24 de octubre.

El banco me niega el aval.

Las desgracias nunca vienen solas.


Ayer fuiste oficialmente presentada a Supernegro, que ya no se llama Supernegro sino Tibi. Yes portugués, de Madeira. Cuando se enteró de que te llamabas Amanda me preguntó cómo se me había ocurrido ponerte un nombre tan raro.

– ¿No había una cantante que se llamaba así? -me dijo ex-Supernegro, ahora Tibi-. Amanda Lear, que era travestí o transexual, no me acuerdo. Que tenía una pinta muy exagerada. Es que el nombre suena a eso… a nombre de chica de las que trabajan aquí.

– Y tú, ¿cómo te llamas de verdad? -le pregunté, ligeramente ofendida-. ¿Tiburcio o Tibidabo?

Se rió.

Vi a una cantante famosa en la tele haciendo de modelo de excepción en un desfile de L'Oreal. Pero si esta mujer parió cuatro semanas antes que yo, me dije, ¿cómo diablos ha hecho para recuperar la figura? Teniendo en cuenta que durante la cuarentena no se puede hacer ejercicio, o se ha pasado un mes haciendo abdominales o dos sin probar bocado. En ese momento una de las tertulianas del programa del corazón en el que las imágenes se mostraban dijo exactamente lo mismo que yo estaba pensando: «Pero, ¿cómo ha podido recuperarse tan rápido?» Otra tertuliana respondió: «Liposucción, hija.» Y una tercera apostilló: «No, no, querida, sé de buena tinta que Marta no se ha hecho ningún retoque» (últimamente, querría decir).

Me avergüenza reconocer que estaba viendo semejante programa, y no sé si sirve de excusa o de eximente decir que necesitaba un desahogo en medio de tanto caos y que me faltaba la necesaria concentración para leer. En cualquier caso, pensé que mejor hubiera hecho Marta no retocándose o no yendo al gimnasio o no haciendo lo que quiera que haya hecho para conseguir milagro semejante, porque si las mujeres nos acostumbráramos a ver en la tele a otras mujeres normales, de carne y hueso, de esas cuya figura se resiente tras un embarazo, estaríamos orgullosas de nuestras caderas anchas y nuestros pechos colmados en lugar de añadir otro motivo más de estrés a nuestra ya estresada vida.

Marta, por favor, por todas nosotras te lo pido:

Engorda.


Una cosa de la que nunca te advierten cuando te quedas embarazada: la incontinencia urinaria posparto. De alguna manera, al dilatarse el canal de parto, se hace imposible que puedas aguantarte. Teóricamente tienes que hacer unos ejercicios para recuperar el tono y la musculatura que a mí no me sirven de nada. Acabo de ir corriendo al cuarto de baño y no he llegado, en mitad del pasillo he sentido el agua corriendo entre las piernas y no he podido hacer nada por evitarlo, de forma que he tenido que desandar el camino e ir a la cocina a por la fregona. Como el perro está tan celoso de ti, también se desahoga por toda la casa, como si fuera un cachorro, así que este piso empieza a oler a urinario público. Me pregunto si Marta conocerá este tipo de problemas.


A mi madre la han cambiado de planta. Ha pasado de la UVI de neurocirugía -a la que la enviaron debido a la falta de camas- a la de digestivo, que es en la que hubiera debido estar desde un principio. Cambio para mejor, porque en esta nueva UVI la mayoría de los pacientes están despiertos y no se respira ese ambiente tétrico de muerte inminente que se percibía en la otra. A los familiares se los ve también mucho más animados. Además, una de las enfermeras de aquí es un encanto que acicaló con mimo a tu abuela. La ha peinado, le ha cortado las uñas y le ha puesto vaselina en los labios. Y es evidente que esto lo hace más por nosotros que por ella, para que el impacto de ver a tu abuela absolutamente amarilla conectada a veinte tubos, un respirador y cuatro máquinas se amortigüe un poco. La enfermera, que se llama Caridad, debe de andar más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, pero igual se trata de una mujer guapa, con ese tipo de belleza que se siente antes de verse: es bella porque transmite armonía, no porque se ajuste a ningún canon. Me hizo mucha ilusión enterarme de que era una de las lectoras de Enganchadas. Creo que fue Savater el que dijo aquello de «No hay mejor antídoto para la vanidad que conocer a tus admiradores». Y es cierto que esta mujer me borró de un plumazo cualquier resto de vanidad, pero no por las razones que el filósofo imaginaba. Me hizo sentir pequeña a su lado porque me di cuenta de que mi trabajo no vale nada comparado con el suyo.


