El Foracha, el barco costero de Ross, marino de Ros Ailithir, realizaba una rápida travesía siguiendo la costa sur del reino irlandés de Muman. Un viento helado del este hinchaba sus velas y silbaba entre los cabos tensos del aparejo, haciendo sonar el cordaje bien estirado como las cuerdas de un arpa. Hacía buen día, aparte de los fuertes vientos marinos que soplaban de la lejana costa. Una multitud de aves marinas daban vueltas alrededor del barquito, batiendo sus alas contra las ráfagas para mantener la posición; las gaviotas chillaban con su curioso quejido lastimero. Aquí y allá, algunos cormoranes robustos se lanzaban contra las olas y emergían con su presa, ajenos a los gritos celosos de las gaviotas y de los petreles. Y por encima de todas aquellas aves marinas estaba la especie que daba nombre al Foracha, los araos, con la parte superior de color marrón oscuro y el resto de un blanco puro; se movían en formaciones compactas para inspeccionar el barco y luego giraban y regresaban a sus colonias, densamente pobladas, situadas en los salientes de los escarpados acantilados.
Ross, el capitán del barco, permanecía junto al timonel en la caña del timón con los pies separados; mantenía el equilibrio contra el balanceo, mientras el viento empujaba las olas que chocaban contra el barco y lo hacían escorar a estribor. Parecía entonces que el pequeño barc se balanceaba lentamente, muy lentamente, hacia el desastre. Pero de repente se levantaba su proa sobre la ola, cabeceaba y se colocaba de nuevo hacia babor. A pesar del movimiento de balanceo del barco, Ross se mantenía en pie sin necesidad de agarrarse a nada; cuarenta años de vida en el mar le permitían prever cada cabezada y cada balanceo con un ajuste de su peso, sin moverse de sitio. En tierra, Ross era lunático e irritable, pero en el mar se encontraba en su elemento y conocía todos sus cambios de humor. Se convertía en una extensión de carne y hueso de su veloz velero, y sus ojos verdes y profundos, que reflejaban el humor cambiante del mar, observaban a la media docena de hombres que constituía su tripulación con cautelosa aprobación mientras iban y venían en sus tareas.
Nada escapaba a sus ojos brillantes, ni en el mar ni arriba en el cielo. Ya se había dado cuenta de que algunos de los pájaros que revoloteaban sobre su cabeza no solían verse en invierno, y había atribuido su presencia al tiempo suavemente otoñal que acababa de dar paso al frío invierno.
Ross era un hombre bajo y fornido, con cabello cano bien corto y una piel casi de color avellana, curtida por los vientos marinos. Era un hombre adusto y siempre tenía a punto un buen chillido cuando algo le disgustaba.
Un marinero alto, que acariciaba la caña del timón con sus nudosas manos, entornó los ojos y lanzó una mirada a Ross.
– Capitán… -empezó a decir.
– Ya lo veo, Odar -replicó Ross antes de que aquél acabara-. Lo llevo observando media hora.
Odar, el timonel, tragó saliva mientras miraba a su capitán con sorpresa. Hablaban de un barco con altos mástiles que se encontraba a una milla de distancia más o menos. Estaba a la vista, tal como Ross había indicado, desde hacía un rato. Pero el timonel se acababa de dar cuenta de que algo le ocurría al barco. Iba a toda vela y navegaba muy por fuera del agua. No tendría mucho lastre, había pensado el timonel. Pero lo más curioso era que llevaba un rumbo errático. De hecho, había cambiado dos veces de dirección de una manera tan poco convencional y tan caprichosa que el timonel había creído que iba a zozobrar. También se había fijado en que la gavia del barco parecía mal sujeta y se balanceaba en todas direcciones. Fue entonces cuando había decidido llamar la atención del capitán.
Ross no había dicho que llevaba observando el barco media hora para jactarse. Casi desde el primer momento en que lo había descubierto, se había dado cuenta de que o bien lo gobernaban marineros inexpertos, o bien algo pasaba a bordo. Las velas se hinchaban y desinflaban a cada impredecible golpe de viento, sin que al parecer hubiera nadie a bordo que corrigiera el rumbo del barco.
– Si sigue esa dirección, capitán -murmuró Odar-, pronto chocará contra las rocas.
