Hasta el tercer día no nos dieron permiso para rondar por donde queríamos. Para entonces Cleofás había recorrido un trecho del camino, y al volver dijo que ya no quedaba nadie en las cruces, que la ciudad había recuperado la normalidad, el mercado estaba abierto… Y luego, con una carcajada, añadió que necesitaban carpinteros para reconstruir lo que se había quemado.
– Aquí ya tenemos trabajo suficiente -dijo José-. En Séforis seguirán construyendo aun mucho después de que todos nosotros hayamos muerto.
Y era verdad que teníamos mucho que hacer, en primer lugar llenar el mikvah, para lo cual los niños tuvimos que ir pasando vasijas a los hombres. Y después había que enyesar toda la casa. Y cuando hubiéramos terminado con esto, había más cosas que hacer.
Yo estaba contento porque podíamos recorrer el pueblo, y tan pronto tuve oportunidad me fui al bosque. Vi muchos niños y tuve ganas de hablar con ellos, pero antes quería pasear por el campo y trepar por las cuestas bajo los árboles.
Alejandría, como todo el mundo afirmaba, era una ciudad llena de maravillas, había grandes festejos y procesiones y espléndidos templos y palacios, y casas como la de Filo con suelos de mármol. Pero allí había hierba verde.
A mí me gustaba su aroma más que cualquier perfume, y cuando pasaba bajo las ramas de los árboles el suelo se volvía blando. De la parte del valle soplaba una brisa que agitaba los árboles casi de uno en uno. Me gustaba mucho el crujir de las hojas sobre mi cabeza. Seguí cuesta arriba hasta que salí de nuevo a un claro donde la hierba era más espesa, y me tumbé. El suelo estaba húmedo porque había llovido un poco por la noche, pero se estaba bien. Contemplé el pueblo. Vi hombres y mujeres trabajando en los huertos, y más allá los campos y las granjas. Había gente desbrozando la maleza, o eso me pareció.
Pero mi mente estaba concentrada en las arboledas y en el cielo azul, allá arriba.
Me quedé ensimismado. Sentía como si flotara. Me palpé el cuerpo. Era como si todo mi ser estuviera zumbando y el zumbido llenara mis oídos, pero no estaba zumbando. ¡Qué agradable era! A veces me sentía así antes de quedarme dormido. No tenía sueño. Permanecí quieto en la hierba y oí ruido de animalillos. Vi incluso unas alitas que se agitaban. Levanté la cabeza y vi muchos animales diminutos pululando entre la hierba.
Desvié lentamente la vista hacia los árboles. El viento volvía a sacudirlos de un lado al otro. Las hojas parecían de plata a la luz del sol y no dejaron de moverse incluso cuando cesó el viento.
Mis ojos volvieron a lo que tenía más cerca: los animalitos que correteaban por el terreno irregular. Pensé que quizás, al tumbarme, había aplastado a alguno, tal vez varios, y cuanto más miraba, mayor número de ellos veía. El suyo era el mundo de la hierba; no conocían otra cosa. ¿Y quién era yo para tumbarme allí a sentir la hierba mullida y disfrutar de su aroma, sin importarme cuánto podría molestarlos?
No lo lamenté. Mi mano acarició las briznas de hierba y los animalitos se movieron cada vez más rápido, hasta que su universo empezó a vibrar sin ningún sonido que me resultara audible.
La tierra era como un lecho debajo de mí. Los graznidos de los pájaros eran música. Cruzaban el cielo a tal velocidad que apenas si podía verlos.
Gorriones. Y entonces, enfrente de mí, vi minúsculas florecillas entre la hierba, tan pequeñas que no las había visto antes, flores de pétalos blancos y corazón amarillo.
La brisa arreció y las ramas se agitaron en lo alto. Hubo una lluvia silenciosa de hojas.
De pronto apareció un hombre. Surgió de la arboleda que había cuesta abajo y venía directamente hacia mí.
Era José, ascendiendo con la cabeza inclinada. La brisa agitaba su túnica y sus borlas. Estaba más delgado que cuando habíamos salido de Alejandría.
Quizá todos lo estábamos.
Debía ponerme en pie en señal de respeto, pero me encontraba muy bien allí tumbado, y continuaba sintiendo aquel zumbido, así que me limité a verlo acercarse.
Yo no tenía juicio suficiente para saberlo, pero aquellos minutos en la hierba al pie de aquel árbol fueron la primera vez en mi vida que estuve realmente solo. Sólo supe que la paz se había roto, y que así debía ser. ¿Qué cosa era el tiempo, que yo podía pasarlo allí contemplando el mundo hasta que éste perdiera su perfil? Por fin, me puse en pie como si acabara de despertar de un sueño profundo.
– Ya sé -me dijo José, un poco triste-. Es sólo un pueblecito, poca cosa, nada en comparación con la gran ciudad de Alejandría, en absoluto, y seguro que habrás pensado muchas veces en tu amigo Filo y en todo cuanto hemos dejado atrás. Lo sé muy bien.
No fui capaz de responder de inmediato. Quería decirle lo mucho que me gustaba todo aquello, lo bien que me hacía, pero mientras buscaba las palabras que todavía no poseía, perdí la oportunidad.
– Pero, mira -añadió-, aquí nadie vendrá a buscarte. Estás a buen resguardo. Y así vas a seguir.
«A buen resguardo.»
– Pero ¿por qué he de…?
– No -dijo José-. Nada de preguntas ahora. Ya habrá tiempo. Escucha: no puedes contarle nada a nadie. -Me miró para asegurarse de que lo entendía-.
No debes comentar lo que oyes que hablamos los hombres. No debes hablar de dónde hemos estado ni por qué. Guarda tus preguntas para ti, y cuando seas mayor, yo mismo te diré lo que necesites saber.
No pronuncié palabra.
Me tomó de la mano y volvimos al pueblo. Llegamos a un pequeño huerto delimitado por piedras pequeñas, cerca de unos cuantos árboles. La maleza lo cubría todo, pero había un árbol grande, sano y lleno de brotes y nudos.
– El abuelo de mi abuelo plantó este olivo -dijo José-. Y ese de ahí, un granado, ya verás cuando empiece a florecer. Queda cubierto de capullos rojos.
Inspeccionó el pequeño huerto. Los que había en las colinas estaban cuidados y llenos de hortalizas.
– Mañana gradaremos todo esto para que puedan trabajar las mujeres -dijo-. No es demasiado tarde para plantar unas viñas, pepinos y otras cosas. Veremos qué opina la vieja Sara. -Me miró-. ¿Estás triste?
– No -respondí al punto-. ¡Esto me gusta! -Deseaba tanto encontrar las palabras, palabras como las de los salmos.
José me cogió en brazos y me besó en ambas mejillas. Luego volvimos a casa. Él no me creía. Pensaba que lo había dicho por amabilidad. Yo quería correr por el bosque y escalar las colinas. Quería hacer todo lo que no había hecho en Alejandría. Pero había trabajo pendiente cuando llegamos al patio, y cada vez venía más gente a presentarnos sus respetos.