Once

Enrico está sentado en la butaca del salón. La pequeña Ingrid duerme entre sus brazos.

– A ver si lo entendéis, me llamó… Me llamó al despacho y se limitó a decirme: «Dora se queda hasta las siete y después se marcha. Procura volver a esa hora porque, de lo contrario, Ingrid se quedará sola…»

Enrico mira a Ingrid, que duerme. La mece un poco, después le toca con un dedo el babero que tiene debajo de la barbilla y se lo coloca mejor.

– ¿Me habéis entendido?

Alex, Pietro y Flavio están sentados frente a él en el sofá. Los tres están boquiabiertos. Enrico los mira y sacude la cabeza. Alex parece el más intrigado.

– ¿Y qué pasó después?

– Pues que regresé justo a tiempo, porque Dora estaba a punto de marcharse.

– Sí, pero Camilla…, quiero decir, ¿dónde está Camilla?

Enrico lo mira sereno. A continuación echa un vistazo a su reloj.

– Debe de estar volando. Dentro de tres o cuatro horas llegará a las Maldivas. ¡Si el avión no se precipita antes al suelo, como me gustaría que sucediera!

– ¿Se ha ido a las Maldivas? ¿Y con quién?

– Con un abogado llamado Beretti, un tipo muy distinguido de mi club que yo mismo le presenté.

– ¿Tú? ¿Y por qué?

– Camilla quiso hacer algunas reformas en la nueva casa, los obreros metieron la pata con las junturas en el baño y eso causó unas terribles filtraciones de agua. El abogado Beretti nos ayudó a demandar a la empresa…

– ¿Conclusión?

– Conclusión: Beretti perdió la causa con la empresa y yo he perdido a mi mujer, que se ha ido con él…

Flavio se levanta del sofá. Pietro cae entonces en la cuenta.

– Pero si vas vestido de futbolista…

– Puede que no te acuerdes, pero esta noche debíamos jugar juntos.

– ¡Es verdad!

– Como iba a llegar con mucho retraso, decidí cambiarme para no hacer esperar a los demás en el campo. Lo normal, en caso de que hubiésemos jugado… Luego se produjo este pequeño contratiempo…

– ¡Pequeño contratiempo, dices!

Enrico se encoge de hombros.

– Qué más da, habríamos perdido de todas formas.

– No estoy tan seguro… En mi opinión, hoy hubiera sido el día en que, por fin, habríamos ganado.

– Es cierto. -Enrico los mira y abre los brazos-. Ahora encima me siento culpable por haber impedido esa victoria.

– Bueno, recuerda que teníamos pensado jugar a las once.

Flavio mira a Pietro sin entender lo que dice, pero, de repente, cae en la cuenta.

– Entonces, ¿jugamos de todos modos?

Alex niega con la cabeza.

– De eso nada, hoy no se juega…

Pietro, en cambio, asiente.

– Se juega, se juega.

Ahora sí que Flavio no entiende nada.

– Pero bueno, ¿jugamos o no? ¿Me lo explicas, Pietro?

– Escuchad, es muy sencillo: se juega pero no se juega…, ¿vale?

– Bueno, a mí no me resulta tan claro…

Pietro se sienta y abre los brazos.

– Está bien. Veamos, chicos, os explicaré cómo entiendo yo la situación desde mi modesto punto de vista. El quid de la cuestión es la fidelidad.

Flavio lo mira curioso.

– ¿A qué te refieres?

Pietro sigue sonriendo.

– Es inútil buscar la fidelidad… La fidelidad no es de este mundo… O, mejor dicho, de esta era. Oscar Wilde decía que la fidelidad es a la vida sentimental lo mismo que la coherencia a la vida intelectual: la confesión de un fracaso, ni más ni menos. De manera que yo, en lugar de entrar a las once en el campo…, me meteré bajo las sábanas de una mujer felizmente casada con un marido que… ¡juega fuera de casa!

Flavio se encamina hacia la cocina.

– Lo siento, pero no estoy de acuerdo… ¿Puedo servirme algo de beber?

– Claro, en la nevera hay Coca-Cola, cervezas y algunos zumos.

Flavio sube el tono para que se lo oiga desde la cocina.

– La fidelidad resulta natural cuando una relación funciona. Es evidente que ahora las cosas no te van bien… ¿Queréis algo?

