Por fin coronamos la colina.
Sólo un gran valle se extendía ante nosotros, todo un espectáculo de olivares y campos. Parecía una tierra alegre, pero el gran diablo, el fuego, ardía otra vez a lo lejos, y el humo se elevaba hasta el cielo y sus blancas nubes. Los dientes me rechinaron. Noté que el miedo brotaba en mi interior, mas lo obligué a desaparecer.
– ¡Allá está Séforis! -exclamó mi madre, y lo mismo hicieron las otras mujeres y los hombres. Y nuestros rezos se elevaron mientras mirábamos sin movernos.
– Pero ¿y Nazaret? -preguntó la pequeña Salomé-. ¿Está ardiendo también?
– No -repuso mi madre, y se inclinó para señalar con el dedo-. Allí está Nazaret.
Apuntaba hacia un pueblo en lo alto de un cerro. Casas blancas, unas encima de otras, y los árboles muy apiñados. A ambos lados había otras pendientes suaves y valles, y a lo lejos más pueblecitos apenas visibles al resplandor del sol. Al fondo estaba el gran incendio.
– Bien, ¿qué hacemos? -dijo Cleofás-. ¿Escondernos en las colinas porque Séforis está en llamas, o ir a casa? ¡Yo digo ir a casa!
– No tengas tanta prisa -repuso José-. Quizá deberíamos permanecer aquí. No lo sé.
– ¿Tú no lo sabes? -se asombró su hermano Alfeo-. Creí haberte oído decir que el Señor velaría por nosotros, y ya estamos a menos de una hora de casa. Si esos ladrones aparecen por aquí, prefiero estar metido en la casa de Nazaret que rondando por estos montes.
– ¿Tenemos túneles en la casa? -pregunté, sin ánimo de interrumpir.
– Sí, tenemos túneles. En Nazaret todo el mundo los tiene. Son túneles antiguos y hace falta repararlos, pero los hay. Aunque estos bandidos sanguinarios están por todas partes…
– Es Judas hijo de Ezequeías -dijo Alfeo-. Seguramente habrá terminado con Séforis y viene de camino.
Bruria rompió a llorar y Riba también. Mi madre trató de consolarlas.
José lo meditó y luego dijo:
– Sí, el Señor velará por nosotros, llevas razón. Iremos a Nazaret. No veo que ocurra nada malo allí, y tampoco en el trecho que nos falta por cubrir.
Empezamos a descender hacia el valle y pronto estuvimos entre hileras de árboles frutales y extensos olivares. Los campos eran los mejores que yo había visto nunca. Avanzábamos despacio y los niños no teníamos permiso para corretear o alejarnos.
Estaba tan ansioso por ver Nazaret y tan lleno de dicha por encontrarme allí que tuve ganas de ponerme a cantar, pero nadie cantaba. Para mis adentros, dije: «Loado sea el Señor, que cubrió los cielos de nubes, que preparó la lluvia para la tierra, que hizo la hierba para que creciera en los montes.»
El camino era pedregoso e irregular, pero el viento soplaba suave. Vi árboles repletos de flores y pequeñas torres sobre unos promontorios, pero en los campos no había ni un alma.
No había nadie en ninguna parte. Y tampoco ovejas ni otro tipo de ganado.
José nos dijo que apretáramos el paso, e hicimos lo que pudimos. Pero no resultó fácil con mi tía María, que de pronto había enfermado, como si Cleofás le hubiese transmitido el mal. Tirábamos de los burros y nos turnábamos para llevar al pequeño Simeón, que pataleaba y lloraba reclamando a su madre.
Finalmente empezamos a subir la cuesta de Nazaret. Supliqué ir en cabeza y adelantarme, y lo mismo hizo Santiago, pero José dijo que no.
Nazaret era un pueblo desierto.
Una calle ancha colina arriba con callejuelas a ambos lados y casas blancas, algunas de dos y tres plantas, y muchas con patios descubiertos, y todo silencioso y vacío como si allí no viviera nadie.
– Démonos prisa -dijo José con semblante sombrío.
– ¡Pero qué pasa para que todo el mundo se esconda de esta manera! -dijo Cleofás en voz baja.
– No hables. Vamos -dijo Alfeo.
– ¿Dónde se han escondido? -preguntó la pequeña Salomé.
– En los túneles. Seguro que están en los túneles -dijo mi primo Silas. Su padre le ordenó callar.
