Tal como había requerido sor Fidelma, todos se habían reunido en la estancia que utilizaba como officina el gobernador militar del palacio, el Superista Marino. El obispo Gelasio estaba sentado, dominando el grupo, en una silla puesta delante de la ornamentada chimenea, con los codos apoyados sobre los brazos del asiento y las manos juntas, casi con la barbilla descansando sobre ellas, como si rezara. Sus rasgos saturninos, de halcón, le daban la apariencia de un ave rapaz, observando y esperando a su presa con sus ojos pequeños, brillantes y negros. Al otro lado de la chimenea estaba sentado Marino, claramente de mal humor e impaciente. Era sin duda un hombre de acción, poco habituado a los largos periodos de inactividad. A su lado, y ligeramente apartados, con los brazos cruzados y una cierta expresión afable, estaba el tesserarius Furio Licinio.
Se habían dispuesto sillas para la abadesa Wulfrun, sor Eafa y los hermanos Sebbi e Ine. La abadesa parecía inquieta como si aquel acto la aburriera. Continuamente se iba arreglaba el pañuelo del cuello. A su lado estaba sentada sor Eafa con cara de ligero asombro, como si no supiera por qué formaba parte de aquel grupo.
El hermano Ine estaba aún más apagado, sus ojos observaban el suelo, mientras que el hermano Sebbi, sentado junto a él, tenía su aspecto usual de suficiencia. Una sonrisa cínica atravesaba sus rasgos. Fidelma, al entrar, relacionó el semblante de Sebbi con la imagen de un gato a punto de devorar un cuenco con leche. Por supuesto, Sebbi creía sin duda que estaba cerca de hacer realidad sus ambiciones. Obviamente, había concluido que no había nadie más cualificado para ocupar el puesto del último abad de Stanggrund.
Eadulf, que había entrado en la habitación con Fidelma, se situó justo delante de la puerta de la officina. En su rostro se reflejaba cierta tensión. Le sorprendía que Fidelma no hubiera discutido nada con él desde la muerte del hermano Eanred, acaecida aquella tarde. Eso le irritaba. En particular, cuando Fidelma había rechazado aceptar que la conclusión obvia de los acontecimientos recientes era que Eanred era el responsable de las muertes de Wighard, Ronan Ragallach y ahora también del abad Puttoc. Sin embargo, Fidelma lo había apaciguado indicando que la idea que ella tenía era solamente una hipótesis basada en una prueba, pero la prueba concluyente sólo surgiría si en la recapitulación de los hechos obligaba a admitir la verdad a la persona de la que ella sospechaba. Sin embargo, se había negado a confiarle a Eadulf el nombre de esa persona. Insistía en que la misma mano que había estrangulado a Wighard había acabado con las vidas de Ronan y Puttoc, de eso estaba segura. Sin embargo, también había declarado que esa mano no era la del hermano Eanred.
Cuando entró en la officina, Gelasio había levantado la cabeza y le había sonreído. El obispo nomenclator del palacio de Letrán parecía fatigado.
– Bien, hermana -dijo Gelasio levantando una mano, como en un gesto de bienvenida, pero la devolvió a su posición cuando la muchacha se detuvo a varios pasos de su silla. Casi ya se había acostumbrado a la rotunda manera de Fidelma de no hacer caso de la costumbre romana de besar su anillo-. No hay necesidad de dar grandes explicaciones. Parece que todos nuestros misterios se han resuelto con la muerte de Eanred. Sólo nos queda felicitaros a vos y al hermano Eadulf por vuestra vigilancia.
Marino y los hermanos Sebbi e Ine emitieron un murmullo aprobatorio. Ni Wulfrun ni Eafa mostraron emoción alguna.
Fidelma echó una mirada al grupo con una sonrisa carente de humor.
– Falta, Gelasio -dijo eligiendo cada palabra cuidadosamente-, resolver el asunto de la muerte de Wighard revelando quién lo mató. Pues la misma persona, para disimular esa muerte, también ha matado al hermano Ronan Ragallach y al abad Puttoc.
Una gran tensión invadió la sala. Ahora todos le prestaban atención. Todos tenían expresión de sorpresa, de incertidumbre. Sus ojos la observaban como conejos que vigilan una serpiente. Detrás de una de aquellas máscaras había un alma atormentada, un alma culpable. Fidelma esperaba que sus deducciones fueran acertadas, pero eso habría que verlo.
Sor Fidelma se situó de espaldas a la chimenea, entre Gelasio y Marino, mirando al grupo con las manos cruzadas delante de ella discretamente.
El obispo Gelasio parecía molesto mientras la miraba en silencio durante unos instantes. Entonces emitió un ruido áspero como para aclararse la garganta.
– No os entiendo, hermana. Sin duda atrapasteis a Eanred en el mismo momento en que cometía el crimen. Por lo que dijo Licinio, yo entendí que a Eanred lo habíais cogido justo encima del cadáver de su víctima, el abad, cuando el hermano Eadulf y vos entrasteis en la habitación. ¿No es así?
– Necesito que me dediquéis un momento de vuestro tiempo -dijo Fidelma sin responder a su pregunta-. Ha habido muchos misterios relacionados con la muerte de Wighard. Han sucedido muchas cosas que han ocultado la realidad. Ahora hemos de examinarlas con claridad y separar el grano de la paja.
El obispo Gelasio lanzó una mirada al gobernador militar en señal de aprobación, pero Marino estaba sentado con rostro pétreo, los músculos faciales aparentemente tensos para ocultar su impaciencia. Gelasio se giró y le hizo un gesto con la mano a Fidelma, una invitación a que continuara no exenta de un cierto asombro.
– Muy bien -dijo Fidelma, aceptando aquel gesto como una aprobación para que procediera-. Como debéis de saber, había que resolver dos misterios. Dos misterios que ocasionaron gran confusión cuando el hermano Eadulf yyo empezamos a examinar este asunto, porque nosotros, naturalmente, pensamos que el mismo misterio poseía dos aspectos. Pero, de hecho, no estaban conectados, coexistían sin que uno formara parte del otro.
