Capítulo III

– ¡Sor Fidelma! ¿Cómo os encontráis?

El rostro ansioso de Ross contemplaba fijamente y bien de cerca el de Fidelma cuando ésta abrió los ojos. La joven parpadeó. En realidad no se había desvanecido… Volvió a parpadear y se reprendió en silencio por haber dado muestras de debilidad. Sin embargo, el impacto había sido muy real. ¿Qué hacía aquel libro, su regalo de despedida al hermano Eadulf en Roma, en el camarote de un mercante galo en la costa de Muman? Sabía que Eadulf no se desprendería de él con facilidad. Por tanto, él mismo había estado en aquel camarote. Había sido un pasajero de aquel barco mercante.

– ¡Sor Fidelma!

La voz de Ross se elevó con agitación.

– Lo siento -respondió Fidelma lentamente, y con cautela se fue levantando. Ross se inclinó para ayudarla.

– ¿Os habéis mareado? -preguntó el marino.

Ella negó con la cabeza. Volvió a reprenderse duramente por haber mostrado sus emociones. ¿Pero no sería seguramente mayor traición negar aquel sentimiento? Había querido negarse sus emociones desde que había dejado a Eadulf en el muelle de Roma. Él había tenido que quedarse en Roma como tutor de Teodoro de Tarso, el recién nombrado arzobispo de Canterbury, y ella había tenido que regresar a su país.

Sin embargo, el año que había transcurrido había estado lleno de recuerdos de Eadulf de Seaxmund's Ham y de sentimientos de soledad, nostalgia y añoranza. Estaba en casa. Estaba en su propio país, entre sus gentes otra vez. Sin embargo, echaba de menos a Eadulf. Echaba en falta sus discusiones, la manera que tenía ella de tomarle el pelo respecto a sus diferentes opiniones y filosofías; la forma que tenía él, siempre bondadosa, de morder el anzuelo. Sus discrepancias estaban candentes, pero no había enemistad entre ellos.

Eadulf se había educado en Irlanda, en Durrow y en Tuaim Brecain; luego había aceptado las reglas de Roma en cuestiones de fe y había rechazado la regla de Colmcille.

Eadulf de Seaxmund's Ham había sido el único hombre de su misma edad en cuya compañía se había sentido realmente a gusto y libre de expresarse sin ocultarse tras su rango y su papel en la vida, sin verse obligada a interpretar un personaje.

Ahora empezaba a darse cuenta de que sus sentimientos por Eadulf eran más fuertes que los de una buena amistad.

Al descubrir, abandonado en un barco vacío frente a las costas de Irlanda, el regalo que ella le había dado, le había venido a la mente una avalancha de pensamientos de temor.

– Ross, hay un misterio en este barco.

Ross hizo una mueca sardónica.

– Yo creía que ya estábamos de acuerdo respecto a esa cuestión.

Fidelma mostró el misal que todavía llevaba en las manos.

– Esto pertenecía a un amigo mío que dejé en Roma hace más de año. Un amigo íntimo.

Ross se lo quedó mirando y se rascó la cabeza.

– ¿Una coincidencia? -preguntó vagamente.

– Sin duda, una coincidencia -admitió Fidelma con solemnidad-. ¿Qué debe de haberle pasado a la gente de este barco? He de averiguarlo. He de averiguar lo que le ha pasado a mi amigo.

Ross estaba incómodo.

– Hemos de regresar a bordo del barc, hermana. Vuelve a levantarse viento.

– ¿Pretendéis remolcar este barco hasta la costa?

– Así es.

– Entonces llevaré a cabo un registro más minucioso cuando esté en aguas tranquilas. ¿Hacia qué punto os dirigís?

Ross se rascó la barbilla.

– Precisamente, el puerto más cercano es donde pensaba llevaros a vos, hermana. A la comunidad de El Salmón de los Tres Pozos.

Fidelma resopló levemente. Aquel descubrimiento le había hecho olvidar momentáneamente por qué viajaba con Ross. El día anterior por la mañana, el abad de Ros Ailithir, con quien se encontraba Fidelma, había recibido un mensaje de la abadesa de El Salmón de los Tres Pozos, una pequeña comunidad religiosa encaramada en el extremo de una de las lejanas penínsulas en el oeste de Muman. Se había descubierto un cuerpo sin identificar y se temía que perteneciera a una mujer de la fe, aunque no había muchos medios para reconocerla. Al cuerpo le faltaba la cabeza. La abadesa había pedido ayuda a un brehon, un funcionario de los tribunales de los cinco reinos, para que la ayudara a resolver el misterio de la identificación del cadáver y a descubrir quién era el responsable de su muerte.