– Dejad que me suba yo al tejado más alto -propuso Santiago-. Echaré un vistazo.
– Adelante -dijo José-, pero procura que nadie te vea, y regresa cuanto antes.
– ¿Puedo ir con él? -imploré. La respuesta fue no.
Silas y Leví hicieron pucheros por no poder ir con Santiago.
José nos hizo correr colina arriba.
Nos detuvimos en la calle principal, a media cuesta. Entonces supe que nuestro viaje había tocado a su fin.
Era una casa grande, mucho más de lo que yo imaginaba, muy vieja y destartalada. Hacía falta enyesar y limpiar, y cambiar el entramado de madera podrida que sostenía las enredaderas. Pero era una casa para muchas familias, como nos habían explicado, con un establo en un amplio patio y tres plantas.
Las habitaciones se extendían a cada lado del patio, con un tejado que daba sombra todo alrededor. La higuera más grande que había visto en mi vida adornaba el patio.
Era una higuera encorvada, de ramas retorcidas que llegaban hasta las viejas piedras del patio formando un frondoso techo de hojas muy verdes.
Al pie del árbol había unos bancos. Las enredaderas se encaramaban al muro que daba a la calle, formando un pórtico.
Era la casa más bonita que yo nunca había contemplado.
Después de la populosa calle de los Carpinteros, después de las habitaciones donde mujeres y hombres dormían hacinados entre bebés que no cesaban de berrear, aquello me pareció un palacio.
Sí, tenía una débil techumbre de adobe, así como manchas de humedad en las paredes y agujeros donde anidaban palomas -los únicos seres vivos en todo el pueblo-, y el empedrado del patio estaba muy gastado. Y dentro probablemente habría suelos de tierra prensada; también los teníamos en Alejandría. Nada de eso me preocupó.
Pensé en toda nuestra familia ocupando la casa. Pensé en la higuera, en las enredaderas con sus florecitas blancas. Canté silenciosamente en acción de gracias al Señor. Y ¿dónde estaba la habitación en que el ángel se había aparecido a mi madre? ¿Dónde? Tenía que saberlo.
Todos estos pensamientos acudieron a mí en un instante.
Entonces oí un sonido, un sonido tan aterrador que borró de un plumazo todo lo demás: caballos. Caballos entrando en el pueblo. Ruido de cascos y también de hombres gritando cosas en griego que no logré entender.
José miró a un lado y a otro con ansiedad.
Cleofás susurró una plegaria y le dijo a María que metiera a todos en la casa.
Pero antes de que ella pudiera moverse, una voz autoritaria ordenó en griego que todo el mundo saliera de las casas. Mi tía se quedó inmóvil como si se hubiera convertido en piedra. Incluso los más pequeños enmudecieron.
Llegaban más jinetes. Entramos en el patio. Teníamos que apartarnos de su camino, pero no pudimos ir más lejos.
Eran soldados romanos, y llevaban cascos de guerra y lanzas.
En Alejandría yo siempre veía soldados romanos yendo y viniendo por todas partes, en desfiles y con sus mujeres en el barrio judío. Incluso mi tía María, la egipcia, mujer de Cleofás, que estaba con nosotros ahora, era hija de un soldado romano judío, y sus tíos eran soldados romanos.
Pero aquellos hombres no se parecían a nada de lo que yo había visto.
Aquellos hombres venían sudorosos y cubiertos de polvo, y miraban con dureza a derecha e izquierda.
Eran cuatro. Dos esperaban a los otros dos, que bajaban la cuesta. Luego se reunieron los cuatro delante de nuestro patio y uno gritó que nos quedáramos allí.
Refrenaron sus caballos, pero los caballos piafaban y echaban espuma, y no paraban de moverse inquietos. Eran demasiado grandes para la calle.
– Vaya, vaya -dijo uno de los hombres, en griego-. Parece que sois los únicos que vivís en Nazaret. Tenéis todo el pueblo para vosotros solos. Y nosotros a toda la población reunida en un solo patio. ¡Estupendo!
Nadie dijo palabra. La mano de José en mi hombro casi me hacía daño.
Todos nos quedamos quietos.
Entonces el que parecía el jefe, haciendo señas a sus camaradas de que callaran, avanzó como mejor pudo a lomos de su nerviosa montura.
– ¿Qué tenéis que decir en vuestra defensa? -espetó.
Otro bramó:
– ¿Algún motivo para que no os crucifiquemos como a la otra chusma que encontramos por el camino?
