NOTA DE LA AUTORA

Todas las novelas que he escrito desde 1974 han supuesto cierto grado de investigación histórica. Ha sido siempre un placer para mí, al margen de los muchos elementos imaginarios involucrados en una historia concreta, y al margen de lo ficticia que pudieran ser la trama o sus personajes, que el trasfondo fuese en todo momento históricamente preciso. Si una novela mía se sitúa en la Venecia del siglo XVIII, no quepa duda de que los detalles en cuanto a la ópera, los vestidos, el ambiente, los valores de la sociedad… todo eso es correcto.

Sin yo planearlo, he ido retrocediendo lentamente en la historia, desde el siglo XIX -donde me sentí a gusto en mis dos primeras novelas- hasta el siglo I -donde busqué respuestas a preguntas tremendas que se habían convertido para mí en una obsesión insoslayable.

En el fondo, la figura de Jesucristo era el meollo de esta obsesión. Para ser más precisos, el nacimiento del cristianismo y la caída del mundo antiguo.

Quería saber, desesperadamente, lo que sucedió en el siglo I y por qué la gente en general no hablaba nunca de ello.

Téngase en cuenta que yo había vivido una infancia católica, anticuada y estricta, en una parroquia americano-irlandesa (lo que ahora llamaríamos un gueto católico) a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta.

Oíamos misa y comulgábamos diariamente en una enorme y majestuosa iglesia construida por nuestros antepasados, algunos con sus propias manos. Los chicos y las chicas estaban en clases separadas. Aprendíamos catecismo e historia de la Biblia, así como las vidas de los santos. Vidrieras de colores, misa en latín, detalladas respuestas a preguntas sobre el bien y el mal… todo esto quedó grabado para siempre en mi memoria, junto con una buena dosis de historia de la Iglesia en forma de una gran cadena de acontecimientos, desde el triunfo sobre el cisma y la Reforma hasta el papado de Pío XII.

Abandoné esta religión a los dieciocho años porque dejé de creer que era «la única iglesia verdadera establecida por Cristo para conceder la gracia».

Ningún acontecimiento de índole personal precipitó esta pérdida de fe. Ocurrió en el campus de un college laico; había una intensa presión sexual, pero por encima de todo estaba el mundo mismo, sin catolicismo, lleno de gente buena y de gente que leía libros, libros que yo tenía prohibido leer. Quería conocer la obra de Kierkegaard, de Sartre y Camus. Quería saber por qué tanta gente aparentemente buena no creía en una religión organizada pero sí se preocupaba mucho de su comportamiento personal y de sus valores. Como la rígida católica que yo era entonces, no tenía la menor opción para explorar.

Así que rompí con la Iglesia. Y con mi fe en Dios.

Dos años más tarde me casé con un ateo apasionado, Stan Rice, quien no sólo no creía en Dios, sino que estaba convencido de haber experimentado una especie de visión de la que había deducido la certeza de que Dios no existía.

Era una de las personas más honradas y conscientes que he conocido nunca. Ambos vivíamos para escribir.

En 1974 se publicó mi primer libro. La novela reflejaba mi sentimiento de culpa y mi desdicha por estar apartada de Dios y de la salvación; el hecho de sentirme perdida en un mundo sin luz. Estaba ambientada en el siglo XIX, un contexto histórico que había investigado a fondo en busca de respuestas sobre Nueva Orleans, donde nací pero ya no vivía.

Después escribí muchas novelas sin ser consciente de que reflejaban mi búsqueda de significado en un mundo sin Dios. Como he dicho antes, estaba retrocediendo en la historia, buscando respuesta acerca de acontecimientos históricos: por qué tuvieron lugar ciertas revoluciones, por qué la reina Isabel I era como era, quién escribió realmente las obras de Shakespeare (esto no lo utilicé en ninguna novela), qué fue realmente el Renacimiento italiano, cómo fue la peste negra. Y cómo se había producido el feudalismo.

En la década de 1990, viviendo de nuevo en Nueva Orleans entre católicos practicantes, aunque flexibles y de cierto refinamiento, absorbí sin duda ciertas influencias suyas.