La comunidad estaba bajo la jurisdicción del abad Brocc de Ros Ailithir, y éste le había preguntado a Fidelma si estaba dispuesta a llevar a cabo la investigación. La comunidad de El Salmón de los Tres Pozos no estaba a más de un día de navegación siguiendo la agreste costa, y por ello Fidelma viajaba en el barc de Ross.

El descubrimiento del mercante galo vacío y de la saca con el libro, que había sido su regalo de despedida al hermano Eadulf, le había hecho olvidar totalmente el motivo de su viaje.

– Hermana -insistió Ross, inquieto-, hemos de regresar al barc.

La joven aceptó con renuencia, volvió a colocar el misal en la saca de cuero y se la colgó al hombro.

Los hombres de Ross habían atado unos cabos desde la proa del barco galo a la popa de su nave, y dos hombres se habían quedado a bordo del primero: el timonel, Odar, y otro hombre; Ross y Fidelma acompañaron a los otros hasta la cubierta del Foracha.

Fidelma iba dándole vueltas al asunto, mientras Ross daba las instrucciones para separar con cuidado su barco de la gran embarcación gala, y girarla para tener el viento de popa. Pronto se tensaron las cuerdas que remolcaban y el barco más pequeño empezó a avanzar abriéndose paso entre el mar encrespado con la nave mayor detrás. Se había vuelto a levantar viento y, sin duda alguna, si Ross no hubiera intervenido entonces, el mercante galo se hubiera hundido en las rocas y arrecifes ocultos.

Ross vigilaba con cierta ansiedad las cuerdas tensadas y el barco bamboleante que iba tras ellos. Odar era un timonel experto y mantenía con destreza el gobierno de la nave. Ross se giró para calcular el rumbo hacia la costa. Se dirigía a una de las grandes bahías situada entre dos penínsulas de granito que surgían en el sudoeste; hacia una gran península formada por altas montañas, dominada por una cúpula elevada, redonda y distante que destacaba sobre los demás picos. Ante esta península se alzaba la forma achaparrada y bulbosa de una gran isla, y Ross dio la orden a su timonel de dirigir el barc hacia la cala situada entre la isla y la costa de la península.

Fidelma se había apoyado con los brazos cruzados en la baranda de popa, con la cabeza inclinada y pensativa, ajena a la maniobra de acercamiento a la costa y al espectacular paisaje. También parecía ajena a las cabezadas y sacudidas del barc, que avanzaba, impulsado por los vientos, remolcando el premio conseguido.

– Pronto estaremos en aguas tranquilas -le informó Ross, compadeciéndose de la joven religiosa por el dolor que le había producido aquel descubrimiento, y que se reflejaba claramente en su rostro.

– ¿Podrían haber sido negreros? -le preguntó al capitán sin mayor preámbulo.

Ross se quedó pensando un rato. Ya se sabía que había asaltantes que iban en busca de esclavos y que a menudo penetraban en aguas irlandesas, a veces para atacar pueblos costeros o barcos pesqueros, y que se llevaban a los habitantes para venderlos en los mercados de esclavos de los reinos sajones o incluso más allá en Iberia, Germania o el reino de los francos.

– ¿Tal vez unos negreros atacaron el mercante y se llevaron a todos sus ocupantes? -insistió Fidelma con vacilación.

Ross negó con la cabeza.

– Perdonadme hermana, pero yo no lo creo. Si, tal como decís, un barco negrero hubiera capturado el mercante, ¿por qué no poner simplemente una tripulación a bordo y llevar la nave a puerto? ¿Por qué sacar a la tripulación y, lo que resulta más curioso, por qué coger la carga y dejar el barco? Los negreros hubieran sacado tanto o más dinero por el barco que por la tripulación y el cargamento.

Fidelma se dio cuenta de que la lógica de Ross era acertada. Además, ¿por qué dejar el barco tan limpio y ordenado? La joven suspiró profundamente pues no había respuestas inmediatas a las innumerables preguntas que le machacaban la cabeza.

Intentó no perder su energía emocional haciendo preguntas que no era posible contestar. Su mentor, el brehon Morann de Tara, le había enseñado que no servía de nada preocuparse por dar respuesta a los problemas, a menos que se supiera qué preguntas había que hacer. Sin embargo, incluso cuando intentaba despejar su mente y buscar refugio en el arte del dercad, el acto de meditación mediante el cual innumerables generaciones de místicos irlandeses habían conseguido calmar y serenar las alteraciones mentales y los pensamientos extraños, le resultaba imposible.