Silencio. Y entonces, José habló con voz suave.
– Señor -dijo en griego-, venimos de Alejandría. Ésta es nuestra casa, pero no sabemos nada de lo que está pasando. Acabamos de llegar y nos hemos encontrado el pueblo vacío. -Señaló hacia los burros con sus canastos, mantas y bultos-. Venimos cubiertos del polvo del camino, señor. Estamos a vuestro servicio.
Tan larga respuesta sorprendió a los romanos, y el jefe avanzó con su caballo, entrando en el patio y haciendo retroceder de miedo a nuestras bestias. Nos miró a todos, a nuestros fardos, a las mujeres y a los pequeños.
Pero, antes de que pudiera hablar, el otro soldado dijo:
– ¿Por qué no nos llevamos dos y dejamos el resto? No tenemos tiempo para mirar en todas las casas. Elige dos y larguémonos de aquí.
Mi tía y mi madre gritaron al unísono, aunque al punto se contuvieron. La pequeña Salomé rompió a llorar y el pequeño Simeón se puso a berrear, aunque dudo que supiera por qué. Oí a mi tía Esther murmurar algo en griego, pero no entendí las palabras.
Yo estaba tan asustado que casi no podía respirar. Habían dicho «crucificar», y yo sabía qué era una crucifixión. Lo había visto cerca de Alejandría, pero sólo con miradas rápidas porque jamás había que quedarse presenciando una crucifixión. Clavado a una cruz, despojado de toda la ropa y miserablemente desnudo en su muerte, un crucificado era una visión horrible y vergonzosa. Sentí pánico.
El jefe no respondió.
– Así escarmentarán -insistió el otro-. Nos llevamos dos y dejamos que se vayan los otros.
– Señor -dijo José-, ¿qué podríamos hacer para demostraros que no somos culpables de nada, que tan sólo acabamos de llegar de Egipto? Somos gente sencilla, señor. Observamos las leyes, tanto las nuestras como las vuestras.
José no exteriorizaba ningún miedo, como tampoco ninguno de los hombres, pero yo sabía que estaban aterrorizados. Mis dientes empezaron a castañetear. Ahora no podía romper a llorar. Ahora no, por favor.
Entretanto, las mujeres temblaban y sollozaban de manera casi inaudible.
– No -dijo el jefe-, estos hombres no tienen nada que ver. Vámonos.
– Espera, tenemos que llevarnos a alguien de este pueblo -dijo el otro-. Seguro que aquí también apoyaban a los rebeldes. Ni siquiera hemos registrado las casas.
– ¿Cómo vamos a registrar tantas casas? -repuso el jefe. Nos miró-. Tú mismo has dicho que no podemos. Y ahora, en marcha.
– Uno, llevémonos a uno solo, para que sirva de ejemplo. Sólo uno. -El soldado se situó delante del jefe y empezó a mirar a nuestros hombres.
El jefe no respondió.
– Entonces iré yo -dijo Cleofás-. Llevadme a mí.
Las mujeres gritaron al unísono; mi tía María se derrumbó sobre mi madre y Bruria cayó de hinojos y prorrumpió en llanto.
– Es para esto que sobreviví: moriré por la familia.
– No, llevadme a mí -dijo José-. Iré con vosotros. Si es que tiene que ir alguien, que sea yo. No sé de qué se me acusa, pero iré.
– No; voy yo -terció Alfeo-. Si es preciso, seré yo. Pero, os lo ruego, decidme el motivo por el que voy a morir.
– Tú no morirás -replicó Cleofás-. ¿No te das cuenta? Es por eso que no morí allá en Jerusalén. Ahora voy a ofrecer mi vida por la familia: es el momento perfecto.
– Seré yo quien vaya -intervino Simón, dando un paso al frente-. El Señor no alarga la vida de un hombre para hacerle morir en la cruz. Llevadme a mí.
Siempre he sido lento y perezoso. Todos lo sabéis. Nunca hago nada bien; al menos ahora serviré para algo. Dejad que aproveche esta ocasión para ofrecerme por mis hermanos y por todos mis familiares.
– ¡He dicho que no! ¡Iré yo! -se obstinó Cleofás-. Es a mí a quien se llevarán.
De repente, los hermanos empezaron a gritarse unos a otros, incluso a darse empujones suaves, cada cual asegurando que moriría por los demás.
