Justo después del amanecer, jinetes armados hicieron una incursión por los alrededores.
Abandonamos el pequeño círculo donde nos habíamos reunido hacía poco para escuchar a nuestra prima Isabel y fuimos todos a la habitación trasera de la casa.
Cleofás no se había movido de allí, pues por la noche había tosido mucho y volvía a tener fiebre. Yacía sonriente, como de costumbre, los húmedos ojos fijos en el techo bajo.
Oímos gritos, chillidos de pájaros y corderos.
– Lo están robando todo -dijo mi prima María Alejandra.
Las otras mujeres le dijeron que callara y su esposo Zebedeo le dio unas palmaditas en el brazo.
Silas intentó levantarse para ir hasta la cortina, pero su padre le ordenó con gesto firme que se quedase en el rincón.
Incluso los más pequeños, que siempre alborotaban por cualquier cosa, estaban callados.
Tía Esther, la esposa de Simón, tenía a su pequeña Esther en brazos, y cada vez que el bebé rompía a llorar le daba el pecho.
Yo ya no tenía miedo, aunque no sabía por qué. Estaba entre las mujeres con los demás niños, a excepción de Santiago. En realidad Santiago no era un niño, me decía yo al mirarle. De habernos quedado en Jerusalén, de no haber habido aquellos disturbios, Santiago habría ido al santuario de los hijos de Israel junto con Silas y Leví y los demás hombres.
De repente, mis pensamientos se vieron interrumpidos por el temor súbito que se apoderó de todos, que hizo que mi madre me aferrara un brazo: había unos desconocidos en la habitación principal. La pequeña Salomé se pegó a mí y yo la abracé fuerte como mi madre hacía conmigo.
Entonces la cortina de la puerta fue arrancada violentamente. Quedé cegado por la luz y parpadeé. Mi madre me estrechó más. Nadie dijo una palabra ni nadie se movió de su sitio. Yo sabía que teníamos que estarnos quietos y callados. Todo el mundo lo sabía, incluso los más pequeños. Los bebés lloraban quedamente, aunque su llanto nada tenía que ver con los hombres que habían arrancado la cortina.
Eran tres o cuatro hombretones toscos, con harapos en las pantorrillas sujetados por las cuerdas de sus sandalias. Uno de ellos vestía pieles de animal y otro llevaba un casco reluciente. La luz se reflejó en sus espadas y cuchillos. También llevaban las muñecas envueltas en harapos.
– Vaya, vaya -dijo el del casco en griego-. Mira lo que tenemos aquí. La mitad del pueblo.
– ¡Vamos, entregadnos todo! -ordenó otro, acercándosenos amenazadoramente. También hablaba en griego y su voz era horrenda-.
Hablo en serio, hasta el último denario que llevéis encima, y rápido. El oro y la plata. Mujeres, a ver esos brazaletes, quitáoslos. ¡Si no entregáis todo lo que tengáis os abriremos en canal!
Nadie se movió. Las mujeres no hicieron nada.
La pequeña Salomé empezó a llorar. Yo la tenía abrazada con tanta fuerza que probablemente le hacía daño. Pero nadie respondió a los intrusos.
– Luchamos por la libertad de nuestra tierra -dijo uno de los hombres, también en griego-. Imbéciles, ¿no sabéis lo que está pasando en Israel?
Dio un paso al frente y blandió su daga, mirando amenazador a Alfeo, luego a Simón y después a José. Pero éstos no dijeron nada.
Nadie se movió.
– ¿No habéis oído? ¡Os rebanaré el pescuezo uno por uno, empezando por los niños! ·-gritó el hombre, retrocediendo.
Otro intruso dio un puntapié a nuestros bien atados bultos, mientras otro levantaba una manta para mirar debajo y luego la dejaba caer.
Entonces José, en hebreo, dijo:
– No os comprendo. ¿Qué queréis que hagamos? Somos gente de paz. No entiendo nada.
En el mismo tono y lengua, Alfeo añadió:
– No hagáis daño a nuestros inocentes hijos ni a nuestras mujeres. Que no se diga de vosotros que habéis derramado sangre inocente.