Los presentes hacían esfuerzos para seguir lo que decía la muchacha, pero estaban claramente confusos. Fidelma empezó a aclarar las cosas.
– El primer misterio era simple. Wighard fue asesinado. ¿Quién lo mató? El segundo misterio era el que complicaba el primero. A Wighard le robaron sus tesoros, los objetos preciosos que él había traído de regalo a Su Santidad y los cálices de los reinos sajones que tenía que bendecir el obispo de Roma. ¿Quién robó a Wighard? Al principio todos pensamos que el misterio era el siguiente: a Wighard lo mataron y le robaron. Quien mató a Wighard también cometió el robo. O mejor, quien cometió el robo también lo mató. Pero ésa no era la pregunta ni en ella estaba la solución. Ambas acciones estaban separadas y no tenían conexión entre sí.
Gelasio inclinó la cabeza con gravedad al entender la lógica de lo que decía Fidelma.
– ¿Queréis decir que la persona que robó a Wighard no lo mató? -preguntó con voz profunda dando a entender que captaba sus conclusiones.
Fidelma lo miró y le sonrió en señal de conformidad.
– Sí. Sin embargo, al principio no nos dimos cuenta de esto y este error hizo que no avanzáramos. El hermano Ronan Ragallach y el hermano Osimo Lando estaban involucrados en un complot para robar los tesoros que Wighard de Canterbury había traído a Roma y utilizarlos para comprar ciertos libros valiosos, que habían pertenecido a la gran biblioteca cristiana de Alejandría. Sabemos que los seguidores de Mahoma capturaron esa biblioteca de Alejandría hace unos veinte años y con ella algunos de los libros más valiosos del mundo griego antiguo.
Hará cosa de una semana un comerciante griego llegó a Roma con una docena de textos médicos raros que habían sido rescatados de la destrucción en Alejandría. Obras de Hipócrates, Herófilo, Galeno de Pérgamo y otros: varios libros de valor incalculable que tan sólo existían en Alejandría. Este comerciante entró en contacto con uno de los médicos más reputados de Roma, una persona que había estudiado en Alejandría y que había huido de la ciudad cuando los seguidores de Mahoma la conquistaron.
Ese hombre, como sabía el comerciante, entendería el valor de los libros que quería vender. Era, por supuesto, Cornelio de Alejandría.
Fidelma hizo una pausa. Nadie dijo nada. La noticia de que Cornelio había sido arrestado ya se había extendido por todo el palacio de Letrán.
– Cornelio estaba bien situado, ya que era médico personal de Vitaliano. Sin embargo, no era lo bastante rico para reunir la cantidad que exigía el árabe. La suma exigida por el comerciante estaba muy por encima de sus posibilidades. Pero él ansiaba aquellos libros. Conocía el valor de esos grandes textos médicos, que se perderían para siempre para la civilización si él no encontraba la manera de evitarlo.
– ¿Por qué no recurrió a nosotros? -preguntó Gelasio-. Sabe Dios que aquí no tenemos mucho dinero ahorrado, pero podíamos haber reunido la cantidad necesaria para rescatar esas obras para la cristiandad.
Fue Eadulf el que amplió la explicación. Habló lentamente, sin moverse de su posición de detrás de la puerta.
– Para decirlo con una palabra: codicia. Cornelio quería los libros para él. Si obtenía esos libros se haría más rico de lo que jamás hubiera soñado. Pero él no medía la riqueza en términos pecuniarios. Él consideraba los libros una riqueza en sí mismos. Tenía que hacerse con ellos. Tenía que poseerlos.
Fidelma asintió con la cabeza y continuó.
– Entonces se confió a un conciudadano alejandrino, el hermano Osimo Lando. Cornelio ya tenía un plan para robar a los ricos y recuperar los libros. Osimo, por su cargo de subpretor que trabajaba en el Secretariado de Exteriores, tenía información de los potentados extranjeros que había en Roma y de sus riquezas.
– Wighard y su séquito acababan de llegar y con un tesoro que podía satisfacer las exigencias del comerciante árabe. Entre ellos decidieron quitarle a Wighard esos objetos preciosos. Tal vez Osimo se convenció de que era una misión divina rescatar los grandes tesoros que tenían los infieles. Quizá Cornelio no le dijo que se iba a quedar los libros para él.
Hizo una pausa al percibir la expresión de asombro en los rostros de los asistentes.
– Muy bien -continuó, tras unos momentos en que nadie dijo nada-. Osimo Lando tenía un amante, el hermano Ronan Ragallach. Osimo convenció a Cornelio de que Ronan debía participar en la conspiración. Tres cabezas eran mejor que una o incluso dos, así que Cornelio accedió. La idea era robar el tesoro mientras Wighard dormía. Ronan decidió inspeccionar la domus hospitalis para trazar un plan…
– Eso fue la noche anterior a la muerte de Wighard -interrumpió Furio Licinio, hablando por primera vez-. En esa ocasión casi lo pesco acechando en el patio exterior de la domus hospitalis. -Se encogió de hombros y sonrió con autocomplacencia-. Me engañó en aquella ocasión y escapó.
– Así fue -admitió Fidelma-. Estaba vigilando las habitaciones. Ahora bien, en la parte posterior del edificio hay otro patio más pequeño. Justo en el exterior de las ventanas hay un pequeño alféizar. Pero allí donde el edificio más nuevo se une con el que alojaba a Wighard, un alféizar más ancho va casi directamente a la que fue la habitación del hermano Eanred. En ese edificio nuevo, para gran suerte de los conspiradores, se encontraba la mismísima officina del Munera Peregrinitatis. Ése era obviamente el mejor camino para introducirse en la domus hospitalis, porque los guardias del palacio estaban apostados en el patio y en las escaleras.
– Para tener acceso, por supuesto, debían sacar a Eanred de su habitación. Cornelio persuadió a Eanred para que fuera a su villa la noche en cuestión y lo llenó de bebida hasta pasada una hora de la entrada de Osimo y Ronan Ragallach en la domus hospitalis y de su robo del tesoro. El plan funcionó. Hasta cierto punto.