Pero, inevitablemente, me puse a investigar el siglo I porque quería saber cosas sobre la antigua Roma. Tenía novelas para escribir con personajes romanos. Tal vez llegaría a descubrir algo que había deseado saber toda mi vida y no había sabido nunca. ¿Cómo «sucedió» realmente el cristianismo? ¿Cuál fue de hecho el motivo de la caída de Roma?

Para mí, éstas eran preguntas decisivas, siempre lo habían sido. Tenían que ver con lo que éramos en la actualidad.

Recuerdo una fiesta en una hermosa casa de San Francisco, en honor de un famoso poeta. Corrían los años sesenta y allí había un intelectual europeo con quien de pronto me encontré a solas, sentados en un diván. Le pregunté: «¿Por qué cayó Roma?» Su respuesta nos ocupó las dos horas siguientes.

No pude asimilar la mayor parte de las cosas que me dijo, pero nunca he olvidado lo que sí entendí: que todo el grano de la ciudad tenía que venir de Egipto, que los alrededores de la gran urbe estaban ocupados por villas, y que las masas vivían de la limosna.

Fue una maravillosa velada, pero no salí de allí convencida de haber comprendido realmente lo que pasó.

La historia de la Iglesia católica me había hecho consciente de nuestra herencia cultural, aunque me la explicaron muy pronto y fuera de contexto; y yo quería conocer el contexto, por qué las cosas fueron como fueron.

Una vez, siendo una niña de once años o menos, me encontraba tumbada en la cama de mi madre, tratando de leer uno de sus libros. Encontré una frase que decía que la Reforma protestante dividió culturalmente Europa por la mitad. Me pareció absurdo y le pregunté a ella si eso era verdad. Mi madre dijo que sí. Nunca lo he olvidado. Toda mi vida he querido saber qué significaba.

En 1993 me sumergí en ese primer período, y por supuesto retrocedí todavía más, a la historia de Sumer y Babilonia y todo Oriente Medio, y de Egipto, que ya había estudiado en la universidad. Leí textos especializados de arqueología como si fueran novelas policíacas en busca de pautas, me embelesé con la historia de Gilgamesh y con detalles como la herramienta de albañilería que las estatuas de algunos reyes antiguos sostenían en sus manos.

Por esa época escribí dos novelas que reflejan bien lo que estaba haciendo.

Pero me sucedió algo que probablemente no está registrado en ningún libro.

Me topé con un misterio sin solución, un misterio tan inmenso que renuncié a intentar encontrarle una explicación porque el misterio en sí resultaba imposible de creer. El misterio era la supervivencia de los judíos.

Sentada en el suelo de mi despacho, rodeada de libros sobre Sumer, Egipto, Roma, etcétera, y de cierto material escéptico sobre Jesús que había caído en mis manos, no fui capaz de comprender cómo estas personas habían resistido como el gran pueblo que eran.

Fue este misterio lo que me acercó de nuevo a Dios; puso en marcha la idea de que, en efecto, Dios podía existir. Y cuando eso ocurrió, creció en mí el inmenso deseo de volver a la mesa del banquete. En 1998 retorné a la Iglesia católica.

Pero, incluso entonces, yo no me había acercado aún a la pregunta de Jesucristo y el cristianismo. Sí, leí la Biblia, completamente pasmada ante su variedad, su poesía, sus asombrosos retratos de mujeres, la inclusión de extraños y a menudo sangrientos y violentos detalles. Cuando estaba deprimida, cosa que me sucedía con frecuencia, alguien me leía la Biblia, a menudo traducciones literarias del Nuevo Testamento, esto es, las traducciones de Richmond Lattimore que son maravillosamente literales y hermosas y reveladoras, y que reabren el texto.

En 2002 decidí concentrarme única y exclusivamente en responder a las preguntas que me habían inquietado toda mi vida. La decisión la tomé en julio de ese año. Leía la Biblia constantemente, a veces incluso le leía a mi hermana fragmentos en voz alta, y me sumergí en el Antiguo Testamento, decidiendo que me dedicaría por completo a tratar de entender a Jesús y el proceso del que surgió el cristianismo.

Quería escribir la vida de Jesucristo. Eso lo sabía desde hacía años. Pero ahora estaba preparada para ello. Preparada para reñir con mi carrera. Quería escribir el libro en primera persona. Era lo único que importaba. Consagré el libro a Cristo.

