Ya no era un niño. Según la costumbre, un chico asume el yugo de la Ley de Moisés al cumplir los doce años, pero eso no importaba. Yo había dejado de ser un niño. Lo supe cuando vi jugar a los otros niños aquella mañana. Y cuando nos unimos a los peregrinos que se dirigían al Templo.
Fue lo mismo que el día anterior, los apretones, los cánticos para pasar el rato, el lento avance hasta llegar a los baños, donde nos zambullimos desnudos en el agua fría para luego ponernos la ropa limpia que habíamos traído.
Por fin estábamos en el túnel, avanzando hacia el Gran Patio. Aquí, las voces de los que discutían resonaban en las paredes y en ocasiones sonaban airadas, pero yo ya no tenía miedo.
No hacía otra cosa que pensar en la historia que Santiago no había terminado de contarme.
El torrente de peregrinos, con sus diversas lenguas, desembocó finalmente en el patio del Templo, y fue un alivio ver allá en lo alto el cielo despejado. La gente se dispersó, inspiró hondo y a placer, pero enseguida nos atascamos de nuevo en la cola para comprar las aves de nuestro sacrificio. Santiago quería hacer una ofrenda por su pecado, y entonces comprendí que habíamos ido por ese motivo.
Qué pecado quería expiar Santiago, eso lo ignoraba. O quizá no. Pero ¿y qué? Cleofás había dicho que yo tenía que verlo, y por eso me había llevado consigo.
Hasta el día siguiente no recibiríamos la primera agua de purificación. Esto me tenía perplejo.
– ¿Cómo es que vamos a ir al santuario para el sacrificio si no hemos sido purificados todavía? -pregunté.
– Te equivocas -dijo Cleofás-. Nos purificamos en el mikvah antes de partir de Nazaret. Esta mañana nos hemos bañado en el arroyo junto a la casa de Caifás. Nos rociarán porque es la Pascua. Una purificación en toda regla por si hemos contraído alguna impureza de la que no tengamos noticia. -Se encogió de hombros-. Además, es la costumbre. Pero no hay motivo para que Santiago tenga que esperar. Santiago es bueno. Vamos a entrar en el santuario.
– Los judíos griegos deben pasar por la purificación antes de que entren -dijo tío Alfeo-. Y también los judíos de otras tierras.
José guardó silencio. Tenía una mano sobre el hombro de Santiago mientras lo guiaba, a él y a nosotros, entre la multitud.
Antes de comprar las aves, previamente seleccionadas para el sacrificio, tuvimos que cambiar nuestro dinero por los shekels recibidos por el Templo.
Por encima de las mesas de los que cambiaban monedas al pie de la columnata, vi el techo quemado y a los hombres que trabajaban allí, sudando al sol, mientras restregaban y limpiaban las piedras que habían sobrevivido al incendio, y a otros que colocaban piedras nuevas con mortero. Yo conocía bien ese trabajo. Pero jamás había estado en un edificio tan grande, y ni siquiera alcanzaba a ver el final de la columnata ni a derecha ni a izquierda. Los capiteles eran muy hermosos y buena parte del trabajo en oro había sido restaurado.
Oí un clamor de voces delante de mí. Hombres y mujeres discutían con los encargados de cambiar el dinero. Cleofás se impacientaba.
– ¿A qué viene tanta discusión? -me dijo en griego-. Fíjate. ¿Es que no saben que estos tipos son unos salteadores? -Empleó la misma palabra en griego que utilizábamos para los bandidos que vivían en las colinas, aquellos rebeldes que habían tomado Séforis y habían sido perseguidos luego por los romanos.
En nuestra primera visita, el derramamiento de sangre nos había impedido llegar hasta aquí. Y ahora, cuando nos tocaba ya el turno ante las mesas, el alboroto era tremendo.
– Pues si quieres comprar dos aves, ¡tienes que cambiar esto! -le dijo uno de ellos a una mujer, la cual no pareció entender lo que el otro le decía en griego. La mujer hizo una pregunta en un arameo diferente del nuestro, pero yo logré entenderla.
Cuando José se ofreció a darle las monedas exactas que necesitaba, ella rehusó aceptar nada.
José, Cleofás y el resto de los hombres cambiaron sus monedas sin decir palabra, pero luego Cleofás se apartó un poco y espetó:
– Hatajo de bribones, ¿estáis orgullosos de lo que hacéis?
