Fidelma se encontraba casi en el costado del barc antes de que la tripulación de Ross hubiera acabado de arriar las velas. La barca que había cogido en el muelle de la abadía había avanzado sobre las aguas con sus golpes de remo. La proa de la barca golpeó contra el lateral del Foracha antes de que ella se diera cuenta y luego la ayudaron a subir, mientras un marinero ataba la embarcación con una cuerda.
Ross se aproximó a ella con una sonrisa.
– ¿Hay noticias? -inquirió Fidelma sin aliento, incluso antes de que se saludaran.
Ross hizo señas hacia su camarote en la popa del barco.
– Vamos a hablar un rato -dijo, mientras cambiaba su expresión y mostraba seriedad.
Fidelma tuvo que reprimir su curiosidad hasta que estuvieron sentados en el camarote y Ross le ofreció una taza de cuirm, que ella rechazó. Él se sirvió un poco y lo sorbió lentamente.
– ¿Hay noticias? -volvió a insistir.
– He encontrado el lugar donde estuvo anclado el mercante galo hace tres noches.
– ¿Hay rastro de Ead… de la tripulación o de los pasajeros? -preguntó Fidelma.
– Os he de explicar la historia de forma ordenada, hermana. Pero no había rastro de nadie.
Fidelma apretó los labios al sentirse decepcionada.
– Explicadme, entonces, Ross. ¿Cómo descubristeis eso?
– Como os dije antes de partir, a juzgar por las mareas y los vientos, había dos lugares posibles desde los cuales podía haber zarpado el mercante galo. El primero era del otro lado del cabo del sudeste, llamado Cabeza de Oveja. Allí me dirigí primero. Estuvimos por allí navegando, pero no encontramos nada anormal. Unos pescadores dijeron que llevaban toda la semana lanzando allí sus redes y que no habían visto nada. Entonces decidí que debíamos ir al segundo lugar posible.
– ¿Dónde?
– Un lugar en el extremo de esta misma península.
– Continuad.
– En el extremo de la península hay una gran isla, se llama Dóirse, que como ya sabéis significa «Las Puertas», porque, en cierta manera, es como la puerta sudoeste de esta tierra. Navegamos alrededor de la isla, pero no vimos nada extraño. Yo he comerciado varias veces con los habitantes, así que decidí atracar allí a ver si me enteraba de algo. Desembarcamos y pedí a mis hombres que anduvieran con las orejas bien atentas a cualquier noticia respecto a un barco galo. No tuvimos que buscar más.
Hizo una pausa y dio un sorbo a su bebida.
– ¿De qué os enterasteis? -preguntó Fidelma, apremiante.
– El mercante galo había estado amarrado en el puerto. Pero por allí corría una curiosa historia. Unos extraños guerreros lo habían conducido al puerto de la isla, bien pasado el anochecer de la noche anterior a cuando nosotros lo encontramos en alta mar.
– ¿Guerreros extraños? ¿Galos?
Ross meneó la cabeza.
– No. Guerreros del clan de los Uí Fidgenti.
Fidelma ocultó su sorpresa.
– Sin embargo, con ellos iba un prisionero galo.
– ¿Sólo un prisionero galo? ¿No había rastro de un monje sajón? -preguntó Fidelma sintiendo una punzada de decepción.
– No. Al parecer el prisionero era un marinero galo. Dado que son hospitalarios, los habitantes de la isla invitaron a los guerreros a tierra, pues al parecer no tenían provisiones en la nave. Sólo se quedó un hombre de guardia a bordo con el prisionero. A la mañana siguiente, la gente comprobó que el barco se había ido. Había zarpado, mientras los guerreros dormían la borrachera debida a la hospitalidad de los isleños. Se descubrió al guerrero que se había quedado a bordo del barco flotando en el puerto, muerto.
– ¿Qué dedujeron de eso?
– Que el prisionero galo había conseguido escapar, reducir al guerrero de guardia, lanzarlo por la borda y sacar el barco del puerto.
– ¿Un hombre solo? ¿Hacerse a la mar con un barco así? ¿Es posible?
Ross se encogió de hombros.
– Sí, si el hombre era ducho y enérgico.
– ¿Y entonces?
– Los guerreros estaban furiosos y requisaron algunos barcos de la isla para llegar a tierra firme.
Fidelma se quedó pensativa.
– Es una historia extraña. El mercante galo llega al puerto de Dóirse con un grupo de guerreros de los Uí Fidgenti y un marinero galo prisionero. El barco amarra. Por la mañana, la nave ha desaparecido con el marinero galo. Los guerreros vuelven a la península. Posteriormente, aquella misma mañana, hacia mediodía, nosotros encontramos el barco a toda vela y vacío.
