CAPÍTULO 1

Saber Wynter apoyó la espalda contra el asiento del lujoso coche deportivo y clavó incrédulamente los ojos en su compañero de cita.

– ¿Te estoy escuchando bien? -golpeó ligeramente una larga uña, perfectamente pulida, sobre el reposabrazos-. Me estás diciendo que has salido conmigo en tres citas, y afirmas que has gastado cien dólares…

– Ciento cincuenta -corrigió Larry Edwards.

Alzó una oscura ceja rápidamente con incredulidad.

– Ya veo. Ciento cincuenta dólares, no tenía ni idea de lo que habías gastado. Tu restaurante favorito es una parada de camiones.

– El San Sebastián no es una parada de camiones -negó él acaloradamente, quedándose con la mirada fija en los ojos azul-violeta. Ojos inusuales, bellos y embrujadores. Había notado su voz en la radio inmediatamente, la Sirena Nocturna, como todo el mundo la llamaba. Parecía un ronco susurro de pura promesa sensual. Noche tras noche la había escuchado y fantaseado. Y entonces cuando la conoció… ella tenía una magnífica piel fina y una boca que gritaba sexo. Y esos ojos. Nunca había visto unos ojos como aquellos. Ella tenía un aura de inocencia, y la combinación de sexy e inocente era demasiado difícil de resistir.

Pero estaba demostrando ser difícil, y maldita sea, ¿qué tenía ella para jactarse? Era flaca, parecía una niña abandonada, nada por lo que ser arrogante y mojigata. De hecho, debería de estar agradecida por su atención. Por lo que a él se refería, ella no hacía nada más que provocarlo.

Ella se encogió de hombros en un gesto curiosamente femenino.

– ¿Así es que piensas, por qué has gastado ese dinero en tres citas te da derecho a acostarte conmigo?

– Así es maldita sea, cariño -chasqueó él-. Tienes una deuda conmigo -odiaba esa apariencia distante, cínica, que le dedicó. Ella necesitaba que un verdadero hombre la pusiera en su lugar y él era simplemente el hombre para hacerlo.

Saber forzó una sonrisa.

– Y si yo no… ¿cómo expresarte tan delicadamente esto?, si yo no ‘correspondo’, ¿tienes la intención de dejarme aquí mismo, en mitad de la calle a las dos de la mañana?

Esperó a que él hiciese un movimiento o forzara la cuestión, porque iba a obtener una lección de modales que no iba a olvidar nunca. No tenía nada que perder. Bueno, casi nada. Se había quedado demasiado tiempo esta vez, había hecho demasiado en su vida, y si ella ensuciaba el piso con el bueno y viejo Larry el “Piojo”, antes de que ella desapareciese, estaría haciéndoles a las mujeres de Sheridan un favor.

– Así es, amorcito -le sonrió burlona y complacientemente-. Creo que estarás de acuerdo en que necesitas ser un poco razonable sobre esto, ¿no? -Deslizó su mano a lo largo de la parte de atrás de su asiento, señalando con el dedo sin tocarla completamente. Lo deseaba. Normalmente a estas alturas, él estaría haciendo un montón de manoseo, amaba mirar cómo se retorcía la mujer. Y el poder que obtenía de ello. No entendía porque no la obligaba a besarlo, tirando bruscamente y abriendo su blusa y tomando lo que él quería, pero por mucho que deseaba hacer eso, había algo dentro de él que le advertía que fuera más lento, que fuera un poco más cuidadoso con Saber. Estaba seguro de que muy pronto ella se sentaría tranquilamente y podría hacer lo que quisiera con ella. Esperaba que llorase y rogase por que no la dejase allí, pero en lugar de eso, los pequeños y perfectos dientes blancos brillaron como perlas, haciendo que su estómago se apretara fuertemente.

Miró a Saber presumidamente queriendo abofetear su belleza infantil.

– Tengo malas noticias para ti, Larry. La amarga verdad es que más bien me arrancaría las uñas una por una antes que acostarme contigo -se deslizó fuera del asiento del coche-. Tu aliento apesta, Lar, y afróntalo, eres repulsivo. -Dio un portazo con tal fuerza que él se sobresaltó visiblemente.

La furia se extendía a través de él.

– Ésta es una zona peligrosa de la ciudad, Saber. Vaqueros borrachos, vendedores de drogas, vagabundos. No es una buena idea permanecer aquí.

– Estoy segura que deben ser una mejor compañía -se burló ella.

– Última oportunidad, Saber -su ojo se convulsionó coléricamente-. Te estoy haciendo un favor. El sexo con una cosa flaca y huesuda como tú, no es nada extraordinario. De hecho das lástima.

– Qué tentador Lar, tan tentador. ¿Dio resultado con alguna adolescente asustadiza? Porque, la verdad, no está funcionando conmigo.

– Lo vas a sentir -chasqueó él, furioso de que nada de lo que decía consiguiera el resultado que quería. Ella le hablaba con desdén como una princesa a un campesino y le hacía sentir como lodo bajo el zapato.

