La questura y los pensamientos acerca del muerto al que no había conocido acompañaron a Brunetti camino de su casa a la hora de la cena. Paola advirtió esta compañía cuando su marido no alabó -ni terminó- la coda di rospo con scampi y tomate y se fue a la sala a leer dejando en la botella una tercera parte de Graminé.
Llevó mucho tiempo fregar los platos y, cuando Paola salió de la cocina, lo encontró frente a la puerta vidriera de la terraza, mirando en dirección al ángel del campanile de San Marcos, visible hacia el Sureste. Ella dejó el café en la mesita frente al sofá.
– ¿Tomarás grappa con el café, Guido?
Él movió la cabeza negativamente sin decir nada. Paola se puso a su lado y, como él no le rodeara los hombros con el brazo, le dio un pequeño empujón con la cadera.
– ¿Qué ocurre? -preguntó.
– No me parece bien meterte en esto -dijo él finalmente.
Ella dio media vuelta, fue hacia el sofá, se sentó y tomó un sorbo de café.
– Podía haberme negado.
– Pero no te negaste -dijo él, y se sentó a su lado.
– ¿De qué se trata?
– Ese hombre asesinado en Tessera.
– Eso ya lo leí en los periódicos, Guido.
Brunetti levantó la taza de café.
– ¿Sabes una cosa? -dijo después del primer sorbo-. Quizá sí que tome una grappa. ¿Queda algo de Gaja? ¿Barolo?
– Sí -respondió ella acomodándose en el sofá-. ¿Querrás traer un vaso para mí?
Brunetti no tardó en volver con la botella y dos vasos y, mientras bebían, relató la mayor parte de lo que Guarino le había dicho y terminó explicando el porqué del envío de la foto al correo de Paola al día siguiente. También trató de analizar sus contradictorios sentimientos acerca de su intervención en la investigación de Guarino. No era asunto suyo, era competencia de los carabinieri. Quizá le halagaba que le hubieran pedido ayuda, por una vanidad que no difería de la de Patta cuando se autotitulaba «persona al frente». O quizá era el afán de demostrar que él era capaz de hacer lo que no podían conseguir los carabinieri.
– Disponer de una foto no facilitará a la signorina Elettra la tarea de encontrarlo -reconoció-. Pero quería forzar a Guarino a hacer algo, aunque no fuera más que para obligarle a reconocer que me había mentido.
– O que se había reservado información -matizó Paola.
– De acuerdo, si insistes -admitió Brunetti sonriendo.
– ¿Y él quiere que le ayudes a descubrir si alguien que vive cerca de San Marcuola es capaz de… de qué?
– De cometer un crimen con violencia, supongo. Quizá Guarino piense que el hombre de la foto es el asesino. O, por lo menos, que está complicado en el asesinato.
– ¿Lo piensas tú?
– No sé lo suficiente como para pensar algo. Sólo sé que este hombre encargaba a Ranzato transportes ilegales, que viste bien y que se citó con alguien en la parada de San Marcuola.
– ¿No has dicho que vivía allí?
– No exactamente.
Paola cerró los ojos haciendo alarde de paciencia y dijo:
– Nunca sé si eso quiere decir sí o no.
Brunetti sonrió.
– En este caso, quiere decir que lo supuse.
– ¿Por qué?
– Porque él quedó en encontrarse con alguien allí una noche, y lo que hacemos cuando alguien viene a la ciudad es esperarlo en el embarcadero que está cerca de donde vivimos.
– Sí -dijo Paola, y añadió-: Profesor.
– Déjate de burlas, Paola. Es evidente.
Ella se inclinó y asiéndolo de la barbilla con el índice y el pulgar le hizo volver la cara con delicadeza.
– También es evidente que las opiniones acerca de si una persona viste bien pueden diferir.
– ¿Qué? -preguntó Brunetti, interrumpiendo el movimiento de su brazo hacia la botella de grappa-. No sé a qué te refieres. Además, también dijo que la forma de vestir del hombre era ostentosa, aunque no sé qué significa eso exactamente.
Paola estudiaba la cara de su marido como si fuera la de un desconocido.
– Lo que consideramos «ostentoso» o «vestir bien» depende de cómo vestimos nosotros, ¿no te parece?
– Sigo sin comprender -dijo Brunetti levantando la botella.
