13

EL CAFÉ DE BETTY

Sídney me pareció diferente la segunda vez que la vi. Los cielos descargaban una lluvia torrencial que repiqueteaba contra los soportales en donde Irina y yo estábamos esperando al tranvía. Enormes charcos de agua ocupaban el suelo alrededor de nuestros pies y nos salpicaban de barro las medias nuevas, que habían sido el regalo de despedida de Rose Brighton. Contemplé las paredes de piedra y los enormes arcos de la estación central y medité sobre lo corto que había resultado nuestro viaje de regreso a Sídney en comparación con el de ida al interior del país.

Me metí el bolso bajo el brazo y pensé en el sobre que había en su interior. En mi mente podía visualizar la dirección escrita en negrita: «Sra. Elizabeth Nelson, Potts Point, Sídney». Sentí la tentación de sacar el sobre, para examinarlo de nuevo, pero ya había memorizado tanto la dirección como las instrucciones que el coronel Brighton me había anotado en él. Lo único que haría la humedad del ambiente sería emborronar la tinta, por lo que dejé el sobre donde estaba.

Unos días después del concierto de Irina, el coronel Brighton me llamó a su despacho. Paseé la mirada desde el retrato del rey hasta el rostro del militar y el sobre que empujaba hacia mí sobre el escritorio. Se levantó de su asiento y se paseó hacia el mapa y de vuelta hacia el escritorio otra vez.

– Rose y yo conocemos a una mujer en Sídney -me dijo- que regenta una cafetería en la ciudad. Está buscando empleados. Le hablé de ti y de Irina. Ha contratado a un joven ruso como cocinero y parece bastante contenta con él.

El coronel volvió a dejarse caer en su asiento, mientras hacía girar un bolígrafo entre los dedos y me contemplaba con una mirada seria.

– Ya sé que servir mesas no es precisamente a lo que estáis acostumbradas -me dijo-. He tratado de conseguirte algún trabajo de secretaria, pero parece que no hay suficientes puestos para los «nuevos australianos». Betty os dará tiempo libre si queréis asistir a clases nocturnas y no os creará problemas con la oficina de empleo si encontráis algo mejor cuando ya estéis allí. Tiene sitio en su casa, por lo que puede ayudaros proporcionándoos alojamiento barato.

– Coronel Brighton, no puede imaginarse cómo se lo agradezco -tartamudeé, casi cayéndome de la silla por la emoción.

Me hizo un gesto con la mano.

– No me lo agradezcas, Anya. Odio la idea de perderte. Ha sido Rose la que ha estado insistiéndome todos los días para que hiciera algo por vosotras.

Agarré el sobre con fuerza e inspiré profundamente. La perspectiva de marcharnos del campamento era emocionante, pero también me asustaba. Por mucho que la odiara, la vida en el campamento representaba un refugio seguro. Me preguntaba a qué tendríamos que enfrentarnos una vez que nos las tuviéramos que arreglar por nosotras mismas.

El coronel tosió, tapándose la boca con el puño, y frunció el ceño.

– Trabaja duro, Anya. Haz algo con tu vida. No te cases con el primero que te lo pida. El hombre equivocado puede hacerte desgraciada.

Estuve a punto de atragantarme. Era demasiado tarde. Ya me había casado con el primer hombre que me lo había pedido. Y ya me había hecho desgraciada.

– Pareces preocupada -comentó Irina, secándose ligeramente el cuello con su pañuelo-. ¿Qué estás pensando con esa cara tan seria?

Repentinamente, volví a ver las paredes de la Estación Central y recordé que estaba en Sídney.

– Me preguntaba cómo será la gente de aquí -le respondí.

– Si la señora Nelson es como los Brighton, podemos dar por seguro que está loca.

– Eso es cierto -le contesté, echándome a reír.

Sonó una campana y levantamos la mirada para ver al tranvía aproximándose.

– Aunque me imagino que también estará triste -comentó Irina, cogiendo su maleta del suelo-. Rose nos contó que el marido de la señora Nelson murió hace un año, y que perdió a sus dos hijos en la guerra.

El conductor apestaba a sudor, y me alegré de alejarme rápidamente de él, para tomar asiento en la parte trasera del tranvía. El suelo estaba resbaladizo debido al calzado embarrado y a los paraguas chorreantes de los pasajeros. Había un anuncio del Departamento de Inmigración entre uno de salsa de tomate Raleigh y otro de la ferretería Nock & Kirby. En el anuncio de Inmigración, un hombre con sombrero estrechaba la mano de otro hombre bajito con un traje pasado de moda. «Bienvenidos a su nuevo hogar», rezaba el eslogan. Alguien había pintarrajeado encima con tinta roja: «¡Basta ya de malditos refugiados de mierda!». Vi que Irina se daba cuenta. Ella ya había oído aquellas palabras suficientes veces como para saber que no se trataba de un mensaje amistoso. Sin embargo, no hizo ningún comentario. Observé al resto de los pasajeros. Hombres y mujeres, todos tenían un aspecto muy similar, enfundados en impermeables grises, con sombreros y guantes de colores sombríos. Siempre y cuando Irina y yo no abriéramos la boca, podríamos pasar por uno de ellos.

Irina frotó la ventanilla empañada con uno de sus guantes.

– No veo nada de nada -se quejó.

Para cuando llegamos a Potts Point, la lluvia había escampado. Las marquesinas de las tiendas goteaban, y ráfagas de vapor de agua se levantaban desde la calle. El maquillaje y el pintalabios que nos habíamos puesto antes de abandonar el tren en la estación se habían evaporado. Notaba las manos hinchadas, y la piel de Irina brillaba. La humedad me recordó un artículo de una revista que hablaba sobre Nueva Orleans. Decía que las relaciones humanas eran más instintivas y sensuales en atmósferas cálidas y húmedas. Eso se cumplía en Shanghái. ¿Sería también cierto en Sídney?

Andamos por una calle que descendía hacia el puerto. Me fascinaba la mezcla de árboles que brotaban de algunas zonas del camino: arces gigantes, jacarandas e incluso una palmera. Algunas de las casas con terraza tenían un aspecto elegante con balcones de hierro forjado, porches con baldosas blancas y negras y macetas de aspidistras en los senderos de entrada. Otras necesitaban urgentemente una mano de pintura. Quizás también habían sido majestuosas en el pasado, pero las celosías de sus ventanas estaban medio podridas y algunos de los vidrios estaban rotos. Pasamos por delante de una casa que tenía la puerta delantera abierta. No pudimos resistirnos a echar una mirada al interior del sórdido pasillo. Apestaba a una mezcla entre opio y moqueta húmeda. Irina me tiró del brazo y seguí con la mirada el caño de desagüe, hasta una ventana abierta en el tercer piso.

Un hombre con la barba manchada de pintura estaba asomado a ella y nos señalaba con un pincel.

– Buenas tardes -le dije.

Puso en blanco sus ojos de demente. Nos saludó y gritó: «Vive la Revolution!».

Irina y yo apretamos el paso, casi corriendo calle abajo. Sin embargo, no era fácil moverse rápidamente cargando con una maleta cada una.

