De repente se dio cuenta de lo que tal vez ya supiera, pero hasta entonces no había querido nunca creer. Como quien lleva tiempo advirtiendo los síntomas inconfundibles de un mal horrendo, pero se empeña en interpretarlos de modo que pueda continuar su vida como antes. Ahora bien, llega un momento en que, por la violencia del dolor, se rinde y la verdad se le aparece delante, nítida y atroz, y entonces toda la vida cambia repentinamente y las cosas más queridas se alejan y se vuelven extrañas, vacuas y repulsivas. En vano busca el hombre en derredor algo a lo que aferrarse para abrigar esperanzas: está completamente desarmado y solo, nada existe, aparte de la enfermedad que lo devora; en eso estriba, si acaso, su única escapatoria: lograr liberarse o soportarla al menos, mantenerla a raya, resistir hasta que la infección, con el tiempo, consume su furia. Pero desde el instante de la revelación se siente arrastrar hacia una obscuridad nunca imaginada, salvo por los otros, y de hora en hora se va desplomando.
El 3 de abril hacia las cinco. Iba en el coche por la plaza de la Scala y quería internarse por Via Verdi, pero el semáforo estaba en rojo, con coches apiñados en derredor y peatones que pasaban, con el sol aún alto, un día bellísimo, y, entretanto, imaginó a Laide al borde del circuito de Módena, adonde decía que iba a posar para fotografías de moda. Estaba allí, feliz de haber sido admitida en aquel mundo excepcional del que tanto hablaban los periódicos con términos como de fábula, estaba allí, bromeaba con dos jóvenes probadores de coche vestidos con bata blanca, tipos fascinantes, símbolos encarnados de la virilidad moderna, y uno de ellos le hacía la corte y le preguntaba, estúpidamente, por qué no hacía cine, alguien como ella habría de tener un gran éxito; el otro, en cambio, callaba, era un muchacho más achaparrado, muy moreno, de cara cuadrada y dura, callaba y sólo de vez en cuando esbozaba una sonrisa, porque poco después, en cuanto se pusiera el sol y la pista quedara desierta, él se llevaría a aquella jovencita desenvuelta a su habitación amueblada. Ya el día antes ella no había puesto la menor dificultad, como si fuera la cosa más natural del mundo, a él le había asombrado incluso que una modelo como ella fuese tan fácil y, además, gratis -se encendió el verde del semáforo y Dorigo tuvo un sobresalto por el bocinazo del clásico imbécil detrás de él-: con tíos así se divertía Laide, seguro, y se iba con ellos entusiasmada, sin pedir un céntimo, no había que excluir incluso que fuera ella la que les hiciese algún regalito precisamente para demostrar que era una chica decente, deportiva y desinteresada; en suministrarle pasta debían pensar los señores de edad de la casa de Ermelina, pero con ésos era cosa muy distinta, con ésos se trataba de trabajo y no es que ella hiciese un gran sacrificio, porque en general eran, por fortuna, personas educadas, de aspecto decente y muy limpias, pero, desde luego, el amor no tenía nada que ver y había que excluir cualquier satisfacción carnal.
Dios mío, ¿era posible que no consiguiera pensar en otra cosa? Tenía la mente fija en eso, siempre el mismo asunto angustioso, y a la altura del palacio de Brera fue presa del desaliento, porque en aquel preciso instante comprendió que era completamente desdichado sin posibilidad alguna de remedio, algo absurdo e idiota y, sin embargo, tan verdadero e intenso, que ya no encontraba sosiego.
Entonces se dio cuenta de que, por mucho que él intentara rebelarse, el pensamiento de ella lo perseguía en todo instante milimétrico de la jornada: toda cosa, persona, situación, lectura, recuerdo volvía a orientarlo de forma fulminante hacia ella a través de referencias tortuosas y malévolas. Era como un ardor interno en la boca del estómago, que subía hacia el esternón, una tensión inmóvil y dolorosa de todo el ser, como cuando de un momento a otro puede suceder algo espantoso y permanecemos arqueados con el espasmo, la angustia, el ansia, la humillación, la necesidad desesperada, la debilidad, el deseo, la enfermedad, mezclados todos juntos formando un bloque, un sufrimiento total y compacto. Y comprender que se trataba de un asunto ridículo, insensato y ruinoso, de la clásica trampa en la que caían los paletos de provincias, que cualquiera lo habría considerado un imbécil y, por esa razón, de nadie podía esperar consuelo, ayuda ni piedad: el consuelo y la ayuda sólo podían proceder de ella, pero a ella la traía sin cuidado, no por maldad o gusto de hacer sufrir, sino porque para ella él era un cliente cualquiera; por lo demás, ¿cómo iba a saber Laide que Antonio estaba enamorado? No podía pasársele siquiera por la cabeza, un hombre de un ambiente tan distinto, un hombre de casi cincuenta años. ¿Y los otros? ¿Su madre? ¿Los amigos? ¡Ay, si lo hubieran sabido! Y, sin embargo, también con cincuenta años se puede ser como un niño, igual de débil, aturdido y asustado como un niño que se ha perdido en la obscuridad de la selva. La inquietud, la sed, el miedo, el desconcierto, los celos, la impaciencia, la desesperación: ¡el amor!