– No creas que esto ha terminado, arrogante -advirtió ella, con una sonrisa colgando de su cara-. Esto será una gran pequeña historia en mi programa de radio. Voy hacer un programa completo sobre el tema: el peor idiota con quien alguna vez te has citado.

– No te atreverías.

– No estás tratando con una nena de dieciséis años, Larry -le informó fríamente, demasiado enojada para reírse de la situación. Él no tenía ni idea de con quién o con qué estaba tratando. ¡Idiota! ¿Pensaba que la podría forzar a acostarse con él amenazándola con abandonarla en una peligrosa zona de la ciudad? Se preguntó si su plan realmente le había funcionado antes. La idea hizo que le picaran los dedos por agarrarlo. Se mantuvo calmada y descendió los ojos hasta él.

Jurando furiosamente, Larry aceleró al máximo el motor dejando una huella de caucho en el camino, abandonándola en mitad de una calle vacía.

Saber golpeó el suelo con el pie mientras miraba encolerizadamente como desaparecían las luces traseras.

– Caramba, Saber -masculló, dando una patada a la cuneta con frustración-. ¿Qué más esperas si insistes en salir con un gilipollas? -Estaba cansada de tratar de ser normal. Muerta de cansancio de fingir. Nunca iba a encajar, ni un millón de años.

Deslizó una mano a través de la mata de gruesos rizos, de color negro azulado que caían revoltosa y desordenadamente alrededor de su cara, observó larga y lentamente a su alrededor. Larry no había estado bromeando, era una parte aterradora de la ciudad.

Inspirando profundamente, masculló.

– Simplemente maravilloso. Probablemente hay ratas. Ratas hambrientas. Esto no es bueno, Saber, no es bueno en absoluto. Debería haberlo pateado salvajemente y haber robado su coche.

Suspirando con rabia, se dirigió a la agrietada y sucia acera, hacia el único farol que iluminaba una cabina telefónica.

– Será el colmo si la estúpida cosa está rota. Si es así, Larry -juró en voz alta-. Definitivamente pagarás por tus pecados.

Porque, claro está, ella no podía tener un teléfono móvil como todos los demás. Ella no dejaba rastros de papel que cualquiera pudiera seguir. La próxima vez, si es que había alguna próxima vez en que fuera lo suficientemente estúpida para citarse, llevaría su coche y podría ser ella quien descargara la bsura.

Esperar cuarenta y cinco minutos por un taxi. La bravuconería no la haría aguantar tanto. No iba a esperar cuarenta y cinco minutos en la oscuridad rodeada por ratas. De ninguna manera. Qué incompetente el servicio de taxi por no haber planificado mejor sus recursos.

En un arranque de furia golpeó el teléfono, dedicando un pensamiento fugaz hacia la oreja del operador. Saber pateó un lado de la cabina y casi se fracturó los dedos del pie. Aullando, brincando por todos lados como una idiota, prometió solemnemente venganza eterna contra Larry.

Debería haber permanecido en el coche y haberle encarado, en lugar de dejarle marchar. Era un gusano rastrero que se arrastraba por la tierra, pero no era un monstruo. Conocía a los monstruos íntimamente. La acosaban a cada paso, y pronto, demasiado pronto, si no se iba la encontrarían otra vez. Un pedazo de mierda como Larry era un príncipe en contraste. Larry ciertamente no había reconocido al monstruo en ella. Si la hubiese tocado… entonces. Alejó a la fuerza el pensamiento y se obligó a pensar con normalidad. Debería haberlo derribado de un golpe, sin embargo, una sola vez, por todas las otras mujeres a quienes había metido en la misma situación porque a le gustaba el poder. Estaba medianamente convencida que la mayoría de las mujeres habrían deseado al menos darle unos cuantos puñetazos al bastardo.

Saber suspiró suavemente y sacudió la cabeza. Su situación era inevitable. No iría a casa pero tampoco podía quedarse donde estaba. Iba a pagar severamente por esto, ¿pero qué era un discurso más, después de tantos? Respiró profundamente, luchando por controlarse. Perforó los números, la punta del dedo la usaba inconscientemente en un movimiento de apuñalamiento más bien cruel contra el teléfono libre de culpa.


Jess Calhoun estaba tumbado desgarbadamente en toda su longitud, en el futón de cuero creado especialmente, con la mirada fija en el oscuro techo. Un sofocante silencio le rodeaba, le envolvía y presionaba fuertemente sobre él. El sonido del tictac del reloj estaba solo en su mente. Interminables segundos, minutos. Una eternidad. ¿Dónde estaba ella? ¿Qué diablos estaba haciendo a las dos treinta de la mañana? Ésta era su noche libre. No se encontraba en la emisora de radio trabajando, más tarde de lo habitual, ya lo había comprobado. Seguramente no había sufrido un accidente. Alguien le habría notificado. Había llamado a cada hospital de la zona, al menos se podía consolar a sí mismo con el pensamiento de que ella no estaba en ninguno de ellos.

