Capítulo V

Sor Brónach despertó a Fidelma cuando todavía era oscuro, aunque había esa textura reveladora en el cielo que anunciaba la inminente llegada del amanecer. Tenía un cuenco con agua caliente para el aseo y una vela encendida para que pudiera hacerlo con comodidad. Hacía un frío intenso a esa hora temprana. Apenas había acabado de vestirse cuando oyó el lento repicar de una campana. Fidelma reconoció que se trataba del tradicional toque a muerto, que según la costumbre había de señalar el paso de un alma cristiana. Al cabo de un momento regresó sor Brónach con la cabeza inclinada y los ojos mirando al suelo.

– Ha llegado el momento de la observancia, hermana -susurró.

Fidelma asintió y la siguió al exterior del hostal de huéspedes hacia la duirthech, donde al parecer se había reunido la totalidad de la comunidad. Con gran sorpresa pudo constatar que la nieve caída la noche anterior no había cubierto los edificios de la abadía, aunque observó que había una fina capa de nieve sobre los bosques y las colinas de los alrededores. Una luz misteriosa y blanca envolvía la mañana.

En el interior de la capilla de madera hacía tanto frío que alguien había encendido un fuego que ardía en un brasero situado en la parte posterior. El suelo enlosado de la duirthech desprendía humedad y frío. La abadesa Draigen estaba arrodillada detrás del altar, sobre el cual había una gran cruz de oro bastante suntuosa, casi dominando la capilla. Ante el altar, frente a la congregación, estaba el fuat, el féretro, sobre el que yacía el cuerpo de la joven desconocida.

Fidelma tomó asiento en el último banco, junto a sor Brónach. Agradecía el calor que desprendía el brasero cercano. Miró alrededor, fijándose en la opulencia del mobiliario de la capilla de madera. Además de la riqueza de la cruz del altar, en las paredes colgaban numerosos iconos con accesorios de oro, visibles desde cualquier lado. Supuso que las exequias se habían iniciado la noche anterior. El cadáver estaba envuelto en una racholl, una mortaja de lino blanco. En cada esquina del féretro una vela vacilaba bajo la leve brisa de la mañana.

La abadesa Draigen se puso en pie y lentamente empezó a palmotear a la manera tradicional del lámh-comairt, que significaba «el lamento por los muertos». Entonces las hermanas iniciaron un leve grito quejumbroso -el caoine-, el lamento. Era un sonido escalofriante a la media luz del amanecer, y a Fidelma le produjo un hormigueo en la nuca aunque lo había oído muchas veces antes. El lamento por los muertos era una costumbre que se remontaba a los tiempos anteriores a la nueva fe, los de los viejos dioses y diosas.

Unos minutos después cesó el caoine.

La abadesa Draigen se adelantó. En ese momento del ritual era costumbre que se hiciera el amra, o elegía.

Fue entonces cuando se oyó un ruido extraño, que parecía provenir de debajo del suelo enlosado de la capilla. No era muy fuerte. Era un extraño sonido como de raspaduras, un roce profundo, como cuando dos barcas de madera chocan entre sí, sacudiéndose sobre las olas del mar. Las integrantes de la comunidad se miraron unas a otras, atemorizadas.

La abadesa Draigen levantó su mano delgada pidiendo silencio.

– Hermanas, estáis perdiendo el control -las amonestó la abadesa.

Luego inclinó la cabeza y continuó el servicio.

– Hermanas, lloramos la muerte de una desconocida para nosotras, y por tanto no se puede hacer una elegía por su fallecimiento. Un alma desconocida se ha marchado hacia el abrazo sagrado de Dios. Sin embargo, Dios sabe quién es y eso es suficiente. La mano que segó su vida también Dios la conoce. Lamentamos la pérdida de esta alma pero nos regocijamos sabiendo que Dios cuida de ella.

Seis hermanas de la comunidad se adelantaron a una señal de la abadesa y levantaron el féretro hasta sus hombros y, luego, conducidas por la abadesa, se dirigieron al exterior de la capilla seguidas por el resto de la comunidad, que fue formando una fila doble tras el féretro.

Fidelma esperó para situarse al final de la fila y, al hacerlo, vio que otra religiosa también estaba esperando con el mismo propósito. Sor Brónach permanecía en su sitio con la específica intención de unirse a esa otra hermana. Primero Fidelma pensó que la mujer era exageradamente bajita, pero luego se dio cuenta de que se agarraba a un bastón y avanzaba moviendo las caderas de una forma curiosa. Estaba claro que tenía las piernas deformadas, aunque la parte superior del cuerpo era normal. Con tristeza, Fidelma vio que era joven; poseía un rostro robusto y poco agraciado y ojos acuosos de color azul. Se balanceaba de un lado a otro, avanzando con la ayuda del bastón de endrino, manteniendo bien el ritmo de la procesión. Fidelma sintió pena por la desgracia de la joven hermana y se preguntó qué le habría causado aquella debilidad.

El cielo ya estaba iluminado y con luz suficiente para que la procesión se fuera abriendo camino por entre los edificios hacia el bosque que crecía en los alrededores de la abadía. Una de las hermanas, con una suave voz de soprano, empezó a cantar en latín y las demás hermanas siguieron a coro:


Cantemus in omni die

concinentes uarie,

conclamantes Deo dignum

hymnum sanctae Mariae.


Fidelma fue susurrando la traducción para sí, mientras seguían avanzando:


Cantemos cada día,

coreando juntas variadas armonías,

declamando a Dios

un himno digno de santa María.


