Cincuenta y cinco

La lluvia cae crepitando un poco más allá de la entrada. Un coche pasa y pisa un pequeño agujero en el asfalto. Levanta un chorro de agua que da de lleno en el bolso de Susanna.

– ¡Gracias, eh! -grita ella al coche que ha desaparecido tras doblar la esquina-. Menudo imbécil. Pero si me ha empapado.

– ¡Hola! ¿Quieres que te lleve a algún sitio?

De repente oye a sus espaldas la voz de Davide. Susanna siente que se ruboriza. Se vuelve confiando en que, dado que ha oscurecido, él no se percatará.

– Hola… Hoy me ha traído una amiga porque queríamos charlar un poco y ahora pensaba regresar con el metro. Pero llueve y no tengo paraguas para llegar hasta la parada. Por lo general, vengo en coche.

– A eso me refiero, si quieres te llevo yo. ¿Vives muy lejos?

– La verdad es que no… Bueno, a varios kilómetros.

– Está bien, vamos. Mi coche está allí… -señala un Smart Fortwo azul. Susanna arquea las cejas. Davide se da cuenta-. Tengo dos coches. El otro es un BMW.

Ella no le contesta, pero se dice que todos los hombres son idiotas, como si el coche tuviese tanta importancia. También en eso Pietro tiene la culpa, yo antes no pensaba así. ¿Cómo es ese dicho? Detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer… Pues bien, debería acuñar uno nuevo: detrás de un hombre insignificante la mujer puede volverse insignificante también. Sí, es cierto. Un marido puede empeorarte. Pero después sonríe a Davide. Aunque todavía estoy a tiempo de remediarlo.

– Bonito, el Smart. Me habría encantado tener uno, pero ya sabes cómo es, con dos hijos…

– Ah, claro, cuando quieras, sin embargo, te presto el mío…

– Gracias.

Es increíble. Davide es realmente simpático. Eh, que alguien me explique dónde está la trampa.

Llegan junto al coche y suben a él.

– Deja el bolso atrás. Parece pequeño, pero no lo es. Además, los asientos son comodísimos… -sonríe. Enciende la radio y pulsa el botón buscando una emisora, una canción, lo que sea. Pero no le convence y la apaga-. Prefiero hablar contigo… -La mira.

El corazón de Susanna empieza a latir a mil por hora. ¿Qué me sucede? Hacía siglos que no me sentía así. Las calles de Roma desfilan iluminadas y mojadas. Unas pequeñas gotas se alargan sobre el cristal siguiendo el sentido de la marcha. Hay que reconocer que es guapo. Y además, parece simpático. Venga, Susanna. Es más joven que tú. Rondará los treinta. Quizá ni siquiera eso. Puede que tenga ocho o nueve años menos que tú. Bueno, en la televisión dicen que cada vez son más frecuentes las parejas en las que la mujer es mayor que el hombre. Piensa en Demi Moore, en Valeria Golino. Sí, pero ellas son famosas. O puede que no… Cualquier hombre puede sentirse atraído por la idea de conquistar a una mujer más mayor y experimentada que él. Pero ¿qué estoy diciendo? ¿Pareja? Sólo me está llevando a casa. Susanna mira de nuevo por la ventanilla tratando de alejar ese pensamiento concentrándose en la lluvia.

– ¿Te gusta el kickboxing? -Davide conduce sujetando el volante con una sola mano. Ha apoyado el otro brazo en el borde de la ventanilla-. Es perfecto para mantenerse en forma, ¿sabes? Y, además, ¡es una buena alternativa a las palabras!

Susanna lo mira.

– La verdad…

– No, no me debes ninguna explicación… Si le golpeaste fue porque ya no lo soportabas. Como entrenador puedo decirte que te estoy enseñando bien…

– Es una historia complicada…

– Todas lo son.

Davide sigue conduciendo. Susanna mira afuera.

– Casi hemos llegado. Pasados dos cruces dobla a la derecha. vivo ahí.

Davide sonríe.

– Está bien, a la orden… ¡Si no, yo también me arriesgo a recibir un puñetazo!

– ¡No, ésos sólo se los doy a los maridos! Aquí es, puedes parar.

Davide se arrima a la acera, pone las luces de emergencia y apaga el motor. Susanna hace ademán de volverse para coger la bolsa. Por un instante se pregunta si los niños habrán cenado ya. Si su madre habrá pensado en eso.

– Espera.

Susanna lo mira.

– Si sales ahora, te empaparás. Por desgracia yo tampoco tengo un paraguas para prestarte. Espera al menos un segundo a que pare un poco…

Susanna se vuelve de nuevo hacia adelante.

– A estas alturas…

– ¿A estas alturas, qué? Nunca digas «a estas alturas».

Es cierto. Nunca digas «a estas alturas». Parece el título de una nueva película de James Bond únicamente para mujeres -piensa Susanna-. Pero ¿por qué sigue latiéndome tan fuerte el corazón?

Davide le sonríe.

– Es como la lluvia, ¿no? ¿Has visto la película El cuervo?

– No, lo siento…

– No, no debes sentirlo. En cualquier caso, en ella alguien decía algo así: «No puede llover siempre.» La vida está llena de sorpresas, a menudo maravillosas… Y, además, no todos los maridos se merecen que se los tumbe de un puñetazo…, o quizá sí, puedes hacerlo, ¡pero depende de cómo… y de dónde! ¡Sobre el colchón es muy diferente! -Ríe.

Se da cuenta de que Susanna se ha quedado un poco asombrada. Entonces la sacude un poco hasta que ella no puede por menos que echarse a reír también. Se siente ligera. Recuerda cuando era joven alguien que le había acelerado el corazón la acompañaba a casa así, sin más, y se quedaban hablando incluso durante dos horas, y quizá antes de apearse del coche la encadenaba con la mirada, sus rostros aproximándose cada vez más…

– ¡Mira! Ha dejado de llover. Si sales ahora no te mojarás. Venga, yo te pasaré la bolsa… -Y esta vez se gira él. Aferra la bolsa y se la da-. Aquí tienes, nos vemos pasado mañana en clase, ¿no?

– Por supuesto, gracias por acompañarme… -Después Susanna abre la puerta, lentamente, como si esperase algo, como si desease… Pero nadie la frena, de manera que en un abrir y cerrar de ojos se encuentra fuera del coche. Cierra la puerta y hace ademán de cruzar la calle.

– En cualquier caso…

Susanna se vuelve y ve que Davide ha bajado la ventanilla.

– Cuando quieras te hago de chófer, será un placer -sonríe y sube el cristal.

Susanna le sonríe a su vez y se vuelve de nuevo. Se percata de que su paso ha cambiado, de que ahora su movimiento es más fluido, de que incluso se contonea ligeramente. Y se ruboriza de nuevo, sorprendida de ese repentino coqueteo y, sobre todo, del tiempo que llevaba sin hacer una cosa similar.

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