CAPÍTULO 27

Mientras subía la escalera en dirección a su despacho, Brunetti advirtió que el sordo zumbido que estaba oyendo salía de su garganta, y lo acalló con la esperanza de mitigar así la opresión que sentía en la cabeza y el pecho. Pareció que eso lo aliviaba y, cuando llegó al despacho, notó que la rabia había disminuido ya lo suficiente como para permitirle pensar.

El montaje era evidente: llegar con la suficiente artillería, trincar a los hombres y luego confeccionar una explicación plausible. ¿Hay algo más actual que el terrorismo, en estos tiempos? Era probable que los carabinieri que recibieron el aviso no tuvieran ni idea de lo que ocurría, y estuvieran allí, paseándose por el escenario, como los comparsas en una representación de Aida, para dar realce y verosimilitud a un espectáculo que, sin ellos, hubiera resultado pobre y chapucero.

Brunetti rememoró la escena filmada por las cámaras: los coches azules no tenían distintivos y los hombres de pasamontañas no llevaban insignias en el uniforme. Invocando pasados favores, probablemente, conseguiría que le permitiesen ver el informe de los carabinieri acerca del incidente, pero no era seguro que mencionara la identidad de los enmascarados, ni que especificara qué cuerpo había sido el primero en entrar en el apartamento.

Trató de recordar el aspecto de la habitación en la que habían sido fotografiados los dos hombres, porque de pronto se le ocurrió que también podían haber sido ejecutados en otro sitio. Las figuras de las camillas eran sólo bultos, y nada más fácil que verter sangre en el suelo, en cualquier suelo. Aquí se contuvo al darse cuenta de que estaba entrando en el terreno de la paranoia. Al fin y al cabo, una vez localizados los hombres, lo más fácil habría sido seguirlos hasta su escondite. Esto requería menos tramoya que la otra posibilidad. Además, únicamente los que habían asaltado el apartamento habían de saber lo ocurrido allí.

En el despacho, Brunetti se acercó al deteriorado armario de la pared del fondo y bajó la caja metálica en la que guardaba su arma de reglamento. La puso en la mesa, la abrió con la llave y sacó la cabeza de madera envuelta en el paño.

La desenvolvió y la puso en la mesa, erguida, pero las astillas del cuello impedían que se sostuviera y rodó de lado. Él la tomó en su mano y la observó atentamente. Aunque aquel rostro no mostraba ni asomo de sonrisa, irradiaba una sensación de paz y serenidad. La luz se reflejaba en su pulida superficie. Brunetti rozó con el dedo la marca grabada en la frente, resiguiendo su ininterrumpido zigzag hasta volver al punto de partida.

– Chokwe -dijo Brunetti, tratando de pronunciar la palabra igual que la profesora Winter.

Al cabo de un rato, envolvió de nuevo la cabeza en el paño, la puso en la caja y guardó la caja en el estante de arriba del armario. Luego se fue a casa.

Durante dos días, Brunetti ni habló del caso ni se permitió pensar en él a nivel consciente. Sus colegas lo veían abstraído, pero no prestaban mucha atención a su actitud.

La mañana del tercer día, sábado, su suegro lo llamó a su casa lo bastante temprano como para despertarlo.

– Guido, ¿ya has salido a comprar los periódicos? -preguntó el conde, de entrada.

– No -contestó un adormilado Brunetti.

– Pues ve enseguida. Compra II Sole 24 Ore y mira el suelto al pie de la página once. Quizá te dé la respuesta a ciertas preguntas. -Antes de que Brunetti pudiera pedir una explicación, el conde ya había cortado.

Dejando a Paola inerte bajo las mantas, Brunetti se levantó e hizo lo que le había dicho su suegro. Al volver del quiosco, entró a comprar pastas para casa. Las dejó en la encimera de la cocina y preparó café, demorando deliberadamente el momento de abrir el diario y leer lo que el conde quería que supiera. Hecho el café, se sentó a la mesa, miró los negros titulares sobre el fondo naranja y buscó la página once.

Entre los anuncios de la parte inferior, había dos artículos a una columna, de unos quince centímetros cada uno. El titular del primero rezaba: UBS DESPIDE A SEISCIENTOS EMPLEADOS POR EL PLAN DE REESTRUCTURACIÓN. No se molestó en seguir leyendo.