Ross no contestó, pues él había llegado a la misma conclusión. Sabía que, a una milla aproximadamente, por delante, había algunas rocas medio sumergidas, cuyo granito de color negro surgía entre las corrientes de espuma marina que producían las olas al chocar contra ellas con gran estruendo. Además, Ross sabía que alrededor de aquellos baluartes graníticos había una línea de arrecifes submarinos sobre la cual se podía deslizar un pequeño velero como su barc, pero aquel barco no.
Ross dejó ir un leve suspiro.
– Prepárese para girar hacia él, Odar -le gruñó al timonel. Luego gritó las órdenes a su tripulación-: ¡Listos para soltar la vela mayor!
Con gran precisión, el Foracha cambió de rumbo con una bordada y todo el viento de espaldas, de manera que casi volaba sobre las olas en dirección a la gran nave. Recorrió aquella distancia a gran velocidad, hasta que no se encontraba más que a la distancia de un cable, y entonces Ross se acercó a la barandilla, ahuecó las manos delante de la boca y se puso a gritar.
– Hóigh! -chilló-. Hóigh!
No respondió nadie en la nave oscura y dominante.
De repente, y sin avisar, el viento cambió de dirección. La alta y oscura proa del barco se giró y, con las velas hinchadas, la nave se dirigió hacia ellos como un monstruo marino furioso.
– ¡Todo a estribor! -gritó Ross al timonel.
Fue lo único que pudo hacer, mientras observaba con impotencia cómo el gran barco se les echaba encima sin piedad.
Con una lentitud agónica, la proa del Foracha consiguió levantarse y la gran embarcación pasó arañando el costado del velero; golpeó el barquito y éste escoró, se bamboleó y se quedó dando sacudidas tras el paso del buque.
Ross se quedó temblando de furia mientras miraba la popa de la nave. El viento había amainado repentinamente y la vela mayor del barco se había desinflado.
– ¡Así le parta un rayo al capitán de ese barco! ¡Malos vientos se lo lleven! ¡Que se pudra en su tumba!
Las maldiciones iban saliendo por la boca de Ross, mientras agitaba rabioso su puño contra la mole.
– Así muera sin un sacerdote en una ciudad sin clero…
– ¡Capitán! -La voz que lo interrumpió era femenina, tranquila pero autoritaria-. Creo que Dios ya ha escuchado suficientes maldiciones por ahora y sabe que estáis enfadado. ¿A qué se deben estas blasfemias?
Ross se giró. Había olvidado por completo a su pasajera que, hasta aquel momento, había estado descansando en el camarote principal del Foracha.
Una religiosa alta se encontraba en la cubierta de popa junto a Odar, el timonel, mirándolo con el ceño fruncido en señal de desaprobación. Era una mujer joven, alta pero bien proporcionada, algo que no conseguía ocultar ni lo sombrío de su vestimenta ni la capa de lana ribeteada con piel de castor que la envolvía. Unos rebeldes mechones de cabello pelirrojo le salían del tocado, y se agitaban con la brisa marina. Los rasgos de su rostro de piel pálida eran atractivos y sus ojos brillantes, pero resultaba difícil discernir si eran azules o verdes, tanto cambiaba su color como consecuencia de la emoción.
Ross gesticuló señalando hacia el otro barco como para disculparse.
– Siento haberos ofendido, sor Fidelma -murmuró-. Pero ese barco casi hace que nos hundamos.
Ross sabía que su pasajera no era simplemente una religiosa, sino que era la hermana de Colgú, rey de Muman. Era, como él sabía por una experiencia del pasado, una dálaigh, abogada de los tribunales de los cinco reinos de Éireann, y tenía el grado de anruth, tan solo un nivel por debajo de la más alta calificación que podían otorgar las universidades y colegios eclesiásticos.
– No me habéis ofendido, Ross -replicó Fidelma con una sonrisita-. Sin embargo, vuestras maldiciones podrían haber ofendido a Dios. Yo creo que maldecir es una pérdida de energía, cuando se podría hacer algo más positivo.