– ¡Chsss! -Enrico comprueba que Ingrid siga durmiendo-. ¿Podrías dejar de gritar, Flavio?

Su amigo entra de nuevo en el salón con una cerveza y sigue hablando en voz baja:

– Estamos tratando temas existenciales.

Alex hace un gesto con la mano como diciendo: «Pues sí.»

– Claro, cómo no… Dado que no está bien acostarse con una mujer casada aprovechando que su marido está fuera de casa…

Flavio abre la cerveza.

– Entiendo, pero ¿no podrías meter a Ingrid en la cuna, dejando al margen los problemas de Pietro?

– Tienes razón… -Enrico lleva a la niña a su dormitorio.

– No puede separarse de ella, ¿eh?

Pietro niega con un movimiento de cabeza.

– No. Imagínate si Camilla se hubiese marchado con la niña… Se habría suicidado.

Enrico vuelve al salón. Flavio está sentado ahora en el sofá e intenta tranquilizarlo.

– En cualquier caso, no debes enojarte con Camilla. Debes pensar que hasta ayer todo iba de maravilla… Por desgracia, algo se ha roto de repente.

– Sí, una tubería del cuarto de baño…

– Es una relación de amor… -Flavio apura su bebida y, al parecer, una idea acude entonces a su mente-. Un momento, el detective no encontró nada hace dos años…, ¿verdad?

Enrico mira a Alex. Alex mira a Flavio. Flavio mira a Pietro. Enrico está consternado.

– Me dejas de piedra… Alex…, ¿se lo has contado a todos?

Alex mira fijamente a Pietro. En realidad, sólo se lo dijo a él. Esta vez sí que la ha hecho buena, ha metido la pata hasta el fondo, no le queda más alternativa que mentir por segunda vez.

– Perdóname, Enrico… Era una carga demasiado grande para mí y no podía sobrellevarla solo…

Pietro comprende su error y trata de remediarlo.

– Está bien, lo sabemos desde siempre, Enrico; me refiero a que buscaste la ayuda de un detective porque no te fiabas de Camilla, pero no te lo tomes a mal. Somos un grupo de amigos y debemos afrontar las cosas como tal. Hoy te ha tocado a ti, pero mañana la víctima podría ser yo, o cualquiera de ellos.

Flavio y Alex se tocan de inmediato tratando de ahuyentar la mala suerte. Pietro se da cuenta.

– Es inútil, no hay ningún conjuro que pueda alejar la desgracia. Cuando toca…, ¡toca! Alex quizá tenga algo de culpa. ¡Debería haberle dado a Enrico las dos carpetas del detective! Pero ahora ya no hay nada que pueda hacer.

Pietro da una palmada en el hombro a Enrico.

– Debemos suponer que el detective hizo bien su trabajo… Sólo que a veces no queremos aceptar que el amor se acaba y punto.

– ¡Vaya, hombre, gracias! ¡Gracias, de verdad, gracias! -Enrico se levanta, molesto-. Te lo agradezco, eres justo lo que necesito en este momento, eres la aspirina para el dolor de cabeza, el jarabe para la tos.

– ¡Sí, el preservativo para la prostituta! ¿Queréis dejar de ser tan ilusos? -Pietro mira a sus tres amigos cabeceando-. ¿Cómo es posible que sigáis creyendo en las fábulas? Hoy más que nunca, gracias a los móviles, a los chats y a los sms, las mujeres traicionan, se distraen, coquetean, sueñan, vuelcan su romanticismo en otro…, en fin, que les gusta engañar tanto como a los hombres. De no ser así, no se explicaría mi tremendo éxito, incluida esta velada. -Mira el reloj-. Es más, no hagáis que llegue tarde, ¿eh?

Pietro se percata de que sus amigos lo miran con malos ojos.

– Vale, os lo explicaré de otra manera… Pasado cierto tiempo, la mujer se harta igual que el hombre; esa historia de que tiene que estar enamorada para acostarse con alguien no es cierta, os la habéis inventado vosotros, mejor dicho, todos nosotros, los hombres, ¡porque nos gusta creer que sólo están con nosotros por amor! ¡Pero no es así! Les gusta tanto como a nosotros, puede que incluso más. Y todo ese cuento de hablar sin cesar para convencerlas… ¡Nada más lejos de la realidad! Como dice Woody Allen, hacer el amor es mejor que hablar… Hablar es el sufrimiento por el que es inevitable pasar para llegar al sexo. Os diré otra frase aún mejor de Balzac: «Es más fácil ser amante que marido, porque es más difícil estar de buen humor todos los días que halagar de vez en cuando.» ¡Verdad de la buena! Yo lo he constatado con Susanna: a veces, no me apetece mucho, ¡pero cuando interpreto el papel del amante doy lo mejor de mí mismo!