Sus dedos se apretaron lentamente en un puño, golpeando con impotencia; una vez, dos veces, el cuero. No le había comentado que iba a salir. Aún no había llamado para decirle que se retrasaría. Un día de estos sería empujado demasiado lejos por la misteriosa y elusiva Saber Wynter, y la estrangularía.

Inesperadamente, el primer recuerdo de ella se le vino a la mente, recordando que fue su propia locura la que lo había puesto en una posición tan incómoda. Había abierto la puerta diez meses antes para encontrarse en el umbral a la niño más bello que alguna vez hubiera visto, con una desgastada maleta en la mano. No más de 1,55 centímetros, tenía el pelo color negro, tan azabache que se le iluminaba con pequeñas luces azules a través de los alborotados rizos. Su cara era pequeña y frágil, con delicados huesos clásicos y una nariz ligeramente arrogante. La suave piel perfecta, la boca llena y enormes ojos color azul-violeta. Tenía una inocencia que hacía que él quisiera… no, mejor dicho, necesitara protegerla. Ella temblaba insoportablemente de frío.

Sin palabras le había dado un pedazo de papel escrito con su anuncio. Ella quería el trabajo en la emisora de radio, que estaba vacante después de que su personal nocturno hubiera muerto en un accidente de coche. El accidente había dejado conmocionado a todo el mundo, y Jess se había tomado mucho tiempo antes de pensar en ocupar el puesto, pero recientemente había hecho publicidad buscando a alguien.

Habían sido sus ojos y su boca lo que la habían delatado. Ésta no era una niña envuelto en una delgada chaqueta vaquera varias tallas más grandes, sino una joven mujer exhausta, exótica y perturbadoramente bella. Esos ojos habían visto cosas que no deberían de haber visto, y él no consiguió alejar su atención de ellos.

Le llevó un momento cerrar la boca y retroceder al vestíbulo, invitándola a entrar. Su mano había rodeado completamente la de ella, todavía podía sentir la fuerza de su agarre. Bajo la engañosa y bella piel cremosa había músculos de acero. Ella se movía con fluida gracia, su estructura era tan regia que la comparó con la de una bailarina de ballet o una gimnasta. Cuando ella finalmente le ofreció una sonrisa tentativa, le dejó sin respiración.

Jess deslizó una mano por su pelo, maldiciéndose por haberla invitado a entrar. A partir de ese momento, había estado perdido, tuvo la certeza que siempre sería así. En los últimos meses ella le había lanzado un hechizo del que aún no quería salir. Nunca había reaccionado a una mujer de la forma que lo hacía ante ella. No podía dejar que se marchara, no importaba cuán ilógico era, así que en vez de eso le había abierto las puertas de su casa, ofreciéndole el trabajo como ama de llaves a cambio de un lugar donde vivir.

Por supuesto que la había investigado; no estaba completamente desquiciado. Se lo debía a sus compañeros Caminantes Fantasmas, a los miembros de su equipo militar de elite, saber con quien compartía su casa, pero no existía Saber Wynter. No era exactamente extraño, sospechaba que ella se escondía de alguien, pero aún así era muy raro que no pudiera averiguar ni la más mínima cosa de ella, especialmente cuando tenía sus huellas digitales.

El estridente sonido del teléfono hizo que su corazón latiera rápidamente contra su pecho. Su mano voló, con la sorprendente rapidez de una serpiente enroscada, y agarró ágilmente el aparato receptor.

– ¿Saber? -Fue una oración, maldita ella, una flagrante oración Inspiró profundamente, deseando poder atraerla a sus pulmones y retenerla allí.

– Hola, Jesse -le saludó jovialmente, como si fuera mediodía y él no hubiera estado subiendose por las paredes durante horas-. Me ha surgido un pequeño problema.

Ignoró el alivio que recorrió su cuerpo, el endurecimiento de sus músculos ante sonido sensual y sexy de su voz, y la erección instántanea que nunca le abandonaba cuando pensaba en ella… lo cual era todo el tiempo.

– Maldita sea, Saber, no te atrevas a decirme que aterrizaste en la cárcel otra vez -realmente iba a estrangularla. Un hombre sólo podía aguantar un poco.

Su suspiro fue exagerado.

– Honestamente, Jesse ¿tienes que traer a colación ese absurdo incidente cada vez que algo sale mal? De cualquier manera no intentaba que me arrestaran.

– Saber -dijo con exasperación-. Extender tus manos con las muñecas juntas es pedir que te arresten.

– Fue por una buena causa -protestó ella.

– Encadenándote a un hogar de ancianos para llamar la atención sobre las condiciones en que viven, no es exactamente la mejor manera de cambiar las cosas. ¿Dónde diablos estás?

