Alguien les estaba acechando. Saber entró en el garaje y miró con cuidado a su alrededor. Nada estaba fuera de lugar, pero aún así alguien había estado allí, y era bueno, muy bueno, porque ella tenía ojo para los detalles… una memoria fotográfica que la alertaba en el momento en que algo estaba fuera de su sitio. Era hora de que se apease de su mundo de ensueño y se enfrentase con la realidad.
Jess era un Caminante Fantasma. Ella era un Caminante Fantasma. Él había sido reclutado y entrenado siendo un adulto ya en las Fuerzas Especiales. Ella había sido sacada de un orfanato y criada en un laboratorio y luego más tarde en un complejo de entrenamiento. ¿Cómo, de todos los lugares en el mundo, habían acabado los dos en Sheridan, Wyoming?
Saber revisó detenidamente el coche de Jess y luego el suyo propio, buscando cualquier dispositivo incendiario. Necesitaba su equipo electrónico para estar absolutamente segura de que los coches estaban limpios de aparatitos, de modo que tendría que esperar. Pero por lo que ella sabía tras escuchar y sentir, ambos vehículos estaban limpios, y ella siempre tenía razón. Se metió en su coche y se sentó durante un momento, analizando que hacer.
Tamborileó las uñas contra el salpicadero de su coche y se observó en el retrovisor. No había ni una sola arruga en su suave piel de bebé. Sus enormes ojos estabas bordeados de largas y espesas pestañas y sostenían una mirada de absoluta inocencia. A veces apenas podía mirarse. Había perdido su inocencia cuando fue enviada a su primera misión, a los nueve años. Echó un vistazo a sus manos, esperando ver sangre… algo… alguna evidencia del mal que acechaba en su interior, pero hasta sus manos parecían jóvenes e inocentes.
Miró hacia atrás en el espejo. Se había hecho a si misma la promesa de que nunca volvería a aquella vida, pero no iba a -no podía- abandonar a Jess. No creía en coincidencias, pero no había ningún modo de que Jess pudiera haber planeado que ella llegase a su casa. Ella había acabado en su camino, esperando encontrar un lugar para instalarse antes de que el invierno se asentase y tuviese que continuar el viaje. Había conseguido su nombre de un sitio de Internet para empleos en la radio cuando buscaba una oportunidad en Sheridan.
Su voz era una de sus mejores ventajas. Las emisoras de radio eran los sitios más fáciles donde encontrar trabajo, y si no había ninguna plaza, podía usar su voz para persuadirlos de que la contratasen de todos modos. Sabía que Jess había sospechado que ella era una mujer maltratada que huía. La había contratado para trabajar en la emisora y le había ofrecido alquilar el piso de encima a cambio de unas pequeñas tareas domesticas. ¿Cómo podría alguien haber manipulado su encuentro? Y si lo habían hecho ¿con qué propósito?
Se mordió el labio inferior mientras se sentaba allí, dándole vueltas en su mente. No podía irse, no cuando alguien estaba cazando a Jess. Sencillamente iba a tener que estar muy alerta, y a tener en cuenta que uno de ellos, o ambos, podrían estar continuamente en peligro.
Jess miró en el monitor mientras Saber conducía su coche a través de las puertas y desaparecía de la vista. Tocó la pantalla con la yema del dedo, directamente sobre el punto donde habían estado las luces traseras del Volkswagen. Debería haber insistido en un guardaespaldas para ella. Alguien los estaba vigilando. Alguien que sabía cómo evitar la clase de seguridad que él tenía, sabía exactamente donde estaban los ángulos muertos de la cámara y los había utilizado para invadir el territorio de Jess. Había sabido el momento en el que él había salido. Dudaba si el intruso había penetrado en la casa o no, pero los había seguido al parque. Jess sabía que estaban siendo cazados.
No hubo ninguna vacilación cuando alcanzó el teléfono, presionando un número al que pocas personas tenían acceso. Sabía cuando necesitaba ayuda. Tenía que traer a parte del equipo y desplegarlos. No importa cuánto amaba a Saber, o porqué la amaba, tenía que notificar a aquellos en los que confiaba que alguien estaba orquestando algo importante.
No le gustaba la idea de no poder mantener a salvo a Saber él mismo, pero no podía permitir que su ego entrara en juego. Todavía estaba reponiéndose de la operación, y había arriesgado demasiado tomado Zenith en un esfuerzo para curarse más rápido. Lily y Eric habían neutralizado la medicina dos veces y habían tenido que darle sangre mientras las células estaban aumentando en él. Se había sometido a la cirugía antes de que Saber hubiese entrado en su vida. Tal vez no lo habría hecho de haber llegado ella antes, pero su vida se había vislumbrado interminablemente sombría cuando había oído a Eric esbozar la tecnología. Parecía posible, más que posible, no sólo que pudiese caminar otra vez, sino estar en activo.