Por la mañana el médico le dijo a mi padre que nos fuéramos preparando, que a mi madre le había fallado el riñón varias veces, que el hígado no funcionaba y que tenía los dos pulmones encharcados.

Hago memoria de lo que me han contado y me remito a los años de antes de la guerra para hablarte de mi abuela y sus dos hermanas, a las que en Elche apodaban les Lloretes -las Lloretas-, porque Lloret era su apellido. Siempre iban las tres juntas a todas partes y las consideraban las muchachas más bonitas de la ciudad. Ya te he contado que se llamaban Flora, Sabina y Palmira por convicción anticlerical del padre, don Trino Lloret, mi bisabuelo, que no quiso cristianarlas y por eso escogió para ellas tres nombres romanos. Sin embargo, debido a esta fiebre radical y anticlerical del buen señor, años más tarde mi abuela Palmira descubriría que sí estaba bautizada, y no una sino tres veces, porque cada una de sus tías la había bautizado por su cuenta a escondidas de su padre y en una parroquia distinta. («Me llevo a la nena a dar un paseo», anunciaban, sin especificar que se trataba de un paseo a la iglesia, donde esperaba el cura, conchabado para imponerle el sacramento a la niña sin decir nada al resto de la familia, especialmente a su padre, el feroz ateo.) El tal Trino era todo un personaje: la suya fue una de las seis (o siete, menos de diez desde luego) uniones civiles que se celebraron en la provincia a principios de siglo y, empeñado en permanecer lejos de los curas hasta el final, dejó escrito en el testamento que quería un entierro civil (aprovechando que Elche, junto con Crevillente y Alicante, era una de las únicas tres ciudades de toda la región que tenían cementerio «neutro»), pero el pobre acabó enterrado por la fuerza en el católico, cuando la dictadura prohibió los camposantos laicos, pues fue a fallecer en el año cuarenta y dos. Aunque, bien pensado, hubiera dado lo mismo que hubiese muerto antes de la dictadura, porque por mucho que en Alicante hubiera cementerio civil durante la República, casi todos los socialistas acababan enterrados en camposanto, y es que bien se encargaba la Iglesia de persuadir a los supersticiosos familiares de la inconveniencia de sepultar al pariente en tierra no sagrada. Trino Lloret perteneció a una logia de Elche, era miembro del Círculo Obrero Ilicitano -en el seno del cual estalló una dura polémica cuando su presidente fue acusado de admitir el retrato de Pablo Iglesias pero no el de Carlos de Borbón- e hizo algunos pinitos literarios publicando artículos de fondo en El Alicantino Masón y en el Mundo Obrero alicantino, que había fundado el socialista Miguel Pujalte, mentor y amigo suyo. Siendo muy joven, cuando aún no había cumplido los dieciocho, fue uno de los redactores de un famoso panfleto editado por los socialistas en respuesta a los ataques del párroco de Santa María, que había afirmado que los socialistas pretendían que en la sociedad futura no hubiera intercambio de productos y que las mujeres fueran comunes a todos los que las desearan. Conviene recordar que en el Alicante de la época era posible ser masón o espiritista sin quedar por ello relegado en los asuntos ciudadanos de importancia, pues la persecución no comenzó hasta después de la República, cuando se fundó el Tribunal de Represión de la Masonería. De hecho, diez de los once diputados alicantinos electos tras los comicios de 1931 eran masones. El propio Pujalte era espiritista y fundó la Sociedad de Estudios Psicológicos La Caridad y la revista espiritista La Revelación. Y es que desde la izquierda, incluso la obrera, las inclinaciones paranormales eran muy bien acogidas en la lucha contra la oligarquía católica, y por eso en la época había sociedades espiritistas también en Alcoy, Santa Pola, Elche y Villena. De hecho, en Villena sigue habiendo una comunidad espiritista muy nutrida (pero eso es otra historia, que diría Moustache) y en Elche se ha mantenido incólume un gusto por lo paranormal que lleva a consultar a brujas del estilo de la Juli, la vidente ilicitana por antonomasia de la provincia de Alicante, que tiene fama de infalible y a la que mi propia madre consultó en su día. De las tres Lloretas sólo Palmira, mi abuela, tuvo hijos, dos: Eva, mi madre, y Blai, su hermano menor, que falleció muy joven por culpa de la tuberculosis, una muerte muy usual en los tiempos de posguerra -tanto que los niños se tomaban a chufla la desgracia y cantaban una canción que decía: Somos los tuberculosos / los que más nos divertimos / y en todas nuestras reuniones / arrojamos y escupimos / es el Bacilo de Koch / el que más nos interesa / y estamos llenos de taras / de los pies a la cabeza / pasando por los… cordones, y que más de una vez le he escuchado cantar a mi tía Eugenia cuando estaba más que achispada-, aunque probablemente lo que de verdad le mató fue el hambre y la ínfima atención médica. Sabina tuvo un novio que cayó en la guerra, luchando en el bando republicano, y después de aquello nunca se volvió a casar. En cuanto a Flora, se había casado a los dieciocho con un marino mercante oriundo de Benidorm, pero enviudó a los veinte y tampoco quiso volver a saber nada de hombres desde entonces. Creo recordar que mi madre me contó que su tía había conocido a su futuro marido en el velatorio de su antiguo profesor de matemáticas, pues el marino era pariente del profesor, así que el difunto que propició la feliz unión enseñó a mis tres tías abuelas en el Instituto de Elche, que se cerró en la dictadura porque se aseguraba que la República lo había creado sólo para perjudicar a las órdenes religiosas, y mira que ya tiene mérito intentar hacerle la competencia precisamente a los colegios de curas y monjas, porque por entonces había en Alicante setenta y nueve escuelas y sólo tres de ellas eran laicas. Por lo visto, el flechazo fue instantáneo: se gustaron en el velatorio, se enamoraron en el funeral y acabado el entierro ya eran novios formales. A los tres meses se casaron. No era raro que Flora, tan avanzada y culta como era, se sintiera atraída por un marino, porque de siempre en Alicante los pueblos del interior han sido más tradicionales y los pueblos marineros y las partidas municipales más liberales y matriarcales, aunque sólo fuera por necesidad, debido a que los hombres no estaban mucho en tierra. Pero poco les duró la dicha. El novio, que trabajaba para la Compañía Transatlántica, la naviera mercantil más importante de la zona por entonces, contrajo unas fiebres en un viaje a Cuba y murió en el mismo barco. Después de aquello Sabina y Flora se fueron a vivir juntas y, con el poco dinero que a Flora le había dejado su marido, abrieron un negocio que era heladería en verano y turronería en invierno. De hecho, su especialidad era el helado de turrón, tan exquisito como el de Xixona, una mezcla de almendra, azúcar y miel que habían aprendido a hacer en casa pues durante mucho tiempo su fabricación había sido un proceso de carácter familiar. Como las dos señoras vivían solas y todo lo compartían, y como además leían mucho y encargaban de Alicante libros y revistas, acabaron creándose fama de raras.