– Suenas como un viejo oso gruñón con un diente lastimado -Saber golpeteó con impaciencia una uña larga en la pared de la cabina, era uno de sus hábitos nerviosos que nunca había podido dominar-. Estoy atrapada aquí cerca de los almacenes viejos, más o menos, um, sin un coche.

– ¡Maldita sea, Saber!

– Ya dijiste eso -señaló con prudencia.

– Quédate ahí -el frío acero se perfilaba en el profundo timbre de su voz -. No dejes esa cabina telefónica. ¿Me oyes, Saber? Es mejor que no te encuentre lanzando dados con un montón de vagos ahí abajo.

– Muy divertido, Jesse.

La pequeña mocosa se rió. Jess colgó el teléfono con un atronador golpe, muriéndose de ganas por sacudirla. Pensar en ella, tan frágil y sin protección, cerca de los almacenes, en una de las peores partes de la ciudad, le asustaba muchísimo.

Saber colgó y se apoyó débilmente contra la pared de la cabina telefónica, cerrando momentáneamente los ojos. Temblaba tan fuerte que apenas podía mantenerse de pie. Le llevó un esfuerzo separar sus dedos, uno a uno, del aparato receptor. Odiaba la oscuridad, los demonios acechaban en las sombras, la forma en que el negro de la noche podía convertir a personas en animales salvajes. Su trabajo en la emisora de radio, el trabajo con el que ella estaba en deuda con Jess, no podía haberle convenido mejor, porque podía mantenerse levantada toda la noche.

Y esta noche, su primera noche libre en años, tuvo que malgastarla con Larry el Piojoso. Acababa de abandonar su culo en la peor zona de la ciudad que pudo encontrar, no es que no pudiese cuidar de sí misma, y ese era el problema. Siempre sería el problema. Ella no era normal. Debería tener miedo de lo que acechaba por la noche, no de dañar a alguien.

Suspiró. No tenía idea del por qué había salido con Larry en absoluto. Ni siquiera le gustaba él o su aliento apestoso. La verdad era, que no le gustaba ninguno de los hombres con quien se citaba, pero quería gustarles a ellos, quería ser atraída por ellos.

Se hundió en la pequeña cabina, atrayendo las rodillas hacía su pecho. Jesse vendría por ella, lo sabía. Era tan cierto como la absurda historia de Jess sobre necesitar que alguien alquilara el apartamento del piso superior, o cómo que era tan barato porque necesitaba que alguien le hiciera los trabajos livianos de la casa.

El lugar era un palacio en lo que respectaba a Saber. Los anchos espacios abiertos se mantenían inmaculadamente limpios. El piso superior no era un apartamento, nunca había sido un apartamento. El segundo cuarto de baño del piso superior se había agregado después de que ella hubiera llegado a la casa. La enorme y bien equipada sala de pesas, adecuadamente equipada y la piscina de tamaño grander era una tentación añadida y él le había dicho que podía usarla cuando quisiera.

Por primera vez en su vida, Saber se había tragado su orgullo y había aceptado una limosna. La verdad era, tanto como le repugnaba admitirlo, que nunca había tenido motivo para estar triste, ni una vez desde que se había mudado, excepto que sabía que no podía quedarse demasiado. Jess era la verdadera razón de que se quedara, no su casa, la piscina o su trabajo. Sólo Jesse.

Cerró los ojos brevemente y frotó su barbilla en las rodillas. Había ido demasiados lejos atándose al hombre. Hace seis mese no se le habría ocurrido llamarle para pedirle ayuda, ahora no se le ocurría no hacerlo. La revelación la intranquilizó. Había llegado el momento de marcharse, se estaba sintiendo demasiado cómoda también. Saber Wynter tenía que salir veloz y surgir de las cenizas con una identidad nueva, porque si se quedaba más tiempo, entonces estaba en un peligro terrible, y esta vez, no iba a ser culpa de nadie sino de ella.

La furgoneta retumbó en la cuneta en un tiempo récord. Jesse sacó su guapo rostro por la ventana. Sus ojos estaban oscurecidos con sombras mientras la miraba por encima, más bien ansiosamente. La sensación de esos ojos magníficos hacía que su estómago se volteara cuando no quería sentir nada excepto alivio.

Saber se levanto lenta y temblorosamente, y se quitó el polvo asentado en sus vaqueros, permitiéndose el tiempo para recuperarse.

– Saber -expresó con un gruñido, el frío acero se hizo mucho más evidente.

Ella se subió, inclinándose para darle un beso rápido en su mandíbula oscurecida.

– Gracias, Jesse, ¿qué haría sin ti?

La furgoneta no se movió, así es que ella volvió levemente la cara hacia él y, bajo la mirada vigilante de él, se coloco el cinturón de seguridad alrededor.

– No vamos a averiguarlo -terciopelo sobre acero. Dijo las palabras con exasperación, sus brillantes ojos recorrieron su pequeña y esbelta figura posesivamente, asegurándose de que no estaba herida-. ¿Qué ocurrió esta vez, nena? ¿Alguien te convenció que estos pequeños almacenes son trampas mortales y resolviste cometer un pequeño incendio premeditado?