Cleofás porque de todos modos estaba enfermo, José porque era el cabeza de familia, y Alfeo porque dejaba a dos hijos fuertes y sanos, y así sucesivamente.
Los soldados, que habían enmudecido de asombro, prorrumpieron en grandes carcajadas.
Y Santiago bajó del tejado, mi hermano Santiago de sólo doce años, vino corriendo y dijo que quería ser él quien fuera.
– Iré con vosotros -le dijo al jefe-. He venido a la casa de mi padre, y del padre de mi padre, y del padre del padre de mi padre, para morir por esta casa.
Los soldados se rieron todavía más.
José hizo retroceder a Santiago y todos empezaron a discutir otra vez, hasta que los soldados miraron hacia la casa. Uno de ellos señaló con el dedo.
Todos volvimos la cabeza.
De la casa, de nuestra casa, salía una anciana, una mujer tan vieja que su piel parecía cuero reseco. Traía en sus manos una bandeja de pastas y un odre de vino colgado del hombro. Tenía que ser la vieja Sara, no podía ser otra.
Los niños la miramos porque los soldados así lo hacían, pero los hombres continuaban discutiendo sobre quién iba a ser el crucificado, y cuando ella habló no pudimos oír sus palabras. -¡Basta, callaos de una vez! -gritó el jefe-. ¿No veis que la anciana quiere hablar?
Silencio.
La vieja Sara se adelantó a pasitos rápidos.
– Haría una inclinación ante vosotros -dijo en griego-, pero soy demasiado vieja para eso. Y vosotros sois jóvenes. Tengo unos dulces y el mejor vino de los viñedos de nuestros parientes que viven más al norte. Sé que estáis cansados y en tierra extranjera. -Su griego era tan bueno como el de José, y su manera de hablar denotaba alguien acostumbrado a contar historias.
– ¿Darías de comer y beber a unos soldados que crucifican a tus compatriotas? -preguntó el jefe.
– Señor, podría prepararos la ambrosía de los dioses en el Monte Olimpo -dijo Sara-, y convocar a bailarinas y músicos y llenar vasos dorados con néctar, si con eso perdonarais la vida a estos hijos de la casa de mi padre.
Los soldados prorrumpieron en tales risotadas que fue como si no hubieran reído nunca. No era una risa malvada, no, sus rostros parecían ahora menos crispados, y se les notaba la fatiga.
Sara se acercó a ellos y les ofreció los dulces. Y los soldados aceptaron, los cuatro, y el soldado malvado, el que quería llevarse a uno de nosotros, cogió el odre de vino y echó un trago.
– Mejor que néctar y ambrosía -dijo el jefe-. Eres una mujer bondadosa.
Me recuerdas a mi abuela. Si tú me dices que ninguno de estos hombres es un bandido, si me dices que nada tienen que ver con las revueltas de Séforis, yo te creeré, y dime también por qué el pueblo está vacío.
– Estos hombres son lo que dicen ser -confirmó la anciana. Santiago le cogió la bandeja mientras los hombres comían los dulces-. Han vivido siete años en Alejandría. Son artesanos que trabajan la plata, la madera y la piedra.
Tengo una carta de ellos anunciando su regreso a casa. Y esta niña, mi sobrina María, es hija de un soldado romano judío estacionado en Alejandría, y su padre participó en las campañas del norte.
Tía María, que ya no se sostenía en pie y necesitaba la ayuda de dos mujeres, asintió con la cabeza.
– Tomad, aquí tengo la carta. Me llegó de Egipto hace solamente un mes, por el correo romano. Os la enseñaré. Podéis leerla. Está en griego, la redactó el escriba de la calle de los Carpinteros.
Sacó un pergamino enrollado, el mismo que mi madre le había enviado desde Alejandría.
– No, no hace falta -dijo el soldado-. Veréis, teníamos que sofocar esta rebelión, eso ya lo sabéis. Y buena parte de la ciudad ha sido pasto de las llamas. Eso no es bueno para nadie. Nadie quiere que eso pase. Mirad este pueblo. Mirad los cultivos. Estas tierras son buenas. ¿Para qué esta estúpida insurrección? Y ahora media ciudad incendiada, y los mercaderes de esclavos llevándose a rastras a mujeres y niños.
Un soldado empezó a refunfuñar, pero el malvado guardaba silencio. El que hablaba continuó.
