A la mañana siguiente, llamaron a la puerta una hora antes del momento en que tenía previsto levantarme. Lo oí porque Bob había entrado en mi habitación y había saltado a mi cama, lugar donde se suponía que no debía estar, y se había hecho un hueco detrás de mis rodillas mientras yo dormía de costado. Ronroneaba, y estiré el brazo para rascarle detrás de las orejas. Me gustan los gatos. Pero eso no evita que también me gusten los perros, y sólo el hecho de mis prolongadas ausencias de casa me impide hacerme con un cachorro. Terry Bellefleur me había ofrecido uno, pero había vacilado y al final acabó distribuyendo los cachorros a otra gente. Me preguntaba si a Bob le importaría la compañía de un gatito. ¿Se pondría Amelia celosa si compraba una gata? Sonreí y me acurruqué en la cama.
Pero no me dormí del todo, por eso oí que llamaban.
Murmuré algunas palabras sobre quienquiera que estuviera al otro lado de la puerta, me calcé las zapatillas y me puse mi bata azul de algodón fino. La mañana estaba algo fría, lo que me recordó que a pesar de que los días eran templados y soleados, estábamos ya en octubre. Había fiestas de Halloween en las que hacía demasiado calor para ponerse un jersey, y había otras en las que era imprescindible ponerse un abrigo ligero para celebrarlas.
Miré por la mirilla y vi a una anciana de raza negra con un halo de cabello blanco. No tenía la piel muy oscura y sus facciones eran estrechas y afiladas: nariz, boca y ojos. Llevaba los labios pintados de un tono magenta y vestía un traje pantalón de color amarillo. No parecía ir armada o ser peligrosa. Algo que sólo sirve para demostrar lo engañosas que pueden ser las primeras impresiones. Abrí la puerta.
– Joven, vengo a ver a Amelia Broadway -me informó la mujer con una exquisita pronunciación.
– Pase, por favor -dije, pues era una mujer mayor y me habían educado para respetar a las personas mayores-. Tome asiento. -Le indiqué el sofá-. Subiré a avisar a Amelia.
Me di cuenta de que no se disculpó por haberme sacado de la cama o por presentarse sin previo aviso. Subí las escaleras con la sombría sensación de que a Amelia no iba a gustarle mi mensaje.
Subía tan poco a la planta superior que me sorprendió lo bien que lo tenía todo Amelia. Las habitaciones de arriba tenían un mobiliario muy básico y Amelia había convertido la de la derecha, la más grande, en su dormitorio. La de la izquierda era su sala de estar. Allí tenía el televisor, una butaca y un diván, un pequeño escritorio con su ordenador y un par de plantas. El dormitorio, que creo fue construido por una generación de Stackhouse que había tenido tres chicos seguidos, sólo disponía de un pequeño armario, pero Amelia había comprado por Internet unos percheros con ruedas y los había montado con mucha habilidad. Después había comprado en una subasta un biombo de tres piezas, lo había pintado y lo había dispuesto delante de los percheros para camuflarlos. El luminoso edredón y la vieja mesa que había repintado para convertirla en tocador destacan en contraste con las paredes pintadas de blanco. Y en medio de tanta alegría, había una deprimida bruja.
Amelia estaba sentada en la cama, con su pelo corto enredado.
– ¿Quién está abajo? -me preguntó con voz muy ronca.
– Una mujer mayor de raza negra pero piel clara y rasgos afilados.
– Oh, Dios mío -dijo Amelia casi sin voz, y se derrumbó sobre su docena de cojines-. Es Octavia.
– Pues baja y habla con ella. Yo no puedo entretenerla.
Amelia gruñó pero aceptó lo inevitable. Saltó de la cama y se quitó el camisón. Se puso un sujetador y unas bragas, unos pantalones vaqueros y cogió un jersey de un cajón.
Bajé para decirle a Octavia que Amelia acudiría enseguida. Amelia tendría que pasar por delante de ella para ir al baño, pues sólo había una escalera, pero al menos podía aliviarle el paso.
– ¿Le apetece un café? -pregunté. La mujer estaba ocupada observando la estancia con sus grandes ojos castaños.
– Si tenéis té, me tomaría una taza -dijo Octavia Fant.