Soltó un suspiro. Una vez más había consentido ser un experimento. Los militares estaban usando la biónica para los soldados, pero ellos lo llevaban puesto por fuera nada tan avanzado o tan complicado como lo que él tenía metido dentro. Hacía la mayor parte de la intensa terapia por la noche, mientras Saber estaba en la emisora de radio. Era más seguro para Lily Whitney-Miller visitarle cuando no había nadie alrededor. Siempre venía con su marido, Ryland Miller, líder del equipo de los Caminantes Fantasma de las Fuerzas Especiales, y Eric Lambert, el cirujano que había salvado la vida de Jess. Con frecuencia Eric estaba a la espera durante las misiones, listo para volar a cualquier parte del mundo para asistir a los Caminantes Fantasma caídos, y a menudo venía para tratar a Jess.
Después de hablar con Logan y arreglarlo para que viniese con su equipo rápidamente, fue a la piscina. De pié, se zambulló en el agua y usó los implantes biónicos, obligando a su cerebro a desarrollar las conexiones nerviosas necesarias para manejar sus nuevas piernas. La regeneración celular estaba ocurriendo, pero a un ritmo mucho más lento del que nadie había anticipado. Tenía que ser cuidadoso porque una de las medicinas que usaban era muy peligrosa. Curaba… y mataba.
Nadó, tratando de dirigir su cuerpo para estudiar detenidamente la mecánica de cada movimiento. Se mantuvo de pie en la parte poco profunda cerca de la red de barras y realizó ejercicios. El agua lo hacía ligero, tanto que si sus piernas fallaban, como hacían a menudo porque su concentración no era exacta, no importaba, aunque sabía que Lily estaría disgustada con él por trabajar solo.
Cuando lo habían operado, había estado completamente seguro de que simplemente se levantaría y andaría. No fue nada de eso. Todo su entrenamiento en el programa SEAL, su aprendizaje de Caminante Fantasma, nada de eso era comparable a esto. La cabeza le dolía constantemente. Sus piernas temblaban y estaban débiles. El dolor atravesaba sus muslos y sus caderas. Se caía constantemente, y eso era lo peor. Sus piernas simplemente estaban pegadas a él, rechazando trabajar si no estaba pensando cada segundo en el mecanismo que las hacía funcionar. La distracción más pequeña podía hacerle caer.
Maldijo repetidas veces mientras forzaba a su cerebro a decirles a sus piernas como funcionar. Visualizó cada músculo, cada nervio que necesitaba, los ligamentos y tendones, las articulaciones para obligar sus piernas a dar pequeños pasos. El sudor corría por su cuerpo lleno de gotas de agua cuando se impulsó hacia la escalera y se sentó, los pulmones ardiendo y la cabeza gritando.
Había sangrado otra vez por la nariz, la única cosa que lo hacía abandonar. No quería otra transfusión. Alcanzó una toalla, furioso por haber estado de acuerdo en primer lugar. Sus piernas eran demasiado débiles para sostenerle. Se ejercitaba dos veces al día y hacía fisioterapia, pero aquí estaba cada día, exactamente lo mismo, las piernas temblando, la cabeza doliendo y nada que mostrar a cambio.
Notando que el agua de la piscina burbujeaba en respuesta a su cólera, inhaló profundamente varias veces para calmarse. Estaba más enojado de lo que le podía decir a Saber. De que ella no le hablase de su vida. Vivían en la misma casa. Había visto el amor en sus ojos, lo había probado en sus labios, y aún así no podían hablar de quienes eran ellos realmente.
Blasfemando, se agarró a las barras y se colocó en posición vertical. Siempre le asombraba lo diferente que se veía todo cuando se mantenía de pié. Le asombraba lo diferente que se sentía. Era un hombre fuerte con una asombrosa fuerza en la parte superior de su cuerpo, sus muslos eran fuertes, pero la debilidad de sus pantorrillas podía enviarlo a estrellarse contra el suelo en un momento.
Iba a caminar hasta su silla. Los dedos se curvaron en dos puños apretados y la determinación moldeaba su boca. Esta vez lo haría. Era solo medio metro. Era cuestión de visualizar el modo en que una pierna trabajaba y darle la información a su cerebro para que la llevase a través de su cuerpo a su pantorrilla y a su pie.