Ross asintió con desgana. Siempre se sentía incómodo con las mujeres. Por eso había elegido vivir en el mar. Había probado el matrimonio una vez, pero había acabado mal, pues la mujer lo había abandonado y él había tenido que cuidar de su hija. Incluso ésta, que ahora tendría la edad de Fidelma, no había hecho que se sintiera mejor en su trato con el sexo opuesto. Además, esta joven, de comportamiento tranquilo y autoritario, lo cohibía y a veces le hacía sentir como un niño cuya conducta se ve constantemente juzgada. Lo peor, se dio cuenta, era que la religiosa tenía razón. Maldecir al capitán desconocido no ayudaba en nada.
– ¿A qué se debe esto? -insistió Fidelma.
Ross se lo explicó rápidamente, haciendo gestos hacia donde estaba el gran barco, inmóvil ahora que los vientos eran contrarios.
Fidelma observó el barco con curiosidad.
– No parece que haya señal de movimiento a bordo, Ross -señaló-. ¿Lo habéis saludado?
– Así es -contestó Ross-, pero no recibimos respuesta.
De hecho, el mismo Ross acababa de llegar a la conclusión de que cualquiera hubiera visto su barc o hubiera devuelto el saludo. Se giró hacia Odar.
– A ver si nos podéis poner de costado -gruñó.
El timonel asintió con la cabeza e hizo girar lentamente la proa, rezando para que los vientos continuaran moderados hasta que se alcanzara la posición. Odar era un hombre taciturno, cuya destreza era bien conocida en las costas de Muman. Al cabo de un rato los dos cascos chocaron y los hombres de Ross agarraron las cuerdas que colgaban de los laterales.
Sor Fidelma se apoyó en la barandilla del Foracha, apartada y mirando fijamente el gran barco con desapasionado interés.
– Un barco mercante galo, por el corte -dijo a Ross-. ¿La gavia no está mal sujeta?
Ross le lanzó un mirada de aprobación con desgana. Ya había dejado de sorprenderse por los conocimientos que mostraba la joven abogada. Ésta era la segunda vez que viajaba con él y ya estaba acostumbrado a su amplia instrucción, impropia de su edad.
– Sí, sin duda es galo -admitió él-. Las pesadas maderas y el aparejo son característicos de los puertos de Morbihan. Y tenéis razón; esa gavia no está bien sujeta.
Miró al cielo con ansiedad.
– Perdonadme, hermana. Hemos de subir a bordo y ver qué es lo que pasa antes de que vuelva a levantarse viento.
Fidelma hizo un gesto de conformidad con la mano.
Ross dijo a Odar que le dejara el timón a otro miembro de la tripulación y lo acompañara con un par de sus hombres. Se descolgaron fácilmente por el lateral, treparon por las cuerdas y desaparecieron arriba, sobre la cubierta. Fidelma se quedó esperando en la cubierta del barc. Pudo oír sus gritos sobre la cubierta del barco grande. Luego vio que la tripulación de Ross se apresuraba a subir a la jarcia del buque, para arriar las velas por si el viento volvía a levantarse. Ross no tardó en aparecer en un lado del barco, tomó impulso y cayó como un gato sobre la cubierta del Foracha. Fidelma se dio cuenta de que su rostro reflejaba sorpresa.
– ¿Qué pasa, Ross? -inquirió ella-. ¿Hay alguna enfermedad a bordo?
Ross avanzó hacia ella. ¿Al igual que su expresión de perplejidad, se daba cuenta ella del terrible miedo que escondían sus ojos?
– Hermana, ¿os importaría venir al barco galo? Tenéis que examinarlo.
Fidelma frunció el ceño ligeramente.
– Yo no soy marinero, Ross. ¿Por qué habría de examinarlo yo? ¿Hay alguna enfermedad a bordo? -repitió la joven.
– No, hermana -respondió Ross dudando un momento. Parecía muy incómodo-. De hecho… no hay nadie a bordo.
Fidelma parpadeó; era la única forma de expresar su sorpresa. Siguió a Ross en silencio hasta el costado del barco.
– Dejadme que suba primero, hermana, y luego os podré ayudar tirando de esta cuerda.
Señaló una cuerda en la que hizo un lazo mientras iba hablando.
– Poned simplemente el pie en el lazo y agarraos cuando yo lo diga.