– Sí, señora, tenemos -dije, contenta de que Amelia hubiera insistido en comprarlo. No tenía ni idea de qué tipo de té era y esperaba que fuera en bolsitas, pues jamás en mi vida lo había preparado de otra manera.
– Bien -dijo, y eso fue todo.
– Amelia bajará enseguida -dije, tratando de pensar en una forma elegante de añadir: «Y va a tener que pasar corriendo por aquí para hacer un pipí y lavarse los dientes, de modo que simule no verla». Abandoné esa causa perdida y me marché a la cocina.
Cogí el té de Amelia de una de las estanterías que ella tenía asignadas y mientras se calentaba el agua, saqué dos tazas con sus platillos y las puse en una bandeja. Cogí también el azucarero, una jarrita con leche y dos cucharillas. «¡Servilletas!», pensé, deseando tenerlas de tela en lugar de papel. (Así me hacía sentir Octavia Fant, sin utilizar magia alguna). Oí correr el agua en el baño del vestíbulo mientras ponía unas galletas en un plato y lo sumaba al conjunto. No tenía flores, ni ningún jarroncito, que era lo único que creía que podía añadir. Armada con la bandeja, crucé lentamente el vestíbulo en dirección al salón.
Deposité la bandeja en la mesita delante de la señorita Fant. La mujer me lanzó una mirada taladrante y asintió levemente a modo de agradecimiento. Me di cuenta entonces de que no podía leerle la mente. Me había refrenado de hacerlo hasta ahora, esperando el momento en que pudiera hacerlo adecuadamente, pero ella sabía cómo bloquearme. Jamás había conocido un ser humano capaz de eso. Por un segundo me puse casi rabiosa. Entonces recordé quién y qué era, y me largué hacia mi habitación para hacer la cama y visitar mi baño. Pasé por el lado de Amelia cuando crucé el vestíbulo y me lanzó una mirada aterrorizada.
«Lo siento, Amelia», pensé al cerrar decidida la puerta de mi habitación. «Te quedas sola».
No tenía que trabajar hasta la noche, de modo que me vestí con unos vaqueros viejos y una camiseta de Fangtasia («El bar con mordisco»). Pam me la había regalado cuando empezaron a venderlas en el bar. Me calcé unos Crocs y fui la cocina a prepararme un café. Me preparé además unas tostadas y tomé el periódico que había recogido al abrir la puerta. Quité la goma elástica que lo sujetaba y miré la portada. Había habido reunión de la junta directiva del colegio, Wal-Mart había realizado una generosa donación al programa posescolar del Club de Chicos y Chicas y se había aprobado la legislación para reconocer los matrimonios entre vampiros y humanos. Bien, bien. Nadie habría creído que esa propuesta de ley acabaría siendo aceptada.
Abrí el periódico para leer las necrológicas. Primero los fallecidos locales…, nadie conocido, mejor. Luego los fallecidos de la zona… Oh, no.
MARÍA ESTRELLA COOPER, rezaba el titular. Y el texto decía únicamente: «María Estrella Cooper, 25 años, residente en Shreveport, falleció ayer en su casa de forma inesperada. Cooper, fotógrafa, deja con vida a su padre y a su madre, Matthew y Stella Cooper, de Minden, y tres hermanos. El funeral queda pendiente».
Me quedé de repente sin respiración y me derrumbé en el sillón con una sensación de incredulidad total. No es que María Estrella y yo fuéramos muy amigas, pero me caía bien. Además, llevaba meses saliendo con Alcide Herveaux, una figura destacada de la manada de hombres lobo de Shreveport. ¡Pobre Alcide! Su primera novia había sufrido una muerte violenta, y ahora esto.
Sonó el teléfono y di un salto. Lo cogí con una terrible premonición.
– ¿Diga? -respondí con cautela, como si el teléfono fuera a escupirme.
– Sookie -dijo Alcide. Tenía la voz profunda, y ronca ahora por el llanto.
– Lo siento mucho -dije-. Acabo de leer el periódico. -No había más qué decir. Ahora ya sabía por qué me había llamado la noche anterior.
– Ha sido asesinada -dijo Alcide.
– Oh, Dios mío.
– Sookie, esto no ha sido más que el principio. Y como existe la probabilidad de que Furnan ande detrás de ti, quiero que te mantengas alerta.