– Ésa es la historia, extraña o no.
– ¿Esa información que recabasteis en la isla -Dóirse, habéis dicho- es de confianza?
– Esa gente sí -confirmó Ross-. Llevo años comerciando con ellos. Son personas independientes que no se consideran bajo el gobierno de Gulban Ojos de Lince, aunque teóricamente es su territorio. Son leales a su propio bó-aire. No tienen interés alguno en guardar los secretos de la gente de tierra firme.
– ¿Sabéis si los guerreros de Uí Fidgenti dieron alguna explicación al bó-aire local de lo que estaban haciendo con el barco galo?
– Dijeron algo de que comerciaba con las minas en tierra firme.
Fidelma levantó la cabeza, interesada.
– ¿Minas? ¿Serían las minas de cobre?
Ross se la quedó mirando inquisitivo antes de asentir con la cabeza.
– Frente a Dóirse, en tierra firme, y en la siguiente bahía, hay varias minas de cobre que están abiertas. Comercian no sólo con la costa sino también con la Galia.
Fidelma repiqueteaba con el dedo sobre la mesa, y fruncía el ceño mientras iba pensando.
– ¿Recordáis aquel barro rojizo en la bodega del barco galo? -preguntó la joven.
Ross inclinó la cabeza en señal de afirmación.
– Yo creo que eran depósitos de una mina de cobre o de algún lugar donde se guarda cobre. Creo que la respuesta a este misterio debe de estar en el emplazamiento de esas minas de cobre. Sin embargo, no puedo entender por qué los hombres de los Uí Fidgenti navegaban en ese barco. El territorio de su clan está lejos de aquí, hacia el norte. ¿Dónde estaban los hombres de Beara, del clan de Gulban?
– Podría regresar e intentar conseguir más información -se ofreció Ross-. O podría ir hasta las minas, haciendo ver que quiero comerciar, a ver qué es lo que encuentro.
Fidelma sacudió la cabeza.
– Demasiado peligroso. Aquí hay algún misterio en el que interviene el hecho de que Torcán, hijo del príncipe de los Uí Fidgenti, está hospedado en la fortaleza de Adnár.
Ross abrió bien los ojos.
– ¿Seguro que está relacionado?
– ¿Pero relacionado con qué? Yo creo que este misterio está cargado de peligros. Si volvéis a zarpar en esa dirección podéis levantar sospechas. No hay necesidad de poner a la gente en guardia si lo podemos evitar. Primero hemos de saber a qué nos enfrentamos. ¿A qué distancia están esas minas de cobre?
– A unas dos o tres horas de navegación, si se va siguiendo la costa.
– ¿Y si simplemente se atravesara la península? ¿Cuántas millas?
– ¿En línea recta? Cinco millas. Por una ruta transitable a través de las montañas, quizá diez millas o menos.
Fidelma se quedó considerando aquella información en silencio.
– ¿Qué hemos de hacer? -interrumpió Ross.
Fidelma levantó entonces la cabeza; había llegado a la conclusión de que tenía que investigar aquello ella misma.
– Esta noche, ocultos por la oscuridad, hemos de atravesar a caballo esa península hasta el lugar donde están situadas esas minas de cobre. Tengo la impresión de que podríamos encontrar una respuesta allí.
– ¿Por qué no partir ahora? Yo podría comprar fácilmente unos caballos a alguno de los granjeros costa abajo.
– No, esperaremos hasta medianoche y por dos razones. Primero, porque no queremos que nadie sepa que hemos ido a esas minas. Si Torcán, o Adnár, están implicados en algún asunto ilegal no hemos de advertirlos de nuestras intenciones. Segundo, para esta noche he aceptado la invitación a una fiesta en Dún Boí con Adnár y sus huéspedes, Torcán y Olcán. Tal vez eso sea positivo, pues puedo enterarme de alguna cosa.
Ross no estaba nada contento.
– Este asunto de los Uí Fidgenti me preocupa, hermana. Desde hace varias semanas, corren rumores por la costa. Se dice que Eoganán de los Uí Fidgenti tiene los ojos puestos en Cashel.
Fidelma sonrió ampliamente.
– ¿Eso es todo? Los Uí Fidgenti siempre han aspirado al trono de Cashel. ¿Acaso no se alzaron contra Cashel hace veinticinco años cuando Aed Slane era el Rey Supremo?