– Claro que no -negó, pero estudió los edificios con un ojo crítico mientras conducían por ahí-. Aunque ahora que lo mencionas, alguien probablemente debería investigar el problema.

Jess expresó con gemidos su molestia.

– ¿Así que es lo que sucedió, cara de ángel?

Ella se encogió de hombros con desdén ocasional.

– Mi cita se deshizo de mí después de una pequeña riña.

– Me lo imagino -dijo Jess, pero algo peligro y oscuro empezó arder a fuego lento dentro de las profundidades de sus ojos-. ¿Qué hiciste? ¿Sugerirle robar las sillas de alguien de su porche? ¿Un asalto en la Asociación de Jóvenes Cristianos? ¿Qué fue esta vez?

– ¿Se te ha ocurrido que justamente podría ser culpa de Larry? -exigió indignada.

– Seguro, durante dos segundos, aunque tengo la intención de encontrar a este amigo tuyo y golpearlo hasta que quede hecho una pulpa sanguinolenta.

– ¿Puedo observar?

Le sonrió Saber abiertamente, invitándole a que se riera del incidente con ella. Eso era lo que amaba tanto de Jesse, era tan protector y peligroso. Daba la impresión de ser un osito de peluche, pero debajo… debajo de todos esos músculos había algo mortal atrayéndola como un imán.

– No le veo la gracia, tú, pequeña mocosa, pudiste haber sido asaltada, o peor. ¿Ahora qué ocurrió?

– Soy capaz de cuidar de mí misma -le informó Saber arrogantemente-. Sabes que puedo.

– Sé qué piensas que puedes. Eso no es realmente la misma cosa -se dio vuelta para sondearla, con los ojos de halcón sobre ella-. Ahora deja de evitar la pregunta y dime lo que sucedió.

Saber se quedó mirando ciegamente hacía fuera de la ventana. Casi se sintió resentida por lo que iba a decirle. No quería, pero por alguna razón siempre le decía cualquier cosa que él le preguntaba. Peor, nunca se sintió incómoda con él después. Definitivamente estaba sintiendose demasiado atraíada y esto quería decir que tenía que dejarle.

¿Dejarle? ¿De dónde había venido eso? Su estómago se encogió y su corazón hizo un pequeño y extraño salto que era muy alarmante.

– Deja de sacar tu pequeña barbilla obstinada, Saber, eso siempre quiere decir que estás a punto de ponerte obstinada. No sé por qué te molesta, ya que siempre me dices al final lo que quiero saber.

– Tal vez no sea asunto tuyo -lo dijo decisivamente, fingiendo que no se sentía culpable.

– Es asunto mío si tienes que llamarme a las dos y media de la mañana cuando uno de tus novios te deja tirada en la calle en los bajos fondos.

Instantáneamente el temperamento de Saber llameó con vida.

– Oye, lo siento si te molesté -dijo belicosamente, porque la forma en que él la hacía sentir la asustaba mortalmente-. Si quieres te paras, y saldré de tu preciosa furgoneta ahora mismo.

Él le dedicó una larga mirada fija, burlona, helada.

– Puedes hacer el intento, cariño, pero te puedo garantizar que no lo lograras -su voz suave, se convirtió en una caricia de terciopelo, rozando su piel y enviando una ondulante corriente de electricidad a través de su sangre-. Deja tu habitual obstinación y dime por qué se deshizo de ti.

– No me acosté con él -masculló ella en voz baja.

– Dímelo otra vez, cariño, esta vez mirándome -sugirió él nítidamente.

Saber suspiró.

– No me acosté con él -repitió.

Hubo un silencio largo mientras él abrió la puerta de seguridad dando un puñetazo a un código en el control remoto y maniobró la furgoneta en la larga y sinuoso entrada hasta el gran garaje.

Jess, utilizando sus grandes y musculoso brazos, se alzó a sí mismo hasta su silla de ruedas. Una eléctrica, notó Saber.

– Ven, cariño -su voz era tan suave que ella se encontró conteniendo las lágrimas que ardían detrás-. Puedes ir montada sobre mi regazo.

Saber le dirigió una pequeña sonrisa, aunque su mirada se movió errática lejos de su mirada mientras se acurrucába contra su pecho, consolándose con su presencia. Él era tan duro como una roca. Su trasero se deslizó sobre la gran protuberancia de su regazo, enviando mil alas batiéndose contra las paredes de su estómago. Se sentaba sobre él todo el tiempo, y siempre estaba duro. Siempre erecto. Había momentos en que ella quería desesperadamente hacer algo al respecto, como ahora, pero no se atrevía a cambiar su disposición. Y no era como si fuera todo para ella. Deseaba que lo fuese, pero él nunca dio un paso hacía ella. Ni uno.