Me consagraba yo misma, y mi trabajo, a Cristo. No sabía muy bien cómo iba a hacerlo. Ni siquiera entonces tenía idea de cómo iba a ser mi personaje de Cristo. Había asimilado muchas nociones modernas acerca de Jesús, como que se había hecho demasiada propaganda a su favor, que los Evangelios eran documentos tardíos, que en realidad no sabíamos nada sobre él, que el movimiento del cristianismo estuvo marcado por la violencia y las disputas ya desde un principio. Había comprado muchos libros sobre el tema, y mis estanterías estaban repletas de ellos.

Pero la verdadera investigación comenzó en julio de 2002. En agosto me fui a mi apartamento en la playa para escribir el libro. Qué ingenuidad. No tenía la menor idea de que había entrado en un campo de investigación donde nadie está de acuerdo en nada, se trate del tamaño de Nazaret, del nivel económico de la familia de Jesús, de la postura judía de los galileos en general, del motivo por el que Jesús adquirió celebridad, de la razón por la que fue ejecutado, o de por qué sus seguidores se dispersaron por todo el mundo.

En cuanto a la magnitud del ámbito de trabajo, prácticamente no tenía límites. Los estudios sobre el Nuevo Testamento incluían todo tipo de obras, desde libros escépticos que ponían en duda que Jesús tuviera el menor valor para la teología, hasta libros que refutaban concienzudamente las objeciones de los escépticos con notas al pie que ocupaban media página. La bibliografía era interminable. En ocasiones, las disputas ocasionaban rencor.

Y, en cuanto a los materiales de referencia para el siglo I, unos consideraban los Evangelios como fuentes secundarias mientras otros los consideraban primarias; por otra parte, la historia de Josefo y las obras de Filo eran sometidas a un análisis exhaustivo y se debatía sobre su importancia o su validez, e incluso sobre si contenían algo de verdad.

Luego estaba el asunto de los rabinos. ¿Podían dar la Mishná, la Tosefta y los Talmuds una imagen precisa del siglo I? ¿Mencionaban realmente a Jesús? Y si no, daba lo mismo, porque tampoco mencionaban a Herodes, que construyó el Templo.

Había material como para perderse irremisiblemente.

Pero permítaseme volver atrás. En 1999 mi editora y mentora de muchos años me había enviado por correo un ejemplar de Jesús of Nazaret, King of the Jews, de Paula Fredriksen. Yo había leído buena parte de este libro, donde Fredriksen recreaba estupendamente el entorno judío en el que debió de moverse Jesús de niño en Nazaret, apuntando la posibilidad de que hubiera visitado el Templo de Jerusalén con su familia con motivo de la Pascua judía.

Fredriksen hacía mucho hincapié en que Jesús era judío, y en que había que tener en cuenta esto a la hora de escribir sobre él o de pensar en él. Esa fue al menos la intención que yo vi.

Ahora, seis años después, he escrito un libro que sin duda se inspira en esa escena escrita por Fredriksen, y no puedo por menos de darle humildemente las gracias y reconocer la influencia que ejerció en mí.

Mis creencias, por descontado, están en el polo opuesto de las de Fredriksen, como prueba mi novela. Pero fue Fredriksen quien me puso en el buen camino en el sentido de explorar a Jesús en tanto que judío, y fue a partir de ahí que mi investigación tomó la senda correcta.

Pero volvamos al año 2002. Mientras yo me ponía a trabajar en serio, un día recibí una llamada de mi marido. Empezaba a tener los primeros síntomas de un tumor cerebral, del que moriría en menos de cuatro meses.

Llevábamos casados cuarenta y un años. Tras mi vuelta al catolicismo, él había aceptado casarse conmigo en la vieja y enorme iglesia de mi infancia, y que un primo mío sacerdote oficiara la ceremonia. Fue una maravillosa concesión viniendo de un ateo militante. Pero mi esposo, por amor, accedió.