Pues bien, años después, cuando murió la que había sido suegra de Flora por poco tiempo, se descubrió que la había mencionado en el testamento, conmovida tras comprobar que su nuera, tan bonita y bien plantada, había permanecido fiel a la memoria del marido y nunca se había vuelto a casar. El legado no era nada del otro mundo: las tierras fértiles y cultivables las destinó la buena señora a sus hijos vivos y, a la que fuera nuera, le legaba un solar situado en la Partida del Saladar, en el término municipal de Benidorm, escriturado en cuatro mil pesetas de las de entonces. Vaya, que tuvo el detalle de dejarle lo que entonces eran unas tierras salitrosas demasiado cerca del mar y malas para cultivar, de hecho frente a él, justo en la playa de la Xanca, que se llama hoy playa de Poniente. El terreno tenía pues más valor simbólico que otra cosa. Como ya he dicho, no era fértil ni tampoco valía para hacerse una casita porque por aquella época tan cerca del mar sólo vivían los pescadores más paupérrimos debido a que el salitre que la brisa del estero transportaba desde el agua se colaba en las casas y estropeaba los muebles. Además, y en el improbable supuesto de que una familia medianamente pudiente se arriesgara a asentarse allí sacrificando el buen estado de sus preciados enseres, también permanecía en el inconsciente colectivo de Benidorm como una prohibición inherente, como un riesgo que sólo los muy irreflexivos o muy pobres podían asumir, la idea de que una casa frente al mar no era segura. Antaño la localidad había sido víctima de innumerables saqueos berberiscos y moros, y por eso había perdurado a través de los años una norma no escrita: la gente de posibles se instalaba en lo alto de la montaña. Sólo los pobres vivían en la playa, pero siempre con la aspiración de subir la cuesta.