Los Uí Fidgenti eran un gran clan situado en el oeste del reino de Muman, cuyos príncipes y jefes preferían llamarse reyes y afirmaban que eran los verdaderos descendientes de los primeros reyes de Cashel. Sostenían que tenían más derecho a gobernar en Cashel que la familia de Fidelma. El padre de la muchacha era rey de Cashel cuando ella nació, y ahora su hermano, Colgú, había sucedido a su primo y ocupaba el trono de los reyes provinciales de Muman. El hermano de Fidelma no tenía que rendir cuentas a nadie, salvo al Rey Supremo. Fidelma había crecido oyendo las historias de las reivindicaciones de los Uí Fidgenti, que querían deponer a su familia del trono de Cashel. Ninguno había sido más vocinglero en tales reclamaciones que el actual príncipe, Eoganán.
Ross fruncía el ceño con desaprobación.
– Lo que decís es cierto, hermana. Pero vuestro hermano, Colgú, tan sólo lleva en el trono de Cashel unos meses. Es joven e inexperto. Resulta obvio que, si Eoganán de los Uí Fidgenti quisiera hacer algún movimiento para destronar a Colgú, lo haría ahora, mientras Colgú está inseguro.
– ¿Qué tipo de movimiento? A mi hermano le ha otorgado los derechos al trono la gran asamblea de Cashel. Y el Rey Supremo ha aprobado la decisión tomada en Tara.
– ¿Quién sabe lo que está planeando Eoganán? Pero el rumor que corre por la costa es que se está cociendo algo malo.
Fidelma se quedó pensando en todo ese asunto.
– Una razón más para que asista a la fiesta de esta noche, pues tal vez Torcán revele algo de los planes de su padre.
– Tan sólo pondréis en peligro vuestra vida -apuntó Ross-. Sin duda Torcán se enterará de quién sois…
– ¿Que soy la hermana de Colgú? Nos conocimos ayer en el bosque. Eso ya lo sabe.
Hizo una pausa y frunció el ceño un momento pensando en la flecha que casi acaba con su vida. ¿Pudiera ser que Torcán disparara aquella flecha deliberadamente al saber que era la hermana de Colgú?
¿Pero entonces por qué atentar contra su vida? Ella no tenía nada que ver con la sucesión de Cashel. No. Eso no tenía lógica. Además, Torcán y sus hombres se quedaron igualmente sorprendidos al conocer su identidad e intentaron ocultar su error. Si Torcán le disparó deliberadamente la flecha, no fue a ella. La podían haber matado fácilmente en el bosque.
Ross contemplaba con detenimiento a Fidelma.
– ¿Ha pasado ya algo? -intentó adivinar.
– No -dijo ella mintiendo con rapidez-. Al menos -añadió corrigiéndose al sentirse algo culpable-, nada que cambie nuestro plan. A medianoche, tras el festejo en Dún Boí me encontraré con vos y uno de vuestros hombres en los bosques detrás de la abadía. Conseguid tres caballos, pero hacedlo sin levantar sospechas.
– Muy bien. Me llevaré a Odar, pues irá bien tenerlo con nosotros. Pero si Torcán está en la fiesta, preferiría que no asistierais.
– No van a hacerle ningún daño a una funcionaría de los tribunales de los cinco reinos. Ningún rey o ciudadano se atrevería -afirmó Fidelma, creyendo que realmente aquello era verdad.
Se levantó y Ross la siguió al salir del camarote hacia el lateral del barc Estaba claro que el marino no aprobaba totalmente su plan. Pero, a falta de nada mejor, lo aceptó.
Cuando estaba a punto de bajar por el costado del barco, Ross le volvió a hablar.
– ¿Cómo va el asunto que os trajo hasta aquí? -preguntó señalando con el pulgar hacia la abadía. Casi había olvidado el motivo primero por el que la había llevado hasta allí-. ¿Habéis resuelto el problema?
Fidelma se sintió algo culpable, pues el misterio del cadáver decapitado y el asunto de la muerte de sor Síomha casi se le habían ido de la cabeza con la llegada de Ross y su noticia.
– Todavía no. De hecho -añadió con una mueca-, ha habido otra muerte en la abadía. La rechtaire, sor Síomha, ha sido encontrada asesinada de la misma manera que el otro cadáver. Sin embargo, creo que las nubes que envuelven este misterio están empezando a dispersarse. Pero encuentro mucha maldad en esta abadía.
– Si hay peligro… -dijo Ross dubitativo-, no tenéis más que llamarme a mí o a alguno de mis hombres. Tal vez sería mejor que tuvierais un guardaespaldas a partir de ahora.
– ¿Y avisar a mi presa de que me acerco a la guarida? -preguntó mientras hacía gestos negativos con la cabeza.
Sor Fidelma se acercó, puso su mano sobre el brazo del preocupado marino y sonrió.
– Id al bosque a medianoche con Odar y los tres caballos y aseguraos de que no os ven.