Paola rechazó con un ademán su ofrecimiento de más grappa y dijo:
– ¿Te acuerdas de aquel caso, hará unos diez años, en el que, durante una semana, tenías que ir cada noche a Favaro para interrogar a un testigo?
Él hizo memoria, recordó el caso, la infinidad de mentiras y el fracaso final.
– Sí.
– ¿Recuerdas que, al regreso, los carabinieri te dejaban en Piazzale Roma, y allí tomabas el Uno hasta casa?
– Sí -respondió él, preguntándose adonde querría ir a parar su mujer. ¿Sugería que también este caso empezaba a oler a fracaso, tal como intuía él mismo?
– ¿Y te acuerdas de la gente que me decías que veías todas las noches en el vaporetto? Tipos de pinta sospechosa con rubias chabacanas. Ellos, con chupa de cuero; y ellas, con minifalda también de cuero.
– ¡Ay, Dios! -exclamó Brunetti dándose en la frente una palmada tan fuerte que lo lanzó hacia el respaldo del sofá-. «Los que tienen ojos y no ven» -dijo.
– Guido, haz el favor, no empieces ahora tú a citar la Biblia.
– Perdona. Ha sido la impresión -dijo él sonriendo de oreja a oreja-. Eres un genio. Pero eso hace años que lo sé. Pues claro, pues claro. El Casino. Naturalmente: se encontraban en San Marcuola para ir al Casino. Un genio, un genio.
Paola levantó una mano en ademán de modestia, falsa, evidentemente.
– Guido, es sólo una posibilidad.
– Sí; sólo una posibilidad -convino Brunetti-. Pero tiene sentido y, por lo menos, me da ocasión de hacer algo.
– ¿Hacer algo?
– Sí.
– ¿Como, por ejemplo, ir al Casino tú y yo?
– ¿Tú y yo?
– Sí.
– ¿Por qué tú y yo?
Paola levantó el vaso y él le sirvió otra dosis de grappa. Ella tomó un sorbo, asintió con un gesto de aprobación tan vigoroso como había sido el de él y dijo:
– Porque, en el Casino, nada llama tanto la atención como un hombre solo.
Brunetti fue a protestar, pero ella atajó su oposición levantando el vaso entre ambos.
– No puedes estar todo el rato paseándote y mirando a los de las mesas sin jugar. ¿Qué mejor manera de hacer que la gente se fije en ti? Y, si empiezas a jugar, ¿qué harás? ¿Dedicar la noche a perder el apartamento? -al ver que la cara de él empezaba a relajarse, preguntó-: No pretenderás que la signorina Elettra cargue eso en la cuenta de material de oficina, ¿verdad?
– Supongo que no -admitió Brunetti, en patente claudicación.
– Hablo en serio, Guido -dijo ella dejando el vaso en la mesa-. Allí dentro tienes que aparentar naturalidad y, si vas solo, parecerás un policía que merodea o, en cualquier caso, un individuo que merodea. Pero, si vas conmigo, por lo menos podremos charlar y reír y fingir que lo pasamos bien.
– ¿Quiere eso decir que no vamos a pasarlo bien?
– ¿Podrías pasarlo bien viendo a la gente perder dinero en el juego?
– No todos pierden -dijo él.
– Ni todo el que salta desde un tejado se rompe una pierna -repuso ella.
– ¿Qué quieres decir?
– Quiero decir que el Casino gana dinero y, si lo gana, es porque la gente lo pierde. En el juego. Quizá no pierdan todas las noches, pero siempre acaban perdiendo.
Brunetti pensó en tomar otro vasito de grappa pero dominó la tentación y dijo:
– De acuerdo. Pero, aun así, ¿podemos pasarlo bien?
– Eso lo veremos mañana por la noche -respondió ella.
Brunetti había decidido confiar en la suerte y esperar a que alguien del Casino reconociera o recordara al hombre de la foto que Paola había traído de la universidad. De todos modos, quizá Fortuna no fuera la divinidad más indicada a la que invocar en este lugar, del que sin duda recibiría peticiones más perentorias. También comprendía que, aunque descubriera la identidad del joven, o aunque lo encontrara en persona, lo único que podría hacer, quizá, después de comprobar si tenía antecedentes, sería pasar la información a Guarino. Ni aun con un gobierno de derechas era delito tomar una foto.
Por más que Brunetti se recordaba a sí mismo que era un ciudadano particular que había venido al Casino en compañía de su señora esposa, comprendía que no era probable que pasara inadvertido, por ser el policía que, durante los últimos años, había practicado dos investigaciones en el local.