Años después de casarse, mi madre heredó de su tía Flora aquel terreno de Benidorm que, como ya he dicho, muy poco o nada valía en el momento en que la Lloreta se lo legó en testamento.

Pero mucho más tarde, con el boom inmobiliario, cuando ya casi no quedaba un palmo de tierra sin urbanizar en la provincia, una inmobiliaria le ofreció a mi madre un buen puñado de millones por aquella tierra antaño yerma y recién convertida en filón en la que se construiría el edificio de apartamentos Principado Arena que, según tengo entendido, sigue en pie a día de hoy. Y así fue como mi madre se vio de la noche a la mañana, si no rica, sí al menos muy bien situada. Y además le pertenecía sólo a ella porque, según la ley, aquel terreno no entraba en bienes gananciales sino en parafernales, dado que lo había heredado tras casarse. Claro que, según los artículos vigentes por aquel entonces en el Código Civil sobre esta materia, para cualquier acto de disposición relativo a los bienes parafernales se necesitaba licencia marital. Es decir, que ella no podía disponer como le diera la gana de su terreno o su dinero si no contaba con la rúbrica previa de su esposo, aunque ese terreno o ese dinero fueran sólo suyos. Y es que en aquella época era un hecho perfectamente reconocido por la ley que la mujer carecía de la plena capacidad de obrar. Como suena, no me lo invento, pregúntale a cualquier abogado de cierta edad. Por eso las mujeres necesitaban de autorización del padre o del marido para poder disponer de su sueldo, si lo tenían, o para salir del país, o incluso las primeras abogadas necesitaban, para entrar en una prisión a visitar a sus clientes presos, permiso de sus maridos.

Poco sé de lo que se hizo o se dejó de hacer con aquel dinero -sospecho o me suena que el capital se invirtió con tino-, pero sí que mi madre tenía cuentas corrientes propias y bien nutridas porque en alguna discusión con mi padre se lo oí decir, que ella no le necesitaba para nada, que tenía capital suficiente para vivir sola y sin su ayuda el resto de su vida si quisiera, y que como le siguiera gritando iba a agarrar el portante en aquel mismo momento y nunca más le veríamos el pelo. En el calor de una de esas discusiones él le dijo vinas palabras que se me quedaron grabadas a fuego, algo como que ella era una desagradecida, que así le iba a pagar el favor que le hizo al casarse con ella y traerla después a Madrid. Como comprenderás, no es una frase de la que una se olvide fácilmente. Lo peor es que esas palabras me dejaron una duda que, desde que las oí, me asaltaba recurrentemente cuando pensaba en mis padres: no sé qué favor era ése. Yo siempre había creído a pies juntillas lo que contaba Eugenia, la mejor amiga de mi madre, que no se cansaba de repetir que el que salió ganando en aquel matrimonio había sido él (siempre tuve la impresión de que a Eugenia mi padre, por lo que fuera, no le caía demasiado bien, y eso era raro, porque es un hombre que le suele caer bien a la gente en general y muy en particular a las mujeres), y que favor ninguno le había hecho trayéndola aquí, porque ni a mi madre le gustaba la capital ni le venía bien el clima para su enfermedad. Pero, eso sí, por lo menos de este modo pudo vivir cerca de Eugenia, su amiga del alma.