Se detuvieron en un pequeño claro donde estaba el cementerio de la comunidad, a juzgar por la abundancia de lápidas conmemorativas y cruces. La tierra estaba cubierta por una ligera capa de nieve. La abadesa había conducido el féretro hasta un rincón apartado. Allí las hermanas, que portaban el féretro con destreza, como si tuvieran mucha práctica, sacaron el cuerpo del interior y lo descendieron hasta la tumba, que al parecer se había excavado el día anterior con rapidez. Fidelma estaba preparada para lo que vendría luego. Era una antigua costumbre. Con unos martillos, dos hermanas rompieron en pedazos el féretro de madera sobre el que se había llevado el cuerpo. Según las antiguas supersticiones, que la fe todavía no había conseguido eliminar, había que destrozar el féretro, pues si no se hacía así, los espíritus malignos podrían usarlo para llevarse el cadáver en una excursión nocturna. Si se destruía el féretro, los espíritus malignos se veían obligados a dejar descansar el cadáver.

Una hermana, muy joven y de aspecto agradable, se acercó portando un enorme ramo hecho con espesas y verdes ramas. Fidelma reconoció que era sor Lerben, la joven novicia que la había conducido a la habitación de la abadesa la noche anterior. Las otras formaban una fila ante ella, al pie de la tumba, y a medida que pasaban por delante de sor Lerben tomaban una pequeña rama, luego se detenían ante la tumba abierta y la lanzaban en su interior. Fidelma y la religiosa tullida, ayudada por sor Brónach, estaban al final de la fila. Con una suave sonrisa, Fidelma hizo señal a sor Brónach y a la hermana tullida para que pasaran antes que ella a coger una de las ramas que quedaban, la depositaran en la fosa y luego regresaran a su sitio. La rama de abedul se llamaba ses sofais y no sólo proporcionaba al cuerpo una cobertura antes de que se echara la tierra a paladas, sino que también se consideraba que protegía al cadáver de cualquier fuerza maligna.

La abadesa Draigen se adelantó y depositó la última rama en el interior de la tumba abierta. Cuando dos hermanas empezaron a llenar la fosa con tierra, la abadesa empezó a entonar las palabras del Biait, el nombre irlandés del salmo 118, de cuya primera línea se tomaba la palabra «santo», pues se consideraba que era la invocación más poderosa para el alma afligida. Sin embargo, la abadesa Draigen no recitó el Biait en su totalidad, sino que seleccionó un fragmento.


En la aflicción invoqué al Señor; y el Señor me

escuchó y me liberó.

El Señor está a mi lado; nada temo; ¿qué podrá

hacerme el hombre?

El Señor está a mi lado y me ayuda contra mis

enemigos,

Mejor es buscar refugio en el Señor que confiar

en los hombres;

Mejor es acogerse al Señor que confiar en

príncipes.


Fidelma frunció el ceño ante la vehemencia de la recitación de la abadesa, como si las palabras tuvieran mayor significado para ella.

El trabajo había terminado. El pobre cadáver decapitado estaba enterrado y se habían dicho las oraciones y bendiciones apropiadas, de acuerdo con los rituales de la fe.

El sol estaba ya bien alto en el cielo y Fidelma sintió el débil calor de la mañana temprana; los rayos de sol de invierno sobre su rostro. El bosque se había llenado de vida, el melodioso canto de los pájaros y el suave susurro de las hojas y las ramas que se sacudían la capa de nieve con la brisa matinal cambiaban la solemnidad de aquellos actos por una serenidad gozosa.

Fidelma se dio cuenta de que las hermanas de la comunidad dirigían sus pasos hacia los edificios de la abadía. Vio a la religiosa tullida, detrás de las otras, ayudándose de su bastón para caminar, acompañada por sor Brónach. Una tos hueca la distrajo y se giró, y se encontró a la abadesa que se acercaba junto a una joven hermana que había permanecido a la derecha de la abadesa durante los actos.

– Buenos días, hermana -saludó la abadesa.

Fidelma le devolvió el saludo.

– ¿Qué ha sido aquel extraño ruido en la capilla? -preguntó inmediatamente-. La comunidad parecía bastante inquieta.

La abadesa Draigen hizo una mueca de desdén.

– Deberían saberlo. Os he mostrado nuestro subterraneus.

– Sí, pero ¿seguro que se oiría en la capilla? No se extiende por debajo de la duirthech.

– Cierto. Pero, tal como os dije, se supone que hay varias cuevas sobre las cuales se levantó la abadía y no hemos sido capaces de encontrar las entradas, salvo la de nuestro almacén. Sin duda hay una cueva bajo la capilla que seguramente se inunda y produce el sonido que hemos oído.

Fidelma admitió que era posible.

– ¿Así que lo han oído otras veces?

La abadesa Draigen se mostró súbitamente impaciente.

– Varias veces durante los meses de invierno. Es un asunto irrelevante. -Estaba claro que el asunto la cansaba. Se volvió hacia su compañera-. Ésta es sor Síomha, mi administradora, quien descubrió el cadáver con sor Brónach.

Fidelma examinó los rasgos atractivos de sor Síomha con cierta sorpresa. Eran los rasgos de una muchacha joven y angelical, no los ojos experimentados de una rechtaire o administradora de la comunidad. Fidelma intentó ocultar su sorpresa con una sonrisa tardía, pero se encontró con que no recibía una respuesta cálida por parte de sor Síomha.