Ahora fueron los hombres quienes se quedaron desconcertados.
Finalmente, uno de ellos dijo en griego:
– Estúpidos, inútiles campesinos. Basura de ignorantes.
– No han visto dinero en toda su desdichada vida -dijo el otro-. Aquí no hay nada aparte de ropa vieja y críos apestosos. Dais lástima. Comeos vuestra mierda en paz.
– Sí, humillaos mientras nosotros peleamos por vuestra libertad -dijo otro.
Y salieron pisando fuerte, apartando a patadas cestos, petates y fardos.
Quedamos a la espera. Mi madre me sujetaba por los hombros. Miré a Santiago, y se parecía tanto a José que me sorprendió no haberme percatado antes.
Por fin los gritos y el ruido cesaron.
– Recordad esto -dijo José. Nos miró alternativamente, a Santiago y a mí y al pequeño Josías, a mis primos y a Juan, que estaba de pie al lado de su madre-. Recordadlo. Jamás alcéis la mano para defenderos ni para golpear.
Sed pacientes. Y si es preciso hablar, sed sencillos.
Todos asentimos con la cabeza. Sabíamos lo que había pasado. La pequeña Salomé sorbía por la nariz. Y de repente, mi tía María, que estaba tan enferma, rompió a llorar y fue a sentarse al lado de Cleofás, que seguía mirando el techo. Parecía como si ya estuviera muerto, pero no lo estaba.
Los niños corrimos hacia la pequeña puerta de la casa. La gente estaba saliendo a la calle, despotricando contra los bandidos. Unas mujeres perseguían aves de corral, y allí en medio había el cuerpo de un hombre tendido en el suelo, mirando el cielo tal como hacía Cleofás, pero le salía sangre por la boca. Era como el muerto del Templo.
Ya no tenía alma.
La gente pasaba por su lado y nadie derramaba una lágrima por él, nadie se arrodillaba.
Por fin, dos hombres llegaron con una cuerda que pasaron por las axilas del cadáver y se lo llevaron a rastras.
– Era uno de ellos -dijo Santiago-. No lo mires.
– Pero ¿quién lo ha matado? -pregunté-. ¿Y qué van a hacer con él? -A la luz del día no daba tanto miedo como en la penumbra, pero yo era consciente de que la noche siempre volvía. Y entonces daría mucho miedo. El miedo era algo nuevo. El miedo era algo terrible. No lo sentí pero sí lo recordé, y supe que iba a volver. Que nunca se iría.
– Lo enterrarán -dijo Santiago-. No se puede dejar el cadáver sin sepultar. Sería una ofensa al Señor. Lo meterán en una cueva o lo enterrarán.
Da lo mismo.
Nos ordenaron entrar otra vez.
Habían despejado la habitación, barrido el suelo y colocado bonitas alfombras cubiertas de flores hechas de lana. Nos dijeron que nos sentáramos y estuviésemos callados pues Isabel quería hablarnos antes de nuestra partida.
Recordé entonces que ya nos habían congregado antes para este fin, pero las alfombras todavía no habían sido desplegadas cuando llegaron los primeros jinetes.
Como si nada hubiera ocurrido, como si nadie hubiera muerto en la calle, continuamos.
Formamos un gran círculo, todos apretujados. Los bebés estaban lo bastante callados como para que pudiésemos oír a Isabel. Yo me senté al lado de José con las piernas cruzadas, igual que él, y la pequeña Salomé a mi derecha, recostada contra su madre, que estaba detrás. Cleofás seguía en la otra habitación.
– Seré breve -dijo Isabel.
Por la mañana, yo la había oído hablar de abuelos y abuelas, de quién se había casado con quién y dónde había ido a vivir, pero me costaba retener tantos nombres. Los mayores habían repetido lo que ella decía, a fin de no olvidar nada.
Isabel meneó la cabeza antes de empezar y luego levantó las manos. Sus cabellos grises asomaron por el borde del velo, enredados con su pelo más oscuro.
– He aquí lo que debo deciros, lo que nunca he puesto por escrito en ninguna carta. Cuando yo muera, que será pronto… No, no digáis nada. Sé que así será. Sé ver las señales. Cuando yo muera, pues, Juan irá a vivir con nuestros parientes entre los Esenos.