Dijeron a Fidelma que podía encontrar a sor Brónach en la celda de sor Berrach. Cuando iba atravesando el patio en dirección al edificio, surgió el rostro afligido de Brónach por la puerta. Dudaba y parecía querer esquivar a Fidelma, pero ésta la detuvo y la saludó.
– ¿Cómo está sor Berrach, hermana?
Sor Brónach vaciló.
– De momento duerme, hermana. Ha tenido una noche difícil y una mañana desagradable.
– Así es -admitió Fidelma-. Tiene suerte de que seáis su amiga. ¿Venís a caminar conmigo?
A desgana, sor Brónach se situó junto a Fidelma y fueron atravesando el patio enlosado en dirección a la casa de huéspedes.
– ¿Qué deseáis de mí, hermana?
– Que respondáis a algunas preguntas.
– Siempre estoy a vuestro servicio. No he tenido oportunidad de agradeceros lo que habéis hecho por sor Berrach.
– ¿Por qué me lo habíais de agradecer?
Sor Brónach hizo una mueca de disgusto:
– ¿Está mal agradecer a alguien que salve la vida de una amiga?
– Yo sólo hice lo que había que hacer y lo que todos los miembros de la fe harían. Aunque algunas de las hermanas de aquí parecían dominadas por las emociones.
– ¿Os referís a la abadesa Draigen?
– Yo no he dicho eso.
– Sin embargo -repuso sor Brónach en tono confidencial-, eso es lo que queréis decir. Os habréis dado cuenta de que todas las hermanas de aquí son jóvenes. Sor Comnat, nuestra bibliotecaria, y yo somos de las mayores. No hay nadie más, salvo la abadesa, que tenga más de veintiún años.
– Sí, ya me he percatado de la juventud de los miembros de esta abadía -admitió Fidelma-. Eso me ha parecido muy extraño, pues la idea de una comunidad es que los jóvenes puedan aprender de la experiencia y conocimiento de los mayores.
La voz de sor Brónach era amarga.
– Hay una razón. A la abadesa no le agrada estar con nadie que no acepte su autoridad totalmente. Puede manipular a la gente joven, pero con frecuencia la gente mayor es capaz de ver sus errores y con frecuencia sabe más que ella. No ha podido olvidar que era la hija de un pobre granjero sin educación, antes de venir aquí.
– ¿Censuráis a la abadesa, entonces?
Sor Brónach se detuvo en el exterior del hostal y miró ansiosamente a su alrededor, como para comprobar que nadie las veía. Luego señaló hacia el interior.
– Será mejor que hablemos dentro.
Condujo a Fidelma por un pasillo hasta una pequeña celda que utilizaba como despacho para su trabajo de conserje y encargada del hostal.
– Sentaos, hermana -dijo, mientras ella hacía lo propio en una de las dos sillas de madera que había en la diminuta estancia-. ¿Cuál era, pues, vuestra pregunta?
Fidelma se sentó.
– Os preguntaba si censurabais que la abadesa Draigen se rodeara de una comunidad tan joven y sin experiencia. Era obvio que utilizaba a la joven e inexperta sor Lerben para amenazar a sor Berrach. ¿Censuráis esta actitud suya hacia Berrach?
Sor Brónach hizo una mueca para demostrar su indignación.
– Cualquier persona racional censuraría tal acción proveniente de la abadesa, aunque estoy dispuesta a admitir que no era totalmente culpa de Draigen.
– ¿Ah, no?
– Yo me imagino que sor Lerben tiene algo que ver con el asunto.
Fidelma estaba perpleja:
– A mi entender, sor Lerben estaba totalmente bajo la influencia de Draigen. Es demasiado joven para ser una pieza de importancia en este juego. Alguien me ha dicho que entre la abadesa y Lerben existe una gran relación y que, perdonadme la franqueza, hermana, Lerben a veces comparte la cama con la abadesa. Esa misma persona me dijo que vos podríais atestiguarlo.
La compungida religiosa empezó a reír entre dientes. Era una expresión de auténtica alegría. Fidelma no la había percibido antes en Brónach.
– ¡Por supuesto que es sabido que sor Lerben comparte lecho con la abadesa! ¿Lleváis dos días en esta abadía y todavía no sabéis que Lerben es la hija de la abadesa?
Fidelma estaba estupefacta.
– Yo creía que Lerben… -balbuceó Fidelma sorprendida, y luego cerró la boca.
Sor Brónach continuó sonriendo divertida. Aquello le transformaba la cara normalmente triste y la hacía rejuvenecer.
– ¿Pensasteis que Lerben era su amante? Ah, os han explicado historias muy malvadas.
