– Patsy está teniendo un ataque al corazón -dijo Saber-. Si no la ayudamos ahora, su corazón podría dañarse para cuando logremos llegar a un hospital.
– ¿Qué infiernos estás diciendo? -Por primera vez, la compostura de Jess se sacudió verdaderamente-. No puede tener un ataque al corazón, es demasiado joven.
La silla de ruedas atravesó velozmente el piso del sótano. Jess se inclinó para encontrarle el pulso a su hermana, los dedos buscando en la oscuridad.
– ¿Estás segura Saber? No puedo distinguirlo.
– Sí, estoy segura.
– Haz algo.
Saber se echó el pelo hacia atrás, sentándose sobre los talones, con una mano presionada en la frente. Patsy necesitaba ayuda rápido. El enemigo buscaba por la casa y los sótanos y los encontraría. Jess no podía correr. Ni tampoco Patsy. Estaban en un lío a menos que el equipo de los Caminantes Fantasmas llegaran en los próximos minutos.
Tomó aire, lo dejó salir, y colocó la palma sobre el pecho de Patsy. Pudo sentir el corazón apretando, sujetando, esforzándose cuando debería haber palpitado firmemente.
– ¿Qué estás haciendo? -Preguntó Jess, su respiración saliendo en ásperos jadeos.
– La única cosa en la que puedo pensar. Voy a intentar que su corazón recupere el ritmo.
– ¿Usando una carga eléctrica?
– ¿Tienes una idea mejor? -El miedo le hizo contestarle bruscamente y se sintió instantáneamente avergonzada. No le podía culpar por cuestionarla. Ella mataba personas, no las salvaba-. Lo siento. Haces lo que crees que ayudará.
Jess se tragó una contestación y empujó el deseo de ordenar a Saber que se alejara de Patsy.
– ¿Has sincronizado tu ritmo con el de ella? ¿Es así como funciona?
– Sí. Y no tenemos tiempo para discutir esto.
– Es un riesgo demasiado grande para ti. -Porque maldita sea, no iba a perderlas a las dos-. Dámela y saldremos a toda prisa.
– Ella no tiene ese tiempo. -Saber le ignoró, aspirando aire en sus pulmones y expulsando su miedo de matar a Patsy, su miedo a perder a Jess. La única cosa que realmente tenía importancia en lo referente a este momento era salvar la vida de Patsy. Y ella era la única oportunidad de Patsy. Por una vez, intentaría usar los dones que tenía para ayudar a alguien.
Ella sintió la sacudida mientras su propio corazón se estrujaba, alternando el ritmo. Su pecho le dolía, el dolor era peor que lo esperado, pero luchó contra ello y se concentró en su ritmo, constante y verdadero. Patsy se movió débilmente, levantando la mano para cubrir la de Saber. Los dedos revolotearon contra el dorso de la mano y la mente de Patsy se movió contra la de ella. Las lágrimas ardieron en los ojos de Saber mientras sentía la aceptación de Patsy ante su unión. En vez de luchar contra ella, Patsy estaba tratando de sobreponerse al dolor y al miedo para ayudar a estar conectada.
Por un momento surtió efecto, el corazón de Patsy siguió la dirección, asentándose en un latido constante, pero casi a la vez el desagradable dolor volvió, sacudiéndolas a ambas. Saber se mojó los labios, la boca repentinamente seca. No tenía alternativa. Si iba a mantener viva a Patsy, iba a tener que darle un golpe al corazón para que volviera a su ritmo normal.
Puso la otra mano encima de la Patsy, la única advertencia, y envió la sacudida chisporroteando a través de su cuerpo. El corazón tartamudeó, sufrió sacudidas, recuperó el latido cayendo en un constante tempo otra vez. Saber esperó, contando los segundos silenciosamente, consciente del corazón de Patsy y del flujo y reflujo de la sangre a través de sus venas. No tenía idea de que estaba susurrando hasta que Jess le tocó su hombro y ella saltó, conmocionada de que estuviera cantando, por favor, por favor, por favor en voz alta.
– ¿Patsy? -dijo Jess suavemente-. ¿Puedes sentarte?
– Todavía no -dijo Saber-. Dale algunos minutos. -El dolor comenzaba a retirarse, las bandas apretadas en su pecho se aflojaban.
No tenemos tiempo, cariño. Los puedo oír viniendo. Puedo sostener la puerta contra ellos por algunos minutos, pero sabrán que estamos aquí dentro. Nos podrían quemar o simplemente podrían estar parados en lo alto de las escaleras y rociar el sótano con balas. No sabemos la clase de potencia de fuego que tienen.
