7 de octubre.

Esta mañana el efecto sedante de la oxitocina brilló por su ausencia y casi me entra un ataque de nervios. Y esto me pasa por soberbia. Cuando vino a casa Elena, la vecina, a traer el saco de ropa que has heredado de Anita, estuvo hojeando el libro Vamos a ser padres, que es una de las doce (sí, doce) obras sobre embarazo que devoré mientras te llevaba dentro, y entonces leyó en voz alta un párrafo que venía a decir que casi todas las mujeres experimentaban depresión posparto, aunque a unas les duraba un día y a otras una semana. Y yo fui tan estúpida como para pavonearme de que no había tenido depresión posparto ni parecía que la fuera a tener. Pues bien, esta mañana, en el mismo momento en que estaba ordenando la ropa que Elena ha traído, me he encontrado de pronto pegándole gritos a tu padre por una estupidez tan grande como que no encontraba el conector del teléfono (que se había llevado mi amiga por equivocación, como descubriría más tarde) y de pronto me puse a llorar a moco tendido y a berrido limpio porque a mi alrededor todo está hecho un asco y porque me siento incapaz de ocuparme a la vez de poner orden en la casa, en tus horarios, en el correo y en todas las facturas que me esperan acumuladas sobre mi mesa de trabajo, y porque debo una pasta a Hacienda, y porque al paso que vamos tú vas a acabar heredando mi hipoteca y no sé cómo demonios voy a poder pagarla, y porque estoy cansada, y porque me duele mucho todo el cuerpo, y porque quiero una niña que no pida estar todo el día en brazos y un compañero con un trabajo y unos ingresos, que no me deje sola cada mañana contigo porque se marcha a un curso de español, y porque tú, al verme llorar, te pusiste a berrear también, y porque aquello había derivado en un pandemónium atronador de berridos. Así que te dejé en brazos de tu padre y me fui a llorar a mi cuarto. Y lo que me avergüenza reconocer aquí es que llegué a tener celos de ti, porque tu padre se dedicó a intentar consolar tu llanto y no el mío. Lo mismo que hizo en el paritorio: cuando por fin saliste, después de que yo me hubiera tirado mis buenas veinte horas dilatando, se fue inmediatamente tras de ti, con el pediatra y la comadrona, y no me hizo maldito el caso. Ni felicitaciones, ni loas ni alabanzas por el valor demostrado, ni siquiera una sonrisa de comprensión y apoyo. Desapareció en tu estela, hechizado como una rata tras el flautista de Hamelín.

En fin, que allí me quedé, tirada en la cama, hundida en la más negra ciénaga de autocompasión, hasta que recurrí a un libro que me leí como unas cinco veces mientras estaba embarazada y en el que busqué los síntomas que se supone describen la depresión posparto y que, siempre según la señora autora, son:

– Estoy siempre irritable.

– No puedo dormir.

– Me cuesta pensar.

– Estoy siempre nerviosa.

– Tengo náuseas.

– Me siento culpable.

– Me siento fea.

– Mi vida es un fracaso.

– Ya no me interesa el sexo.

– Lloro a la mínima.

– Todo me preocupa.

– No puedo dejar de comer.

– Estoy siempre cansada.

– Todo me da miedo.

– Me siento sola.

– Me siento avergonzada.

– No siento nada.


(Aprovechando que parecías haberte quedado dormida te he dejado en tu cuco y me he levantado a desayunar -es la una y diez y no he podido hacerlo hasta ahora porque no he sabido cómo desenvolverme contigo en brazos- y a hacer la comida. A los diez minutos te has puesto a chillar histérica porque, no sé cómo, ni merced a qué extraño radar interno, te has dado cuenta de que me he ido y no te has callado hasta que me has visto llegar para cogerte en brazos, bicho chantajista.)

La verdad es que los síntomas que describen la depresión posparto me los podía haber aplicado a la depresión preparto, pues más o menos durante todo el embarazo me sentí fea, gorda, confusa, asustada, nerviosa, sola, fracasada, llorosa, mareada, irritable, cansada, avergonzada… Eso sí, no se aplica el «me cuesta dormir» porque a mí no me costaba lo más mínimo, es más, no deseaba otra cosa que dormir, soñar acaso, que diría Hamlet, y me quedaba traspuesta a la mínima, en cualquier parte, en el tren, en el autobús, en salas de espera de aeropuertos, frente a la tele o en mitad de la lectura de un libro que acababa por caérseme de las manos.

Yendo más lejos, podría incluso decirte que los síntomas antes expuestos describirían cómo me he sentido durante prácticamente toda mi vida: fea, gorda, confusa, asustada, nerviosa, sola, fracasada, llorosa, irritable, cansada, avergonzada… eso sin estar embarazada ni recién parida.

