Los días que siguieron fueron alegres y plenos para la familia. Estuvimos en el Templo para la purificación y nos bañamos después de ser rociados por segunda vez, como era de rigor. Durante el período de espera paseamos por las calles de Jerusalén, maravillados de las joyas, los libros y las telas que vendían en el mercado, y Cleofás compró incluso un librito en latín. José le compró a mi madre unos bonitos bordados, que ella podría coser en un velo para lucirlos en las bodas del pueblo.
Eso durante el día. Por la noche había música e incluso bailes en Betania, entre los campamentos.
Y la Pascua propiamente dicha fue una maravilla.
José se encargó de degollar el cordero delante del sacerdote y el levita, que recogieron la sangre. Y cuando estuvo asado, cenamos según la costumbre con pan sin levadura y las hierbas amargas, contando la historia de nuestro cautiverio en tierras de Egipto, y cómo el Señor nos había rescatado de allí y hecho cruzar el mar Rojo para devolvernos a la Tierra Prometida.
Comíamos el pan ázimo porque al huir de Egipto no habíamos tenido tiempo de hacer pan con levadura; las hierbas amargas eran en recuerdo de lo amargo que había sido nuestro cautiverio; el cordero, porque ahora éramos libres y podíamos celebrar que el Señor nos había salvado; y fue la sangre del cordero en las puertas de los israelitas lo que había hecho que el Ángel de la Muerte pasara de largo cuando había asesinado a los primogénitos de Egipto porque el faraón no quería dejarnos ir. ¿Y quién de nosotros, de nuestra pequeña asamblea, no iba a dar a todo esto un significado especial, haciendo un año que habíamos salido de Egipto, padecido guerras y penurias, y encontrado nuestra tierra prometida en Nazaret, desde donde habíamos acudido gozosos al Templo del Señor?
Pasada la festividad, cuando muchos ya se marchaban de Jerusalén y nuestra familia empezaba a hablar de la partida, si la vieja Sara estaría en disposición de hacer el viaje, y de esto y de lo de más allá, yo busqué a José en vano.
Cleofás me dijo que había ido a Jerusalén con mi madre, al mercado, ahora que había poca gente, con la intención de comprar hilo.
– Quisiera volver al Templo para oír a los maestros del pórtico -le dije-. No nos marcharemos hoy mismo, ¿verdad?
– No, qué va. Busca alguien que te acompañe. Está bien que veas el Templo cuando no hay aglomeraciones, pero no puedes ir solo. -Fue a hablar con los hombres.
En todo este tiempo, José no me había dicho una sola palabra acerca del ciego. Lo que había ocurrido con él lo había asustado. Yo no me había dado cuenta en el momento, pero ahora lo sabía. Lo que no sabía era si José podía ver el cambio operado en mí. Porque yo había cambiado.
Mi madre sí lo notaba. Ella lo veía, pero no la preocupaba. Después de todo, yo no estaba triste. Sólo había renunciado a jugar con los otros chicos. Y como veía las cosas con otros ojos, me mostraba callado pero en absoluto infeliz. Escuchaba a los hombres cuando hablaban, prestaba atención a cosas que antes no habría notado, y la mayor parte del tiempo estaba solo.
De vez en cuando tenía tentaciones de enojarme, enojarme con aquellos que se negaban a decirme las cosas que yo quería oír. Pero cuando recordaba que el ciego se había negado a hablarme de aquellas «cosas horribles», comprendía por qué nadie había querido contármelas. Mi madre y José trataban de protegerme de algo, pero yo no podía estar protegido por más tiempo. Necesitaba saber.
Necesitaba saber lo que los otros sabían.
Fui hasta el camino que llevaba al Templo. José Caifás estaba bajando en compañía de varios miembros de su familia directa y me saludó con una sonrisa.
Yo me puse a la cola.
José volvió la cabeza un par de veces y me llamó por mi nombre, cosa que me sorprendió, y me hizo señas para que me sumara a su grupo, cosa que hice pero manteniéndome un poco rezagado. Después de todo, estaba cubierto del polvo del campamento, mientras que él iba como siempre, de punta en blanco, lo mismo que quienes le acompañaban, que probablemente eran también sacerdotes.
Pero yo hacía lo que Cleofás me había dicho. Iba acompañado por alguien.
No estaba solo.
Cuando llegamos a las cercanías del Templo me escabullí.
