20

– ¿Qué tal va eso? -dijo Colin.

– Todavía no está -respondió Chick.

Chick hacía por decimocuarta vez el nudo de la corbata de Colin y todavía no estaba.

– Podríamos probar con guantes -dijo Colin.

– ¿Sí? -preguntó Chick-. ¿Sería mejor?

– No lo sé -repuso Colin-. Es sólo una idea, sin más pretensiones.

– Hemos hecho bien empezando con tiempo -dijo Chick.

– Sí -dijo Colin-. Pero vamos a llegar tarde de todas maneras si esto no se arregla.

– ¡Bah! -dijo Chick-. Llegaremos.

Realizó una serie de movimientos rápidos estrechamente ligados entre sí y tiró de las dos puntas con fuerza. La corbata se partió por la mitad y se le quedó entre los dedos.

– Ya va la tercera… -dijo Colin con aire ausente.

– ¡No importa! -dijo Chick-. Esto marcha… lo sé…

Se sentó en una silla y se rascó la barbilla, ensimismado.

– No sé qué pasa -dijo.

– Yo tampoco -dijo Colin-. Pero es anormal.

– Sí -dijo Chick-, claramente anormal. Voy a probar sin mirar.

Cogió la cuarta corbata y la pasó descuidadamente alrededor del cuello de Colin, mientras seguía con los ojos, con gran interés, el vuelo de un moscardón. Pasó el extremo ancho de la corbata por debajo del estrecho, lo hizo volver haciendo bucle, le dio una vuelta hacia la derecha, lo volvió a pasar por debajo, pero, por desgracia, sus ojos cayeron sobre su obra y la corbata se cerró brutalmente, aplastándole el dedo índice. Dejó escapar un cloqueo de dolor.

– ¡Maldita sea! -dijo-o ¡Mierda!

– ¿Te ha hecho daño? -preguntó Colin, compasivo.

Chick se chupaba vigorosamente el dedo.

– Se me va a poner la uña toda negra -dijo.

– ¡Pobre! -dijo Colin.

Chick refunfuñó entre dientes y miró al cuello de Colin.

– ¡Un segundo!… -resopló-o ¡El nudo está hecho!… ¡No te muevas!…

Retrocedió con cuidado sin perderlo de vista y cogió de la mesa que estaba detrás de él una botella de fijador de pastel.

Llevó lentamente a su boca el extremo del tubito vaporizador y se aproximó sin hacer ruido. Colin canturreaba, mirando ostensiblemente al techo.

El chorro del pulverizador dio de lleno a la corbata en el mismísimo centro de su nudo. La corbata dio un súbito respingo y quedó inmóvil, clavada en su sitio por el endurecimiento de la resina.


21

Colin salió de casa, seguido por Chick. Pensaban ir a buscar a Chloé a pie. Nicolás se reuniría directamente con ellos en la iglesia. Estaba vigilando la cocción de un plato especial descubierto en el Gouffé, del que esperaba maravillas.

En el camino pasaron por delante de una librería ante la que Chick se detuvo, fulminado. En el mismísimo centro del escaparate centelleaba, como preciosa joya, un ejemplar de Lo putrefacto de Partre, encuadernado en piel violeta, con las armas de la duquesa de Bovouard.

– ¡Cielos! -dijo Chick-. ¡Mira eso!…

– ¿Eh? -dijo Colin, volviéndose-o ¡Ah! ¿Eso?

– Sí -dijo Chick.

Empezó a babear de ansia. Entre sus pies se iba formando un arroyuelo que empezó a deslizarse hacia el borde de la acera, rodeando las diminutas rugosidades del polvo.

– ¡Qué pasa? -dijo Colin-. ¿Lo tienes?…

– ¡Pero no encuadernado así!… -dijo Chick.

– ¡Ay, madre mía! -dijo Colin-. Vamos, que tenemos prisa.

– Debe valer uno o dos doblezones por lo menos -dijo Chick.

– ¡Seguro! -dijo Colin, echando a andar.

Chick rebuscaba en los bolsillos.

– ¡Colin!… -llamó-, préstame un poco de dinero.

Colin se detuvo otra vez. Meneó la cabeza con tristeza.

– Me parece -dijo- que los veinticinco mil doblezones que te he prometido no van a durar mucho tiempo.

Chick se puso colorado, bajó la cabeza, pero alargó la mano. Cogió el dinero y se precipitó dentro de la tienda. Colin esperaba, intranquilo. Cuando vio el aspecto risueño de Chick, volvió a menear la cabeza, compasivo esta vez, y en sus labios se perfiló una media sonrisa.

– ¡Pero tú estás loco, mi pobre Chick! ¿Cuánto has pagado por eso?

– ¡Eso no tiene importancia! -dijo Chick-. Vamos, de prisa.

Apretaron el paso. Chick parecía ir montado sobre dragones voladores. En el portal de Chloé había gente mirando el hermoso coche blanco encargado por Colin, que acababa de llegar con el chófer de ceremonia. En su interior, todo forrado de cuero blanco, se estaba calentito y se oía música.

El cielo estaba azul, las nubes eran ligeras y difusas. Hacía frío sin exagerar. El invierno tocaba a su fin.