Pues bien, esta mañana mi padre y mi hermano han ido al banco con una nota del médico, y no sé mediante qué truco o subterfugio, legal o ilegal, han conseguido cambiar la titularidad de las cuentas de mi madre en favor de mi padre en connivencia con el director de la sucursal, íntimo amigo de la familia de toda la vida. «Ahora ya mejor que no se despierte», dijo Vicente, «porque como lo haga y se entere de esto nos mata». Yo pensé que algo así era típico de Vicente, que se siente medio mundo y centro de gravitación de la otra mitad, por lo que toma siempre sus eficientes decisiones sin consultar a los demás, con una exorbitada ansiedad por controlarlo y preverlo todo debajo de la que subyace otra preocupación mucho más honda: una búsqueda simbólica de la protección y el refugio que anheló y no tuvo en la infancia.

Se supone que este cambio se hace necesariamente por una cuestión de seguridad, de seguridad de mi padre, para evitar que, en caso de morir mi madre, Hacienda se lleve la mitad del dinero. O quizá sea, y en esto yo no me había parado a pensar nunca, porque mis padres ahora vivan de los réditos de esas cuentas, ya que la pensión de él para mucho no debe de dar.

Y entonces caigo en lo curioso que resulta que yo nunca haya tenido muy claro qué tipo de vida llevaban mis padres, o de dónde salía el dinero que la sufragaba. En su día, antes de que él dejara de trabajar -pues antes de cumplir los cincuenta y cinco se prejubiló, cosa rara en la época, pero no para un hombre que podía vivir holgadamente de las rentas de su mujer-, yo sabía que trabajaba en una empresa de importación y exportación, pero nunca pregunté mucho sobre su cargo o sus atribuciones absorbida como estaba, en la adolescencia, por mi amor no correspondido y, en la primera juventud, por la obsesión de largarme en seguida de aquella casa en donde ellos dos se cruzaban gritos y reproches día sí y día también. Siempre pensé que lo importante era encontrar un trabajo lo antes posible y buscarme una casa propia, y en cuanto tuve una no regresé al hogar en el que había crecido más que una vez cada dos domingos, para comer, y en esas ocasiones no preguntaba mucho sobre la vida de los demás ni tampoco contaba demasiado sobre la mía, porque en realidad casi no hablaba de nada y me limitaba a poner buena cara y a dar cuenta de lo que hubiera en el plato. Tenía poco que decir y mis expresiones de cariño eran forzadas, como si estuviera ocultando una culpa escondida. Había algo casi trágico bajo el aburrimiento de aquellas comidas, unida como estaba yo a los otros comensales por un vínculo secreto y no reconocido que iba más allá de los lazos de sangre: el del pasado compartido y el de todo lo no dicho pero en el fondo sabido. Parecía que nos esforzáramos desesperadamente, en ese intento de fingir que éramos una familia bien avenida, en buscar algo en el fondo de los platos que no íbamos a hallar jamás. Yo habría sido incapaz de decir exactamente el qué, carecía de palabras para argumentarlo y sólo entendía que algo faltaba y que me sentía vacía y desconsolada sin aquel algo. Deseaba sentir la antigua e instantánea reacción infantil cuando mi madre se inclinaba hacia mí, aquel profundo sentimiento de proximidad, casi de fusión. Y por eso seguía yendo cada dos domingos, a sabiendas de que yo no me iba a sentir a gusto y probablemente ellos tampoco.


Me he dado cuenta de que el hecho de que tu padre esté en paro ha resultado ser una bendición disfrazada de desgracia, porque si llega a trabajar yo no podría ir a visitar a mi madre. Paradojas de la vida.