Preso de un amor falso y errado, su cerebro ya no era suyo: Laide había entrado en él y lo sorbía. En cualquier meandro, hasta el más recóndito, del cerebro, en cualquier recóndita guarida y subterráneo en el que él intentaba esconderse para tener un momento de respiro, allí, en el fondo, la encontraba siempre a ella, que ni siquiera lo miraba, que ni siquiera advertía su presencia, que se reía, socarrona, del brazo de un joven, que se entregaba a bailes desvergonzados, manoseada en todas las partes del cuerpo por su pareja lasciva y maliciosa, que se desnudaba ante los ojos del contable Fumaroli a quien había conocido un minuto antes. ¡Maldición! Siempre ella, instalada salvajemente en su cerebro, que desde su cerebro miraba a otros, telefoneaba a otros, ligaba con otros y hacía el amor con otros, entraba y salía, partía siempre con una agitación frenética para sus numerosos asuntos particulares y tráficos misteriosos.
Y todo lo que no era ella, lo que no le incumbía a ella, todo el resto del mundo -el trabajo, el arte, la familia, los amigos, las montañas, las otras imágenes, millares y millares de otras mujeres bellísimas, mucho más bellas y sensuales incluso que ella- le importaba un comino, podían irse enteramente al diablo, a aquel sufrimiento insoportable sólo ella, Laide, podía poner remedio y no era necesario siquiera que se dejara poseer o fuese particularmente amable: bastaba con que estuviera con él, a su lado, y le hablara y, aun a regañadientes, se viese obligada a tener en cuenta que él, al menos por unos minutos, existía; sólo en esas brevísimas pausas que se producían de vez en cuando y duraban un instante encontraba él la paz. Cesaba aquel fuego a la altura del esternón y Antonio volvía a ser él mismo, sus intereses vitales y profesionales volvían a tener sentido, los mundos poéticos a los que había dedicado su vida volvían a brillar con sus antiguos encantos y un alivio indescriptible se esparcía por todo su ser. Sabía, cierto es, que al cabo de poco ella se marcharía y casi al instante lo atraparía la desdicha, sabía que después sería peor aún, pero no importaba, la sensación de liberación era tan total y maravillosa, que de momento no pensaba en nada más.
Y no es que Laide le brindara voluptuosidades especiales. Al contrario, después de la primera vez había ido en disminución. Sólo la primera vez, sin excederse en virtuosismos, se había esmerado de verdad. Ahora se mostraba más que nada pasiva, como si intuyese que ya no era necesario, que total, él siempre la preferiría a sus demás colegas. Y un día que se había atrevido a decirle: «Pero, Dios mío, te quedas ahí como un poste: es que no quieres hacer nada, la verdad», ella había respondido: «Pero si es el hombre el que debe perseguir a la mujer y no al revés».
Había oído hablar con frecuencia de hombres, la mayoría de edad avanzada, que se volvían esclavos de una mujer, porque sólo ella sabía procurarles el placer y las otras no: como un hechizo sexual.
Desde el principio se había preguntado si estaría sucediéndole algo así. Por desgracia, comprendió que su caso era completamente distinto y más grave con mucho. Si se hubiera tratado sólo de un vínculo sexual, no habría habido motivo de inquietud. Todo se habría podido arreglar, con una chica semejante, en una simple relación de dar y tomar.
No. La posesión física a Antonio le importaba relativamente poco. Si, por ejemplo, una enfermedad la hubiera obligado a no hacer nunca más el amor, en el fondo él se habría alegrado.
Se imaginaba, por ejemplo, que Laide hubiera sido atropellada por un tranvía y hubiese perdido una pierna. ¡Qué estupendo habría sido! Ella inválida, separada para siempre del mundo de la prostitución, del baile, de las aventuras, ya no asediada por nadie. Sólo él, Antonio, seguiría adorándola. Tal vez ésa fuera la única posibilidad de que Laide, aunque sólo fuese por gratitud, empezara a quererlo.
No. Él la quería por sí misma, por lo que representaba de hembra, de capricho, juventud, autenticidad popular, picardía, desvergüenza, descaro, libertad, misterio. Era el símbolo de un mundo plebeyo, nocturno, alegre, vicioso, perversamente intrépido y seguro de sí que fermentaba con vida insaciable en torno al tedio y a la respetabilidad de los burgueses. Era lo desconocido, la aventura, la flor de la ciudad antigua que brota en el patio de una vieja casa de mala fama entre los recuerdos, las leyendas, las miserias, los pecados, las sombras y los secretos de Milán, y, aunque muchos hubieran pasado por encima de ella, seguía lozana, delicada y perfumada.