De inmediato se produjo un gran alboroto. Incluso Cleofás se asomó a la puerta, sujetándose el pecho con una mano.
– ¡No, por qué has tomado semejante decisión! -dijo-. ¡Enviar a ese niño con unas personas que ni siquiera van al Templo! ¡Y Juan es hijo de sacerdote!
Tú, que has estado toda la vida casada con un sacerdote, y Zacarías, hijo de sacerdote, y antes que él…
Cleofás se acercó cojeando al círculo de oyentes y se dejó caer de rodillas.
Mi madre acudió para ayudarlo a ponerse bien la túnica. Cleofás continuó:
– ¿Y enviarías a Juan, cuya madre es del linaje de David y cuyo padre es del linaje de Aarón, a vivir con los Esenos? ¿Nada menos que con los Esenos? ¿Esa gente que cree saber mejor que nadie lo que está bien y lo que está mal, quién es justo y quién no y lo que el Señor exige?
– ¡Y quiénes te crees tú que son los Esenos! -repuso Isabel en voz baja. Era paciente pero quería que la comprendieran-. ¿Acaso no son hijos de Abraham? ¿No son del linaje de David y del linaje de Aarón, y de todas las tribus de Israel? ¿Acaso no son devotos? ¿No son celosos de la Ley de Moisés?
Llevarán a Juan al desierto y allí lo educarán y se harán cargo de él. El propio Juan lo quiere, y tiene razón.
Mi primo Juan estaba mirándome. ¿Por qué? ¿Por qué no miraba a su madre como todos los demás? Su expresión no daba a entender nada, sólo reflejaba serenidad. Juan no parecía un niño, sino un hombre en pequeño. Estaba sentado delante de su madre y llevaba una sencilla túnica blanca de una tela más buena que la de cualquiera de nosotros, y encima una prenda de la misma tela. Yo me había fijado antes en estas cosas pero sin pararme a pensar, y ahora sentí ganas de saber más de él, pero Cleofás estaba hablando y tuve que escuchar.
– Los Esenos -dijo-. ¿Es que ninguno de vosotros hablará por el chico antes de que se convierta en hijo de unos hombres que no se postran ante el Señor cuando es debido? ¿Soy el único aquí que tiene algo que decir? Isabel, te lo pido por nuestros abuelos, esto no debe…
– Hermano, tranquilízate -dijo Isabel-. ¡Guarda tu vehemencia para tus hijos! Juan es hijo mío, ¡el Señor me lo confió cuando por mi edad ya parecía imposible! No hablas a una mujer cuando hablas conmigo; hablas a la Sara de antaño, a la Ana de antaño. Hablas con alguien que fue elegido por una razón. ¿No debo hacer por este hijo lo que creo que el Señor demanda?
– José, no lo permitas -dijo Cleofás.
– Tú estás más cerca del chico -repuso José-. Si debes hablar contra su madre, entonces hazlo.
– Yo no hablo contra ti, Isabel -dijo Cleofás. Entonces tuvo un acceso de tos y vimos que le dolía el pecho. Tía María y mi madre parecían preocupadas.
Cleofás levantó una mano, pidiendo paciencia. Pero no podía dejar de toser.
Finalmente logró añadir-: Hablas de Sara, la mujer de Abraham, y hablas de Ana, la madre de Samuel, pero ¿acaso alguno de ellos dejó de obedecer a Dios?
En cambio, tú hablas de enviar a tu hijo a vivir con quienes dan la espalda al Templo del Señor.
– Tienes mala memoria, hermano -dijo Isabel-. ¿A quién acudió tu hermana María cuando supo que había sido elegida para dar a luz al niño Yeshua? Acudió a mí. ¿Y te imaginas por qué? Bien, antes de que caigan nuevas calamidades sobre esta aldea, te ruego que escuches mi decisión. Por favor, escúchala y no discutas conmigo. No la expongo para que juzgues si la crees oportuna. El chico, insisto, irá a vivir con los Esenos.