Se giró y trepó por la cuerda hasta la cubierta del mercante. Subieron a Fidelma con facilidad. Desde luego, no había nadie en la cubierta del barco aparte de Ross y los hombres que habían sujetado las velas. Uno de ellos estaba en la caña del timón para mantener el barco bajo control. Fidelma miró alrededor con curiosidad; las cubiertas estaban vacías pero bien restregadas y en orden.
– ¿Estáis seguro de que no hay nadie a bordo? -preguntó la joven mostrando una cierta incredulidad en la voz.
Ross sacudió la cabeza.
– Mis hombres han mirado por todas partes, hermana. ¿Qué explicación tiene este misterio?
– Yo no tengo la información suficiente para hacer siquiera una conjetura, amigo mío -contestó Fidelma, mientras seguía examinando el aspecto limpio y ordenado del barco. Incluso las cuerdas parecían cuidadosamente enrolladas.
– ¿Hay algo fuera de sitio? ¿Alguna señal de que se haya tenido que abandonar a la fuerza?
Ross volvió a sacudir la cabeza.
– Hay una barquita todavía sujeta en medio del barco -indicó el capitán-. En cuanto la vi, me di cuenta de que el barco navegaba bien sobre las aguas, no hay peligro de que naufrague. No está agujereado, por lo que yo veo. No, no hay señal alguna de que fuera abandonado por miedo a un naufragio. Y todas las velas estaban bien, aparte de la gavia. Así que ¿qué le pasó a la tripulación?
– ¿Qué me decís de esa gavia? -preguntó Fidelma-. Estaba mal sujeta y puede haberse rasgado a causa del fuerte viento.
– Pero no es motivo para abandonar el barco -replicó Ross.
Fidelma miró hacia arriba, al mástil, donde ya se había colocado la gavia. Frunció el ceño y llamó a Odar, que se había ocupado del velamen.
– ¿Qué es ese trozo de tela de arriba, allí en el aparejo, veinte pies por encima de nosotros? -preguntó ella.
Odar echó una rápida mirada a Ross antes de contestar.
– No sé, hermana. ¿Queréis que vaya a buscarlo?
Ross le dio la orden.
– Subid, Odar.
El hombre trepó por el aparejo con gran facilidad y en un momento se encontraba de nuevo abajo con un trozo de tela rasgada.
– Estaba cogido a un clavo del mástil, hermana -dijo el hombre.
Fidelma vio que se trataba simplemente de un trozo de lino. Un jirón de tela que podía ser de una camisa. Lo que le interesó fue que una parte estaba manchada de sangre y que era relativamente reciente, pues no estaba totalmente seca ni era marrón, sino que aún conservaba algo de su color distintivo.
Fidelma miró pensativa hacia arriba durante un rato, caminó hacia la base de la jarcia y oteó en dirección a la gavia enrollada. Entonces, cuando se iba a girar, descubrió algo más. Una huella de sangre reseca; era claramente la marca de la palma de una mano sobre la barandilla. Se quedó mirándola pensativa; quienquiera que hubiera dejado esa huella se había agarrado a la baranda desde la parte exterior. Suspiró levemente y se metió el trozo de lino en el marsupium, el bolsón que siempre llevaba colgado del cinturón.
– Acompañadme al camarote del capitán -pidió Fidelma al ver que no había nada más de interés en las cubiertas.
Ross se encaminó al camarote principal, que estaba bajo la cubierta de popa. De hecho, allí había dos camarotes. Ambos estaban ordenados. Las literas estaban bien arregladas y, en uno de los camarotes, unos platos y copas estaban dispuestos sobre la mesa, ligeramente desordenados. Ross, al ver que ella se fijaba en eso, explicó que se debían de haber movido con el errático balanceo del barco, sin timonel y a merced del viento.
– Resulta extraordinario que todavía no haya chocado contra las rocas -añadió el capitán-. Sabe Dios cuánto tiempo lleva surcando el mar sin una mano que lo gobierne. Y está con todo el velamen desplegado, así que un viento fuerte lo hubiera hecho zozobrar fácilmente sin nadie que pudiera arrizar las velas.
Fidelma apretó los labios un momento, con expresión pensativa.
– Es como si la tripulación hubiera simplemente desaparecido -añadió Ross-. Como si se hubiera desvanecido como por arte de magia…
Fidelma arqueó las cejas con cinismo.
– Esas cosas no pasan en la vida real, Ross. Hay una explicación lógica para todo. Mostradme el resto del barco.