Hacia el final de la calle, cerca de un tramo descendente de escaleras de arenisca, había una casa con un vestido de fiesta expuesto en el ventanal que daba a la calle. La prenda era de color amarillo narciso con un ribete blanco de piel de zorro. El fondo del ventanal estaba cubierto por una tela satinada de color rosa con estrellas plateadas bordadas en ella. No había visto nada tan glamuroso desde Shanghái. Me fijé en la placa dorada junto a la puerta en la que ponía: «Judith James, diseñadora».

Irina me llamó desde el otro lado de la calle: «¡Es ésta!».

La casa frente a Irina no era elegante, pero tampoco estaba destartalada. Como la mayoría de las viviendas de la calle, tenía una terraza con adornos de hierro forjado. Los marcos de las ventanas, los balcones y el porche se inclinaban hacia la izquierda y el sendero hasta la puerta de entrada se había agrietado en algunas partes, pero las ventanas relucían y no había ni una sola mala hierba en el pequeño jardín. Una mata de geranios de color rosa florecía cerca del buzón y, junto a la casa, crecía un arce cuyas ramas alcanzaban las ventanas del tercer piso. Pero lo que llamó mi atención fue la planta de gardenias que florecía en una zona de césped frente al porche. Me recordó que finalmente estábamos en la ciudad donde me ayudarían a encontrar a mi madre. Saqué el sobre del bolso y consulté de nuevo el número. Me lo sabía de memoria, pero temí que aquel hallazgo inesperado fuera un sueño. Una gardenia todavía en flor a finales de verano tenía que ser un buen presagio.

Una de las puertas de la terraza del segundo piso se abrió, y salió una mujer. Mantenía en equilibrio en el borde de los labios la boquilla de su cigarrillo y tenía apoyada una mano en la cintura. Su observadora expresión no cambió cuando Irina y yo la saludamos y apoyamos nuestras maletas junto a la puerta del jardín.

– Tengo entendido que eres cantante -comentó, señalando con la barbilla a Irina, al tiempo que cruzaba los brazos sobre el escote fruncido de su blusa. Con sus pantalones pirata, los zapatos de tacón de aguja y el pelo decolorado y grisáceo, parecía una versión de Ruselina, sólo que más alta, fuerte y vulgar.

– Sí, canto cabaret -respondió Irina.

– ¿Y para qué sirves tú? -me preguntó la mujer, mirándome de arriba abajo-. Aparte de ser bonita. ¿Sabes hacer algo?

La miré boquiabierta, sorprendida por su grosería y traté de decir algo. ¡Ojalá aquella mujer no fuera la señora Nelson!

– Anya es inteligente -contestó Irina por mí.

– Bueno, será mejor que entréis -respondió la mujer-. Aquí todos somos genios. Por cierto, yo soy Betty.

Se llevó la mano al moño en forma de colmena y bizqueó. Más tarde, aprendería que aquel gesto era la versión de una sonrisa para Betty Nelson.

Betty nos abrió la puerta principal y la seguimos a través de la entrada y escaleras arriba. Alguien estaba tocando Romance in the dark en un piano de la habitación principal. La casa parecía estar subdividida en un apartamento por planta. El de Betty se encontraba en el segundo. Tenía un estilo parecido al de un tren, con ventanas tanto en la parte delantera como en la trasera. En la parte posterior de la casa, al final del pasillo, había dos habitaciones idénticas.

– Éste es vuestro cuarto -dijo Betty, abriendo una de las puertas y conduciéndonos a una habitación con paredes de color melocotón y suelo de linóleo. Las dos camas, cubiertas por edredones de felpilla, estaban colocadas contra las paredes opuestas, con una mesilla de noche y una lámpara entre las dos. Irina y yo colocamos las maletas cerca del armario. Me fijé en las toallas y los ramilletes de margaritas que había sobre nuestras almohadas.

– Chicas, ¿tenéis hambre? -preguntó Betty. Era casi más una afirmación que una pregunta, así que la seguimos hasta la cocina. Una colección de ollas abolladas colgaba sobre el horno, y las patas de los muebles se apoyaban sobre trozos de cartón doblado, porque el suelo estaba combado por el centro. Los azulejos sobre el fregadero eran antiguos, pero la lechada estaba limpia. Los trapos de cocina tenían bordes de encaje y el aire olía a pastas de té, a lejía y a gas de la cocina.

– Al otro lado hay un salón -explicó Betty, señalando las puertas dobles de cristal detrás de las cuales había una estancia con suelos encerados y una alfombra de color vino tinto-. Echad un vistazo, si queréis.

Aquella habitación era la mejor ventilada de la casa, con sus altos techos decorados con espirales parecidas a las de las tartas de boda. Tenía dos grandes estanterías y una zona de estar con dos butacones a juego. En una esquina, había una radio junto a un pedestal sobre el que descansaba un culantrillo. Dos puertas de doble hoja conducían a la terraza delantera.

– ¿Podemos ir fuera? -dije en voz alta.

– Sí -respondió Betty desde la cocina-, sólo estoy poniendo a calentar el hervidor de agua.

Desde la terraza, entre dos casas, se podía ver una pequeña parte del puerto y de las praderas de los jardines botánicos. Irina y yo nos sentamos un instante en las sillas de mimbre, rodeadas por macetas de cintas y helechos espada.

– ¿Te has fijado en la fotografía? -me preguntó Irina. Murmuraba a pesar de estar hablando en ruso.

Me incliné hacia atrás y miré al salón. En una de las estanterías, había un retrato de boda. Por el color rubio del cabello de la novia y el elegante vestido, ceñido en el pecho y de falda recta, adiviné que eran Betty y su difunto marido. Junto a esa fotografía, había otra de un hombre que llevaba un traje con pechera y sombrero. Era el novio, años después.

– ¿Qué pasa? -le pregunté a Irina.

– No hay fotos de los hijos.

Mientras Irina ayudaba a Betty a hacer el té, busqué el cuarto de baño, un habitáculo del tamaño de un armario que daba a la cocina. La habitación estaba concienzudamente limpia, como el resto de la vivienda. La estera del suelo, adornada por un estampado de rosas, hacía juego con la cortina de ducha y los faldones del lavabo. La bañera era antigua, con una mancha de humedad alrededor del desagüe, pero el calentador de agua era nuevo. Vislumbré mi reflejo en el espejo sobre el lavabo. Mi complexión era buena y estaba ligeramente bronceada. Me acerqué un poco más y estiré la piel de la mejilla entre los dedos, allí donde la lombriz tropical me había corroído la carne. La piel estaba lisa y suave, excepto por una mancha de color marrón claro que había permanecido donde antes tenía la espantosa marca. ¿En qué momento se había curado tan bien?

Regresé a la cocina y encontré a Betty encendiéndose un cigarrillo con la llama de los fogones. Irina se había sentado en una mesa plegable cubierta por un mantel estampado con girasoles. Frente a ella, había una magdalena de vainilla y, al otro lado de la mesa, había otra magdalena similar.

– Éstos son nuestros bizcochos de bienvenida a Sídney -explicó Irina.

Me senté frente a ella y contemplé cómo Betty nos servía el agua hirviendo de una tetera y la tapaba después con un cubre-teteras. El piano de la planta baja comenzó a sonar de nuevo.

«I've got the Sunday evening blues…», cantó Betty al ritmo de la música.

