Me estoy pensando si localizarlas e ir a hacer un rosario, pero yo no tengo fe. Ni tampoco la más remota idea de cómo se reza un rosario.
Le he preguntado a Caridad por qué no se desespera con un trabajo como éste, si no le entran ganas de tirar la toalla a veces. Dice que no, que para ella es muy satisfactorio. Por lo visto al principio trabajaba en la UVI de neonatos y allí sí que no se vio capaz. Tuvo que pedir el traslado porque cada vez que un bebé no sobrevivía ella se pasaba días llorando.
– Pero es muy distinto tratar con adultos. Si alguno fallece lo sientes, por supuesto, pero es más fácil de aceptar. Te dices lo que suelen decir las abuelas, que le ha llegado la hora. Pero es difícil de entender que le llegue la hora a un bebé, porque su vida se cuenta precisamente en horas y a veces no llegan ni al día. Además, aquí sobreviven más de los que fallecen, y cada uno de los que sobrevive me lo tomo como un triunfo personal. Es un trabajo bonito, de verdad, aunque no lo parezca. Claro que tiene sus días malos, pero cuando se muere alguien que lo lleva escrito desde que lo ingresan entonces lo asumes desde el principio. Sin embargo el otro día, por ejemplo, me enteré de que se había muerto un señor que había estado aquí dos meses y que nos había costado muchísimo sacar adelante. Pues se murió en planta de la manera más tonta, se ahogó con un moco, ya ves. Y como en planta van tan cortos de personal, no había ningún enfermero alrededor que se diera cuenta a tiempo. Mira, esa muerte fue de las que me dolió.
Me da vergüenza reconocer que, por mí, hubiera caído tan bajo como para llamar al FMN sólo porque no tenía manera de pagarme un médico, es decir, que habría renunciado con la mayor tranquilidad a todo lo que se entiende por principios, orgullo y dignidad. Me habría encantado escribirte que me comí aquella hepatitis -que luego resultó no serlo- yo sola, consumida en el futón de aquel apartamento en el Bronx, que habría preferido morirme a volver a llamar a aquel miserable que se había atrevido a abofetearme en pleno Mercado de la Carne (y nunca mejor dicho), pero no me queda más remedio que ser fiel a la verdad y confesar que si no le llamé hecha un mar de lágrimas explicándole que no había respondido a sus llamadas porque estaba enferma y que no sabía lo que me pasaba y casi no me podía mover, fue porque a Sonia se le ocurrió llamar a Tania, y resulta que Tania sí que tenía seguro médico por cuenta de la universidad para la que trabajaba, y que bastaba con que yo me presentara en el médico y diera el nombre de Tania, su número de la Seguridad Social y el número del departamento de Stony Brook para que su seguro cubriera la visita médica, porque Tania aseguraría que yo era ella, o que ella era yo, o sea, que la visita la había hecho Tania Fernández. Y además, ya puestos, se empeñó en que me fuera al Monte Sinaí, o sea, al hospital más pijo de Nueva York, que casualmente estaba al lado de la casa de Sonia, donde trabajaba una doctora muy amiga suya (lesbiana, por supuesto), una WASP de lo más uptight neoyorquino que hablaba con un extraño acento británico porque había estudiado en Bristol, según me explicó, que sabía perfectamente lo de la suplantación de identidades, que fue amabilísima conmigo y que se encargó de que me trataran como a una reina y me hicieran todo tipo de pruebas y análisis de sangre, de orina y hasta de saliva, lo juro.
Me tuvieron esperando tranquilamente acomodada en una cama de una habitación de lo más agradable (habitación que casi no disfruté porque me pasé el rato dormida) hasta que trajeron los resultados de las pruebas, y entonces me recibió la encantadora médica (que trataba también, según me enteré más tarde, a toda la plana de músicos de NY y que estaba especializada en endocrinología y nutrición), que interpretó conmigo los resultados.