– Tengo deberes que atender, hermana, así que tal vez me podríais hacer las preguntas de inmediato -dijo con tono brusco, casi irritado.

Era un tono tan diferente al que Fidelma hubiera esperado de aquella muchacha de mirada dulce que se quedó parpadeando y fue incapaz de responder durante un momento.

– Eso no puede ser -respondió impasible.

Se vio recompensada al ver la expresión de desconcierto en el rostro de sor Síomha.

Fidelma se giró para seguir a las demás hermanas.

– ¿Cómo decís, hermana? -inquirió sor Síomha con una voz que se alzaba ligeramente con tono quejumbroso, mientras daba un paso indeciso tras ella.

Fidelma la miró por encima del hombro.

– Podré veros hoy a mediodía. Me encontraréis en la residencia de los huéspedes.

Y Fidelma continuó caminando antes de que sor Síomha pudiera responder.

Poco después, la abadesa, que se había apresurado tras ella, la alcanzó. Estaba algo jadeante.

– No lo entiendo, hermana -dijo frunciendo el ceño-. Yo pensaba que la pasada noche habíais expresado vuestro deseo de hablar con mi administradora.

– Y así es, madre abadesa -dijo Fidelma-. Pero como recordaréis, también prometí tomar el desayuno con Adnár esta mañana. El sol ya se ha levantado y he de encaminarme hacia su fortaleza.

Draigen parecía desaprobar aquello.

– Yo no creo que vuestra visita a Adnár sea necesaria. Ese hombre no tiene jurisdicción sobre este asunto, gracias a Dios.

– ¿Por qué, madre abadesa? -inquirió Fidelma.

– Porque es un hombre malvado y rencoroso, capaz de lanzar graves calumnias.

– ¿Queréis decir calumnias contra vos?

La abadesa Draigen se encogió de hombros.

– No lo sé, ni me importa. Me preocupa poco lo que Adnár tenga que cotillear. Pero creo que está deseoso de haceros saber ciertos chismorreos.

– ¿Por qué quiso competir con vuestra barca para llegar al barco de Ross?

– ¿Por qué? Sin duda está resentido porque como bó-aire, y por tanto magistrado, no se le ha puesto al cargo de este asunto. Le gustaría tener cierto poder entre las gentes de su comunidad.

– ¿Y eso?

La abadesa Draigen apretó los labios, indignada.

– Porque es un hombre vanidoso, ésa es la razón. Adora su escasa autoridad.

Fidelma se detuvo repentinamente y examinó de cerca los rasgos de la abadesa.

– Adnár es el jefe de este territorio. Su fortaleza se eleva justo al otro lado de la bahía y por tanto esta abadía ha de pagarle una cuota. Sin embargo, percibo una gran animadversión entre esta abadía y Adnár.

Fidelma iba con cuidado de no personalizar.

La abadesa Draigen se sonrojó.

– Yo no puedo controlar vuestros pensamientos, hermana, o la interpretación que hacéis de lo que veis a vuestro alrededor. -Empezó a girarse y luego se detuvo-. Si pensáis desayunar con Adnár esta mañana, tenéis una buena caminata siguiendo la costa hasta el cabo donde está situada su fortaleza. Sin embargo, encontraréis un bote atado en nuestro muelle. Podéis usarlo, si queréis, pues lleva diez minutos atravesar remando la cala desde este punto.

Fidelma iba a darle las gracias, pero la abadesa ya se alejaba caminando.


La abadesa tenía razón. Era un trayecto corto y agradable, frente a la desembocadura del riachuelo, que vertía sus aguas en la cala, entre el cabo sobre el que se había construido la abadía y el promontorio de roca pelada donde se alzaba la fortaleza circular de Adnár. ¿Cómo la había llamado Ross? La fortaleza de la diosa vaca (Dún Boí). Fidelma admiró la previsión de los constructores del fuerte, pues el promontorio sobre el que se elevaba dominaba no sólo la entrada al mar, sino también la totalidad de la bahía a lo largo de varias millas. Aquella elevación se había despejado de árboles, de manera que la vista de la bahía desde aquella atalaya no tenía ningún obstáculo, ni desde los edificios de madera que se alzaban tras los muros de granito gris. Se había dado un buen uso a los árboles, pues con ellos se había construido la fortaleza.

Mientras Fidelma atravesaba remando la bahía poco profunda que separaba la abadía de la fortaleza, oyó un grito procedente de una silueta oscura situada en la muralla. Miró de forma rápida por encima del hombro y vio otra figura que corría. Obviamente, la habían visto e informaron a Adnár de ello.

Cuando Fidelma llegó con su pequeña embarcación al embarcadero situado bajo la fortaleza, el propio Adnár, acompañado de un par de guerreros, estaba esperándola en tierra. El jefe se inclinó sonriendo y fue la cortesía en persona cuando la ayudó a bajar de la barca.

– Bienvenida, hermana. ¿No ha sido un trayecto duro?

Fidelma le devolvió una sonrisa.

– En absoluto. Es una distancia corta -añadió, señalando lo que era obvio.

– Me ha parecido oír una campana llamando a servicio temprano -comentó Adnár con tono de pregunta.

– Sin duda -confirmó Fidelma-. Era el funeral por el cadáver que se encontró.

Adnár estaba sorprendido.

– ¿Significa eso que habéis descubierto la identidad del cadáver?

