Capítulo V
1
Sintiéndose con ánimo de hacer exploraciones, Poirot cruzó la verja y bajó a la carretera, empinada y serpenteante, que desembocaba poco después en un pequeño embarcadero. Había una gran campana con una cadena y un letrero que decía: «Para llamar al bote». Junto al embarcadero había varios botes amarrados. Un hombre muy viejo, con ojos reumáticos, que se recostaba contra un poste, se acercó a Poirot arrastrando los pies.
—¿Quiere usted el ferry, señor?
—No, gracias. Vengo de Nasse House, dando un paseo.
—Ah, ¿está usted en Nasse? Allí trabajé yo de muchacho y mi hijo fue jardinero mayor. Pero yo me cuidaba de los botes. Al viejo señor Folliat le tenían loco los botes. Salía hiciera el tiempo que hiciese. ¡Ya lo creo! En cambio a su hijo, el comandante, a ése no le importaban los botes. Caballos, eso era lo único que le importaba. Y le llevaron un buen puñado de billetes. Eso y la botella... ¡Menuda vida le dio a su mujer! A lo mejor la ha visto usted... Vive ahora en la casa del guarda.
—Sí, acabo de dejarla allí ahora mismo.
—Ella también es Folliat, prima segunda por parte de los Tiverton. Es una gran jardinera. Todos esos arbustos llenos de flores los ha plantado ella. Incluso cuando la guerra, cuando ocuparon la casa y los dos jóvenes caballeros se fueron a la guerra, todavía seguía cuidando los arbustos y no dejó que se echaran a perder.
—Fue una gran desgracia que le mataran a sus dos hijos.
—Sí, entre unas cosas y otras ha tenido una vida muy dura. Tuvo disgustos con su marido y disgustos con el joven caballero también. No con el señor Henry. Ése era todo lo agradable que se puede pedir; salió a su abuelo, le gustaba ir en bote y se fue a la armada, como era de cajón, pero el señorito James, ése le dio muchos disgustos. Tenía deudas, mujeres y un genio endiablado, además. Era uno de esos que no pueden andar derechos. Pero la guerra le vino bien; como si dijéramos, le dio su oportunidad. ¡Ah! Hay muchos que no pueden andar derechos en la paz y que luego mueren en la guerra como los valientes.
—De modo que ahora —dijo Poirot— ya no hay ningún Folliat en Nasse.
La verborrea del viejo cesó bruscamente.
—Si usted lo dice, señor.
Poirot miró al viejo con curiosidad.
—En cambio, tienen ustedes a sir George Stubbs. ¿Qué se opina de él en la localidad?
—Se dice que es millonario —contestó el viejo en tono jocoso.
—¿Y su esposa? —preguntó con indiferencia Poirot.
—Ah, es una señora muy guapa, de Londres. De jardines no entiende nada. Dicen también que anda un poco mal de aquí.
Se dio en la sien unos golpecitos significativos.
—No es que no sea siempre muy agradable hablando y muy cariñosa. Hace poco más de un año que están aquí. Compraron la casa y la arreglaron toda de nuevo. Recuerdo como si fuera hoy cuando llegaron. Era por la noche, al día siguiente de la peor tormenta que recuerdo haber visto en toda mi vida. Había por todas partes árboles derrumbados, uno estaba atravesado en la calzada y tuvimos que serrarlo a toda prisa para que quedara el camino libre para el coche. Y el gran roble de allá arriba se cayó y tiró otros muchos al caer y menudo jaleo se armó.
—Ah, sí, donde está ahora el templete, ¿verdad?
El viejo se echó a un lado y escupió mostrando su disgusto.
—Sí, templetes, tonterías modernistas. Nunca hubo templete en tiempos de los viejos Folliat. Fue idea de la señora, eso del templete. No hacía tres semanas que estaban aquí cuando lo levantaron y seguro que fue ella la que convenció a sir George. Está de lo más ridículo, allí muy derecho, en medio de los árboles como si fuera un templo de judíos. Ahora, un cenador rústico con cristales de colores ya sería otra cosa.
Poirot esbozó una sonrisa.
—Las señoras de Londres —dijo— tienen sus caprichos. Es triste que se haya ido la época de los Folliat.
—No lo crea usted, señor —el viejo soltó una risita astuta—. Siempre habrá algún Folliat en Nasse.
—Pero la casa pertenece a sir George Stubbs.
—Eso puede ser, pero todavía hay un Folliat aquí. ¡Ah! ¡Menudos son los Folliat!
—¿Qué quiere usted decir?
El viejo le miró de reojo con expresión llena de malicia.
—La señora Folliat está viviendo en la casa del guarda, ¿no es verdad? —preguntó.
—Sí —dijo Poirot lentamente—. La señora Folliat vive en la casa del guarda y éste es un mundo muy malo y toda la gente de este mundo es muy mala.
El viejo se le quedó mirando con fijeza.
—¡Ah! —dijo—; puede ser que tenga usted razón.
Y se alejó de nuevo, arrastrando los pies.
—Sí, pero ¿de qué me sirve? —se preguntó Poirot irritado mientras subía lentamente la cuesta en dirección a la casa.