Jess podía sentir el estremecimiento de su delgado cuerpo. Su mano rozó el pulso que palpitaba frenéticamente en la base de su garganta. Durante un momento los brazos se cerraron protectoramente alrededor de ella, la barbilla descansando sobre la parte superior de su cabeza sedosa. Ella tenía que sentir al monstruo de su erección, pero nunca decía una palabra, simplemente deslizada su trasero sobre él y se instalaba como si encajase allí perfectamente. Si ella podía ignorar la maldita cosa, también lo podía hacer él.

– ¿Estás segura de que estás bien? -Preguntó quedamente.

Ella inclinó la cabeza, haciendo un pequeño sonido de afirmación, amortiguado contra el amplio espacio de su pecho.

La silla de ruedas estaba situada en su lugar, el ascensor acercándolos al suelo. Normalmente, Jess prefería su silla ligera. Él la propulsaba manualmente, manipulándola sin dificultad, le gustaba el ejercicio, el control, la libertad para moverse. Pero por el momento, estaba agradecido a la gran silla eléctrica, más pesada. Dejaba sus brazos libres para acunar a Saber contra de él. Parecía un poco perdida esta noche, muy vulnerable, y raramente le mostraba ese lado de ella. Saber prefería el humor para cualquier otra cosa y lo usaba a menudo como una barrera entre ella y el resto de mundo.

Una vez en la casa, fue directamente a través de la oscura sala de estar. Su mano enredada en su pelo, sus dedos masajeando su cuero cabelludo, aliviando la tensión.

– ¿Así que enfrentarte a mí es preferible a dormir con ese holgazán, hmm? – Bromeó amablemente.

Giró su cara hasta él.

– Nunca me acostaría con alguien de quien no estuviera enamorada. -Y no lo estaba.

iba a vivir su vida en la medida de su capacidad. Iba a hacer amigos, tener causas, saber qué era la diversión. Y al diablo con todo, una sola vez, sólo una vez, ella iba a saber lo que era el amor real. Cuando llegara el momento le iba a dar a ese hombre su cuerpo, porque no tendría otra cosa para darle.

– Nunca me contaste todo eso. Quieres decir que todos esos idiotas con quienes has salido…

Ella se puso derecha abruptamente, habría saltado de su regazo, pero sus brazos subieron a la altura de delgada cintura, eficazmente manteniéndola prisionera. Le miró, furiosa.

– ¿Es eso lo que has estados pensando de mí todo este tiempo? -Exigió-. ¿Crees que me acuesto con cualquiera?

Lágrimas reales chispearon en los ojos de ella, tirando de su corazón.

– Claro que no, cara de ángel.

– Eres tan mentiroso, Jess -se apartó de un empujón de la solidez de su pecho otra vez-. Suéltame. Lo digo en serio. Ahora mismo.

– No así, Saber. Nunca hemos tenido una pelea antes y no quiero comenzar ahora.

Durante un momento se quedó tiesa, alejándose de él, pero no podía permanecer enojada con Jess. Con un pequeño suspiro, Saber se recostó contra él, la tensión se redujo drásticamente. Sus brazos eran el único lugar en el que se sentía segura. La oscuridad estaba alrededor, esperándola, observándola. Casi la podía oír respirando, esperando que subiera las escaleras para ir a su solitaria habitación.

No podía recordar claramente la primera vez que Jess la había colocado sobre su regazo, probablemente después de una de sus vergonzosas carreras, pero siempre era lo mismo. Al momento en que sus brazos se cerraban alrededor, ella se sentía como si nunca quisiera marcharse.

Tal vez por esa razón había permitido que sus relaciones fueran más lejos. Eso era el motivo por el que se había quedado demasiado tiempo y corrido demasiados riesgos. No podía soportar la idea de estar lejos de él, y el hecho la hacía simplemente estúpida.

– ¿Entonces, vas a esconderte de mí o vas a aceptar mis disculpas? -Su barbilla frotó la parte superior de su pelo.

– Si esa es la manera en que te disculpas -inhaló por la nariz indignadamente-. No estoy segura de que vaya a perdonarte. No me gusta lo que piensas de mí.

– Te admiro muchísimo, y lo sabes -él tiró de un rizo particularmente intrigante-. ¿Es, “lo siento”, bastante bueno?

– Espero que nunca lleguemos a una pelea realmente seria -Saber le golpeó en la mano, pero estaba más irritada con ella misma que con él. Podría quedarse donde estaba para siempre, sólo impregnándose de él, sintiendo los músculos de su cuerpo y el calor propagándose a través de ella con un fastuoso calor que nunca había conocido antes.

Él se rió suavemente, el sonido se deslizó por su columna vertebral como el toque fresco de sus dedos.

Instantáneamente Saber levantó la cabeza, horrorizada con las perturbadoras sensaciones de su cuerpo.

– Mejor será que me vaya arriba, Jesse, y te permita dormir un poco.