Fidelma negó con la cabeza. Por un momento se preguntó si había detectado una nota de ansiedad en la voz del jefe.

– La abadesa decidió que había que enterrar el cadáver sin identificar. Si se hubiera demorado más la cosa, se hubiera convertido en un peligro para la salud de la comunidad.

– ¿Un peligro? -Adnár pareció estar preocupado con sus propios pensamientos durante un momento y luego se percató de lo que quería decir Fidelma-. Oh, ya entiendo. ¿Así que por ahora no habéis llegado a ninguna conclusión?

– A ninguna.

Adnár se giró y señaló con la mano levantada el corto sendero que conducía desde el embarcadero hasta una puerta de madera en la muralla de la fortaleza.

– Dejadme que os guíe, hermana. Me alegra que hayáis venido. No estaba seguro de que así fuera.

Fidelma frunció el ceño ligeramente.

– Os dije que desayunaría con vos esta mañana. Cuando digo que haré algo, lo hago.

El alto jefe de cabello negro extendió las manos en señal de disculpa, mientras se hacía a un lado para que ella pasara primero por la puerta.

– No era mi intención ofenderos, hermana. Es sólo que la abadesa Draigen no siente aprecio por mí.

– Eso lo pude observar yo misma ayer -contestó Fidelma.

Adnár tomó un corto tramo de escaleras de piedra que conducían a un gran edificio de madera, construido con grandes vigas de roble. Las contrapuertas estaban ricamente talladas. Fidelma se dio cuenta de que los dos guerreros que los habían ido acompañando discretamente se apostaron en el extremo inferior de las escaleras, cuando Adnár empujó las puertas para abrirlas.

Fidelma respiró hondo ante la escena que se le presentaba. El salón de banquetes de Adnár era cálido: un gran fuego crepitaba en el hogar. Toda la estancia estaba ricamente decorada con un nivel muy superior al que ella hubiera esperado de un simple bó-aire, un jefe de vacas sin propiedades. El edificio era básicamente de madera, pero las paredes tenían paneles de tejo brillante. Bronces bruñidos y escudos de plata colgaban de las mismas entre ricos tapices extranjeros. Incluso había algunas sacas de libros colgadas de las paredes y un atril para leerlos. Pieles de animales, como la nutria, el ciervo y el oso, cubrían el suelo. Una mesa circular estaba ya dispuesta para la comida, llena de frutas y fiambres y quesos y jarras de agua y vino.

– Vuestra casa es generosa, Adnár -comentó Fidelma al contemplar la munificencia de la mesa.

– Sólo cuando sabe que huéspedes especiales honrarán la mesa, hermana.

Fidelma se volvió bruscamente al oír una agradable voz masculina de tenor.

Un hombre de rostro delgado entró en la estancia. A Fidelma no le gustó a primera vista. Iba bien afeitado, pero una barba incipiente le crecía casi azulada en los delgados carrillos. De hecho, todo su cuerpo era delgado, la nariz angulosa, los labios rojos no eran más que una línea, y sus ojos eran grandes esferas negras que no se quedaban quietas más de unos segundos. Lanzaban continuas miradas, y otorgaban al hombre una expresión furtiva. Encima de la camisa de color azafrán llevaba una zamarra sin mangas, sujeta con un cinturón. Del cuello le colgaba un collar de cobre. Fidelma vio que también llevaba en un costado una daga enjoyada metida en una vaina de cuero. Sólo los hombres y las mujeres de alto rango tenían permiso para llevar un daga dentro de un salón de banquetes, donde no estaban permitidas armas mayores que aquella.

El joven no había sobrepasado en mucho la edad de elegir, su madurez. Fidelma no le puso más de dieciocho años, a lo sumo diecinueve.

Adnár dio un paso adelante.

– Sor Fidelma, permitid que os presente a Olcán, hijo de Gulban, Ojos de Lince, príncipe y gobernante de Beara, en cuyo territorio os encontráis.

La mano que tendió el joven estaba húmeda y carecía de fuerza. Fidelma sintió un estremecimiento en todo el cuerpo cuando las manos entraron en contacto al saludarse. Era como tocar la carne de un cadáver.

Fidelma sabía que se equivocaba al cogerle antipatía a Olcán sólo por su aspecto. ¿Cómo era aquello de Juvenal? Fronti nulla fides. Las apariencias engañan. Ella, más que otra gente, tenía que evitar los juicios rápidos basados solamente en lo que percibía la vista.

– Bienvenida, hermana. Bienvenida. Adnár me ha dicho que habíais llegado y con qué finalidad.

Era la primera vez que veía a Olcán, pero sabía que su padre Gulban afirmaba descender del gran rey de Muman, Ailill Olum, que había gobernado durante tres o cuatro siglos y de quien procedía su propia familia. De éste descendía su propio hermano, que se sentaba en el trono de Cashel. Sin embargo, también sabía que Gulban era jefe de sólo una facción del gran clan de los Loígde.

– No tenía ni idea de que residíais aquí, Olcán -dijo la joven.

El joven negó rápidamente con la cabeza.

– No. Sólo soy un huésped que disfruta de la hospitalidad de Adnár. He venido a pescar y a cazar.

Se giró cuando se oyó una tos entre las sombras.