Fidelma hizo una pausa y examinó las expresiones de las caras cuidadosamente.
Marino seguía mirando fijamente sin expresión alguna, pero Gelasio empezaba a parecer interesado.
– ¿Hasta cierto punto? -repitió-. ¿Qué significa eso?
– El plan era que Ronan Ragallach entraría en la habitación de Wighard mientras Osimo permanecia en el cubiculum de Eanred. Ronan Ragallach llenaría un saco y se lo llevaría a Osimo. Osimo regresaría por el alféizar hasta el otro edificio mientras Ronan Ragallach llenaba el segundo saco y volvía junto a él -explicó Eadulf, animado por la actitud que Fidelma había mostrado en su anterior intervención.
– Pero cuando Ronan Ragallach entró en la habitación de Wighard lo encontró muerto -continuó Fidelma-. Ronan Ragallach estuvo a punto de huir, pero se le ocurrió que eso no tenía por qué ser un impedimento para continuar con el plan y robar los objetos preciosos. Allí estaban, en el baúl de madera. Ronan Ragallach puso los tesoros en los sacos y escondió los objetos que no necesitaba, él y sus compañeros sólo querían artículos que pudieran proporcionarles dinero inmediato. Le llevó el primer saco a Osimo, quien fue por el alféizar mientras que Ronan Ragallach regresaba a por el resto del botín.
Estaba a punto de saltar desde el cubiculum de Eanred al alféizar con el segundo saco, cuando se dio cuenta de que no había cerrado la puerta de la habitación de Wighard. Con gran imprudencia, decidió regresar. Dejó el segundo saco junto a la ventana, llegó hasta el pasillo y se encontró con que el decurión Marco Narses había visto la puerta abierta. Esto era realmente lo que había temido Ronan Ragallach: Narses había descubierto el cadáver de Wighard y había descubierto a Ronan Ragallach. Éste con astucia, intentó escapar del edificio por las escaleras, alejándose del camino que pudiera conducir a su compañero Osimo y a los sacos con el tesoro.
Fidelma hizo una pausa y esbozó una sonrisa cansada.
– El mismo Marco Narses sin quererlo me dio una pista de que Ronan Ragallach no podía haberse alejado de la escena del crimen inmediatamente después del asesinato. Me dijo que cuando encontró el cadáver de Wighard, éste estaba frío. Si Ronan Ragallach hubiera matado a Wighard un momento antes, los restos todavía estarían calientes. Wighard llevaba muerto al menos una o dos horas.
Gelasio carraspeó y frunció el ceño, pensativo.
– ¿Por qué no se descubrió el segundo saco con los objetos cuando se hizo el registro en busca de los tesoros desaparecidos?
– Porque Osimo, después de esperar a Ronan Ragallach, que debía haberlo seguido, se empezó a preocupar y regresó hasta el cubiculum de Eanred. Se encontró el saco abandonado allí y oyó el alboroto de la huida. Se dio cuenta de que Ronan Ragallach había sido descubierto y decidió coger el segundo saco y regresar apresuradamente a la officina. Luego se llevó los sacos a su alojamiento y esperó a Cornelio para que dispusiera de la plata y el oro.
Fidelma se quedó un rato observándolos para juzgar sus reacciones.
– El robo del tesoro de Wighard coincidió casualmente con su asesinato y no tenía nada que ver con él.
– Entonces, ¿quién mató a Wighard? -inquirió Marino, que hablaba por primera vez-. ¿Decís que Ronan Ragallach no es culpable? Ahora nos decís que el hermano Eanred no es culpable. Alguien ha de ser culpable. ¿Quién?
Fidelma lanzó una mirada al gobernador militar.
– ¿Tenéis un poco de agua? Tengo la boca seca.
Furio Licinio se dirigió hacia una mesa donde había una jarra de cerámica con algunas copas. Sirvió un poco de agua en una y se la llevó a Fidelma. Ésta le dio las gracias con una sonrisa rápida y bebió lentamente. Todos esperaban con impaciencia.
– Fue Ronan Ragallach el que me presentó una pista esencial -dijo finalmente.
Ahora incluso Eadulf estaba inclinado hacia adelante, frunciendo el ceño mientras su mente repasaba la información que había reunido, preguntándose qué se le había escapado.
– Ronan Ragallach, según Cornelio, se había unido con gusto a la conspiración para robar a Wighard debido al desprecio que sentía por aquel hombre -Fidelma dejó la copa en una mesa lateral-. Ronan Ragallach le había explicado a Osimo una historia que éste había confiado a Cornelio.
Gelasio, de repente, respiró hondo; con una profundidad que sorprendió a varios de los presentes en la habitación.
– ¿No podemos ir directos a lo esencial? Alguien explica una historia a otro, que a su vez se la confía a…
Fidelma se giró con expresión contrariada y la voz de Gelasio se apagó.
– Yo sólo puedo ir a lo esencial del asunto a mi manera, obispo Gelasio.
La respuesta cortante de Fidelma hizo que Gelasio parpadeara con rapidez. El obispo vaciló y luego levantó la mano en señal de resignación.
– Muy bien. Pero continuad vuestra exposición con la mayor rapidez.
Fidelma se giró hacia los demás.
– Ronan Ragallach ya se había topado con el nombre de Wighard. Hace años había abandonado Irlanda y había viajado hasta el reino de Kent, donde había servido en la iglesia de San Martín en Canterbury. Una noche, hace siete años, un hombre fue a confesarse, un hombre que se estaba muriendo. Este hombre era un ladrón y un asesino a sueldo. Pero había un crimen que le torturaba la conciencia más que los demás. Años antes, un clérigo se había dirigido a él y le había dado dinero para que asesinara a su mujer y a sus hijos.
Gelasio se inclinó hacia adelante frunciendo el ceño.
– ¿Por qué había de hacer eso un clérigo? -preguntó.
– Porque -continuó Fidelma- este clérigo era muy ambicioso. Con una mujer e hijos no podía aspirar en vuestra Iglesia de Roma al rango de abad y obispo. La moralidad se había visto sustituida en la mente de este hombre por la ambición.