Cuarenta y un años. Y ya no estaba conmigo. ¿Debo entender como un regalo el hecho de haber tenido un objetivo claro antes de que se produjera la tragedia, un objetivo que me ayudaría a superarla? Lo ignoro. Pero sí sé que durante las últimas semanas, mi marido, cuando estaba consciente, se volvió un santo; expresaba su amor por cuantos le rodeaban, comprendía a personas a las que no había comprendido nunca; quiso que se hicieran regalos a aquellos que le ayudaban en su enfermedad.

Antes de eso había conseguido pintar, aun estando medio paralizado, tres cuadros asombrosos. No puedo dejar de mencionarlo. Luego, pasado ese período de amor y comprensión, cayó lentamente en un estado de coma hasta que falleció.

Dejó más de trescientos cuadros, todos hechos en un período de quince años, así como muchos libros de poesía -la mayoría publicados a lo largo de esos mismos años- y millares de poemas inéditos. Su galería conmemorativa será pronto trasladada de Nueva Orleans a Dallas (Tejas), su ciudad natal.

Mi investigación continuó durante la última fase de su enfermedad. Mis libros me dieron fuerzas. Yo le contaba lo que estaba escribiendo, y a él le parecía maravilloso. Me hacía encendidos elogios.

Desde su muerte, en diciembre de 2002, hasta 2005, he estudiado el período del Nuevo Testamento, y ahora continúo estudiándolo. Leo sin cesar, día y noche.

Mis lecturas abarcaron todo tipo de escritos críticos escépticos, pero he bebido con voracidad y enorme placer en las fuentes de Josefo y Filó.

Dado que empecé sumergiéndome en la postura crítica, la que toma el relevo de los primeros escépticos de la Ilustración especializados en el Nuevo Testamento, esperaba descubrir que sus argumentos serían muy sólidos, y que el cristianismo, en el fondo, era una especie de fraude. Tendría que terminar compartimentando mi mente, con la fe en una parte y la verdad en la otra. ¿Y qué escribiría yo sobre mi Jesús? No tenía ni idea. Pero las perspectivas eran interesantes: pudo ser un progresista, pudo estar casado, tener hijos, ser homosexual o qué sé yo qué más. Pero, antes de escribir una sola palabra, tenía que completar mi investigación.

Estos eruditos escépticos parecían tremendamente seguros de sí mismos.

Basaban sus libros en ciertas afirmaciones sin molestarse en analizar dichas afirmaciones. ¿Cómo iban a equivocarse? Los eruditos judíos exponían sus teorías con mucho esmero. Sin duda, Jesús fue simplemente un judío observante o un judío hasídico que acabó siendo crucificado. Fin de la historia.

Leí, leí y leí. A veces, durante la lectura, me parecía estar andando por el valle de la sombra de la muerte. Pero seguí adelante, dispuesta a correr cualquier riesgo. Tenía que saber quién era Jesús; mejor dicho, si alguien lo sabía, yo necesitaba saber qué sabía esa persona.

Aunque no puedo leer las lenguas antiguas, sí puedo seguir la lógica de una argumentación; ver las notas al pie y las referencias bibliográficas; ir al texto bíblico en inglés. Puedo cotejar todas las traducciones que tengo a mi disposición, y tengo todas aquellas cuya existencia conozco, desde Wycliffe hasta Lamsa, incluidas la New Annotated Oxford Bible y la vieja English King James, que adoro. Tengo la antigua traducción católica así como todas las traducciones literarias que he podido encontrar. Tengo traducciones insólitas que los entendidos no mencionan, como la de Barnstone y Schonfield. He comprado hasta la última traducción por si podía arrojar alguna luz sobre algún pasaje oscuro, por breve que éste fuera.

Lo que poco a poco vi con claridad fue que muchos de los argumentos escépticos -argumentos que insistían en que los Evangelios eran por lo general sospechosos, o que fueron escritos demasiado tiempo después para tratarse de relatos de un testigo fiable- pecaban de incoherentes. No eran elegantes. Todo cuanto hacía referencia a Jesús estaba lleno de especulaciones. Algunos de esos libros no eran más que suposiciones basadas en suposiciones. De un dato insignificante, o de ninguno en absoluto, se sacaban conclusiones absurdas.