Ross salió primero del camarote.
Bajo las cubiertas, el acre olor a sal de la brisa marina se convertía en un aire más opresivo, producido por los años de convivencia de los hombres en un lugar cerrado. El espacio entre las cubiertas era tan estrecho que Fidelma tuvo que agacharse para no darse un golpe en la cabeza con las vigas de madera. La peste intensa a sudor, el olor agridulce de la orina, que no había eliminado ni siquiera el fregoteo con agua de mar, impregnaba la zona donde la tripulación había estado encerrada cuando no tenía tareas que realizar en las cubiertas. Lo único que se podía decir era que allí abajo hacía más calor que arriba, en las cubiertas azotadas por los vientos.
Sin embargo, el alojamiento de la tripulación estaba bastante ordenado, aunque no tanto como los camarotes que habrían usado los oficiales del barco. Es más, no había señal alguna de desorden ni de una marcha apresurada. Los pertrechos estaban colocados con meticulosidad.
Al salir del alojamiento de la tripulación, Ross se dirigió a la bodega principal del barco. Fidelma percibió otro olor; un estímulo olfativo diferente al olor viciado y amargo del camarote de la tripulación. Fidelma se detuvo, frunció el ceño, intentando localizar el perfume que invadía sus fosas nasales. Una mezcla de varias especies, pensó, pero dominaba otra cosa. Un aroma de vino pasado. Echó una mirada a su alrededor en la penumbra de la bodega. Parecía que estuviera vacía.
Ross estaba manipulando una yesca y un pedernal y consiguió que saltara una chispa con la que encender una lámpara de aceite para poder ver mejor el interior. Dejó ir una leve exhalación.
– Como he dicho, el barco navegaba muy alto, lo que lo hacía doblemente difícil de manejar con este tiempo. Yo ya esperaba que encontraríamos la bodega vacía.
– ¿Cómo es que no llevaba carga? -preguntó Fidelma mientras miraba alrededor.
Ross estaba claramente asombrado.
– No tengo ni idea, hermana.
– ¿Habéis dicho que este mercante es galo, no?
El marino asintió con la cabeza.
– ¿Puede ser que el barco saliera de la Galia sin ninguna carga?
– Ah -dijo Ross, entendiendo enseguida lo que quería decir-. No, habría tenido carga al salir. Y además, habría recogido otra en un puerto irlandés para el viaje de vuelta.
– ¿Así que no tenemos ni idea de cuándo lo abandonó la tripulación? Debía de ir de camino a Irlanda o de regreso a la Galia. ¿Y podría ser que el cargamento hubiera sido retirado cuando la tripulación lo abandonó?
Ross se rascó la nariz reflexionando.
– Las preguntas son buenas, pero no tenemos respuestas.
Fidelma dio unos pasos hacia el interior de la bodega vacía y empezó a examinarla en la penumbra.
– ¿Qué lleva normalmente un barco de este tipo?
– Vino, especias y otras cosas que no se consiguen fácilmente en nuestro país, hermana. Veis, eso son estantes para los barriles de vino, pero están todos vacíos.
Fidelma miró hacia donde señalaba el capitán. Junto a los estantes vacíos había algunos desperdicios, trozos de madera rota y, apartada a un lado, una rueda de carreta de hierro, con uno de los radios rotos. Había algo más que hizo que frunciera levemente el ceño. Era un gran cilindro de madera alrededor del cual había un hilo grueso y basto bien atado. El cilindro medía dos pies de largo y unas seis pulgadas de diámetro. Fidelma se agachó, tocó el hilo y abrió bien los ojos. Era como una madeja de intestino de animal.
– ¿Qué es esto, Ross? -preguntó.
El marino se inclinó, lo examinó y se encogió de hombros.
– No tengo ni idea. No tiene ninguna utilidad a bordo. Y no es para sujetar nada. La madeja es demasiado flexible, si se tensara se estiraría.
Fidelma, que seguía arrodillada, estaba distraída con otra cosa que había visto. Estaba examinando unos trozos de arcilla rojiza que estaban en la cubierta de madera de la bodega.
– ¿Qué es eso, hermana? -preguntó Ross mientras se adelantaba y levantaba la lámpara.
Fidelma recogió algunos trozos con los dedos y se los quedó mirando.
