La quietud no era tal. Estaba cargada de llanto y sollozos y del sonido de los caballos y los soldados gritándonos que nos marcháramos.
Había muertos abandonados sobre los soportales. Yo pude verlos. Y nuestro muerto también seguía solo. Las ovejas campaban por todas partes, ovejas sin mácula que habrían sido sacrificadas en la Pascua. Algunos hombres corrían tras ellas, así como tras los bueyes que seguían mugiendo, y esos mugidos eran sin duda el sonido más espantoso.
Nos pusimos de pie, porque José así lo hizo. Cleofás temblaba como una vara y reía por lo bajo, sin que ningún soldado lo oyera.
Tía Salomé y tía Esther sostenían a mi madre por los brazos. Ella parecía desfallecer y gemía. José consiguió llegar a su lado, pero los pequeños seguían en el suelo. Yo sujetaba a la pequeña Salomé.
– Mamá, tenemos que irnos -le dije-. Mamá, despierta. Nos marchamos.
Ella se esforzaba por recuperarse, pero hubo que empujarla para que caminara. Tío Alfeo estuvo un rato con Silas y Le vi, que le hacían preguntas en voz baja. Ambos habían cumplido ya los catorce años y, probablemente, no tenían del incidente la misma visión que nosotros los pequeños.
Toda la gente avanzó hacia la salida.
Cleofás fue el único de nosotros que hizo como la mujer de Lot, darse la vuelta.
– Mirad allí -dijo a nadie en particular-. ¿Veis a los sacerdotes? -Señaló hacia lo alto del muro del patio interior-. Han sido lo bastante listos como para ponerse a salvo, ¿no? Quizá sabían que los soldados iban a atacarnos.
Los vimos por primera vez: unos hombres congregados allá arriba, desde donde seguramente habían observado todo lo que pasaba. Costaba distinguirlos, tan alto estaban, pero me pareció que llevaban sus mejores ropajes y tocados, aunque quizá no era así. ¿Qué habían pensado al ver todo aquello? ¿Y quién vendría a recoger nuestro muerto solitario? ¿Cómo limpiarían toda aquella sangre que había profanado el Templo?
Pero no hubo mucho tiempo para mirar. Ahora sólo quería salir de allí.
Todavía no estaba asustado y mis ojos lo registraban todo. El miedo vendría después.
Los soldados se acercaron por detrás gritando órdenes. Hablaron primero en griego y luego en arameo. Eran los mismos que habían matado a toda esa gente. Nos movimos lo más rápido que pudimos.
Un soldado anunció a gritos que ese año no habría celebración de la Pascua.
– ¡La fiesta ha terminado, no hay Pascua! ¡No hay Pascua! Idos a vuestras casas.
– ¡No hay Pascua! -repitió Cleofás por lo bajo, riendo socarrón-. ¡Como si ellos pudieran decidirlo! ¡Mientras haya un judío con vida en el mundo, habrá Pascua cuando toca Pascua!
– Calla -dijo José-. Procura no mirarlos. ¿Qué pretendes? ¿Quieres que mezclen la sangre de más judíos y galileos? ¡No los provoques!
– Esto es abominable -dijo Alfeo-. Debemos salir de la ciudad cuanto antes.
– Pero ¿está bien marcharse precisamente ahora? -preguntó mi primo Silas. Tío Alfeo lo hizo callar con un gesto y un gruñido.
Mi tío Simón, siempre reservado, no dijo nada.
Al enfilar el túnel, la gente empezó a apresurar el paso. José me alzó. Los otros hombres hacían lo mismo con sus pequeños. Cleofás lo intentó con Simeón, su hijo más pequeño, que lloraba para que lo auparan, pero tuvo otro acceso de tos, de modo que las mujeres se hicieron cargo del niño. Mi madre lo aupó en brazos. Era una buena señal. Tenía al niño en brazos, todo iría bien para los dos.
Me costaba ver en aquella penumbra, pero ahora no importaba. La pequeña Salomé no dejaba de sollozar, pese a los intentos de tía María por consolarla.
Yo no podía hacer nada, pues iba bastante separado de ella.
– ¡No hay Pascua! -dijo Cleofás, y tuvo otro acceso de tos-. ¡Este rey que no espera a que el César lo ratifique en el trono acaba de suprimir la Pascua!
Este rey, que tiene ya las manos tan manchadas de sangre como su padre, que se pone a la altura de su padre…
– Cállate ya -le advirtió Alfeo-. Si te oyen, se lanzarán contra nosotros.
– Sí, ¿ya cuántos inocentes han matado ahí dentro? -repuso Cleofás.
José alzó la voz como había hecho en Alejandría.
– ¡No dirás una palabra más sobre esto hasta que hayamos salido de Jerusalén! ¿Entendido?
Cleofás no replicó, pero tampoco volvió a abrir la boca. Ni él ni nadie.
Salimos a la luz y nos encontramos con que todo estaba tomado por soldados que vociferaban órdenes como si nos maldijeran. Había muertos en las calles; parecía que estuvieran durmiendo. Las mujeres rompieron a llorar al ver tantos cadáveres, porque teníamos que pasar junto a ellos o por encima de ellos, y algunas personas lloraban de rodillas mientras otras pedían limosna.