En suma, toda esa historia acerca de un Jesús no divino que llegó casualmente a Jerusalén y fue crucificado por no se sabe quién y que nada tuvo que ver con la fundación del cristianismo y que se habría horrorizado de haberlo sabido -toda esa imagen que flotaba en los círculos progresistas que frecuenté como atea durante treinta y cinco años-, ese argumento no había sido expuesto. Es más, descubrí aquí algunos de los textos más malos y más tendenciosos que he leído nunca.

Apenas encontré una sola teoría escéptica que fuera convincente, y los Evangelios, despedazados por los críticos, perdían toda intensidad al ser reconstruidos según los diversos teóricos. El Evangelio no era fiable considerado como testimonio histórico de «comunidades» posteriores.

No me dejé convencer por los alocados supuestos de quienes afirmaban ser hijos de la Ilustración. Y había intuido también otra cosa. A muchos de estos eruditos, gente que aparentemente había dedicado su vida al estudio del Nuevo Testamento, les disgustaba Jesucristo. Algunos se compadecían de él tildándolo de fracasado. Otros se mofaban simplemente, y otros más sentían por Jesús mero desprecio. Eran cosas que estaban entre líneas, que afloraban a la personalidad de los textos.

Nunca había encontrado tal grado de implicación emocional en ningún otro campo de estudio, al menos a este nivel. Era desconcertante.

La gente que se dedica a los estudios isabelinos no se propone demostrar que la reina Isabel I era una estúpida. No sienten antipatía por ella. No hacen comentarios burlones ni dedican toda su carrera a destrozar la reputación histórica del personaje. Es más, ni siquiera aplican esta antipatía, este recelo o este desdén a otras figuras isabelinas. Y si lo hacen, es, porque la persona en cuestión no es el objeto principal del estudio. Sí, por supuesto, de vez en cuando alguno se centra en la figura de un villano, pero por regla general el autor acaba abogando por las buenas cualidades del villano o por su lugar en la historia, o por alguna circunstancia atenuante, que redime al texto en sí. Es cierto que quienes estudian las catástrofes de la historia pueden mostrarse muy críticos con los gobernantes de la época, pero no es habitual pasarse media vida en compañía de figuras históricas por las que se siente desprecio.

En cambio, hay estudiosos del Nuevo Testamento que detestan y desprecian a Jesucristo. Por supuesto, estamos en un campo profesional que goza de entera libertad; nos beneficiamos de la ingente cantidad de estudios bíblicos a los que tenemos acceso y al sinfín de aportaciones. No estoy abogando por la censura. Pero quizás estoy abogando por la sensibilidad en nombre de quienes leen estos libros. Quizás estoy abogando por un poco de precaución en lo que se refiere a este campo en general. Lo que parece terreno firme puede no serlo en absoluto.

Había otra cuestión que me inquietaba mucho.

Todos estos escépticos insistían en que los Evangelios eran documentos tardíos, que las profecías que contienen habían sido escritas tras la caída de Jerusalén. Pero cuanto más leía sobre este último hecho, menos lo entendía.

La caída de Jerusalén fue espantosa y entrañó una tremenda guerra, un desgarrador conflicto que duró años en Palestina, seguido de nuevas revueltas y persecuciones y leyes punitivas. Mientras leía sobre este hecho histórico en las páginas de S. G. E Brandon, y en Josefo, me quedé asombrada por los detalles de esta catástrofe en la que el mayor templo de la antigüedad fue destruido para siempre.

Yo nunca había confrontado estos hechos anteriormente, nunca había tratado de asimilarlos. Y ahora me parecía imposible que los autores del Evangelio no hubieran incluido la caída del Templo de Jerusalén en su obra, si como los críticos insisten la habían escrito después.

No tenía, y no tiene, ningún sentido.

Estos autores pertenecían a un culto judeocristiano. Eso era el cristianismo; y la historia medular del judaísmo tiene que ver con la redención, redención de Egipto y de Babilonia. Y antes de Babilonia hubo una caída de Jerusalén a raíz de la cual los judíos fueron llevados a Babilonia. Y tenemos aquí esta horrible guerra. Si hubieran sido testigos, ¿no habrían escrito sobre ella los autores cristianos? ¿No habrían visto en la caída de Jerusalén un eco de la conquista babilónica? Por supuesto que sí. Ellos escribían para judíos y gentiles.