Dio un paso. Las gotas de sudor caían sobre sus ojos. Forzó el aire en sus pulmones. Un martillo eléctrico perforaba sus sienes y el dolor taladraba su pierna. Sostuvo la imagen en su mente, todo trabajando al unísono, los músculos contrayéndose y extendiéndose. Dio un segundo paso. Estaba tan cerca de su silla de ruedas, sólo medio metro escaso. Una parte de él quería tratar de correr y la otra parte quería abalanzarse, manteniendo los pies en su sitio de manera que no tuviera que usar más el cerebro.
Las piernas le temblaron y se cayó con fuerza, estrellándose contra el cemento antes de poder detenerse. Se golpeó la cabeza y un codo contra el saliente mientras se tumbaba torpemente en el suelo. ¡Demonios!, no podía caerse más. Las piernas se le habían ido sin advertencia, sin darle tiempo para rodar o simplemente apoyarse en sus brazos. Permaneció allí, furioso consigo mismo, golpeando el cemento con la palma abierta, alternando entre maldecir y tratar de respirar.
El teléfono sonó, pero estaba demasiado lejos para alcanzarlo. Juró otra vez y arrastró su cuerpo sobre las baldosas de cemento usando los brazos. Dejó tras de sí un reguero de sangre cuando la superficie desigual le arañó la piel. Le llegó la voz de Patsy, ordenándole descolgar. Se agarró a su silla y se apoyó contra ella, descansando un momento. Finalmente, usando la fuerza de la parte superior de su cuerpo, logró izarse lentamente hasta la silla. A esas alturas Patsy había colgado y le había dejado solo. Estaba agradecido. No quería hablar o ver a nadie. Durante solo unos momentos se había sentido totalmente indefenso.
Rodó hasta su oficina y cerró de un portazo la puerta, cerrándola, aunque nadie iba a interrumpirle allí. Contempló en el espejo la sangre que corría desde el corte en la cabeza y suspiró. Iba a ser una larga noche. Técnicamente debería llamar a Lily e informarle de las heridas. Con una pequeña cantidad de Zenit en su cuerpo, estaba en peligro de desangrarse por una lesión menor, pero que lo condenasen si le decía a ella o a alguien más que se había caído.
– ¡Santa mierda! Saber -dijo Brian-. Realmente sabes cómo provocar al jefe. Te ha recortado el resto de la tarde. Y está cabreado. Realmente cabreado. No estoy seguro de que quieras irte a casa esta noche.
Saber apoyó la barbilla sobre la palma y le observó con suspicacia.
– No le habrás llamado y avisado de que sintonizase la emisión, ¿Verdad? Porque no creo que la escuche normalmente.
Brian se puso la mano sobre el corazón dramáticamente.
– Me estás matando.
Ella agitó las pestañas hacia él luchando por no levantarse y darle una patada.
– Deberías tener un poco más de lealtad, Brian. Algún día puedes necesitar un favor.
La sonrisa perdió intensidad en la cara del técnico de sonido.
– También es mi jefe. Me despediría por esa tontería que has hecho… no a ti, a mí. Todos en la emisora saben que anda detrás de ti. Y es protector como el infierno. Enviarle una invitación a un hombre loco es excesivo, Saber, hasta para ti. No puedes hablar con esa voz y no esperar conseguir un millón de salidos o borrachos. Un instante y mira, el panel de llamadas se ha encendido como un árbol de Navidad.
– No necesitas chismorrear sobre mí. Ambos somos adultos por Dios.
Se pasó los dedos por el pelo con agitación. Había usado su voz realzada para atraer al hombre que había estado llamando la emisora otra vez. Había enviado su suave y atractiva voz a través de la programación con esa orden subliminal incluida.
– A ese alguien tan especial de ahí tan deseoso de alcanzarme, estoy esperando esa llamada. Para mis oyentes románticos, aquí tenemos una pequeña melodía a tono.
Brian había alzado sus brazos al aire, furioso con ella.
– Calhoun va a matarte -articuló a través del cristal.
Y el acusica había llamado al jefe. Si Jess había oído la grabación, se habría dado cuenta al instante de que ella estaba usando una voz realzada. Cualquier Caminante Fantasma lo haría. Definitivamente había sido un riesgo calculado, pero solo había perdido si Jess la había oído. Podría haber estrangulado a Brian por su interferencia.
Quería alejar la lucha de la casa de Jess. Si Whitney había enviado a alguien tras ella, que saliera a descubierto y que intentara atraparla. Demonios si, iba a conocer a un centenar de pirados si eso significaba que podía mantener a Jess a salvo. Déjalo volverse loco. Podría haber sido el mayor cabrón de la marina en un tiempo, quizás incluso en el programa de los Caminantes Fantasma, pero ahora estaba atado a una silla de ruedas, y ella no iba a permitir que nadie le hiciese daño.