– Nada, supongo. Tan sólo arcilla rojiza. Me imagino que la trajeron en los pies los que llenaron la bodega. Pero parece que hay mucha en este lugar.
Fidelma se levantó y atravesó la zona de carga vacía hasta una escotilla que estaba en la parte de proa. De repente se detuvo y se giró hacia Ross.
– ¿No hay manera de que nadie se esconda bajo esta cubierta, no? -preguntó señalando el suelo.
Ross hizo una mueca irónica bajo la penumbra.
– No, a menos que fuera una rata de agua, hermana. Aquí abajo sólo está la sentina.
– A pesar de todo, creo que estaría bien que se registraran todos los rincones de este barco.
– Me ocuparé de que así sea -admitió Ross, aceptando sin rechistar la autoridad de la joven.
– Dadme la lámpara y yo continuaré.
Fidelma le cogió la lámpara de las manos y atravesó la escotilla hasta la zona de proa del barco mientras Ross le lanzaba una mirada nerviosa, pues él creía en todas las supersticiones de los marinos. Llamó a un hombre de su tripulación.
Fidelma, sosteniendo la lámpara delante de ella, encontró un pequeño tramo de escaleras junto al que estaba guardada el ancla del barco. En la parte superior de las escaleras había otros dos camarotes, ambos vacíos. También estaban en orden. Fue entonces cuando Fidelma se dio cuenta de lo que faltaba. Todo estaba ordenado; demasiado ordenado pues no había ninguna señal de objetos personales como los que hubieran pertenecido al capitán, a su tripulación o a cualquier persona que tuviera un pasaje en ese barco. No había ni ropa ni utensilios para afeitarse, nada, salvo un barco impecable.
Se giró, ascendió por una escalera de toldilla hasta la cubierta en busca de Ross. Mientras su mano se deslizaba por la barandilla lisa, sintió un cambio de textura en la palma de la mano. Antes de poder investigarla, oyó que alguien cruzaba la cubierta llamándola. Siguió subiendo hasta salir a la luz del día.
Ross estaba situado cerca de la entrada de la escalera de toldilla con rostro taciturno. Vio a Fidelma en el extremo superior de la escalera y avanzó hacia ella.
– Nada en la sentina, hermana, salvo ratas y porquería, como cabía esperar. Ningún cuerpo, eso seguro -informó en tono grave-. Vivo o muerto.
Fidelma se estaba mirando la palma de la mano. Estaba manchada con una sustancia ligeramente marrón. Enseguida se dio cuenta de lo que era. Le enseñó la palma a Ross.
– Sangre seca. Derramada no hace mucho. Es la segunda mancha de sangre en este barco. Venid conmigo -dijo Fidelma mientras descendía por las escaleras hacia los camarotes con Ross pegada a ella-. ¿Tal vez deberíamos buscar un cuerpo en los camarotes de abajo?
Se detuvo en la escalera y levantó la lámpara. La sangre ciertamente había manchado la barandilla y había más sangre seca en los escalones y salpicaduras en las paredes laterales. Era más vieja que la sangre que había en el trozo de lino y en la baranda del barco.
– No hay rastro de sangre en la cubierta -observó Ross-. Quienquiera que estuviera herido tiene que haberse hecho daño en estas escaleras y luego descender.
Fidelma frunció los labios pensativa.
– O bien fue herido abajo y subió hasta aquí, donde se encontró con alguien que le vendó la herida o evitó que la sangre cayera sobre la cubierta. Veamos hasta dónde nos lleva el rastro.
Al pie de la escalera de toldilla, Fidelma se agachó y examinó el suelo a la luz de la linterna. De repente entornó los ojos y contuvo una exclamación.
– Aquí abajo hay más rastro de sangre seca.
– No me gusta esto, hermana -murmuró Ross mientras lanzaba una mirada de ansiedad a su alrededor-. ¿Tal vez algo malvado ronda este barco?
Fidelma se enderezó.
– El único mal que hay aquí, si lo hay, es humano -le reprendió la joven.
– Alguien humano no podría hacer desaparecer toda una tripulación y el cargamento del barco -protestó Ross.
Fidelma sonrió levemente.