Por el modo en que los escépticos descartaban este tema, se entiende que supusieron que los Evangelios eran documentos tardíos debido a las profecías que aparecen en ellos. Esto no convence a nadie.

Antes de dejar de lado el asunto de la guerra de los judíos y la caída de Jerusalén, quiero hacer una sugerencia. Cuando los estudiosos judíos y cristianos empiecen a tomarse en serio esta guerra, cuando empiecen realmente a estudiar lo que sucedió durante los terribles años del asedio a Jerusalén, la destrucción del Templo y las revueltas que siguieron en Palestina durante todo el Bar Kokhbá, cuando se centren en la persecución que padecieron los cristianos en Palestina por parte de los judíos, en la guerra civil en Roma durante la sexta década de nuestra era -tan bien descrita por Kenneth L. Gentry en su obra Before Jerusalem Fell-, así como en la persecución de judíos en la Diáspora durante ese período, en suma, cuando toda esta época oscura sea puesta a la luz del análisis serio, los estudios bíblicos cambiarán.

Ahora mismo, los expertos descuidan o ignoran sin más las realidades de dicho período. A algunos les parece un engorro de hace dos mil años, y no estoy segura de entender por qué.

Sin embargo, estoy convencida de que la clave para comprender los Evangelios es que fueron escritos antes de que todo esto sucediera. Por eso fueron preservados a pesar de que se contradecían: venían de una época que quedó, para los últimos cristianos, irremisiblemente perdida.

Mientras perseveraba en mi investigación, descubrí un autor que se diferenciaba mucho de la obra de los escépticos: John A. T. Robinson, y en concreto su libro The priority of John. Leyendo sus descripciones, que tomaban muy en serio las palabras del Evangelio, vi lo que le ocurría a Jesús en el texto de Juan.

Fue un punto de inflexión. Pude acceder al Cuarto Evangelio y ver a Jesús vivo y en movimiento. Y lo que finalmente me quedó claro a partir de los Evangelios fue su peculiar coherencia, la personalidad de sus autores, la impronta inevitable de cada autor individual.

Por supuesto, John A. T. Robinson explicaba mucho mejor de lo que podría hacerlo yo su teoría de unos Evangelios escritos en fecha temprana. Lo hizo brillantemente en 1975, y luego puso a prueba a los eruditos progresistas y sus suposiciones en Redating the New Testamenta pero lo que decía es tan cierto ahora como cuando escribió esas palabras.

Después de Robinson, hice muchos y grandes descubrimientos, entre ellos Richard Bauckham, quien en The Gospelsfor all Christians refuta con contundencia la idea de que los Evangelios surgieron de comunidades aisladas y demuestra lo que es evidente: que se escribieron para ser divulgados y leídos por todos.

La obra de Martin Hengel echa por tierra todo tipo de hipótesis, y sus logros son enormes. Sigo estudiando sus libros.

Los trabajos de Jacob Neusner nunca serán suficientemente elogiados. Sus traducciones de la Mishná y la Tosefta tienen un valor incalculable, y sus ensayos son brillantes. Es un coloso. Entre los expertos judíos, destacar a Géza Vermes y David Flusser. Este último me hizo ver ciertas cosas del Evangelio según san Lucas en las que no había reparado antes.

Entre los libros que tratan todo el desarrollo de Jesús en las artes quiero destacar The Human Christ, de Charlotte Alien, un ensayo que trata de cómo las primeras investigaciones sobre el Jesús histórico afectaron a la iconografía de Jesús en el cine y las novelas. La obra de Luke Timothy Johnson me ha sido siempre de ayuda, lo mismo que los trabajos de Raymond E. Brown y John P.

Meier. La obra de Sean Freyne sobre Galilea es extraordinariamente importante, tanto como la de Eric M. Meyers.

Quiero mencionar también Lord Jesús Christ, de Larry Hurtado; The Historical Reliability of John's Gospel, de Craig Blomberg; y la obra de Craig S.

Keener, que apenas he empezado a leer. Asimismo, admiro mucho a Kenneth L. Gentry, Jr.

Roger Aus siempre me enseña alguna cosa aunque discrepo totalmente de sus conclusiones. Los escritos de Mary S. Thompson son maravillosos.