El suelo del ascensor se hinchó bajo sus pies, y con un gran espasmo blando, los dejó en el piso. La puerta se abrió ante ellos. Tocaron al timbre y fueron a abrirles. Chloé les esperaba.

Además de su sujetador de celofán, su braguita blanca y sus medias, llevaba dos capas de muselina sobre el cuerpo y un gran velo de tul que arrancaba de los hombros, dejando la cabeza completamente al aire.

Alise e Isis iban vestidas de la misma manera, pero sus vestidos eran color de agua. Sus rizados cabellos brillaban al sol y se ondulaban sobre sus hombros en guedejas densas y fragantes. Nadie sabría con cuál quedarse. Colin sí lo sabía.

No se atrevió a besar a Chloé por no turbar la armonía de su arreglo y se desquitó con Isis y Alise. Éstas se dejaron hacer sin reparo, viendo cuán feliz era.

Toda la habitación rebosaba de las flores blancas escogidas por Colin y, sobre la almohada de la cama deshecha, había un pétalo de rosa roja. El aroma de las flores y el perfume de las muchachas se entremezclaban y Chick se tenía por una abeja dentro de una colmena. Alise llevaba en el pelo una orquídea malva, Isis una rosa escarlata y Chloé una gran camelia blanca. Sostenía en los brazos un ramo de lirios, y una pulsera de hojas de hiedra, flamantes y recién barnizadas, brillaba junto a su gran pulsera de oro azul. Su anillo de boda estaba adornado con pequeños diamantes cuadrados y oblongos que transcribían, en morse, el nombre de Colin.

En un rincón, por debajo de un ramo, aparecía el coco de un camarógrafo que daba vueltas desesperadamente a su manivela.

Colin posó unos instantes junto a Chloé, y después lo hicieron Chick, Alise e Isis. Luego se juntaron y siguieron a Chloé, que entró la primera en el ascensor. Los cables de éste se alargaron tanto bajo el peso de su carga que no hubo necesidad de apretar el botón, pero tuvieron buen cuidado de salir todos de golpe para no volver a subir con el ascensor.

El chófer abrió la puerta. Montaron detrás las tres jóvenes y Colin, y Chick lo hizo delante y el coche arrancó. En la ca11e, todo el mundo se volvía y agitaba los brazos con entusiasmo, creyendo que se trataba del Presidente, y después volvía a emprender su camino con la cabeza llena de brillos y dorados.

La iglesia no quedaba muy lejos. El coche describió una elegante curva cardioide y se detuvo al pie de los escalones.

En la escalinata, entre dos grandes columnas esculpidas, el Religioso, el Monapillo y el Vertiguero aguardaban la ceremonia. Tras ellos, largos cortinajes de seda blanca descendían hasta el suelo y los catorce Niños de la Fe ejecutaban un ballet. Iban vestidos con blusas blancas, pantalones rojos r zapatos blancos también. Las niñas, en lugar de pantalones, llevaban falditas rojas plisadas y lucían una pluma roja en los cabellos. El Religioso estaba a cargo del bombo, el Monapillo tocaba el pífano y el Vertiguero marcaba el ritmo con unas maracas. Cantaban los tres el estribillo a coro; después, el Vertiguero esbozó unos pasos de daqué, cogió el contrabajo y ejecutó un solo sensacional al arco sobre una música de circunstancias.

Los setenta y tres músicos tocaban ya en su galería y tañían a vuelo las campanas.

Hubo un breve acorde disonante, porque el director de la orquesta, habiéndose acercado demasiado a la baranda, acababa de caer al vacío y el vicedirector tuvo que asumir la dirección del conjunto. En el momento en que el jefe de la orquesta se estrelló contra las losas, los músicos tocaron otro acorde para disimular el ruido de la caída pero la iglesia tembló sobre sus cimientos.

Colin y Chloé miraban, boquiabiertos, la exhibición del Religioso, el Monapillo y el Vertiguero; detrás, dos subvertigueros esperaban, a la puerta de la iglesia, el momento de presentar la vértiga.

El Religioso marcó un último redoble haciendo malabarismos con los palillos, el Monapillo arrancó de su pífano un maullido sobreagudo que despertó la devoción de la mitad de los beatos que se habían alineado a lo largo de la escalinata para ver a la novia, y el Vertiguero en un último acorde, rompió las cuerdas de su contrabajo. Los catorce Niños de la Fe descendieron entonces la escalinata en fila india; las niñas se alinearon a la derecha y los niños a la izquierda de la puerta del coche.

De él salió Chloé. Estaba bellísima y radiante con su traje blanco. Alise e Isis la siguieron. Nicolás, que acababa de llegar, se unió al grupo. Colin tomó del brazo a Chloé, Nicolás a Isis y Chick a Alise, y todos subieron la escalinata, seguidos de los hermanos Desmaret, Coriolano a la derecha y Pegaso a la izquierda, mientras que los Niños de la Fe iban por parejas muy pulcramente a lo largo de la escalera. El Religioso, el Monapillo y el Vertiguero, después de haber dejado sus instrumentos, esperaban bailando al corro.