Flavio decide intervenir:

– Perdona, Pietro, pero yo no estoy en absoluto de acuerdo. ¿Dónde queda entonces el placer de construir juntos y el deseo de exclusividad? ¡Yo hago cosas por mi mujer, aunque a veces me cueste, porque quiero que se sienta realizada, feliz y satisfecha!

– ¡Anda ya! No digo que no se pueda ser feliz en parte, pero al final es una cuestión de costumbre pura y dura, ¡y a las mujeres les asustan las novedades! ¿Sabes a cuántas mujeres he conocido que de repente querían dejar a sus maridos sólo porque se habían acostado conmigo? Se sentían como una especie de heroínas ansiosas de dar un giro a sus vidas… Pero, después, apenas comprendían que yo no tenía ninguna intención de entablar una relación con ellas por temor a la misma historia del ménage que me habían contado en repetidas ocasiones, curiosamente volvían con su marido más enamoradas que antes. ¡y siempre decidían marcharse en seguida de vacaciones! ¡De manera que, para varias de ellas, he sido incluso terapéutico! Venga, chicos, a veces el amor es realmente ridículo…

Enrico lo mira sorprendido.

– Eso quiere decir que Camilla…, en fin, que dado que se ha comportado así la estás alabando, consideras que es una mujer valiente…, ¡una temeraria!

– Escucha, no me apetece seguir hablando de vuestros líos. No se puede generalizar. Las mujeres os hacen creer que son fieles, os dan seguridad… -Pietro mira luego a Alex y arquea las cejas-. Quizá os aseguran que tienen el móvil descargado porque no pueden deciros sin más que han salido con otro… Las parejas ya no son abiertas. ¡Vivimos como antes del año 68! Todos traicionan y todos disimulan.

Alex lo mira irritado.

– Oye, que Niki tenía el teléfono descargado de verdad…

– Ah, ¿y cómo puedes estar tan seguro?

– Porque me lo ha dicho ella…

– Bonita respuesta.

– Y, sobre todo, ¡porque si tuviese ganas de salir con otro me lo diría!

– Ésa me gusta aún más… Siempre me ha encantado la ciencia ficción… Victor Hugo dijo una gran verdad: «Una mujer que tiene un amante es un ángel; una mujer que tiene dos amantes es un monstruo; una mujer que tiene tres amantes es una mujer.» ¿Sabéis cuántas esposas o chicas con novio han tenido una historia conmigo? Las cortejo, les hago revivir el entusiasmo de las primeras salidas, de las sorpresas en la cama… y por un instante piensan en dejar a su marido, o Quizá incluso lo dejan por un período de tiempo, sólo en su imaginación, ¿eh?…, pero luego vuelven a su lado, son miedosas, como nosotros, ¡y en lo que concierne a «ese aspecto» son idénticas! Las mujeres son hombres con tetas…, pero sin huevos.

– Eres terrible. Entonces, ¿por qué te casaste?

– Porque llegado un punto debes dar a una mujer esa tranquilidad… Además, tenéis que reconocer que es útil… «La familia es la asociación instituida por la naturaleza para satisfacer las necesidades del hombre», decía Aristóteles. Y Susanna era la persona adecuada para dar ese paso. Pero todos los matrimonios son así: llega un punto en el que ninguno de los dos está contento, no bastan ni los hijos ni la casa… «Ejercer de marido es un trabajo a tiempo completo, por eso muchos maridos no consiguen dedicar toda su atención», decía Arnold Bennet. Y tenía razón, ¡caramba! Todos quieren enamorarse, deseamos el amor…, ¡y lo buscamos donde podemos! ¡Soñamos con él, lo perseguimos!

Alex sacude la cabeza.

– Pero ¿se puede saber quién eres tú? ¿La Wikiquote con patas? Nos estás acribillando con tus citas…

Pietro compone una expresión solemne.