Nada más llegar esta tarde me comunican que ha remontado y la analítica ha mejorado: me siento como en una ruleta rusa emocional. Fíjate, he escrito «ruleta rusa» en lugar de «montaña rusa», y creo que no ha sido inocente: una posibilidad de que viva frente a cinco de que muera. Acompañada siempre de un tipo de dolor denso, compacto, incluso aburrido, que no se parece a ninguno de los dolores que antes sintiera porque está asumido resignadamente desde el principio: se sabía que esto iba a llegar, aunque nunca se supo de qué forma llegaría, y por tanto es un dolor previsto y, aun así, totalmente nuevo. Me adentro por la tristeza como por un gran país desconocido, con una guía de viajes en la mano que en realidad de nada me sirve.


Como te dije, el año anterior a tu concepción no fue precisamente uno de los mejores de mi vida. El juicio no ayudó mucho, primero porque me hizo perder la poca confianza que aún albergaba hacia el género humano, y también porque agravó mis ataques de ansiedad. Durante una temporada no podía ni coger el metro: en cuanto descendía dos tramos de escalera tenía la impresión de que me ahogaba, de que nunca podría salir de allí. Desarrollé también un temor enfermizo al teléfono: si lo oía sonar cuando no estaba esperando una llamada me entraba una taquicardia, situación bastante difícil de sobrellevar si una vive en una casa en la que, entre llamadas de editores, agente, periodistas y amigos varios, el timbre del teléfono campanillea cada dos minutos más o menos, sobre todo después del affaire Cita y mi consiguiente salto a la fama mediática y ascensión al Olimpo del colorín. Vivía con la impresión de que tenía al mundo en mi contra y de que nada de lo que yo hiciera iba a tener mucho sentido, porque al fin y al cabo me enfrentaba a fuerzas mucho más poderosas que yo. Visto con distancia todo resulta muy relativo, pero entonces no me lo parecía así. Hice un monumental esfuerzo por no recurrir a las pastillas porque sabía que no podía mezclarlas con alcohol, de forma que intenté todos los métodos de relajación posibles, desde el recurso a cintas new age cuya escucha me producía a veces vergüenza ajena, pero de las que, en mi desesperación, no sabía prescindir, hasta el de aguantar una hora sentada en la postura del loto frente a una pared en blanco, con lo que realmente no conseguí mucha tranquilidad de espíritu, pero sí unas agujetas espantosas. Visto que la meditación no me ayudaba, empecé a pensar que el alcohol sí podría hacerlo, y me di a la bebida en serio como no lo había hecho desde los días de la primera juventud, cuando aguantar cantidades ingentes de alcohol se convertía en un reto y en una forma de demostrar a los demás lo dura que era una. En realidad una no era dura ni a los veinte años ni a los treintaytantos, con la diferencia de que a partir de los treinta el organismo está mucho más baqueteado y ya no aguanta como antaño.

A mi amiga Consuelo, diseñadora de profesión, le rescindieron el contrato en la empresa textil para la que trabajaba en Alicante (la familia es vasca, pero siempre vivieron a dos bloques de mi casa) y decidió venir a probar fortuna en Madrid. Como al principio no tenía muy claro si encontraría trabajo y no quería alquilar un piso mientras no supiera qué iba a ser de su suerte, se instaló en mi casa durante una temporada, ocupando el cuarto que ahora es tu habitación y durmiendo sobre un colchón que hace poco tiré para hacerle sitio a tu cuna. En paro, y relevada por primera vez en mucho tiempo de la obligación de tener que levantarse temprano, se encontraba libre para salir hasta las tantas. Como ya te he contado, uno de mis trabajos de entonces consistía en encargarme de la sección de cultura de un programa nocturno de radio que escuchaban cuatro gatos y medio -uno de ellos, casualmente, la enfermera que atiende a tu abuela-, y a cuenta de ello me invitaban a la mayoría de los estrenos de Madrid, así que dos o tres veces por semana Consuelo y yo nos pintábamos la raya de los ojos, nos enfundábamos como revólveres los botines altos y salíamos a matar a fiestas donde el alcohol corría en barra libre. Para colmo, a Consuelo le encanta el vino, así que lo de beber en casa con las comidas -sana, o quizá no tan sana tradición española a la que hasta entonces yo me había resistido para poder excusarme ante mí misma diciéndome que nunca bebía en casa y que, por tanto, no era ninguna alcohólica- se convirtió en una costumbre. Conclusión: bebía a diario, y me había habituado de tal manera a despertarme con resaca que el dolor de cabeza ya era una constante en mi vida y no un malestar ocasional. De alguna forma milagrosa me las arreglaba para levantarme más o menos pronto y mantener una cierta aunque inestable rutina de trabajo, pero tenía que echarme la siesta todas las tardes, no sólo porque trasnochaba, sino porque muchas veces acababa emborrachándome a plena luz del día tras haberme bebido tres vasos de vino en la comida. Nunca me había visto tan gorda ni tan fea, y esa convicción, que debería haberme animado a dejar el alcohol que tanto me había hecho engordar, sólo provocaba que bebiera más para intentar olvidar en vano lo poco a gusto que me sentía conmigo misma.