Detrás de él apareció un hombre bien parecido, de anchas espaldas y vestido con hábito religioso. Tendría unos cuarenta años, tal vez incluso más. Fidelma apreció sus rasgos agradables. Su cabello rojizo, que brillaba como metal bruñido bajo el sol que penetraba por la ventana, estaba cortado según la tonsura de san Juan, con la mitad anterior de su cabeza afeitada hasta una línea que iba de oreja a oreja. Tenía los ojos grandes y azules, la nariz ligeramente prominente, pero los labios rojos y graciosos. Sin embargo, su aspecto resultaba bastante siniestro porque se había pintado los párpados de negro, con zumo de baya. Era una antigua costumbre que seguían algunos religiosos; una costumbre, a decir verdad, que se remontaba a los tiempos de los druidas. Muchos misioneros irlandeses que salían al extranjero la adoptaban.

De nuevo fue Adnár el que se avanzó rápidamente para hacer las presentaciones.

– Éste es el hermano Febal, hermana -anunció-. Es mi anam-chara y atiende las necesidades espirituales de mi comunidad.

En la iglesia, era costumbre tener un «alma amiga» en quien confiar los problemas espirituales y las dudas. Fidelma sabía que en la Iglesia de Roma la costumbre era diferente; allí se animaba a la gente a confesar los pecados a un sacerdote. Pero en los cinco reinos el anam-chara era más un guía espiritual y un confidente que alguien que simplemente asignara castigos a las transgresiones espirituales. El religioso sonrió cálidamente y la saludó con un apretón de manos firme y seguro. Sin embargo, había algo en aquel hombre que no le producía confianza. Algo que le evocaba dormitorios de mujeres y picaportes accionados con suavidad. Intentó sacarse aquello de la cabeza.

Parecía que Olcán había tomado posesión del salón de banquetes de Adnár y le hizo una señal a Fidelma con la mano para que se sentara cerca de él, mientras que Adnár y el hermano Febal tomaron asiento frente a ellos en la mesa redonda. En cuanto estuvieron acomodados, un joven ayudante se acercó deprisa a servirles vino.

– ¿Está bien vuestro hermano Colgú? -preguntó Olcán-. ¿Cómo le va a nuestro nuevo rey?

– Estaba bien la última vez que lo vi en Ros Ailithir -contestó Fidelma con prudencia-. Regresó a Cashel justo antes de que yo viniera hacia aquí.

– ¡Ah, Ros Ailithir! -Olcán le lanzó una mirada apreciativa-. Todo Muman se emocionó con la noticia de cómo habíais resuelto el misterio del asesinato del venerable Dacán.

Fidelma se agitó azorada. No le gustaba que su trabajo fuera considerado por los otros como algo extraordinario.

– Era un misterio que debía ser resuelto. Y mi trabajo como abogada de los tribunales es investigar enigmas y llegar a la verdad. Sin embargo, vos decís que todo Muman se entusiasmó con mi solución. Yo dudo que eso sea verdad en lo que respecta a vuestra gente, ¿los Loígde? Salbach, vuestro anterior jefe, no salió bien parado de aquella situación.

– Salbach era un tonto ambicioso. -Olcán frunció los labios agriamente-. Mi padre, Gulban, se había enfrentado a menudo con él en las asambleas del clan. Salbach no era bienvenido en esta tierra.

– Sin embargo la gente de Beara es un clan de los Loígde -señaló Fidelma.

– Nuestra lealtad se debe primero a Gulban, y la de éste se debe al jefe de Cúan Dóir. De todas maneras, Salbach ya no es el jefe, sino Bran Finn Mael Ochtraighe. Personalmente, no me interesa la política. En esto, mi padre y yo -sonrió burlonamente- discrepamos. Mi idea es que la vida es para disfrutarla y qué mejor manera de hacerlo que cazando… -Estaba a punto de continuar, pero dudó y siguió con otra cosa-. Sin embargo, hicisteis bien en librar a nuestro pueblo de un incompetente ambicioso.

– Como ya he dicho, no cumplí más que con mi deber de abogada.

– Un trabajo en el que no todos son tan expertos. Os habéis ganado una buena reputación. Adnár me ha dicho que lo que os ha traído aquí es un misterio. ¿Es cierto?

Le pasó una bandeja con fiambres, que ella rechazó; prefirió servirse copos de avena y frutos secos y luego manzanas frescas.

– Así es -intervino Adnár rápidamente.

El hermano Febal no se había mostrado interesado por lo dicho al inicio de la conversación y se dedicaba, con la cabeza gacha, a concentrarse en su comida.

– He venido a petición de la abadesa Draigen -confirmó Fidelma-. Rogó al abad Brocc que enviara un dálaigh a la abadía.

– Ah -continuó Olcán suspirando profundamente, haciendo ver que estudiaba el poso de su copa de vino como si eso le interesara. Luego levantó la vista hacia Fidelma-. Me han dicho que la abadesa tiene una cierta reputación en esta tierra. No se la considera, ¿cómo podría decirlo? ¿«espiritualmente avanzada»? ¿No es así, hermano Febal?

Febal levantó enseguida la cabeza del plato. Dudó un poco y dirigió sus ojos azules hacia Fidelma, se la quedó mirando un momento y luego volvió a bajar la vista.

– Es tal como decís, mi príncipe. Se dice que la abadesa Draigen tiene tendencias antinaturales.

Fidelma se inclinó hacia delante con los ojos entornados dirigidos al hermano Febal.

– Quizá podáis ser más explícito, hermano.

El hermano Febal levantó de nuevo la cabeza con expresión de asombro y lanzó una mirada nerviosa a Olcán y a Adnár. Luego retomó la compostura.