– Ése es Johnny -nos explicó, señalando con la barbilla hacia la puerta-. Vive con su madre, Doris. Toca en unos cuantos clubes de Kings Cross. Podemos ir a alguno de los más decentes alguna vez, si os apetece.

– ¿Cuánta gente vive en este edificio? -le pregunté.

– Dos en la planta baja y uno arriba. Os presentaré a todo el mundo cuando os hayáis instalado.

– ¿Y en el café? -inquirió Irina-. ¿Cuánta gente trabaja allí?

– De momento, sólo un cocinero ruso -contestó Betty, trayendo la tetera a la mesa y sentándose con nosotras-. Vitaly. Es un buen chico. Un trabajador incansable. Os gustará. Pero no os enamoréis ninguna de vosotras de él y huyáis, ¿vale? No como lo que hizo mi última camarera con el último pinche que tuve.

– ¿Qué ocurrió? -preguntó Irina, quitándole el papel de molde a su magdalena.

– Tal cual, me dejaron sola durante un mes. Así que, si a una de vosotras, chicas, se le ocurre enamorarse de Vitaly, ¡os cortaré los meñiques!

Irina y yo nos quedamos inmóviles, con las magdalenas a medio camino entre el plato y la boca. Betty nos dedicó una mirada feroz, se llevó la mano al moño en forma de colmena y bizqueó.


Me desperté en plena noche, sobresaltada. Tardé varios segundos en recordar que no estaba en el campamento. Un rayo de luz proveniente de una ventana en el apartamento del tercer piso se reflejaba en una casa detrás de la nuestra y brillaba a lo largo de mi cama. Respiré el aroma de las sábanas recién lavadas. Hubo un tiempo en el que yo dormía en una cama con dosel, con edredón de cachemira y papel dorado en las paredes a mi alrededor.

Pero había vivido entre lona y polvo tanto tiempo que incluso una cama individual con un colchón blando y sábanas limpias me parecía todo un lujo. Presté atención a los sonidos de la noche, a los que me había acostumbrado en el campamento: la brisa a través de los árboles, los animales corriendo de un lado a otro, el grito de las aves nocturnas… Sin embargo, todo estaba en calma, excepto por el débil silbido de la respiración de Irina y el insomne del piso de arriba, que estaba escuchando la radio. Intenté tragar saliva, pero tenía la boca seca. Me deslicé fuera de la cama y tanteé hasta llegar a la puerta.

El apartamento estaba sumido en el silencio, excepto por el tictac del reloj del pasillo. Recorrí con la mano el marco de la puerta de la cocina en busca del interruptor y lo encendí. Había tres vasos vueltos del revés sobre un trapo de cocina en el escurridor. Cogí uno de ellos y abrí el grifo. Alguien gimió. Miré dentro del salón y vi a Betty dormida en la zona de estar. Estaba tapada hasta el cuello con una colcha, y su cabeza descansaba sobre una almohada. Por el par de zapatillas que reposaban a un lado de la zona de estar y la redecilla del pelo que llevaba puesta, supuse que se había ido a dormir allí intencionadamente. Me preguntaba por qué no dormía en el otro dormitorio, y luego decidí que probablemente el salón estaba mejor ventilado. Regresé a nuestro cuarto y me tapé con las sábanas. Betty nos había dicho que tendríamos un día y medio libre a la semana. Era domingo y mi medio día libre sería el viernes por la mañana. Ya había mirado la dirección de la Cruz Roja. Tan pronto como pudiera, me dirigiría a Jamison Street.

A la mañana siguiente temprano, Betty nos envió a Irina y a mí al patio trasero a recoger frutas de la pasión de un emparrado que se extendía por la valla.

– ¿Qué te parece Betty? -me susurró Irina, abriéndome la bolsa de hilo para que pudiera echar la fruta violácea en ella.

– Al principio, pensé que era extraña -le dije-, pero cuanto más habla, más me gusta. Creo que es agradable.

– Yo también -me dijo.

Le entregamos a Betty dos bolsas llenas de fruta.

– Las uso para preparar la copa de helado tropical -nos explicó.

Después, todas cogimos el tranvía a la ciudad. La cafetería de Betty se encontraba en el extremo de los grandes almacenes Farmers de la George Street, cerca de los cines. El decorado era una mezcla entre una típica cafetería estadounidense y un café francés. Estaba dividida en dos niveles. En el primer nivel, había mesas redondas con sillas de paja. El segundo nivel, al que se llegaba tras subir cuatro escalones, tenía mesas de bancos corridos de color rosa almizcle y un mostrador con banquetas. Cada mesa tenía en la pared el retrato de una estrella de cine de Hollywood: Humphrey Bogart, Fred Astaire, Ginger Rogers, Clark Gable, Rita Hayworth, Gregory Peck y Bette Davis. Contemplé el de Joan Crawford cuando pasamos al lado. Su mirada seria y su boca apretada me recordaron a Amelia.

Seguimos a Betty a través de dos puertas abatibles con ventanas redondas en el medio y bajamos un corto pasillo hasta la cocina. Un joven con piernas delgaduchas y un hoyuelo en la barbilla estaba mezclando harina y leche sobre una encimera.

– Éste es Vitaly -señaló Betty.

El hombre levantó la mirada y sonrió.

– Ah, ya estáis aquí -exclamó-. Justo a tiempo para ayudarme con la mezcla de las tortitas.

– No os pongáis a trabajar todavía -replicó Betty, cogiéndonos las bolsas de hilo y colocándolas en una mesa en el centro de la habitación-. Sentaos y charlad un rato antes de que los clientes comiencen a llegar. Tenéis que conoceros mejor.

La cocina del café estaba tan limpia como la propia casa de Betty, aunque aquí el suelo no estaba combado. Había cuatro armarios, una cocina de gas con seis hornillos, un horno grande y dos fregaderos. Betty sacó un delantal de uno de los armarios y se lo ató alrededor de la cintura. Me percaté de que había dos uniformes rosas colgando de un perchero, uno de los cuales me imaginé que sería para mí. Iba a ayudar a Betty a servir mesas. Irina iba a ser la ayudante de Vitaly en la cocina.

Vitaly trajo unas sillas de una habitación trasera y nos sentamos alrededor de la mesa.

– ¿Qué os parece si todos tomamos huevos? -preguntó Betty-. Chicas, sólo habéis comido una tostada esta mañana y no quiero que mis empleados se mueran de hambre y se pasen en pie todo el día.

– Os conozco a las dos de Tubabao -nos dijo Vitaly.

– Ah, sí, me acuerdo -se echó a reír Irina-. Me pediste un autógrafo después del concierto.

Contemplé las rubicundas mejillas de Vitaly, su pelo pajizo y los ojos saltones, pero no pude recordarle en absoluto. Le hablamos sobre nuestro campamento y él nos dijo que lo habían enviado a un lugar llamado Bonegilla.

– ¿Cuántos años tienes? -le preguntó Irina.

– Veinticinco, ¿y vosotras?

Betty cascó unos huevos en un cuenco y miró a su espalda.

– No tratéis de hablar inglés porque yo esté delante -dijo-. Podéis hablar ruso entre vosotros. -Se acarició el pelo y bizqueó-. Eso siempre que no estéis intercambiándoos cotilleos jugosos. O, dado el caso, si entra uno de los clientes. No quiero que detengan a mi personal por espías comunistas.

Aplaudimos y nos echamos a reír.

