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El ratón gris de los bigotes negros hizo un último esfuerzo y consiguió pasar. Detrás de él, el techo se juntó con el suelo y surgieron largos gusanos que se retorcían lentamente por los intersticios de la sutura. El ratoncillo saltó a toda prisa a través del pasillo oscuro de la entrada cuyas paredes se aproximaban temblando una a otra, y logró salir por debajo de la puerta. Llegó a la escalera y la bajó; ya en la acera, se detuvo. Titubeó un instante, se orientó y se puso en camino en dirección al cementerio.

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