El segundo titular decía: CONSORCIO MILANÉS ONTRATA DERECHOS DE EXPLOTACIÓN DE MINERALES EN ÁFRICA. Brunetti dejó la taza en la mesa y se acercó el diario. El artículo decía que un grupo de empresas milanesas dedicadas a la prospección de yacimientos minerales y petrolíferos había firmado con el Gobierno de Angola un contrato de diez años que les otorgaba derechos exclusivos de exploración y explotación de «productos y materiales extractivos» en la zona oriental de la antigua colonia portuguesa de Angola. El acuerdo, explicaba el artículo, había sido posible gracias a las recientes victorias conseguidas por las fuerzas gubernamentales en la guerra civil que desde hacía años libraban contra los insurgentes de las tribus chokwe y luanda. Era de esperar que la desaparición del líder del movimiento rebelde, muerto presuntamente durante los últimos combates, contribuiría al restablecimiento de la paz en una región que durante más de una década había sido escenario de las matanzas perpetradas por los rebeldes.

Giorgio Mufatti, primer vicepresidente del conglomerado, había manifestado en una entrevista que el contrato crearía por lo menos quinientos puestos de trabajo para empleados europeos de las empresas a las que se adjudicaran los contratos y más del doble para la población local. «Esos puestos de trabajo contribuirán a llevar la paz a aquella nación devastada por la guerra», dijo Mufatti.

El dottor Mufatti agradecía la ayuda y el impulso que había dado al proyecto el Ministerio de Asuntos Exteriores, cuyo «apoyo al Gobierno legítimo de Angola ha sido esencial para la obtención de este contrato para la industria italiana».

Aún no se conocían los detalles del convenio, pero era de prever que la exploración empezara al término de las lluvias de primavera.

Brunetti levantó la mirada hacia Paola, que entraba en la cocina, aún ebria de sueño. Ella se frotó la cara con las manos y lo miró.

– ¿Ha sonado el teléfono esta mañana? -preguntó yendo hacia el fregadero para hacer más café.

– Sí -dijo él.

– ¿Quién era?

– Oh, nadie, uno que se equivocaba de número.

Moviéndose como un autómata, ella llenó de agua el recipiente, puso el café y ajustó la parte superior de la cafetera. Mientras su mujer andaba por la cocina, Brunetti dobló el periódico, lo puso a un lado y abrió el Gazzettino. Ella se acercó por detrás y apoyó los codos en los hombros de él.

– ¿Por qué has madrugado tanto?

– No sé. No podía dormir.

Ella vio el paquete de la encimera, se acercó y lo abrió.

– Guido, eres un santo.

El café acabó de pasar y ella lo echó en una taza, añadió leche caliente de la que él había dejado detrás del fogón, fue a la mesa y se sentó a su lado.

Tomó un sorbo de café, luego otro y preguntó:

– ¿Quién ha llamado?

– Tu padre -respondió él preguntándose por qué, al cabo de tantos años, todavía era tan mal embustero.

– ¿Por qué, tan temprano?

– Para darme información sobre el africano.

– Ah. ¿Y te ha sido útil?

– Creo que sí.

– ¿Para qué?

– Para descubrir quién era y por qué lo mataron.

Ella tomó otro sorbo.

– ¿Y qué más? -preguntó.

– Pues que Patta tenía razón. No hay nada que hacer.

– ¿Nada? -preguntó ella con sincera sorpresa.

Él movió la cabeza negativamente.

Al cabo de un rato, Paola preguntó:

– ¿Y los diamantes?

La pregunta sorprendió a Brunetti, que se había olvidado de ellos por completo.

– En un banco -dijo.

– Eso ya me lo figuro. Pero, ¿qué harás con ellos?

Él levantó la taza y la encontró vacía, pero le dio pereza hacer más café. El hombre que había traído las piedras había muerto y, al parecer, la causa para la que debían servir había fracasado. Los diamantes estaban en un banco, inertes, sin valor real, y no lo tendrían hasta que alguien se lo diera.

– No sé.

– ¿Qué quieres hacer?

– ¿Te refieres a los diamantes?

– No; me refiero a hoy.

Al oírla, Brunetti descubrió que, a pesar de que hacía una hora había ido hasta Sant'Aponal, no se había fijado en qué tiempo hacía. Miró por la ventana y, al divisar las montañas a lo lejos, comprendió que el día era despejado.

– Me gustaría bajar hasta Sant'Elena, cruzar al Lido y pasear por la playa -dijo.

– ¿Rito de purificación? -preguntó ella con su primera sonrisa.

Él se encogió de hombros. Estuvieron un rato en silencio hasta que Brunetti dijo:

– Si Claudio los vendiera, don Alvise podría encargarse de que el dinero fuera a parar a la gente que necesita ayuda.

– Mejor eso que dejarlos en el banco -dijo Paola.

– Y también mejor que el fin al que estaban destinados -terminó Brunetti, pero enseguida añadió-: O eso creo.

De pronto, se sintió más animado y se levantó para hacer más café. Se detuvo frente a la ventana y miró otra vez las lejanas montañas, ahora cubiertas por la nieve, puras, altivas, ajenas a las miserias y las ansias de los humanos.

– Esperaré a que te vistas -dijo-. Y luego iremos a dar un paseo.

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