Los que cambiaban el dinero apenas si se dignaron mirarle, y José le apremió para que callara.
– En la casa del Señor, no -dijo.
– ¿Por qué no? -replicó Cleofás-. El Señor sabe que son unos ladrones.
Se quedan demasiada comisión por el cambio.
– Déjalo correr -dijo Alfeo-. Hoy todavía no ha pasado nada. ¿Qué quieres, provocar un altercado?
– Pero ¿por qué cobran tanta comisión, padre? -preguntó Santiago.
– Yo no sé lo que hacen, simplemente lo acepto -respondió José-. Hemos traído dinero suficiente para el sacrificio. Nadie me ha quitado nada que yo no estuviera dispuesto a dar.
Estábamos ya en el sitio donde guardaban las tórtolas. El calor apretaba.
Las piedras estaban duras bajo mis pies, aunque eran hermosas. Oí nuevas voces airadas, discusiones mezcladas con el alboroto de las aves. Tardamos bastante en llegar a las mesas.
El hedor de las jaulas era peor que el de cualquier corral de Nazaret. La inmundicia rebosaba de ellas.
Hasta el mismo José se sorprendió del precio que tuvo que pagar, pero el mercader estaba enfadado y se quejaba de tener tanto trabajo.
– ¿Te gustaría estar aquí sentado y tener que aguantar a toda esta gente? -inquirió-. ¿Por qué no te traes las aves de Galilea? Es de ahí de donde vienes, ¿no? Lo adivino por tu forma de hablar.
Por todas partes se oían las mismas protestas. Una familia había tenido que volverse porque los sacerdotes no aceptaban sus aves. El mercader gritó en griego que esas aves estaban perfectas cuando él las había vendido. José se ofreció a costearles el sacrificio, pero el padre dijo que no, aunque le dio las gracias. La mujer lloraba.
– Ha caminado catorce días para venir a ofrecer este sacrificio -balbuceó.
– ¡Pues deja que paguemos nosotros otras dos tórtolas! -dijo Cleofás-. No te doy el dinero a ti -le dijo a la mujer-. Se lo doy a este individuo y él te entrega otras dos. Sigue siendo tu sacrificio, ¿entiendes? Tú no me quitas nada. Es él quien se queda mi dinero.
La mujer dejó de llorar y miró a su esposo. El hombre asintió con la cabeza.
Cleofás pagó.
El mercader entregó dos pequeñas tórtolas asustadas y, rápidamente, metió las otras en una jaula vacía.
– ¡Miserable bribón! -dijo Cleofás por lo bajo.
El mercader asintió:
– Sí, sí, sí.
Santiago hizo su compra.
Me vinieron pensamientos a la cabeza y empecé a sentir miedo; no recuerdos de aquella batalla campal ni del hombre que había muerto allí, sino otros pensamientos: que ése no era un sitio para orar, que no era el hermoso lugar de Yahvé al que todos venían para adorarle. Cuando recitábamos las Escrituras todo parecía sencillo, incluso los rituales del sacrificio, pero aquello era un enorme mercado lleno de ruido, enojo y decepción.
Había muchos gentiles allí, en medio de aquella multitud, y yo sentí vergüenza ajena por lo que tenían que ver y oír. Pero reparé en que a muchos les daba lo mismo. Habían venido a ver el Templo y parecían más contentos casi que los judíos a mi alrededor, los que seguirían hasta el Patio de las Mujeres, lugar en el que ningún gentil estaba autorizado a entrar.
Por supuesto, los gentiles tenían sus propios templos, sus propios mercaderes que vendían animales para sacrificar. Yo había visto muchos en Alejandría. Posiblemente discutían y peleaban tanto como los judíos.
Pero nuestro Señor era el creador de todas las cosas, nuestro Señor era invisible, nuestro Señor lo era de todos los lugares y todas las cosas. Nuestro Señor moraba sólo en su Templo, y nosotros, hasta el último de nosotros, éramos su pueblo sagrado.
Cuando llegamos al Patio de las Mujeres la vieja Sara, mi madre y las demás se detuvieron, pues las mujeres no tenían permiso para ir más allá. Allí no había tanta aglomeración. Los gentiles no podían entrar so pena de muerte.
Ahora sí estábamos en el Templo, aunque el ruido de los animales no nos había abandonado pues los hombres traían sus propias vacas, ovejas y aves.