Jamás había oído hablar a ninguna mujer con tanta autoridad. Cierto, en la calle de los Carpinteros, en Alejandría, había mujeres venerables que eran capaces de hacer callar a los niños con una simple palmada, y mujeres que hacían tales preguntas en la sinagoga que el maestro se veía obligado a consultar sus pergaminos. Pero esta mujer era más fuerte y hablaba con más claridad que ninguna.
Cleofás enmudeció.
Isabel bajó la voz y continuó:
– Tenemos hermanos allí, nietos de Matatías y de Noemí, que se fueron hace tiempo al desierto para vivir con los Esenos, y ya he hablado con ellos y acogerán a mi hijo, incluso ahora. Ellos saben educar de manera estricta, inculcar sus normas de pureza y ayuno, de comunidad severa, y éstas son cosas innatas en Juan. El estudiará con ellos. Aprenderá los profetas y aprenderá la palabra del Señor. Es en el desierto donde quiere estar, y cuando yo me reúna con mis antepasados él irá al desierto hasta que sea un hombre y decida su futuro. Lo tengo todo previsto y los Esenos sólo esperan mi aviso, o que Juan vaya con los que viven al otro lado del Jordán. Entonces ellos lo llevarán al lugar donde será educado, lejos de los asuntos mundanos.
– ¿Por qué no vienes con nosotros a Nazaret? -terció José-. Eres bienvenida. Tu hermano sin duda estará de acuerdo, puesto que es a la casa de sus padres adonde vamos todos…
– No -dijo Isabel-. Yo me quedaré aquí. Seré enterrada con mi marido Zacarías. Y os diré la razón de que este niño deba marchar.
– Bien, pues dila -pidió Cleofás-. Tú sabes que quiero que vengas a Nazaret. Creo que sería justo que Juan y Yeshua se educaran juntos. -Se puso otra vez a toser, sin poder evitarlo. Si no hubiera tenido tantos accesos habría dicho mucho más.
– Esto es lo que no pude escribirte en ninguna carta -dijo Isabel-.
Escucha, por favor, porque no voy a repetirlo.
Las madres hicieron callar a sus bebés. Cleofás carraspeó.
– Sácalo ya -dijo-, o me moriré sin haberlo oído.
– Ya sabes que después de que partierais a Egipto, tú, María, José y el pequeño, Herodes empezó con sus atrocidades…
– Sí -dijo Cleofás-. Sigue. -Tosió de nuevo.
– Y sabes que Juan vino al mundo siendo yo y Zacarías ya muy viejos, como lo eran Sara y Abraham al nacer Isaac. -Se detuvo y miró a los pequeños, que estábamos en el corro interior, y nosotros asentimos con la cabeza-. Vosotros sabéis que Ana rezó para tener un hijo, ¿verdad, niños?, cuando estuvo ante el Señor en Shiloh, y ¿quién fue el que la tomó por una ebria? ¿Lo sabe alguno de vosotros?
– Eli, el sacerdote -respondió rápidamente Silas-. Y ella le dijo que estaba orando y por qué lo hacía, y entonces él rezó por ella también.
– Así es -dijo Isabel-, y yo también recé a menudo, pero lo que quizá no sabéis, vosotros los pequeños, es que el nacimiento de mi hijo fue anunciado.
Yo no lo sabía y los demás tampoco. Juan permaneció en silencio mirando a su madre; al parecer, nada lo inquietaba y estaba absorto en sus pensamientos.
– Bien, la explicación de esto la dejo a vuestros padres, porque hay motivos para no hablar de ello, pero sólo diré que se sabía que este hijo llegó en las postrimerías de nuestras vidas por voluntad del Cielo, y cuando nació yo lo consagré al Señor. Comprobaréis que por su cabeza nunca ha pasado una cuchilla, y que jamás prueba la uva. Juan pertenece al Señor.
– ¿Al Señor de los Esenos? -dijo Cleofás.
– Deja que hable -dijo mi madre-. ¿Te olvidas de todo lo que sabes?
Cleofás no replicó.
Isabel prosiguió. Volvió a mirarnos a todos, uno por uno. Estábamos expectantes ante el posible significado de sus palabras.