– Por los resultados obtenidos en las pruebas te puedo afirmar categóricamente que no tienes hepatitis ni mononucleosis. Normalmente no obtendríamos resultados de mono con tanta rapidez, pero en este hospital contamos con nuestro propio laboratorio y, dada la importancia del caso… -(En realidad yo no creía que el caso tuviera tanta importancia como para apremiar al laboratorio, pero me abstuve de manifestarlo)-. Tampoco estás embarazada. Ya sé que no habías contemplado esa posibilidad -añadió, supongo que al advertir mi cara de pasmo- pero, como profesionales, debíamos descartarla. Aparece una ligera anemia que podría justificar cierto cansancio, pero difícilmente se podría afirmar que una persona no pueda siquiera levantarse de la cama por culpa de una leve deficiencia de hierro. En fin, podemos hacer más análisis, por supuesto, pero primero me gustaría hacerte unas cuantas preguntas, si no tienes inconveniente.
– No, ninguno.
– ¿Has sufrido algún shock emocional o algún acontecimiento traumático recientemente?
Dudé antes de responder. ¿Que un negro de metro noventa te abofetee en plena calle puede considerarse shock emocional o acontecimiento traumático?
– No, ninguno.
– ¿Consumes drogas?
– No -mentía-. Sí… pero muy esporádicamente.
– ¿Qué tipo de drogas?
– ¿Se refiere a las legales o a las ilegales? Bueno, no fumo. Sí tomo café, bebo alcohol y de vez en cuando me meto alguna que otra raya.
– Cuando dices que bebes alcohol, ¿de qué cantidades estamos hablando? ¿Bebes a diario, por ejemplo?
– No siempre, aunque últimamente la verdad es que he estado bebiendo mucho…
– Pero estos días en los que dices haberte sentido tan cansada, en los que apenas podías levantarte de la cama, no has bebido ¿verdad?
– Exacto.
– Ya… ¿Y recuerdas la última vez que bebiste?
– Pues sí. Hace cinco…, no, seis… no, siete noches. Salí y bebí bastante. Después me fui a mi apartamento a dormir y desde entonces prácticamente no he podido levantarme.
– Ya… Todo concuerda.
– ¿Concuerda?
– Verás, lo cierto es que no podría afirmarlo con rotundidad, pero si has llevado un ritmo de ingesta de alcohol diario y constante durante un tiempo prolongado lo lógico es que al interrumpir este ritmo el organismo presente un síndrome de abstinencia. Esos síndromes se pueden manifestar de maneras muy distintas según cada individuo, y este cansancio extremo, esa especie de gripe que crees tener, pudiera tener relación con la abstinencia. Ya te digo que esto es sólo una hipótesis, pero vistos los resultados de los análisis y lo que tú misma me has explicado, me parece la explicación más plausible. Pero, evidentemente, yo no conozco tu caso, ni tus circunstancias, y por lo tanto no me puedo aventurar.
– Vale, supongamos que yo admito que sí que he estado bebiendo mucho, muchísimo. Entonces, según usted, ¿qué debería hacer?
– Quizá lo mejor es que volvieses a casa y procurases alimentarte bien y hacer un poco de ejercicio suave. Caminar, ya sabes, esas cosas. Si sigues encontrándote tan cansada en quince días deberíamos hacerte nuevas pruebas. Y si vuelves a beber, entonces eres tú quien debe decidir.
– ¿Decidir qué?
– Decidir consultar tu problema con un especialista. Yo no trato adicciones.
A punto estuve de decirle que lo mío no se trataba de una adicción, que yo no era ninguna alcohólica, pero preferí callarme y me despedí con la mejor de mis sonrisas.
– Y bien, ¿qué te ha dicho? -me preguntaron a la vez Sonia y Tania, que me estaban esperando en la sala de espera.
No sabía qué decirles, porque desde luego no podía contarle que aquella doctora estupenda poco menos que me había llamado alcohólica.
– Anemia -respondí, con la sensación de que no mentía puesto que de alguna forma sí era cierto que estaba anémica, o eso me había dicho-. Y… también ha dicho que tiene que ver con lo mucho que bebo.
– ¿Y cómo sabe ella lo que tú bebes? -dijo Sonia-. Oye -ahora se dirigía a Tania-, ¿tú le has dicho algo a esta mujer de con quién salía Eva?
– ¿Yooo? ¿Yo qué le iba a decir?
– Eso, ¿qué le iba a decir? ¿Y cómo va a saber Tania con quién salgo?
– Pues porque se lo he dicho yo, claro. Como comprenderás, si una amiga mía sale con un famoso, no vas a esperar que me lo calle.