Fidelma se inclinó hacia la mujer, intentando aclarar aquella información.
– ¿Sor Síomha no fue nunca la amante de Draigen?
– Que yo sepa no. Y por lo que yo sé, Draigen no es el tipo de mujer que elegiría ese tipo de relaciones. Draigen es una mujer de humor cambiante. Caprichosa es una palabra mejor. Es una misántropa, desconfía de los hombres y los esquiva. Se rodea de mujeres jóvenes para dominarlas intelectualmente, pero eso no tiene ninguna connotación sexual.
Fidelma iba pensando con rapidez. Si eso era así, el motivo que habían adelantado Adnár y el hermano Febal, que parecía plausible, no era válido. La situación cambiaba por completo.
– He oído muchos chismes y rumores respecto a Draigen. ¿Queréis decir que todas esas historias no son ciertas?
– Yo no tengo motivo para querer a la abadesa. Pero he de decir que en cuanto a ese asunto no tengo conocimiento ni experiencia de nada. A la abadesa Draigen le gusta rodearse de jovencitas porque no cuestionarán sus conocimientos ni su autoridad. No hay otra razón.
– Decís que desconfía de los hombres y que los odia, y sin embargo se casó con el hermano Febal.
– ¿Febal? Un matrimonio que duró menos de un año. Creo que eran tal para cual. A decir verdad, él era un misógino que se equilibraba con la misantropía de Draigen. Ambos se odiaban.
– ¿Conocisteis a Febal cuando estaba en la abadía?
– Oh, sí -respondió Brónach con rostro ceñudo-. Yo conocí bien a Febal. -Sus ojos centellearon-. Yo conocí a Febal antes de que Draigen viniera a esta abadía.
– ¿Por qué se casaron si se odiaban?
Sor Brónach se encogió de hombros.
– Tendréis que hacerles a ellos esa pregunta.
– ¿La abadesa Marga, la antigua abadesa, aprobaba esa relación?
– Esto era entonces una casa mixta con varias parejas que criaban a sus hijos en el servicio a Cristo. Marga tenía unas ideas anticuadas. Fomentaba los matrimonios entre los miembros de la comunidad. Quizá fue ése el principal motivo por el que Draigen se casó, para ganarse su favor. Draigen es una mujer calculadora.
– Estáis en desacuerdo con ella y sin embargo permanecéis en esta abadía, ¿por qué?
Fidelma observaba la expresión de sor Brónach con detenimiento. La religiosa parpadeó y por un momento le pareció percibir una cierta expresión de dolor.
– Me quedo aquí porque he de quedarme aquí -dijo con resentimiento.
– ¿Pero os desagrada Draigen?
– Es mi abadesa.
– Eso no es una respuesta.
– No puedo responder de otra manera.
– Entonces, dejadme que os ayude. ¿Conocisteis a Draigen cuando era joven?
Sor Brónach le lanzó una mirada furtiva a Fidelma, como de valoración.
– Sí, la conocí -admitió con prudencia.
– ¿Y vuestra madre la conocía?
Sor Brónach respiró profunda y lentamente y luego con dolor.
– ¡Ah! ¿Os han explicado la historia? Hay tanto chismorreo en esta tierra.
– Me gustaría que me explicarais la historia vos misma, Brónach.
Ella hizo una pausa antes de contestar.
– Me desagrada Draigen con una intensidad que nunca podréis entender -empezó a decir sor Brónach. Luego hizo una pausa y se volvió a quedar en silencio; esta vez por tanto tiempo que Fidelma estaba a punto de instarla a hablar cuando Brónach se giró hacia ella con ojos inquietos-. Cada día paso el tiempo de oración pidiéndole a Dios que alivie mi dolor, para dar fin a mi odio. No lo hace. ¿Es acaso voluntad de Dios que albergue estos sentimientos?
– ¿Por qué permanecéis aquí? -volvió a insistir Fidelma.
La mujer contestó con amargura.
– Eso es como preguntar al océano por qué está siempre en el mismo lugar. No puedo ir a otro sitio. Tal vez sea ésta la penitencia por mis pecados: servir a la persona que quitó la vida a mi madre. Pero no me malinterpretéis. Yo no le haría daño a Draigen. No me gustaría verla muerta. Preferiría que viviera y sufriera cada minuto de su vida.
– Explicadme la historia.
– Draigen tenía entonces quince años. Yo tendría unos treinta y cinco. Ya era religiosa de esta abadía de El Salmón de los Tres Pozos y servía a la abadesa Marga. Mi madre, Suanech, no compartía mi fe. Prefería seguir fiel a los antiguos dioses y diosas de esta tierra. Era una mujer sabia. Conocía todas las flores y todas las hierbas. Sabía sus nombres y sus poderes curativos. Seguía habitando en uno de los bosques.
