2
Hércules Poirot se arregló meticulosamente, aplicándose una pomada perfumada al bigote y retorciéndoselo hasta darle un aspecto feroz. Se contempló en el espejo y quedó satisfecho de lo que vio.
Se oyó sonar un gong y bajó la escalera.
El mayordomo, después de una actuación de lo más artística, (crescendo, forte, diminuendo rallentado), colocaba en el gancho correspondiente el palillo del gong. Su cara morena y melancólica tenía una expresión de placer.
Poirot pensó: «Una carta en términos de escándalo del ama de llaves... o acaso del mismo mayordomo...» Ese mayordomo daba la impresión de no haber hecho otra cosa en su vida más que escribir esa clase de cartas. Poirot se preguntó si la señora Oliver habría copiado sus personajes de la vida real.
La señorita Brewis cruzó el vestíbulo. Llevaba un vestido de terciopelo floreado que la favorecía muy poco, y Poirot se acercó a ella, preguntándole:
—¿Tienen ustedes ama de llaves?
—Oh, no, monsieur Poirot. Por desgracia, en estos tiempos no puede uno permitirse esas gollerías, salvo en casas verdaderamente grandes. No, yo soy el ama de llaves de esta casa... más ama de llaves que secretaria, algunas veces.
Soltó una risita agria.
—¿De modo que es usted el ama de llaves?
Poirot la observó pensativo.
No podía imaginarse a la señorita Brewis escribiendo una carta de escándalo. Ahora, una carta anónima... eso era otra cosa. Había sabido de cartas anónimas escritas por mujeres parecidas a la señorita Brewis, mujeres fuertes, dignas de confianza, de las que nadie a su alrededor hubiera sospechado.
—¿Cómo se llama el mayordomo? —preguntó.
—Henden.
La señorita Brewis parecía un poco sorprendida.
Poirot se rehizo y explicó rápidamente:
—Lo pregunto porque tengo idea de que lo he visto antes en alguna parte.
—Es muy probable —dijo la señorita Brewis—. Ninguna de estas gentes suele estar en una casa más de cuatro meses. Pronto habrán recorrido todos los puestos disponibles de Inglaterra. Después de todo no hay mucha gente que pueda permitirse hoy en día el lujo de tener mayordomos o cocineras.
Entraron en el salón, donde sir George, que resultaba poco natural dentro de su traje de etiqueta, ofrecía jerez a sus invitados. La señora Oliver, vestida de raso color gris acero, parecía un barco de guerra antiguo, y lady Stubbs inclinaba su cabeza morena sobre el Vogue, mirando los figurines de modas.
—Se nos presenta una velada muy atareada —les advirtió—. Nada de bridge esta noche. Todos a la obra. Todavía hay que hacer una serie de letreros y uno grande para la adivinadora del porvenir. ¿Qué nombre pondremos? ¿Madame Zuleika? ¿Esmeralda? ¿O Romany Leigh, la Reina de los Gitanos?
—Mejor será la pincelada oriental —dijo Sally—. En las regiones agrícolas todo el mundo odia a los gitanos. Zuleika suena bien. Pensé que Michael pintara una serpiente.
—Entonces Cleopatra, no Zuleika, ¿no les parece?
Henden apareció en la puerta.
—La cena está servida, señora.
Entraron en el comedor. Había velas en la larga mesa, la habitación estaba llena de sombras.
Warburton y Alec Legge se sentaron uno a cada lado de su anfitriona. Poirot estaba entre la señora Oliver y la señorita Brewis. Esta última estaba enfrascada en la animada conversación general sobre los preparativos para el día siguiente.
La señora Oliver cavilaba, abstraída, y apenas hablaba.
Cuando finalmente ella rompió el silencio, fue para dar una explicación bastante contradictoria.
—No se preocupen por mí —le dijo a Poirot—. Trato de recordar si me habré olvidado de algo.
Sir George se rió de buena gana.
—El error fatal, ¿verdad? —observó.
—Exacto —dijo la señora Oliver—. Siempre hay un error fatal. Algunas veces uno no se da cuenta hasta que el libro está ya impreso. Y entonces, ¡qué desesperación! —su rostro expresó esta emoción. Suspiró—. Lo curioso es que la mayoría de la gente ni lo nota. Yo me digo: «Naturalmente, la cocinera tenía que haber notado que se habían comido dos chuletas.» Pero nadie más que yo se da cuenta.
—Me fascina usted. —Michael Weyman se inclinó hacia ella a través de la mesa—: «El Misterio de la Segunda Chuleta.» Por favor, por favor, no lo explique usted. Pensaré en ello en el baño.
La señora Oliver le dirigió una sonrisa distraída y se sumió de nuevo en sus preocupaciones.
Lady Stubbs también estaba silenciosa. De cuando en cuando bostezaba. Warburton, Alec Legge y la señorita Brewis hablaban sin tenerla en cuenta.
Cuando salían del comedor, lady Stubbs se detuvo junto a la escalera.
—Me voy a la cama —anunció—. Tengo mucho sueño.
—¡Oh, lady Stubbs! —exclamó la señorita Brewis—. ¡Hay tanto que hacer!
Contábamos con que nos ayudara.
—Sí, ya lo sé —dijo lady Stubbs—; pero me voy a la cama.
Habló con la satisfacción de una niña pequeña.
Volvió la cabeza hacia sir George, que salía del comedor.
—Estoy cansada, George. Me voy a la cama. ¿Te importa?
Él se acercó a ella y le dio unas palmaditas cariñosas en el hombro.
—Vete a la cama a dormir tu sueño de belleza, Hattie. Mañana tienes que estar fresca.
La besó ligeramente y ella subió la escalera, saludando con la maño y diciendo:
—Buenas noches a todos.
Sir George se quedó mirándola, sonriendo. La señorita Brewis respiró profundamente y se volvió para marcharse.
—Vamos, todos —dijo con una alegría forzada que sonaba a falsa—. Tenemos que trabajar.
Poco después cada uno se dedicaba a su tarea. Como la señorita Brewis no podía estar en todas partes al mismo tiempo, pronto algunos empezaron a fallar. Michael Weyman adornó un cartel con una serpiente de ferocidad magnífica y las palabras «Madame Zuleika le adivinará el porvenir», desapareciendo luego discretamente. Alec Legge hizo unas cuantas cosas sin importancia, y a continuación salió del paso, declarando que iba a medir las distancias para el juego de anillas, y no volvió a aparecer. Las mujeres, como siempre, trabajaron con energía y a conciencia. Hércules Poirot siguió el ejemplo de su anfitriona y se acostó temprano.