También muy recomendables, las obras de Robert Alter y Frank Kermode sobre la Biblia en tanto que literatura, así como Mimesis de Erich Auerbach. En general, debo elogiar la obra de Ellis Rivkin, Lee I. Levine, Martin Goodman, Claude Tresmontant, Jonathan Reed, Bruce J. Malina, Kenneth Bailey, D. Moody Smith, C. H. Dodd, D. A. Carson, León Morris, R. Alan Culpepper y el gran Joachim Jeremias. Gracias especiales a BibleGateway.com.

Aprendí algo de todos y cada uno de los libros que examiné.

El experto que tal vez me haya dado las mejores pistas, y que continúa haciéndolo a través de su ingente producción, es N. T. Wright. Es uno de los autores más brillantes que jamás he leído, y su generosidad al estudiar a los escépticos y comentar sus teorías ha sido de gran inspiración para mí. Su fe es tan inmensa como vastos sus conocimientos.

En su libro The Resurrection of the Son of God responde con fundados argumentos a la pregunta que me ha acosado toda la vida. El cristianismo, según N. T. Wright, llegó donde llegó porque Jesús resucitó de entre los muertos. Fue este hecho lo que dio a los apóstoles la fuerza necesaria para crear y divulgar el cristianismo. No habría sido posible sin la resurrección.

Wright va mucho más allá de situar toda la cuestión en una perspectiva histórica. No puedo hacerle justicia en estas pocas líneas, tan sólo recomendarlo sin reservas y seguir estudiando su obra.

Naturalmente, mi búsqueda no ha concluido. Hay miles de páginas de los eruditos ya mencionados que aún debo leer y releer.

Me queda mucho por estudiar de la obra de Josefo, de Filo, de Tácito, de Cicerón, de Julio César. Y hay una ingente cantidad de textos de arqueología: debo volver a Freyney a Eric Meyres, y hay nuevas excavaciones en Palestina, y mientras escribo esto se están imprimiendo más libros sobre los Evangelios.

Pero ahora veo una gran coherencia en la vida de Cristo y en el inicio del cristianismo que antes se me escapaba, y veo también la sutil transformación del mundo antiguo debido a su estancamiento económico y al asalto de los valores del monoteísmo, valores judíos mezclados con valores cristianos, algo para lo que esa sociedad no estaba quizá preparada.

Hay también teólogos que debería estudiar, leer más a Teihlard de Chardin, a Rahner, a san Agustín.

En algún momento de mi viaje particular, mientras me desilusionaba de los escépticos y sus frágiles conclusiones, comprendí algo respecto de mi libro: el reto era escribir sobre el Jesús de los Evangelios. ¡Por supuesto!

Cualquiera podía escribir sobre un Jesús progresista, un Jesús casado, un Jesús gay, un Jesús rebelde. La «búsqueda del Jesús histórico» había devenido una broma debido a las muchas definiciones que se habían adjudicado a Jesús.

El verdadero reto era tomar el Jesús de los Evangelios, esos Evangelios que yo veía cada vez más coherentes, que me atraían como testimonios elegantes en primera persona, dictados sin duda a escribas, pero sin duda también tempranos, los Evangelios confeccionados antes de que cayera Jerusalén; tomar el Jesús de los Evangelios e intentar entrar dentro de él e imaginar qué sentía.

Luego estaban las leyendas -los apócrifos-, como las tentadoras historias del Evangelio de Tomás, donde se describe a un Jesús muchacho matando a un niño de un golpe, devolviendo la vida a otro, convirtiendo pájaros de barro en seres vivos, además de otros milagros. Me había tropezado con esas historias en la primera fase de mi investigación y en múltiples ediciones, y no las había olvidado. Tampoco el mundo las olvidó. Eran historias fantásticas, en algunos casos cómicas, excepcionales todas, pero habían pervivido hasta la Edad Media e incluso más allá. No podía quitarme esas leyendas de la cabeza.

Finalmente decidí incorporar ese material, insertarlo en el armazón canónico lo mejor que pudiera. Estaba convencida de que contenía una verdad profunda, y quería conservarla. Esto, por supuesto, no es sino una conjetura, pero la asumí. Y tal vez, al asumir que Jesús manifestó efectivamente poderes sobrenaturales a temprana edad, estoy siendo fiel a la declaración del Concilio de Calcedonia: que Jesús fue Dios y Hombre en todo momento.