– ¿Y vuestro padre? -interrumpió Fidelma.
– No lo conocí nunca. Sólo conocía a mi madre y su amor por mí.
– Continuad.
– Cerca del bosque donde vivía mi madre había un óc-aire, un hombre con un trocito de tierra que no le daba para mantener a su mujer y a sus hijos. Este hombre era Adnár Mhór, el padre de Draigen.
– ¿También el padre de Adnár que habita en el fuerte, del otro lado de la bahía?
– El mismo. Mi madre ayudaba a veces a la joven Draigen. Cuando Adnár, el hijo, se fue para alistarse en el ejército de Gulban Ojos de Lince, Adnár, el padre, empezó a enfermar. Mi madre sintió lástima por la niña. Cuando Adnár, el padre, murió, mi madre se ofreció para adoptarla. Poco después también murió la madre de Draigen, y ésta se fue a vivir con mi madre.
– ¿Y en aquella época vos ya estabais sirviendo en la abadía?
Brónach asintió, con aire ausente.
– Eso sucedió cuando Draigen tendría unos catorce años, como os habrán dicho. Fue un año bien triste.
Los ojos de sor Brónach se llenaron de lágrimas y en cierto modo Fidelma sintió que no sólo las vertía por su madre.
– ¿Qué sucedió exactamente?
– Draigen es una persona obstinada. Es propensa a la ira. Un día entró en cólera, cogió un cuchillo para despellejar conejos y se lo clavó a mi madre, Suanech.
Fidelma esperaba alguna explicación más y al ver que no se producía continuó preguntando.
– Desde la muerte de sus padres y el abandono de su hermano, Draigen se había vuelto muy posesiva. Tenía mal genio y era muy celosa. Tenía celos de mí, que era la hija de Suanech. Tal vez era bueno que visitara a mi madre con poca frecuencia, pues los deberes de la abadía me dejaban poco tiempo para tales encuentros. Estoy segura de que hubiéramos chocado más a menudo y con mayor violencia.
– ¿Pero chocabais?
– Invariablemente; cada vez que yo iba a ver a mi madre. Si mi madre me prestaba atención, allí estaba Draigen exigiendo el doble de atención.
– ¿Así, cuando el ataque de Draigen a vuestra madre…? ¿Qué pasó?
– Mi madre… -sor Brónach dudaba, como intentando encontrar las palabras adecuadas-. Mi madre estaba al cuidado de una niña. Era hija de… de un pariente.
Fidelma advirtió las pausas que hacía la mujer.
– Mi madre pensó que Draigen la ayudaría a cuidar a la pequeña. Pero Draigen sentía los mismos celos hacia esa niña que había mostrado hacia cualquiera o cualquier cosa que acaparara el afecto de mi madre.
– ¿Atacó a vuestra madre porque prestaba mucha atención a la pequeña? -preguntó Fidelma sintiendo un repentino odio.
– Así fue. Fue un ataque de locura. Tenía entonces quince años. La niña que cuidaba mi madre tenía tan sólo tres. El brehon que presidió el juicio decretó que Draigen no era responsable de asesinato en primer grado. Ordenó que para pagar la compensación se vendiera el trocito de tierra que había pertenecido a sus padres y que las ganancias se entregaran al heredero de Suanech. Ésa era yo, por supuesto. Y al ser miembro de esta comunidad, el dinero pasó a la abadía. Ahora, la abadesa es Draigen, parece una ironía. -Brónach se echó a reír amargamente-. Uno se pregunta si hay justicia divina, ¿no?
– ¿Hirió Draigen a la niña de tres años?
Sor Brónach sacudió la cabeza.
– Le fue devuelta… a su madre.
– El brehon debió imponer algunas limitaciones a Draigen -observó Fidelma.
– Sí. Ordenaron a Draigen que ingresara en una comunidad religiosa donde la vigilarían y dedicaría su vida al servicio de la gente. Eso es otra ironía, pues entró en esta abadía. La misma en la que estaba yo.
– ¡Ah! -interrumpió Fidelma-. Ahora entiendo por qué Adnár vio desestimada su reclamación de una parte de la tierra. Como se tuvo que vender para pagar una multa legal, Adnár, hermano de Draigen, tenía que perder su derecho a una parte, pues los parientes han de pagar la multa del culpable, si éste no puede.
– Sí, así es.
– Pero ante la ley, sor Brónach, Draigen ha pagado y expiado su crimen.
