Capítulo 14

– ¿Suicidio? -preguntó Fidelma mirando al joven Furio Licinio con expresión de duda-. ¿Estáis seguro?

– No hay duda -afirmó Licinio-, Varias personas vieron a Osimo Lando subiendo por el acueducto y luego se lanzó abajo contra la calle. Fidelma se sentó un momento e inclinó la cabeza, pensativa. La muerte de Osimo Lando no aclaraba nada, más bien lo oscurecía todo.

Eadulf y ella estaban sentados en los despachos del Munera Peregrinitatis del palacio de Letran donde habían trabajado Osimo y Ronan Ragallach. Habían enviado a Licinio a conseguir detalles de la muerte de Osimo mientras ellos registraban el despacho. No había nada que relacionara a Ronan con los árabes. De hecho, en su escritorio tan sólo había algunas notas extrañas y un libro griego antiguo que era un tratado médico. El trabajo era obviamente valioso para Ronan Ragallach, pues lo había envuelto con cuidado en arpillera y lo había colocado bajo un monton de documentos para que nadie lo tocara. Pero aparte de esto había poca cosa más, salvo libros mayores de correspondencia de las muchas iglesias del norte de África que pedían consejo a Roma.

Eadulf parecía triste.

– ¿Puede ser que Osimo Lando se matara en un arrebato de remordimiento por haber asesinado a Ronan Ragallach? -propuso Eadulf sin que su voz mostrara convicción.

Fidelma ni siquiera se molestó en responder.

– Hemos de examinar el alojamiento de Osimo Lando. ¿Vivía en el interior del palacio?

Licinio negó con la cabeza.

– Estaba en la misma casa de huéspedes que Ronan Ragallach. En el hostal del diácono Bieda.

– Ah, por supuesto -dijo Fidelma con un suspiro-. Debí haberlo adivinado. Vayamos pues. Tal vez encontremos alguna pista para este misterio.

Furio Licinio los condujo por un atajo a través de los edificios del palacio de Letrán. Los despachos del Munera Peregrinitatis estaban en el piso superior de un edificio de dos plantas y, en lugar de bajar por las escaleras de mármol hasta el patio, Licinio los llevó a través de una puerta que daba a un pasaje de madera que conducía de un edificio a otro. El pasaje atravesaba un patio del edificio que Licinio había identificado anteriormente: la Scala Santa , que albergaba la reconstrucción de la escalera santa por la que había descendido Cristo después de ser juzgado por Pilato.

Fidelma salió por un momento de su meditación para detenerse y preguntar al respecto, con gran sorpresa por parte de sus compañeros. A Eadulf le resultaba a veces curiosa esa forma de Fidelma de aprovechar el tiempo. Pero muchos de sus compatriotas parecían valorar poco la premura.

– El verdadero Sancta Sanctorum está en el centro del edificio -contestó Licinio, mientras se detenían en el pasaje para mirarlo-. Una puerta impide el paso. Yo os llevo por otro pasaje de ese edificio a la capilla dedicada a santa Elena, pues de esa capilla podemos salir directamente de los terrenos del palacio hacia el acueducto de Claudia. Es un camino rápido para ir al hostal de Bieda.

Fidelma se quedó mirando pensativa el edificio.

– ¿Por qué tenemos prohibida la entrada a ese lugar santo? -preguntó Fidelma.

– Alberga una estancia oscura con una única reja de hierro por ventana. Pero ninguna mujer -hizo énfasis en la palabra- puede entrar. Hay un altar donde ni siquiera el Santo Padre puede decir misa.

Fidelma sonrió levemente.

– ¿De verdad? Entonces ese altar no sirve para nada.

Furio Licinio pareció un momento sentirse ultrajado. Luego se encogió de hombros como si aceptara el comentario. Un altar donde ni siquiera Su Santidad podía celebrar una misa resultaba, lógicamente, inútil. Continuó conduciéndolos en silencio por el pasaje de madera que giraba en ángulo recto desde el edificio que albergaba el Sancta Sanctorum y cruzaron otro patio, un piso por encima del suelo, hasta una capillita.

– Ésta es la capilla de santa Elena, madre de Constantino, que reunió las reliquias que se exponen para que las veneren los peregrinos -explicó Furio Licinio.

El pasaje terminaba en una puerta que estaba vigilada por uno de los custodes del palacio, que tenía un aspecto aburrido. Saludó a Licinio con respeto y luego se inclinó para abrir la puerta y dejarlos entrar.

Penetraron en la capilla por una galería de madera, que se elevaba bastante por encima del suelo de mosaico del edificio circular. Unos cuchicheos resonaban en el interior oscuro y abovedado. Era un sonido intenso que hizo que Fidelma alcanzara el brazo de Furio Licinio y lo agarrara para detenerlo. Fidelma les hizo un gesto a él y a Eadulf para que callaran. Frunciendo el ceño, se dirigió hasta el borde de la baranda de la galería de madera que daba al piso principal de la capilla y a las mesas que exhibían las santas reliquias para que las examinaran los peregrinos.