– En esto, tengo que estar de acuerdo con Calhoun, Saber. Hombres como ese, llamando a la estación, piensan que van a salir contigo. Están obsesionados contigo. No puedes estar de acuerdo en quedar con ellos. No puedes coger sus llamadas y animarlos.
Ella rumió su argumento y forzó una sonrisa.
– Probablemente tienes razón. No me gusta tener miedo, y él es tan persistente, pensé que si hablaba con él no me pondría nerviosa nunca más.
Brian se rascó la cabeza, frunciendo el ceño.
– Siempre te has reído de esos locos que te llaman. No pensaba que te hubiesen molestado.
– Por lo general no. Es solo que este es tan persistente ¿sabes?- Se suponía que tenía que actuar y parecer asustada, pero no tenía demasiada experiencia en ese terreno. Intentó una vacilante sonrisa y agitó las pestañas, sintiéndose bastante ridícula. No podía admitir que planeaba machacar a esa mierda de tipo si la tocaba o matarlo si amenazaba a Jesse.
– Calhoun puso muchos guardas de seguridad en el sitio -le aseguró Brian-. Nadie puede entrar aquí. Me aseguraré que un par de ellos te escolten a tu coche cada mañana cuando salgas del trabajo.
– Tanto tú, como yo, sabemos que los guardias de seguridad no son siempre los mejores, Brian.
Él sacudió la cabeza.
– No tienes de qué preocuparte. Calhoun contrató a los auténticos guardas, no a la versión de alquiler. Estos hombres saben lo que están haciendo… al menos eso es lo que dijo Calhoun.
Saber hizo su sonrisa aún más brillante.
– Gracias, Brian. Realmente aprecio que me tranquilices. No haré nada así de estúpido otra vez. Me siento mucho mejor ahora que he hablado contigo de ello-. Iba a tener que encontrar otro modo de poner al acosador al descubierto y valorar la amenaza.
Brian le sonrió abiertamente, obviamente aliviado ahora que estaba cooperando con él. Se dio media vuelta para hacer las llamadas telefónicas y ella se echó atrás en su silla y comenzó su programa de Sirena Nocturna.
Jess paseaba a lo largo de la sala de estar y del abierto vestíbulo, de acá para allá, de allá para acá, empujando con fuerza las ruedas de su silla. Saber había estado dormida ocho horas, si no oía su despertador pronto, iba a ir a despertarla. Y no tan suavemente. ¿En qué había estado pensando anoche? Retando a algún loco a que la llamase. Invitándole a que lo hiciera. Era tan de ella.
¿Qué había dicho Logan esta mañana? Brian la había seguido a su casa desde la emisora la noche anterior. ¿Por qué? ¿Qué estaba pasando entre ellos?
– ¿Qué estás haciendo ahí abajo? -Exigió Saber, inclinando la mata de rizos sobre el pasamanos-. ¿Practicando para alguna clase de carrera? ¿Haciendo agujeros a las alfombras?
– No tenemos una alfombra -indicó él. Nadie debería parecer tan atractiva recién levantada. Todo abandonó su cabeza, dejando el ardiente deseo de arrastrarla a sus brazos y hacerla suya allí mismo.
– ¿Quién necesita una alfombra? Estás haciendo vías de tren -se rió, pasandose una mano por su rebelde pelo, una acción que tensó su camisón apretando sus pechos.
Jess soltó el aliento despacio.
– Muy graciosa. Pequeña comediante, ¿verdad? Baja aquí.
Ella le sonrió abiertamente, una sonrisa descarada, bromista.
– No lo creo, Jesse. Suenas como un viejo oso gruñón otra vez. ¿Ha llamado Patsy?
– Me gustaría ponerte las manos encima- Quiso que sonase como una amenaza, pero una vivida imagen de ella retorciéndose desnuda debajo de él surgió para burlarse de él. Él gimió en voz alta. El tiempo estaba alcanzando rápidamente a Saber Wynter.
– ¿Sí? -le desafió ella, alzando su barbilla, los ojos azules bailando traviesamente. – ¿Qué he hecho esta vez? ¿Dejé mis pantys colgando en tu baño privado? ¿Los encontró tu visitante de medianoche y se enfadó?
– ¿Te diviertes eh? -preguntó.
Su pie se deslizó sobre el pasamanos, llamando la atención sobre sus piernas desnudas.
– Si me pongo a tu alcance, te haré rabiar.- Dijo riéndose de su expresión afligida.