Le habría bastado -pensaba- con que Laide hubiera llegado a ser un poco suya, hubiese vivido un poco para él; la idea de poder entrar como personaje en la existencia de aquella chiquilla y llegar a ser algo importante para ella, aun cuando no fuese lo más importante: ésa era su obsesión. Se habría sentido más orgulloso que si una bellísima y poderosa reina, Marilyn Monroe, hubiera caído de hinojos y loca de amor por él. ¡Una chica de alterne, una de las innumerables jovencitas de vida alegre y a tanto por servicio, una putilla que cualquiera podía gozar!
No era una chaladura carnal, era un hechizo más profundo, como si un nuevo destino, en el que nunca hubiera pensado, lo hubiese llamado a él, Antonio, arrastrándolo progresivamente, con violencia irresistible, hacia un mañana ignoto y tenebroso. Y la situación, considerada desde cualquier punto de vista, no dejaba vislumbrar vía alguna de salida. Sólo podían esperarse rabias, humillaciones, celos y angustias sin fin.
También comprendía que convencerla para que se fuera a vivir con él, ponerle casa, establecer una unión, habría sido una locura. Él se habría cubierto de ridículo: ella, con aquellas costumbres y casi treinta años de edad de diferencia, al cabo de tan sólo una semana, habría empezado a tascar el freno.
Ni siquiera intentar redimirla tenía sentido. Para Laide prostituirse no era un castigo, una esclavitud, un juego deshonroso. Parecía más bien un juego excitante y remunerativo y que no entrañaba un esfuerzo particular. ¿Y las inevitables humillaciones, si, para no desagradar a la alcahueta, se veía obligada a soportar a hombres odiosos y repelentes? Cuando Dorigo había aludido a eso, ella se había apresurado a responder, con un arranque de orgullo:
«Pues yo puedo considerarme afortunada. A mí siempre me han tocado chicos guapos».
«Anda, anda, que alguna vez habrás tenido que ir con viejos acaso sin dientes».
«Te digo que no. Tengo que decir que he sido afortunada. Por lo demás, yo siempre procuro verlos antes. Si no me caen bien, puedes estar seguro de que no voy con ellos».
«¿Y alguna vez te has negado?»
«¡Uff! Nunca ha hecho falta».
Pero lo triste era precisamente esto: mientras que él la amaba de verdad y no se limitaba a desearla, era imposible que ella correspondiese a su amor. Desde luego, Laide lo consideraba ya un viejo. A Laide su personalidad artística, esa fascinación intelectual que a veces causaba sensación en las mujeres de su mundo, le resultaba del todo indiferente. Para que ella lo tuviera en consideración, un hermoso Maserati último modelo contaba mucho más que haber construido el Partenón.
Al mismo tiempo, aunque la posesión física de su cuerpo pasaba a segundo plano, el pensamiento de su cuerpo se volvía una obsesión por culpa de los celos. Así como un enfermo no resiste a la tentación de rozarse continuamente la parte enferma, con lo que renueva y aviva el dolor, así también la imaginación de Dorigo no cesaba de crear escenas hipotéticas, pero verosímiles, con el único resultado de multiplicar su angustia, y perfeccionaba sin piedad los detalles con las minucias más obscenas. La veía entrar en la garçonnière del nuevo cliente, ya mayor, a la que la había enviado la señora Ermelina, y, tras los habituales cumplidos y formalidades, sentarse en las rodillas de él tras haberse alzado las faldas, no tanto para no arrugárselas cuanto para hacerle sentir mejor la carnalidad y el calor de sus muslos y, sonriendo con aquella mueca suya maliciosa, de los labios, sin más preámbulos, mientras una gran mano se le había metido bajo el jersey y ya le palpaba un seno, aplicarle en la boca su boca con un arranque impúdico y entonces él, excitadísimo, llevársela casi en volandas y caer los dos desnudos en la cama, los abrazos, las contorsiones, los besos, el gusto por parte de ella, tal vez, de desencadenar en el hombre la tensión más exacerbada, lo que le parecía un motivo de orgullo para su cuerpo con la esperanza de un regalito extra, y ella ni siquiera sabía cómo se llamaba él ni a qué se dedicaba. Podía ocurrir perfectamente que en toda la vida no volviera a verlo más, pero, entretanto, lo excitaba y lo besaba, solícita, en los puntos más sensibles y se divertía con los estremecimientos espasmódicos del viejo, como una niña que pincha a un sapo por el gusto de verlo saltar. Todo lo que constituye perversión, ludibrio, obscenidad, humillación abyecta para una chiquilla se devanaba en la mente de Dorigo y entonces, aunque estuviera sentado a la mesa de trabajo, se quedaba inmóvil, ausente y horriblemente tenso, con la impresión de que aquella tortura le consumía años y más años de vida. ¿Habría tal vez una obscura complacencia en tan dolorosas fantasías? ¿No servirían por casualidad las perversas conjeturas para volver a Laide cada vez más provocativa, extraña, inalcanzable y, por eso mismo, más digna de deseo y amor?