Casi inmediatamente debajo de ellos había dos figuras. Una religiosa ligeramente inclinada, pero que no parecía tener mucha edad, y la figura erguida de un cenobita. Parecían inmersos en una conversación íntima e intensa. La mujer era la que más hablaba, mientras que el hombre iba asintiendo. Fidelma no sabía por qué había hecho aquella señal a sus compañeros para que permanecieran en silencio y no revelaran su presencia en la capilla. Algo le resultaba familiar en el susurro de aquellas voces y ahora aquella familiaridad se veía respaldada por las propias siluetas. Se quedó mirando hacia abajo con curiosidad, intentando captar las palabras, pero el susurro retumbaba y el eco las distorsionaba y las hacía ininteligibles.

Entonces, vio sorprendida que la religiosa de repente se enderezaba, daba un abrazo al hombre y lo besaba en la mejilla antes de irse corriendo.

Fidelma abrió los ojos bruscamente.

La luz le daba ahora al hombre. Era el ingenuo hermano Eanred, de suaves palabras.

Después de que la puerta de la capilla se cerrara, Licinio se volvió hacia Fidelma. Sonreía con cierto cinismo.

– Las relaciones entre religiosos, aunque no se fomenten, todavía no están prohibidas, hermana -observó.

Fidelma no dijo nada. Licinio los llevaba hacia abajo, por una pequeña escalera de caracol que iba de la galería de madera a la capilla principal. Ya no había nadie. Licinio señaló con orgullo las reliquias al pasar junto a ellas. Muchos de los objetos estaban expuestos en relicarios. Algunos estaban cerrados. Licinio empezó a hacer comentarios al pasar entre las mesas que contenían los relicarios.

– Ahí dentro hay un mechón de pelo de la Virgen María y un trozo de sus enaguas. Esto es una túnica de Jesús manchada con su sangre. Ese frasco de ahí contiene gotas de su sangre y en el otro hay agua que manó de la herida de su costado.

Fidelma dedicaba a cada objeto una mirada de suspicacia.

– ¿Y ese trozo de esponja vieja? -preguntó señalando con la cabeza un relicario abierto cuyo único contenido parecía un trozo de material fibroso que la monja identificó con el poroso animal acuático usado para limpiar.

– La misma esponja que se empapó en vinagre y que le dieron en la cruz -contestó Licinio con reverencia-. Y aquí está la mesa en la que Nuestro Salvador tomó la última cena.

Fidelma sonrió con cinismo.

– Entonces el milagro fue más de lo que yo creía, pues aquí sólo caben dos personas, no digamos doce apóstoles y Cristo.

Licinio no hacía caso de sus dudas.

– ¿Y qué son esas piedras? -inquirió Fidelma, señalando un altarcito que estaba flanqueado por dos trozos de piedra.

– La de la izquierda -empezó Licinio animado- es un trozo de piedra del santo sepulcro, mientras que la otra es el mismo pilar de pórfido donde estaba posado el gallo que cantó cuando Pedro negó a Jesucristo.

– ¿Y todas estas cosas las reunió santa Elena y las trajo hasta Roma? -preguntó Fidelma, más que escéptica.

Licinio asintió con la cabeza y señaló un objeto.

– Estas toallas las encontró aquí en la ciudad; las verdaderas toallas con las que los ángeles enjugaron el rostro del santo mártir Lorenzo cuando se cocía en la plancha. Y aquéllas son las varas de Moisés y Aarón.

– ¿Cómo sabía Elena que estas reliquias eran verdaderas? -le interrumpió Fidelma, irritada con la idea de que estos objetos de veneración, que atraían a los peregrinos de todo el mundo, no fueran más que un engaño inteligente de un hábil comerciante.

Licinio la miró boquiabierto. Nadie se había atrevido a hacer tal pregunta con anterioridad.

– Me parece -continuó Fidelma- que Elena era una peregrina en una tierra extraña y cuando los comerciantes de esa tierra oyeron que buscaba reliquias santas le encontraron cosas, dando por seguro que estaría dispuesta a pagar por ellas, por supuesto.

– ¡Eso es un sacrilegio! -protestó Licinio indignado-. ¡Cristo estaba con ella para protegerla contra tales charlatanes! ¿Estáis diciendo que unos comerciantes astutos embaucaron a Elena y que todo esto no tiene valor?

– Llevo en Roma algo más de una semana y he visto que se vendían reliquias similares a los crédulos peregrinos a montones, ¡todos los vendedores estaban deseosos de desprenderse por dinero de un trozo de la verdadera cadena que llevó san Pedro! Y todas estas reliquias, nos dicen, son verdaderas. Os digo, Licinio, que si toda la madera de la verdadera cruz que se está vendiendo en Roma se pusiera junta formaría la cruz más grande y milagrosa que hubierais visto.

Eadulf la agarró por la manga y le advirtió con los ojos que fuera más prudente con su escepticismo.

Licinio seguía indignado.