– Demasiado tarde -dije pasado el instante necesario para absorber tan terrible noticia-. Alguien intentó matarme anoche.
Alcide se alejó del teléfono y aulló. Oír aquello, en pleno día, por teléfono… Incluso así, resultaba amedrentador.
Los problemas en el seno de la manada de Shreveport llevaban ya un tiempo fraguándose. Lo sabía incluso yo, que estaba alejada de las políticas de los hombres lobo. Patrick Furnan, el líder de la manada del Diente Largo, había ascendido a su puesto matando en combate al padre de Alcide. La victoria había sido legal -bueno, legal según los hombres lobo-, pero antes de llegar a ella había habido bastante juego sucio. Alcide -fuerte, joven, próspero y cargado de rencor- siempre había sido una amenaza para Furnan, al menos bajo el punto de vista de éste.
Era un asunto tenso, pues los hombres lobo eran un secreto para la población humana, al no haber salido a la luz como los vampiros. Se acercaba, y se acercaba deprisa, el día en que la población de cambiantes daría el paso definitivo. Les había oído hablar sobre ello una y otra vez. Pero no había sucedido aún, y no podía ser bueno que lo primero que los humanos oyeran de los hombres lobo fuera que dejaban cadáveres esparcidos por todas partes.
– Te envío a alguien enseguida -dijo Alcide.
– Por supuesto que no. Esta noche tengo que ir a trabajar y estoy tan al margen de todo esto, que estoy segura de que no volverán a intentarlo. Pero necesito comprender cómo sabía ese tipo dónde y cuándo encontrarme.
– Cuéntale las circunstancias a Amanda -dijo Alcide, con la voz llena de rabia, y entonces se puso Amanda al teléfono. Ahora resultaba difícil creer lo alegres que estábamos las dos cuando nos vimos en la boda.
– Cuéntame -dijo secamente, y comprendí que no había tiempo para discutir. Le conté la historia lo más concisamente posible (excluyendo a Niall, el nombre de Eric y la mayoría de detalles) y, cuando terminé de hablar, se quedó unos segundos en silencio.
– Como ha sido eliminado, es uno menos por el que debamos preocuparnos -dijo, simplemente aliviada-. Ojalá supieras quién era.
– Lo siento -dije con cierta acidez-. Estaba pensando en el arma, no en su carné de identidad. ¿Cómo podéis meteros en una guerra civil siendo tan pocos? -La manada de Shreveport contaría con una treintena de miembros.
– Con refuerzos de otros territorios.
– ¿Y por qué tendrían que venir? ¿Por qué sumarte a una guerra que no es tuya? ¿Qué sentido tiene perder a tu gente en la disputa de otra manada?
– Respaldar a los vencedores tiene sus ventajas -dijo Amanda-. ¿Sigues viviendo con esa bruja?
– Sí.
– Entonces puedes hacer una cosa para ayudarnos.
– Está bien -dije, aunque no recordaba haberme ofrecido-. ¿Y qué sería?
– Tienes que pedirle a tu amiga bruja si puede ir al apartamento de María Estrella para ver si consigue leer lo que sucedió allí. ¿Sería posible? Queremos saber qué lobos están implicados.
– Es posible, pero no sé si lo hará.
– Pregúntaselo ahora, por favor.
– Ya te llamaré. Ahora tiene una visita.
Hice una llamada antes de entrar en el salón. No quería dejar un mensaje en el contestador de Fangtasia, que no estaría abierto aún, de modo que llamé al móvil de Pam, algo que nunca antes había hecho. Mientras sonaba, me pregunté si lo guardaría en el ataúd con ella. Era una imagen estrambótica. No sabía si Pam dormía o no en un ataúd, pero si lo hacía… Me estremecí. Naturalmente, salió el contestador y dije: «Pam, he descubierto por qué Eric y yo fuimos atacados anoche, o al menos eso me parece. Se está cociendo una guerra de hombres lobo, y creo que yo era el objetivo. Alguien nos delató ante Patrick Furnan. Y yo no le conté a nadie adonde iba». Eric y yo estábamos demasiado conmocionados para discutir este problema la noche anterior. ¿Cómo podía saber alguien dónde estaríamos anoche? Y que regresaríamos en coche desde Shreveport.