El rostro de la abadesa Wulfrun empezó a enrojecer.
– ¡No me voy a quedar aquí sentada escuchando cómo un extranjero insulta a un clérigo de Kent! -gritó de repente, mientras se ponía de pie con la mano en la garganta y tiraba del pañuelo que llevaba en la cabeza.
Fidelma mantuvo impertérrita la mirada de la abadesa Wulfrun.
– El asesino llevó a cabo las órdenes del clérigo -continuó Fidelma con calma, sin apartar la mirada de Wulfrun-. Apareció una noche mientras el clérigo estaba fuera cumpliendo con sus deberes. Mató a la mujer del clérigo, intentando que pareciera que un grupo de pictos había desembarcado cerca para someter la zona al pillaje. Pero cuando tocó matar a los niños, la codicia del asesino pudo más. Podía venderlos, pues los sajones tienen la costumbre de vender en esclavitud a los niños no deseados -le aclaró a Gelasio-. El asesino se llevó a los niños y atravesó el Támesis remando hasta el reino de los sajones orientales, donde se los vendió a un granjero, fingiendo ser simplemente un hombre pobre necesitado de dinero. Eran dos hijos, un niño y una niña.
Fidelma hizo una pausa para conseguir más dramatismo y los dejó en absoluto silencio. Luego continuó:
– El clérigo que pidió que asesinaran a su mujer y a sus hijos no era otro que Wighard.
Se elevó un coro de gritos de horror en la reunión.
El rostro de la abadesa Wulfrun rezumaba ira.
– ¿Cómo permitís que una muchacha extranjera lance semejante acusación contra el piadoso obispo de Kent? -dijo fuera de sí-. Obispo Gelasio, somos huéspedes de Roma. Es vuestro deber protegernos de semejante odio. Es más, yo guardo parentesco con la familia real de Kent. Tened cuidado de que esto no provoque la ira de nuestra gente en Roma. Yo soy una princesa de los reinos sajones y exijo…
Gelasio parecía preocupado.
– Habéis de elegir vuestras palabras con cuidado, Fidelma -advirtió indeciso.
– ¿Es eso suficiente para reprender a esta extranjera? -continuó gritando Wulfrun-. Yo la haría azotar por mancillar de tal manera la memoria del piadoso arzobispo. Es un insulto a la casa real.
De repente Fidelma le sonrió directamente.
– Io Saturnalia! -dijo casi en voz baja.
La abadesa se detuvo de pronto perpleja.
– ¿Qué habéis dicho? -preguntó.
Ni siquiera Eadulf estaba seguro de lo que quería decir Fidelma. Intentó recordar por qué Fidelma se había interesado tanto en la fiesta pagana romana de los saturnales.
– Había una vez una princesa sajona que tenía una esclava por la que sentía mucho cariño -empezó Fidelma en tono coloquial, como si cambiara de tema-. Cuando la princesa fue prometida en matrimonio a un rey vecino, ella, naturalmente trasladó su casa a ese reino. La princesa era muy piadosa y quería involucrarse en las buenas obras cristianas en aquel reino. Fundó una abadía en una islita (conocida como «la isla donde se guardan las ovejas») y se le ocurrió liberar a su esclava y hacerla abadesa. Tenía una relación muy estrecha con esa esclava, casi tan estrecha como una hermana de sangre.
El rostro de Wulfrun estaba ahora blanco como la nieve. Tenía la mano agarrada al cuello. Los ojos bien abiertos y horrorizados observaban a Fidelma. No emitió ningún sonido ni hizo ningún movimiento mientras permaneció contemplando a la religiosa irlandesa.
El encanto lo rompió Gelasio, quien, como la mayoría de los que estaban en la habitación, no entendía de qué estaba hablando Fidelma. Sólo el hermano Ine permanecía sentado, sonriendo y alegrándose de la turbación de la abadesa.
– Éste es un relato muy loable -dijo Gelasio, irritado-. Pero, ¿qué tiene que ver con el asunto que nos ocupa? ¿Cuántos esclavos liberados se han abierto camino en la Iglesia? Éste no es asunto que sea necesario comentar, y menos aún en medio de la deliberación que nos ocupa.
– Oh -Fidelma se mordió los labios, sin separar sus ojos brillantes de las impenetrables pupilas de la abadesa-. Yo simplemente quería añadir que el pecado de orgullo puede destruir las buenas intenciones. En la fiesta de los saturnales, me han dicho que era costumbre que los esclavos se vistieran con las ropas de sus amos y amas. A esta esclava liberada su ama la llamaba generosamente «hermana» y ella intentó hacer esto realidad, pues se avergonzaba de su pasado de servidumbre. Pero lo que acabó haciendo fue tratar a todos como esclavos, aparentando tener rango real, en vez de tratar a la gente con justicia y humildad.
Eadulf tragó saliva, asombrado, mientras se iba dando cuenta lentamente del significado que tenía aquella escenificación contra Wulfrun. Examinó a la altiva abadesa con nuevos ojos mientras la alta mujer se volvía a sentar de repente en su silla, con ojos de terror.
¿Así que Wulfrun había sido una esclava? Siempre se iba toqueteando el pañuelo que portaba alrededor del cuello con nerviosismo. ¿Si le quitaran ese pañuelo quedarían a la vista las cicatrices de un collar de esclava? Entonces Eadulf volvió a mirar a Fidelma preguntándose cómo iba a continuar efectuando aquella revelación, pero parecía que ninguno de los demás había entendido lo que quería decir Fidelma; desde luego, Gelasio no.
– Tengo dificultades para seguir el relato -dijo el obispo Gelasio-. ¿Podemos volver al asesino que le explicó a Ronan Ragallach esta historia?
Fidelma asintió con énfasis.