– Todos estos objetos los autentificó santa Elena -protestó.

– No lo dudo -contestó Fidelma con seguridad.

– No tenemos tiempo para detenernos en estos asuntos ahora -interrumpió Eadulf con inquietud-. Podemos volver aquí en otro momento y debatir el viaje de Elena a Tierra Santa.

El joven tesserarius se mordió los labios y contuvo la aspiración, tras lo cual continuó conduciéndolos a través de la capilla hacia la puerta lateral en la muralla que rodeaba el palacio de Letrán. A través de ella accedieron directamente al exterior, enfrente del gran acueducto de Claudia.

Se encontraron con la misma mujer desarreglada en la entrada del sórdido hostal propiedad del diácono Bieda, cerca de Aqua Claudia y, de nuevo, un chorro de insultos salió de su boca.

– ¿Cómo voy a vivir cuando estáis haciendo que todos mis realquilados mueran y luego me prohibís que alquile sus habitaciones? ¿Dónde está mi alquiler, de qué vivo yo?

Furio Licinio le respondió con rudeza y la mujer desapareció, rezongando insultos, en el interior de una habitación lateral, después de haberles indicado cuál era la habitación de Osimo Lando. A Fidelma no le sorprendió comprobar que estaba enfrente de la habitación de Ronan Ragallach, pero estaba más limpia que la del hermano irlandés. Aunque era igual de oscura y lúgubre, Osimo Lando había intentado sacarle todo el partido posible. Había incluso un jarrón con flores marchitas en un rincón de la estancia y, enmarcadas encima de la cama había algunas palabras en griego que hicieron sonreír a Fidelma. Obviamente, el hermano Osimo Lando tenía sentido del humor. Los versos eran del salmo 84, versículo 4: «Dichosos los que moran en tu casa y te alaban sin cesar».

Fidelma se preguntó qué podían alabar los inquilinos de aquel hostal dadas las condiciones terribles y los modos de la mujer que lo gobernaba.

– ¿Qué estamos buscando? -preguntó Licinio, que estaba apostado junto a la puerta y la observaba.

– No estoy muy segura -admitió Fidelma.

– Osimo leía mucho -gruñó Eadulf, abriendo un armario-. Mirad aquí.

Fidelma abrió bien los ojos al ver dos libros sobre el estante y algunos documentos escritos.

– Son textos antiguos -dijo Fidelma, que cogió uno de los libros y miró el título-. Mirad esto, De Acerba Tuens. Es un estudio de Erasístrato de Ceos.

– He oído algo de él -confesó Eadulf con cierta sorpresa-. Pero se supone que se perdió en la gran destrucción de la biblioteca de Alejandría en el tiempo de Julio César.

– Estos libros habría que llevarlos a un lugar seguro -sugirió Fidelma.

– Me ocuparé de ello -dijo Licinio con rapidez.

Obviamente, él seguía pensando en el desprecio demostrado hacia santa Elena.

Fidelma siguió rebuscando entre todos los documentos. Resultaba obvio que Osimo y Ronan Ragallach habían entablado una relación muy estrecha e íntima. Los escritos eran de poesía, referidos al amor y la lealtad, y la mayoría de ellos estaban escritos por Osimo y dedicados a Ronan Ragallach. No cabía duda de que Osimo, al enterarse de la muerte de Ronan Ragallach, no pudo soportar estar en este mundo sin él. A Fidelma le entristeció pensar en los dos jóvenes.

– «Dejad que todo lo que hagáis sea hecho por amor» -susurró, observando los poemas.

Eadulf frunció el ceño.

– ¿Qué habéis dicho?

Fidelma sonrió y sacudió la cabeza.

– Sólo estaba pensando en un versículo de la epístola de Pablo a los corintios.

Eadulf se la quedó mirando un momento con perplejidad y luego, entendiendo, reanudó la inspección de la habitación.

– Aquí no hay nada más, Fidelma -dijo-. Nada que arroje luz a nuestro misterio.

– ¿Estaría Osimo involucrado en la muerte de Ronan Ragallach? -preguntó Licinio, desconcertado.

– No como culpable -le aseguró Fidelma. Iba a decir que no podían hacer nada más cuando algo le llamó la atención.

– ¿Qué es eso, Eadulf? -preguntó señalando hacia un punto del suelo.

El sajón miró en la dirección que le indicaba. Era un objeto medio oculto por la basta cama de madera. Se agachó para cogerlo.

Cuando lo examinó, soltó una exclamación de sorpresa.

– Es la base rota de un cáliz de oro. Lo reconozco. Pertenecía al cáliz que Cenewealh, de los sajones occidentales, dio a Wighard para que lo bendijera Su Santidad. ¿Veis la inscripción en la base?

«Spero meliora» -leyó Fidelma-. «Espero cosas mejores».

– Cenewealh le pidió a Wighard que eligiera un lema adecuado para grabar en el cáliz. La parte superior se ha roto pero lo reconozco.

Licinio los miraba con aún mayor perplejidad.