Nuestros hombres empezaron a sacar monedas, como hacían otros.
Algunos eran demasiado desdichados para que les importara algo así, o no lo necesitaban.
Por todas partes, incluso con las prisas, la gente lloraba. También nuestras mujeres, y mi tía María se lamentaba entre sollozos de que ésta era su primera peregrinación, que estando en Egipto siempre había deseado venir aquí, y qué macabro espectáculo había tenido que presenciar.
Al llegar a la sinagoga, el miedo se respiraba en el aire. José nos congregó en el patio mientras esperábamos a que las mujeres recogieran nuestros fardos del tejado. Alfeo y él fueron por los burros. Santiago nos dijo que nos estuviéramos quietos y callados y que no soltáramos a los más pequeños. Yo tenía cogido de la mano a Simeón. Cleofás se recostó contra la pared, sonriendo, y dijo cosas que nadie entendió.
Los gritos de dolor por los muertos seguían en mis oídos. No podía dejar de pensar en aquel hombre que había muerto tan cerca de nosotros. ¿Habría ido alguien a enterrarlo? ¿Qué pasaría si nadie lo hacía?
Yo no había mirado la cara del soldado que lo mató ni de ningún otro. Lo único que vi de ellos fueron sus botas, su oscura y bruñida coraza, y sus lanzas. ¿Cómo podría olvidar j amas aquellas lanzas?
– ¡Marchaos de Jerusalén! -gritó alguien en hebreo también allí, en el patio de la sinagoga-. Idos a vuestras casas. No hay Pascua. ¿Y el muerto? Sin duda sabía que el soldado lo mataría cuando arrojara la piedra que escondía entre su ropa. Había llevado piedras al Templo con el fin de lanzarlas contra los soldados. Sin embargo, su aspecto era como el de cualquiera de nosotros. La misma clase de manto y de túnica, el mismo pelo oscuro y rizado, una barba como la de José y mis tíos. Un judío como nosotros, aunque había gritado en griego. ¿Por qué en griego? ¿Y por qué lo había hecho? ¿Por qué se había abalanzado contra aquel soldado, cuando sabía que éste acabaría con su vida?
Vi mentalmente el momento en que la lanza lo traspasaba, una y otra vez, y la expresión de su rostro. Vi los muertos diseminados por todo el patio del Templo, y las ovejas descarriadas. Me tapé los ojos con las manos. No podía dejar de ver estas cosas.
Sentí frío. Me acurruqué junto a mi madre, quien enseguida me rodeó con sus brazos. Me quedé de pie, pegado a ella, a su suave túnica.
Nos colocamos junto a Cleofás, dejando que el pequeño Simeón se moviera y jugara por allí. Le dije a mi tío:
– ¿Por qué tiraba piedras ese hombre, si sabía que el soldado iba a matarlo?
Cleofás lo había visto. Lo habíamos visto todos, ¿no?
El pareció meditar una respuesta y levantó los ojos hacia la poca luz que llegaba a aquel patio.
– Era un buen momento para morir -dijo-. Tal vez el mejor que ese hombre había tenido nunca.
– ¿Te pareció bueno? -pregunté.
Se rió, como siempre, y luego me miró y dijo:
– ¿Y a ti? ¿Te pareció un buen momento? -no esperó mi respuesta-.
– Herodes Arquelao es un necio -me susurró al oído en griego-. César debería ponerle en ridículo. ¡Rey de los judíos! -meneó la cabeza-. Estamos exiliados en nuestra propia tierra, ésa es la verdad. ¡Por eso peleaban! ¡La gente quiere deshacerse de esta infame familia de reyes que levantan templos paganos y viven como déspotas paganos!
José cogió a Cleofás del brazo y se lo llevó.
– Te he dicho que no hables -le espetó-. Ni una palabra más mientras estemos aquí, ¿entiendes? Me da igual lo que pienses: cierra tu bocaza.
Cleofás guardó silencio. Empezó a toser otra vez y emitió ruiditos como si estuviera hablando, pero no estaba hablando.
José se ocupó de atar los fardos al burro. Con voz más suave, dijo:
– Ahora ni palabra, ¿has entendido, hermano?
Cleofás no respondió. Mi tía María se acercó a él y le secó el sudor de la frente. De modo que me había equivocado al creer que José no le respondía.
Cleofás no dio muestras de haberlo oído. Estaba absorto en su risa queda, mirando a lo lejos, como si José no hubiera abierto la boca. Y ahora tenía la cara bañada en sudor, y eso que el día no era caluroso.
Por fin, todos los clanes juntos, José y Zebedeo se pusieron en cabeza y salimos del patio de la sinagoga.
– Hermano -le dijo José a Cleofás-, cuando estemos fuera de las murallas, quiero que montes este burro.
Cleofás asintió con la cabeza.
Avanzamos penosamente por la calle, más apretujados que un rebaño de ovejas.
