5

Por la mañana, las calles estaban tan atestadas que casi no podíamos movernos, pero aun así avanzamos, incluso los bebés en brazos de sus madres, camino del templo.

Cleofás había descansado y se encontraba un poco mejor, aunque todavía se lo veía muy débil y necesitaba ayuda.

Yo iba a hombros de José, y la pequeña Salomé en los de Alfeo, disfrutando de la vista mientras la multitud nos arrastraba por las callejas y bajo las arcadas, hasta que llegamos a la gran explanada delante de la enorme escalinata y los muros dorados del Templo.

Allí las mujeres y los niños pequeños se separaron de los hombres en sendas filas que se dirigían lentamente hacia los baños rituales, porque había que bañarse a conciencia antes de entrar en el Templo.

Aquello no era la ceremonia de la Pascua propiamente dicha, que constaba de tres etapas, la primera de ellas cuando los hombres fueran rociados ese mismo día dentro del Templo. Lo nuestro se trataba sólo de una limpieza general puesto que veníamos de un largo viaje, y porque nos disponíamos a penetrar en el recinto sagrado. Y ya que los baños estaban allí, nuestra familia quiso hacerlo pese a que la Ley de Moisés no lo exigía perentoriamente.

Nos llevó bastante tiempo. El agua estaba fría y nos alegramos cuando por fin pudimos vestirnos otra vez, salir de nuevo a la luz y reunimos con las mujeres. La pequeña Salomé y yo volvimos a tomarnos de la mano.

Parecía que la multitud iba en aumento, aunque yo no concebía cómo podía haber cabida para más gente de la que ya había. Cantaban los salmos en hebreo. Unos rezaban con los ojos casi cerrados, otros simplemente charlaban, y los niños lloraban como suelen hacerlo en cualquier parte.

Una vez más, José me subió a sus hombros. Y, cegados casi por la luz que despedían aquellos muros, empezamos a subir la escalinata.

Mientras ascendíamos peldaño a peldaño advertí que todo el mundo estaba tan abrumado como yo por la magnitud del templo, y que la gente parecía rezar en voz alta aunque las palabras que pronunciaban no fueran oraciones.

Parecía imposible que el hombre pudiera construir muros de semejante altura, mucho menos decorarlos con un mármol tan absolutamente blanco. Las voces reverberaban en las paredes, pero cuando llegamos arriba y hubimos de apretujarnos para pasar por la verja, vi soldados abajo en la plaza, algunos de ellos montados a caballo.

No eran soldados romanos (yo no sabía qué otra cosa podían ser), pero la gente puso mala cara. Incluso desde tanta distancia pude distinguir que algunos los increpaban puño en alto; los caballos se encabritaban como suelen hacer los caballos, y me pareció ver volar piedras.

El lento paso de la espera se me hacía insoportable. Supongo que quería que José empujara fuerte para poder pasar, pero él no era de ésos. Y además teníamos que mantenernos todos juntos, lo cual incluía a Zebedeo y su gente, así como a Isabel y el pequeño Juan y los primos de cuyos nombres ya no me acordaba.

Por fin franqueamos las puertas y, para mi sorpresa, nos encontramos en un enorme túnel cuyos hermosos detalles decorativos apenas se distinguían.

Los rezos de la gente resonaban en el techo y las paredes. Me sumé a los rezos, pero sin dejar de mirar alrededor, y de nuevo volví a notar que me faltaba el aliento, igual que cuando Eleazar me había dado una patada dejándome sin resuello.

Por fin llegamos a un gran espacio abierto dentro del primer patio interior del templo, y fue como si todo el mundo se pusiera a gritar a la vez.

A cada lado, pero lejos, muy lejos, se veían las columnas de los soportales y entre ellas una cola interminable de gente, mientras que ante nosotros se levantaba, altísima, la pared del sagrario. Y la gente que estaba subida a los tejados era tan pequeñita que yo ni siquiera podía verles la cara, tan grande era ese lugar santo.