– Gracias -le dijo Irina-. A mí me resulta mucho más fácil.

– Y tú, Anya -me dijo Vitaly, volviéndose hacia mí-. Me resultas familiar de otro sitio, antes de Tubabao. Quería presentarme para decírtelo, pero oí que eras de Shanghái y supuse que entonces no nos conocíamos, después de todo.

– No soy de Shanghái -le dije-. Soy de Harbin.

– ¡Harbin! -me dijo, con un brillo en los ojos-. Yo también soy de Harbin. ¿Cuál es tu apellido?

– Kozlova.

Vitaly caviló profundamente durante un momento, frotándose las palmas de las manos, como si estuviera tratando de conjurar al genio de la lámpara.

– ¡Kozlova! ¿La hija del coronel Víctor Grigorovich Kozlov?

El nombre de mi padre me cortó la respiración. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo oí.

– Sí -le contesté.

– Entonces, sí te conozco -respondió Vitaly-. Aunque probablemente tú eras demasiado joven como para recordarme. Mi padre era amigo del tuyo. Dejaron Rusia juntos. Pero nos mudamos a Tsingtao en 1938. Sin embargo, me acuerdo de ti. Una niñita de pelo rojizo y ojos azules.

– ¿Tú padre está contigo? -le preguntó Irina.

– No -le dijo Vitaly-. Está en Estados Unidos con mi madre y mis ocho hermanos. Yo estoy aquí con mi hermana y su marido. Mi padre no se fía de mi cuñado, por eso me envió a cuidar de Sofía. ¿Están tus padres contigo, Anya?

– Mi padre murió en un accidente de coche antes del final de la guerra -le expliqué-. A mi madre la deportaron desde Harbin. Fueron los soviéticos. No sabemos dónde la llevaron.

Irina extendió el brazo y me apretó la muñeca.

– Esperamos que la Cruz Roja de Sídney pueda rastrear a la madre de Anya en Rusia -le contó a Vitaly.

Se frotó el hoyuelo de la barbilla y después se apoyó los dedos en la mejilla.

– ¿Sabéis? -nos dijo-, mi familia está buscando a mi tío. Se quedó en Harbin y también se fue a la Unión Soviética después de la guerra. Pero no le forzaron. Él y mi padre tenían ideas muy diferentes. Mi tío creía en los principios del comunismo y nunca sirvió en el ejército como mi padre. Tampoco era exactamente lo que se denominaría como un extremista. Pero era partidario del comunismo.

– ¿Habéis sabido algo de él? -le preguntó Irina-. Quizás podría decirnos dónde enviaron a la madre de Anya.

Vitaly chasqueó los dedos.

– Tal vez sí, ¿sabes? Es posible que fueran en el mismo tren de Harbin hacia Rusia. Pero mi padre sólo ha recibido noticias de mi tío dos veces desde su regreso, e incluso en esas ocasiones, ha sido a través de conocidos. Sí que recuerdo que el tren se detuvo en un lugar llamado Omsk. Mi tío fue de allí hasta Moscú, pero el resto de los pasajeros fueron conducidos a un campo de trabajo.

– ¡Omsk! -exclamé. Había oído el nombre de aquel pueblo anteriormente. La cabeza me daba vueltas, tratando de recordar dónde.

– Le puedo pedir a mi padre que se ponga en contacto con él de nuevo -ofreció Vitaly-. Mi tío teme a mi padre y lo que él le pueda decir. Tenemos que depender de otras personas para enviar los mensajes, así que llevará su tiempo. Y, por supuesto, actualmente todo pasa por un registro y una censura previos.

Me sentía demasiado abrumada como para hablar. En Shanghái, Rusia parecía algo demasiado grande para que yo pudiera hacerle frente. Y de repente, en una cafetería al otro lado del mundo, tenía más información sobre el paradero de mi madre que nunca hasta entonces.

– ¡Anya! -exclamó Irina-. ¡Si les dices a los de la Cruz Roja que piensas que tu madre está en Omsk, quizás puedan rastrear su paradero!

– ¡Oye, esperad un minuto! -dijo Betty, colocando tres platos de huevos revueltos y una tostada frente a nosotros-. No estáis siendo justos. Os dije que podíais hablar en ruso siempre que no fuera de algo emocionante. ¿Qué sucede?

Los tres empezamos a hablar a la vez, así que Betty no se enteró de nada. Entonces, Irina y Vitaly callaron y me dejaron explicárselo. Betty consultó su reloj.

– ¿A qué estás esperando? -me dijo-. He sobrevivido sin ti un mes y podré seguir haciéndolo durante otra mañana. La Cruz Roja abre a las nueve en punto. Si te vas ahora, podrás ponerte la primera de la cola.

Esquivé a secretarias y oficinistas, fijándome apenas en la George Street mientras corría hacia el centro. Consulté el mapa que Betty me había dibujado en una servilleta. Giré para adentrarme en la Jamison Street y me encontré de pie ante la puerta de la casa de la Cruz Roja diez minutos antes de que abrieran. Había un directorio colgado en una puerta de cristal. Estudié la lista pasando por encima del servicio de transfusiones de sangre, el de hogares de convalecientes, el departamento de hospitales y repatriación, hasta el departamento de búsquedas. Consulté el reloj de nuevo y me paseé arriba y abajo por la acera. «Dios mío -pensé-, por fin estoy aquí.» Una mujer pasó a mi lado y me sonrió. Debía de creer que estaba desesperada por donar sangre.

Cerca de la puerta había un escaparate que mostraba los objetos de artesanía de la Cruz Roja. Contemplé las perchas forradas de tela satinada y las colchas de ganchillo, y me dije para mis adentros que cuando saliera, le compraría algo a Betty. Había sido muy amable al darme tiempo libre incluso antes de que hubiera empezado a trabajar.

Cuando un funcionario abrió las puertas, me dirigí directamente a las escaleras, para no tener que esperar el ascensor. Irrumpí en el departamento de búsquedas y sorprendí a la recepcionista, que estaba instalándose en ese momento en su escritorio con una taza de té en la mano. Se abrochó su chapa de voluntaria y me preguntó en qué podía ayudarme. Le dije que estaba tratando de encontrar a mi madre, y ella me entregó unos formularios de registro y un bolígrafo.

– Es difícil actualizar los archivos de búsqueda -me dijo-, así que asegúrese de incluir hoy toda la información que pueda.

Tomé asiento junto al refrigerador de agua y hojeé los formularios. No tenía una fotografía de mi madre y no había anotado el número del tren en el que se la llevaron de Harbin. Sin embargo, los rellené con toda la información que pude, incluyendo su nombre de soltera, el año y lugar de nacimiento, la fecha del día en el que la vi por última vez y una descripción física. Me detuve un instante. La imagen del rostro desesperado de mi madre con el puño en la boca me vino a la mente, y me empezó a temblar la mano. Tragué saliva y traté de concentrarme. Había una nota en la parte inferior del último formulario explicando que, debido al número de investigaciones y al difícil proceso de recopilación de la información, la respuesta de la Cruz Roja podría demorarse desde seis meses hasta varios años. Pero no dejé que esto me desanimara. «¡Gracias!, ¡gracias!», escribí junto al mensaje de renuncia de responsabilidad. Le entregué los formularios a la recepcionista. Los introdujo en una carpeta y me dijo que esperara hasta que un funcionario del departamento me llamara.