El Patio de los Gentiles no estaba muy lleno, y por primera vez pude apreciar realmente la magnitud del Templo y sus ornamentos. Era tal como decía Cleofás.
Pero no era esto lo que yo quería ver.
Fui al Pórtico de Salomón para escuchar a los maestros.
Había muchos, y algunos de ellos atraían más público que otros. Yo buscaba a un anciano, un hombre frágil por sus muchos años y con el pelo blanco.
Finalmente di con el más anciano de todos, un hombre muy flaco, con unos ojos que despedían chispas y sin un solo pelo en la cabeza debajo del chal, aunque sí pelos grises en los lados. Iba bien vestido y llevaba hilos azules cosidos a sus borlas. Tenía un buen corro de jóvenes alrededor, algunos bastante mayores que yo.
Lo observé y escuché sus palabras.
El anciano hacía preguntas a los chicos, mirando fijamente a quien respondía. Tenía una risa fácil, amistosa y agradable, pero todo él irradiaba autoridad. Decía lo que tenía que decir, sin malgastar una sola palabra. Y su voz tenía la viveza de una persona mucho más joven.
Sus preguntas eran parecidas a las que nuestros rabinos podrían habernos hecho. Me acerqué un poco más y ofrecí algunas respuestas. El anciano pareció complacido. Me indicó por gestos que me aproximara. Los chicos me hicieron sitio para que me sentara a sus pies. Ni siquiera pensé en Santiago. Ofrecí respuesta tras respuesta a sus preguntas. El rabino Berejaiah me había adiestrado bien. Y al poco rato, el maestro dejó que otros chicos respondieran también.
Cuando sonó el cuerno para el sacrificio vespertino, hicimos una pausa para decir las oraciones.
Llegó entonces el momento que yo estaba esperando sin saberlo siquiera.
Mi corazón latía con fuerza. Los chicos se fueron a las habitaciones donde dormían o a sus casas en la ciudad. El maestro se encaminó hacia la biblioteca del Templo, y yo le seguí junto con otros dos chicos.
La biblioteca era grande, más que la de Filo, y estaba llena de pergaminos.
Había escribas copiando textos con la cabeza gacha, y cuando el anciano entró se levantaron en señal de respeto.
Pero el maestro pasó de largo y fue hacia su lugar de estudio particular, permitiéndonos entrar con él. Uno de los chicos le hizo preguntas sobre la Ley de Moisés.
Yo lo oía todo, pero las palabras no penetraban en mi mente. Mi propósito era sólo uno.
Por fin, quedamos a solas él y yo. Se había sentado a su mesa y le habían llevado un vaso de vino. Las lámparas estaban encendidas y alrededor todo eran pergaminos. La sala olía a papiro y al aceite de las lámparas. Si mi corazón no hubiera estado aporreando mi pecho, aquel lugar me habría encantado.
– ¿Qué quieres de mí, chico? -preguntó el rabino-. Has esperado mucho este momento. Di lo que sea.
Esperé un instante, pero no me venía nada a la cabeza, ninguna pregunta en concreto.
– Hace ocho años, en Belén nació un niño. Los ángeles anunciaron el lugar a unos pastores. Lo llamaron «Cristo, el Señor». Unos días después se presentaron tres hombres de Oriente, unos magos persas que le ofrecieron presentes, afirmando que una estrella los había guiado hasta el niño.
– Sí -asintió él-. Conozco esa historia.
– ¿Qué fue del niño?
– ¿Por qué te interesa saberlo? ¿Por qué preguntas?
– Te suplico que me lo digas. No puedo pensar en otra cosa, noche y día. Soy incapaz de comer o beber mientras no averigüe lo de ese niño.
El maestro meditó. Tomó un sorbo de vino.
– Te lo contaré -dijo después-, para que puedas quitártelo de la cabeza y estar en paz. Y estudiar, que es lo que deberías hacer.
– Sí -dije.
– Esos magos, como tú los llamas, esos hombres sabios, vinieron a Jerusalén. Fueron al palacio de Herodes, al sur de Belén. Dijeron que habían seguido una estrella y que habían visto señales en el cielo que hablaban del nacimiento de un nuevo rey. -Hizo una pausa-. Eran hombres ricos, llevaban bellas vestiduras y venían con una caravana de sirvientes, eran asesores de sus gobernantes. Traían regalos para ese niño. Pero cuando estaban cerca de Jerusalén, la estrella quedó flotando sobre una serie de poblados. No consiguieron encontrar el sitio donde podía estar el niño. Herodes había recibido a esos hombres y había fingido interesarse por ese nuevo rey. -Sonrió con amargura. Bebió otro sorbo.