Ella odiaba que tuviera razón. Estaba exhausta, y su cuerpo todavía se sentía como si hubiera chocado contra un tren. Dime que quieres que haga.
Jess odiaba el cansancio absoluto de su voz. Tenía que pedirle más, aunque sabía como drenaba usar las habilidades psíquicas. Ella acababa de arriesgar la vida para salvar a su hermana y había sentido todo el dolor que acompañaba a un ataque al corazón con la misma intensidad que Patsy. Y Patsy… Patsy habían sido torturada y aterrorizada, conduciéndola a tener un ataque al corazón, todo por causa de él y sus elecciones en la vida. Era un infierno para un hombre tener a las dos mujeres más importantes en su vida en peligro mientras él, un hombre que se había pasado la vida trabajando para salvar a otros, estaba desvalido para salvarlas.
– ¿Podéis entrar en el respiradero principal debajo de la casa?
La inspiración veloz de Saber le dijo que sabía lo que planeaba.
– No vamos a dejarte, Jesse. Esa no es una opción.
– Saber, estoy confiando en que saques a Patsy de aquí.
– No sin ti. De ninguna manera. Lo digo en serio, Jesse.
Él extendió la mano y la enganchó en su nuca, acomodando los dedos alrededor de ella para darle una pequeña sacudida.
– No discutas conmigo cuando estamos todos a punto de morir. Coge a Patsy y salid de este infierno.
Ella atrapó su brazo con ambas manos y descansó su cabeza contra él.
– No puedo dejarte. No puedo.
– Cariño, haz esto por mí. Necesito que tú y Patsy estéis a salvo. Puedo cuidarme, pero no puedo encargarme de vosotras dos. De prisa. No tenemos tiempo.
Saber se dio la vuelta y avanzó lentamente hacia Patsy.
– ¿Puedes caminar?
– Si tengo que hacerlo -dijo Patsy, su voz tensa.
Saber se agachó y asió el brazo de Patsy para ayudarla a levantarse. Sin mirar a Jess ayudó a Patsy hacia la pantalla del respiradero. Fue más fácil para ella porque podía “sentir” donde estaba los objetos en la oscuridad.
– Si no estás con nosotras en diez minutos, Jess, volveré a por ti.
– Que sean veinte.
– Al infierno con eso. -Tiró de la pantalla hasta que la sacó del marco. En la oscuridad, nadie iba a notarlo, no cuando Jess estaría sentándose en el sótano a plena vista como un sacrificio. Quería gritar y tirar cosas en señal de protesta, pero en lugar de eso, hizo a Patsy pasar por la abertura.
– ¿Dónde está Jess? -preguntó Patsy.
Saber tomó su mano y la empujó hacia delante. Tenían que ir lentas, inclinadas y encontrar el camino.
– Tenemos que apresurarnos.
Patsy fue con ella obedientemente pero comenzaba a estar más consciente.
– ¿Dónde está mi hermano?
Saber siguió llevándola a rastras. Era difícil de determinar la dirección correcta, especialmente cuando su mente estaba en Jess en vez de en su escapada.
– Simplemente date prisa, Patsy.
Patsy repentinamente se balanceó delante de ella y se detuvo, forzando a Saber a hacer lo mismo. En la oscuridad, extendió la mano y tocó la cara de Saber, sintiendo las huellas de lágrimas.
– No viene con nosotras.
– No. Nunca podría haber pasado por aquí con la silla y nos quería a salvo. Regresaré tan pronto como sepa que tú estás a salvo.
Patsy presionó una mano sobre su pecho.
– No le podemos abandonar. Esos hombres… -Las palabras se desvanecieron y un sollozo escapó.
– Shh. Tienes que guardar silencio. Jesse puede cuidarse. -Saber envió una rápida oración por que pudiera, silla de ruedas y todo. A menudo parecía como si pudiera, y ciertamente tenía dones psíquicos, algunos daban un poco de miedo cuando pensaba acerca de eso-. En todo caso, es demasiado tarde. Si regresáramos ahora, pensaría que somos el enemigo. Ahora mismo, todo en lo que él piensa es que alguien abalanzándose sobre él está dispuesto a hacernos daño. Esa es su ventaja, que no tendrá que pensar en nada más que en apretar el gatillo. -Mientras hablaba, siguió tirando de la mano de Patsy, manteniéndola alejándose del sótano y hacia lo que ella esperaba que fuera el área arbolada al lado de la casa.
Se vieron forzadas a ir sobre las manos y las rodillas para continuar moviéndose. Saber estaba acostumbrada a lugares cerrados, pero Patsy comenzaba a temblar aun más. Se presionó los dedos sobre al boca, intentando suprimir el constante llanto.