Una mujer con un niño en los brazos entró en la sala de espera y le pidió a la recepcionista los formularios. Contemplé la estancia, percatándome por primera vez de que era un museo al dolor. Las paredes estaban cubiertas de fotografías con inscripciones debajo que rezaban: «Lieba. Vista por última vez en Polonia en 1940», «Mi amado esposo, Semion, desapareció en 1941». La fotografía de dos hermanos, un niño y una niña, casi me partió el corazón. «Janek y Mania. Alemania, 1937.»

«Omsk», me dije a mí misma, desenrollando la lengua, como si eso fuera a ayudarme a destapar mis recuerdos. Entonces me acordé de dónde había oído aquel nombre antes. Era el pueblo en el que Dostoievski había sido encarcelado como exiliado político. Traté de acordarme de su novela Memorias del subsuelo, pero lo único que recordaba era la oscuridad y la miseria en la que vivía el personaje principal.

– ¿Señorita Kozlova? Me llamo Daisy Kent.

Levanté la mirada y vi a una mujer con gafas que llevaba una chaqueta y un vestido azul, y me estaba mirando. La seguí a través del área de administración, inundada de papeles, donde los voluntarios estaban revisando y rellenando formularios, hasta una oficina con una puerta de cristal esmerilado. Daisy me pidió que me sentara y cerró la puerta tras nosotras. El sol entraba abrasador por la ventana, y Daisy bajó las persianas. El ventilador, que rotaba incesantemente sobre uno de los armarios archivadores, no tenía demasiado efecto a la hora de aliviar la falta de oxígeno en la habitación. Me costaba respirar.

Daisy se ajustó las gafas sobre la nariz y estudió mi formulario de registro. Miré por encima de su hombro hacia el póster de una enfermera con una cruz roja en la cofia, que atendía a un soldado herido.

– Su madre fue conducida a un campo de trabajo en la Unión Soviética, ¿es eso correcto? -me preguntó Daisy.

– Sí -afirmé, inclinándome hacia delante.

Las aletas de su nariz temblaron, y cruzó las manos frente a ella.

– Entonces, me temo que la Cruz Roja no puede ayudarla.

Los dedos de las manos y de los pies se me convirtieron repentinamente en hielo. La miré, boquiabierta.

– El gobierno ruso no admite haber tenido campos de trabajo -continuó Daisy-. Por lo tanto, nos es imposible determinar dónde están y cuántos son.

– Pero creo que sé el pueblo, Omsk -me oí a mí misma pronunciar aquellas palabras con voz temblorosa.

– Desgraciadamente, excepto si ésa es una zona de guerra, no podemos proporcionarle más información.

– ¿Por qué? -tartamudeé-. En la OIR me dijeron que ustedes podrían ayudarme.

Daisy suspiró y apretó las manos. Contemplé sus limpias uñas lacadas, incapaz de creer lo que estaba oyendo.

– En la Cruz Roja, hacemos todo lo que podemos para apoyar a la gente, pero sólo podemos proporcionar nuestra asistencia a países involucrados en guerras nacionales o internacionales -explicó-. Ése no es el caso de Rusia. No se considera que estén violando ninguna norma humanitaria.

– Usted sabe que eso no es cierto -la interrumpí-. Los campos de trabajo son lo mismo en Rusia que en Alemania.

– Señorita Kozlova -respondió, quitándose las gafas y señalándome con ellas-, nos ampara la Convención de Ginebra, por lo que tenemos que acatar sus estrictas directrices o no podríamos existir.

Su voz era más clínica que amable. Me dio la impresión de que se había enfrentado a este tipo de preguntas anteriormente y había decidido que era mejor aplastar cualquier atisbo de esperanza desde un principio, en lugar de dejarse arrastrar a una discusión.

– Pero seguramente usted tiene algún tipo de contacto, ¿verdad? -continué con nerviosismo-. ¿Hay alguna organización que, como mínimo, pueda proporcionarle información?

Devolvió mis documentos de nuevo a su carpeta, como si tratara de demostrar la futilidad de mi caso. No me moví. ¿No esperaría que me marchara, así, sin más?

– ¿No puede usted hacer nada para ayudarme? -le pregunté.

– Ya le he explicado que no hay nada que pueda hacer.

Daisy cogió otra carpeta de un montón que tenía junto a ella y comenzó a escribir notas en su interior.

Me di cuenta de que no iba a ayudarme. No podía acceder a la fibra sensible que, según creía, todo el mundo tenía, excepto, quizás, la gente propensa a la venganza, como Tang y Amelia. Me levanté.

– Usted no estuvo allí -le dije, mientras una lágrima se me escapaba del ojo y me resbalaba hacia la barbilla-. Usted no estuvo allí cuando la apartaron de mí.

Daisy dejó caer la carpeta de nuevo en el montón y levantó la barbilla.

– Ya sé que resulta angustioso, pero…

No escuché la última parte de la frase. Corrí fuera de su despacho y me choqué con una mesa del área de administración, tirando las carpetas por el suelo. La recepcionista me observó cuando salí corriendo, pero no dijo nada. Las únicas que me mostraron un poco de compasión fueron las fotografías de la pared en la sala de espera con sus ojos tristes y huidizos.

Llegué a la cafetería justo cuando estaba empezando el jaleo de media mañana. Me latía la cabeza y las lágrimas que estaba tratando de retener me producían náuseas. No tenía ni la menor idea de cómo iba a afrontar mi primer día de trabajo. Me puse el uniforme y me recogí el pelo en una cola de caballo, pero tan pronto como entré en la cocina me fallaron las piernas y tuve que sentarme.

– No te dejes desanimar por los de la Cruz Roja -me dijo Betty, mientras llenaba un vaso de agua y lo colocaba en la mesa, frente a mí-. Hay más de mil maneras de desollar un gato. Quizás puedas unirte a la Sociedad Ruso-Australiana. Puede que logres averiguar algo a través de ellos.

– Y también puede que, si te unes a ellos, un buen día el gobierno australiano te investigue como posible espía -añadió Vitaly, mientras cortaba en rebanadas un bloque de pan-. Anya, te prometo que escribiré a mi padre esta misma noche.

Irina recogió las rebanadas de Vitaly y comenzó a untarlas de mantequilla para hacer sándwiches.

– En la Cruz Roja están hasta arriba y tienen que depender del trabajo de los voluntarios -dijo-. Probablemente, el padre de Vitaly pueda hacer más por ayudarte en cualquier caso.

– Eso es cierto -comentó Vitaly-. Le gustará este proyecto. Créeme, llegará hasta el final de este asunto. Si no puede encontrar a mi tío, conseguirá, de alguna manera, otros contactos para obtener tu información.

Sus ánimos me ayudaron a consolarme un poco. Contemplé el menú y traté de hacer lo posible por memorizarlo. Después, seguí de cerca a Betty para fijarme en cómo anotaba los pedidos y, a pesar de tener lágrimas en los ojos, sonreí a cada cliente antes de acompañarles a sus mesas. La cafetería, según me contó Betty, era famosa no sólo por su café al estilo estadounidense, sino por su chocolate, por los batidos de verdaderas semillas de vainilla y el té helado servido en copas altas con pajitas rayadas. Me fijé en que algunos de los clientes jóvenes pedían algo llamado «postre de cola», y por la tarde Betty me lo dio a probar. Era tan empalagosamente dulce que me produjo dolor de estómago.