Decidió centrarse en el paisaje costero al que iban acercándose. Acababan de entrar en la boca de la gran bahía y avanzaban cercanos a la costa sur de la península montañosa. Los vientos fríos y el mar agitado empezaron a calmarse en cuanto penetraron en aquellas aguas resguardadas. Y cuando el rumbo de Ross situó el extremo sur de la isla bulbosa en su flanco oriental, el tiempo se amainó mucho, pues la tierra los protegía de los peores vientos. Había pocas nubes en el cielo, que era de un azul suave con la esfera amarilla pálida del sol suspendida bien alto pero sin calentar. El paisaje parecía estar pintado con límpidos tonos pastel.

– Ahí delante hay una gran cala -anunció Ross-. Allí está la abadía de la comunidad de El Salmón de los Tres Pozos. Anclaremos dentro, en las aguas tranquilas.

Fidelma, a pesar de su preocupación, no era totalmente ajena a la serena belleza de la cala, que se encontraba rodeada por un bosque de robles que cubría las crestas de los alrededores y estaba ribeteado por diversos árboles de hoja perenne. Incluso aunque estaba preocupada por lo que le habría sucedido al hermano Eadulf, percibió una sensación de tranquilidad. Debía de ser espectacular en verano, con las flores multicolores y todos los árboles reventando en diferentes tonos de verde. Detrás de la cala se elevaban las montañas, con sus picos desnudos cubiertos de nieve y sus laderas salpicadas de rocas de granito. Un arroyo corría presuroso a desembocar en la cala en un punto en que se elevaba, sobre un cabo, una pequeña fortaleza circular. Al mirar aquellas aguas cristalinas y brillantes, Fidelma se estremeció al pensar lo frías que debían de estar.

– Ésa es la fortaleza de Adnár, el bó-aire de este distrito -dijo Ross señalando con el pulgar hacia la fortaleza.

Un bó-aire era literalmente un «jefe de vacas», un jefe local sin tierra cuya riqueza se medía por el número de vacas que poseía. En zonas pobres, el «jefe de vacas» ejercía de magistrado local y debía obediencia a los jefes superiores. A ese jefe superior, el bó-aire le pagaba un tributo por su posición y su rango.

Fidelma se esforzó en pensar de nuevo en la tarea que la había llevado hasta allí.

– ¿La fortaleza de Adnár? -repitió con un tono interrogativo, para asegurarse de que había entendido bien el nombre.

– Sí. Se llama Dún Boí, la fortaleza de la diosa vaca.

– ¿Dónde está la comunidad religiosa? -preguntó Fidelma-. La abadía de El Salmón de los Tres Pozos.

Ross le señaló otro pequeño cabo al otro lado del riachuelo, justamente frente a la fortaleza de Adnár.

– Se eleva entre esos árboles, en aquella cresta. Allí se ve la torre de los edificios de la abadía. También se puede ver un pequeño muelle que lleva a una plataforma rocosa, donde quizá podáis ver el pozo principal de la abadía.

Fidelma siguió con la mirada donde le señalaba el capitán. Percibió movimiento en el muelle.

– ¡Capitán! -llamó en voz baja el timonel a Ross-. Capitán, se aproximan unos botes; uno procedente de la fortaleza y el otro de la abadía.

Ross se giró para comprobarlo, y gritó a su tripulación que empezara a enrollar las velas del Foracha antes de soltar el ancla. Se giró para indicar a Odar, que iba en el barco galo, que también soltara el ancla para que los barcos no colisionaran. Se oyó el crujir de las velas al ser arriadas, el chapoteo de las anclas al golpear contra las aguas y el grito de las aves marinas sorprendidas por aquellos inesperados sonidos agudos. Luego… silencio.

Fidelma se quedó quieta un rato, percibiendo el repentino silencio en la cala resguardada. Sintió la belleza del lugar con los azules, verdes, marrones y grises de las montañas alzándose detrás, y el cielo que creaba un azul claro sobre las aguas que la rodeaban, reverberando y reluciendo bajo la primera luz del atardecer; daba la impresión de que era un espejo, tan quieta y clara era su superficie. Rodeando el extremo de la cala había un cinturón verde grisáceo de algas marinas abandonadas por las mareas, de rocas blancas y grises y de árboles que bordeaban las lomas; sus distintos verdes y marrones quedaban matizados aquí y allá por estallidos de zuzones y de flores blancas. También había madroños. El silencio era tal que el más leve sonido parecía un ruido… como el aleteo perezoso de las alas de una garza gris que daba vueltas alrededor de los barcos con su cuello largo y sinuoso arqueado, y luego giraba con indolencia y despreocupación en el cielo y continuaba por la costa en busca de un lugar donde pescar con mayor tranquilidad. O el rítmico chapoteo de los remos de los barcos que se acercaban por las aguas quietas.