– Estoy tan asustada. Y me duele. Hay tanto dolor.
– Lo sé -murmuró Saber, desviando su mirada de regreso hacia Jess, deseando poder estar en dos lugares al mismo tiempo-. Te llevaremos al hospital, pero tenemos que seguir moviéndonos, Patsy. Lo siento. Sé que duele, pero no tenemos opción.
Estaban cerca de la pantalla del respiradero. Saber podía ver que había mas luz afuera. El amanecer se había arrastrado, empujando fuera la noche y toda la cobertura. Inmovilizó a Patsy con una mano sobre su hombro, advirtiéndole que se quedara quieta y no se moviera. Saber removió cuidadosamente la pantalla y la dejó a un lado, todo mientras escuchaba, intentando recoger cualquier signo de sus enemigos. Cuando pareció que todo estaba tranquilo fuera, señaló a Patsy que permaneciera quieta y reptó sobre su barriga saliendo, haciéndose a sí misma pequeña, cubriendo su cuerpo lo mejor que pudo para poder desvanecerse de algún modo en los alrededores.
El trueno retumbó en la distancia y la lluvia caía en un aguacero constante, mojándola instantáneamente. Gateó a través del macizo de flores, permaneciendo abajo, en el suelo mientras se movía a terreno abierto. Una vez fuera de la sombra de la casa, divisó a un guarda cerca de la terraza posterior. Tenía un pie en las escaleras y el otro plantado en un arbusto pequeño mientras mecía su arma y miraba con atención a la casa.
Saber suspiró. Podía haber logrado llegar al bosque y a la seguridad si hubiera estado sola, pero de ninguna forma con Patsy. No tenía más elección que eliminarle. Preparándose duramente para otra explosión psíquica de energía violenta, comenzó a escabullirse a través del suelo a plena vista, palmo a palmo, moviéndose hacia su presa.
La radio crujió, poniéndole atento con una sacudida. Repentinamente se dio vuelta y corrió a toda velocidad en dirección a ella. Saber contuvo la respiración y esperó. Un pie pasó a pulgadas de su cabeza, otro apenas falló su mano. En ese entonces estaba sobre ella y corriendo hacia la puerta trasera. Oyó el ruido de pasos subiendo las escaleras y la puerta trasera cerrándose de golpe.
Jesse. Habían encontrado a Jesse. Temblando, yació allí, su cara sepultada en la curva del brazo, el corazón atronando al unísono con el tiempo. Saboreó el miedo en su boca. No importaba que se dijera que él era letal, estaba en una silla de ruedas. ¿Qué podría hacer contra alguien? Estaba atrapado en el sótano. Solo. Vulnerable. Y ella acababa de dejarle. ¿En que había estado pensando?
Saber se empujó poniéndose de pie y corrió de vuelta para traer a Patsy. Su vista estaba nublada, pero si era la lluvia o las lágrimas, no podía estar segura.
Jess estaba sentado en silencio, respirando profundamente, intentando evitar que la rabia explotara. Patsy, torturada a causa de él. Saber, sufriendo a causa de él. Maldito quienquiera que estuviera detrás de aquello, porque él simplemente no iba a permitirlo. Déjalos venir. Rezó porque vinieran. Él era un hombre espiritual, y si él estaba condenado al infierno por lo que estaba a punto de hacer, que así sea. Iría y gustosamente, porque esto era inaceptable para él.
– Vamos. -Susurró las palabras suavemente. Vamos. Susurraba las palabras en su mente, las enviaba al universo para urgir a sus enemigos a encontrarle. Como en respuesta, la puerta del sótano se abrió violentamente.
Vamos, bastardo. Entra. Hazlo.
Estaba muy quieto, mirando como el hombre se arrastraba por las escaleras, con el arma en la mano, la mirada barriendo de izquierda a derecha mientras registraba el sótano. Mientras bajaba, la luz del techo se desvaneció y el hombre alcanzó la linterna del cinturón. Jess tiró el cuchillo que había atado a su pierna, tan preciso como siempre, a fin de que el hombre cayera con fuerza, el arma traqueteando y la cabeza golpeándose con un ruido sordo mientras resbalaba el resto del camino escaleras abajo.
Jess empujó la silla lo bastante cerca como para comprobar el pulso. Lo encontró muerto, lo enganchó por el brazo y empezó a arrastrar el cuerpo lejos de las escaleras. No era fácil maniobrar la silla mientras intentaba agarrar el cuerpo, pero necesitaba sacarlo fuera de la vista rápidamente. La puerta abierta, el silencio, y el olor de la sangre atraerían a los demás. Con tal de que le quisieran vivo, tenía una oportunidad, más que una oportunidad. Los mataría, porque sin importar que más pasara, no iba a dejarles poner sus manos sobre las mujeres.