Sua cuique sunt vitia -entonó.

– Ciertamente, todos tenemos nuestros vicios -admitió Fidelma-, pero tal vez podáis decirnos lo que consideráis que son vicios de la abadesa.

– Creo que todos sabemos a qué se refiere el hermano Febal -interrumpió Adnár con mal humor, como molesto por la falta de percepción de Fidelma-. Yo creo que si se encontrara el cadáver de una joven en la abadía, y yo llevara a cabo una investigación, no iría fuera de la abadía a buscar un sospechoso y, en cuanto a un posible móvil, lo buscaría en las pasiones bajas y perversas.

Sor Fidelma se reclinó y miró a Adnár con curiosidad.

– ¿Me habéis invitado aquí para decirme esto?

Adnár inclinó la cabeza en señal de afirmación.

– Al principio os invité para que constara mi protesta por el hecho de que la Iglesia enviara a alguien de los suyos a hacerse cargo de un asunto a petición del principal sospechoso. Yo pensé que habíais venido a ayudar a exculpar a la abadesa.

– ¿Y ahora habéis cambiado de opinión? -preguntó Fidelma, que había captado la cuidada forma de expresarse del bó-aire.

Adnár lanzó una mirada incómoda a Olcán.

– Olcán me asegura que conoce vuestra reputación; que el mismo Rey Supremo confía en vos, al igual que los príncipes y princesas de otras tierras. Por tanto, me alegro de que el asunto esté en vuestras manos, hermana, pues sé que no exculparéis al culpable.

Fidelma estudiaba al hombre intentando que no se notara su sorpresa. Que una acusación como aquella se formulara contra el jefe de una comunidad religiosa era un asunto grave.

– Permitidme que sea clara, Adnár -dijo la joven lentamente-. ¿Estáis afirmando abiertamente que la abadesa Draigen es responsable de la muerte de esa joven y que el motivo es ocultar su propia debilidad sexual?

Adnár estaba a punto de contestar cuando Olcán intervino.

– No, yo no creo que Adnár esté haciendo una acusación oficial. Está indicando una línea de investigación obvia. Todo el mundo sabe por aquí que la abadesa Draigen siente predilección por las jóvenes religiosas atractivas y las anima a entrar en la abadía. Eso no son más que chismorreos corrientes. Ahora tenemos el cadáver de una joven en la abadía. Yo creo que Adnár os está diciendo que no estaría de más examinar si algo malo ha pasado en el interior de sus paredes.

Fidelma examinaba al joven mientras éste hablaba. Parecía hacerlo con sincera convicción y honestidad, pero era lo bastante inteligente como para apartar a Adnár de un sendero peligroso que le podría llevar a verse acusado de difundir historias peligrosas concernientes a la abadesa. Al hermano Febal no parecía interesarle aquel asunto, y seguía sirviéndose comida de la mesa. Olcán parecía ansioso por saber el alcance de la situación.

Fidelma suspiró profundamente.

– Muy bien. Esta conversación no saldrá de estos muros -admitió finalmente-. A cambio, yo me comprometo a investigar cualquier información que pudiera conducir al culpable, cualquiera que fuera su posición o rango.

Olcán se reclinó aliviado.

– Eso es lo único que le importa a Adnár, ¿no es así?

El jefe hizo un gesto afirmativo.

– Yo estoy seguro de que vais a encontrar a mucha gente en los alrededores que confirmará nuestra opinión acerca de la abadesa Draigen. El hermano Febal habla como hombre de iglesia. Está muy preocupado por las historias que oye sobre la abadesa, y vela por la buena reputación de la fe.

Fidelma miró al religioso con agudeza.

– ¿Hay muchas historias?

– Varias -admitió el hermano Febal.

– ¿Y alguna de ellas se ha demostrado?

El hermano Febal se encogió de hombros con indiferencia.

– Hay varias historias -repitió-. Valeat quantum valere potest.

Añadió esa frase que se utiliza cuando una persona da una información que no se ha comprobado y que significa «Dadle el valor que se merezca».

Fidelma mostró su desconfianza.

– Muy bien. Pero si vuestra acusación es cierta, tendríais que aceptar que mucha gente de la abadía está en connivencia con la abadesa. Para llegar a una conclusión lógica, alguien más tenía que saber que la abadesa mantenía una relación con la muchacha asesinada. Si el cadáver fuera de un miembro de la comunidad de la abadía, seguro que alguien lo habría sabido y, si así fuera, he ahí la connivencia. Si no, la muchacha sería de la zona, en cuyo caso, ¿por qué no se os ha informado de su desaparición, Adnár, ya que sois el bó-aire? O podría ser una forastera que supongamos se alojaba en la abadía. De nuevo, la comunidad de la abadía lo habría sabido.

El hermano Febal clavó rápidamente sus ojos en Fidelma.

– Esto es una muestra de vuestros poderes deductivos, hermana -dijo con tono cálido-. Lo único que piden mis señores es que uséis vuestro talento legítimamente para encontrar al culpable. Res in cardine est.

Fidelma había empezado a sentirse muy molesta ante lo que consideraba un tono protector del hermano. También le fastidiaban sus discutibles latinajos. Decir que «el asunto está en el gozne de la puerta» implicaba que Fidelma hallaría la verdad con presteza. Pero había precedido su comentario con un insulto deliberado y ella decidió manifestar su desacuerdo con la sugerencia del hermano Febal de que no iba a llevar a cabo la investigación justamente.