Pude oír y oler a los animales reunidos más allá en los porches, los animales que se vendían para ser sacrificados, y el ruido de toda la gente se acumulaba en mis oídos.

Pero la sensación general de la muchedumbre cambió; todo el mundo era feliz de estar allí. Todos los niños reían de felicidad. El sol brillaba con fuerza, como no lo hacía en las estrechas calles de la ciudad, y el aire era límpido y agradable.

También se oían gritos y sonidos de caballos, no sus cascos, sino los relinchos que daban al ser sofrenados bruscamente por las riendas.

Pero, por ahora, estaba absorto en mirar las relucientes paredes que circundaban los dos grandes patios. Yo era demasiado pequeño para que me llevaran al patio de los hombres y hoy me quedaría con las mujeres. Pero podría ver cómo rociaban a los hombres con el primer rito de purificación de la Pascua.

Todo ello era para mí asombroso, y lo asombroso de estar allí dentro superaba mi capacidad de expresarlo. Sabía muy bien que alrededor de mí había personas de todas partes del Imperio, y era tan maravilloso como nosotros esperábamos que fuera. Cleofás había logrado llegar con vida, había vivido para ser purificado y comer el banquete pascual con nosotros. Tal vez también lograría llegar con vida a casa.

Era nuestro templo y era el templo de Dios, y era magnífico haber entrado aquí y estar tan cerca de la presencia de Dios.

Había muchos hombres corriendo por encima de los porches y también sobre otros tejados, pero se los veía pequeñísimos, como he dicho, y no podía oírlos pese a que adivinaba, por cómo agitaban los brazos, que estaban gritando.

De súbito nos vimos zarandeados por el gentío. Creí que José se caería pero no fue así. Entonces una gran exclamación surgió de la muchedumbre. La gente empezó a gritar, en especial las mujeres, y los niños estaban muy excitados. Quedamos tan apretujados que José no podía moverse conmigo encima.

Por primera vez vi allá al fondo muchos soldados a caballo que se dirigían hacia nosotros entre la multitud. Fuimos barridos hacia atrás como si la muchedumbre fuera agua, y luego hacia delante, y mi madre y tía María gritaban y la pequeña Salomé también, mientras trataba de agarrarse a mí, pero estábamos demasiado distanciados como para que yo alcanzara su mano.

Casi todos los que teníamos alrededor gritaban en arameo, pero muchos otros lo hacían en griego.

– ¡Salid, salid! -gritaban los hombres. Pero no había forma de moverse.

De pronto oí los balidos de las ovejas, como si alguien estuviese ahuyentando los animales. Enseguida me llegó el mugir de vacas y bueyes, un sonido espantoso.

Los soldados estaban cada vez más cerca, y venían con las lanzas en alto.

No había dónde refugiarse.

Entonces, como salidas de la nada, empezaron a volar piedras.

Todo el mundo gritaba. Un soldado fue alcanzado por una lluvia de piedras antes de caer de su montura y quedar sumergido entre la muchedumbre. Un hombre vestido con un manto se subió al caballo y empezó a pelear con un soldado que le clavó su espada dos veces en el vientre; la sangre brotó a borbotones.

Tuve la sensación de que me quedaba sin respiración, igual que cuando Eleazar me había pateado. Abrí la boca todo lo posible y ni siquiera así entraba el aire. José intentó bajarme de sus hombros, mas la aglomeración de gente se lo impidió, y además yo no quería bajar. Todo aquello era terrible, pero quería verlo.

La gente entonó oraciones, ya no los alegres salmos de antes sino plegarias pidiendo ayuda, pidiendo ser rescatados. Algunos caían al suelo. Lo mismo ocurría por doquier en el recinto. Retrocedimos de nuevo como una ola al retirarse.

José estiró el brazo y con ayuda de otras manos consiguió izarme sobre su cabeza y bajarme al suelo, llevándome en volandas mientras se abría paso entre la gente que gritaba y forcejeaba.