Nada más entrar, el recepcionista lo reconoció, pero, al parecer, la entidad no le guardaba rencor, y le brindó recibimiento de VIP. Él rechazó las fichas de obsequio que le ofrecían y adquirió otras por valor de cincuenta euros, de las que dio a Paola la mitad.
Hacía años que no venía; por lo menos, desde la última vez que había arrestado al director. El lugar no había cambiado mucho: reconoció a algunos crupiers, dos de los cuales también habían sido arrestados aquella última vez, acusados de haber organizado el sistema por el cual se había estafado al Casino una suma que nadie había podido calcular y que podía ascender a cientos de miles o, quizá, millones de euros. Acusados, convictos y sentenciados, habían vuelto a sus puestos de crupiers, cual funcionarios que tuvieran la plaza en propiedad. A pesar de la compañía de Paola, Brunetti ya barruntaba que no iba a pasarlo bien.
Fueron hacia las mesas de la ruleta, lo único a lo que Brunetti se creía capaz de jugar, ya que no había que contar cartas ni calcular probabilidades. Apostar. Ganar. Perder.
Al acercarse, observó a las personas agrupadas alrededor de una de las mesas, buscando la cara que había visto sólo en tres cuartos de perfil. No era muy buena la foto recibida aquella mañana, sin indicación de cuándo, dónde ni por quién había sido tomada.
Quizá, con un telefonino. En ella aparecía un hombre de poco más de treinta años. Estaba de pie, junto a la barra de un bar, hablando con alguien que había quedado fuera de la foto. Tenía el cabello oscuro, castaño o negro: la imagen no estaba bien definida. Sólo era visible un pómulo y una ceja entera, de ángulo muy pronunciado, ceja de personaje de dibujos animados. No se podía apreciar la estatura, pero la complexión era mediana. Tampoco se distinguía la calidad de la indumentaria: traje oscuro, camisa clara y corbata.
Brunetti y Paola se quedaron unos minutos en la parte exterior del corro de personas atraídas por la magia de la rueda, escuchando el clic, clic, clic que hacía la bola al girar, el chasquido seco con que caía en la casilla, y luego el silencio: la pérdida se encajaba sin un suspiro y la ganancia se recibía con impasibilidad. Qué falta de entusiasmo, pensó Brunetti. Debía de considerarse una ordinariez demostrar alegría.
Varios perdedores desaparecieron de la mesa, arrastrados por la marea implacable del juego y otros ocuparon sus puestos, entre ellos, Brunetti y Paola. Brunetti puso una ficha en la mesa, sin mirar dónde y esperó, observando las caras del otro lado, todas, vueltas hacia el crupier y, tan pronto como éste arrojó la bola, hacia la ruleta.
Paola, a su lado, le oprimió el brazo cuando la bola cayó en el número siete y su ficha desapareció, con otras muchas, por la ranura del olvido. Ella estaba tan compungida como si su marido hubiera perdido diez mil euros en lugar de diez. Se quedaron varias jugadas más, hasta que los hizo marchar el bovino empuje de los que estaban detrás, aguijoneados por la expectativa de perder.
Deambularon hacia otra mesa y estuvieron un cuarto de hora en la periferia, observando el flujo y reflujo de jugadores. Brunetti se fijó en un joven -no sería mucho mayor que Raffi- que estaba justo enfrente, al otro lado de la mesa. Cada vez que el crupier anunciaba las últimas apuestas, él ponía una pila de fichas en el número doce, y cada vez se las llevaba la raqueta.
Brunetti estudiaba su rostro, joven y terso. Los labios, gruesos y lustrosos, recordaban los de uno de los agrestes santos de Caravaggio, pero los ojos, sin un reflejo ni siquiera de decepción por las reiteradas pérdidas, eran distantes y opacos como los de una estatua. Ojos que ni se dignaban mirar el montón de fichas, que él distribuía de manera aleatoria -roja, amarilla, azul, como si la cuantía de la apuesta fuera lo de menos- aunque en pilas de altura similar, unas diez, ficha más o menos.
El chico perdía una y otra vez y, cuando liquidó las fichas que tenía delante, sacó un puñado del bolsillo de la chaqueta, que distribuyó al azar, sin mirarlas.
