Cuando hoy he llegado al hospital me he encontrado con que a tu abuela la han trasladado a una habitación individual dentro de la UVI. Un lujo asiático, porque en toda la unidad sólo hay tres cuartos independientes. Le he preguntado a Caridad el motivo de tal cambio. ¿Te acuerdas de aquel señor que tenía que ir y volver desde fuera de Madrid? Pues su mujer se ha muerto. Y mi madre ahora ocupa su cama.
Dice Asun, que hoy estuvo por la mañana, que el señor lloraba bajito, igual que un niño pequeño.
Mi madre sigue sin volver en sí. Le he preguntado a Caridad si creía que eso era mala señal. Me ha dicho que si la cosa sigue así le tendrán que hacer un TAC para ver si ha habido lesiones en el cerebro. ¿Y si las hubiera?, he preguntado. Primero se ha quedado muy callada, como sin saber qué decirme, luego me ha explicado que hay mucha gente que tarda en despertar tras la sedación, que no es lo normal pero que tampoco es raro, que el hecho de que siga inconsciente no implica necesariamente lesiones.
– Ya, entiendo. Pero si hubiera lesiones, ¿qué pasaría?
– Pues que habría que desconectar.
Inmediatamente, como para cambiar de tema, Caridad me ha preguntado si mi madre bebía mucho. Le he respondido que no, casi nunca. Que estoy casi segura de que los médicos se lo tenían prohibido desde joven por lo del soplo del corazón. Al parecer es muy rara una pancreatitis semejante en alguien que no bebe. También podría ser que hubiera tenido algún accidente en el que pudiera haber recibido un golpe en el abdomen. Le dije que sí, que había tenido varios accidentes (el más aparatoso a la vuelta de un viaje que hizo con mi tía Eugenia de peregrinación a Fátima, se ve que la Virgen no las protegió mucho), pero ninguno grave. Y tuve que admitir que conocía poco de su vida, que apenas me contaba nada de su pasado, que las pocas anécdotas que conozco me han llegado a través de familiares. No quise decirle que en realidad mi madre y yo hablábamos bastante poco.
Cuando vuelvo a casa me encuentro a Tibi apoyado, literalmente, en el quicio de la mancebía. Otra vez impecablemente vestido de chaqueta y corbata, un traje a todas luces insuficiente para resguardarle del frío pelón que hace.
– Tibi, ¿no te congelas?
Se desabrocha un botón de la camisa y señala con la cabeza una camiseta gruesa que hay debajo.
– Aislamiento térmico -aclara.