Amelia y Octavia estaban en plena discusión, pero ninguna de las dos parecía tan enfadada o molesta como me temía.
– Siento interrumpir -dije, cuando ambos pares de ojos se volvieron hacia mí. Los de Octavia eran marrones, los de Amelia azules, pero en aquel momento tenían una expresión extrañamente similar.
– ¿Sí? -Era evidente que Octavia era la que dominaba la situación.
Cualquier bruja que se preciara de sí misma tenía que conocer la existencia de hombres lobo. Resumí el tema de la guerra de hombres lobo en pocas frases, les conté el ataque que había sufrido la noche anterior en la interestatal y les expliqué la solicitud de Amanda.
– ¿Crees que tendrías que involucrarte en esto, Amelia? -preguntó Octavia, dejando claro con su tono de voz que la pregunta sólo podía tener una respuesta.
– Sí, me parece que sí -dijo Amelia. Sonrió-. No se puede ir por ahí disparando contra mi compañera de casa. Ayudaré a Amanda.
Octavia se quedó tan sorprendida como si Amelia acabara de escupirle una pepita de sandía en las bragas.
– ¡Amelia! ¡Estás metiéndote en cosas que van más allá de tus habilidades! ¡Las consecuencias pueden ser terribles! Mira lo que le has hecho ya al pobre Bob Jessup.
Tampoco es que conociera a Amelia desde hacía mucho tiempo, pero sabía de sobra que aquélla era una manera muy mala de conseguir que acatara tus deseos. Si Amelia se enorgullecía de algo, era de sus habilidades de bruja. Dudar de su experiencia era una forma segura de ponerla nerviosa. Por otro lado, la verdad es que lo de Bob era una gran cagada.
– ¿Podría devolverle a su estado anterior? -le pregunté a la bruja de más edad.
Octavia me lanzó una mirada cortante.
– Por supuesto -respondió.
– Y entonces, ¿por qué no lo hace y empezamos a partir de ahí? -dije.
Octavia estaba sorprendida, y me di cuenta de que no debería haberme enfrentado a ella de aquel modo. Por otro lado, si lo que Octavia deseaba era demostrarle a Amelia que su magia era más poderosa, acababa de brindarle la oportunidad para hacerlo. Bob, el gato, estaba sentado en la falda de Amelia, despreocupado. Octavia hurgó en su bolsillo y extrajo un pastillero que contenía algo que parecía marihuana. Me imagino, no obstante, que cualquier hierba seca tiene un aspecto similar y la verdad es que nunca he tenido marihuana en mis manos, por lo que no soy quién para juzgar. Total, que Octavia cogió un pellizco de aquella cosa verde y seca y la dejó caer sobre el pelaje del gato. Bob se quedó tan tranquilo.
La cara de Amelia se quedó hecha un cuadro mientras observaba a Octavia realizar su hechizo, que al parecer consistía en recitar algunas palabras en latín, y acompañarlas de unos cuantos movimientos y la ya mencionada hierba. Al final, Octavia pronunció lo que debe de ser el equivalente esotérico de «¡Abracadabra!» y señaló el gato.
No pasó nada.
Octavia repitió la frase con más ímpetu. Volvió a señalar el gato con el dedo.
Y de nuevo sin resultados.
– ¿Sabéis qué pienso? -pregunté. Nadie daba la impresión de querer saberlo, pero estábamos en mi casa y yo tenía mis derechos-. Me pregunto si Bob no sería un gato desde el principio y por algún motivo disfrutaba temporalmente del estado humano. Tal vez por eso no conseguís transformarlo. A lo mejor es que en realidad es un gato.
– Eso es ridículo -espetó la anciana. Estaba consternada por su fracaso. Y Amelia intentaba con todas sus fuerzas disimular una risilla.
– Si, después de esto, tan segura está de que Amelia es una incompetente, algo que yo dudo bastante, tal vez quiera plantearse venir con nosotras al apartamento de María Estrella -dije-. Para asegurarse de que Amelia no se mete en más problemas.
Amelia se indignó durante un segundo, pero enseguida comprendió mi plan y sumó su súplica a la mía.
– Muy bien, iré -dijo Octavia con grandilocuencia.