Los incendios no habían dañado aquel lugar. Por todas partes veías plata y oro. Las columnas eran griegas, tan bellas como cualquiera de las que había en Alejandría. Varias mujeres subieron a la terraza para contemplar el sacrificio en el Patio Interior, pero la vieja Sara ya no podía subir más escaleras y nuestras mujeres se quedaron con ella.
Quedamos en encontrarnos de nuevo en la esquina suroriental del Gran Patio, y a mí me preocupó cómo daríamos los unos con los otros.
Las piernas me dolían mientras subíamos los peldaños, pero me sentía imbuido de una nueva dicha, y por primera vez mis dolorosos recuerdos, mi confusión, me abandonaron.
Me encontraba en la casa del Señor. Ya se oían los cánticos de los levitas.
Al llegar a la verja, el levita guardián nos detuvo.
– Este chico es muy pequeño -dijo-. ¿Por qué no lo dejáis con vuestras mujeres?
– Es mayor de lo que su edad dice, y conoce la Ley de Moisés -dijo José-. Está preparado -añadió.
El levita asintió con la cabeza y nos dejó pasar.
Aquí volvía a estar repleto de gente. El ruido de animales era ensordecedor, y las tórtolas de Santiago se agitaron. Pero la música sonaba en todas partes.
Oí las flautas y los címbalos y las bien ensambladas voces de los cantantes.
Jamás había oído música tan sublime, tan plena, como la de los levitas cantando. No eran los cánticos alegres y mal interpretados de cuando nosotros entonábamos los salmos por el camino, ni las canciones de ritmo rápido de las bodas. Era un sonido oscuro y casi triste que fluía ininterrumpidamente con fuerza tremenda. Las palabras en hebreo se fundían en el estribillo. No había un principio ni un final.
Quedé tan cautivado que hasta un rato después no me percaté de lo que estaba sucediendo ante mis ojos, frente a la barandilla.
Los sacerdotes, vestidos de puro blanco y con turbantes blancos, se movían al compás del vaivén de los animales, entre la multitud y el altar. Vi los corderitos y los machos cabríos que iban a sacrificar. Vi las aves.
Los sacerdotes estaban tan apretujados alrededor del altar que no distinguía lo que estaban haciendo, sólo de vez en cuando alcanzaba a ver la sangre que salía disparada hacia arriba o abajo. Sus bellas prendas de lino manchadas de sangre. Un gran fuego ardía sobre el altar, y el olor a carne quemada era indescriptible. Cada vez que tomaba aire olía aquella pestilencia.
Aunque José señaló el altar del incienso y yo pude verlo también, no percibí el olor del incienso.
– Mira los cantantes, ¿los ves? -dijo Cleofás, inclinándose para hablarme al oído.
– Sí -dije-. Santiago, mira. -Se distinguían entre las idas y venidas de los sacerdotes.
Estaban en los escalones que llevaban al santuario y eran muchos, hombres barbudos de largas guedejas, todos con pergaminos en las manos; vi también las liras que producían los deliciosos sonidos que yo no había sabido identificar entre la armoniosa belleza de su música.
Los cánticos de los levitas me llegaron con más nitidez al verlos a ellos. Era tan hermoso que me sentí flotar. Aquella música borró todos los demás sonidos.
Mis preocupaciones desaparecieron por completo mientras estaba allí, rezando, mis palabras convertidas en algo distinto, en simple adoración al Creador, en tanto escuchaba la música y miraba todo cuanto estaba pasando.
«Señor, Señor, sea yo quien sea, sea yo lo que sea, sea yo lo que haya de ser, formo parte de este mundo que es una fluida maravilla, como esta música. Y Tú estás con nosotros. Estás aquí. Has montado aquí tu tienda, entre nosotros. Esta música es tu canción. Esta casa es la tuya.»
Empecé a llorar, pero por lo bajo. Nadie lo advirtió.
Santiago cerró los ojos en oración mientras sujetaba las dos tórtolas, esperando a que llegara el sacerdote. Había tantos que no se podían contar.
Recibían los corderos que balaban y los machos cabríos que chillaban hasta el último momento. La sangre era recogida en cuencos, conforme a la Ley de Moisés, para luego ser arrojada sobre las piedras del altar.
– Veréis -dijo Cleofás-. Este no es el altar de la Presencia. Ese está allá arriba, detrás de los cantantes, en el santuario, más allá del gran velo. Y estas cosas nunca las veréis. Vuestra madre fue una de las que tejió parte de esos velos, dos cada año. Ah, qué portentosos bordados. Sólo el sumo sacerdote puede entrar en el sanctasanctórum, y cuando entra lo hace envuelto en una nube de incienso.