La joven suspiró profundamente. Aquella paz era una capa, un disfraz de la realidad. Había cosas que hacer.

– Voy a regresar a bordo del mercante y llevar a cabo un registro más minucioso, Ross -anunció al capitán.

Ross le echó una mirada con ojos ansiosos.

– Yo esperaría un poco, hermana -le sugirió.

Fidelma frunció el ceño, preocupada.

– No entiendo…

Ross le señaló con la cabeza en dirección a las dos naves que se acercaban.

– Dudo que vengan a visitarme a mí, hermana.

Fidelma parpadeó, pues seguía sin entender.

– En una barca va el bó-aire de la fortaleza y en la otra la abadesa Draigen.

Fidelma arqueó las cejas y se fijó mejor en los ocupantes de las barcas que se aproximaban. En uno de los botes remaban dos religiosas y una tercera iba sentada y bien erguida en la popa. Parecía una mujer alta, bella de rostro, incluso más alta que la misma Fidelma, e iba abrigada con un hábito de piel de zorro. En la otra barca, procedente de la fortaleza, remaban dos guerreros fornidos y en la popa iba sentado un hombre alto, de cabello negro, envuelto en una capa de piel de tejón, y con la cadena de plata que indicaba su rango colgada. Iba echando miradas inquietas hacia la otra barca y, ladrando unas órdenes que se oían incluso desde esa distancia, azuzaba a sus hombres para que se esforzaran, como si quisiera llegar el primero al barc de Ross.

– Parece que hagan una carrera -observó Fidelma secamente.

La voz de Ross no denotaba humor.

– Yo creo que hacen una carrera, a decir verdad, para llegar hasta vos primero. Sea cual sea el propósito, no creo que haya una gran amistad entre ellos -replicó el capitán.

Fue la barca de la abadía la que llegó primero junto al barc, y la hermosa religiosa subió con sorprendente agilidad y alcanzó la cubierta, justo cuando llegó el segundo bote y el hombre alto, con su mata de pelo negro, saltó sobre la cubierta tras ella.

La mujer, que Ross había identificado como la abadesa de la comunidad, era alta y de espaldas erguidas. Llevaba la capa echada hacia atrás y dejaba ver sus sencillos hábitos. La artesanía dorada de su crucifijo mostraba que realmente no había renunciado a las riquezas con un voto de pobreza y obediencia, pues estaba primorosamente trabajado y tenía incrustadas piedras semipreciosas. Su cara era autocrática, con labios rojos y pómulos elevados. Debía de tener unos treinta y tantos años, y en su rostro se mezclaba extrañamente la belleza con una expresión tosca. Tenía los ojos negros que brillaban con un fuego oculto, que era claramente de ira cuando miraba por encima del hombro hacia el hombre de barba negra que se apresuraba tras ella.

Enseguida reconoció a Ross. Era evidente que lo conocía. Fidelma sabía que Ross solía comerciar por la costa de Muman y obviamente habría hecho algún negocio con aquella comunidad religiosa.

– Ah, Ross. Reconocí vuestro barco en cuanto entró en la cala -dijo con voz poco calurosa-. Confío en que hayáis venido directamente por orden del abad Brocc de Ros Ailithir. Espero que me hayáis traído al brehon que pedí.

Antes de que Ross pudiera contestar, el jefe alto y de cabellos negros se acercó a ella, jadeando ligeramente por el esfuerzo. Debía de tener unos cuarenta años; un hombre apuesto, de facciones agradables, cuyos ojos tenían una sorprendente similitud con los brillantes ojos negros de la abadesa. Fidelma se dio cuenta de que esbozaba una agradable, aunque inquieta sonrisa al acercarse a Ross.

– ¿Dónde está el brehon?¿Dónde está, Ross? Tengo que verlo primero.

La abadesa se giró rápidamente hacia su inoportuno compañero con una mirada de animosidad desenfrenada.

– No tenéis autoridad aquí, Adnár -soltó la abadesa, lo que confirmaba lo dicho por Ross: Adnár era el jefe local.

Éste enrojeció de furia.

– Tengo toda la autoridad para estar aquí. ¿Acaso no soy el bó-aire de este distrito? Mi palabra…

– Vuestra palabra la dicta Gulban, jefe de los Beara -se mofó la mujer-. Si él no dice nada, vos no decís nada. Yo he pedido al abad Brocc de Ros Ailithir que enviara a un brehon, responsable sólo ante el rey de Cashel, a quien vuestro jefe, Gulban, ha de dar cuenta. -Se volvió hacia Ross-. ¿Dónde está el brehon, Ross? ¿Dónde está el brehon que ha enviado el abad Brocc?