– ¿Bajarás aquí abajo? -exigió, exasperado.
– Necesito una ducha. Y tengo que vestirme. No creo que me gustase que Patsy me pillase paseando en ropa interior.
– No hay cosa que me preocupe menos que Patsy venga. ¡Demonios Saber, estás acabando con mi paciencia!
– ¡Oooh! -Dramáticamente ella se llevó las manos al corazón. – ¡Estoy tan asustada!
Jess no pudo aguantarse, se echó a reír.
– ¡Eres una payasa! Voy a subir.
– ¡No! -alarmada, Saber se agarró al pasamanos. -Bajaré. De verdad Jesse, lo prometo. Cinco minutos.
Él quería borrar ese aire de preocupación de su cara. Ella podía causar estragos en su cuerpo tan fácilmente.
– De acuerdo.- Concedió de mala gana. ¿Cómo iba a ganarle la mano, cuando todo lo que necesitaba para tenerlo girando alrededor de su dedo era un centelleo de sus ojos azules?
Entró en la cocina para prepararle café. En el piso de arriba, el agua corría y se encontró sonriendo. Ella tomaba más duchas que cualquiera que conociese. La sonrisa desapareció cuando la imagen del técnico de la emisora de radio se le apareció.
Brian Hutton. Alto, musculoso, atractivo, de veintisiete años, más cercano a la edad de Saber. Al menos, eso pensaba. No sabía siquiera su edad. ¿Cuan íntimos eran? Gracioso, nunca había pensado sentirse amenazado por Brian. Saber había trabajado con él cada noche desde hacía diez meses, casi once, y hablaba de él a menudo. ¿Por qué el hombre la habría seguido a casa desde el trabajo?
Todos sabían en la emisora que Saber vivía con Jess, al menos la mitad de sus empleados pensaban que se estaba acostando con él. Nunca los había sacado de su error.
Saber entró corriendo en el cuarto, descalza, con el pelo todavía con pequeños rizos despeinados, los ojos danzando hacia él.
– ¿Lo conseguí? – Repentinamente la sonrisa desapareció y se acercó a su lado, echando atras el pelo que caía a través de su frente. – ¿Qué te has hecho?
El cuerpo de él se movió incómodo, los vaqueros repentinamente ajustados.
– Llegas dos minutos tarde. -Trató de parecer serio.
– Jesse, contéstame. Tienes cortes en la cabeza. Tiene mala pinta. Tienes cardenales e hinchazón. Tal vez deberías llamar al médico.
La agarró de la muñeca y le separó la mano, irritado de que pudiera ver las pruebas de su caída.
– No es nada. Pasa de ello.
Saber sintió la mordacidad en su voz, vaciló, y luego se sirvió una taza de café.
– ¿Qué es lo que pasa, cavernícola? -Le pasó las yemas de los dedos a lo largo de la comisura de la boca, enviando calor al rojo vivo a través de su sangre-. Deja de mirarme con el ceño fruncido, Jesse. Tu boca se va a congelar de esa manera.
Fuertes y blancos dientes le mordieron y sujetaron el índice y lo introdujeron a la húmeda caverna de su boca. Los ojos de Jess se volvieron de un negro aterciopelado mientras él usaba la lengua para acariciarle el dedo. Ella no iba a avergonzarle y sintió que la tensión desaparecía de él.
Un débil color tiñó le mejillas y apartó la vista de él. Retiró la mano como si él le hubiese quemado.
– ¿A que viene esto?
Él estudió su pequeña y delgada forma, la camiseta acanalada de cuello de cisne, el negro y ajustado pantalón vaquero. Ella parecía lista para huir ante la más leve provocación. Se resistió al impulso de capturar su muñeca. Tan cerca, y a la vez tan lejos. Quería que decidiese por si misma, atarse a él. Al mismo tiempo, quería tomar posesión final e irrevocablemente, y nunca dejarla ir, y al infierno con sus decisiones.
– ¿Vas a sentarte o vas a revolotear por toda la casa como una pequeña mariposa? Solo puedo vernos teniendo una conversación decente conmigo siguiéndote por todas partes.
Ella se encaramó en la encimera, contemplándolo cautelosamente por el borde de su taza de café.
– ¿Conversación? Oh, oh. ¿Qué he hecho?
– ¿Qué te hace pensar que has hecho algo?
Su pie desnudo dio un suave toque al armario.
– Te conozco tan bien, rey dragón, sólo pones en tu cara esa mirada en particular cuando estás consumiéndote por soltarme uno de tus sermones.
– ¿Te sermoneó? -Frunció el ceño.