– Seguro que sí. Y no se ha hecho un trabajo perfecto, puesto que han dejado manchas de sangre que nos indican, sin duda, que lo ha hecho algún hombre. Los espíritus, malignos o de otra clase, no tienen necesidad de derramar sangre cuando quieren destruir a la humanidad.
Fidelma se giró, todavía sosteniendo en alto la lámpara, para examinar los dos camarotes situados al pie de la escalera de toldilla.
O la persona herida -pues ella suponía que aquella sangre pertenecía a alguien malherido- había sido apuñalada con un cuchillo o un instrumento cortante al pie de la escalera de toldilla o en uno de los camarotes. Entró en el primero; Ross iba detrás desganado.
Fidelma se detuvo en el umbral y se quedó mirando alrededor intentando encontrar alguna pista de aquel misterio.
– ¡Capitán!
Uno de los hombres de Ross descendió hasta donde estaban ellos.
– Capitán, me envía Odar para deciros que se está volviendo a levantar viento y la marea nos arrastra hacia las rocas.
Ross abrió la boca para soltar una maldición pero, al echar una mirada a Fidelma, se limitó a dejar ir un gruñido.
– Muy bien. Tended un cabo en la proa de este barco y decidle a Odar que se quede en el timón. Lo voy a remolcar hasta que se pueda anclar en lugar seguro.
El hombre desapareció y Ross se giró hacia Fidelma.
– Es mejor que volvamos al barc, hermana. No va a ser fácil conducir este barco hasta la costa. Será más seguro si os quedáis en el mío.
Fidelma lo siguió con renuencia; pero entonces percibió algo que no había visto anteriormente. La puerta abierta del camarote se lo había ocultado cuando ella había entrado. Ahora, al girarse para irse, vio que algo inusual colgaba de un gancho detrás de la puerta. Inusual porque era una tiag liubhair, una saca de cuero para libros. A Fidelma le sorprendió ver tal objeto en el camarote de un barco. Los irlandeses no guardaban los libros en estantes, sino en sacas colgadas de ganchos o perchas por las paredes de las bibliotecas; cada saca o mochila contenía uno o más tomos manuscritos. Y tales sacas también se utilizaban para llevar los libros de un lugar a otro. Un misionero siempre necesitaba tener a mano los Evangelios, los libros de los oficios u otros, y estas mochilas también estaban diseñadas para transportarlos. La tiag liubhair que colgaba tras la puerta del camarote era de las que normalmente se colgaban al hombro con una correa.
Fidelma no se daba cuenta de que Ross se había detenido impaciente al pie de la escalera de toldilla.
La joven descolgó la saca y buscó en el interior. Había un pequeño tomo de vitela.
De repente el corazón se le aceleró, se le secó la boca y se quedó inmóvil. La sangre latía en sus sienes. Por unos momentos pensó que se iba a desmayar. El tomo era pequeño, un manuscrito cuyas hojas de pergamino estaban encuadernadas con una gruesa piel de ternero y repujadas con hermosos dibujos geométricos circulares. Fidelma reconoció que se trataba de un misal, incluso antes de mirar la página del título. También sabía lo que había escrito en aquella página.
Hacía entonces más de doce meses que Fidelma había tenido en sus manos ese libro por última vez. Hacía más de doce meses, una cálida noche de verano en Roma, en el jardín perfumado del palacio de Letrán, había tenido aquel librito en sus manos. Había sido la noche anterior a su partida de Roma para regresar a Irlanda. Le había entregado aquel libro a su amigo y compañero de aventura, el hermano Eadulf de Seaxmund's Ham, de la tierra sajona de South Folk. El hermano Eadulf, que la había ayudado a resolver el misterio del asesinato de la abadesa Etain en Whitby y posteriormente el asesinato de Wighard, el arzobispo de Canterbury, en Roma.
El libro que ahora tenía en sus manos, en ese barco misterioso y abandonado, había sido el regalo de despedida que ella había entregado a su mejor amigo y compañero. Un regalo que había significado mucho para ellos en aquella emocionada despedida.
Fidelma sintió que el camarote empezaba a balancearse y giraba en redondo. Intentó detener la marea de pensamientos que le venían a la mente, racionalizar el imponente terror que le aprisionaba los pulmones. Se tambaleó vertiginosamente hacia atrás y se desplomó de repente sobre la litera.