Ross lanzó una mirada hacia Fidelma y se encogió de hombros disculpándose, como si intentara que los visitantes lo absolvieran de toda responsabilidad.

Aquel gesto hizo que los recién llegados se fijaran en Fidelma. Por primera vez, la abadesa de rostro austero parecía darse cuenta de su existencia y frunció el ceño.

– ¿Y vos quién sois, hermana? -soltó con autoridad-. ¿Habéis venido a entrar en nuestra comunidad?

Fidelma consiguió esbozar una leve sonrisa.

– Creo que soy la persona que estáis buscando, hermana abadesa -contestó con llaneza-. Me ha enviado el abad Brocc de Ros Ailithir en respuesta a vuestra petición.

Por un momento el rostro de la abadesa mostró una mirada de absoluto asombro.

El sonido de una risotada escandalosa distrajo a todos durante un momento. Adnár se sacudía de risa.

– ¡Pedís un brehon y Brocc os envía a esta chiquilla! ¡Ja! ¡Vuestro querido abad no os tiene en gran consideración después de todo!

La abadesa hizo todo lo que pudo para controlar la furia que relucía en sus ojos, y fijó la mirada en Fidelma apretando los labios.

– ¿Acaso le divierte esto al abad Brocc? -preguntó con frialdad-. ¿Acaso quiere insultarme?

Fidelma sacudió la cabeza con hastío.

– Yo no creo que mi primo -Fidelma se detuvo durante una fracción de segundo, para que la pausa enfatizara la palabra-, no creo que mi primo, el abad, se divierta con estas cosas.

La expresión de la abadesa empezó a transformarse en desdén, pero Ross, sintiendo que había llegado el momento de intervenir como capitán que era del barco, dio un paso adelante con rapidez.

– Permitidme, abadesa, que os presente a sor Fidelma, que es abogado de los tribunales. Tiene el grado de anruth.

La abadesa abrió los ojos de forma casi imperceptible, mientras que Adnár dejó bruscamente de reírse. La calificación de anruth era tan sólo un grado inferior al título máximo que podían otorgar las universidades y los colegios eclesiásticos de Irlanda.

Se hizo un silencio y luego la abadesa empezó a preguntar lentamente.

– ¿Cómo decís que os llamáis?

– Soy Fidelma, de la comunidad de Kildare.

La abadesa entornó sus ojos brillantes.

– ¿De Kildare? Kildare está en el reino de Laigin. Sin embargo habéis dicho que estáis emparentada con el abad Brocc de Ros Ailithir. ¿Qué queréis decir?

Fidelma saboreó aquel momento.

– Mi hermano es Colgú, el rey de Cashel. -Fidelma no pudo evitar que sus ojos parpadearan en dirección de Adnár para juzgar su reacción. Se vio recompensada, pues éste tenía la boca abierta y la mirada fija. Parecía, por un momento, un pez al que acabaran de sacar del agua-. Sirvo a la fe, que no queda incluida en los límites de los reinos terrenales.

La abadesa dejó ir un leve suspiro y luego tendió su mano a Fidelma. Parecía que su autoridad había menguado un poco. Su rostro pasó a reflejar una expresión de disculpa contrita. Si era sincera o no, Fidelma no podía asegurarlo.

– Permitidme que os dé la bienvenida a nuestra comunidad, hermana. Soy la abadesa Draigen, superiora de la fundación de El Salmón de los Tres Pozos. -Con la mano señaló hacia la costa, como indicando su comunidad-. Lamento haberos saludado tan groseramente. Son tiempos difíciles. Yo esperaba que Brocc enviara a alguien con una cierta experiencia práctica en, en…

Fidelma sonrió amablemente al ver que la abadesa dudaba.

– ¿En la resolución de crímenes violentos? ¿En la resolución de misterios? No temáis respecto a eso, hermana abadesa. Hay un proverbio: usus le plura doceit. La experiencia lo enseña todo. Yo he adquirido una cierta aptitud para la tarea que vos tenéis en mente gracias a mis experiencias como abogada de los tribunales.

Se oyó un gruñido cuando Adnár se adelantó. Intentó con todas sus fuerzas volver a mostrar su porte seguro pero sus ojos se bajaron momentáneamente ante la mirada de los verdes y brillantes de Fidelma. Inclinó un poco la cabeza con obvia turbación.

– Bienvenida, hermana. Yo soy Adnár.

Fidelma lo examinó de cerca. No estaba segura de que le gustara. El hombre era bien parecido, sin duda, pero ella siempre se encontraba incómoda cuando se encontraba ante hombres guapos y seguros.