– Somos del linaje de David -dijo-. Tú sabes que Herodes odiaba a cualquiera que asegurase tener el menor rastro de sangre real, y por eso ordenó quemar todos los archivos del Templo donde estaban escritos los nombres de nuestros antepasados. Y sabes lo que sucedió antes de que vosotros os marcharais a Egipto, sabes por qué mi querida prima María y su recién nacido tuvieron que huir a Egipto con José y contigo, Cleofás. Lo sabes muy bien.
No me atreví a formular la pregunta que acudió a mis labios. ¡Yo ignoraba el motivo de nuestra partida a Egipto! Pero entonces Isabel continuó.
– El rey Herodes tenía espías por todas partes -dijo, ahora con voz más áspera y grave.
– Eso lo sabemos -repuso mi madre. Levantó apenas la mano y su prima Isabel se la tomó y ambas inclinaron la cabeza, sus velos tocándose casi, como si se contaran un secreto sin necesidad de emplear palabras.
Isabel dijo:
– Los hombres de Herodes, sus soldados, tan rudos como esos ladrones que acaban de pasar por nuestra aldea, que han entrado en esta misma casa con la idea de robarnos para sus ridículas guerras, soldados así entraron en el Templo y buscaron a mi Zacarías para preguntarle por el hijo que había engendrado, el hijo de la casa de David. Querían ver a ese hijo con sus propios ojos.
– No sabíamos nada de esto -susurró José.
– Ya he dicho que no quise ponerlo por escrito. Tenía que esperar a que vinierais. Lo hecho, hecho estaba. Pues bien, esos soldados lo abordaron cuando salía del sagrario de cumplir con sus obligaciones, pues a la sazón era sacerdote. Pero ¿creéis que Zacarías les dijo dónde encontrar al bebé? No, él ya nos tenía escondidos en las cuevas, cerca de los Esenos, que nos habían llevado comida. Como se negó a revelar dónde estábamos, los soldados lo derribaron allí mismo, delante del sagrario. Los otros sacerdotes no habrían podido impedirlo, pero ¿pensáis que lo intentaron siquiera? ¿Creéis que los escribas acudieron en su ayuda? ¿Que protestaron los principales sacerdotes?
Los ojos de mi prima Isabel se clavaron en mí. Luego, lentamente miró a José y a María, y de nuevo a cuantos la escuchaban.
– Pegaron a Zacarías. Le pegaron porque él se negó a hablar, y de un golpe en la cabeza lo dejaron muerto. Allí, delante del Señor.
Aguardamos en silencio a que continuara.
– Muchos vieron lo que pasó, pero ignoraban cuál era el motivo. Algunos sacerdotes sí lo sabían. Lo supieron nuestros parientes, quienes a su vez se lo contaron a otros parientes, algunos de los cuales fueron a ver a los Esenos para informarles de lo ocurrido. Y así me enteré yo.
Nos quedamos todos aturdidos. Mi madre se inclinó y apoyó la cabeza en el hombro de Isabel, y ésta la abrazó. Pero un momento después ambas volvieron a erguirse.
– Los parientes de Zacarías, muchos de ellos sacerdotes -prosiguió Isabel -, se ocuparon de que fuera enterrado con sus antepasados. Ahora bien, ¿creéis que yo he vuelto al Templo desde entonces? Pues no, hasta que vinisteis vosotros. No hasta que el tirano murió y fue a parar al fuego eterno.
No hasta que las historias de Yeshua y Juan quedaron olvidadas, pero ¿con qué nos encontramos al llegar al Templo?
Nadie osó responder.
– Así pues, ahora entendéis por qué mi hijo Juan debe ir con los Esenos, y pronto. Allí estará oculto. Vosotros despedíos de mí y seguid camino de Nazaret antes de que lleguen más bandidos. A mí no pueden quitarme nada.
Soy vieja y Juan es pequeño, nos dejarán en paz. Pero yo no volveré a veros.
Nunca más. Sin duda Juan escuchará la voz del Señor algún día. Está consagrado a Él y los Esenos lo saben. Se harán cargo de él, y Juan estudiará allí hasta que llegue su momento. Ahora idos, partid.