Pero cuando mis pies pisaron el mármol no pude moverme. Incluso mi túnica había quedado atascada entre las de quienes me rodeaban apretadamente.

– ¡Salomé! -grité-. ¡Pequeña Salomé! ¿Dónde estás?

– ¡Yeshua! -Llamó ella en arameo-. Agárrame.

Vi su cabeza a unos pasos de mí, como si estuviera nadando entre un mar de cuerpos agitados. Tiré de ella y la puse conmigo delante de José, y entonces creí oír la risa de Cleofás. Estaba delante de mí y se reía con su carcajada de siempre.

La multitud se movió hacia un lado y luego al frente, y todos nos caímos.

Unas manos tiraron de mí y yo logré agarrar a la pequeña Salomé por la cabeza.

– ¡Poneos de rodillas y quedaos quietos! -ordenó José. ¿Qué podíamos hacer para salir de ese tumulto? Obedecimos.

Mi madre exclamó:

– ¡Mi hijo, mi hijo!

José y Cleofás alzaron sus manos y rezaron al Señor. Sujeté a Salomé con una mano y levanté la otra.

– ¡Oh, Señor, tú eres mi refugio! -entonó José. Cleofás rezó otra oración.

– Tiendo mis manos hacia ti, Oh, Señor -dijo mi madre.

– ¡Oh, Señor, rescátame! -exclamó la pequeña Salomé.

Todo el mundo clamaba al Señor.

– ¡Que los malvados caigan en su propia trampa! -exclamó Santiago muy cerca de mí.

– Líbrame, Señor, de todo el mal que me rodea -oré, pero no pude oír mi propia voz. Los rezos iban en aumento, y tal era el murmullo que casi superaba las exclamaciones y gritos que salían de la refriega.

Los mugidos de los bueyes eran horribles, y los chillidos de las mujeres me hacían daño.

Levanté entonces los ojos y vi que alrededor de nosotros todo el mundo estaba de rodillas. Zebedeo se puso en pie para implorar al Señor y luego inclinó la cabeza, y sólo fue uno de los muchos que lo hicieron.

Al mismo tiempo había gente que avanzaba como vadeando aquel mar de cuerpos, pisoteándonos y empujándonos en su intento de huir. Por un momento quedé aplastado contra el mármol del suelo, al lado de la pequeña Salomé, pero sin dejar de protegerle la cabeza con mi brazo.

De pronto sentí una salvaje determinación y pugné por levantarme. A empujones, conseguí situarme junto a José y me puse de pie como si me dispusiera a correr.

Vi la gran plaza. Más allá, la gente corría en todas direcciones, las ovejas huían despavoridas mientras los soldados a caballo pisoteaban a todo el que encontraban a su paso, y las personas, incluso las que estaban de rodillas, se levantaron y la emprendieron a pedradas contra los soldados.

Había grupos de gente que parecían muertos amontonados.

Se elevaron salmos al cielo.

– Huyo hacia ti, Oh, Señor, para que me escondas… Clamé a ti, Oh, Señor…

Soldados a caballo perseguían a la gente, hombres y mujeres que ahora corrían hacia nosotros.

– ¡José, mira! -Exclamó mi madre-. Agárralo, haz que se eche en el suelo.

Yo me zafé de las manos que pretendieron sujetarme.

La gente corrió en desbandada sobre los que estaban arrodillados, pasó sobre ellos como si fueran rocas en la costa. Los que rezaban gimieron, y al ver que un jinete venía hacia nosotros, los cuerpos se separaron a ambos lados.

Alguien me tiró al suelo empujándome por la nuca y la espalda. Oí el resoplido del caballo y el repiqueteo de los cascos. Di con la cabeza en las piedras del suelo y por el rabillo del ojo vi las patas del caballo casi encima de mí. Cuando el animal se empinó, del montón de gente apiñada se levantó un hombre, sacó una piedra de entre la túnica y se la arrojó al soldado.