Pensé en José Caifás. Me lo imaginé entrando en aquel sagrado lugar.
Luego pensé en el joven Aristobulos, el sumo sacerdote a quien el viejo Herodes había hecho asesinar. «Ojalá los magos no se lo hayan contado a Herodes…»
Recordé las palabras de mi madre: «Tú no eres hijo de un ángel.» Qué niño era yo cuando me dijo eso. No había vuelto a pensar en aquellas palabras desde la noche en que ella me habló en el tejado, aquí en Jerusalén. No me había permitido pensar en ello. Pero ahora sí, y todas las extrañas imágenes que me había formado al oír el relato de Santiago explotaron de color en mi mente.
Pero yo no quería esos pensamientos, esos fragmentos de algo que era incapaz de completar. Yo quería la paz y la dicha que había sentido hacía sólo unos momentos. Y la paz y la dicha volvieron. Tanto es así, que ya no fui un muchacho allí de pie entre otras personas, sino que fui mi alma, mi entendimiento, como si pudiera salir de mi cuerpo, mi alma transportada en las olas de la música, como si yo no tuviera peso ni tamaño y de este modo, en ese momento, pudiera entrar en el sanctasanctórum, y asilo hice: atravesé la cancela y la pared, sin dejar de proyectarme más y más hacia fuera de mí mismo. «Te llamaron Christos Kyrios.»
«Señor, dime quién soy. Dime qué debo hacer.»
Volví en mí al sonido de un llanto, un sonido empequeñecido por la música y las oraciones susurradas en hebreo. Era Santiago. Estaba temblando.
Miré de nuevo el gran altar de piedra de los sacrificios, y los sacerdotes arrojando la sangre sobre las losas. La sangre pertenecía al Señor. Ya pertenecía al Señor cuando aún estaba en el animal, y también ahora. La sangre era la vida del animal. Un israelita j amas debía ingerir sangre. Las piedras del altar estaban empapadas de sangre.
Era una cosa hermosa y oscura como la música, y como las oraciones que se oían por doquier en hebreo. El propio ir y venir de los sacerdotes recordaba los movimientos de una danza.
«No, ya no soy un niño. Ya no.»
Pensé en los hombres que habían muerto un día como aquél el año anterior. Pensé en los que habían perecido quemados en ese mismo Templo.
Pensé en este Templo cubierto de sangre. Sangre. Siempre sangre.
Santiago sujetaba con fuerza a las dos tórtolas, que trataban de escapar, formando una jaula con sus dedos.
– Confieso mis pecados -susurró-. Soy culpable de envidia y de rencor.
Intentó tragarse las lágrimas. A sus trece años, era un hombre que lloraba.
Yo no sabía si alguien se había dado cuenta de que lloraba, pero entonces vi la mano de José en su hombro, dándole consuelo. José le besó en la mejilla. José quería a su hijo Santiago. Le quería mucho. Y también a mí. Quería a cada uno de un modo diferente.
Santiago mostró sus pájaros e inclinó la cabeza cuando el sacerdote se acercó a nosotros.
– «Pues nos ha nacido un niño -recitó Santiago del profeta Isaías-, se nos ha dado un hijo que lleva sobre sus hombros el dominio. -Trató de contener las lágrimas, antes de continuar-. Y se le ha dado el nombre de Consejero Portentoso, Héroe-Divino, Padre-Sempiterno, Príncipe de Paz.»
Me volví para mirarle. ¿Por qué esa oración?
– Que el Señor perdone mi envidia. Que el Señor perdone mis pecados y yo pueda quedar limpio. Deja que no tenga miedo. Déjame comprender. Me arrepiento de todo.
De súbito, el sacerdote estaba allí plantado delante de nosotros, con la barba y el rostro salpicados de sangre. Pero era hermoso con su lino blanco y su mitra. Detrás de él estaba el levita. El sacerdote acercó el cuenco dorado.
Con los ojos casi cerrados miró fijamente a Santiago, quien hizo una inclinación con la cabeza y le entregó las dos tórtolas.
– Esto es una ofrenda por pecar -dijo Santiago.