Ella sonrió abiertamente.
– Oh, no me importa. Pienso que te pones muy mono cuando lo haces, y en realidad no te escucho nada.
– Eso me hace sentirme mejor, cariño. Francamente, me siento mucho mejor ahora que has compartido eso conmigo. -El ceño fruncido había desaparecido y había claramente un brillo travieso en sus ojos oscuros. Jess movió su silla alrededor de la mesa hasta que estuvo directamente bajo los pies de ella. La encimera era baja construida para que él la usase fácilmente-. ¿Conoces muy bien a Brian Hutton?
Esto era lo último que ella esperaba y borró por completo la descarada sonrisa de su cara.
– ¿Brian? -Repitió-. No sé. Tan bien como conozco a cualquiera del trabajo, supongo. Es muy bueno en su trabajo. ¿Qué quieres saber?
– ¿Qué tipo de relación tienes con él?
Saber parecía completamente aturdida.
– Somos amigos, me gusta. ¿Por qué? ¿Ha estado metiendo mano en la caja o algo?
– ¿Cómo es él?
– Tú lo conoces mejor que yo, Jesse, trabaja para ti. -Saber descansó los desnudos pies sobre las rodillas de él-. ¿De qué va todo esto?
Él se encogió de hombros.
– Nada importante, sólo me preguntaba lo que pensabas de él.
Ella estudió su hermosa cara, y luego finalmente negó con la cabeza.
– Ah, no. Aquí realmente pasa algo malo. No podemos tener a Mister-recto-como-una-flecha mintiendo. Necesitas darte tu sermón cuatro. El que habla de contar la verdad.
Los dedos se curvaron alrededor de su tobillo desnudo.
– Estás en una precaria situación, Saber, – advirtió.
– ¿Lo estoy? -Dejó su taza de café, inclinando su cabeza hacia un lado. -Asi que oigamos la verdad. ¿Por qué ese interés en Brian?
Jess suspiró pesadamente.
– Te siguió a casa anoche.
– ¿Él hizo qué?
– Te siguió a casa. Con ese loco llamando a la emisora preguntando sobre ti, cualquier cosa inusual me preocupa.
– ¿Cómo sabes que me siguió? -exigió con recelo. – Estabas en la cama cuando llegué a casa.
– Eso creías
Saber se encogió de hombros.
– Se opuso enérgicamente a ciertas partes de mi emisión. – Saber sonrió abiertamente recordando.- Dio muchos saltos y gritos a mi alrededor.
– Discutiremos mi opinión de tu estupidez más tarde – prometió él-. Tal vez Brian estaba preocupado por ti.
– Más probablemente estuviese preocupado por su trabajo si algo me pasaba. Creo que le intimidas.
– o dudo. Perdimos a tres miembros de nuestro equipo en aquel accidente de coche. Había sido una gran celebración en la emisora… Patsy y David acababan de anunciar su compromiso. David hacía el programa nocturno. Él, su técnico, y el técnico de día estaban conduciendo colina abajo cuando perdieron el control de su coche y cayeron por el acantilado.
– ¿Dónde fue Patsy golpeada? ¿En el mismo lugar?
Él asintió con la cabeza.
– Contraté tanto a Brian como a Les aproximadamente tres semanas antes de que llegaras.
Su corazón saltó. ¿Un accidente de coche?. Tres personas de la emisora de radio habían muerto y había creado varios puestos de trabajo. Ella estaba en serios problemas. Forzó una sonrisa.
– También una buena elección. Brian es brillante en su trabajo. No podía haberlo hecho sin él aquellas primeras semanas. Realmente me enseñó mucho.
No estaba dando su opinión sobre Les, el técnico de día. Simplemente estaba contenta de no tener que trabajar con él muy a menudo.
– Si Brian estaba preocupado por mí hasta el punto de que tuvo que seguirme a casa, le pediré perdón.
– No dirás ni una palabra, -ordenó él. – Hasta que no sepa un poco más, no quiero que le digas a Brian que lo sabes.
– ¡Intriga! ¡Que extraño!
– Deja de ser tan frívola. ¿Qué pensabas que estabas haciendo anoche? – Había un filo de cólera en su voz.
– Quería hablar con el hombre. ¿Es una idea tan salvaje? Francamente, Jesse, puedes ser tan intimidante cuando quieres.
– Puedo ser intimidante cuando necesito serlo. Anoche te estabas buscando problemas y lo sabes. No puedo culpar a Brian si estaba preocupado, a mi me asustaste como el infierno. ¿Te has escuchado alguna vez a ti misma? Suenas sexy, Saber. Muy erótica. No puedes bromear con ese tipo.