– La validez de mi juramento, como abogada de los tribunales de los cinco reinos, nunca se había visto cuestionada con anterioridad -replicó con ira.

Olcán se adelantó inmediatamente y posó su mano sobre el brazo de la joven para tranquilizarla.

– Mi querida hermana, creo que el hermano Febal no se ha expresado bien. Yo creo que él simplemente quiere manifestar cuánto le preocupa este asunto. Sin duda, Adnár y yo estamos muy afectados. Después de todo, el asesinato se ha cometido en el territorio de Adnár, así que estaréis de acuerdo en que es legítimo que él, como magistrado, muestre su inquietud. Adnár debe lealtad a mi padre, Gulban, cuyos intereses me veo obligado a representar. Por tanto, yo también comparto su temor.

Fidelma suspiró para sí. Sabía que a veces daba rienda suelta a su ira muy fácilmente.

– Por supuesto -respondió la joven haciendo un esfuerzo para sonreír levemente-. Simplemente ocurre que defiendo mi reputación cuando se trata de juicios y de leyes.

– Nos alegra dejar este asunto en vuestras competentes manos -admitió Olcán-. Estoy seguro de que el hermano Febal lamenta que sus palabras no fueran las mejores…

El hermano Febal sonrió de modo conciliador.

Peccavi -dijo, poniéndose la mano en el corazón, expresando en latín que había pecado-. Fidelma no se molestó en contestarle.

Olcán quiso acabar con aquel momento embarazoso.

– Ahora, ocupémonos de otros asuntos. ¿Es vuestra primera visita a esta tierra de Beara?

Fidelma confesó que así era, pues nunca había estado en aquella península.

– Es un lugar bello, incluso en pleno invierno. Es una tierra de los inicios primordiales de nuestro pueblo -dijo Olcán con entusiasmo-. ¿Sabíais que en esta costa desembarcaron los hijos de Mil, el primero de los gaélicos? ¿Donde Amairgen, el druida, prometió a las tres diosas de Dé Danaan, Banba, Fodhla y Éire, que el país llevaría para siempre sus nombres?

Fidelma se sintió de repente divertida por el entusiasmo que mostraba el joven por su territorio nativo.

– Tal vez cuando acabe aquí pueda conocer mejor vuestra tierra -replicó Fidelma con solemnidad.

– Entonces me encantará acompañaros -se ofreció Olcán-. Porque, desde la ladera de la montaña que tenemos detrás de nosotros, puedo mostraros la lejana isla donde el dios de la muerte, Donn, reunió las almas de los difuntos para transportarlas en su gran barco negro hacia el oeste, al Más Allá. También Adnár conoce bien la historia local. ¿No es así, Adnár?

El jefe inclinó la cabeza secamente en señal de afirmación.

– Como dice Olcán, si deseáis ver los antiguos lugares de esta isla, estaríamos encantados de serviros de guías.

– Me encantaría -admitió Fidelma, pues sentía gran fascinación por las antiguas leyendas de su tierra-. Pero ahora he de regresar a la abadía para continuar mi investigación.

Se levantó de la mesa y los hombres se levantaron con ella de mala gana.

– Ha sido un placer conoceros, Fidelma -dijo Olcán cuando llegaron a las escaleras y se detuvieron un momento-. Es muy triste, sin embargo, que este encuentro se haya debido a un acontecimiento tan terrible.

La bahía se veía iluminada por la pálida luz del sol. Olcán miró hacia donde estaba anclado el mercante galo, el único barco en la bahía.

– ¿Es ése el barco que os trajo desde Ros Ailithir? -preguntó el hombre observando sus formas extrañas con repentino interés.

Fidelma le resumió rápidamente el misterio.

Entonces intervino Adnár.

– Voy a enviar a mis hombres a bordo del barco galo esta tarde -dijo con decisión.

Fidelma se volvió hacia él, asombrada.

– ¿Con qué propósito?

Adnár le devolvió una sonrisa de suficiencia.

– Estoy seguro de que conocéis el derecho de salvamento.

Su tono produjo gran indignación en Fidelma.

– Si vuestra intención es hablar con sarcasmo, Adnár, os daré un consejo al respecto: nunca le gana a la lógica -replicó fríamente-. Conozco el derecho de salvamento y os vuelvo a preguntar en qué os basáis para pretender enviar a vuestros hombres a reclamar el barco galo.

Olcán sonrió sardónicamente ante la vergüenza de Adnár, que tenía las mejillas rojas.

Con resentimiento, el bó-aire apretó los labios.

– Conozco bien los textos del Mur-Bretha, hermana. Puesto que soy magistrado de una franja de costa he de conocer esas cosas. Cualquier salvamento que se traiga a esta costa me pertenece…

Olcán se volvió hacia Fidelma con una sonrisa compungida.

– ¿Seguro que es así, hermana? Pero siempre que el objeto de salvamento esté valorado en cinco séts o vacas. Si vale más, lo que supere esa cantidad se tiene que dividir, un tercio para el bó-aire, un tercio para el gobernador de este territorio, mi padre, y un tercio para los jefes de los principales clanes de esta zona.

Fidelma contempló la cara triunfante de Adnár y se volvió hacia Olcán con expresión grave.