No me extiendo aquí en relatar las sucesivas catástrofes sentimentales (no podría llamarlas «relaciones») que mantuve durante esa temporada, porque darían para escribir varios libros no demasiado originales, a qué negarlo, porque en el fondo cada mala relación viene a ser una copia de la anterior y todas acaban pareciéndose: el mismo agónico beso, semejante y distinto en mil bocas. Baste con decir dos verdades como templos. La primera: un bebedor suele relacionarse con otros bebedores; y la segunda: cuando una no se quiere sólo puede atraer a gente que la querrá menos aún.

Pero a los que me rodeaban les encantaba verme borracha, porque el alcohol desinhibe, transformando a la persona tímida que soy en un prodigio de sociabilidad. Sacaba a flote, además, mi parte más divertida y gamberra, y así me atrevía a contar los chistes más verdes y a hacer las bromas más sarcásticas, cuando no me subía en las barras de los bares y animaba a todo el personal a corear los estribillos de las canciones con nuevas letras que me inventaba para la ocasión. De forma que en cuanto entraba en un local no pasaban dos minutos sin que alguien viniera trotando desde bar adentro a ofrecerme una copa. Y yo nunca la rechazaba, porque el alcohol lograba que mi miedo a la gente se disolviera milagrosamente en un vasito con hielos. Ya no me sentía vulnerable ni acosada. Casi sería mejor decir que cuando bebía ya no me sentía, sin más.

No, no me costaba encadenar catástrofes y sustituir a un acompañante por otro como lo hubiera hecho con un electrodoméstico defectuoso, puesto que mantenía una trepidante y aparentemente muy divertida vida social. Todos parecían encontrarme graciosísima, pero cuando me despertaba por las mañanas con un estropajo en la garganta, un berbiquí en la sien, un agujero en la memoria y una clara sensación de haber hecho el ridículo la noche anterior, aunque incapaz de precisar cómo lo hice exactamente, ya no le encontraba tanta gracia al asunto. Como decía el tango y canturreaba mi tía Reme, habitaba en ese país que está de olvido, siempre gris tras el alcohol. La verdad es que muchos días me quería morir. Eso sí, había elegido una forma lenta, disimulada y socialmente aceptable de conseguirlo.

En el estreno de la película Intacto, y después de meterme entre pecho y espalda cinco o seis vodkatonics, me empeñé en organizar una orgía en los sofás de «El Cielo» de Pachá, una especie de reservado tranquilo que hay en la primera planta de la discoteca. Pese a que había reunido a un nutrido grupo de entusiastas que estaban más que dispuestos a seguirme, al encargado del local no le debió de parecer tan buena la propuesta, porque me sugirió, por utilizar un cortés eufemismo, que me marchara de allí, para gran consternación de mis fervientes acólitos, algunos de los cuales me siguieron en mi forzado exilio y abandonaron el local, y yo propuse continuar la juerga en mi piso. Como la calle Fuencarral estaba colapsada e iba encaramada a unos tacones altísimos, no cabía posibilidad alguna de llegar andando allí -porque mis pies no lo hubieran soportado-, ni en taxi-porque hubiéramos tardado la intemerata y nos hubiera salido por un ojo de la cara-. Así que cuando vimos llegar un autobús nocturno por la calle nos pareció que el cielo mismo nos lo había enviado (el cielo de los dioses, no el de Pachá) y allí nos subimos los cuatro (Consuelo, servidora y dos incondicionales decididos a seguirnos al fin del mundo en general y a mi casa en particular). Mientras avanzaba por el pasillo hacia los asientos traseros, el vehículo pegó un frenazo que me hizo perder el precario equilibrio que mantenía sobre los tacones. Aterricé cuan larga soy en el pasillo y no hubo forma de levantarme, porque del ataque de risa tonta que me entró me quedé inmovilizada como un escarabajo patas arriba.