– Por supuesto. Ronan Ragallach escuchó a aquel asesino en confesión antes de que muriera. Poco después Ronan Ragallach se marchó del reino de Kent y vino a Roma. Nunca traicionó ese secreto de confesión ni el nombre del clérigo que había buscado una posición en la Iglesia por medio de la destrucción de su familia. Eso fue hasta que vio a Wighard en esta ciudad y no sólo como un simple peregrino, sino como el futuro arzobispo de Canterbury, un huésped honorable del Santo Padre, agasajado y a punto de ser ordenado por éste. Ronan Ragallach sintió que ya no podía guardar más el secreto. Así que se lo explicó a Osimo Lando, que era su «alma amiga», como se diría. En nuestra Iglesia confesamos nuestros pecados y problemas a las «almas amigas», pero Osimo Lando era también el amante de Ronan Ragallach. Fue esa confesión lo que hizo que la terrible venganza cayera sobre Wighard.
Fidelma hizo una pausa para beber un trago de agua.
– El siguiente paso se dio cuando Cornelio requirió la ayuda de Osimo para llevar a cabo su plan. Osimo pidió que Ronan Ragallach entrara también en el asunto, pues sabía que Ronan Ragallach no tendría ningún escrúpulo en quitarle sus riquezas a Wighard. Cuando Cornelio le preguntó a Osimo que le explicara por qué, Osimo no pudo ocultar el secreto de Ronan Ragallach y se lo contó a Cornelio para que entendiera por qué Ronan Ragallach se embarcaba de buen grado en la conspiración.
– Y Cornelio se sintió obligado a decírselo a Puttoc -interrumpió Eadulf, avanzando un poco más-. Cornelio consideró que era un sacrilegio que tal hombre pudiera tener un rango en la Iglesia y animó a Puttoc para que protestara ante el Santo Padre, como si hiciera falta que a Puttoc lo animaran. El mismo Puttoc ansiaba el sitial del arzobispo de Canterbury.
Gelasio lo miró un momento y luego se volvió hacia Fidelma con cara de ir entendiendo.
– Veréis, Gelasio -continuó Fidelma antes de que él pudiera decir nada-. Me enteré de que estabais informado de que Wighard había estado casado porque me lo dijisteis vos mismo.
Gelasio asintió lentamente con la cabeza al recordarlo.
– El abad Puttoc me dijo que Wighard había estado casado y tenía dos hijos. Presentó esa información como un hecho que debía impedir a Wighard acceder al episcopado de Canterbury. Cuando se le planteó el asunto a éste, él me aseguró que su mujer y sus hijos habían muerto hacía muchos años en un ataque picto en el reino de Kent.
– Sin duda Puttoc no hubiera dejado que el asunto se quedara así. Probablemente hubiera revelado más información de la que Cornelio le había proporcionado -dijo Eadulf.
– Pero los acontecimientos se le adelantaron -señaló Fidelma-. Y aquí tenemos una de esas coincidencias que suceden en la vida con mayor frecuencia de la que creemos.
Sus ojos se posaron en Sebbi. El cenobita sajón, de repente, sonrió comprendiendo. Puso hacia atrás la cabeza y se rió entre dientes. Su regocijo hizo que los demás lo miraran sorprendidos.
– ¿No querréis decir que Puttoc había salvado al hijo de Wighard de la horca? -dijo riéndose e intentando controlar su hilaridad.
Fidelma se lo quedó mirando con seriedad.
– El asesino vendió a los hijos de Wighard como esclavos en el reino de los sajones orientales y regresó a Kent. Los niños crecieron como esclavos en la granja en la que habían sido vendidos. El asesino confesó a Ronan Ragallach el nombre del granjero que los había comprado. En este momento, voy a escribir el nombre y dárselo al Superista Marino para que lo guarde.
Fidelma le hizo un gesto a Eadulf, a quien había dicho que llevara tablillas de barro y un estilo. Él se los acercó. Fidelma escribió con rapidez y le tendió la tablilla a Marino, diciéndole que no la mirara. Luego se volvió hacia Sebbi.
– Sebbi, quiero que volváis a explicar a los aquí reunidos la historia que me contasteis de cómo Puttoc liberó al hermano Eanred. De cómo Eanred estranguló a su amo y estaba a punto de ser ahorcado.
El hermano Sebbi explicó rápidamente la historia con más o menos las mismas palabras que había utilizado cuando se la contó Fidelma.
– Por tanto -concluyó Fidelma-, Eanred creció en una granja como esclavo junto con su hermana desde que tenía cuatro años. Cuando la hermana de Eanred llegó a la pubertad y su amo, el granjero, la violó, Eanred lo estranguló. Tan sólo la intervención de Puttoc lo liberó del castigo inevitable según la ley sajona. Eadulf os entregará una tablilla de arcilla, Sebbi. Quiero que escribáis el nombre del granjero a quien mató Eanred. Luego dadle la tablilla a Marino.
Con aire de estar intrigado, Sebbi hizo lo que se le pedía.
– ¿Esta farsa conduce a algo? -inquirió Marino en tono brusco al aceptar la segunda tablilla.
– Concluyendo -intervino Gelasio-: Eanred era el hijo de Wighard.
Fue Eadulf el que respondió con gran entusiasmo para confirmar la afirmación del nomenclator.
– Siendo así -dijo Gelasio-, entonces seguramente fue Eanred el asesino.
Fidelma parecía molesta.
– Es cierto que los nombres escritos en estas tablillas demostrarán que el granjero a quien fueron vendidos los hijos de Wighard y el granjero que mató Eanred eran la misma persona. Por tanto, Eanred era hijo de Wighard. Sin embargo, eso no significa que Eanred fuera el asesino de su padre o de Ronan Ragallach y Puttoc.
– Entonces, no veo… -empezó a decir Gelasio, levantando las manos en señal de impotencia.
– Paciencia, obispo -insistió Fidelma- pues ya casi estamos.
Se giró hacia la abadesa Wulfrun, se situó ante ella y observó su rostro blanco y desencajado.
– ¿Creéis que estos nombres escritos revelarán a una única persona, abadesa de Sheppey? -preguntó Fidelma en tono inocente.
– ¿Cómo voy a saberlo yo? -dijo crispada la mujer, que parecía sentirse humillada y haber perdido su pompa y arrogancia.
