Capítulo II

1



La mañana llegó acompañada de un cielo oscuro y nieve. Giles se mostraba preocupado, y Molly desanimada. Con aquel tiempo todo iba a resultar extremadamente difícil.

La señora Boyle llegó en el taxi de la localidad pertrechado con cadenas en las ruedas, y el conductor le dio malas noticias sobre el estado de la carretera.

—¡Vaya nevada que va a caer antes de la noche! —profetizó.

Y la propia señora Boyle no contribuyó a desvanecer el pesimismo reinante. Era una mujer alta, de aspecto desagradable, voz campanuda y ademanes autoritarios. Su natural agresividad se había acrecentado con el cargo de gran utilidad militar que desempeñó durante la guerra.

—De haber imaginado que esto no estaba en marcha, nunca se me hubiera ocurrido venir —dijo—. Pensé que era una Casa de Huéspedes debidamente establecida.

—No tiene por qué quedarse si no es de su agrado, señora Boyle —dijo Giles.

—No, desde luego, y no pienso hacerlo.

—Tal vez prefiera que llame a un taxi, señora Boyle —continuó Giles—. Las carreteras todavía no están bloqueadas. Si es que ha habido algún malentendido, lo mejor será que vaya a otro sitio. —Y agregó—: Tenemos tantos pedidos de habitaciones que podremos alquilar la suya sin dificultad... Por cierto que vamos a elevar el precio de la pensión.

La señora Boyle le lanzó una mirada aplastante.

—Desde luego que no voy a marcharse sin haber probado antes cómo es este sitio. ¿Puede darme una toalla de baño más grande, señora Davis? No estoy acostumbrada a secarme con un pañuelo de bolsillo.

Giles hizo una mueca a Molly a espaldas de la señora Boyle.

—Querido, has estado magnífico —dijo Molly—. ¡Cómo le has parado los pies!

—Las personas agresivas en seguida se amansan cuando se las trata con su propia medicina —dijo Giles.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Molly—. Me pregunto qué tal se llevará con Cristóbal Wren.

—Pues mal —dijo Giles.

Y desde luego, aquella misma tarde la señora Boyle le decía a Molly con evidente desagrado:

—Es un joven muy particular.

El panadero con aspecto de un explorador del Ártico, les trajo el pan, advirtiéndoles que tal vez no pudiera efectuar el próximo reparto.

—Todos los caminos se están cerrando con la nieve —les anunció—. Espero que tengan provisiones suficientes para aguantar unos días.

—¡Oh, sí! —contestó Molly—- Tenemos gran cantidad de latas de conserva. Aunque será mejor que me quede con más harina.

Recordaba vagamente que los irlandeses hacían un pan llamado de soda. En caso de llegar a lo peor, tal vez ella pudiera hacerlo.

El panadero también les trajo los periódicos, y Molly los extendió sobre la mesa de la cocina.

Las noticias del extranjero habían perdido importancia. El tiempo y el asesinato de la señora Lyon ocupaban la primera página.

Se hallaba contemplando la borrosa reproducción del rostro de la difunta cuando la voz de Cristóbal Wren dijo a sus espaldas:

—Un crimen bastante bajo, ¿no le parece? Una mujer de aspecto tan vulgar y en semejante calle. ¿No es verdad que tras esto puede esconderse cualquier historia?

—No tengo la menor duda —dijo la señora Boyle con un bufido— de que esa mujer ha tenido el fin que merecía.

—¡Oh! —El señor Wren volvióse hacia ella con fingido interés—. De modo que usted lo considera un crimen pasional, ¿verdad?

—No he dicho nada de eso, señor Wren.

—Pero fue estrangulada, ¿no es así? Quisiera saber... —dijo extendiendo sus manos largas y blancas— lo que debe sentirse al estrangular a alguien.

—¡Por favor, señor Wren!

Cristóbal acercóse a ella bajando la voz.

—¿Ha pensado usted, señora Boyle, lo que debe experimentarse al ser estrangulado?

La señora Boyle volvió a exclamar:

—¡Por favor, señor Wren!

Molly leyó en voz alta y apresurada:


«El hombre que la policía está deseando interrogar lleva un abrigo oscuro y un sombrero claro, es de mediana estatura y se cubre el rostro con una bufanda de lana.»


—En resumen —concluyó Cristóbal Wren—, tiene igual aspecto que otro cualquiera —Rió.

—Sí —dijo Molly—; que otro cualquiera.

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