– Estos insurrectos no pueden unificar el país. Sin embargo, se hacen coronar y se proclaman reyes. Y los rumores que llegan de Jerusalén indican que allí las cosas están peor. Sabéis que buena parte del ejército se dirige al sur, hacia Jerusalén, ¿no?
– Rezo para que cuando la muerte venga a cualquiera de nosotros -dijo la anciana-, nuestras almas estén juntas en el haz de los que viven ante el Señor.
Los soldados la miraron extrañados.
– Y no en el hueco de la honda, como las almas de quienes obran mal -concluyó la anciana.
– Bonita oración -dijo el jefe romano.
– Y espera a probar el vino -terció el soldado que le tendió el odre.
El jefe bebió.
– Muy bueno -repitió-. Un vino excelente.
– Para salvar a mi familia -dijo la anciana-, ¿creéis que os serviría un vino malo?
Los soldados rieron otra vez. La anciana les caía bien.
El jefe quiso devolverle el odre, pero ella lo rechazó.
– Quedáoslo -dijo-. Vuestro trabajo es muy duro.
– Duro, sí -asintió el romano-. Una cosa es pelear en el campo de batalla, y otra las ejecuciones. -Nos miró despacio a todos, como si fuera a hablar.
Pero en cambio dijo:
– Gracias, anciana, por tu hospitalidad. En cuanto a este pueblo, lo dejaremos como está. -Tiró de las riendas e hizo girar al caballo para alejarse calle abajo.
Todos inclinamos la cabeza.
La anciana habló y el jefe se detuvo para oír sus palabras:
– «Que el Señor te bendiga y te guarde; que el Señor haga resplandecer su rostro sobre ti y te otorgue su gracia; que el Señor vuelva hacia ti su rostro y te dé la paz.» El jefe se la quedó mirando un momento mientras los caballos piafaban en el polvo.
Luego asintió con la cabeza y sonrió.
Y, tal como habían venido, se fueron, con mucho ruido y estrépito. Y Nazaret quedó tan vacío como lo estaba antes de su llegada.
Nada se movía salvo las florecitas y las hojas de las enredaderas. Y los retoños de la higuera, de un verde tan brillante. Sólo se oía el arrullo de las palomas y el suave canto de otros pájaros.
José se dirigió a Santiago en voz queda.
– ¿Qué has visto desde los tejados?
– Cruces y más cruces -dijo el pequeño- a ambos lados del camino a Séforis. No he distinguido a los hombres, pero sí las cruces. No sé cuántas habrá. Quizás hay unos cincuenta crucificados.
– Bien, el peligro ha pasado -dijo José, y todo el mundo empezó a moverse y a hablar a la vez.
Las mujeres rodearon a la anciana y tomaron sus manos para cubrirla de besos, indicándonos por gestos que hiciéramos lo mismo.
– Esta es la vieja Sara -dijo mi madre-, la hermana de la madre de mi madre. Venid todos a saludar a la vieja Sara -nos dijo a los niños-. Dejadme que os la presente.
Sus ropas eran suaves, a pesar del polvo, y sus manos menudas y arrugadas como su rostro. Tenía los ojos hundidos en profundas arrugas, pero le brillaban.
– Jesús hijo de José -dijo la anciana-. Y mi Santiago, venid, dejad que me ponga debajo del árbol, venid, niños, venid todos, quiero veros uno por uno.
Ah, y deja que tome a ese bebé en brazos.
Yo había oído hablar mucho de Sara. Desde siempre habíamos leído cartas de ella. Aquella anciana era el punto de confluencia entre la familia de mi padre y la de mi madre. Yo no recordaba todos los vínculos, pese a que me los habían repetido muchas veces. No obstante, sabía que era verdad.
De modo que nos congregamos bajo la higuera y yo me senté a los pies de la vieja. Había luz y manchas de sombra, y corría un aire límpido y casi tibio.
Tan gastadas estaban aquellas piedras que apenas mostraban ya señales de las herramientas del albañil, y eran piedras grandes. Me encantaron las enredaderas con sus flores blancas, que la brisa mecía. Allí había espacio y las cosas eran más suaves, o eso me pareció, que allá en Alejandría.
Los hombres fueron a ocuparse de las bestias y los chicos mayores estaban entrando los fardos en la casa. Yo quería ir a ayudar, pero también quería escuchar a la vieja Sara.
