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La señorita Brewis parecía, al entrar, más irritada que de costumbre y respiraba con cierta dificultad.
—¿Me llamaba usted, inspector? —dijo—. Si no es urgente, sir George se encuentra excitadísimo y...
—¿Por qué está excitadísimo?
—Acaba de darse cuenta de que lady Stubbs ha... bueno, ha desaparecido de verdad. Le he dicho que probablemente lo que pasa es que se habrá ido a dar un paseo por el bosque o algo por el estilo, pero se le ha metido en la cabeza que le ha ocurrido algo. Es absurdo.
—Puede que no sea tan absurdo, señorita Brewis. Después de todo esta tarde... se ha cometido un asesinato aquí.
—¿No creerá usted que lady Stubbs...? ¡Eso es ridículo! Lady Stubbs sabe cuidarse.
—¿Sí?
—¡Claro que sí! Es una mujer hecha y derecha.
—Pero indefensa.
—No tanto —dijo la señorita Brewis—; a lady Stubbs le conviene de cuando en cuando hacer el papel de tonta e indefensa cuando no quiere hacer una cosa. ¡Puede engañar a su marido, pero a mí no me engaña!
—No la quiere usted mucho, ¿verdad, señorita Brewis? —preguntó Bland con interés amable.
La señorita Brewis apretó los labios:
—No estoy aquí para quererla o no quererla —dijo.
La puerta se abrió de golpe y entró sir George.
—¡Escuchen —cortó violentamente— tienen ustedes que hacer algo! ¿Dónde está Hattie? Tienen ustedes que encontrar a Hattie. ¡No sé qué diablos pasa hoy por aquí! Esta maldita fiesta... Algún loco homicida pagó su media corona y se metió aquí, con aspecto de ser como los demás, y se pasó la tarde matando gente. Eso es lo que yo creo.
—No creo que sea necesario exagerar tanto las cosas, sir George.
—Usted está tan a gusto ahí sentado, detrás de la mesa y escribiendo. Pero yo quiero que me devuelvan a mi mujer.
—Están registrando la finca, sir George.
—¿Por qué no me dijo alguien que había desaparecido? Parece ser que hace dos horas que falta. Me pareció extraño que no se presentara a juzgar el concurso infantil de trajes, pero nadie me dijo que había desaparecido.
—Nadie lo sabía.
—Pues alguien debía haberlo sabido. Alguien debía de haberse dado cuenta.
Se volvió hacia la señorita Brewis.
—Debía haberlo sabido usted, Amanda; usted se ocupaba de que todo estuviera bien.
—No puedo estar en todas partes —dijo la señorita Brewis. Parecía como si fuera a echarse a llorar—. Tengo que ocuparme de demasiadas cosas. Si a lady Stubbs le apeteció marcharse...
—¿Marcharse? ¿Por qué había de marcharse? No tenía ningún motivo para marcharse, a no ser que no quisiera encontrarse con ese tipo moreno.
Bland agarró la oportunidad que se presentaba.
—Hay algo que quiero preguntarle —dijo—; ¿recibió su esposa hace unas tres semanas una carta del señor De Sousa, diciéndole que venía a este país?
Sir George se quedó pasmado.
—No; desde luego que no.
—¿Está usted seguro?
—Completamente seguro. Hattie me lo hubiera dicho. Ella se disgustó y asustó muchísimo cuando recibió su carta esta mañana. Fue una sorpresa enorme para ella. Estuvo echada la mayor parte de la mañana con dolor de cabeza.
—¿Qué fue lo que le contó a usted en privado sobre la visita de su primo? ¿Por qué tenía tanto miedo a encontrarse con él?
Sir George apareció turbado.
—¡Maldito si lo sé! —dijo—. No hacía más que decir una y otra vez que era malo.
—¿Malo? ¿En qué sentido?
—No habló muy claro. Lo único que hizo fue seguir diciendo, como una niña, que era un hombre malo, y que no quería que viniera aquí. Dijo que había hecho cosas malas.
—¿Que había hecho cosas malas? ¿Cuándo?
—Ah, hace mucho tiempo. Me figuro que este Étienne De Sousa sería la oveja negra de la familia y que Hattie habría oído trozos de conversación sobre él, sin entender muy bien de qué se trataba. Y de resultas de eso, le tiene verdadero horror. Yo consideré que se trataba tan sólo de una reminiscencia de la infancia. Mi mujer es infantil a veces. Unas cosas le gustan y otras le disgustan, pero no puede explicar por qué.
—¿Está usted seguro, sir George, de que no concretó nada?
Sir George parecía incómodo.
—No quisiera que tuviera usted en cuenta lo que... lo que ha dicho.
—Entonces, ¿dijo algo?
—Está bien. Se lo diré. Lo que dijo es... y lo dijo varias veces: «Mata a la gente».