– Sí. Ya sé que la abadesa Marga le dio la completa absolución hace tiempo. Y ahora ya es mayor. Y cada día, desde el día del asesinato de mi madre, he tenido que soportar su presencia en penitencia por mis pecados.
Fidelma estaba asombrada.
– Todavía no entiendo por qué tenéis que quedaros aquí. ¿Por qué no os fuisteis a otra comunidad donde vuestra herida pudiera cicatrizar? ¿O por qué no exigisteis que enviaran a Draigen a otra abadía?
Sor Brónach dejó ir un largo suspiro.
– Ya os he explicado el motivo. Me quedo aquí como penitencia por mis pecados.
– ¿De qué pecados sois culpable? -preguntó Fidelma-. ¿Por qué habríais de pasar vuestra vida en compañía de quien mató a vuestra propia madre?
Sor Brónach volvió a dudar y luego se enderezó un poco.
– Yo no estaba allí cuando Draigen atacó a mi madre. Pequé al estar ausente cuando ella me necesitaba.
– Eso no es motivo para inculparos. No hay pecado en ello.
– Sin embargo, me siento responsable.
Fidelma no estaba convencida. Había algo falso en la explicación de sor Brónach.
– En eso no puedo ayudaros. Aunque si tenéis un alma amiga, tal vez…
– Llevo luchando veinte años con este problema, sor Fidelma. No lo voy a resolver en veinte minutos.
– Os culpáis demasiado, hermana -la reprendió Fidelma-. Además, intentemos mirar las cosas con algo de caridad. Hace veinte años, Draigen era una joven, una chica inmadura, por lo que decís. Lo que hizo aquel día, pasado está. La persona que es ahora ya no es probablemente la que fue entonces.
– Sois muy comprensiva, hermana.
– ¿No estáis de acuerdo?
– Draigen sigue teniendo el mismo carácter: es celosa, de una ambición sin límite y rencorosa. -La religiosa de mediana edad levantó de repente una mano, con la palma hacia arriba como para acallar cualquier protesta-. No me interpretéis mal, hermana. Hace veinte años que llevo esta carga y la seguiré llevando. No tengo otro sitio en el mundo adónde ir. Al menos, cuando levanto los ojos hacia las montañas veo la tumba de mi madre y algunas veces puedo subir y sentarme allí un rato.
– ¿Nunca habéis sentido que Draigen merecería un justo castigo?
Sor Brónach respondió con una genuflexión.
– ¿Os referís a que se le infligiera un daño físico? Quod avertat Deus! ¿Eso decís?
– Eso es -señaló Fidelma.
– Yo no puedo quitar la vida a nadie, hermana. No puedo hacer daño a otro ser humano, sea lo que sea lo que me haya hecho. Eso lo aprendí de mi madre, no de la fe. Ya os he dicho que prefiero que Draigen viva y sufra en vida.
En el rostro de sor Brónach se percibía una digna expresión de sinceridad. Fidelma entendía todo lo que le decía Brónach, salvo el hecho de que se quedara en la abadía todos aquellos años tan cerca de Draigen, especialmente después de que Draigen se convirtiera en abadesa.
– No parece que Draigen sufra mucho -observó Fidelma.
– Tal vez tengáis razón. Quizá se ha olvidado y probablemente cree que yo he olvidado. Pero una noche llegará en que se despertará con miedo y recordará.
– El hermano Febal no ha olvidado -indicó entonces Fidelma.
Brónach se ruborizó ligeramente.
– ¿Febal? ¿Qué ha dicho?
– Muy poco. ¿Alguien más conoce la historia?
– Sólo yo… y Febal. Aunque Febal es selectivo con sus recuerdos.
– ¿Seguro que el hermano de Draigen, Adnár, conoce esa historia?
– Se enteró cuando puso la demanda reclamando la tierra y se encontró con que había perdido el derecho a ella.
– ¿Queréis decirme que nadie más conoce el pasado de Draigen?
– Nadie.
Fue tan sólo entonces cuando Fidelma se dio cuenta de una cosa que había pasado por alto. Si Lerben era la hija de Draigen entonces seguro que Febal era el padre de Lerben. ¡Sin embargo, había acusado a su ex mujer y a su propia hija de tener relaciones sexuales! ¿Qué tipo de hombre era Febal?
– ¿Sabe Febal que Lerben es su hija? -fue la siguiente pregunta de Fidelma.
Sor Brónach estaba sorprendida.
– Por supuesto. Al menos, eso creo.
Fidelma se quedó callada un momento.
– Habéis dicho que vuestra madre seguía la antigua fe pagana de esta tierra. ¿Sabéis mucho de esta antigua fe?
Sor Brónach se quedó extrañada al ver que Fidelma cambiaba de tema.