– No estoy bromeando con él. Pero tampoco quiero tener miedo de él. Pensé que también podría averiguar lo que quiere. Y en cualquier caso, si alguna vez da conmigo, descubrirá que no soy en absoluto sexy.
La palma de él se deslizó por la pierna de ella desde el tobillo a la pantorrilla y volvió atrás.
– ¿No? Obviamente no te ves de la manera en que yo lo hago.
Su toque envió pequeñas lenguas de fuego a lo largo de la columna de ella. Los músculos se tensaron en su estómago y a lo largo de su muslo. Su matriz se contrajo. Un salvaje color se extendió, tornando su piel rosada. Ella bajó la cabeza, evitando su hambrienta mirada.
– No debes hacerlo otra vez, Saber. No más invitaciones a ese hombre. No sabes cómo es. Podrías estar alimentando alguna enferma fantasía en el. Lo que quiero decir es que, no cojas ninguna llamada telefónica. Llamé a Les esta mañana y se lo diré a Brian esta tarde.
– No puedes hacer eso. Las llamadas telefónicas son una parte muy importante de mi programa… lo sabes.
– Puedo hacerlo, cariño, poseo la maldita emisora.
– No te atrevas a abusar de tu autoridad conmigo. Jesse. ¡Si fuese el programa de Brian nunca hubieras dicho una cosa tan estúpida!
– Tú no eres Brian.
– ¿Y se supone que eso lo justifica? No puedes desbaratar mi programa.
– Bien simplemente lo hice. Nada de llamadas. – ordenó, implacable y con expresión petrea.
Su barbilla se inclinó hacia él.
– ¿Y si eso lo hace peor? Podría, lo sabes.
La palma de Jess se deslizó sobre su lisa piel en una hipnotizante caricia.
– Tú no crees eso.
Saber se mordió el grueso labio inferior.
– Bien, tal vez no -admitió de mala gana-. ¿Y si simplemente no cojo su llamada? Brian puede examinarlas todas primero, y si es él, Brian simplemente no me lo pasa. -Apenas podía pensar con los dedos de Jesse sobre ella, acariciando de acá para allá de aquel modo asombroso.
– Hice que Les me enviase las cintas. Este tío es un pirado, corazón, y llamará otra vez. Y si Brian puede decir que no puedes atender ninguna llamada, ese loco no tendrá razón para pensar que está siendo seleccionado.
– Esto es de locos. ¿Por qué no me metes en una burbuja?
– Aún mejor, ¿Por qué no te quedas en casa durante unos días? Podemos decir que estás enferma. -Las manos de Jess bajaron más para tomar su pie en la palma de la mano, masajeándolo suavemente-. Podríamos hacer un viaje juntos, cariño.
– ¿Qué clase de viaje? -A pesar de si misma Saber estaba interesada. Irse con Jess sería el paraíso. Yendo a cualquier parte con él.
– Nómbralo. No me importa.
Saber suspiró, estirándose para acariciar un mechón de su sien con dedos suaves.
– Puedes sacarme a bailar y eso estaría bien.
– Te encanta bailar ¿verdad? – Los ojos de él encontraron los suyos, negros de hambre. Saber sintió como si se estuviera disolviendo, derritiéndose en él. Realmente se inclinó hacia él, la respiración detenida en la garganta, el corazón latiendo dolorosamente.
El sonoro ring del teléfono los sobresaltó a ambos. Jess juró por lo bajo. Saber presionó el dorso de la mano contra su boca.
– No tenemos que contestar esa maldita cosa, – refunfuñó Jess.
– Esa es la única cosa segura que podemos hacer – dijo Saber no muy segura, levantando al receptor. – Hola.
Jess se estremeció ante el sensual sonido de su voz.
– Saber, me alegro de que ya estés levantada.
– Brian, ¿Qué pasa? – Saber se estiró para aliviar el apretón que Jess mantenía sobre su pantorrilla.
– Pensé que tal vez podríamos aprovechar un ratito para comer antes de trabajar esta noche. Es una tontería que cojamos dos coches – dijo Brian.
Jess podía oír la clara voz de barítono. Quería arrancar el teléfono directamente de su mano y decirle al semental de la emisora a dónde podía ir. La gente era despedida por mucho menos. La suave risa de Saber le crispó los nervios.
– Gracias por pensar en mí, Brian, pero siempre cojo mi propio coche. Es una nueva regla que me inventé después de una cita desafortunada. Pensaba que tu piso estaba claramente en la otra dirección. -Fulminó con la mirada el fruncido ceño de Jess, golpeándole la barbilla con el dedo índice.