– ¿Así que los objetos valiosos de Wighard estaban guardados en esta habitación? ¿Osimo y Ronan Ragallach eran cómplices del crimen?

Fidelma, en actitud pensativa, se iba mordiendo el labio inferior. Empezaba a tener ese tic inconsciente y le molestaba cuando se daba cuenta de que lo hacía. Dejó de morderse y apretó un momento los labios.

– Ronan Ragallach y Osimo ciertamente tuvieron acceso al tesoro robado a Wighard -admitió Fidelma.

– Así que debieron de tomar parte en el asesinato -exclamó Eadulf, llegando a una conclusión.

– Hay algo extraño… -Fidelma parecía seguir ensimismada en sus pensamientos. Entonces se enderezó-: No podemos hacer nada más aquí. Licinio, llevaos estos libros. Y, Eadulf, ocupaos de esa base de metal. Hay mucho en que pensar.

Eadulf intercambió una mirada de preocupación con Licinio y luego se encogió de hombros.

Abajo, la mujer los volvió a abordar.

– ¿Cuándo podré ofrecer estas habitaciones otra vez a los peregrinos? No es culpa mía que estos huéspedes hayan muerto. ¿Me vais a sancionar?

– Un día o dos más, mujer -le dijo Furio Licinio.

La mujer soltó un gruñido.

– Veo que os estáis llevando pertenencias que debería poder embargar.

Fidelma se sorprendió del inesperado uso que la mujer había hecho del término legal latino bonorum veditio.

– ¿Habéis tenido muchos huéspedes cuyos bienes os hayáis tenido que quedar por no pagar el alquiler? -preguntó.

La mujer se esforzó por entender aquel latín cuidadosamente articulado, pero extranjero.

Frunció los labios y sacudió la cabeza.

– Nunca. Mis huéspedes siempre pagan.

– Entonces, ¿dónde habéis aprendido esas palabras… bonorum veditio?

La mujer frunció el ceño.

– ¿Qué os importa eso? Conozco mis derechos.

Licinio frunció el ceño.

– Sólo tenéis los derechos que yo digo que tenéis -dijo amenazante-. Hablad con educación y contestad la pregunta. ¿Dónde aprendisteis esa palabra técnica?

La mujer se encogió con miedo al oír aquel tono agresivo.

– Es cierto -gimoteó-. El griego dijo que ésos eran mis derechos y al menos me dio una moneda cuando se llevó el saco de la habitación del hermano muerto.

Fidelma era todo oídos.

– ¿Un griego? ¿De qué habitación se llevó el saco?

La mujer parpadeó al darse cuenta de que había dicho más de lo que debía.

– Suéltalo, mujer -dijo Licinio bruscamente-. Si no, irás a una celda y pasará mucho tiempo antes de que puedas volver a discutir sobre tus derechos.

La mujer temblaba ligeramente.

– Por qué…, por qué; registró la habitación de Osimo Lando y salió con un saco.

– ¿Un griego, decís? -insistió Licinio-. ¿El dueño de este hostal, queréis decir? ¿El griego diácono Bieda? ¿No le hablasteis de la orden de no sacar nada hasta que tuvierais nuestro permiso?

– No, no -contestó con rapidez la mujer sacudiendo la cabeza-. No quiero decir ese bastardo de Bieda. Me refiero al médico griego del palacio de Letrán. Todo el mundo lo conoce.

Fidelma dio involuntariamente un paso atrás a causa de la sorpresa.

– ¿El médico griego del palacio de Letrán? ¿Os referís a Cornelio? ¿Cornelio de Alejandría?

– El mismo -afirmó la mujer frunciendo el ceño-. Me informó de mis derechos.

– ¿Cuándo vino a registrar la habitación de Osimo Lando? -inquirió Fidelma.

– Hace apenas una hora.

– Tan pronto como se enteró del suicidio de Osimo, seguro -dijo Eadulf.

– Y, cuando se fue, ¿llevaba un saco?

La mujer asintió con tristeza.

– ¿Un saco de qué medida? ¿Grande o pequeño?

– Mediano. Yo diría que había metal en el interior, pues iba tintineando al caminar -explicó la mujer, ansiosa por no caer en desgracia-. Me dijo que me daría cinco sestercios si iba a la habitación de Osimo Lando y sacaba los cinco libros que encontraría y los escondía en mi habitación hasta que pudiera volver a por ellos. Yo ya había sacado tres de ellos cuando llegasteis. Los otros dos ya los tenéis.

– ¿Por qué haría eso? -preguntó Fidelma.

– Porque no podía cargar con los libros y con el saco -contestó la mujer, sin entender la pregunta.

Fidelma estaba a punto de abrir la boca para explicarle lo que había querido decir cuando Eadulf irrumpió triunfante.

– ¿Así que Cornelio formaba parte de este asesinato y robó todo?

– Ya veremos -contestó Fidelma-. Id a por los tres libros que sacasteis de la habitación de Osimo Lando, mujer.