A Brunetti se le ocurrió de pronto que el chico podía ser ciego y que jugaba guiándose por el tacto y el sonido. Siguió observándolo, atento a esta posibilidad, hasta que el chico le lanzó una mirada tan cargada de hostilidad que Brunetti no pudo menos que desviar la suya, como si hubiera sorprendido a alguien cometiendo un acto obsceno.
– Vamonos de aquí -oyó decir a Paola, y sintió en el codo la presión de su mano que tiraba de él sin delicadeza hacia el espacio abierto de entre las mesas-. No soportaba ver a ese chico -añadió, poniendo voz a lo que él estaba pensando.
– Ven -dijo él-, te invito a una copa.
– Qué espléndido -exclamó ella, pero se dejó llevar al bar, donde Brunetti la convenció para que tomara un whisky, licor que ella bebía muy raramente y nunca le gustaba. Él le puso en la mano un vaso cuadrado, brindó y la observó tomar el primer sorbo. Ella frunció los labios en una mueca, quizá un tanto melodramática, y dijo:
– No sé por qué consiento en que me hagas beber esta cosa.
– Si la memoria no me falla, hace diecinueve años que dices eso, desde la primera vez que fuimos a Londres.
– Y tú sigues tratando de convertirme -respondió ella tomando otro sorbo.
– Bien bebes grappa, ¿no? -preguntó él con suavidad.
– Sí, pero la grappa me gusta. Mientras que esto -dijo ella alzando el vaso-, esto me sabe a aguarrás.
Brunetti apuró su whisky y puso el vaso en el mostrador, pidió una grappa di moscato y tomó el vaso de Paola.
Si él esperaba que su mujer pusiera objeciones, ella lo defraudó diciendo:
– Gracias. -Tomó el vasito que le había servido el barman y, volviéndose hacia la sala que acababan de abandonar, dijo-: Es deprimente verlos ahí. Dante escribe acerca de almas como ésas. -Tomó un sorbo de grappa y preguntó-: ¿Son más divertidos los burdeles?
Brunetti se atragantó, escupió el whisky en el vaso, que dejó en el mostrador, sacó el pañuelo y se enjugó los labios.
– ¿Qué dices?
– En serio, Guido -insistió ella amigablemente-. Nunca he estado en uno y me gustaría saber si por lo menos alguien consigue divertirse allí.
– ¿Y me lo preguntas a mí? -dijo él, sin saber qué tono adoptar y optando por una jocosa indignación.
Paola no dijo nada y tomó otro sorbo de grappa, y al fin Brunetti dijo:
– He estado en dos, no, tres. -Hizo una seña al barman y, cuando éste se acercó, empujó el vaso de whisky hacia él y pidió otro. Cuando le fue servido, prosiguió-: La primera vez yo estaba trabajando en Nápoles. Tenía que arrestar al hijo de la madame, que vivía allí mientras estudiaba en la universidad.
– ¿Qué estudiaba? -preguntó ella, tal como él esperaba.
– Administración de Empresas.
– Lógico -sonrió ella-. ¿Y se divertía alguien?
– En aquel momento, no se me ocurrió planteármelo. Fui con tres hombres y lo arrestamos.
– ¿Por qué?
– Por homicidio.
– ¿Y las otras veces?
– Una, en Udine. Tenía que interrogar a una de las mujeres que trabajaban allí.
– ¿Fuiste en horario de trabajo? -preguntó ella, sugiriendo la imagen de unas mujeres que entraban, fichaban, sacaban medias de malla y zapatos de tacón de las taquillas, hacían pausas para el café y se sentaban a una mesa, a fumar, charlar y tomar un tentempié.
– Sí -respondió él, como si las tres de la mañana fuera hora de trabajo normal.
– ¿Alguien se divertía?
– Seguramente, ya era tarde. Casi todo el mundo dormía.
– ¿También la mujer a la que ibas a interrogar?
– Resultó que nos habíamos equivocado de persona.
– ¿Y la tercera vez?
– Fue en Pordenone -respondió él con voz distante-. Pero alguien les avisó y cuando llegamos la casa estaba vacía.
– Ah -suspiró ella-. Con lo que me habría gustado saberlo.
– Siento no poder complacerte.
Ella dejó el vaso vacío en el mostrador y se alzó sobre las puntas de los pies para darle un beso en la mejilla.
– Me alegro de que no puedas -dijo, y añadió-: ¿Quieres que entremos a perder el resto?