Mi madre le puso al pequeño Judas en el regazo mientras le contaba la historia de Bruria y su esclava Riba, y éstas dijeron que serían nuestras siervas para siempre y que hoy mismo se encargarían de preparar la comida, y que cuidarían de todos nosotros si les decíamos qué cosas utilizar y dónde encontrarlas. Todo el mundo hablaba a mi alrededor.
En cuanto al resto del pueblo, la gente estaba escondida efectivamente en los túneles subterráneos, dijo la vieja Sara, y algunos habían huido a las cuevas.
– Yo soy demasiado vieja para arrastrarme por un túnel -dijo-, y a los ancianos nunca los matan. Recemos para que no regresen.
– Los hay a millares -dijo Santiago, que había podido verlos desde los tejados.
– ¿Puedo subir al tejado a mirar? -pregunté a mi madre.
– Ve a ver al viejo Justus -dijo Sara-. Está en la cama y no puede moverse.
Entramos en la casa, la pequeña Salomé, Santiago y yo, y los dos primos hijos de Alfeo. Cruzamos cuatro habitaciones seguidas antes de encontrarlo.
Su cama estaba separada del suelo y una lámpara encendida despedía perfume. José estaba allí con él, sentado en un taburete junto a la cama.
Justus levantó una mano e intentó incorporarse, pero no pudo. José le fue diciendo nuestros nombres, pero el viejo sólo me miró a mí. Se tumbó de espaldas y vi que no podía hablar. Cerró los ojos.
Del viejo Justus también habíamos hablado, sí, pero él nunca escribía. Era más viejo todavía que Sara, y tío suyo. Pariente, además, de José y de mi madre, igual que Sara. Pero, una vez más, yo no habría podido distinguir los vínculos de su parentesco como mi madre que sí podía.
En la casa olía a comida, a pan recién horneado y a potaje de carne. Esto lo había preparado la vieja Sara en el brasero.
Aunque lucía un sol radiante, los hombres nos hicieron entrar a todos.
Atrancaron bien las puertas, incluso las del establo donde estaban los animales (no había otros que los nuestros), y encendieron las lámparas. Nos sentamos en la penumbra. Hacía calor, pero no me importó. Las alfombras eran gruesas y suaves, y yo sólo pensaba en la cena.
Oh, sí, me moría de ganas de ver los campos y los árboles, y correr arriba y abajo de la calle y conocer a la gente del pueblo, pero todo eso habría de esperar hasta que los graves problemas hubieran terminado.
Aquí, juntos, estábamos a salvo. Las mujeres ajetreadas, los hombres jugando con los pequeños, y la lumbre del brasero despidiendo un bonito fulgor.
Las mujeres sacaron higos secos, uvas con miel, dátiles y aceitunas maceradas y otras cosas buenas que habíamos traído desde Egipto, y eso, sumado al espeso potaje de cordero y lentejas -cordero de verdad- y el pan fresco, fue todo un festín.
José bendijo el vino mientras bebíamos:
– Oh, Señor del universo, creador del vino que ahora bebemos, del trigo para hacer el pan que comemos, te damos gracias por estar finalmente en casa sanos y salvos, y líbranos del mal, amén.
Si había alguien más en el pueblo, no lo sabíamos. La vieja Sara nos dijo que tuviésemos paciencia, además de fe en el Señor.
Después de la cena, Cleofás se acercó a tía Sara, se inclinó y le besó las manos, y ella le besó la frente.
– ¿Qué sabes tú de dioses y diosas que beben néctar y comen ambrosía? -bromeó él.
Los otros hombres rieron un poco.
– Ya que te pica la curiosidad, mira en las cajas de pergaminos cuando tengas tiempo -respondió ella-. ¿Crees que mi padre no leía a Homero? ¿O a Platón? ¿Crees que él nunca les leía a sus hijos por la noche? No creas que sabes más que yo.
Los otros hombres fueron acercándose para besarle las manos. Me sorprendió que hubieran tardado tanto en decidirse a hacerlo, y que ninguno tuviera palabras de agradecimiento por lo que había hecho.
Cuando mi madre me acostó en la habitación con los hombres, le pregunté por qué no le habían dado las gracias. Ella frunció el entrecejo, meneó la cabeza y me susurró que no hablara de ello. Una mujer había salvado la vida de unos hombres.
– Pero si tiene muchos pelos grises -dije.
– Sigue siendo una mujer -replicó mi madre-, y ellos son hombres.
Por la noche me desperté llorando.