A desgana, la mujer hizo lo que le ordenaban. Eran libros viejos. Libros griegos. Y eran, como sospechaba Fidelma, fácilmente identificables como textos médicos. Sacudió la cabeza, asombrada. El camino hacia el asesino de Wighard estaba lleno de antiguos textos médicos griegos.

– ¿Sabéis donde vive Cornelio? -preguntó Fidelma a Licinio.

– Sí. Tiene una villa pequeña cerca del arco de Dolabella y Silanus. ¿He de avisar a los custodes?

– No. Estamos lejos de aclarar este misterio todavía, Licinio. Cuando hayamos guardado nuestros hallazgos en un lugar seguro de nuestra officina, iremos a la villa de Cornelio a ver qué tiene que decir de este asunto.

La mujer iba mirando a uno y a otro, intentando entender el significado de sus palabras.

– ¿Y yo qué? -exigió, con cierta insistencia al ver que no la llevaban inmediatamente a prisión.

– Cuidado con tu lengua -le soltó Licinio-. Y si regreso y veo que has tocado algo en las habitaciones de Ronan Ragallach y Osimo, aunque sea un cabello que falte en la manta o una cucaracha en la pared, te aseguro que no tendrás que preocuparte más de recaudar los alquileres. Vivirás gratis para el resto de tu vida en la peor prisión que haya. ¿Entendido?

La mujer murmuró algo inaudible y se retiró a su habitación.

Ya fuera, Fidelma lo reprendió suavemente.

– Habéis sido demasiado duro con ella.

Licinio frunció el ceño.

– Es la única manera de tratar a los de su calaña. Lo único que quieren, estos campesinos, es conseguir cuanto más dinero mejor.

– Es seguramente la única manera que tienen de salir de la pobreza -señaló Fidelma-. Sus gobernantes les han enseñado que la salvación sólo proviene de la obtención de riquezas. ¿Por qué criticar que sigan ese ejemplo mientras no se les proporcione otro mejor?

Licinio no estaba de acuerdo.

– He oído que los irlandeses os aferráis a ideas muy radicales. ¿Eran éstas las enseñanzas del hereje Pelagio?

– Yo creía que nos aferrábamos a las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo. «Y les dijo: "Mirad: preservaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de lo que posee".» Ésta es la palabra de nuestro Señor, según Lucas.

Licinio se ruborizó y Eadulf, al percibir su incomodidad, se abrió paso.

– Démonos prisa en llevar esos libros a la officina, luego podemos ir a buscar a Cornelio.

– Sí. Hemos de ponerlos a buen recaudo -accedió Fidelma-, pues me da la impresión de que tienen mucho que ver con este misterio.

Los dos hombres se la quedaron mirando un momento, pero ella no hizo más comentarios.


* * *

La villa de Cornelio de Alejandría no estaba muy lejos de la colina de Celio, donde el emperador Nerón había aprovechado el antiguo arco dedicado a Dolabella y Silanus para construir un acueducto que se dirigía hacia la cercana colina Palatina. Las laderas septentrionales de la colina daban al espectacular Coliseo y la villa de Cornelio tenía vistas a un pequeño valle con todos sus antiguos y espectaculares edificios. Eadulf le había dicho a Fidelma que esta colina Palatina de cuatro caras fue donde se levantó la primera ciudad de Roma. Era aquí donde todos los ciudadanos principales de la República habían vivido y, luego, donde los despóticos césares habían construido sus palacios; donde los reyes ostrogodos habían gobernado y donde ahora las iglesias cristianas sustituían los templos paganos.

– ¿Cómo os proponéis abordar a Cornelio? -preguntó Eadulf cuando Furio Licinio, todavía algo malhumorado, señaló hacia la villa.

Fidelma dudaba. En verdad no tenía ni idea. De hecho, interiormente se arrepentía de aquel impulso suyo que los había llevado a la villa de Cornelio sin una decuria de los guardias del palacio, tal como había sugerido Licinio. El anochecer se cernía sobre el oeste de la ciudad. Simplemente tenía que haber enviado a los custodes a buscar a Cornelio y que éstos se lo llevaran a la officina para interrogarlo. Pero todavía había muchas cosas que no entendía. Cada paso adelante provocaba media docena de preguntas nuevas.

– ¿Bien? -inquirió Eadulf.

El asunto se resolvió incluso antes de que abriera la boca para contestar.

Estaban en una esquina de la calle, enfrente de los muros de la villa. A unos diez metros se encontraban las puertas de madera que daban al interior de los jardines de la villa. Estaba claro que Cornelio de Alejandría vivía bien. De repente, se abrieron las puertas y salieron trotando dos porteadores con una lecticula. Fidelma, Eadulf y Licinio se escondieron automáticamente en las sombras. El mismo Cornelio iba recostado en la silla y, en su regazo y llamando la atención, había un saco.

Los porteadores se dirigieron hacia el oeste descendiendo la colina en dirección a la iglesia de bella construcción que se elevaba a sus pies.