Porque si no se alejaba de él, podría ponerse en ridículo y ceder al deseo de deslizar besos como pluma arriba y abajo de su garganta y sobre su mandíbula y encontrar su oh tan perturbadora boca… Se levantó de un salto, su corazón latiendo fuertemente.

A regañadientes él le permitió escapar.

– Te conozco mejor que eso, bebe; irás arriba y me mantendrás despierto toda la noche con tu ridículo ritmo. Vete a ponerte tu bañador, podemos ir a nadar.

Su cara se iluminó.

– ¿Qué quieres decir?

– Vete -le ordenó.

Ella atravesó andando el piso de dura madera hasta la parte baja de las escaleras e hizo una pausa para mirarlo.

Con la tenue luz, podía apreciar su perfecto perfil, sus pechos empujando invitadoramente contra del fino material de su pálida blusa. Su cuerpo se apretó aún más, endureciéndose en un penoso y familiar dolor que no iba a desaparecer en un momento cercano.

Jess maldijo por lo bajo, sabiendo que pasaría otra noche interminable, al igual que otras tantas, deseando ardientemente sentir su suave piel y los ojos embrujadoramente azules. Nunca había reaccionado a una mujer de la forma que lo hacía con Saber. No la podía mantener apartada de su mente, y si ella estaba en algún lugar cerca, su cuerpo se sobrecargaba en cuestión de segundos.

Infiernos, ella incluso no tenía que estar junto a él. El sonido de su voz por la radio, su perfume que permanecía mucho tiempo en el aire, su risa, y que Dios le ayudase, sólo pensar en ella convertía su cuerpo en una dolencia peligrosa.

– Gracias, Jesse, sabía que no me decepcionarías. No sé lo que haría sin ti.

Él la observó caminar hasta las escaleras, pensando en sus palabras. Era la segunda vez que ella le había hecho esa declaración esta noche. Y había habido una nota nueva en su voz. ¿Sorpresa? ¿Estaba ella finalmente advirtiéndo que era más que un hombre en una silla de ruedas? Eso no era justo; la mitad del tiempo ella no parecía advertir la silla de ruedas, pero no veía al hombre tampoco.

La ansiaba, fantaseaba sobre ella, soñaba con ella. Tarde o temprano iba a tener que reclamarla. Diez meses era demasiado tiempo, lo suficiente como para saber que ella estaba envuelta intrincadamente alrededor de su corazón. Podía estar en una silla de ruedas, sus piernas inservibles debajo de las rodillas, pero todo lo de arriba estaba en orden y funcionando, demandando satisfacción, demandando a Saber Wynter.

Suspiró en voz alta. Ella no tenía ni idea de que había golpeado en la puerta del diablo y él la había invitado a entrar. No tenía intención de renunciar a ella.


Saber encendió cada una de las lámparas durante el camino del cuarto de estar hasta el dormitorio. Permaneció en la ventana, quedándose con la mirada fija mirando las estrellas. ¿Qué le ocurría? Jess la había alojado en contra de su mejor juicio, estaba segura. Se habían convertido en buenos amigos casi inmediatamente. Les gustaban las mismas películas, la misma música, hablaban durante horas de cualquier cosa. Se reía con Jess. Ella podía ser la real Saber Wynter con Jess. Escandalosa, triste, feliz, nunca pareció importarle lo que decía simplemente él la aceptaba.

Últimamente había estado tan inquieta, tumbada en la cama pensando en él, en su sonrisa, en el sonido de su risa, la anchura de sus hombros. Era un hombre bien parecido, atlético, con silla de ruedas o no. Y vivir con tal proximidad, tan cerca de él a menudo la hacía olvidarse de la silla de ruedas. Él era completamente autosuficiente, cocinaba, se vestía, conducía por todo el pueblo. Jugaba a los bolos, al ping-pong, y todos los días sin falta, levantaba pesas y nadaba. Ella había visto su cuerpo. Era el de un atleta de primera. Los músculos del brazo estaban tan desarrollados que apenas podía tocar con las puntas de los dedos sus hombros; sus bíceps estaban en continuo traqueteo. Jess le había dicho que los nervios debajo de sus rodillas habían sido dañados gravemente, y eran irreparables.

Él desaparecía durante horas en su oficina, la única habitación en la que ella nunca entraba, y la mantenía cerrada con llave. Ella había vislumbrado el equipo del ordenador de alta calidad, y sabía que a él le gustaban esos artefactos, que había estado en la Marina, en los SEAL, fuerzas especiales de elites, y todavía seguía recibiendo llamadas incontables de sus amigos, pero mantenía a distancia esa parte de su vida de ella y estaba bien así.

¿Pensaba en mujeres? Ellas ciertamente pensaban en él. Había visto a docenas de mujeres coqueteando con él. ¿Y por qué no? Bien parecido, rico, talentoso, el hombre más dulce de Wyoming, Jess era un gran trofeo para cualquiera. Poseía la emisora de radio local donde ella trabajaba, y él hacía otras cosas también, cosas sobre las que no le informaba, pero que poco le importaban. Sólo quería estar cerca de él.