– Claro, me he trabajado mucho el tema para dejar asombradas a mis dulces presas: adoran las citas, ¿qué te crees?… Ésta, por ejemplo, la uso cuando alguien me ataca, escucha: «Inmediatamente después del creador de una buena frase viene, por orden de importancia, el primero que la cita», Ralph Waldo Emerson.

Alex vuelve a sacudir la cabeza.

– Eres un caso perdido. De todos modos, no estoy ni estaré nunca de acuerdo contigo. Mis padres están casados y siempre han sido felices.

– Son la excepción que confirma la regla.

– También los de Niki.

– Demasiado pronto para estar seguros: son de nuestra edad… Y nosotros, como ves… -señala con los ojos a Enrico, procurando que éste no lo vea-, estamos empezando a caer…

En ese preciso momento suena el móvil de Alex.

– Es Niki… -Abre el teléfono-. ¡Cariño! ¿No tenías el móvil descargado?

Alex mira ufano a Pietro y le hace un gesto obsceno.

– Sí, pero he visto que el cargador de Olly me servía… ¡Estamos en su casa! ¿Habéis acabado de jugar?

– Esto… -Alex se levanta del sofá y se dirige al dormitorio.

Pietro lo mira y suspira.

– Creo que él también tiene algún problema que otro -dice dirigiéndose a los demás.

Apenas queda fuera del alcance de sus amigos, Alex prosigue la conversación con Niki.

– Sí, lo hemos dejado porque uno de nosotros se ha hecho daño…

– ¿En serio? ¿Quién?

– No, no lo conoces, uno del equipo… Ah, y después hemos venido a casa de Enrico porque él no ha jugado…

– Ah, ¿no está bien?

– Peor…

– ¿Qué quieres decir?

– Su mujer lo ha dejado.

– Ah. -Niki enmudece.

– ¿Niki?

– ¿Sí?

– Por desgracia, puede suceder.

– Oh, claro, sí…, uno hace una promesa ante Dios y le gustaría que todo fuese sobre ruedas… En cambio…

Alex está a la expectativa, siente curiosidad.

– ¿En cambio?

– Nada… Que no somos capaces de hacer realidad un sueño.

– Sí, Niki, pero no te lo tomes a mal.

– No, lo que ocurre es que lo siento. Veo la incapacidad de las personas para llegar hasta el fondo de las cosas.

– Quizá ambos lo desean, pero después algo cambia…

– Espero que no.

– Yo también… -Su voz se anima a continuación-. De todas formas, nosotros no hemos hecho ninguna promesa, ¿no? No. Bueno, vuelvo con mis amigas.

– Vale, hablamos más tarde.

Alex mira el teléfono cerrado y se queda estupefacto por un instante. Esa frase… «No hemos hecho ninguna promesa.» ¿A qué ha venido? ¿Por qué lo habrá dicho? Además, lo ha dicho con voz alegre. ¿Qué habrá querido decir? ¿Menos mal que no hemos prometido nada? Siente que el estómago se le encoge ligeramente. Bah. A continuación se mete de nuevo el móvil en el bolsillo y vuelve al salón.

– ¿Todo bien? -pregunta Pietro risueño y particularmente curioso.

– Sí…, genial.

Enrico lo mira boquiabierto.

– Os agradezco el interés y el afecto que me habéis demostrado. Siempre he sabido que podía contar con vosotros.

Pietro gesticula con las manos de manera exagerada.

– Sí, vale, ahora intentarás hacernos creer que esto te ha sucedido de la noche a la mañana, cuando todo estaba bien… Ella no estaba contenta, se lamentaba, no estaba satisfecha.

Enrico lo mira perplejo. Alex y Flavio también.

– Perdona, pero ¿tú que sabes?

– Bueno… -Pietro mira a su alrededor sintiendo que lo han pillado ligeramente desprevenido-, algunas cosas se deducen… Se leía en su cara, claro que para darse cuenta se requiere cierta sensibilidad y eso es algo de lo que no carezco, desde luego. Y ahora me perdonaréis, pero tengo que ir a follarme a esa mujer que está sola en casa. -Mira el reloj-. Sí… Sus hijos estarán durmiendo y él le habrá hecho ya la consabida llamadita tranquilizadora. Adiós, chicos, hablamos mañana.

Y sale dando un portazo a sus espaldas.