– Sí. Ya lo he oído. Sois el bó-aire de este territorio -dijo Fidelma con voz glacial. De hecho, disfrutaba con el aparente desconcierto del hombre, aunque se reprendía mentalmente por alegrarse del malestar de los otros. Eso iba en contra de las enseñanzas de la fe, pero ella era tan sólo humana.

– No era mi intención, es decir, yo… -empezó a decir Adnár.

– ¿Queríais verme, no es así? -insistió Fidelma inocentemente.

Adnár lanzó una mirada de irritación a la abadesa Draigen. Tenía que elegir bien sus palabras cuando se dirigía a Fidelma.

– Hermana, yo soy el bó-aire de aquí. Soy magistrado y juez de los tribunales de la jurisdicción de mi jefe, Gulban. No hay necesidad alguna de que nadie de este territorio pida ayuda externa en cuestiones de ley. Sin embargo, éste no es el lugar ni el momento para discutir este asunto. Allí está mi fortaleza -dijo señalando con la mano-. Os daría la bienvenida con un banquete esta noche.

La abadesa Draigen tosió para contener una exclamación de protesta.

– Se os espera en la abadía esta noche, hermana Fidelma, para que os pueda explicar con mayor detalle por qué os han enviado -dijo apresuradamente.

Fidelma miró primero a la abadesa y luego al jefe y luego negó firmemente con la cabeza.

– Es cierto que mi primer deber se encuentra en la abadía, Adnár -dijo al jefe-. Sin embargo, iré mañana por la mañana y desayunaré con vos.

Adnár se sonrojó y lanzó una mirada inquieta hacia la abadesa, cuyas facciones esbozaban una sonrisa de satisfacción. El hombre asintió.

– Así lo deseo, hermana -dijo con renuencia. Estaba a punto de retirarse, pero dudaba y echó una ojeada al mercante galo como si lo viera por primera vez-. Vais mal acompañado, Ross. ¿Qué le pasa a ese barco que su capitán os ha pedido que lo remolquéis a puerto?

Ross cambió de postura.

– ¿No estoy seguro de entender lo que queréis decir con «mal acompañado»?

– Vais acompañado de un barco galo. He visto la cuerda para remolcarlo cuando entrabais en el puerto. ¿Qué le pasa al capitán? ¿No puede gobernarlo él mismo? No importa, remaremos hasta allí y hablaremos con él.

– No lo encontraréis a bordo -contestó Ross.

– ¿A bordo no?

– Así es -confirmó Fidelma-. El barco había sido abandonado cuando lo descubrimos, alejado de esta costa.

Una vez más una expresión de asombro se mostró en la cara de Adnár.

– Entonces tendremos que hablar de dos asuntos cuando vengáis mañana.

Saludando brevemente con la cabeza a la abadesa y a Ross, se dirigió enseguida hacia su barca. Oyeron cómo sus hombres introducían los remos en el agua y observaron en silencio cómo el bote retornaba en silencio hacia la playa.

– Un hombre irritante -dijo con un suspiro la abadesa-. Sin embargo, habéis tomado la decisión acertada, hermana. Dejad que os acompañemos hasta la abadía y os explicaré todo.

Su bello rostro se mostró sorprendido cuando Fidelma sacudió la cabeza en señal de negación.

– Iré a la abadía esta tarde, a la hora de la cena, hermana abadesa. Tengo que ocuparme de otros asuntos antes de eso.

– ¿Otros asuntos?

La voz de la abadesa Draigen denotaba un tono peligrosamente quejumbroso.

– Iré a tierra está tarde -repitió Fidelma, pero no le dio mayor información.

– Muy bien -dijo con desdén la abadesa Draigen-. Oiréis nuestra campana que llama para el ángelus de la tarde. Nos sentamos a comer después de las oraciones. Al inicio de la comida suena dos veces un gong.

Se fue sin decir nada más; descendió por un costado del barc hasta el interior de su barca.

Ross hizo una mueca, se apoyó en la baranda y observó a las monjas que remaban y conducían a la abadesa hasta la cala.

– Bien, hermana, yo creo que no habéis levantado grandes afectos en los corazones de la abadesa o del bó-aire.

– Mi trabajo no consiste en levantar afectos, Ross-replicó Fidelma suavemente-. Ahora, regresemos al mercante galo.


Fidelma, junto con Ross, pasó dos horas registrando otra vez el mercante galo de arriba abajo, sin descubrir ninguna otra cosa que pudiera indicar qué le había sucedido a la tripulación y al cargamento. Aparte de las manchas de sangre seca, no había nada que explicara por qué la tripulación y el cargamento de la nave habían desaparecido. Sólo Odar, el timonel, había conseguido información nueva. Se había acercado a Fidelma y a Ross casi al mismo tiempo que ellos llegaban a bordo del barco galo.