– ¡Sólo el Señor tiene derecho a gobernarnos! -gritó en griego-. ¡Lleva este mensaje a Herodes! ¡Y al César también!

Entonces sacó otra piedra y el soldado le clavó su lanza en el pecho, traspasándolo por completo. El hombre soltó la piedra y cayó hacia atrás con los ojos desorbitados.

Mi madre sollozó y la pequeña Salomé se puso a gritar:

– ¡No mires, no mires!

Pero ¿podía yo apartar la vista de ese hombre en sus últimos momentos? ¿Iba a dar la espalda a su muerte?

El soldado levantó su lanza, izando horriblemente a aquel desdichado con ella. De su boca manaba sangre. A continuación agitó el cuerpo como si fuese un saco hasta que logró recuperar su lanza y la víctima cayó a tierra. Rodó sobre su costado izquierdo y sus ojos miraron hacia nosotros, directamente a mí.

Ya no pude ver el caballo, sólo oí el terrible sonido que produjo al encabritarse. El soldado fue atacado desde todos los flancos por la gente y lo descabalgaron violentamente. Su cuerpo se perdió entre un montón de personas que se cebaban en él a golpes.

Los nuestros siguieron rezando. El moribundo, si lo oyó o se enteró, no pareció darse cuenta.

No nos veía. No sabía nada del soldado. La sangre que manaba de su boca se extendía por el suelo.

Mi madre gritaba espantosamente.

La gente que había derribado al soldado se puso de pie y echó a correr en todas direcciones. Más personas se levantaron y los imitaron. Más allá, otros seguían rezando de rodillas.

El cuerpo del soldado quedó cubierto de sangre.

El moribundo intentó alargar la mano hacia nosotros, pero su brazo cayó inerte, y exhaló el último aliento.

Pasó gente corriendo entre nosotros y el cadáver. Oí otra vez las ovejas.

Noté que mi madre resbalaba e intenté agarrarla, pero ella cayó al suelo con los ojos cerrados.

De nuevo volaban piedras. Al parecer, nadie había entrado en el Templo sin llevar piedras encima. Algunas piedras nos impactaban en cabezas y hombros.

Cuando José levantó los brazos para rezar, yo me escabullí de su lado y me hinqué de rodillas.

La multitud se dispersaba. Había cuerpos tirados por todas partes. Y allá donde mirara veía hombres peleando y muriendo.

Sobre los hermosos porches, hombres que parecían diminutos y negros contra el cielo azul peleaban también, soldados esgrimiendo sus espadas contra quienes trataban de pegarles con palos.

Vi a lo lejos, donde ya no había multitud, a otro hombre que atacaba a un soldado, embistiendo contra la lanza que el otro le estaba clavando. Las mujeres lloraban y corrían hacia los caídos. No les importaba nada más. Sólo lloraban y gritaban, aullando como perros. Los soldados no les hacían daño.

Pero nadie acudió junto a nuestro muerto, el hombre que yacía ensangrentado y mirando sin ver. El estaba solo.

Pronto hubo soldados por todas partes, tantos que no habría podido contarlos. Llegaron a pie, avanzando entre las familias que permanecían arrodilladas y fueron cercándonos por la derecha y la izquierda.

Ya nadie peleaba.

– ¡Reza! -me ordenó José, interrumpiendo un instante sus propias oraciones.

Obedecí. Levanté los brazos y recé.

– Pero las almas de los justos están en manos del Señor y ningún tormento puede lastimarlas.

Aparecieron más soldados a caballo. Alzaron sus voces, hablando en griego. Al principio no distinguí lo que decían, pero entonces uno de ellos se aproximó a pie tirando de la brida de su caballo.

– ¡Marchaos, idos a vuestras casas! -nos ordenó-. Salid de Jerusalén, por orden del rey.

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