Al principio no supe dónde me encontraba. No veía nada. Mi madre estaba cerca y también mi tía María, y Bruria me estaba hablando. Recordé que estábamos en casa. Los dientes me castañeteaban pero no tenía frío. Santiago se acercó y me dijo que los romanos se habían ido. Habían dejado soldados vigilando las cruces, la rebelión estaba casi sofocada, pero el grueso del ejército había partido.
Me pareció que hablaba con mucha seguridad. Se acostó junto a mí y me rodeó con un brazo.
Deseé que fuera de día. Seguramente el miedo desaparecería cuando saliera el sol. Sollocé en silencio.
Mi madre me canturreó quedamente:
– Es el Señor quien otorga la salvación incluso a los reyes, es el Señor quien libró al mismo David de la odiosa espada; que nuestros hijos crezcan como crecen las plantas y que nuestras hijas sean piedras angulares, pulidas como las del palacio… Dichosa la persona cuyo Dios es el Señor.
Tuve sueños.
Cuando empezó a clarear abrí los ojos y vi amanecer por la puerta que daba al patio. Las mujeres ya estaban levantadas. Salí antes de que nadie pudiera impedírmelo. El aire era agradable y casi caliente.
Santiago salió detrás de mí y yo trepé por la escala que daba al tejado, y luego a otra escala que subía al siguiente tejado. Nos arrimamos al borde y miramos hacia Séforis.
Estaba tan lejos que lo único que distinguí fueron las cruces, y era como Santiago había dicho. No pude contarlas. Había gente moviéndose entre ellas.
Gente también en el camino, así como carros y burros. El incendio estaba apagado aunque aún se veían columnas de humo, y buena parte de la ciudad no había sido pasto de las llamas. De todos modos, era difícil decirlo desde nuestra atalaya.
A mi derecha, las casas de Nazaret trepaban colina arriba pegadas unas a otras, y a mi izquierda descendían. No había nadie en los tejados, pero distinguimos esteras y mantas aquí y allá y, rodeando todo el pueblo, los verdes campos y los bosques frondosos. ¡Cuántos árboles!
José estaba esperándome cuando bajé. Nos agarró a los dos del hombro y dijo:
– ¿Quién os ha dicho que podíais hacer eso? No volváis a subir.
Asentimos cabizbajos. Santiago se sonrojó, pero vi que cruzaban una mirada rápida, Santiago avergonzado y José perdonándole.
– He sido yo -admití.
– No volverás a subir ahí -dijo José-. Los romanos pueden volver, no lo olvides.
Asentí con la cabeza.
– ¿Qué habéis visto? -preguntó.
– Se ve todo tranquilo -respondió Santiago-. La gente está recogiendo los cadáveres. Algunas aldeas han sido quemadas.
– Yo no he visto ninguna aldea -dije.
– Pues estaban ahí, muy pequeñas, cerca de la ciudad.
José meneó la cabeza y se llevó a Santiago para trabajar.
La vieja Sara estaba sentada al aire libre, toda encogida, bajo la vieja higuera. Las hojas eran grandes y verdes. Ella cosía, pero más que nada tiraba de los hilos.
Un viejo se acercó al portón, saludó con la cabeza y siguió su camino.
También pasaron mujeres con cestos, y oí voces de niños.
Me quedé escuchando y volví a oír las palomas, y me pareció percibir el sonido de la vegetación sacudida por la brisa. Una mujer cantaba.
– ¿Qué estás soñando? -preguntó la vieja Sara.
En Alejandría siempre había gente, gente por todas partes, y lo normal era estar con otras personas ya fuera charlando o comiendo o trabajando o jugando o durmiendo apretujados, nunca había habido tanta… tanta quietud.
Tuve ganas de cantar. Pensé en tío Cleofás y en cómo se ponía a cantar de repente. Quise cantar.
Un niño se asomó a la entrada del patio, y luego otro detrás de él.
– Entrad -les dije.
– Sí, Toda, entra, y tú también, Mattai -los animó la vieja Sara-. Este es mi sobrino, Jesús hijo de José.
Al momento, el pequeño Simeón salió de detrás de la cortina que tapaba el umbral, seguido por el pequeño Judas.
– Yo puedo llegar más rápido que nadie a la cima de la colina -dijo Mattai.
Toda le dijo que tenían que volver al trabajo.
– El mercado ha vuelto a abrir. ¿Has visto el mercado? -me preguntó.
– No, ¿dónde está?
– Vamos, id -dijo la vieja Sara.
El pueblo volvía a la vida.