– Soy hija de mi madre. Ella enseñaba las antiguas usanzas.
– ¿Así que conocéis los antiguos dioses y diosas, el símbolo de los árboles y el significado del ogham?
– Un poco. Lo suficiente para reconocer el ogham, pero no tengo conocimientos de la antigua lengua en que está escrito.
Las inscripciones en ogham se hacían en una antigua forma de irlandés, no la lengua común del pueblo, sino una forma arcaica llamada Bérla Féini, el lenguaje de los labradores. En la actualidad, sólo los que aspiraban a ser brehons, o abogados, estudiaban la antigua lengua.
– Decidme, hermana, ¿qué significado tiene exactamente una varilla de álamo temblón agarrada en la mano izquierda?
Sor Brónach sonrió, pues sabía lo que eso quería decir.
– Es simple. El álamo temblón es un árbol sagrado del que se corta siempre el fé, la vara para medir las tumbas. Y siempre se talla en ella una frase en ogham. Es una costumbre todavía en uso en estas tierras.
– Cierto, eso ya se sabe. Pero el hecho es que el fé está atado en el brazo izquierdo; ¿por qué no el derecho? ¿Qué significado tiene esto? Habéis mencionado que se lo mostrasteis a Draigen cuando se encontró el primer cadáver.
– Siempre que se entierra a un asesino o suicida, se coloca un fé en la mano izquierda… -Se detuvo y se llevó una mano a la boca, sorprendida-. Las palabras en ogham son normalmente una invocación a una diosa de la muerte.
– ¿Como Mórrígú? ¿La diosa de la muerte y las batallas?
– Sí -respondió cortante.
– Continuad -dijo Fidelma tranquilamente.
– Yo no conozco la fórmula pero sería una especie de agradecimiento a tal diosa. El cadáver decapitado…, el del pozo…, tenía una varilla de álamo temblón tallada con una frase en ogham atada en la mano izquierda.
– También sor Síomha -admitió Fidelma.
– ¿Qué significa? ¿Queréis decir…?
– No quiero decir nada -la interrumpió Fidelma rápidamente-. Simplemente os preguntaba si conocíais el significado de ese simbolismo.
– Por supuesto que sí. -Parecía que sor Brónach pensaba detenidamente-. ¿Pero quiere esto decir que el cadáver decapitado era el de una asesina?
– Si así fuera, seguramente se deduciría la misma conclusión respecto a sor Síomha.
– Eso no tiene sentido.
– Puede que tenga sentido para quien las mató. Decidme, sor Brónach, aparte de vos, ¿quién más conoce el simbolismo aquí, en la abadía?
La mujer se encogió de hombros.
– Los tiempos cambian. Las antiguas usanzas se están olvidando. Dudo que ninguna de las jóvenes conozca el significado de esas cosas. -De repente abrió bien los ojos-. ¿Queréis decir que yo podría ser la culpable?
Fidelma no intentó tranquilizarla.
– Podríais serlo. Mi trabajo consiste en descubrir cuanto pueda. Si hubiéramos hablado del asesinato de la abadesa Draigen, yo diría que tenéis un muy buen motivo y os elegiría como primera sospechosa. Pero, por el momento, no parece que haya razón para que asesinarais al primer cadáver ni a sor Síomha.
Sor Brónach se quedó mirando a Fidelma con resentimiento.
– Tenéis un sentido del humor muy desagradable, hermana -la reprendió-. Seguramente hay otras personas aquí que también conocen las antiguas usanzas como yo.
– Ya habéis dicho que en esta abadía hay principalmente jóvenes y que seguramente no poseen esos conocimientos. ¿Quién más conocería el simbolismo?
Sor Brónach se detuvo a pensar.
– Sor Comnat, nuestra bibliotecaria. Pero no hay nadie más salvo…
Se calló y de repente sus ojos brillaron con dureza.
Fidelma la miraba muy de cerca.
– ¿Salvo…? -la incitó.
– Nadie.
– Oh, sé que os ha venido algo a la cabeza -replicó Fidelma-. Estabais orgullosa de los antiguos conocimientos que vuestra madre os trasmitió. ¿A quién más traspasó vuestra madre sus conocimientos? ¿A alguien que adoptó? Venga, tenéis el nombre en la punta de la lengua.
Sor Brónach bajó la mirada a sus pies.
– Ya lo sabéis. La abadesa Draigen, por supuesto. Debe saber todo respecto a ese simbolismo y…
– ¿Y?
– Ya ha mostrado que es capaz de matar.
Sor Fidelma se levantó y asintió con gravedad.
– Sois la segunda persona que me ha apuntado esto en las últimas horas.