Después de recuperar el arma del hombre muerto, estacionó la silla de ruedas en el hueco donde el calentador estaba ubicado y colocó el arma en un estante mirando hacia las escaleras. Se zafó de la silla y alzó al hombre muerto en ella. Por primera vez en un largo rato, estaba agradecido de estar físicamente realzado. Por mucho que se hubiera ejercitado, dudada que hubiera sido lo bastante fuerte para colocar a un hombre completamente crecido en su silla de ruedas desde el suelo, pero con la fuerza que Whitney le había dado, alzó fácilmente el cuerpo. Ya había escogido el lugar más seguro del cuarto, el lugar más oscuro con la mayor cobertura.
Había puesto un cebo en la trampa, ahora tenía esperar a que cayeran. Al diablo le gustaba hacer que un hombre sudara, enviándole imágenes de Saber y Patsy en las manos de los locos. Estaban muertos simplemente por lo que le habían hecho a Patsy. Les cazaría uno por uno si tenía que hacerlo. Y Saber… Ella había sufrido por él. No iba a olvidar esa mirada en sus ojos cuando ella había sabido que iba a tener que matar otra vez.
Los segundos se arrastraron lentamente y el sonido de la lluvia que caía era constante. Oyó el primer ruido suave de pasos y entonces un segundo.
– ¿Henry? ¿Estás abajo?
Jess guardó silencio, sabiendo que los hombres no fallarían en oler la sangre. La puerta abierta era una invitación. Permaneció quieto, paciente. Oyó una consulta susurrada. Él simplemente permaneció allí esperando. Vendrían porque tenían que hacerlo. Se habían tomado el trabajo de torturar a Patsy en busca de información. Seguramente le querrían.
Una figura apareció en el umbral, dio un paso precipitadamente a un lado agachándose, barriendo el sótano con una linterna. Jess se concentró en el arma que había dejado en el estante. Se elevó en el aire, levitando a la altura del pecho de un hombre antes de disparar. El destello fue brillante en el cuarto, y la linterna traqueteó al suelo. El hombre la sostuvo, agarrándola firmemente en la mano y juró mientras el cuarto se sumergía una vez más en la oscuridad.
– Calhoun. Sabemos que estás ahí. Ven fuera a la puerta y deja caer tu arma. -La voz llegó del exterior del cuarto.
Jess echó un vistazo a su reloj. Saber y Patsy deberían estar fuera de la casa. Si no se equivocaba, ambas todavía deberían estar bien. Comprobó su control, sintió el cemento armado debajo de él desplazarse ligeramente. Las paredes brillaron tenuemente un momento. Las escaleras rechinaron.
– Calhoun, no hagas esto más difícil para ti. Ben acaba de entrar y tenemos a tu hermana.
Tú hermana. No ambas mujeres. Saber nunca les permitiría atrapar a Patsy. Si habían capturado a Patsy, habrían tomado a Saber también. Mentían. Aun con la lógica diciéndole que ambas mujeres estaban a salvo, su corazón tartamudeó. Sintió que el suelo temblaba, siempre un problema cuando estaba molesto. El control era de gran importancia cuando podías sacudir una casa.
– Calhoun. Vamos a hablar solamente.
El primer hombre, ya adentro, comenzó a hacer una cuidadosa maniobra para cubrirse. El arma suspendida sobre el estante disparó un segundo disparo de aviso, y el hombre levantó su arma y roció el sótano con balas.
– ¡Alto! ¿Qué jodida cosa está mal contigo, Stan? Le necesitamos vivo.
El arma se silenció, aunque Jess podía oír respiración ruda. El hombre dando órdenes dio un paso al borde de la puerta y emitió una luz sobre el sótano. Captó la salpicadura de sangre y la figura oscura del hombre en la silla de ruedas. Jurando, intentó conseguir un mejor ángulo.
– Creo que lo has matado, Stan.
– Me estaba disparando. ¿Qué infierno se suponía que tenía que hacer, Bob? -Stan buscó a tientas su linterna-. La maldita cosa está muerta. Le dio con una bala.
Los dos hombres permanecieron donde estaban, observando lo que podían ver del cuerpo, con cuidado de no exponerse a más disparos. Jess había posicionado la silla de modo que sólo una parte de ella podía ser vista desde la puerta, el resto estaba escondida en el hueco. Guardó silencio. Había un tercer hombre todavía vivo, y Jess deseaba que entrara en el sótano. No podía atacar hasta que el hombre estuviera dentro, pero permanecía tercamente cuidadoso.