– Disculpadme, capitán, pero hay algo que deberíais ver… -empezó a decir dubitativo.

– ¿Bien? -inquirió Ross con una voz que no estimulaba precisamente a continuar; pero Odar sí lo hizo:

– He oído que vos y aquí, la hermana -dijo señalando a Fidelma- os habéis fijado en lo limpio y ordenado que está todo a bordo de este barco. Bueno, hay dos cosas que no están en su sitio.

Fidelma se interesó inmediatamente.

– Explicaos, Odar -le invitó la joven.

– Las amarras, hermana. Ambas, de popa y proa. Las amarras están cortadas.

Ross se dirigió inmediatamente al noray de roble más cercano, en la proa del barco.

– He dejado las cuerdas colgando en su sitio para que pudierais verlo -explicó Odar-. Yo me di cuenta de ello cuando estábamos amarrando hace un rato.

Ross se inclinó donde el fuerte cordaje de lino se sujetaba al noray, y empezó a estirar hacia arriba del extremo suelto que colgaba de un costado del barco. Terminaba a unos veinte pies aproximadamente, y el extremo estaba deshilachado. Fidelma lo tomó de las manos de Ross y lo examinó con atención. Sin duda el extremo estaba cortado; tajado con un hacha a juzgar por la manera en que los trozos de cuerda de lino se habían deshilachado. El grosor de la cuerda del barco confirmaba que sólo un hacha podía haberla cortado.

– ¿Y la otra amarra? -preguntó Fidelma a Odar-. ¿Está igual que ésta?

– Sí, pero podéis verlo vos misma, hermana -contestó el marinero.

Fidelma le agradeció que le hubiera hecho fijarse en ese hecho y fue a sentarse en el coronamiento. Se quedó con la vista fija en la distancia y aire malhumorado. Ross, junto a ella, la examinaba con expresión sorprendida. Sabía cuándo era mejor quedarse callado.

Al fin, Fidelma exhaló un suspiro.

– Resumamos lo que sabemos -empezó.

– Que no es mucho -añadió Ross.

– No obstante… primero, sabemos que es un barco mercante galo.

Ross asintió con énfasis.

– Cierto. Es casi la única cosa que sabemos con certeza. Yo juraría que la construcción sigue los métodos propios de Morbihan.

– ¿Lo que permite suponer que debió de zarpar de un puerto de esa zona?

– Cierto otra vez -admitió Ross-. Barcos mercantes como éste suelen comerciar a lo largo de nuestra costa.

– ¿Traen principalmente vino y lo cambian por mercancías de nuestros comerciantes?

– Así es.

– ¿El hecho de que no hubiera cargamento a bordo pudiera deberse a que el barco ya había desembarcado la carga en un puerto irlandés?

Ross se rascó la barbilla.

– Tal vez.

– Admito ese «tal vez». Sin embargo, si había un cargamento que fue retirado en el mar… extraer barricas de vino resulta un trabajo difícil. ¿No sería más simple suponer que ya había descargado los barriles de vino en un puerto irlandés y regresaba a la Galia, o sin cargamento o con un cargamento más fácil de mover en el mar?

– Resulta lógico -admitió Ross.

– Entonces creo que vamos progresando -dijo Fidelma triunfante-. Bien, reflexionemos sobre qué más sabemos. Hay sangre en el barco. Bajo cubierta. También había sangre más reciente en un trozo de lino enganchado en la jarcia, y la barandilla bajo la jarcia está manchada. Esa sangre, aunque seca, no es vieja y probablemente se ha derramado en las últimas doce o veinticuatro horas. La sangre podía ser de un miembro de la tripulación o… -hizo una pausa e intentó no pensar en Eadulf- o de un pasajero.

– ¿Por qué no de uno de los asaltantes? -preguntó Ross-. ¿Uno de los que sacó el cargamento o la tripulación?

Fidelma reflexionó respecto a eso y luego admitió la posibilidad.

– ¿Por qué no? Y, por supuesto, ¿quién dice que hubo asaltante o asaltantes? Quizá la misma tripulación retiró el cargamento y abandonó el barco. -Fidelma levantó la mano cuando Ross empezaba a hacer algunas objeciones-. Muy bien. La cuestión principal es que al parecer la sangre fue derramada cuando desapareció la tripulación; en el momento en que sucedió lo que fuera a bordo del barco.

Ross esperó a que la joven examinara el asunto en silencio.