– ¿Cómo no? -se preguntó Fidelma-. ¿Crecisteis en el reino de los sajones orientales, no?
Todos los ojos se volvieron hacia la abadesa.
– Sí. Yo soy… Yo era…
Eadulf de repente entendió donde los llevaba todo lo que había comentado anteriormente Fidelma en relación con las saturnales. Se quedó mirando a Wulfrun con sorpresa. ¿Wulfrun, antigua esclava? ¿Wulfrun… la hermana perdida de Eanred?
– ¿Estáis diciendo que Wulfrun es…? -empezó a decir.
Wulfrun estaba a punto de levantarse de la silla con el rostro desencajado cuando Fidelma, súbitamente, se alejó de ella.
– Como he dicho anteriormente, Wighard tenía dos hijos -explicó- un hijo y una hija.
– Yo no soy -gritó Wulfrun, a la que, en el momento de alzarse para agarrar a Fidelma, se le cayó el tocado del cuello, que había estado acariciando. Tenía una cicatriz reveladora alrededor de éste. La marca de un collar de esclava.
Pero Fidelma no prestaba atención a Wulfrun. Sus ojos brillantes se posaban sobre la figura carente de gracia de sor Eafa.
– ¿Fuisteis esclava en una granja, no es así, Eafa?
La muchacha parpadeó, pero no respondió.
– No voy a pediros que os quitéis el tocado, Eafa. Simplemente confirmad lo que vaya diciendo. Al igual que Wulfrun, tenéis la cicatriz de un collar de esclava, ¿no es así?
Los ojos de color castaño claro de la muchacha brillaban. Observaban a Fidelma con un fuego extraño.
– ¿Si lo sabéis, por qué lo preguntáis? Sí, crecí como esclava en una granja en la tierra de los sajones orientales.
– Y fue en esa granja donde os encontró la abadesa Wulfrun y compró vuestra libertad; después os llevó a la abadía de Sheppey para que fuerais su criada.
La joven simplemente se encogió de hombros.
– ¿Podríais decirnos el nombre del dueño de esa granja y dónde se encontraba? -preguntó Fidelma-. ¿O hemos de preguntarle a la abadesa Wulfrun?
Sor Eafa se mordió un labio. Luego habló en voz baja.
– Era… era la granja de Fobba, en Fobba's Tun.
En el rostro de Fidelma se esbozó una sonrisa.
– Marino, le importaría leernos el nombre que aparece en esas tablillas.
El gobernador militar levantó las dos tablillas y entrecerrando los ojos las leyó en voz alta.
– Fobba, de Fobba's Tun.
– Que creciera en la granja de Fobba no significa necesariamente nada más -intervino Wulfrun, intentando recuperar algo de su autoridad perdida.
– Pero así es, pues la misma Eafa me dijo durante el interrogatorio que era originaria de Kent, y que de niña la habían llevado a la tierra de los sajones orientales. Se olvidó de decir que la habían llevado como esclava. Es la hermana de Eanred y la hija de Wighard.
La muchacha levantó la cabeza con los ojos ardiendo de ira.
– No es ningún crimen ser la hermana de Eanred.
Fidelma sonrió con tristeza.
– No, eso no era un crimen. Y si la similitud de los ojos de color castaño claro que ambos tenéis no fuera prueba suficiente, yo creo que entendí que erais hermano y hermana cuando os vi en íntima conversación en la capilla de Elena. La forma de besaros…
– ¿Eafa era la mujer de la capilla? -gritó Furio Licinio, asombrado-. Pero no dijisteis que la hubierais reconocido.
– ¿Erais vos, no es así, Eafa? -insistió Fidelma.
Eafa se encogió de hombros. Con su expresión admitía la verdad de lo que decía Fidelma.
– Lo sospeché, pero no estaba segura -dijo Fidelma, suspirando-. El beso entre hermanos es diferente a un beso de amante. Eanred protegía a su hermana, ¿no es así? Era amable y se preocupaba de que estuviérais a salvo. Cuando vuestra madre fue asesinada y los dos fuisteis vendidos como esclavos, él asumió el papel de protector. Permaneció a vuestro lado hasta que llegasteis a la juventud. Cuando Fobba os violó, quiso vengarse. Sólo la intervención de Puttoc lo salvó de la horca y lo llevaron a Stanggrund. No volvisteis a verlo hasta que llegasteis a Roma.
– Eso es cierto. No voy a ocultarlo -confesó la muchacha con dignidad-. ¿Pero dónde está el crimen?
– Continuasteis trabajando en la granja para los herederos de Fobba hasta que, cosas del destino, unos meses después la abadesa Wulfrun apareció buscando una esclava inteligente para llevársela a la abadía, alguien que obedeciera rápidamente. Compró vuestra libertad.
Fidelma dirigió sus ojos a la abadesa Wulfrun, que estaba sentada en actitud inquieta y asombrada. Su mirada exigía una confirmación y la abadesa Wulfrun la dio con un movimiento de cabeza.
– Yo no sabía que Eafa era la hija de Wighard -añadió con tono confuso.
– Por supuesto que no. Pero entonces tampoco Eafa lo sabía -admitió Fidelma-. De hecho, ambos, Eanred y Eafa, habían crecido con tan pocos recuerdos de su pasado que ninguno de ellos sabía que eran hijos de Wighard, ni que su padre había ordenado que los mataran junto con su madre, simplemente para hacer carrera en el seno de la Iglesia.
– ¿Entonces cómo…? -empezó a decir Marino.
– ¿Podéis decirnos, Eafa, cuándo y a través de quién os enterasteis de vuestro oscuro secreto? -preguntó Fidelma, interrumpiendo al Superista.
La joven religiosa echó hacia adelante la barbilla en un gesto desafiante. Fidelma se lo tomó como una negativa. Esperó un momento y continuó.
– El abad Puttoc era un hombre muy inteligente, pero tenía un defecto. Era indulgente con lo que en Roma se llamarían los pecados de la carne. Su mayor pecado consistía en obligar a las mujeres a hacerle caso, lo desearan o no.