– Pon tu culo en movimiento, Especialista -el único cerca de la puerta urgió-. Y mejor espera que no hayas matado al bastardo. Te cubriré.
Jess sintió los comienzos de una sonrisa. Sí, el cabello oscuro en el umbral tenía razón. Era un bastardo. Vivía para esto.
– Hooah, Sargento. -Stan empezó a bajar las escaleras y el segundo hombre se movió hacia el rellano. El arma estaba fija en el cuerpo hundido en la silla de ruedas. Jess permanecía quieto, silenciosamente instando al tercer hombre a unirse a la fiesta. Por un momento parecía como si no fuera a suceder.
– Callaos hasta que tengamos al bastardo -dijo bruscamente otra voz.
Bob se hizo completamente a un lado, dándole el otro hombre, quien estaba obviamente a cargo, la mejor posición. Inmediatamente dio un paso dentro del cuarto también, moviéndose a la izquierda de su socio.
La puerta del sótano se cerró ruidosamente detrás de ellos, sumergiendo el cuarto en la oscuridad. Los dos hombres más cerca intentaron abrirla, golpeando y sacudiendo ruidosamente la manija de la puerta, jurando y dándole una patada, pero la puerta permaneció firme.
Las escaleras y el rellano comenzaron a agitarse, ganando impulso hasta que los clavos y los tornillos comenzaron a salir de improviso del marco y a caer al suelo. Hubo gritos. Stan disparó el arma, el sonido ensordeciendo el estrecho lugar. El destello cegó a todo el mundo aun más.
– Es un terremoto -gritó Bob-. Vas a disparar a uno de nosotros, Stan. Simplemente espera hasta que se termine.
La sacudida empeoró hasta que las tablas del rellano y las escaleras empezaron a romperse. Stan gritó roncamente mientras caía y los dos otros hombres le seguían, uno agarrándose a la barandilla y balanceándose sobre el brazo antes de caer al suelo abajo.
– Hijo de perra. Hijo de perra. -Stan corrió a través del cemento hacia la silla de ruedas, su arma apuntada a la cabeza del hombre muerto.
– Es un jodido terremoto, Stan -gritó Bob otra vez.
– Esto no es terremoto -gruño el que estaba al cargo.
– Es él, Bob, retrasado mental. Es él. Te dije que era cierto. Voy a matar al hijo de perra. -Stan apretó el gatillo varias veces, las balas desgarrando el cuerpo en la silla de ruedas. El cuerpo saltó con la fuerza del impacto y el hombre muerto cayó, deslizándose a pesar del cinturón que le sostenía a la silla.
Stan se arrastró más cerca, moviéndose alrededor de la pared saliente que alojaba el calentador de agua caliente. Jess rodó velozmente a la posición correcta, cada maniobra ya trazada en un mapa en su cabeza. El brazo se deslizó alrededor de la garganta de Stan y lo sujetó abajo en un medio nelson. Stan golpeó salvajemente. Era un hombre grande y sus pies golpearon en el cemento armado mientras intentaba desesperadamente romper la llave estranguladora que Jess tenía sobre él.
– ¡Stan! ¿Qué infiernos? Trae una luz, Ben. Necesitamos una luz -gritó Bob.
Hubo un audible crujido y los pies de Stan se quedaron quietos. El silencio se instaló en el cuarto. Había sólo el sonido de resuello mientras los dos intrusos luchaban por aire, con la adrenalina corriendo por sus venas.
– ¿Stan? -dijo Bob otra vez, esta vez con la voz baja, un susurro conspirador-. Contéstame.
– Ve por allí y comprueba -dijo Ben por lo bajo.
– Jodete. Necesitamos una luz.
– Si, encuentra una. Dejé caer la mía cuando tu pequeño terremoto se llevó escalera. -La voz de Ben chorreó sarcasmo.
Hubo otro silencio. Bob se hundió en el suelo, la espalda contra la pared. Sus ojos comenzaban a ajustarse otra vez a la oscuridad mientras el amanecer avanzaba arrastrándose sobre el horizonte. Solo podía vislumbrar la sombra del cuerpo de Stan tumbado en el suelo al lado de la silla de ruedas y otro cuerpo caído en la silla.
– Creo que ambos están muertos.
– Compruébalo.
– ¿Quieres que lo compruebe?
– Así es. Compruébalo para que podamos averiguar como salir malditamente de aquí.