Se lleva el saco a algún sitio -observó Fidelma de forma innecesaria-. Sigámoslo.

Tenían que caminar rápido para atrapar a los porteadores de la lecticula, que iban al trote. De vez en cuando, incluso ellos tenían que ponerse a correr para alcanzar la lecticula. A pesar de todas las maniobras espeluznantes realizadas con el carruaje en la persecución de Puttoc, a Fidelma le hubiera gustado contar todavía con aquel vehículo tirado por un solo caballo para seguir a su presa. Atravesaron la placita que había delante de la iglesia y llegaron a los pies de la colina Palatina.

Los porteadores de Cornelio avanzaban ya rápidamente por la calzada que discurría a lo largo del fondo del valle y que pasaba delante del lado este de un edificio espectacular que parecía no tener fin.

– ¿Qué es esto? -preguntó Fidelma jadeante, mientras intentaban mantener el ritmo.

– El Circo Máximo -gruñó Licinio-. Un lugar de martirio en los tiempos de los césares imperiales.

Aumentaron el ritmo para alcanzar la lecticula que iba delante. Avanzaba a lo largo del muro aparentemente interminable, rodeó el circo en desuso y se encaminó al norte hacia el río Tíber. Entonces hizo un giro repentino, por la falda de la colina Aventina, y torció en dirección sudoeste. Fidelma no podía creer que dos hombres cargando a un tercero subido en un pesado vehículo de madera, aunque fueran fuertes, pudieran avanzar tan rápidamente y con tal facilidad. Resultaba agotador mantener el paso de los porteadores. Fidelma observó que caminaban rápido durante un rato y luego, cuando el hombre que iba subido a la silla daba la orden, empezaban a trotar. De esta manera fueron siguiendo la orilla del río, con sus chabolas, muelles y almacenes.

De repente, Furio Licinio tropezó en la oscuridad y soltó un reniego.

Eadulf se adelantó para ayudar al joven tesserarius a ponerse en pie.

– Podéis deteneros un momento -dijo Fidelma jadeante-. Mirad, la lecticula se ha parado.

Licinio se mordió el labio y miró alrededor en la penumbra. Echó la mano a la vaina y desajustó la espada.

– Y en el peor lugar. Hemos regresado a Marmorata.

Fidelma había visto lo suficiente y se daba cuenta de que el viaje de Cornelio ciertamente los había devuelto a la misma zona de la ciudad hasta donde habían perseguido a Puttoc hacía tan sólo unas horas. El anochecer se extendía con rapidez sobre aquella zona de chabolas.

Fidelma percibió con asco aquellos olores repelentes y los vapores de las cloacas le atacaron las fosas nasales. Estaban en una zona oscura y amenazadora, de edificios decadentes. Perros y gatos vagabundeaban por las calles en busca de comida entre los despojos y otros desechos.

La lecticula de Cornelio se había detenido en el exterior de lo que parecía un antiguo almacén cuya parte posterior daba a los rudimentarios muelles de madera situados a lo largo del río. Los porteadores habían bajado la silla y se apoyaban en ella, aunque Fidelma se dio cuenta de que no eran tan ajenos a aquel ambiente y no quitaban las manos de los cuchillos que llevaban en los cinturones.

Fidelma, Eadulf y Licinio llevaban observándolos varios minutos cuando de repente Fidelma dejó escapar una exclamación sofocada. Cornelio había dejado la Ucticula y había desaparecido.

– Debe de haber entrado en el almacén -sugirió Eadulf cuando Fidelma señaló que ya no estaba en la Ucticula.

– Resulta obvio que los porteadores están esperando para llevarlo de vuelta -observó Licinio con optimismo.

Fidelma se mordía el labio.

– Con quienquiera que esté reunido, está en el almacén. -Se decidió con rapidez-: Licinio, id por la parte delantera del edificio y esperad. ¿Resultarán un problema los porteadores de la lecticula?

Licinio negó con la cabeza.

– Sentirán respeto por mi uniforme.

– Muy bien. Si oís que pido ayuda, venid inmediatamente. Si intentan evitarlo, tenéis que usar vuestra arma. Eadulf, vos vendréis conmigo ahora.

Eadulf estaba confundido.

– ¿Dónde? -inquirió.

– El almacén da, por la parte de atrás, al río. Justo allí hay un muelle de madera. Se ve a la luz de la luna a través de aquel pasaje que va por el lateral del edificio. Descenderemos por ahí y entraremos en el almacén desde allí. Mi intención es ver en qué está involucrado Cornelio.

Fidelma empezó a poner en práctica sus instrucciones y descendió rápidamente por la callejuela con Eadulf detrás de ella. Licinio los observó alejarse sorprendido por la mansedumbre con que Eadulf aceptaba las órdenes de una mujer. Luego se preparó el gladius y se fue paseando en dirección a la lecticula.

Los porteadores se pusieron tensos al ver que se acercaba. Uno de ellos había encendido una linterna para el regreso. Pero cuando vieron su uniforme se relajaron. Obviamente, pensó Licinio, no eran conscientes de que su amo estuviera haciendo algo malo.