Y es que la otra que llevaba dentro de mí no dejaba de darme la brasa todo el día: «¿Por qué no comes, Eva? Para adelgazar. Pero, ¿para qué adelgazas, Eva? Coño, aquí me has pillado. ¿Para qué adelgazo? ¿Para estar guapa? No, porque con el complejazo de tetona que tengo nunca me voy a sentir guapa. ¿Para gustarme un poco más? No, porque me odio de cualquier manera. ¿Para gustar a los demás? No, porque no les voy a gustar de ninguna manera. No sé para qué quiero adelgazar. Entonces, ¿quieres adelgazar, Eva? Creo que no quiero adelgazar, simplemente quiero no comer. ¿Quieres morirte, Eva? A veces. ¿Ahora te quieres morir? Ahora no, porque estoy escribiendo. ¿Cuando dejes de escribir querrás morirte? Puede que sí. ¿Hasta dónde quieres llegar, Eva? No lo sé. ¿Quieres desaparecer? Sólo a veces. ¿Crees que estas preguntas que te hago te sirven de algo? Lo cierto es que no. ¿Entonces por qué me prestas atención, por qué sencillamente no cierras los ojos, piensas en otra cosa y me haces desaparecer? Porque no puedo controlar esa parte de mí que me habla, me interroga, me juzga… O sea, porque no puedo controlarte a ti. ¿Quieres que desaparezca? No, porque me dejarías sola. ¿Crees que un psiquiatra te puede ayudar? No o al menos no podría si yo no pongo de mi parte. Perfecto, entonces, ¿estás dispuesta a poner de tu parte, Eva? No.»

Y así la otra que llevo dentro, porque siendo una soy también dos, me machacaba y me machaca, y no tiene pues nada de extraño que entonces y ahora me sintiera como me siento: fea, gorda, confusa, asustada, nerviosa, sola, fracasada, llorosa, irritable, cansada, avergonzada. ¿Por qué? Porque me lo merezco. Porque yo lo valgo. Porque hoy es hoy.

¿Es esto una depresión posparto?

Copio del libro: «La depresión posparto afecta entre el cincuenta y el ochenta por ciento de las mujeres en el primer mundo y repercute en un tremendo síndrome de abstinencia pues, después de que nazca el bebé, se produce un drástico descenso hormonal. Los niveles de estrógeno en sangre, que se habían elevado hasta el mil por ciento durante el embarazo, caen, un día después del alumbramiento, hasta los niveles normales.»

Y el efecto de un cambio tan radical (esto te lo explico yo, que el libro no lo dice) es el mismo que el de un síndrome premenstrual, pero multiplicado por un millar. Por otra parte, la placenta ha estado durante nueve meses estimulando la producción de endorfinas, que son opiáceos naturales, es decir, Prozac de lujo no imitable en laboratorio. Así se explica por qué tantas toxicómanas pueden dejar de tomar drogas durante el embarazo sin esfuerzo aparente (fenómeno de cuya existencia me enteré cuando entrevisté a las chicas de Enganchadas), o que las anoréxicas y las bulímicas vuelvan a alimentarse de forma normal durante los nueve meses de gestación. O cómo yo, que había recurrido sin éxito a todo tipo de métodos para dejar de beber, desde la hipnosis al autoencierro, no bebiera ni una sola gota de alcohol desde el día en que me tomé dos copas de vino con Consuelo para celebrar la noticia y vomité hasta la primera papilla. Pero cuando una pare, amén de expulsar al bebé, expulsa también la placenta, así que, tras el parto, adiós a la producción extra de endorfinas y vuelta a tu antigua vida.

Según esto, la depresión posparto no es otra cosa que un mono de endorfinas y de estrógenos agravado por factores como la falta de sueño, el cambio hormonal, el aislamiento, el cansancio y el lógico temor ante el cambio de vida radical que se avecina, y en base a esto, los hechos acaecidos y el exterior circundante nada tienen que ver con la tristeza.

Conclusión (aplicable a todo el género humano): la tristeza es una sensación antes que una reacción. Lo razonable nada tiene que ver con lo sensible.


Dicen que el verdadero sabio es el que aprende a ser feliz, o al menos a ser sereno, porque dispone su vida acorazándola desde la razón de modo que los desaires y desastres le afectan en lo mínimo posible. Pero no son tanto los acontecimientos como la forma de percibirlos lo que nos hace felices o desgraciados, y en la percepción no cuenta tanto la razón como la sensación. O sea, que uno no es feliz porque sepa que tiene motivos para serlo, es feliz porque así lo siente, y así lo siente en función de factores que se nos escapan, que tienen mucho más que ver con la biología o con el plan divino que con nuestras propias y pobres armas racionales. De forma que ¿habría que aislar el momento, ser feliz cuando se puede, enjaular al pensamiento en la sensación excluyendo cualquier otra aspiración? No, no creo. El único modo de superar la sensación es mediante la razón, decirse «esta sensación no es real, no responde a un motivo serio y, por tanto, debo sobreponerme». Lo que me aterra de todo esto es que cuando llegue a ser feliz piense lo mismo, que te mire y me diga: «este amor no es real, no es más que un truco biológico». Pero entonces toda la vida, Mi vida, lo bueno y lo malo, no sería más que una ilusión o un fantasma. Porque si repudiamos el sufrimiento, abdicaríamos también de la felicidad: es la teoría del yin y el yang.