Él le agarró el dedo, lo llevó a su boca, obteniendo perverso placer de su repentina falta de aliento, del rápido oscurecimiento de sus ojos azules.
– Me he mudado -la informó Brian-. Así que ¿qué hay de encontrarte conmigo para cenar?
Jess sacó el dedo del calor de la boca.
– Te voy a sacar a bailar ¿Te acuerdas, cariño?
Saber puso los ojos en blanco.
– Otra vez será, Brian. Jess y yo tenemos planes para esta noche.
– Y cualquier otra noche – dijo Jess en voz baja.
Saber lo agarró de todos modos, sonriéndole abiertamente mientras asentía con la cabeza a lo que quiera que Brian estaba diciendo.
– Te veré esta noche, Brian, bien, Hasta luego -Colgó-. Jesse, eres tan ridículo. Esto te servirá bien si insisto en que me saques cada noche. Creía que te gustaba Brian. En realidad es muy agradable.
– Es un maldito playboy.
Saber se desplazó a un lado y saltó al suelo, quitándose el polvo de las manos en la parte trasera de sus vaqueros.
– Tú también. Tu propia hermana dice eso. Y un canalla.
– Soy un canalla agradable.
Ella le dirigió su descarada sonrisa.
– Bien… -Inclinó la cabeza a un lado aparentando pensarlo-. Creo que tienes razón.
– Tengo que pasar un par de horas más trabajando -dijo Jess.
Saber asintió con la cabeza, sabiendo que Jess podría desaparecer en su oficina con equipo de alta tecnología y estar allí durante horas.
– Es casi la hora, -bromeó ella-. Tengo miedo de terminar soportándote.
– Podría pasar -Él se deslizó sobre el liso suelo hacia el pasillo-. ¿Qué vas a hacer? – Si ella salía, necesitaba notificárselo a Logan.
– Nadar unos pocos largos, levantar pesas, y comer.
– Si trabajo demasiado tiempo, entra y grítame.
– ¿Y arriesgarme a que me arranques la cabeza de un mordisco? – Ella fingió asustarse-. Ni siquiera Patsy afronta al dragón en su refugio interior.
Él se detuvo en la puerta de entrada.
– ¿Soy realmente así de malo?
Ella rió.
– Me gustaría mentir y decirte que no, pero cuando estás metido en el trabajo, definitivamente te opones a cualquier interrupción.
Tenía que seguir la pista que la secretario del almirante, Louise Charter, le había dado. Tenía la sensación de que el tiempo corría en su contra y tenía que encontrar el traidor en la cadena de mando tan pronto como pudiese, antes de que alguien más muriese.
– Esta vez haré una excepción, lo prometo, cielo. Si se me va el santo al cielo, ven y rescátame.
Ella asintió con la cabeza y le observó mientras se movía suavemente pasillo abajo. Había algo tan fluido, tan poderoso en la manera en que Jess se movía, que adoraba observarle.
Gruñendo de rabia, golpeó su puño repetidamente contra la pared, abriendo agujeros en el yeso. ¿Como osaba Whitney enviar a un bastardo de soldado realzado a reprenderle? ¿Como osaba el hijo de puta ordenarle alejarse de la hermana de Calhoun? ¿No era asunto suyo? Les mostraría su sitio. ¿Y cómo lo había sabido Whitney? Dio una patada a la silla, astillándola en pedazos, pisoteándola durante un buen rato.
Había logrado penetrar la seguridad de Calhoun y penetrar dentro de la cerca sin ser visto. Él lo había hecho, no uno de los más hábiles de Whitney. Que les follen. Podía entrar y salir de la casa a voluntad. Podía ir ahora mismo, justo en este momento, a la casa de la hermana de Calhoun y pasar toda la noche cortándola en trocitos, tal vez enviárselos uno por uno al lisiado… no, enviar los pedazos a Whitney… para joderle. ¿Le gustaría eso a Whitney?
Había colocado un micrófono justo fuera de la ventana de cocina. Calhoun tenía un aparato para neutralizarlos, pero él era más listo en electrónica que aquel bastardo realzado, que todos ellos. ¿Cualquiera de los soldados de la elite de Whitney había llegado tan cerca de Calhoun?
Y ella se iría esta tarde, a bailar con su amante. Bien, le dejaría una pequeña sorpresa en su cama. En sus bragas. Por toda su maldita habitación. Que se joda Whitney y sus órdenes. Y en cuanto al lisiado, bien, esta noche iba a ser su última noche. Iba a matarle a palos directamente delante de la pequeña puta. Whitney y sus soldados realzados podían atragantarse con eso.