– Las amarras de proa y popa del barco se cortaron con un hacha. De ahí concluimos que debió de estar amarrado a algo, no anclado en un puerto sin más, pues el ancla todavía está en su sitio pero las amarras están cortadas. ¿Por qué? ¿Por qué no simplemente soltaron las amarras? ¿Había alguien a bordo que tenía prisa por partir de algún lugar? ¿O el barco estaba atado a otro y luego cortaron las cuerdas y lo dejaron a la deriva?

Ross lanzó una mirada de admiración a Fidelma mientras ella iba invocando posibilidades.

– ¿Cuánto tiempo lo tuvimos a la vista hasta que lo abordamos? -le preguntó al capitán de repente.

– Yo me había percatado de su existencia media hora antes de que Odar llamara nuestra atención por lo peligroso de su rumbo. Tardamos otra media hora en acercarnos y subir a bordo.

– Esto significa que el barco tenía que estar cerca de esta costa cuando sucedió lo que fuera. ¿Estáis de acuerdo?

– ¿Por qué?

– El barco sólo podía haber sido atacado entre las doce o veinticuatro horas anteriores a que lo avistáramos -dijo enderezándose repentinamente-. Vos conocéis bien esta costa, ¿no es así, Ross?

– Así es -admitió, sin jactancia-. Llevo cuarenta años surcando estas aguas.

– ¿Podéis calcular, por los vientos y las mareas, el lugar desde donde navegó este barco hasta que lo encontramos?

Ross observó los rasgos entusiasmados de Fidelma. No quería decepcionarla.

– Es difícil, incluso conociendo las mareas. Los fuertes vientos son cambiantes e imprevisibles.

Al percibir su desencanto, añadió con rapidez alguna cosa más.

– Sin embargo, tal vez pueda calcular algo bastante aproximado. Yo creo que resulta prudente decir que hay dos lugares probables. La embocadura de esta bahía o más allá en el extremo sur de esta península. Las mareas de esos puntos seguramente arrastrarían al barco hacia el lugar donde lo vimos por primera vez.

– Eso representa una amplia zona de territorio que registrar -dijo Fidelma, que seguía sin estar del todo satisfecha.

– Ese amigo al que pertenece esa saca… -Ross cambió de tema, luego continuó, dubitativo-: Ese amigo… ¿era un buen amigo?

– Sí.

Ross percibió la tensión emocional en la voz de Fidelma cuando ella pronunció esa única sílaba. Esperó un momento y luego añadió algo en voz baja.

– Yo tengo una hija de vuestra edad, hermana. Oh, está en tierra y casada. Su madre vive con otro. Yo no me las doy de conocer a las mujeres. Pero hay una cosa que sé, el marido de mi hija se perdió en el mar. Esa misma mirada de dolor y angustia en sus ojos la mañana en que la noticia llegó a Ros Ailithir es la que ahora veo en los vuestros.

Fidelma se enderezó a la defensiva y soltó un bufido de irritación.

– El hermano Eadulf es simplemente un amigo, eso es todo. Si tiene problemas, haré lo que pueda para ayudarlo.

Ross asintió con la cabeza imperturbable.

– Sí, claro -dijo en voz baja. Ella sabía que no lo engañaba con su protesta.

– Y, por el momento -continuó Fidelma-, tengo otras cosas que hacer. Mi deber es ahora para con la abadesa Draigen. Tendré que estar varios días aquí en la abadía antes de poder perder el tiempo buscando… ¿Y qué sería lo que tendría que buscar?

– Por supuesto, vuestro deber es lo primero -le aseguró Ross-. Sin embargo, si os ha de ser de ayuda, hermana, mientras estáis en tierra en la abadía yo podría llevar mi barc hasta los puntos que os he indicado para ver si hay alguna señal que nos ayude a solucionar este misterio. Dejaré a Odar y a otro hombre para que vigilen esta nave, y vos podréis llamarlos si los necesitarais.

Fidelma se sonrojó. Luego, con un movimiento brusco se inclinó y besó al viejo marino en la mejilla.

– Bendito seáis, Ross -dijo con una voz que no era fingida.

Ross sonrió, turbado.

– No es nada. Zarparemos con la primera marea de la mañana y regresaremos dentro de uno o dos días, no más. Si encontramos algo…

– Venid a decírmelo enseguida.

– Como queráis -accedió el marino.

Del otro lado de las aguas oscuras de la cala oyeron el sonido de una campana.

– Ya es hora de que me vaya a la abadía. -Fidelma se dirigió hacia la baranda del barco. Se detuvo y echó una mirada rápida por encima del hombro a Ross-. Que Dios guíe vuestro viaje, Ross -dijo la joven con expresión seria-. Me temo que hay algo malvado aquí. No me gustaría perderos.

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