– A los más jóvenes les encanta -comentó Betty, echándose a reír-. Lo consideran muy chic.

Los comensales de la hora de comer pedían principalmente ensaladas, sándwiches o pasteles, pero a última hora de la tarde, comencé a servir bandejas de tarta de queso al estilo neoyorquino, crema de maicena con mermelada y un plato llamado croque-monsieur.

– ¿Crock qué? -le pregunté al primer cliente que me lo pidió.

El hombre se rascó la barbilla y lo intentó de nuevo:

Croque-monsieur.

– ¿Cuántos quiere? -le pregunté, tratando de aparentar que sabía de qué me estaba hablando.

– ¡Sólo uno! -exclamó el hombre. Miró a sus espaldas y señaló a Betty-. Pregúntele a la otra camarera. Ella sabe de qué hablo.

Me sonrojé hasta las raíces del pelo.

– El hombre de la mesa dos desea que le sirva un crock-no-sé-qué -le susurré a Betty.

Bizqueó durante un momento, después cogió el menú y señaló el croque-monsieur diciéndome que fuera a la cocina y le pidiera a Vitaly que me enseñara aquel plato. Resultó que era una especie de sándwich de pan tostado cubierto de queso mezclado con cerveza y leche.

– Te prepararé uno cuando cerremos -me ofreció Vitaly, tratando de no echarse a reír.

– No, gracias -le respondí-. No, después de la experiencia con el postre de cola.


El viernes me pasé la mañana en la biblioteca estatal. Bañada por la etérea luz del techo abovedado de cristal de la biblioteca, estudié detenidamente Memorias del subsuelo de Dostoievski. Era difícil leer traducida una obra tan compleja. Utilicé un diccionario ruso-inglés de consulta y perseveré hasta que me quedó claro que era una tarea inútil. Era una novela oscura sobre la naturaleza de la humanidad, pero no me dio ninguna pista sobre mi madre, excepto para confirmar lo que ya había descubierto en el atlas: que Omsk estaba en Siberia. Finalmente, tuve que admitir que estaba tratando de agarrarme a un clavo ardiendo.

Volví a Potts Point agotada y frustrada. El sol era cálido, pero una brisa marina estaba empezando a levantarse desde el puerto. Cogí uno de los geranios que crecían cerca de la verja y lo estudié mientras caminaba por el sendero. Un hombre surgió de la puerta principal, calándose el sombrero. Casi nos chocamos. Dio un paso atrás, sorprendido al principio, y luego una amplia sonrisa apareció en su rostro.

– Hola -saludó-. Tú eres una de las chicas de Betty, ¿verdad?

El hombre tenía cerca de treinta años, y su pelo negro azabache y sus ojos verdes me recordaron al retrato de Gregory Peck de la cafetería. Me percaté de que me recorría con la mirada desde el rostro hasta los tobillos y de vuelta hacia arriba.

– Sí, vivo con Betty -confirmé. No iba a decirle mi nombre hasta que él no me dijera el suyo.

– Yo soy Adam. Adam Bradley -me dijo, ofreciéndome la mano para estrechármela-. Vivo en la planta de arriba.

– Anya Kozlova -le respondí.

– ¡Ten cuidado con él! ¡Es un problema andante! -oí que decía una voz.

Me volví para ver a una atractiva joven de pelo rubio que me saludaba desde el otro lado de la calle. Llevaba una falda de vestir con una blusa a juego y cargaba con un montón de vestidos bajo el brazo. Abrió la puerta de un Fiat y cubrió el asiento trasero con las prendas.

– ¡Ah, Judith! -le gritó Adam-. Me has llamado la atención antes de que pudiera tener la oportunidad de empezar con buen pie con esta hermosa joven.

– Tú nunca empiezas con buen pie -le respondió ella, echándose a reír-. ¿Quién era esa mujer de aspecto cochambroso que te vi colando en casa la otra noche?

La joven se volvió hacia mí.

– Por cierto, me llamo Judith.

– Yo soy Anya. Vi el vestido de tu escaparate. Es precioso.

– Gracias -me contestó, sonriendo con sus enormes y blancos dientes-. Ahora me voy a una feria durante todo el fin de semana, pero pásate a verme en cualquier momento. Eres alta, delgada y tienes un tipo estupendo. Podría usarte como modelo.

Judith se deslizó en el asiento del conductor de su automóvil, dio media vuelta y se detuvo frente a nosotros.

– ¿Quieres que te lleve al periódico, Adam? -preguntó, reclinándose sobre el asiento del copiloto-, ¿o es cierto eso de que los periodistas de verdad no trabajan por las tardes?

– Mmmm -musitó Adam, tocándose el ala del sombrero a modo de saludo hacia mí y abriendo la puerta del coche-. Ha sido un placer conocerte, Anya. Si Judith no puede conseguirte trabajo, quizás yo sí pueda.

– Gracias, pero ya tengo trabajo -les respondí.

Judith tocó la bocina y pisó a fondo el acelerador. Contemplé como el automóvil se marchaba a toda velocidad calle arriba, sorteando por pura casualidad a dos perros y a un hombre en bicicleta.

Subí las escaleras hacia el apartamento. Todavía tenía dos horas libres antes de volver a la cafetería para ayudar con la muchedumbre del viernes por la tarde. Me dirigí a la cocina y decidí prepararme un sándwich. El aire del interior del apartamento olía a rancio, por lo que abrí las puertas dobles para ventilarlo. Había un poco de queso en la fresquera y medio tomate en el armario, así que los partí en rodajas y los metí entre pan. Me serví un vaso de leche y me llevé la comida a la terraza. El mar estaba picado y algunos barcos de vela se movían rápidamente a lo largo del puerto. No me había imaginado que Sídney fuera una ciudad tan bonita. En mi opinión, tenía el ambiente de un lugar de vacaciones, como me imaginaba que eran Río de Janeiro o Buenos Aires. Aunque a veces las apariencias engañan. Vitaly me había contado que donde él vivía no salía nunca solo a la calle si podía evitarlo. Dos amigos suyos habían sido atacados por una banda cuando les oyeron hablar en ruso. Era una faceta de Sídney que aún no había visto. Algunos de los clientes se ponían impacientes, pero normalmente la gente solía ser respetuosa.

Escuché algo dando golpes en la parte trasera del piso. Supuse que era la puerta del dormitorio o que no había cerrado bien la puerta principal. Volví al interior para arreglarlo. La puerta principal estaba cerrada y también la ventana inclinada sobre ella. Miré el siguiente tramo de pasillo y comprobé que la del dormitorio también estaba cerrada. Escuché otro golpe y vi que provenía de la puerta de la habitación junto a la nuestra, que se abría y se cerraba debido a la brisa. Alcancé el tirador, pretendiendo cerrarla, pero la curiosidad me pudo y la abrí para mirar el interior.