Me resultaba imposible leerle la mente a aquella bruja, pero llevaba tiempo suficiente trabajando en el bar como para conocer a una persona solitaria en cuanto veía una.
Amanda me dio la dirección y me dijo que Dawson estaría vigilando la casa hasta que llegáramos allí. Lo conocía y me caía bien, pues ya me había ayudado con anterioridad. Era propietario de un taller de reparación de motos situado a unos cinco kilómetros de Bon Temps y a veces sustituía a Sam cuando éste, por algún motivo, tenía que ausentarse del Merlotte's. Dawson no era miembro de ninguna manada, y la noticia de que estuviera del bando de la facción rebelde de Alcide resultaba significativa.
No puedo decir que el viaje en coche hasta los alrededores de Shreveport fuera una experiencia que nos uniera mucho a las tres, pero aproveché el tiempo para poner al corriente a Octavia de los problemas de la manada. Y le expliqué mi implicación en el tema.
– Cuando se celebró la competición para elegir al líder de la manada -le dije-, Alcide quiso que estuviera allí a modo de detector de mentiras. Así fue como sorprendí mintiendo al oponente, lo que estuvo bien. Pero después, aquello se convirtió en una pelea a muerte y Patrick Furnan resultó ser el más fuerte. Mató a Jackson Herveaux.
– Me imagino que encubrirían la muerte. -La anciana bruja no parecía ni asombrada ni sorprendida.
– Sí, depositaron el cuerpo en una remota granja de su propiedad, conscientes de que nadie lo buscaría allí durante un buen tiempo. Las heridas no serían reconocibles para cuando lo encontraran.
– ¿Ha sido un buen líder ese tal Patrick Furnan?
– La verdad es que no lo sé -admití-. Alcide está rodeado por un grupo de descontentos, que son además las personas a las que mejor conozco de la manada, por lo que me imagino que estoy del lado de Alcide.
– ¿Te planteaste alguna vez mantenerte neutral? ¿Dejar que ganara el mejor lobo?
– No -dije sinceramente-. Me habría alegrado igual si Alcide no me hubiera llamado y no me hubiera contado los problemas de la manada. Pero ahora que lo sé, le ayudaré si puedo. No es que sea un ángel ni nada por el estilo. Pero Patrick Furnan me odia y ayudar a su enemigo me parece una postura inteligente, punto número uno. Y María Estrella me caía bien, punto número dos. Además, alguien intentó matarme anoche, alguien a quien Furnan podría haber contratado, punto número tres.
Octavia asintió. Era evidente que no era una anciana cobardica.
María Estrella vivía en un edificio de apartamentos algo anticuado situado junto a la Autopista 3, entre Benton y Shreveport. Era un complejo pequeño, con dos edificios, el uno junto al otro, y un aparcamiento, justo al lado de la autopista. Detrás de los edificios había campo y los comercios existentes en los bajos eran establecimientos de día: un agente de seguros y un dentista.
Cada uno de los dos edificios de ladrillo rojo estaba dividido en cuatro apartamentos. Delante del edificio de la derecha vi una camioneta que me resultó familiar enseguida. Aparqué junto a ella. Los apartamentos estaban en un recinto cerrado: había una entrada común que comunicaba con un vestíbulo y, a cada lado, una puerta que daba a la escalera de acceso al segundo piso. María Estrella vivía en el apartamento de la planta baja del lado izquierdo. Era fácil de adivinar, pues Dawson estaba apoyado en la pared, junto a la puerta.
Lo presenté a las dos brujas como «Dawson», pues no conocía su nombre de pila. Era un gigante. Y estaba segura de que contra aquellos bíceps podías incluso partir nueces. Tenía el pelo castaño oscuro con algunas canas, y un bigote bien recortado. Lo conocía de toda la vida, pero no en profundidad. Seguramente tendría siete u ocho años más que yo, y había estado casado. Y se había divorciado. Su hijo, que vivía con la madre, jugaba al fútbol americano con el equipo de la Clarice High School. Dawson tenía aspecto de ser un tipo muy duro. No sé si era por lo oscuro de sus ojos, o por su rostro siempre serio, o simplemente por lo grande que era.