Eafa parecía estar realmente alterada, aunque luchaba por mantenerse calmada.
– Conocía la historia de Eanred, y que había matado a su amo para proteger a su hermana. Puttoc sabía que el amo de Eanred había sido Fobba, de Fobba's Tun. Por algo que Wulfrun había dejado caer en una conversación que tuvieron también había situado a Eafa en Fobba's Tun, y se había dado cuenta de que ella no era otra que la hermana de Eanred…
– ¿Pero cómo pudieron ser relacionados con Wighard? -inquirió Sebbi, interviniendo en la conversación.
– Sencillo -contestó Fidelma-. Ronan Ragallach sabía el nombre del hombre que había comprado a los hijos de Wighard. Se lo dijo a Osimo, quien se lo dijo a Cornelio y Cornelio…
– ¡Se lo dijo a Puttoc! -acabó Eadulf triunfante.
– Y Puttoc os lo dijo a vos, Eafa, ¿no es así? -inquirió Fidelma, volviendo a mirar a la muchacha, cuyo rostro revelaba una extraña variedad de emociones-. ¿He de deciros por qué?
Súbitamente, la muchacha explotó, enfurecida contra Fidelma. Todo en ella se transformó en furia desatada.
– No es necesario. Intentó seducirme y cuando yo rechacé a ese cerdo se enfadó y me lo explicó todo sobre… ¡mi padre! -Escupió esta última palabra como veneno desagradable.
– ¿Así que sabíais que Wighard era vuestro padre? -preguntó Gelasio asombrado.
– Desafié a Wighard aquella misma noche después de la cena. Lo esperé hasta que apareció caminando solo en el jardín y entonces le desafié a que lo negara…
– Yo os vi allí -admitió el hermano Sebbi-, pero no os reconocí, sólo a Wighard.
– ¿Qué sucedió? -insistió Fidelma a la muchacha-. ¿Lo negó?
– Parecía escandalizado. Pero se recuperó y me pidió que fuera a sus habitaciones más tarde -contestó Eafa-. Ni lo negó ni lo admitió.
– Pero vos lo sabíais -insistió Fidelma-. Sabíais que Wighard era vuestro padre y se lo dijisteis a Eanred. No era la primera vez que Eanred estrangulaba a alguien por vos. Eanred fue a esa cita, ¿no es así? Fue a la habitación de Wighard y lo mató antes de ir al Coliseo.
Fidelma se giró con determinación hacia el obispo Gelasio:
– Eanred había estrangulado a Fobba y también estranguló a su propio padre, Wighard, por lo que Wighard había hecho a su madre y a la misma Eafa.
– Y luego mató a Ronan Ragallach de la misma manera -intervino Eadulf, viendo de repente cuál era la línea de argumentación-. Puttoc le había dicho a Eafa que la información provenía de Ronan Ragallach y se olvidó de decir que la información procedía de Osimo y Cornelio. Por lo tanto, Eafa pensó que Ronan Ragallach era la única persona que lo sabía… aparte de Puttoc. ¡Por orden de Eafa, ambos, Ronan Ragallach y Puttoc, también fueron estrangulados por su hermano!
Terminó su discurso con una sonrisa de triunfo por la simplicidad final del asunto. Entonces se dio cuenta de lo pobre que era aquella deducción. Eanred había ido al Coliseo después de la cena. Luego había estado bebiendo con Cornelio. Ine había visto a Wighard mucho después. Eanred no podía…
Vio que Fidelma le sonreía con sarcasmo y de repente se dio cuenta de que ella estaba tendiendo una trampa.
– ¡No! ¡Eso no es verdad!
El grito vehemente de Eafa fue tan fuerte que todos se giraron y se quedaron mirándola. Estaba de pie, con todo su frágil cuerpo temblando.
– Mi hermano Eanred era una buena persona. Era un ser sencillo y creía en el carácter sagrado de la vida. Amaba los animales y haría cualquier cosa por la gente. Haría cualquier cosa por mí.
– ¿Incluso matar? -se burló Licinio. Se volvió hacia Gelasio-: Creo que se os han expuesto los hechos verdaderos.
– ¡Basta! -Era la abadesa Wulfrun, cuyo chillido hizo que los presentes se sobresaltaran, consternados. Distraídos momentáneamente por ella, se volvieron a girar y vieron que Eafa se estaba desplomando lentamente. Una mancha roja brillante se extendía con rapidez por la parte anterior de su stola.
Fidelma se acercó corriendo y agarró a la chica cuando llegaba al suelo.
La empuñadura del cuchillo clavado en el pecho de Eafa no dejaba lugar a dudas.
Wulfrun gimoteaba, con una expresión completamente horrorizada.
– ¿Por qué? -inquirió Fidelma, mientras todos avanzaban para formar un semicírculo alrededor de la chica.
Eafa parpadeó e intentó dirigirse a Fidelma. Hizo una mueca de dolor.
– Perdonadme… pues he pecado…
– ¿Por qué lo habéis hecho? -insistió Fidelma otra vez.
– Para salvar el alma de Eanred -dijo con un gruñido la muchacha.
– Explicaos -la instó Fidelma amablemente.
Eafa empezó a toser sangre.
– No tengo miedo… -susurró. Entonces sus ojos castaños de repente se aclararon y se fijaron en ella-. Estabais equivocada, Fidelma. Veréis, yo fui a su habitación aquella noche.
– Así que era la chica a la que él esperaba -murmuró Ine, que estaba rondando en la parte de atrás del círculo-. Por eso no quiso mi ayuda aquella noche para que le preparara la cama.
Resultaba claro que a Eafa le quedaba poco de vida.
– ¿Fuisteis allí? -preguntó Fidelma-. ¿Fuisteis a ver a Wighard?
La muchacha tuvo otro ataque de tos.
– Fui… De nuevo le conté todo. Le dije que Eanred y yo éramos sus hijos y que sabíamos que había pagado para que nos asesinaran a nosotros y a nuestra madre.
– ¿Lo negó?