Mientras tanto, Fidelma y Eadulf se deslizaron con cautela por el lateral del almacén de madera hasta el muelle.

Ya se oían voces, tensas y de discusión.

Fidelma avanzó por las tablas de madera, agradeciendo el sonoro chapoteo del río contra los soportes de madera del muelle, que parecía amortiguar el sonido de sus pasos.

Se detuvo ante la puerta, que, para su sorpresa, estaba entreabierta. Las voces que provenían del interior se alzaban y bajaban como en una pelea. La lengua le resultaba totalmente extraña y miró en la penumbra a Eadulf y se encogió de hombros de forma exagerada. Él levantó un hombro y lo dejó caer, para indicar que tampoco él entendía aquella lengua.

Fidelma se dio cuenta de que había una luz en el interior y se atrevió a abrir un poco más la puerta del almacén.

El lugar era amplio y estaba casi vacío.

En el fondo había tres hombres sentados alrededor de una mesa sobre la que chisporroteaba una lámpara que proporcionaba una luz siniestra. Había también una amphora, obviamente llena de vino, y algunas vasijas de arcilla. Cornelio sorbía nervioso de una que tenía en la mano. Los otros dos hombres no bebían. En la penumbra de la luz vacilante, a Fidelma le resultaban familiares.

A la monja le llevó un rato reconocer a los árabes por sus ropajes sueltos y sus rasgos oscuros.

Resultaba claro que estaban discutiendo en su lengua, que Cornelio también conocía y hablaba con fluidez.

De repente, uno de ellos puso algo envuelto en una tela sobre la mesa. Le hizo el gesto a Cornelio de que lo examinara. El médico griego se inclinó hacia adelante y desenvolvió el objeto. Fidelma vio que se trataba de un libro. De un lado de su silla, Cornelio extrajo un saco, metió la mano y sacó un cáliz.

Fidelma sonrió con gravedad.

Resultaba obvio que se estaba llevando a cabo algún tipo de intercambio y el misterio empezó a despejarse.

Mientras Cornelio examinaba el volumen, uno de los árabes observaba el cáliz.

Eadulf, agazapado detrás de Fidelma e incapaz de ver con precisión lo que estaba sucediendo, lanzó una exclamación de protesta cuando de repente Fidelma se puso de pie, abrió del todo la puerta y penetró en el almacén.

– ¡Quietos! -gritó.

Eadulf entró en la habitación a trompicones detrás de ella, parpadeando mientras se hacía cargo de la escena.

Cornelio de Alejandría estaba sentado, paralizado y con el rostro de color mortecino, pues se estaba dando perfecta cuenta de que lo habían descubierto.

Tauba! -exclamó uno de los árabes, sobresaltado y dirigiendo una de sus manos al largo cuchillo curvo que llevaba en el cinturón.

– ¡Quieto! -volvió a gritar Fidelma-. El lugar está rodeado. ¡Licinio!

Licinio había respondido con un grito desde el exterior.

Los dos árabes intercambiaron una mirada y, como si se dieran una señal, uno de ellos agarró la lámpara de la mesa mientras que el otro cogía el saco. Fidelma oyó que la mesa se volcaba en la repentina oscuridad. Vio la débil luz en el exterior mientras la puerta se abría y oyó a Furio Licinio que gritaba de dolor.

– ¡Eadulf, una luz! ¡Lo más rápido que podáis!

Oyó cómo raspaba el pedernal y Eadulf surgió de la penumbra sosteniendo en alto una vela.

Los árabes se habían ido pero Cornelio seguía sentado en su silla, con los hombros hundidos. Seguía agarrando el libro. La mesa estaba efectivamente volcada, pero no había señal del saco.

Fidelma avanzó y se inclinó para quitarle el libro de las manos temblorosas a Cornelio. Tal como ella esperaba, era un tratado médico, escrito en griego, que parecía antiguo.

– Id a ver si Furio Licinio está herido, Eadulf -dijo Fidelma mientras ponía la mesa en pie.

Eadulf lanzó una mirada inquieta a Cornelio.

– No tengo nada que temer de Cornelio -le dijo Fidelma-. Pero creo que el joven Licinio puede estar en apuros.

Eadulf se dirigió corriendo hacia la puerta.

Fidelma oyó que intercambiaba algunas palabras con, imaginó, los dos porteadores, que estaban asombrados y confundidos por lo que estaba pasando. Fidelma permaneció en silencio, observando al abatido Cornelio. Eadulf ordenó a los hombres de la lecticula que esperaran donde estaban.

– No puede estar malherido, pues se ha ido calle arriba persiguiendo a los dos que han salido de aquí -explicó Eadulf cuando regresó un momento después.

– Bien, Cornelio de Alejandría -dijo Fidelma con calma-, tenéis algo que explicar, ¿no os parece?

El médico hundió más los hombros y bajó la barbilla hasta el pecho emitiendo un profundo suspiro.