La puerta del apartamento estaba sellada con la típica cinta de escena del crimen. Se me llenaron los ojos de lágrimas al ver aquello. María Estrella había muerto de forma violenta hacía sólo escasas horas. Dawson sacó unas llaves (¿las de Alcide?), abrió la puerta y pasamos por debajo de la cinta para poder entrar.
Y nos quedamos todos inmóviles y en silencio, impresionados por el estado de la sala de estar. Mi avance se vio interrumpido por una mesita auxiliar patas arriba y con una raja profunda en la madera. Mis ojos parpadearon al ver unas manchas oscuras e irregulares en las paredes, hasta que mi cerebro me dijo que se trataba de sangre.
Había un olor débil, pero desagradable. Empecé a respirar superficialmente para no marearme.
– ¿Y ahora qué quieres que hagamos? -preguntó Octavia.
– Pensé que podríais hacer una reconstrucción ectoplásmica, como la que hizo Amelia en su día -respondí.
– ¿Que Amelia hizo una reconstrucción ectoplásmica? -Octavia había dejado su tono altanero y parecía sinceramente sorprendida y admirada-. Jamás he visto hacer una.
Amelia asintió con modestia.
– Con Terry, Bob y Patsy -dijo-. Salió muy bien. Y eso que teníamos una zona muy grande que cubrir.
– Entonces estoy segura de que también podemos hacerla aquí -dijo Octavia. Se la veía interesada y excitada. Era como si su rostro se hubiera despertado de repente. Y entonces comprendí que hasta aquel momento sólo había visto una cara deprimida. Y ahora que había dejado de estar concentrada en impedirme el paso a su cerebro, podía leer sus pensamientos y saber que Octavia había pasado el mes posterior al Katrina preguntándose cómo se las arreglaría para comer, dónde dormiría noche tras noche. Al parecer, aunque no lo veía muy claro, ahora vivía con una familia.
– He traído las cosas -dijo Amelia. Su cerebro irradiaba orgullo y alivio. Aún cabía la posibilidad de que consiguiera superar el contratiempo de Bob sin tener que pagar un precio considerable.
Dawson permanecía apoyado contra la pared, escuchando con evidente interés. Era un hombre lobo y leer sus pensamientos me resultaba complicado, aunque veía claro que estaba relajado.
Le envidiaba, pues a mí me resultaba imposible sentirme cómoda en aquel pequeño apartamento que se hacía eco de la violencia vivida entre sus paredes. Me daba miedo sentarme en el sofá de dos plazas o en el sillón, ambos tapizados a cuadros azules y blancos. La alfombra era de un tono azul más oscuro y las paredes estaban pintadas de blanco. Todo combinaba. Era un apartamento un poco monótono para mi gusto, aunque aseado y cuidado. Era un lugar que menos de veinticuatro horas antes había sido un verdadero hogar.
Inspeccioné el dormitorio, la cama por hacer. Era la única señal de desorden en el dormitorio o la cocina. El escenario de la violencia había sido la sala de estar.
A falta de un lugar mejor donde instalarme, me apoyé en la pared desnuda, al lado de Dawson.
Pese a que hacía pocos meses el mecánico de motos había resultado herido de bala por salir en mi defensa, creo que nunca habíamos mantenido una conversación muy larga. Había oído rumores de que «la ley» (en este caso, Andy Bellefleur y su compañero, el detective Alcee Beck) sospechaba que en el taller de Dawson sucedían cosas que nada tenían que ver con las motos, pero nunca habían sorprendido a Dawson haciendo algo ilegal. Dawson trabajaba además de vez en cuando como guardaespaldas, o quizá prestara sus servicios de manera voluntaria. La verdad es que estaba bien dotado para ese trabajo.
– ¿Erais amigas? -preguntó Dawson, moviendo la cabeza en dirección a la mancha de sangre más grande del suelo, la que indicaba el lugar donde había fallecido María Estrella.
– Éramos más bien conocidas -dije, pues no quería mostrar más dolor del necesario-. Coincidí con ella en una boda hace un par de noches. -Iba a decir que cuando la había visto estaba estupendamente bien, pero era una estupidez. Nadie tiene por qué encontrarse mal antes de ser asesinado.
– ¿Cuándo fue la última vez que alguien habló con María Estrella? -le preguntó Amelia a Dawson-. Necesito establecer un intervalo horario.