En la escalinata, Colin y sus amigos ejecutaron un complicado movimiento y acabaron colocados tal como habían de entrar en la iglesia: Colin con Alise, Nicolás al brazo de Chloé, después Chick con Isis y, finalmente, los hermanos Desmaret, pero esta vez Pegaso a la derecha y Coriolano a la izquierda. El Religioso y sus satélites dejaron de dar vueltas, ocuparon la cabeza del cortejo y todos, cantando un viejo coro gregoriano, se precipitaron hacia la puerta. A medida que pasaban los subvertigueros les rompían en la cabeza globitos de cristal muy delgado llenos de agua lustral y les hincaban en los cabellos bastoncillos de incienso encendidos que ardían con llama amarilla en los hombres y violeta en las mujeres.

Las vagonetas estaban alineadas a la entrada de la iglesia.

Colin y Alise se instalaron en la primera y partieron enseguida. Cayeron por un corredor oscuro que olía a religión. La vagoneta corría por los raíles con un ruido de trueno, mientras la música resonaba con gran fuerza. Al final del corredor, la vagoneta embistió una puerta, giró en ángulo recto y apareció el Santo rodeado de luz verde. Hacía horribles gestos y Alise se apretó contra Colin. Telas de araña les rozaban la cara y volvían a su memoria fragmentos de oraciones. La segunda visión fue la de la Virgen, y a la tercera, frente a Dios, que tenía un ojo a la funerala y no parecía nada contento, Colin recordaba ya toda la plegaria y pudo decírsela a Alise.

La vagoneta desembocó con un ruido ensordecedor bajo la bóveda del tramo lateral y se detuvo. Colin descendió, dejó que Alise se colocara en su sitio y esperó a Chloé, que surgió enseguida.

Miraron la nave de la iglesia. Estaba repleta de gente. Todos los que los conocían estaban allí, escuchando la música y gozando de tan bonita ceremonia.

El Vertiguero y el Monapillo, haciendo cabriolas dentro de sus bellos hábitos, aparecieron precediendo al Religioso, quien, a su vez, guiaba al señor Zobispo. Se levantó todo el mundo y el señor Zobispo se sentó en un gran sillón de terciopelo. El ruido de las sillas sobre las losas era sumamente armonioso.

La música cesó repentinamente. El Religioso se arrodilló ante el altar, golpeó el suelo tres veces con la frente y el Monapillo se dirigió hacia Colin y Chloé para conducidos a su sitio, mientras que el Vertiguero se encargaba de alinear a los Niños de la Fe a ambos lados del altar. Reinaba ahora un profundísimo silencio en la iglesia y la gente contenía el aliento.

Por todas partes, grandes luces lanzaban haces de rayos hacia objetos dorados que los hacían brillar en todas direcciones y las muchas franjas amarillas y violeta de la iglesia daban a la nave el aspecto del abdomen de una gran avispa tumbada, vista desde el interior.

Desde muy arriba, los músicos acometieron un coro difuso. Las nubes penetraban. Traían olor a cilantro ya hierba de las montañas. Hacía calor dentro de la iglesia y se tenía la sensación de estar envuelto dentro de una atmósfera benigna y guateada.

Arrodillados ante el altar, en dos reclinatorios recubierto s de terciopelo blanco, Colin y Chloé, cogidos de la mano, esperaban. Delante de ellos, el Religioso hojeaba con rapidez un libro grande, porque no se acordaba ya de las fórmulas.

De vez en cuando se volvía a echar una miradita a Chloé, cuyo traje le gustaba mucho. Finalmente dejó de hojear el libro, se incorporó e hizo un signo con la mano al director de la orquesta, que atacó la obertura.

El Religioso tomó aliento y comenzó a cantar el ceremonial, respaldado por un fondo de once trompetas con sordina que tocaban al unísono. El señor Zobispo dormitaba dulcemente, con la mano sobre el báculo. Sabía que le despertarían cuando le tocara cantar a él.

La obertura y el ceremonial estaban escritos sobre temas clásicos de blues. Para el Compromiso, Colin había pedido que se tocara el arreglo de Duke Ellington de una vieja melodía muy conocida, Chloé.

Delante de Colin, colgado de la pared, se veía a Jesús sobre una gran cruz verde. Parecía feliz de haber sido invitado y lo miraba todo con interés. Colin tenía la mano de Chloé en la suya y sonreía vagamente a Jesús. Se sentía ligeramente fatigado. La ceremonia le salía muy cara, cinco mil doblezones, y estaba contento de que resultara un éxito.

Todo alrededor del altar había flores. Le gustaba la música que estaban tocando en ese momento. Vio al Religioso delante de sí y reconoció su aspecto. Entonces, cerró suave los ojos, se inclinó un poco hacia adelante y dijo: «Sí».

Chloé dijo «Sí» también y el Religioso les estrechó vigorosamente la mano. La orquesta arremetió con mayor fuerza y el señor Zobispo se levantó para la Plática. El Vertiguero se deslizó entre dos filas de personas y le dio un buen bastonazo en los dedos a Chick, que acababa de abrir su libro en lugar de escuchar.

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