Me empujaron hacia delante y me inclinaron para que pudiese ver, pero el sacerdote se perdió enseguida entre los demás sacerdotes y ya no pude ver lo que hacían en el altar. Lo sabía por las Escrituras, eso sí. Le retorcían el pescuezo al pájaro y derramaban su sangre. Esa era la ofrenda por pecar. El segundo pájaro sería quemado.
No estuvimos allí mucho tiempo.
Había terminado. Deuda saldada.
Regresamos, casi a empujones, y pronto estuvimos entre la multitud del Patio de los Gentiles. Esta vez no fuimos hacia el centro sino que seguimos la columnata conocida como Pórtico de Salomón.
Había maestros sentados bajo el porche, y muchos hombres jóvenes formando corro alrededor. También algunas mujeres se detenían para escucharlos. Oí a uno que enseñaba en arameo, y luego otro que contestaba a una pregunta en griego ante una abigarrada multitud.
Yo quería parar, pero la familia siguió adelante, y cada vez que yo aflojaba el paso para mirar a los maestros, para pescar alguna palabra suelta, alguien me cogía de la mano y tiraba de mí.
Finalmente vi el gran pórtico un poco más allá. No había tanta gente como antes. Salimos y vimos a la vieja Sara bajo el tejado, sentada a la sombra de una columna con Bruria, nuestra triste refugiada, y también Riba, que jugaba con su bebé. Estaban allí mi madre y mis tías. Me había olvidado por completo de ellas. Ni siquiera sabía que las estábamos buscando. Sara recibió a Santiago con un abrazo y un beso.
Como estábamos muy cansados, nos sentamos con ellas. Enseguida me fijé en que mucha gente hacía lo mismo pese a que los albañiles estaban trabajando a escasa distancia, en la pared del fondo. Nos pusimos muy juntos para que la gente pudiese pasar.
Muchos se marchaban del Templo. Dos o tres mercaderes habían recogido sus jaulas y estaban bajando las escaleras. Pero todavía había otros que protestaban y se gritaban entre sí, y varias personas se demoraban todavía en las mesas de cambiar dinero.
Los levitas que vendían el aceite y la harina para el sacrificio estaban plegando sus mesas. Entonces vi que los guardias se aproximaban a la escalera para observar a quienes abandonaban el Templo.
El sacrificio vespertino del cordero pronto habría terminado. Yo no lo sabía con certeza, pero no me preocupaba; aún tenía muchas cosas que aprender, todo a su tiempo.
Cerca de allí vi a un ciego sentado en un taburete, un hombre con una larguísima barba gris que estaba hablando en griego a nadie con los brazos extendidos, o tal vez hablaba a todo el mundo. La gente le lanzaba monedas al regazo. Los había que se paraban a escuchar unos segundos. Yo no podía oírle bien debido al alboroto general. Le pregunté a José si me dejaba darle algo y escuchar lo que decía.
José lo pensó un momento y luego me dio un denario, que era mucho. Cogí la moneda y corrí a sentarme a los pies del ciego.
Hablaba un griego muy bonito, tan suave como el de Filo de Alejandría.
Estaba recitando un salmo:
– «Permite que mi grito de alegría llegue a ti, Señor, dame comprensión como me prometiste…» -Calló un momento y palpó la moneda que yo había dejado en su regazo. Rocé el dorso de su mano. Tenía los ojos velados, de un gris pálido-. ¿Y quién es éste que me da tanto y viene a sentarse a mis pies? -preguntó-. ¿Un hijo de Israel o alguien que busca al Señor de Todos?
– Un hijo de Israel, maestro -respondí en griego-. Un alumno en busca de la sabiduría de tus cabellos grises.
– ¿Y qué quieres saber, niño? -preguntó él, mirando al frente. Deslizó la moneda en el cinto que ceñía su túnica.
– Maestro, por favor, dime quién es Christos Kyrios.
– Ah, pequeño, son muchos los ungidos -dijo-, pero ¿el ungido por el Señor? ¿Quién crees tú que podría ser, aparte del hijo de David, el rey ungido de la raíz de Jesé que habrá de gobernar Israel y traer la paz a la Tierra Prometida?
– Pero, maestro, ¿y si unos ángeles cantaron cuando ese ungido nació?, ¿y si unos magos fueron a llevarle presentes, siguiendo una estrella en el cielo?
– Oh, esa vieja historia -dijo el ciego-. El bebé que nació en un pesebre, allá en Belén. De modo que la conoces. Ya casi nadie habla de esa historia. Es demasiado triste. Creía que estaba olvidada.