El llanto de las mujeres era más sonoro cuando pasábamos bajo las arcadas o por lugares estrechos y de muros altos. Vi puertas y ventanas bien cerradas, lo mismo que las cancelas de los patios. La gente pasaba por encima de los mendigos y de los que estaban acurrucados aquí y allá. Los hombres repartían monedas. José me entregó una y me dijo que se la diese a un mendigo. Lo hice y el hombre me besó los dedos. Era un anciano flaco y de pelo blanco, con unos ojos azules y brillantes.
Me dolían las piernas y también los pies de andar por el basto pavimento, pero no era momento de quejarse.
Tan pronto hubimos salido de la ciudad, nos encontramos con un panorama aún más terrible que el que nos había ofrecido el patio del Templo.
Las tiendas de los peregrinos estaban destrozadas y había cadáveres por doquier. Bienes y mercancías estaban esparcidos por todas partes y la gente no se paraba a recogerlos.
Los soldados a caballo pasaban como energúmenos entre la gente indefensa, gritando órdenes, sin prestar atención a los muertos. Teníamos que seguir adelante, todo el mundo tenía que seguir adelante. El lugar estaba lleno de soldados, unos con la lanza en ristre, otros empuñando la espada.
No podíamos detenernos para ayudar a nadie, como tampoco había sido posible en la ciudad. Los soldados empujaban a la gente con sus lanzas, y la gente se apresuraba para que no los tocaran de manera tan vergonzosa.
Pero, más que nada, fue la cantidad de muertos lo que nos dejó pasmados.
Eran innumerables.
– Esto ha sido una matanza -dijo mi tío Alfeo. Atrajo hacia sí a sus hijos Silas y Leví y dijo, para que todos lo oyeran-: Fijaos en lo que ha hecho este hombre. Ved y no lo olvidéis nunca.
– Ya lo veo, padre -dijo Silas-, pero ¡deberíamos quedarnos! ¡Deberíamos pelear!
Habló en susurros pero todos pudimos oírlo, y las mujeres le rogaron que no dijera esas cosas. José replicó con voz tajante que no nos quedaríamos allí.
Me eché a llorar. Lloré, pero no sabía por qué. Sentí que me quedaba sin respiración, pero no podía refrenar mi llanto.
– Pronto llegaremos a las colinas -dijo mi madre-, lejos de todo esto. No te preocupes, estás con nosotros. Y vamos a un sitio tranquilo. No hay guerra allá donde vamos.
Traté de tragarme las lágrimas y me entró miedo. Creo que nunca antes había sentido miedo. Volvió a mi cabeza la visión de aquel muerto.
Santiago me estaba mirando, y también mi primo Juan, el hijo de Isabel.
Esta iba montada en un burro. Como aquellos dos, Santiago y Juan, me miraban, dejé de llorar. Me costó mucho.
El camino era cada vez más empinado. Teníamos que subir y subir, hasta que pudiéramos ver la ciudad a nuestros pies. Y cuanto más subíamos, menos miedo tenía yo. Al poco rato la pequeña Salomé se puso a mi lado. No nos habría sido posible ver la ciudad, sobre las cabezas de los mayores, aunque hubiésemos querido. Pero yo ya no quería verla, y nadie se detuvo para decir lo hermoso que era el Templo.
Los hombres habían hecho montar a Cleofás en un burro y tía María fue obligada a montar en el otro. Ambos llevaban niños pequeños en brazos.
Cleofás farfullaba en voz baja.
La caravana siguió adelante.
Sin embargo, a mí no me parecía bien abandonar Jerusalén de aquella manera. Pensé en Silas, en lo que había dicho antes. No parecía correcto abandonar, alejarse corriendo cuando el Templo necesitaba ayuda. Claro que había centenares de sacerdotes que sabían cómo limpiar el Templo, y muchos de ellos vivían en Jerusalén y no podrían marcharse. Se quedarían allí -ellos y el sumo sacerdote- y limpiarían el Templo como era preciso hacerlo.
Y ellos sabrían qué hacer con aquel muerto. Se ocuparían de que lo amortajaran y enterraran debidamente. Pero yo procuraba no pensar en él por temor a echarme a llorar otra vez.
Las colinas nos rodeaban. Nuestras voces resonaron en las laderas. La gente empezó a cantar, pero esta vez fueron salmos luctuosos de dolor y aflicción.
Cuando llegaron los jinetes, nos apartamos hacia los lados. Las mujeres gritaron. La pequeña Salomé iba dormida en el burro con Cleofás, que daba cabezadas y hablaba y reía; parecían dos bultos más.
Prorrumpí en sollozos sin poder evitarlo. Los jinetes nos adelantaban, eran muchos y cabalgaban rápido, y atrás quedaba Jerusalén.
– Volveremos el año que viene -me dijo José-. Y el siguiente. Ahora estamos en casa.
– Y el año que viene quizá ya no estará Arquelao -murmuró Cleofás sin abrir los ojos, pero Santiago y yo lo oímos-. ¡El rey de los judíos! -se mofó-. ¡El rey de los judíos!