Intento ser fiel a Pablo cuando dijo que Nuestro Señor se vació por nosotros, en el sentido de que mi personaje se ha vaciado de su conciencia divina a fin de sufrir como ser humano.

Ofrezco este libro a todos los cristianos, a los fundamentalistas, a los católicos romanos, a los cristianos más progresistas, con la esperanza de que mi aceptación de doctrinas más conservadoras tenga para ellos cierta coherencia en el aquí y ahora de este libro. Lo ofrezco a los eruditos con la esperanza de que disfruten quizá viendo los frutos de mi investigación, y por supuesto lo ofrezco a aquellos a quienes tanto admiro y que han sido mis maestros, aunque no los conozca personalmente ni probablemente haya de conocerlos nunca.

Ofrezco este libro a aquellos que nada saben de Jesucristo, con la esperanza de que puedan verlo o intuirlo a través de estas páginas. Ofrezco esta novela con amor a los lectores que han seguido mi trayectoria en todos sus extraños giros, con la esperanza de que Jesús sea tan real para ellos como cualquiera de los personajes que he lanzado a este mundo que compartimos.

Después de todo, ¿no es Cristo Nuestro Señor el definitivo héroe sobrenatural, el outsider definitivo, el más inmortal de todos ellos?

Si el lector me ha seguido hasta aquí, le doy las gracias. Podría añadir a esta nota una bibliografía de aterradora longitud, pero no lo haré.

Permítaseme, para concluir, mostrar mi agradecimiento a las personas que me han apoyado y me han servido de inspiración a lo largo de estos años:

El padre Dennis Hayes, mi director espiritual, que siempre ha respondido con paciencia a mis preguntas teológicas.

El padre Joseph Callipare, cuyos sermones sobre el Evangelio de san Juan fueron brillantes y maravillosos. El tiempo que he pasado en su parroquia de Florida ha sido uno de los períodos más hermosos de mi investigación y de mi trabajo.

El padre Joseph Cocucci, cuyas cartas y charlas sobre teología han sido una gran inspiración.

Los padres redentoristas, los sacerdotes de mi parroquia en Nueva Orleans, cuyos sermones me han sustentado y cuyo ejemplo ha sido siempre una luz brillante. Me apena dejarlos. La educación de mi padre en el Seminario Redentorista de Kirkwood (Misuri) cambió sin duda el curso de mi vida. Nunca podré pagar mi deuda con los redentoristas.

Los padres Dean Robbins y Curtís Thomas, de la parroquia de la Natividad de Nuestro Señor, que me han acogido como nueva feligresa. Me apena dejarlos.

El hermano Becket Ghioto, cuyas cartas han sido pacientes, sabias y llenas de maravillosas revelaciones y respuestas.

Y para terminar, pero no por ello menos importante, dar las gracias a Amy Troxler, mi amiga y compañera, que me ha dado respuestas a tantas preguntas fundamentales y soportado mis incesantes desvaríos, que ha estado conmigo en misa y me ha traído la comunión cuando yo no podía ir, que me ayudó tanto como para que me sea imposible expresarlo de palabra. Fue Amy la que estuvo a mi lado aquella tarde de 1998 cuando pregunté si conocía a algún sacerdote que pudiera oírme en confesión, que pudiera ayudarme a volver a la Iglesia. Fue Amy quien buscó al sacerdote y me acompañó a verle. Fue el ejemplo de Amy en esos primeros meses de asistir a la misa en inglés lo que me ayudó a adaptarme a una liturgia que era completamente distinta de la que yo había abandonado tantos años atrás. Dejo a Amy, como dejo Nueva Orleans, con gran dolor de mi corazón.

Mi estimado personal, mis más queridos amigos, mi editora Vicky Wilson que leyó este manuscrito e hizo comentarios muy beneficiosos, mi familia, gracias a todos. Vivo en el entorno de su amor que me nutre. Soy muy afortunada.

En cuanto a mi hijo, esta novela está dedicada a él. Eso lo dice todo.


24 de febrero de 2005,

6 de la mañana.

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