Esperé.
– Nos convocó a nosotros, los ancianos, los escribas, los que conocíamos las Escrituras, a fin de determinar dónde había de nacer el verdadero rey de Israel. El Cristo. Como de costumbre, Herodes ofreció todo un espectáculo de ostentación y fingimientos, implorando que le dijésemos qué predecían las Escrituras.
Meneó la cabeza y apartó la vista, mirando hacia las paredes, para luego mirarme de nuevo.
– Le dijimos que el nuevo mesías había de nacer en Belén. Era la verdad, ni más ni menos. No deberíamos haberle dicho nada. ¡Pero entonces no sabíamos que un niño había nacido en Belén rodeado de signos milagrosos! No estábamos todavía al corriente porque el niño había nacido sólo unos días atrás. No sabíamos nada de los ángeles, ni de la virgen madre. De todo eso nos enteramos después, mucho después. Sólo conocíamos las Escrituras, y pensamos que esos hombres de Oriente no eran más que gentiles embarcados en una estúpida búsqueda. De modo que respondimos, no con astucia, sino con la verdad. En cuanto a Herodes, comprendíamos perfectamente que la última cosa que le habría gustado encontrar era al verdadero rey, el Cristo.
Inclinó la cabeza y se quedó callado.
Yo no pude soportar su silencio.
– Maestro, ¿qué sucedió? -dije.
– Los magos fueron allí, eso lo supimos más tarde. Encontraron al niño y le ofrecieron sus presentes. Pero no volvieron a hablar con Herodes como éste les había pedido. Se marcharon por caminos desconocidos. Y cuando Herodes descubrió que le habían engañado, montó en cólera. Muy de mañana, mientras todavía estaba oscuro, envió soldados de su fortaleza, y mientras él observaba desde un torreón, los soldados registraron todas las casas de Belén ¡y mataron a todos los niños menores de dos años!
Me estremecí y las lágrimas afloraron a mis ojos.
– Arrancaron a los niños de brazos de sus madres, les aplastaron la cabeza contra las piedras, los degollaron. Los mataron a todos. Ni uno solo escapó con vida.
– ¡Pero eso es atroz! -exclamé quedamente, ahogándome casi con mis palabras-. ¡No es posible que hayan hecho eso!
– Por supuesto que sí- dijo el maestro.
Los sollozos se agolpaban en mi garganta. No podía moverme. Intenté taparme la cara pero no podía moverme. Me puse a temblar y llorar con todo mi cuerpo y toda mi alma.
Sentí las manos del maestro en mis hombros.
– Hijo -dijo, tratando de calmarme-. Hijo. Pero yo no podía parar.
No podía parar ni podía decírselo. ¡No podía decírselo a nadie! ¡Esa tragedia había ocurrido por nacer yo! Empecé a gritar. Grité como la noche en que vi arder Jericó, y el terror que ahora me atenazaba era mil veces peor que aquel miedo, mil veces peor. No me tenía en pie.
Alguien me sujetó. El maestro me habló con dulzura, pero las palabras se perdieron en medio de mi pánico.
Vi los bebés. Los vi arrojados contra las piedras. Vi sus cuellos rajados. Vi los corderos degollados en el Templo durante la Pascua. Vi la sangre. Vi las madres gritando. No podía dejar de llorar.
Alrededor de mí alguien susurraba. Unas manos me izaron.
Fui tendido en una cama. Noté un paño fresco en la frente. Los sollozos me atragantaban. No podía abrir los ojos. No podía dejar de ver a los bebés asesinados. No podía dejar de ver los corderos degollados, la sangre en el altar, la sangre de los bebés. Vi al hombre, a nuestro hombre, agonizando traspasado por la lanza. Vi a la pequeña Esther, la pequeña Esther sangrando.
Bebés sobre las piedras. Padre celestial, no. No por mi culpa. No.
– No, no… -repetía una y otra vez, si es que llegué a decir algo.
– Incorpórate. ¡Debes tomar esto!
Me levantaron.
– Abre la boca, ¡bebe!
Me atraganté con el líquido, la miel, el vino. Intenté tragar.
– ¡Pero están muertos, están muertos…!
No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que pude llorar sin más, a rienda suelta, y luego dije:
– No quiero dormir. Estoy seguro de que los veré cuando sueñe.