– A las once de anoche -respondió-. Fue una llamada de Alcide. Él se encontraba fuera de la ciudad, tiene testigos. Los vecinos oyeron jaleo una media hora después de eso, llamaron a la policía. -Un discurso muy largo para venir de Dawson. Amelia continuó con sus preparativos. Vi que Octavia estaba leyendo un librito que Amelia había sacado de su pequeña mochila.
– ¿Has presenciado alguna vez una cosa de éstas? -me preguntó Dawson.
– Sí, en Nueva Orleans. Por lo que tengo entendido, es algo muy excepcional y difícil de conseguir. Amelia es muy buena.
– ¿Vive contigo?
Asentí.
– Es lo que había oído -dijo. Permanecimos un momento en silencio. Dawson estaba demostrando ser un compañero relajante, además de un útil puñado de músculos.
Hubo gesticulaciones y cantos, Octavia siguiendo la estela de la que en su día fuera su alumna. Tal vez Octavia no hubiera realizado nunca una reconstrucción ectoplásmica, pero cuanto más avanzaba el ritual, más poder reverberaba en la pequeña estancia, hasta que me sentí imbuida por la magia. Dawson no parecía asustado, pero se encontraba claramente en estado de alerta. Descruzó los brazos y se enderezó, igual que yo.
Aunque sabía lo que me esperaba, me quedé sorprendida al ver a María Estrella aparecer en la habitación, a nuestro lado. Noté que Dawson se estremecía. María Estrella estaba pintándose las uñas de los pies. Llevaba el pelo recogido en una cola de caballo alta. Estaba sentada en la alfombra delante del televisor con un periódico abierto bajo los pies. La imagen mágicamente recreada tenía el aspecto acuoso de la otra reconstrucción que había presenciado, cuando observé a mi prima Hadley durante sus últimas horas en este mundo. María Estrella no se veía a todo color. Era más bien una imagen rellenada con un gel brillante. Y el efecto resultaba extraño, pues el apartamento no estaba en el mismo orden que en la realidad. Estaba sentada justo delante de la mesa auxiliar que ahora se encontraba bocarriba.
No tuvimos que esperar mucho tiempo. María Estrella acabó de pintarse las uñas y se sentó a mirar la tele (ahora oscura y apagada) mientras esperaba a que se secaran. Realizó unos cuantos ejercicios de piernas en ese rato. Luego cogió la laca de uñas y los separadores de espuma que había utilizado y dobló el periódico. Se levantó y fue al cuarto de baño. La puerta real del cuarto de baño estaba ahora entreabierta, y la acuosa María Estrella tuvo que atravesarla. Dawson y yo podíamos ver el interior desde nuestro ángulo, pero Amelia, que tenía las manos extendidas, se encogió levemente de hombros para dar a entender que María Estrella no estaba haciendo nada importante. Tal vez haciendo un pipí ectoplásmico.
La chica volvió a aparecer en cuestión de minutos, esta vez vestida con un camisón. Entró en su habitación y preparó la cama. De pronto, su cabeza se volvió hacia la puerta.
Era como ver una pantomima. María Estrella había oído un sonido en su puerta, un sonido inesperado. No tenía ni idea de si había oído el timbre, unos golpes en la puerta o alguien que intentaba abrir la cerradura.
Su postura en alerta se convirtió en un gesto de alarma, incluso en pánico. Regresó a la sala de estar, cogió su teléfono móvil (lo vimos aparecer en cuanto lo tocó) y marcó un par de números. Llamaba a alguien mediante los números de marcación directa. Pero antes de que el teléfono pudiera sonar al otro lado de la línea, la puerta se abrió de repente y un hombre se abalanzó sobre ella, mejor dicho, un ser medio hombre, medio lobo. Apareció porque era un ser vivo, pero se vio más claro cuando se acercó a María Estrella, el objetivo del hechizo. Derribó a María Estrella y le mordió el hombro con fuerza. María Estrella abrió la boca, lo que hacía adivinar que estaba gritando y luchando como una mujer lobo, pero el hombre la había cogido totalmente por sorpresa y le impedía mover los brazos. Unos hilillos brillantes indicaban la sangre producida por el mordisco.