Bob alzó su arma y disparó una ronda a la cabeza del hombre en la silla de ruedas.
– No voy a correr ningún riesgo. Si estaba fingiendo, ahora está muerto. Cúbreme, Ben, por si acaso. -Bob comenzó a gatear hacia Stan, manteniendo un ojo en el hombre petrificado en la silla de ruedas.
Jess se concentró en la bombilla que Saber había desenroscado. En el momento en que Bob estuvo al lado de Stan, donde podía haber extendido la mano y haber tocado a Jess, la bombilla giró a su lugar, inundando el cuarto de luz cegadora. Jess mantuvo los ojos cerrados hasta que la bombilla invirtió la dirección y la luz se apagó después de un destello. Estuvo sobre Bob instantáneamente, cogiendo su cabeza entre las manos y retorciéndosela violentamente. Otra vez hubo un crujido satisfactorio y Jess volvió a las sombras.
Reinó el silencio. Ben suspiró y se empujó con los talones, deslizando su cuerpo entre los escombros dejados por la escalera. Se agachó debajo de lo que quedaba del rellano.
– Así que es cierto. Eres uno de ellos. -Apartó el arma del arnés del hombro y trató de alcanzar un paquete de cigarrillos-. No me mates hasta que tenga un último cigarro. -Alzó sus manos en el aire, mostrando el paquete y el encendedor.
– Sigue adelante. -La voz incorpórea de Jess rebotó contra las paredes proviniendo de todas las direcciones.
– Estás cabreado por tu hermana.
– Sí, podrías decir eso.
El encendedor se encendió y Ben inclinó la cabeza hacia la llama.
– No te puedo culpar. Es un trabajo, sabes, nada personal. -El encendedor se cerró y el cigarrillo resplandeció.
– Te dices eso a ti mismo.
– ¿Vas a matarme?
– ¿Qué crees? La has torturado. Ibas a violarla y matarla. Eres hombre muerto.
– Me lo figuraba.
Jess observó a Ben dar una fuerte calada al cigarrillo. No iba a derrumbarse fácilmente. Iba a intentar comprarse a sí mismo tiempo para pensar la manera de salir del lío en el que estaba. Si podía localizar la actual posición de Jess, el hombre pensaba que tendría una probabilidad.
– ¿Vas a decirme quien te envió tras de mí? -Ayudaría al hombre a comprar tiempo mientras compraba información.
– No lo creo. -Ben tomó otra calada del cigarrillo, lo sacó de la boca y clavó los ojos en la punta roja-. Tarde o temprano te van a atrapar y hay algo de satisfacción en eso. -Tocó con la punta del pie la puerta del calentador de agua de gas abriéndola y con un golpecito tiró su cigarrillo dentro.
Jess había estado esperando una maniobra y detuvo el cigarrillo en mitad del aire, lo dejó caer, con la punta hacia abajo y lo aplastó en el cemento armado.
– Eso no fue terremoto.
– No, no lo fue.
– Eres una cosa jodida.
El arma de Ben barrió hacia arriba y roció el sótano con balas en un patrón arriba a abajo cruzando el cuarto. Su dedo permaneció estable en el gatillo incluso cuando el arma comenzó a agitarse en su mano, comenzó a poner presión en su muñeca, doblándose lentamente, inevitablemente, lentamente palmo a palmo hacia su cuerpo. Rompió a sudar, el corazón le atronaba en los oídos, luchando con cada trozo de fuerza que tenía, pero no podía parar el giro o apartar el dedo del gatillo. Se oyó gritar mientras las balas le desgarraban el cuerpo, una detrás de otra, rasgando a través de él.
– Sí. Soy un cosa jodida y esto es por lo que le hiciste a mi hermana, hijo de perra. No habrá sido personal para ti, pero era muy personal para mí.
Las palabras fueron bajas, susurradas en el oído izquierdo de Ben mientras caía hacia atrás. Giró la cabeza y miró fijamente a los ojos fríos, despiadados. Jess estaba tumbado en el suelo a su lado, a solo unos centímetros, la cara rígida con implacables líneas. Todo se confundió. Oyó el arma traquetear contra del cemento, y su mano cayó pesadamente encima del pecho. No podía sentirla y su vista se obscureció. Tosió. Gorgoteó. Escupió. Ben intentó levantar la mano, pero no podía decir donde estaba. Murió, clavando los ojos en la mirada fija inflexible y muy antipática de Jess.
Jess cambió de posición a una posición sentada.