– Ya no salgo con él. Y además no sé por qué tendría que saberlo la doctora, y si lo supiese, qué tendría que ver eso con mis problemas médicos.
– Pues porque si supiese que sales con un alcohólico, puede suponer que tú también lo eres.
– ¿Y qué te hace pensar a ti que el FMN es alcohólico?
– Joder, Eva… ¡Porque lo sabe todo el mundo! Ha estado internado ni se sabe la de veces en el Presbyterian Center, ha salido en la prensa y todo, aunque creo que su problema era con la coca, ¿no? -Esto último se lo preguntaba a Tania.
– No estoy segura, pero creo que sí, o eso vi en la tele -añadió Sonia- en uno de esos programas de la MTV que no sé cómo se llaman, esos que hablan de la vida del famosillo de turno y salen sus parientes y conocidos y toda la plana mayor poniéndolo a caldo -añadió Tania.
– Acabáramos.
Y entonces se me desvelaron algunos interrogantes que habían flotado sobre la figura de mi amado durante el corto tiempo que duró nuestra breve pero intensa, por así decirlo, relación. Cuando nos conocimos parecía que nos encontrásemos en algún paraíso vacacional que supusiera un paréntesis de nuestras respectivas vidas, como dos quinceañeros que comparten un amor de verano en la playa y se encuentran de pronto solos, sin amigos, sin relaciones, incapaces de gestionar tantas horas como se presentan por delante de ocio absoluto, sin compromisos, con un montón de tiempo para gastarlo y una necesidad apremiante de encontrar un compañero con quien hacerlo, dos adolescentes que se embarcan en un blando calendario de planes que se improvisan a última hora. Y ya te he dicho que en mi caso se entendía así, puesto que efectivamente estaba de vacaciones y prácticamente no conocía a nadie, pero que en el suyo yo no acertaba a explicarme a qué respondía ese aire de viajero en permanente tránsito. De pronto lo entendía todo, las piezas encajaban, cinco años de gira bebiendo y esnifando cada día, supongo, y finalmente el obligado paso por una cura de desintoxicación y luego el vacío de tener que empezar una nueva vida sin coca y el intento de llenar ese vacío a base de priva acompañado por otra desocupada como yo. Sí, todo cuadraba. O no, vete tú a saber. Apenas habíamos pasado juntos un mes, veintitantos días, ¿qué sabía yo de él o de su vida?
Nada. Desde luego que con los discos que había vendido contaba con dinero suficiente como para pasarse el resto de sus días sin dar golpe, así que ¿por qué habría de darlo? ¿Y qué si quería tomarse una temporada saliendo cada noche? ¿Acaso no había pasado yo por temporadas parecidas en mi vida? Sí, claro, pero entonces tenía yo veinte años, no cuarenta y tantos, como el FMN. No, no tenía ni idea de con quién había pasado aquellos días y aquellas noches, y si por alguien había estado trastornada, obnubilada, traspasada, y demás adjetivos acabados en -ada que se te puedan venir a la mente, ese alguien había existido sobre todo en mi cabeza, y ahora que sentía que esa ilusión comenzaba a disolverse me embargaba una difusa pena al entender que debía abandonar ciertos placeres simbólicos a los que había concedido el mismo valor que los demás le concedían, porque desde fuera podía parecer maravilloso el hecho de que los porteros de los clubs de moda te saludasen con una respetuosa inclinación de cabeza, o el disponer de una casa con vistas al mar y al jardín, y piscina y litografías de Taaffe en las paredes desnudas, y me encontraba de pronto con que el debilitamiento de la ilusión se correspondía simultáneamente al deseo de seguir alimentándola, de permanecer en aquella etapa tan particular de mi vida de la que ya estaba saliendo. Sin embargo, con todo, no era tan tonta como para no darme cuenta de que por mucho club de moda, casita en New Jersey, apartamento en Tribeca y brunch diario en Gotham que el futuro pudiera depararme, nada justificaba que me embarcase con un desconocido en un carrusel etílico inevitablemente condenado a girar sobre sí mismo sin llegar jamás a destino alguno excepto, quizá, al de acabar averiado y detenido para siempre o, peor aún, desmantelado.