Dawson me cogió por el hombro, mientras un rugido salía de su garganta. No sabía si estaba furioso por el ataque que estaba sufriendo María Estrella, excitado por la acción y la impresión de la sangre, o una combinación de ambas cosas.
Entonces apareció un segundo hombre lobo detrás del primero. Estaba en forma humana. Blandía un cuchillo en la mano derecha. Lo hundió en el pecho de María Estrella, lo retiró, lo echó hacia atrás y volvió a clavárselo. La sangre salpicó las paredes. Podíamos ver las gotas de sangre, por lo que intuí que la sangre contenía también ectoplasma (o lo que quiera que eso sea).
El primer hombre era un desconocido. Pero al segundo lo reconocí. Era Cal Myers, un secuaz de Furnan y detective de la policía de Shreveport.
El ataque sorpresa había durado segundos. En el instante en que María Estrella quedó mortalmente herida, salieron por la puerta y la cerraron a sus espaldas. Me sorprendió la repentina y terrible crueldad del asesinato, y noté que mi respiración se aceleraba. María Estrella, brillante y casi transparente, permaneció tendida ante nosotros un momento en medio de aquel desastre, con las manchas de sangre brillante en el camisón y en el suelo, a su alrededor, y entonces, en el momento de su muerte, la imagen desapareció.
Nos quedamos todos horrorizados y en silencio. Las brujas no decían nada, tenían los brazos caídos, como si fueran marionetas a las que les hubieran cortado las cuerdas. Octavia estaba llorando, las lágrimas rodaban por sus arrugadas mejillas. Amelia daba la impresión de que iba a vomitar de un momento a otro. Yo sentía escalofríos, e incluso Dawson parecía mareado.
– No conocía al primer tipo, ya que sólo estaba medio transformado -dijo Dawson-. Pero el segundo me suena. Es policía, ¿verdad? De Shreveport.
– Cal Myers. Mejor que llamemos a Alcide -dije cuando me vi con ánimos para poder hablar-. Y cuando Alcide esté mejor, tendrá que enviarles alguna cosa a estas señoras por las molestias que se han tomado. -Me imaginé que Alcide no pensaría ahora en ello, pues estaba destrozado por lo de María Estrella, pero las brujas habían realizado su trabajo sin mencionar en ningún momento una recompensa. Merecían un pago por su esfuerzo. Les había costado caro: ambas se habían derrumbado en el sofá.
– Si las señoras pueden -dijo Dawson-, lo mejor es que nos vayamos largando de aquí. Nunca se sabe cuándo puede volver la policía. Los del laboratorio del crimen terminaron justo cinco minutos antes de que llegarais vosotras.
Mientras las brujas se recuperaban y recogían todos sus trastos, hablé con Dawson.
– ¿Dijiste que Alcide tenía una buena coartada?
Dawson asintió.
– Recibió una llamada de una vecina de María Estrella. Llamó a Alcide justo después de llamar a la policía, cuando oyó todo el jaleo. Seguro que lo llamó al teléfono móvil. Él respondió enseguida y la vecina oyó los sonidos del bar del hotel como fondo de su conversación. Además, estaba en el bar con gente que ha jurado que Alcide estaba allí cuando se enteró del asesinato.
– Me imagino que la policía estará intentando encontrar el móvil del crimen. -Eso es lo que hacían en las series de televisión.
– María Estrella no tenía enemigos -dijo Dawson.
– ¿Y ahora qué? -preguntó Amelia. Ella y Octavia se habían levantado ya, pero se las veía agotadas. Dawson nos guió hacia fuera del apartamento y lo cerró con llave.
– Gracias por venir, señoras -dijo Dawson a Amelia y Octavia. Entonces se volvió hacia mí-: Sookie, ¿podrías venir conmigo para explicarle a Alcide lo que acabamos de ver? ¿Puede Amelia acompañar en coche a la señorita Fant?
– Por supuesto. Si no está demasiado cansada.
Amelia dijo que se apañaría. Habíamos venido en mi coche, de modo que le lancé las llaves.
– ¿Podrás conducir? -le pregunté, para estar tranquila.
Estaba subiendo en la camioneta de Dawson cuando me di cuenta de que aquel paso me adentraba aún más en la guerra de los lobos. Pero entonces pensé: «Patrick Furnan ya ha intentado matarme. La cosa no puede ir a peor».