La habitación era ligeramente más grande que la que yo compartía con Irina, pero, igual que la nuestra, tenía dos camas individuales colocadas contra las paredes opuestas. Las colchas eran de color granate con borlas negras, y había un baúl con cajones bajo la ventana. El aire era rancio, pero la habitación estaba limpia de polvo y la alfombra había sido sacudida. Sobre una de las camas, en la pared, colgaba un póster de un partido de criquet de 1937, y sobre la otra cama había unas medallas de atletismo. Paseé la mirada desde el aparejo de pescar encima del armario ropero, hasta la raqueta de tenis de detrás de la puerta y la fotografía sobre el pequeño tocador. En ella, dos jóvenes de uniforme posaban a ambos lados de Betty. Se veía un barco al fondo. Junto a la fotografía, había un álbum con tapas de piel. Abrí la portada y me encontré a mí misma contemplando fotografías de color sepia de dos niñitos rubios sentados en una barca. Cada uno sostenía una felicitación de cumpleaños con el número dos. Mellizos. Me tapé la boca con la mano y me desplomé de rodillas.

– Betty -exclamé, entre sollozos-. Pobre, pobrecita Betty.

La tristeza se apoderó de mí en oleadas. El rostro lloroso de mi madre se me apareció durante un instante. Comprendí lo que representaba aquella habitación. Era un lugar para el recuerdo y el sufrimiento íntimo. Betty guardaba todo el dolor que sentía en su interior en aquella habitación para poder continuar con su vida. Comprendí por qué la conservaba, porque yo también tenía un lugar así. No era una habitación, sino que era mi muñeca raatrioska. Era algo en lo que me refugiaba cuando necesitaba creer que la madre que había perdido había pertenecido a mi vida. Era una manera de recordarme a mí misma que ella había sido más que un sueño.

Me quedé en la habitación, llorando hasta que me dolieron las costillas y los ojos se me quedaron tan secos que no pude derramar ni una sola lágrima más. Después de un momento, me levanté y salí al recibidor, cerrando la puerta firmemente detrás de mí. Nunca le mencioné la habitación a Betty, aunque después de aquella tarde, sentí que existía un vínculo especial entre nosotras.


Después del trabajo, Irina y yo nos fuimos de paseo hasta la avenida de Kings Cross. La Darlinghurst Street era todo un espectáculo a aquella hora de la tarde, con la gente que salía a la calle de los bares y cafeterías, con bebidas en la mano, fumando y riendo. Pasamos por delante de un bar y escuché Romance in the Dark al piano. Me preguntaba si el pianista sería Johnny. Me asomé desde la puerta, pero no podía ver nada porque el gentío me lo impedía.

– Yo solía cantar en lugares como ése en Shanghái -me contó Irina.

– Podrías hacerlo aquí -repliqué.

Negó con la cabeza.

– Querrían que cantara canciones en inglés. En todo caso, después de toda la semana trabajando en la cocina, estoy demasiado cansada.

– ¿Quieres que nos sentemos en algún sitio? -le pregunté, señalándole una cafetería al otro lado de la calle llamada el Palacio de Con.

– ¿Después de todos los batidos que nos hemos bebido esta semana?

Di una sonora palmada.

– ¡Por supuesto que no! ¿Cómo se me ha podido ocurrir? -exclamé, echándome a reír.

Pasamos por delante de tiendas que vendían baratijas indias, productos cosméticos y ropa de segunda mano, hasta que, al final, llegamos al cruce con Victoria Street y nos volvimos para regresar a casa.

– ¿Tú crees que alguna vez llegaremos a encajar aquí? -preguntó Irina-. Me siento como si estuviera contemplando el interior de algo desde fuera.

Observé a una mujer con un elegante vestido bajándose de un taxi y pasando a toda prisa. «Yo solía ser como ella», pensé.

– No lo sé, Irina. Quizás para mí resulte más fácil porque hablo inglés.

Irina se miró las manos y se restregó una ampolla que le había salido en la palma.

– Creo que estás intentando ser valiente -me dijo-. Antes tenías mucho dinero. Ahora, tienes que ahorrar simplemente para poder ir al cine una vez a la semana.

«Lo único que me preocupa -pensé-, es encontrar a mi madre.»


– Voy a salir un momento al banco -nos dijo Betty una tranquila tarde.

Se puso un abrigo ligero sobre el uniforme y se revisó el maquillaje en el reflejo de la cafetera eléctrica.

– ¿Te las arreglarás con los clientes, Anya? -me preguntó, dándome un apretón en el brazo-. Vitaly estará en la cocina si te atascas.

– Claro -le contesté.

La observé mientras salía a la calle. Era uno de esos días nublados en los que no hacía calor, ni tampoco frío, pero si no te ponías una chaqueta, pasabas frío, y si te la ponías, pasabas calor.

Limpié el mostrador y las mesas, aunque ya estaban limpias. Una media hora después, oí que la puerta principal se abría y vi a un grupo de chicas entrar tranquilamente en la cafetería y tomar asiento en la mesa junto al póster de Joan Crawford. Llevaban trajes de oficina con faldas de corte recto y zapatos bajos, sombreros y guantes. Aparentaban cerca de veinte años, pero trataban de parecer sofisticadas encendiéndose cigarrillos Du Maurier y haciendo nubes de humo que flotaban hacia el techo.

Me contemplaron con detenimiento cuando me aproximé a su mesa. Una de ellas, una chica con hombros anchos y granos en las mejillas, susurró algo, y las demás se echaron a reír. Pude percibir que iba a haber problemas.

– Buenas tardes -saludé, ignorando su grosería y con la esperanza de que no pidieran muchas cosas-. ¿Qué desean para beber?

Una de las chicas, una morena rechoncha con el pelo demasiado peinado hacia atrás, dijo:

– Bueno, dejjame fer… Yo tomarrrrr una agua y quisssás beberrr un café.

Su imitación de mi acento provocó un estallido de risas de las otras chicas. La de los granos golpeó la mesa con la mano y me dijo:

– Y yo quiero café y pastel de ruibarbo. Pero asegúrate de que me traes pastel de ruibarbo, no passstel de rrrruibarrrrbo. Tengo entendido que hay diferencia.

Me llevé la mano a la garganta. Agarré con fuerza el cuaderno de notas, tratando de mantener la dignidad, pero me sonrojé. No tendría que haberme importado. Parte de mí sabía que sólo eran niñas ignorantes. Pero era difícil estar allí, vestida de uniforme de camarera, y no sentirme como si fuera una persona de segunda categoría. Era una inmigrante. Una «refugiada de mierda». Alguien a quien los australianos no querían.

– ¡¡Habla i-n-g-l-é-s o lárgate allá de donde hayas venido!! -murmuró una de las chicas.

El odio en su tono de voz me sorprendió. El corazón comenzó a palpitarme apresuradamente dentro del pecho. Miré a mis espaldas, pero no podía oír a Vitaly ni a Irina en la cocina. Quizás estaban en el patio trasero, sacando la basura.

– Eso, vete de aquí -exclamó la morena rechoncha-. No te queremos en este país.

– Si tenéis algún problema con su impecable inglés, os podéis ir a tomar el café a King Street.

Todas miramos hacia la puerta, donde estaba Betty. Me preguntaba cuánto tiempo llevaba contemplando la escena. A juzgar por la expresión tensa de su boca, había presenciado lo suficiente como para captar lo que estaba ocurriendo.

– Pagaréis uno o dos chelines más por lo que toméis allí -les dijo-, así que tendréis menos dinero para gastar en píldoras adelgazantes o en crema para los granos.