Licinio regresó al cabo de un segundo sacudiendo la cabeza preocupado.

– Se han escurrido como conejos en su madriguera -dijo indignado.

– ¿Estáis herido?

– No -contestó Licinio compungido-. Me han golpeado y zarandeado un poco cuando salieron disparados por la puerta. Casi me derriban. No los atraparemos ahora a menos que éste hable.

Le dio un pinchazo al griego con la punta de su gladius.

– No va a ser necesario eso, tesserarius -murmuró Cornelio-. En verdad, no sé dónde se han ido. ¡Debéis creerme!

– ¿Por qué íbamos a creeros? -exigió Furio Licinio, volviendo a pincharlo.

– Por la Santa Cruz, no veo por qué habéis de dudar de que digo la verdad. Se pusieron en contacto conmigo para buscar algún lugar donde encontrarnos. No sé de dónde vienen.

Fidelma vio que el hombre no estaba mintiendo. Estaba demasiado conmocionado por la sorpresa. Ya no había jactancia en él.

Eadulf había recogido la lámpara caída, descubrió que no todo el aceite se había derramado y la volvió a encender con su vela.

– Eadulf, dadle al buen médico algo de vino para que se reanime -le indicó Fidelma.

Sin decir una palabra, Eadulf vertió algo de vino del ánfora que, afortunadamente, no se había roto al caer la mesa, y se la tendió al griego. El médico la levantó saludando como en broma. «Bene vobis!», brindó con sarcasmo, aparentando recuperar algo de su anterior humor. Luego se bebió el contenido casi de un solo trago.

De repente, Fidelma se inclinó hacia el suelo y recogió un cáliz que obviamente se había caído del saco que uno de los árabes había agarrado cuando se había puesto de pie de un salto. Resultaba evidente que los árabes se habían asegurado el botín al huir. Fidelma se sentó frente a Cornelio, mientras que Eadulf tomó asiento junto a ella.

Furio Licinio, con la espada todavía en la mano, se colocó junto a la puerta.

Fidelma se quedó un rato sentada en silencio, dando vueltas al cáliz en su mano mientras lo examinaba concienzudamente.

– No negaréis que esto procede del tesoro de Wighard. Estoy segura de que Eadulf lo podrá identificar fácilmente.

Cornelio sacudió la cabeza con nerviosismo.

– No hace falta. Es uno de los cálices que trajo Wighard para que lo bendijera Su Santidad -confirmó Eadulf.

Fidelma se quedó callada, dejando que el nerviosismo del médico fuera en aumento.

– Ya veo. Estabais usando estos tesoros robados para comprar los libros que os ofrecían estos árabes.

– ¿Así que lo sabíais? Sí, libros de la biblioteca de Alejandría -admitió Cornelio, con rapidez. Un cierto tono de desafío pudo percibirse en su voz-. Textos médicos raros y de valor incalculable que de otra manera se perderían para el mundo civilizado.

Fidelma se echó hacia adelante y colocó el cáliz en la mesa que estaba entre ellos.

– Conozco algo de vuestra historia -dijo Fidelma, provocando miradas de sorpresa tanto en Eadulf como en Licinio-. Ahora es mejor que me la contéis toda.

– Supongo que ahora importa poco -accedió Cornelio compungido-. El joven Osimo y su amigo Ronan Ragallach están muertos. A mí me han cogido, pero al menos he salvado varios libros.

– Desde luego -admitió Fidelma-. Dejasteis varios en el alojamiento de Osimo Lando, y Ronan Ragallach tenía otro escondido en su puesto de trabajo. Y aquí hay otro más. ¿Y los objetos de valor incalculable que pertenecían a Wighard? ¿Qué queda de ellos?

Cornelio se encogió de hombros.

– Las piezas restantes estaban en aquel saco que se llevaron los árabes.

– ¿Y, a cambio, el único tesoro que habéis recibido son libros viejos? -preguntó Furio Licinio con incredulidad.

Los ojos de Cornelio brillaron.

– No espero que un soldado lo entienda. Los libros son mucho más valiosos que ese metal. Tengo el trabajo de Erasístrato de Ceos sobre el origen de las enfermedades; la Fisiología de Galeno y varias obras de Hipócrates como su Sobre la enfermedad sagrada, Sobre epidemiasy sus Aforismos, así como los comentarios de Hipócrates de Herófilo. -Su voz dejaba ver una absoluta satisfacción-. Éstos son grandes tesoros de la literatura médica. ¿Cómo voy a pretender que entendáis lo que representan? Su valor va más allá del mero oro y las joyas que he intercambiado por ellos.

Fidelma sonrió levemente.

– Pero el oro y las joyas que intercambiasteis no eran vuestros. Pertenecían a Wighard, el arzobispo de Canterbury. Explicadnos cómo sucedió.

Cornelio le dirigió una mirada y luego lentamente otra a Eadulf y Licinio. Después dijo simplemente:

– Yo no maté a Wighard.

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