– No le falta sensibilidad, ¿eh?… ¡Un pedazo de animal, eso es lo que es!

– Bueno -Flavio se encoge de hombros-, sea como sea, tiene razón: vive de maravilla, todo le importa un comino y se divierte como si tuviese dieciocho años.

Alex parece sorprendido.

– Me resulta extraño que pienses así… ¡Olvidas que tiene una esposa y dos hijos! Si decides tenerlos, debes optar automáticamente por otro tipo de vida, no puedes ser tan irresponsable…

En ese mismo momento Enrico coge una fotografía de la mesita. En ella aparece Camilla con Ingrid recién nacida en brazos.

– ¿Y qué me dices de esta foto? ¿Qué es? ¿Un fotomontaje? ¡Una madre con una hija! -Arroja con rabia la fotografía contra la pared y ésta se rompe en mil pedazos.

– Calma, Enrico. -Alex intenta tranquilizarlo-. Conozco a una que tuvo un hijo y después lo dejó aquí, en Roma, con su padre, porque deseaba probar una nueva vida y cogió un avión con rumbo a América… Otra abandonó también al marido y se marchó a vivir a Londres, otra hizo lo mismo y ahora trabaja en París…

– Entiendo… En ese caso, el hecho de que Camilla nos haya dejado a Ingrid y a mí para irse sólo una semana de vacaciones con otro a las Maldivas es casi normal, ¿no?

– Quizá cambie de idea.

– Quizá vuelva.

– Sí, quizá, quizá… Lo único que sé es que tengo que buscar a una nueva canguro.

– ¿Y Dora?

– No sé por qué, pero nos la había recomendado el abogado Beretti…

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– Pues que, por solidaridad, ella también se ha marchado…

Flavio está desconcertado.

– Pero ¿solidaridad con quién? Da la impresión de que aquí están todos locos…

– El caso es que he puesto un anuncio, ¡tengo que entrevistar también a varias canguros!

– ¿Qué es esto?, ¿«Factor X»?

– Sí…, ¡ojalá!

– ¡Bueno, siempre puedes comprobar quién le canta mejor las canciones de cuna!

– Afortunados vosotros, que siempre tenéis ganas de bromear…

Enrico se arroja de nuevo sobre el sofá con las piernas abiertas y echa la cabeza hacia atrás. Flavio y Alex lo observan. A continuación, sus miradas se cruzan. Flavio se encoge de hombros. La verdad es que es muy difícil saber qué decirle a un amigo que sufre por amor. Está inmerso en su dolor, se siente acribillado por mil preguntas inútiles, y lo único que puedes hacer es brindarle tus respuestas personales, relativas, que en el fondo nada tienen que ver con su vida. Alex se sienta junto a él.

– Sólo quería que vieras el lado bueno.

– Es que no hay un lado bueno…

– ¿Sabes lo que decía Friedrich Christoph Oetinger? «Que Dios me conceda serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que puedo cambiar, y sabiduría para distinguir unas de otras.»

– Pareces Pietro con todas esas citas para justificar sus ansias de sexo…

– Con una única diferencia: ésta es útil y sólo sirve para hacerte reflexionar sobre la situación en que te encuentras.

– Pero ¿quién era ese Friedrich Cris Tinger? Nunca he oído ese nombre…

– Friedrich Christoph Oetinger, un padre espiritual.

– Entiendo. Gracias por el consejo, Alex, ¡pero en pocas palabras, me estás diciendo que debo meterme a cura!

– Bueno, esa frase se cita también en la película El jardín de la alegría, en la que personas de todas las edades fuman porros sin parar… En resumen, que en este mundo hay innumerables cosas; el único problema es el uso que hacemos de ellas.

Enrico sonríe.

– ¿Sabes? A veces las palabras me encantan… Pero después me detengo y pienso: caramba, cuánto echo de menos a Camilla. Y entonces todos los pensamientos pierden su valor, incluso todas esas bonitas frases de ese padre espiritual tuyo… A mí sólo me viene a la mente una de Vasco: «El dolor de tripa lo tengo yo, no tú.»

Alex esboza una sonrisa. Es cierto, el dolor pertenece a quien lo experimenta y no hay palabra que baste para explicarlo o para hacer que el que sufre se sienta mejor. No puedo por menos que darle la razón.

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