– No sufriste lo bastante por lo que le hiciste a Patsy -le dijo al hombre muerto-. Y voy a averiguar quien te envió y a arrancar su corazón. Pero entretanto…
Las palabras se desvanecieron y miró alrededor. Le iba a llevar un infierno de tiempo salir del sótano ahora. Maldiciendo, se abrió paso a la silla de ruedas, usando sus manos para caminar. Volcó el cuerpo, enjuagó la sangre del asiento y el respaldo como mejor pudo. Echando una rápida mirada hacia la ligera instalación, esperó a que la bombilla se enroscara y la luz inundó el sótano otra vez.
Parecía una zona de guerra, con cuerpos humanos esparcidos por todas partes y la sangre salpicaba de un extremo del cuarto al otro. Plegó la silla y la cerró en una posición cerrada. Esto iba a tener su truco. Usar los bionics siempre lo era. Podrían fallar en cualquier momento y le podían dejar en un montón vulnerable en el piso. Se golpeó la pierna con frustración. Había sufrido dolor y la amenaza de desangrarse, incontables horas de fisioterapia, y todavía no los podía usar.
Contempló la puerta, dejándola abrirse. Su fuerza estaba conviviéndose en un problema. Como todo Caminante Fantasma, incluso aquellos entrenados como él, los retos psíquicos mentales agotaban su fuerza más rápidamente que cualquier otra cosa. Pequeños temblores lentos invadieron su cuerpo. No tenía intención de dejar que otro Caminante Fantasma, o peor Saber, le encontrara tumbado en el suelo de lo que venía a ser un matadero. Tampoco nadie iba a cargarlo fuera. Nadie.
Se obligó a ponerse de pie, usando su mente para dominar sus piernas. El dolor se deslizó desde la cabeza y su cuerpo se estremeció con el esfuerzo. Rompió a sudar. Podía mover objetos con semifacilidad ahora. Cuanto más practicaba, mejor lo hacía, pero mover sus piernas, hacerlas responder, era doloroso y difícil. Y ahora estaba fatigado, no una buena cosa cuando estaba tratando de hacer funcionar los bionics. Les debería haber dejado probar un paquete externo de energía, pero había sido testarudo, queriendo que sus piernas fueran parte de su cuerpo, no algunas extremidades robóticas externas.
Arrastró la silla hacia él y la colocó debajo de su brazo. Tenía que saltar al dintel, llevando la silla de ruedas con él. Y tenía que caer de pie o caería hacia atrás al suelo del sótano y al cadáver de Ben.
Tensando la espalda, bloqueó todo a su alrededor. La vista. El olor. Peligro. Visualizó sus piernas con venas y arterias y los nervios relampagueantes encendidos como las bujías del motor de un coche. Envió la señal de su cerebro a los nervios mientras se agachaba y saltaba. Sintió la ráfaga de poder a través de él, la espiral de sus realces genéticos preparada para saltar a la acción. Aunque odiaba que Whitney le hubiera presentado al programa Caminante Fantasma, Jess amaba la ráfaga que sus realces físicos siempre le daban. Lo amaba. Antes de haber perdido las piernas, vivía por ello.
Aterrizó en el umbral y dio un paso al frente, luego un segundo. El júbilo barrió por él. ¡Lo estaba haciendo! Caminaba otra vez. Casi había olvidado lo qué era estar de pie, sentir sus piernas debajo de él, caminar en posición vertical, su cuerpo otra vez suyo y bajo su mando. Se sintió alto. No había sido alto en un año. Era asombroso caminar, sentirse libre. Había aprendido a apreciar cosas que la mayoría de la gente daba por supuesto, y se juró que nunca los daría por supuestos otra vez.
Sus piernas comenzaron a temblar, advirtiéndole que se estaba excediendo. Colocó la silla de ruedas en el suelo cerca de la puerta trasera y dio otro paso para andar alrededor. No quería parar, deseando que pudiera salir andando a la lluvia y poder continuar hasta encontrar a Saber.
Jess trató de alcanzar el respaldo de la silla, y sus piernas se agotaron, dejándole caer al suelo sin advertencia. Un momento estaba de pie, al siguiente se había estrellado contra las baldosas, la fuerza de la caída separando las rodillas. Intentó ir con ello, sabía como caer, pero ocurrió demasiado rápido y se golpeó la cabeza contra la pared.
Maldiciendo, mareado, se arrastró a una posición sentada y golpeó la pared con el puño en un ataque de frustración. Eso en cuanto a las piernas nuevas y mejoradas. Con un pequeño suspiro trató de alcanzar la silla otra vez. La puerta trasera se abrió y él rodó, levantando el arma, las manos quietas cuando los músculos de sus piernas se contrajeron y estiraron. Se tumbó sobre el estómago, extendió el cuerpo, las piernas saltaron con el arma apuntada.