– Os habéis olvidado de añadir, en vuestra exposición de las leyes del mar, que vuestro padre también tendrá que dar un cuarto de su parte al rey de la provincia, mi hermano, y el rey de la provincia tendrá entonces que darle un cuarto de esa parte al Rey Supremo. En eso consiste estrictamente la ley del salvamento.

Olcán se rió entre dientes apreciando el conocimiento de Fidelma del derecho de salvamento.

– Caramba, hacéis honor a vuestra reputación, sor Fidelma.

A decir verdad, Fidelma acababa de leer los textos del Mur-Bretha mientras investigaba el problema de Ros Ailithir. En ese momento, se había dado cuenta de que su conocimiento de las leyes del mar era muy deficiente. Sólo su estudio reciente la había hecho una buena conocedora del tema.

– Así pues también sabréis -añadió Adnár casi con malicia- que como bó-aire he de imponer una multa a Ross por no mandar un aviso inmediato, a mí y a los jefes de este distrito, de que había traído ese barco salvado hasta este puerto. Eso también lo dice la ley.

Fidelma miró el rostro sonriente y burlón de Adnár, pero permaneció digna. Empezó a sacudir lentamente la cabeza en señal de negación, y vio que la expresión del hombre mudaba hacia el desconcierto.

– Tenéis que estudiar las leyes del frith-fairrgi, o «hallazgos en el mar», con más atención.

– ¿Por qué? -inquirió Adnár, ya perdida su anterior confianza ante la seguridad demostrada por la monja.

– Porque si hubierais estudiado el texto atentamente, hubierais visto que si un hombre recupera un artículo valioso que estuviera flotando en el mar, lo cual incluye un barco al igual que meros restos, y ha rescatado ese artículo a una distancia superior a nueve olas de la costa, tiene derecho a quedarse con él y ninguna persona puede reclamarlo, ni siquiera el Rey Supremo. El barco, por lo tanto, pertenece a Ross y a nadie más. Sólo si el rescate se ha realizado dentro de esa distancia de nueve olas de la costa tenéis derecho a reclamarlo.

La distancia de nueve olas era lo que se conocía como forrach y equivalía a ciento cuarenta y cuatro pies. Así que Ross había encontrado el barco galo a una distancia muy alejada de las aguas territoriales.

La distancia de nueve olas tenía un simbolismo que se remontaba a la época pagana. Incluso ahora, entre aquellos que pretendían creer en la fe de Cristo, el símbolo mágico de las nueve olas era totalmente aceptado. Hacía dos años, cuando la terrible peste amarilla había asolado los cinco reinos de Irlanda, Colman, el profesor principal del colegio de san Finbarr en Cork, había huido con sus alumnos a una isla para poner una distancia de nueve olas entre él y la tierra de Irlanda. Había afirmado que «la peste no sobrepasa las nueve olas».

Adnár se quedó mirando a Fidelma consternado.

– ¿Estáis bromeando? -preguntó, casi apretando los dientes.

Olcán vio que Fidelma fruncía el ceño y la desarmó con una risotada.

– Por supuesto que no, Adnár. Ningún oficial de los tribunales se tomaría a broma la ley. Vos, mi querido bó-aire, estáis mal informado.

Adnár se giró y miró enojado al joven príncipe.

– Pero… -empezó a protestar, pero se calló ante la rápida mirada airada de Olcán.

– ¡Basta! Este asunto me aburre, y estoy seguro de que a sor Fidelma también. -Sonrió a la joven amablemente-. Ahora tenemos que dejarla regresar a la abadía. ¿Os acordaréis del consejo de Adnár y del hermano Febal? Sí, estoy seguro de que así será -continuó antes de que la hermana pudiera contestar-. Sin embargo, si deseáis algo durante vuestra estancia en nuestra tierra de Beara no tenéis más que pedirlo. Creo que hablo en el nombre de mi padre, Gulban, y en el mío propio.

– Eso es bueno saberlo, Olcán -contestó Fidelma-. Y ahora, voy a ocuparme de problemas más urgentes. Agradezco vuestra hospitalidad, Adnár… y vuestro consejo.

Se dio cuenta de que la observaban desde los muros de la fortaleza mientras ella se dirigía al embarcadero y un guerrero silencioso la ayudaba a subir al bote. Vio que la seguían mirando cuando se inclinó y empezó a remar rítmicamente para que la pequeña embarcación avanzara sobre las olas de regreso a la abadía. Se sentía incómoda. Había algo de lo acontecido durante su visita a la fortaleza de Adnár que la preocupaba.

Adnár y Olcán eran una compañía grata. Pero no acababa de entender por qué le resultaban antipáticos. El aspecto físico de Olcán era bastante repelente, pero no era desagradable. Adnár había intentado marcarse un tanto respecto al salvamento del barco galo. No tenía que culparlo por ello. Lo que le preocupaba más era esa casi irracional aversión que sentía hacia ellos, que no surgía de un análisis lógico. Había algo que no le infundía ninguna confianza y sintió que inmediatamente se le erizaban los pelos. Tal vez le ofendían las calumnias vertidas contra Draigen. No tardaría en averiguar si las historias eran ciertas. Y si lo eran, ¿ese hecho implicaba alguna culpabilidad por parte de la comunidad de la abadía? Pues, si había culpa, la totalidad de la comunidad no podía ser ajena a ella.

Fue manejando la embarcación hasta el embarcadero de la abadía y una vez más se preguntó si aquellas acusaciones contendrían algo de verdad.

Cuando amarró el bote y se dirigía a la playa, oyó el sonido de un gong.

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