En cualquier caso, déjame decirte que depresión, lo que se dice depresión aguda, ya la había vivido antes de gestarte, y que además, si tomamos como indicadores los antes citados, resulta que yo me he pasado media vida deprimida. Y que, sinceramente y con la mano en el corazón, por mucho que ahora esté irritable e histérica y haya momentos en que me pongas de los nervios, creo que me prefiero ahora a como estaba antes de tenerte, y resulta increíble pensar que no querría mejor vida que estos lentos minutos pasados junto a ti, esta inacción sin salidas, enganchada al teclado y a tus berridos, este abandono de antiguos propósitos formados y ahora inconcebibles desde que tú existes. Este ocaso de la voluntad, antaño dispersa entre tantos esfuerzos vanos y ahora centrada en tu presencia y en lo que sobre tu presencia escribo.


Para cuando leas esto ya te sabrás de memoria el cuento de Blancanieves (porque yo me encargaré de contártelo por las noches) y ya sabrás que su madrastra tenía un espejo mágico en el que se miraba todas las mañanas (It was a mirror framed in brass, a magic talkinglookingglass…) y al que le preguntaba quién era la más bella del reino. Invariablemente, una voz desde el azogue le contestaba: «Tú, mi reina.» Hasta el día en que el espejito de marras, harto de repetirse, se salió por la tangente y le dijo aquello de que su hijastra era más bella. Y en ese mismo instante comenzó la ruina de la reina.

Todas las brujas tienen un espejo. También tienen, puestos a enumerar, una vara, un pentáculo, una campana y una daga. ¿Y una escoba? No, la escoba no es necesaria, en realidad era una forma de esconder la vara de avellano, por si se pasaba por casa un inquisidor, tú ya me entiendes.

Ahora cualquiera tiene un espejo, pero entonces, en los tiempos de Blancanieves, los espejos eran raros y caros. Mucha gente moría sin haber visto nunca su propio reflejo, sin saber cómo era su cara.

¿Y por qué tenían las brujas un espejo? Porque el primer conjuro que una bruja debe realizar es el de encantarse a sí misma en los dos sentidos de la palabra. Debe mirarse al espejo cada mañana y repetirse siete veces (ya sabes que siete es un número mágico, por algo tú naciste a las siete en punto): eres bella, eres adorable, formas parte del universo. Y este primer encantamiento le proporcionará la fuerza suficiente para poder realizar después cualquier otro hechizo.

Muchos terapeutas que nada saben de brujas ni de magia recomiendan lo mismo a sus pacientes. Lo sé porque cuando fui a aquella terapia para mujeres maltratadas se lo escuché a la psicóloga que dirigía el grupo. Había que levantarse cada mañana, plantarse desnuda frente al espejo y decirse «te quiero» a una misma. Como suena.

Yo lo intenté, pero me fue imposible. ¿Cómo iba yo a querer a ese ser deforme, de caderas anchas como el canal de Panamá, con semejantes ubres colgantes y aquellos rollos de grasa que destacaban flácidos allí donde deberían estar los abdominales? Mi espejito me estaba diciendo que yo no era la más bella, y yo era incapaz de decirme «te quiero» porque no me llevaba bien con la chica que vivía al otro lado del espejo, y por eso yo había perdido el poder sobre mí misma y se lo había cedido al primero que vino reclamándolo.

Y por eso me había embarcado en aquella estúpida historia que fue a la vez reposo y amenaza, porque los ojos en los que me miraba un momento eran tiernos y al siguiente reflejaban la fijeza del odio en las pupilas de vidrio, porque el afecto o su necesidad o su deuda acababan por pesar como grilletes, porque se aceptaban con calma los insultos y los gritos cuando pensaba, equivocada, que el rencor dolía menos que el olvido. Pero si alguna vez el deseo ofreció delicias llegaron a la boca envenenadas por el sabor amargo de la desconfianza. Y así vivía exhausta, al borde de morirme de mí misma por recordar al otro a cada instante como el ciego recuerda la luz. Ciega, sí: ya no tenía ojos porque sólo veía a través de los de otro, condenada a repetir en un laberinto de espejos el mismo dédalo sangriento y angustioso que tantas otras amantes dóciles, sumisas, sufridoras y abnegadas recorrieran antes que yo, sin encontrar jamás la salida, sintiéndose como sombra, sin peso, como si la propia presencia fuera apenas vibración leve en el aire inmóvil: retrato, copia, calco, reflejo, refracción de cristal, figura proyectada, doble, eco… pero no yo, no mi persona.

Y para verme a mí misma tenía que desechar todas esas imágenes, y quedarme con la imagen dibujada en la última soledad, en la más íntima, sin fusiones ni dobles. Aquella en la que otro no participara.

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