A la mañana siguiente me desperté con el cuerpo constelado de cardenales y descubrí que el par de botines carísimos que llevé al estreno habían quedado inservibles. A uno le faltaba un tacón y no hubo manera de saber dónde habría ido a parar, y el otro tenía un arañazo que no hubiera podido disimular el mejor betún ni el más hábil zapatero remendón.

Me metí dos paracetamoles en el cuerpo y le pedí a Consuelo que por favor me hiciera una taza de café, súplica rara en mí porque detesto el café y siempre tomo té, pero en aquel momento una especie de telaraña en las meninges me entorpecía la razón y me hacía difícil hasta traducir en palabras lo que quería. Me di cuenta de que había pedido una cosa por la otra pero no rectifiqué, porque pensé que el café me ayudaría a despejarme. Cuando Consuelo me acercó la taza, reparamos ambas en que las manos me temblaban, y no ciertamente de frío. Entonces Consuelo se sentó frente a mí en el sofá del salón y me miró con una expresión seria y preocupada que no había tenido ocasión de utilizar en las últimas semanas de fiesta y jolgorio. Me dijo que debía dejar de beber, y yo sabía que tenía razón. Ya me había rebozado en el hondo y bajo fondo donde el barro se subleva, que cantaba Gardel y tararearía mi tía Reme.

No podía caer más bajo.

Te enganchas a las drogas porque tienes un montón de problemas. Y después sólo tienes uno: las drogas. Sea coca, éxtasis, tranquilizantes o alcohol. Por supuesto, el problema real no era que bebiera. El problema real se llamaba inseguridad, depresión, endémica falta de autoestima… Pero el alcohol, que era en principio consecuencia de lo anterior, había dejado de ser síntoma para pasar a ser causa. La pescadilla que se muerde la cola: bebo porque no me aguanto, no me aguanto porque bebo. El paraíso artificial convertido en un infierno. El Síndrome Enganchada.

Haber mantenido una relación larga con un alcohólico me había hecho tener una idea bastante clara del tipo de persona en la que me podía convertir si no lo dejaba a tiempo, pero dos fuerzas contrarias me animaban, como esa tortura antigua en la que dos caballos tiraban de un condenado en direcciones opuestas para despedazarlo. Por un lado, quería dejar de beber. Por otro, me abatía una tristeza hecha de cansancios y renuncias, una amargura que me desbordaba, que se agarraba a la piel como una capa de mercurio, que parecía no caber en mí, como si necesitara extenderse hacia todo lo que tocara para envenenarlo. Pensaba que no tenía sentido esforzarse ni luchar por nada si cualquiera te podía hundir la vida en un momento, fuese un novio o un periodista; si conceptos como la justicia, la honestidad o el amor ya no tenían ningún sentido; si yo ya no me veía como otra cosa que como una débil y una inútil, tremendamente vulnerable y muy molesta para los demás.

Lo que empezaba a tener claro era que, de existir alguna posibilidad de que me centrara, ésta pasaba por cambiar de aires una temporada. Poner tierra de por medio. Ir a un sitio donde nadie me conociera y en el que, en soledad, pudiera enfrentarme conmigo misma y quizá decidir hacia dónde tirar. No pensaba en un cambio definitivo, fantaseaba más bien con unas vacaciones, una escapada.

Decidí aceptar la invitación de Sonia, la fotógrafa, la Sonia primigenia que en su día paseaba orgullosa por el barrio sus túnicas negras y sus muñequeras de pinchos, que llevaba años insistiéndome para que la visitara en Nueva York, ciudad a la que se había mudado poco después de acabar la carrera, dejándome sin más apoyo que una pulsera de plata azteca que sustituyó a los pinchos y alumbró mi muñeca desde entonces.

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