Me quedé sin habla.
– La gente dice «aquí está el Mesías» y «allá está el Mesías» -continuó, diciendo «Mesías» en hebreo-. Cuando venga el Mesías lo sabremos, ¿cómo no vamos a saberlo?
Yo estaba demasiado agitado para decir nada.
– Dime las palabras de Daniel, niño… «El que vendrá como Hijo del Hombre.» Niño, ¿estás ahí?
– Sí, maestro, pero ¿qué historia es ésa, la del niño que estaba en un pesebre? -pregunté.
– Fue algo espantoso, y además ¿quién sabe qué pasó exactamente? Todo ocurrió muy rápido. Sólo Herodes pudo hacer algo tan horrible, ¡un malvado sediento de sangre! Pero no debo decir estas cosas. Su hijo es ahora rey.
– Pero, maestro, ¿qué fue lo que hizo? Estamos a solas, no hay nadie por aquí cerca. El ciego me tomó la mano.
– ¿Cuántos años tienes? Tu mano es pequeña, y está áspera de trabajar.
No quise decírselo. Sabía que se iba a sorprender.
– Maestro, debo averiguar lo que sucedió en Belén. Cuéntamelo, te lo ruego.
– Cosas indecibles… -Meneó la cabeza-. ¿Cómo hemos podido acabar bajo el yugo de semejante familia?, ¿de unos hombres que ceden a la cólera, que asesinan a sus propios hijos? ¿A cuántos de sus propios descendientes aniquiló Herodes? ¿A cinco? ¿Y qué dijo César Augusto acerca de Herodes cuando éste asesinó a sus dos hijos varones? «Preferiría ser un cerdo de Herodes a ser su hijo.»
El ciego rió. Yo hice otro tanto por respeto a él, pero mi mente estaba conmocionada.
– Niño, responde por mí -dijo-. Debido a mi ceguera ya no puedo leer mis libros, y los libros lo eran todo para mí, mi único consuelo, y me cuesta un dinero tener alguien que me los lea, mis libros son mi tesoro. No los regalaré para pagar a un muchacho que me lea lo que queda de ellos. No puedo regalar los que yo mismo copié con tanto esmero, conforme a la Ley. Dime de Zacarías: «En ese día… En ese día…» Vamos, la última línea, niño…
– «En ese día no habrá ya más mercaderes en la casa del Señor» -dije.
El anciano asintió.
– ¿Los oyes? -preguntó.
Se refería a los hombres que cambiaban las monedas y a quienes discutían con ellos.
– Sí, los oigo.
– ¡En ese día! -repitió-. En ese día.
Miré sus ojos, el grosor del velo que los cubría. Era como leche sobre sus ojos. Si yo… No, pero había hecho una promesa. Si yo hubiera sabido que eso estaba bien… pero lo había prometido.
Sus dedos, blandos y resecos, apretaron los míos.
Y yo así su mano y recé silenciosamente por él. «Oh, Dios misericordioso, sólo si ésa es tu voluntad, concédele el consuelo, concédele algún alivio…»
José estaba detrás de mí.
– Ven, Yeshua -dijo.
– Que Dios te bendiga, maestro -dije yo, y le besé la mano.
El hombre se quedó agitándola a modo de despedida.
Tan pronto la vieja Sara se puso de pie y Riba se hubo asegurado el bebé con unas ligaduras, iniciamos el trayecto para salir del Templo.
En lo alto de la escalera que daba al túnel, José se detuvo y me agarró de la mano. Santiago había seguido andando.
El ciego venía presuroso hacia nosotros, sus ojos negros y centelleando de luz. Miró a derecha e izquierda y luego de nuevo a José. Ver resucitar a un muerto no habría sido menos pasmoso.
El corazón me dio un vuelco.
– ¡Aquí había un niño! -exclamó el anciano-. ¡Un niño! -Miró hacia mí y luego escalera abajo hacia la muchedumbre-. Un chico de doce o trece años. Acabo de oír su voz hace un momento. ¿Adonde ha ido?
José meneó la cabeza y, agarrándome con su fuerte brazo derecho, me subió a su hombro y caminó hacia el túnel.
De camino a casa no me habló en ningún momento.
Yo quería repetirle las palabras de mi oración, para que viera que me habían salido del alma, que yo no había querido hacer nada malo, que tan sólo había orado y me había puesto en manos del Señor.