Un silbido bajo, luego dos alivió la tensión. Descansó la frente en su brazo por un momento, frunció el ceño cuando alzó su cabeza y se vio el brazo manchado de sangre. Limpiándose la cara, rodó, se sentó y envió el mismo silbido de uno-dos, pero no bajó su arma hasta que Logan entró en el cuarto.
– Te ves como la mierda. ¿Quién te ha dado una paliza? -Logan se agachó a su lado pero mantuvo su arma lista mientras examinaba la cara de Jess.
– Deberías ver a los otros amigos. -Jess apartó la cara de Logan con una pequeña mirada feroz-. No hay nada malo conmigo.
– Tienes un infierno de corte en la cara.
– Mi hermana ha sido torturada y alguien le dio una paliza a mi mujer. No creo que un pequeño corte sea algo sobre lo que preocuparse.
– ¿De verdad? Bien, estás sangrando como un cerdo. Creía que tal vez uno de ellos te apuñaló.
Si Logan andaba buscando una explicación, no iba a conseguirla. Jess trató de alcanzar su silla.
– ¿Dónde está Patsy?
– Saber la tiene a salvo en la furgoneta. Quería que la lleváramos al hospital así ella podría venir a cuidarte.
Jess respingó.
– Vete al infierno, Logan.
Logan frunció el ceño. Siempre le había hecho bromas a Jess acerca de estar en una silla de ruedas. Jess nunca había reaccionado con cólera.
– ¿Estás bien?
Jess arrastró su silla cerca con una mano y bloqueó las ruedas.
– Sí. Simplemente estoy cabreado por haber traído esto a mi hermana.
Logan dio un paso hacia la puerta del sótano y miró con atención abajo.
– Joder, Jess. Estabas cabreado.
– Los bastardos se libraron fácilmente.
– ¿No podrías haber dejado uno vivo para poder interrogarle? Los dos que teníamos antes no eran parte de esto. Eran aficionados contratados por algún idiota como corderos para el sacrificio, tal vez para hacerte caer en una trampa para ver lo que puedes hacer. Pero esto era profesional.
– No, no podía dejar uno de ellos vivo. Torturaron a mi hermana. ¿Qué hubieras hecho tú?
Logan balanceó su cabeza alrededor, encontrándose con la mirada fija Jess. La máscara indolente resbaló para revelar al depredador debajo.
– Si hubiera llegado a ellos primero, habrían muerto dura y cruelmente. Fueron afortunados.
Hubo un momento de silencio. Logan se giró mientras Jess se levantó con gran esfuerzo de vuelta a su silla. Jess se enjuagó la sangre en la cara, la mano permaneció un momento para esconder su expresión. Haber caminado le hacia sentarse en la silla todo más difícil, como si fuera la primera vez una vez más. Sus pulmones ardieron por aire y luchó contra el pánico que se alzaba. No se atrevía a mirar a Logan. Necesitaba salir de allí. Necesitaba a Saber.
La puerta trasera estaba todavía abierta y empujó las ruedas con fuerza, propulsando su silla hacia el porche. Había luz afuera, y llovía fuerte. El viento se sentía bien en su cara, pero la tirantez en su pecho no se fue. Oyó el portazo de la puerta de la furgoneta y alzó la mirada.
Ella venía a él a través de la lluvia, el agua le aplastaba el pelo alrededor de su cara, alisando los rizos elásticos. Sus ojos eran enormes, casi púrpuras, su boca invitadora. Verla le sorprendió, le calentó, le alivió el terrible peso en su pecho. Ella tenía magulladuras en la cara, su mejilla estaba un poco hinchada y cojeaba, aunque estaba tratando de esconderlo. Era la cosa más bella en la que él alguna vez había puesto los ojos. Su mirada se cerró sobra la de él y el corazón dio un salto mortal de alivio. La luz trémula de lágrimas, por él.
– Lo hiciste. -Su voz era ronca, como si se estuviera ahogando.
– ¿Tenías alguna duda?
Ella se detuvo enfrente de él, tragó saliva y negó con la cabeza.
– No, claro que no. Pero es bueno verte -presionó la palma sobre el corte en su cabeza-. Ya que vamos a llevar al hospital a Patsy, puedes conseguir que vean esto.
Él no le dijo que estaba usando una droga experimental para un programa experimental y necesitaba a su doctor, simplemente atrapó su mano y la empujó hacia él para poder saborear su sabor salvaje y así exótico y perderse en la oscura excitación de su suave boca.