Su puño se cerró sobre la cortina de encaje, apretujando el material en su puño. ¿Por qué tenía que tener esos tontos pensamientos sobre un hombre que nunca podría tener? No merecía estar con un hombre como Jess Calhoun. Él nunca se quejaba, nunca le hablaba con desdén. Era arrogante, acostumbrado a ser obedecido, no preguntaba, pero siempre la hacía sentir especial. Era excepcional, extraordinario, y ella iba… ella iba a tener que marcharse pronto.

Con desgana, dejó que su mirada se extraviara a la carretera. Durante un momento su corazón se detuvo. Un coche estaba estacionado entre los árboles justos más allá de las puertas de seguridad. Un pequeño círculo rojo resplandecía brillantemente como si el ocupante inhalase un cigarrillo. Todo en ella se congeló, se quedo completamente quieta, su respiración atrapada eb la garganta. Su corazón comenzó a latir rápidamente y sus dedos retorcieron el material de las cortinas hasta que sus nudillos se volvieron blancos.

Luego pudo ver a la pareja acariciándose, el hombre luchando por agarrarse de su chica y el cigarrillo. La mayor parte de la tensión se escapó de su cuerpo. Por supuesto. Éste era un perfecto lugar de estacionamiento, un callejón sin salida por carretera.

Diez meses atrás, Saber había seguido esa misma carretera pensando que evitaría personas. En realidad había acampado en la propiedad de Jess durante unos pocos días antes de que hiciera tanto frío que estaba segura de que se congelaría. Eso fue antes de que él hubiera instalado las puertas de seguridad y la alta e impresionante cerca.

¿Había hecho eso por ella, porque esos dos primeros meses estaba casi siempre nerviosa, antes de que Jess la hubiera hecho sentirse como si pudiera mantenerla segura de todo el mundo? ¿O existía alguna razón para que él tuviera la necesidad de seguridad?

Saber suspiró mientras dejaba caer la cortina de nuevo a su lugar. ¿Veía Jess mucho más de lo que debería? ¿Era él consciente de que todas sus travesuras alocadas y su bravata, eran realmente miedo todo el tiempo?

Cuidadosamente, se desprendió de sus vaqueros negros y de su pálida blusa color lima, atavío perfecto para unos de los agujeros para cenar preferidos por Larry.

– Cien dólares -inhaló por la nariz indignantemente, en voz alta-. Es tan mentiroso. La comida no costó más que una lata de comida del perro. ¿Con quién piensa que estaba tratando?

Se puso encima su traje de baño de una sola pieza color gris marengo y salmón. Se ajustaba a sus pechos, haciendo énfasis sobre la estrecha caja torácica y pequeña cintura, la envolvía con un gran alto corte francés sobre sus pequeñas caderas. Saber pasó una mano a través de la gruesa masa de rizos negros azabache, pero cuidadosamente evitó mirarse al espejo. Precipitadamente se vistió con una camisa playera, cogió una toalla, y se apresuró a bajar las escaleras para reunirse con Jess.


Sujeto Wynter. Frente a una situación donde eliminando el problema lo solucionaría, el sujeto decidió pedir ayuda. En los pocos meses que ha estado con el Sujeto Calhoun, ha perdido su ventaja. Me divisó, pero fue engañada porque quería ser engañada. Se vuelve más débil con el tiempo, su entrenamiento ha sido olvidado y está calmada con una falsa sensación de seguridad. Unas cuantas semanas más y deberíamos poder apresarla sin mucho problema o riesgo. Pude introducir el virus en su sistema y debería comenzar a funcionar casi inmediatamente. En ese momento podré entrar en el edificio del Sujeto Calhoun. Él es mucho más difícil, está alerta todo el tiempo.


– ¿Qué estás mascullando? -La mujer sentada a su lado había estado aplicando su lápiz de labios en el espejo retrovisor mientras él estaba dictando.

Levantó la mirada otra vez hacia la ventana vacía antes de volver a mirarla con una sonrisa fría.

– No has termidado aún -abrió la cremallera de sus pantalones y la arrastró hacia abajo, atrapándola por la nuca-. Veamos si puedes ganar todo ese dinero que me cobras.

Subió el volumen de la música y se recostó contra del asiento, cerrando los ojos mientras ella empezab a trabajar en él. Sopló un círculo de humo y aplastó su cigarrillo, permitiendo que la rágaba le atrapara. Se trataba de una sensación asombrosamente poderosa sentarse y disfrutar de ella, sabiendo que sería lo último que ella alguna vez haría. Sabedora, trabajó y trabajó para complacerle, pensando que obtendría una propina muy exorbitante, pero en lugar de eso…

Él gimió y se forzó más profundo, manteniendo la cabeza de ella aún cuando trataba de luchar, obligándola a aceptar todo de él, obligándola a limpiarle antes de cogerle la cabeza entre sus manos y, sonriendo, romperle el cuello.

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