– Yo… yo me habría… me habría aguantado si lo hubiera hecho. Pero lo confesó todo. Rompió a llorar, se giró y se arrodilló junto a su cama. Oh… -volvió a toser-. Oh, si me hubiera suplicado perdón a mí, o a Eanred, o a la sombra de mi madre. Pero no. Empezó a pedirle a Dios que lo perdonara. Mientras yo permanecía allí, su propia hija a quien rechazaba, se arrodilló y le rogó a Dios que tuviera misericordia de él. Estaba de espaldas a mí. Se arrodilló a rezar junto a la cama. Parece… -La tos la interrumpió-. Parece que Dios me mostró el camino. Suavemente, cogí su cordón para el rezo y, antes siquiera de que sospechara nada, ya estaba muerto.
Incluso en sus últimos estertores su voz mostraba una triste satisfacción.
Gelasio la observaba con los ojos bien abiertos y llenos de incredulidad.
– ¿Cómo vos, una muchacha débil, estrangulasteis a un hombre mayor?
Eafa era incapaz de fijar la mirada. La sangre formaba un gran charco a su lado. Sin embargo, una débil sonrisa de crueldad se dibujaba en sus labios.
– Yo fui esclava en una granja. Crecí aprendiendo cómo se mata a los animales. Si se puede estrangular a un cerdo cuando se tienen doce años, matar a un hombre no es nada.
Su cuerpo se estremeció y volvió a toser.
Fidelma se inclino rápidamente.
– Hermana, no tenemos mucho tiempo. Si matasteis a Wighard, ¿hicisteis lo mismo con Ronan Ragallach?
La muchacha moribunda asintió con la cabeza.
– Por la razón que habéis dado antes. Puttoc no mencionó que nadie más tuviera conocimiento del secreto. Sólo Ronan. Maté al monje irlandés creyendo que era la única persona, aparte de Puttoc, que sabía quién era mi padre.
– ¿Pero cómo supisteis cómo y dónde encontrar a Ronan si todos los custodes no habían sido capaces de encontrarlo? -preguntó Licinio-. Seguramente, ni siquiera habíais visto a Ronan Ragallach.
Eafa hizo una mueca, medio divertida, de dolor en mayor medida.
Fidelma habló en su lugar.
– Estabais en el cementerio. Estabais con la abadesa. Creí oír su voz cuando recobré el conocimiento.
Eafa esbozó una sonrisa sardónica.
– Fue pura casualidad. La abadesa quería llevar flores a la tumba de Wighard. Yo reconocí al monje irlandés.
– ¿Cómo pudisteis reconocerlo? -inquirió Licinio.
Fue Eadulf quien contestó.
– Era el mismo hombre que había estado haciendo preguntas respecto a Wighard la mañana del asesinato. Ronan Ragallach había parado a Eafa en el exterior de la domus hospitalis. Luego se dio cuenta de que era Ronan Ragallach por la descripción.
– Eafa cometió un error al hablarnos de su primer encuentro con Ronan Ragallach -dijo Fidelma. Cuando vio a Ronan Ragallach dejó en silencio a la abadesa y simplemente lo siguió al interior de las catacumbas… -Se encogió de hombros.
– Tenéis razón, Fidelma -confirmó Eafa, y acabó su frase con un ataque de tos.
– ¿Y Puttoc? -continuó Fidelma.
Los ojos de Fidelma llameaban.
– También maté a Puttoc. Puttoc era un cerdo. Intentó violarme como había hecho Fobba. Merecía morir sólo por eso, pero también conocía el secreto de mi padre. Yo creo que cuando fui a su cubiculum esta tarde, empezaba a sospechar.
Eadulf, arrodillado junto a la muchacha, estaba pasmado.
– ¿Entonces qué estaba haciendo Eadulf cuando entramos en la habitación de Puttoc? Nos pareció que acababa de matarlo. Si no fue así, ¿por qué huyó?
Fidelma levantó la mirada.
– Cuando Eafa estaba matando a Puttoc el abad agarró un trozo de su vestido, un vestido que tenía un broche que ella se había comprado en Roma -explicó Fidelma-. Cuando la muchacha regresó a su habitación descubrió que no lo llevaba puesto. Al darse cuenta de que eso la relacionaría con el asesinato, le pidió al hermano Eanred que fuera y lo recuperara antes que descubrieran el cadáver. Desgraciadamente para Eanred, entramos nosotros y lo pescamos en ese momento, no asesinando a Puttoc, sino intentando ocultar la culpabilidad de su hermana.
Eadulf se la quedó mirando, horrorizado.
– ¿Lo sabíais? -dijo acusador-. ¿Sabíais que la culpable era Eafa antes de venir aquí?
– Empecé a sospechar de Eafa hace tiempo. Incluso a partir del primer encuentro con Eanred, cuando éste llamó a Eafa «mi hermana». Al principio pensé que era un lapsus línguae y que quería decir «hermana» en el sentido religioso. Luego me di cuenta de que quería decir que Eafa era su hermana carnal y no simplemente espiritual.
Eadulf hizo una mueca, molesto porque le hubiera dejado seguir una pista falsa.
– Bueno, podía haber sido Eanred -dijo él a fin de justificarse-. Después de todo, Eanred había matado por su hermana con anterioridad. No olvidemos que había estrangulado a Fobba de Fobba's Tun.
Un leve suspiro recorrió el cuerpo de la moribunda.
– Yo… no Eanred… no fue Eanred quien estranguló a Fobba… Fobba me violó… Yo maté al cerdo… como a un cerdo… Eanred no tiene las manos manchadas de sangre.
Eafa tenía la piel moteada y un espasmo recorrió sus labios. De su garganta salió un estertor y luego se quedó quieta. Todos vieron que su piel adquirió un color amarillento y una palidez cérea.
Fidelma se agachó, le cerró los ojos a la muchacha y se arrodilló.
– Réquiem aeternam dona ea, Domine… -empezó a rezar solemnemente. Y uno a uno todos los presentes se fueron sumando a la oración por los muertos; sus voces se fueron elevando y cayendo en cadencias, pero no al unísono.