Algunas de las muchachas bajaron la cabeza avergonzadas. La chica rechoncha manoseó sus guantes y sonrió.

– Oh, sólo estábamos bromeando -comentó, haciéndole un gesto impositivo con la mano a Betty para que se marchara.

Pero Betty se le echó encima en un segundo, pegando el rostro al de la chica y mirándola con los ojos entornados.

– Parece que no lo entiendes, jovencita -le espetó, acechándola de un modo que habría atemorizado a cualquiera-. No te estoy dando alternativa. Soy la propietaria de este establecimiento y te estoy diciendo que te largues de aquí ahora mismo.

El rostro de la chica se tiñó de rojo. Le temblaron los labios y me di cuenta de que estaba a punto de echarse a llorar. Esa expresión la hacía parecer aún más fea y, muy a mi pesar, sentí lástima por ella. Se levantó, tirando el servilletero en su huida al salir de la cafetería. Sus amigas se levantaron avergonzadas y se escabulleron tras ella. Ninguna conservaba su anterior aspecto sofisticado.

Betty las observó mientras se marchaban y se volvió hacia mí.

– No vuelvas a dejar que nadie te hable así nunca, Anya. ¿Has entendido? -exclamó-. ¡Jamás! Me imagino por lo que has podido pasar en esta vida y te lo digo así de claro: ¡tú vales más que veinte de ellas juntas!

Aquella noche, después de que Irina se durmiera, me quedé tumbada en la cama pensando en cómo Betty me había defendido, igual que una leona atacando para proteger a sus cachorros. Mi madre hubiera sido la única en reaccionar de un modo tan feroz. Oí el grifo de la cocina y me pregunté si también Betty tendría dificultad para dormir.

La encontré sentada en el balcón, mirando al cielo, con varios centímetros de ceniza en el cigarrillo, que relucían como una luciérnaga entre sus dedos. La tarima crujió bajo mis pies. El hombro de Betty se movió nerviosamente, pero no se volvió a ver quién estaba detrás de ella.

– Parece que mañana va a llover -murmuró.

– ¿Betty?

Me deslicé sobre la silla que estaba a su lado. Ya había interrumpido el hilo de sus pensamientos, así que era demasiado tarde para echarme atrás. Me contempló, pero no me dijo nada. Bajo el brillo de la luz de la cocina, su piel era pálida y sus ojos parecían más pequeños que cuando iba maquillada. El abanico de arrugas de la frente y los surcos alrededor de la boca brillaban por los productos desmaquillantes. Sus facciones se suavizaban, eran menos drásticas, sin la máscara de cosméticos.

– Te agradezco lo que has hecho hoy por mí.

– ¡Shhh! -chistó, mientras tiraba la ceniza por un lateral del balcón.

– No sé lo que habría hecho si no hubieras aparecido tú.

Betty bizqueó.

– Tú misma las habrías mandado a freír espárragos más tarde o más temprano -me contestó, señalándose la redecilla del pelo-. Las personas aguantan hasta un límite y luego empiezan a defenderse.

Sonreí, aunque dudaba que lo decía fuera cierto. Cuando aquellas chicas habían dicho que yo era una refugiada despreciable, las había creído.

Me recosté en la silla. El aire del océano era fresco, pero no llegaba a ser frío. Lo inspiré y me llené los pulmones. La primera vez que vi a Betty, sus bruscos modales me habían hecho sentir miedo. De repente, mientras estaba allí sentada junto a ella en camisón, con el lazo de raso bordeándole el escote, aquel pensamiento me pareció absurdo. Me recordó a Ruselina. Emanaba el mismo tipo de energía y la misma fragilidad. Pero puede que el único motivo por el que sabía que era frágil fuera porque había visto su habitación secreta.

Betty formó una espiral de humo en el aire.

– Las palabras pueden matarte -dijo-. Lo sé por experiencia. Era la sexta en una familia de ocho. La única chica. Mi padre no tenía reparos en decirme continuamente lo inútil que él pensaba que yo era, y que no me merecía la comida que él me ponía en el plato.

Me estremecí. No me podía imaginar qué tipo de padre podría decirle una cosa así a su hija.

– ¡Betty! -exclamé.

Sacudió la cabeza.

– Cuando cumplí trece años, supe que tenía que marcharme si no quería permitirle que matara lo poco que me quedaba dentro.

– Fuiste valiente -le dije- al tomar la decisión de marcharte.

Apagó el cigarrillo, y ambas nos quedamos en silencio, escuchando el sonido de un coche que arrancaba en la calle y el repiqueteo lejano de la música nocturna de la avenida.

Después de un rato, Betty dijo:

– Formé mi propia familia porque la que me había tocado por sangre no era buena. Tom y yo no teníamos demasiado al principio, pero ¡madre mía, cómo nos reíamos! Y cuando llegaron los chicos… Sí, éramos felices.

Le tembló la voz y cogió otro cigarrillo del paquete que reposaba en el brazo de la silla. Pensé en la habitación. En cómo había guardado con cariño las cosas que pertenecieron a sus hijos.

– Rose nos dijo que perdiste a tus hijos en la guerra -le dije.

Me sorprendí a mí misma diciendo en alto aquellas palabras. En Tubabao, jamás le habría preguntado a nadie por su pasado. Pero entonces sufría tanto que no habría podido soportar el sufrimiento de nadie más. De repente, sentí el impulso de hacerle entender a Betty que comprendía su angustia porque yo también la sentía.

Betty apretó los puños sobre el regazo.

– Charlie, en Singapur, y Jack, un mes después. Aquello le partió el corazón a Tom, después ya no se reía tanto. Y entonces, él también se fue.

Me oprimió de nuevo el mismo sentimiento de dolor que me había abrumado cuando entré en la habitación de sus hijos. Alargué el brazo y le toqué el hombro a Betty. Para mi sorpresa, me cogió la mano y la sostuvo entre las suyas. Eran manos huesudas, pero cálidas. Sus ojos estaban secos, pero le temblaba la boca.

– Eres joven, Anya, pero ya sabes de lo que estoy hablando -me dijo-. Aquellas chicas de la cafetería de hoy también eran jóvenes, pero no saben absolutamente nada. Yo sacrifiqué a mis hijos para salvar este país.

Me deslicé de la silla al suelo y me arrodillé frente a ella. Yo sí entendía su pesar. Me imaginé que, igual que yo, tenía miedo de cerrar los ojos por las noches y enfrentarse a los sueños, y que, incluso cuando se encontraba entre amigos, se encerraba en su propio mundo. Pero no podía imaginar la magnitud de lo que suponía la pérdida de un hijo, y menos de dos. Betty era fuerte, noté la esencia de su energía latiendo a través de su cuerpo, pero, al mismo tiempo, sabía que si la presionaban demasiado, se derrumbaría.

– Estoy orgullosa -sentenció-. Orgullosa de que, gracias a jóvenes como mis hijos, este país todavía sea libre, y los jóvenes como tú tengáis la posibilidad de venir y empezar una nueva vida aquí. Quiero hacer todo lo posible por ayudaros. No dejaré que os insulten.

Las lágrimas me escocieron en los ojos.

– ¡Betty!

– Vitaly, Irina y tú -declaró- ahora sois mis hijos.

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